Adriana Zumarán (novela)
Carlos Alberto Leumann
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Carlos Alberto Leumann
Adriana Zumarán
(Novela)
9ª EdicióN
Buenos Aires
Talleres GráFicos "CúNeo" Carlos Pellegrini 677
1921
Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley.
I
La muerte de su padre permanecía envuelta para Adriana en una penumbra de lejano misterio. Había llegado a la sospecha, luego a la certidumbre, de un suicidio. El episodio se remontaba a los primeros años de su infancia. Ella recordaba confusamente el cuadro de la habitación mortuoria, el túmulo negro, el Cristo de plata; alguien la había levantado en alto, y ella vio entonces, en el ataúd, una forma larga, cubierta desde la cabeza hasta los pies con un paño blanco; sólo aparecían las manos, traídas por encima del paño, horriblemente pálidas y tiesas. Pero no le parecieron las manos de su padre. "¿Por qué le habían tapado también la cara?" pensó más tarde. Pero por nada en el mundo lo hubiera preguntado a su madre ni a persona alguna. Se lo impidió una especie de recelo sobrecogido y la misma gravedad dolorosa del suceso. Ciertas alusiones, oídas en conversaciones íntimas, le hicieron después relacionar la tragedia con el aislamiento en que vivía--acaso desde entonces--la familia de Aliaga, y fijar su reflexión sobre la singular circunstancia de que, con la muerte de su padre, terminó toda amistad entre aquella familia y la suya, a pesar de unirlas algún parentesco.
Y guardaba también esta vaga memoria: un día, durante el luto, habiendo pedido que la llevaran a casa de las Aliaga, donde con frecuencia pasara el día jugando, su madre la reprendió con una severidad que la dejó consternada.
Después entró como interna en un colegio religioso, pasaron los años y rara vez tuvo de ellas alguna noticia. "¡Qué divina se ha puesto Laura Aliaga!"--oyó decir a una señora, en voz baja, al terminar una fiesta de caridad organizada por las damas Vicentinas. Y le dio pesadumbre pensar que acaso las había visto, sin reconocerlas. Por otra parte, le infundía cierto inexplicable temor la idea de relacionarse con ellas nuevamente.
Pero el año anterior a la época en que comienza esta historia, las había visitado aventurándose a todo y con el pretexto de la antigua amistad, cuya ruptura aparentó sencillamente ignorar.
Fue una emoción que le dejó recuerdos imborrables. Durante las dos horas que la visita duró, la agasajaron con finura, demostrándole cierta alegría solícita, que contrastaba con la idea trágica de su imaginación. Se las había figurado siempre con una actitud melancólica y en sus caras tristes una palidez mortal.
Era la de Aliaga una de esas familias porteñas que se han retraído rehuyendo las antiguas amistades y viviendo en una especie de reserva y de rara indiferencia para todas las cosas que agitan al brillante mundo social. La casa, interiormente suntuosa, parecía demasiado grande para las pocas personas que la habitaban. Con las tres hermanas vivía un hermano solterón, Eduardo, y una tía abuela, muy anciana ya; atacada de parálisis, nunca salía de su habitación.
Y la casa parecía aun más grande y más silenciosa, cuando Eduardo se iba con alguna de ellas a una estancia lejana, donde solían pasar largas temporadas.
Adriana se sorprendió de que a ratos la hablaran con un tono de voz cansada, como midiendo las sílabas y con cierta reserva en la dejadez amable de las palabras. Le llamaron la atención sus manos largas y finas, ligeramente deformes y de una blancura extraordinaria. También recordaba ahora, como si los tuviera presentes ante sus ojos, algunos objetos del salón; así una mesita de caoba tallada, incrustada en los bordes con dibujos de nácar, luego dos grandes candelabros de cobre que figuraban dragones fantásticos, y una jarra de alabastro, sobre la cornisa de la chimenea, con pomposas flores de terciopelo lila.
Una aprensión invencible la había imposibilitado para llevar la conversación al recuerdo de su padre. Como la irritara su propia falta de audacia y excitada por la violenta curiosidad, se decidió al fin:
--Ustedes trataron mucho a papá...
Y miró a Zoraida, la mayor, con expresión de tímida simpatía. No parecieron en manera alguna sorprenderse. Zoraida, suspirando, cerró por algunos segundos sus hermosos ojos de anchas pupilas bajo la masa de cabellos rubios retorcidos sobre la cabeza espléndida. Le respondieron sin embargo de un modo evasivo.
--Tú debes acordarte de cuando él te traía aquí... el señor Zumarán era muy bueno... Tal vez demasiado bueno.
En seguida, después de mirarse unas a otras, se fijaron en ella con cierto embarazo y cambiaron la conversación.
Sin duda aquélla, la mayor de las hermanas, había sido para su padre un ser de adoración, el motivo amoroso de su muerte; y acaso en una viudez virginal, se había ella consagrado a la fidelidad de un cariño que a través de la muerte perduraba por la comunicación doliente de sus almas. Por eso sin duda era más pálida su cara, sus ojeras más hondas y el oro mate de su pelo tenía una tonalidad más antigua. Y aquellas sus anchas pupilas, con cierto brillo febril en su dulzura profunda, ¿no revelaban también la imaginación apaciguada por una larga contemplación visionaria y ajena, desde hacía muchos años, a toda suerte de seducciones mundanales?
Adriana propuso en su ánimo volver a aquella casa y lograr, siquiera con súplicas, la relación sentimental de la tragedia. Se la dirían llorando, y ella, la hija del hombre adorado, abrazaría a aquella hermana mayor y también lloraría a su padre desconsoladamente.
Otro episodio se asociaba también al recuerdo de su visita a la familia de Aliaga. Cuando iba a marcharse, una de ellas, acaso para todavía retenerla, se empeñó en que debía conocer a Julio Lagos.
--Le dejamos arriba, conversando con la abuelita, cuando tú viniste.
En seguida encendieron las luces de la sala y le hicieron bajar. Julio Lagos le pareció un muchacho nada vulgar. Celebró conocerla y alabó con insistencia, casi con inoportunidad, el espíritu singular que revelaba el modo de mirar que Adriana tenía.
Pero después, aun cuando ambos se prometieron amistad, según el tono de galantería que la plática tuvo, no habían vuelto a encontrarse.
Aquel Julio Lagos surgía para ella cubierto por la misma atmósfera de pasión que imaginaba sobre todas las cosas relativas a la familia de Aliaga. Además, en los ojos de Julio había visto, estaba segura, brillar el amor. En realidad, no se explicaba a sí misma por qué había dejado pasar un año sin volver a la casa, cuando tantos motivos de interés la atraían.
Es verdad que Julio era, acaso, un hombre parecido a todos, sin capacidad para enamorarla ni comprenderla íntimamente. Acaso valía más no haberle vuelto a ver, para conservar, indefinidamente, esta ilusión de un hombre cuya alma podría acercarse a la suya y avasallarla con su inteligencia delicada, con su adoración ardiente y fina. Le amaría, así, de una manera más ideal, conservando en la memoria la caricia lejana de su galantería y el aire de sorpresa encantada con que había reconocido en ella un espíritu singular. Por primera vez el elogio galante de un hombre había sido exclusivamente para su alma que nadie conocía. Sí, era mejor guardar, de Julio, esta idea pura, despojada de su realidad, apartada de la vida en que toda cosa ideal se anula.
La realidad era su novio, Ricardo Muñoz. Se habían comprometido durante la última temporada en las sierras de Córdoba y ella estaba segura de no quererle. Pero le sucedía algo inexplicable: a veces pensaba en él con un sentimiento que parecía amor y multitud de apasionadas ideas venían a encantarla. En esos momentos, dominada por un singular arranque de ternura, le escribía cartas de enamorada sumisa. Maravillada de sí misma, pensaba que el amor la había iluminado de pronto. Pero después, cuando Muñoz llegaba a su presencia, ávido y tembloroso de la felicidad leída, todo el encanto se mudaba en decepción. Entonces se complacía en hacerle sufrir y de sus lindos labios sólo salían palabras de burla.
--¿Por qué--le preguntaba Muñoz desesperado--por qué no es usted la Adriana de sus cartas?
Ella, sin responder, sonreía vagamente.
Un día le comunicó que sus relaciones quedaban rotas. Fue una escena penosa. De pie, frente a Muñoz, muy seria, le tendía un manojo de cartas. Se negaba él a recibirlas, pero como Adriana permanecía implacable, lágrimas de amargura le vinieron a los ojos.
Lejos de conmoverse, la fastidió más el llanto de Muñoz. Puso rápidamente las cartas al borde de una mesita, caminó hacia la puerta de la sala y aguardó que alguien llegase. Muñoz, ahogando los sollozos, se cubría la cara con las manos.
--¡Ah, qué tontería desagradable!--murmuró Adriana; y para que la escena no se prolongase, llamó gritando a su hermana menor:--¡Raquel! ¡Raquel! ¡Muñoz te quiere hablar!
Sin embargo, dos días después, por más que había tomado la seria resolución de no verle más, le escribió otra carta pidiéndole perdón.
Uno de los motivos que sin duda influían para decepcionarla de Muñoz, era el apoyo que su madre prestaba a éste. Su madre y una amiga de Adriana, Charito González, querían a toda costa que se formalizara el compromiso y se casaran en seguida. Esta solución le parecía a ella la muerte de todos sus ensueños... Era preferible quedarse en aquella indecisión, ante aquella perspectiva muy vaga, muy brumosa, donde podría resplandecer de pronto la luz de su vida. El matrimonio con Muñoz la aterraba. Para evitarlo pediría ayuda a las Aliaga y a Julio...
La tragedia de su padre se juntaba en su pensamiento a otras historias oídas en la reserva de alguna confidencia. Su abuelo, un hombre piadoso y sensual, se había dejado matar, sorprendido en la alcoba de su amante, por faltarle la voluntad de herir con la espada que el marido caballeresco le arrojara a las manos. Adriana se lo representaba plegando las rodillas, abatido por el golpe mortal, con los ojos cegados por la sangre de la herida y murmurando una oración, puestos los labios sobre la cruz de la espada.
¡Cuánta melancolía insinuaba en su meditación aquella historia, ensimismada en el secreto como las cosas de la confesión! Y también así la de su bisabuelo, que suscitara una leyenda de escándalo en su tiempo y sucumbiera a la tristeza que le había dejado la muerte de una querida. Su mujer, que le adoraba con locura y con una suprema bondad le había perdonado sus desvíos, sobrellevó el doble martirio de verle morir y de escuchar el nombre de la perdida articulado por él inconsolablemente en las alucinaciones que precedieron su agonía. Después, alterada por la intensidad de su desdicha, perdido el afecto a los hijos y a todas las cosas del mundo, cambió poco a poco en misticismo su amor por el muerto y tuvo visiones extrañas de Jesús y de la Virgen. La familia había logrado que nadie conociera tan singulares circunstancias, atribuyéndolas a locura, y sin sospechar en aquellas visiones su identidad con los éxtasis celestes de las bienaventuradas.
Adriana tocaba como reliquias algunos objetos que le pertenecieran; así un crucifijo, pendiente de un pesado rosario de oro viejo. Durante largas horas, ociosa, lo acariciaba entre sus dedos, soñando, con los ojos abismados. Y una sugestión impalpable, profunda, le traía el vestigio inmaterial de voluptuosos apasionamientos y la palpitación remota de aquella pobre alma, visitada por seres angélicos, que vinieran para ofrecerle una inefable consolación.
Pero estas todas eran cosas hondamente sumidas en su mundo interior y de ellas jamás tenía ocasión de hablar con nadie.
II
Ahora estaba, desde hacía un mes, en la estancia de su tío Ernesto Molina. Procuraba distraerse con la lectura; pero los libros, en aquella campaña despoblada, monótona, sobreexcitaban las ansiedades vagas de su corazón. Y como era imposible vencer el empeño que su madre tenía de quedarse allí, ya entrado el otoño, la compañía de sus parientes se le hizo más odiosa y pasaba las horas callada, retraída y con una gran tristeza.
Un parque de eucaliptos rodeaba el espacioso y antiguo caserón de la estancia, hecho al estilo colonial: gran patio con aljibe en el medio y un techo de tejas recaído sobre la galería exterior.
Era el señor Molina un hombre de hábitos señoriles y sencillos. Apegado al recuerdo del Buenos Aires viejo, aceptaba, sin amarlas, todas las innovaciones modernas y el espíritu de las actuales costumbres. A su mujer, católica, sin misticismo, le preocupaban en cambio los avances escandalosos de la irreligión. Sus dos hijas se parecían a ella por la expresión casi enojada de los ojos, adquirida en las prácticas asiduas del culto murmurando oraciones compungidas y contemplando el cáliz que se eleva sobre la casulla recamada en oro del sacerdote que oficia.
Era Adriana, en este ambiente, un contraste original. Ella leía novelas modernas que figuraban en el Índice, bromeaba sobre cosas sagradas y siempre discutía para escandalizar; sus actitudes tenían como una lasitud de encanto prohibido. Parecía desdeñar compasivamente a sus dos primas, que se querellaban como chiquillas, entre rezo y rezo, y que refiriéndose a ella en casa de extraños, solían repetir censurándola, con ingenuidad sentenciosa: "Es una rara, una rara".
El señor Molina era la única de aquellas personas cuya conversación no le causaba fastidio, por más que siempre tocara los mismos asuntos, con su invariable tono tranquilo, pausado, de viejo patricio, el pulgar de una mano metido en la abertura del chaleco y la otra apoyada de través en la rodilla.
Nunca dejaba de hacerla reír cuando repetía anécdotas de personajes históricos. Se trataba, con frecuencia, de alguna conversación sin importancia que él había escuchado treinta años atrás y cuya recordación resultaba trivial. Otras veces, en cambio, eran anécdotas llenas de sabor humano. Pero el señor Molina atribuía a todas sus historias el mismo grado de interés. Por lo común se interrumpía en mitad de su relato, después de advertir: "Pero ahora ustedes van a ver". Y quedaba como ensimismado, durante algunos segundos.
--Mi abuela,--decía--fue muy amiga de doña Remedios Escalada, la mujer del general San Martín, una señora distinguidísima, muy buena moza. Sí, mi abuela siempre se acordaba de Remedios, de su genio alegre, su cara redondita, y unos ojazos que al decir de ella no los había más lindos. Pero ahora ustedes van a ver... Nunca se llevó muy bien con el general, que tenía un carácter demasiado militar, y quería vivir en su casa a la espartana. Mi abuela le criticaba mucho. Ustedes no lo han de creer, pero para ella el general San Martín fue toda la vida un bruto.
Y añadía como encantado:
--Figúrense ustedes, el Libertador de América, uno de los primeros generales del mundo. Pero mi abuela, es claro, la pobre no lo apreciaba sino por su vida en familia.
Tanto el señor Molina como su mujer, como las hijas, le producían la sensación de personas que vivían en un mundo de realidades pueriles y que hasta cierto punto carecían de verdadera alma. No concebía que en circunstancia alguna pudiera comunicarse con ellos sobre cosas relativas al corazón. Sin embargo, el señor Molina la trataba con una benevolencia incondicional, la defendía siempre y le acariciaba la cara con cariño de padre.
--Tú no la entiendes a tu hija, decía a su hermana conciliadoramente, cuando ésta demostraba su inquietud ante las ideas, las actitudes y el espíritu libre de Adriana.--Tú y yo nos hemos quedado en la vieja sociedad; ella es una chica de la sociedad nueva. Ojalá mis hijas tuvieran algo de la tuya. Pero mi mujer, con sus preocupaciones antiguas las tiene acobardadas y sujetas a una cantidad de tonteras que han pasado de moda.
La madre de Adriana callaba. El suicidio de su marido había dejado en ella una aprensión enfermiza, y cualquier insignificancia relativa a la conducta de Adriana despertaba en su corazón el recelo y la inquietud. En vida del señor Zumarán fue una señora de carácter gracioso, amiga de fiestas y relacionada con todo Buenos Aires. La terrible tragedia la cambió por completo: cerró su casa, se retrajo, envejeció tempranamente, y todas las amables cualidades de su espíritu desaparecieron con los restos de una belleza física notable. Adriana ignoraba que aquella su madre, tan aprensiva, tan apocada, tan sin alma, no era sino una sombra de la antigua mujer.
* * *
Ese día, a la hora de la siesta, se llegó paso a paso por la avenida de eucaliptos, húmeda y cubierta de hojas secas, a sentarse en el palo transversal de la tranquera. El sol reía en la llanura, toda verde, inacabablemente verde, y como cortada en la lejanía por el límite del cielo azul. Algunos animales, en aquel mar de verdura, aparecían como manchitas de color ocre o negro.
Mientras su mirada se perdía en la inmensidad de la llanura, empezó a recordar, casi con extrañeza, las circunstancias en que se había comprometido con Muñoz.
Vívidamente brillaron en su recuerdo las incidencias de un viaje a la provincia de Jujuy; el largo tren, arrastrado por la máquina jadeante, trepaba con fatiga la pendiente, arrojando coronas de humo que se diluían sobre la transparencia del aire; y todo el paisaje giraba desplazando lentamente las vastas montañas.
Cuando el tren paraba en las solitarias estaciones del trayecto, ella bajaba a conversar con las "cholas", descalzas, andrajosas, que le vendían empanadas, caña de azúcar y santitos de barro pintados de rojo.
La impresionó, sobre todo, una escena religiosa en la montaña. Por un camino escarpado, a la oración, descendía llevada en andas la imagen de la Virgen, vestida de seda azul y con un disco de oro, oblicuo sobre la cabellera renegrida, larga como un manto. El monte hundía su pico oscuro en el cielo lívido. Penumbras indecisas iban cayendo sobre la procesión, y ésta avanzaba al compás de una música continua, gemebunda; cuando al cabo de un recodo la pendiente, brusca, se empinaba, los hombres que llevaban las andas se detenían, para sostener con un brazo la Virgen oscilante, y entonces sobre la cabellera renegrida el disco de oro relucía. Larga hilera de gente seguía atrás, levantando murmullo de rezos apagados por el lloriqueo rítmico del violín o la nota opaca y rotunda del tambor. En esta hilera de cabezas sumisamente agachadas, que bajaban formando en el flanco de la montaña como una cinta negruzca, de vez en cuando se iluminaba con el claror del crepúsculo una cara que miraba al cielo con los ojos ensoñados.
Y aquella humilde procesión, bajo la media luz del ocaso, en una región tan oculta por la serranía abrupta, parecía brotar como tosco misticismo de la naturaleza misma del paraje, dulce, pacífico, triste.
¿Comprendió Muñoz aquellas emociones? Sólo le oyó algunos comentarios demasiado semejantes a reflexiones que ella había leído alguna vez. La fatigó en cambio con su apasionamiento celoso y adusto. Por eso ahora recordaba casi con encono su primer cariño por él y sus cartas de amor. En su imaginación propensa a exagerar los rasgos chocantes, la cara de Muñoz asomó con las cejas más juntas y más anchos los labios de gesto sensual y altivo. Todos sus pensamientos se ennegrecieron. Ideas malas, apoderándose de su alma, la penetraban de una dolorosa voluptuosidad. Otras caras aparecían en su memoria, deformadas, grotescas, las caras de otros que también la habían ilusionado algo, pasajeramente.
Volviendo a la casa, por el mismo camino húmedo, bajo los eucaliptos, se encontró con su madre. Entonces sintió crecer incomprensiblemente su exasperación. Era viernes, día de recibo en casa de Charito González, su amiga más adicta, quien le había escrito pidiéndole con el mayor ahínco que no faltara a la reunión.
--Mamá,--dijo con brusquedad,--yo quiero irme hoy.
--Ya te dije que no.
"Ah, le gusta verme morir aquí de tristeza", pensó. "Ojalá nos ocurra una desgracia".
Y sintió la necesidad maligna de que una desgracia sobreviniera, en realidad, atraída por su augurio diabólico.
Saltando y cantando sus dos primas salieron a la galería. Acababan de vestirse y sus trajes claros y sus cabellos rubios brillaban al sol. Parándose repentinamente ante Adriana, recobraron la habitual expresión seria y grave; luego, en el tílburi cuyas riendas les entregaba un peón de la estancia junto al veredón, reflexionaron vagamente en aquella extraña muchacha con quien jugaran tanto de criaturas, y que ahora, por más que hablaran con ella todos los días, les parecía un ser cuyo espíritu oscuro no penetrarían jamás.
Pero un tren había parado en el pueblecito inmediato a la estancia; media hora después, al chasquido de un látigo, bajo los eucaliptos, en el extremo de la avenida, osciló la capota de un break. Eran Raquel y Fernando. Este traía para su madre malas noticias. Un campo que ellos poseían al norte de la provincia, acababa de incendiarse y habían muerto casi todos los animales. Fernando, sin bajar del break, refería esto con cierto aire de indiferencia y hasta con buen humor, mientras Raquel exclamaba, sacándose el tul de la cara:
--¡Qué pena para mamá!
Adriana vio venir a su madre y corrió hacia ella, muy alegre: "¡Una desgracia, mamá!" Pero al decir esto se sobrecogía por la idea de su propia perversidad.
--¡No hay que exagerar las cosas!--le gritó Fernando bajando rápidamente del break.
Raquel miró a su hermana fijamente.
--¡Oh, qué alma la tuya!
El acento de su voz traducía desazón y resentimiento. Pero no provenía su despecho de aquella inoportuna alegría de Adriana, sino de un motivo mucho más grave para ella.
--¡Hiciste una de las tuyas!--exclamó cuando las dos se hallaron solas. No creas que te reproche nada. Le has coqueteado a Castilla sabiendo que él me festejaba. No me importaría, no tengo celos, te lo juro, pero lo que has hecho me demuestra que no soy nada para ti, que me desprecias, y si es así ya no quiero ser tu hermana.
Bajo la frente que asomaba como un triángulo de fina blancura entre los mechones del cabello lacio, los hermosos ojos verdes de Raquel brillaban de indignación. Y en el tono de sus palabras había un deseo doloroso de hacerle sentir la maldad de su acción.
Pero Adriana miró a Raquel con una sonrisa dulce y como sorprendida.
--No vale la pena de pelear por un presumido como Castilla.
--Un motivo no puede faltarte para tus acciones odiosas; ya tienes el vicio de hacerlas.
El sufrimiento interior que la expresión resentida de Raquel había suscitado en su espíritu, se anuló en seguida bajo la violencia de esta última frase. Como su hermana quisiera marcharse, la retuvo.
--Yo no podría sino reírme--le replicó--de cualquier muchacho que se parezca a Castilla. No me engaño con esa facilidad tuya, que cada año tienes una nueva ilusión y haces una nueva conquista.
--Pues yo prefiero engañarme y no engañar, como tan deslealmente engañas tú a Muñoz. En la primera ocasión, te lo juro, le pondré al corriente de la perversidad tuya; y esto lo haré no para vengarme sino porque a Muñoz no lo mereces.
--¡Pero yo te lo regalo, Raquel! A mí no me interesa. Ojalá estuviera en este momento aquí. A mí misma me oirías decirle que no le he querido nunca y que le odio, porque se parece a todos y para mí sólo ha sido una decepción más...
Se contuvo, siempre cerrando el paso a Raquel, que procuraba rechazarla abriendo los brazos, mientras se acentuaba el ceño de enojo en su pequeña frente. Luego, como decidiéndose, prosiguió:--¿Sabes por qué soy mala? Por desesperación, por idealismo.
--Serías buena, no serías perversa.
--Tú no puedes entenderme ¿ves? Yo daría mi vida por un verdadero amor y por alguien que realmente lo mereciera. Y tú, en tanto, no serías capaz de sacrificarte nunca. Creyéndote buena, sin embargo estás sin saberlo llena de vanidad y de tontera. Ir a las fiestas, buscar al otro día tu nombre en la lista de señoras y niñas que publican los diarios, y que te vean en un palco del Odeón cuando la compañía francesa representa comedias que no te interesan porque no las entiendes, y desesperarte cuando alguna amiga viene mejor puesta que tú: esa es tu vida, eso te conforma, a eso se reducen tus ensueños. Cuando los mozos se nos acercan, algunos con sonrisita galante y atenciones exageradas, ridículas, otros mirándonos serios, callados, como seguros de conquistarnos en cuanto abran la boca y se decidan, tú en seguida te encuentras en la gloria y respondes de la mejor manera posible a sus chistecitos amables y a sus miradas irresistibles. Yo en cambio sufro, comprendo toda la trivialidad que los mueve, la insignificancia de lo que sienten. Los muchachos como Castilla sólo pueden embobar a las tontas. Embobarlas y reírse de ellas. Reírse con razón, porque para llegar a formarse una ilusión sobre esos tilingos...
--Bueno,--le interrumpió Raquel--déjame con mis ilusiones y quédate con las tuyas.
Lágrimas de despecho empañaban sus ojos verdes. Adriana se acercó a ella vivamente y le tomó las manos.
--No te enojes, no hablo así para fastidiarte, sino por un desahogo...
Pero se calló, como si la avergonzara demostrarle otra cosa que maldad. Y echaba de menos, en lo íntimo de sí misma, la época feliz en que, jugando juntas y viviendo aún su padre, solía Raquel correr a su encuentro para besarla con júbilo, en plena boca, enlazándole el cuello con sus brazos diminutos. Y su recuerdo reavivaba esta escena iluminada por la claridad tan lejana de los tiempos desvanecidos.
--¿No vinieron cartas para mí?--preguntó con indiferencia. Raquel, por toda respuesta, la miró con expresión de cansancio y de disgusto; y se marchó después de arrojar dos cartas sobre una mesita.
Adriana quedó pensativa por largo rato, jugando con las cartas. Después abrió una, que era de Muñoz y la leyó rápidamente. Se trataba de un ultimátum. Le recordaba todas las inconsecuencias, todo el engaño con que ella había logrado hasta entonces hacerle llevar "la cadena de un amor sólo correspondido con ya insufribles perversidades". Había resuelto, esta vez definitivamente, y en ello empeñaba su palabra, romper el compromiso si no se avenía ella a cambiar de actitud. La carta terminaba así: "Yo había cifrado el objeto de mi vida y todas mis aspiraciones en el amor de usted. Por lo mismo tuvieron mis sentimientos una sinceridad incontestable. Jamás hubiera querido conquistar su cariño por otro medio. Pero tal vez por mi sinceridad misma la he de perder para siempre. Ayer pedí a Charito, como favor de amistad, que la invitara para el viernes. Si no va usted, Adriana, todo habrá terminado entre nosotros."
"¡Bah,--pensó ella--ya había decidido ir sin que tú me lo exigieras! Y ahora que Raquel y Fernando están aquí, mamá tampoco podrá poner inconvenientes".
Abrió la otra carta, y ésta la leyó con emoción. Era de Carmen Aliaga, venía de aquella casa romántica y de aquella gente que había intervenido en la misteriosa tragedia de su padre suicida. Carmen era la menor de ellas. Se manifestaba extrañada de que no hubiese vuelto Adriana a visitarlas después de una tarde en que las había "encantado y sorprendido inolvidablemente".
--¡Ah, pensó Adriana, encantarse conmigo, ellas que viven en un continuo encantamiento! Y siguió leyendo, ávidamente. Carmen le refería que casi siempre estaban solas, que rehuían toda relación con mozos, a causa de cierta manía o preocupación de Zoraida, toda una historia muy dolorosa, que ella prometía contarle. Fuera de Julio Lagos, una excepción, únicamente recibían a dos o tres parientes y no iban a parte alguna, como no ser a misa.
Concluía la carta pidiéndole, encarecidamente, que las visitara sin falta. Bajo la firma de Carmen, había esta línea escrita con caracteres agudos:
"Yo también se lo pido, Adriana".--_Julio Lagos._
Ella dejó ambas cartas en la mesita y su mirada pasó de una a otra, vagamente, como si estuviera viendo flotar las imágenes tan profundamente diversas que cada una de ellas despertaba en su alma.
III
Ricardo Muñoz había terminado sus estudios en la Facultad de Derecho, dos años atrás. Era serio y reflexivo por naturaleza. Pero se plegó, sin embargo, por cierta mala vanidad, a una vida superficial, brillante, en la compañía de muchachos derrochadores que abandonaban los estudios o no los concluían nunca. Se acostumbró, así, a considerar la vida con optimismo irónico, y mientras calculaba hacer carrera más adelante, en la magistratura, frecuentaba el Jockey-Club, los cabarets y a las artistas. En medio de esta vida, que interiormente le avergonzaba, se conoció con Adriana en la casa de Charito González, antigua y leal amiga suya.
Al principio no fue sino un sentimiento ligero, un suave placer de galantería y el encanto de oír las alusiones de las personas que frecuentaban la casa. Fue después una satisfacción íntima, pronto voluptuosa inquietud al advertir que, cuando le daban bromas con él, Adriana ya no reía. Al fin no pudo substraerse a la continua preocupación que le producía aquel intercambio de manifestaciones cada vez más llenas de halago y de dulzura, aquella penumbra sentimental que le envolvía, le acariciaba y le acompañaba a todas partes, despertando en su ser un verdadero deseo de adoración para aquella muchacha extraordinariamente linda, cuyo amor en ciertos momentos le parecía un raro sueño. Se hizo tímido; cuando estaba solo con ella, el corazón le latía con violencia. En el verano la siguió a las sierras de Córdoba y Adriana, después de algunas vacilaciones que le sumergieron en terribles zozobras, le aceptó como novio, pero con la condición de mantener el compromiso secreto, "para que nuestro amor--decía--no pierda el encanto de la intimidad". El noviazgo la hizo más reservada, más indiferente.
Muñoz era otro desde entonces. Sólo de vez en cuando le veían aparecer en el club sus amigos habituales; y siempre pensativo, reconcentrado, respondía con una sonrisa forzada a las exclamaciones ruidosas que le acogían. En una de aquellas ocasiones le fue entregada una esquela. Delante de todos la abrió. Después de leerla, hizo un gesto hastiado y la dio a Miguel Castilla, uno de sus amigos.
--Si quieres ir a verla, por mí...
Era de una tonadillera conocida. Algunos meses antes la habían perseguido los dos, como rivales, pero inútilmente. Aquella generosa indiferencia de Muñoz sorprendió mucho; le creyeron atacado de neurastenia o de algo peor y le aconsejaron una temporada de campo.
Y ahora sufría lo indecible. Le había escrito a la estancia del señor Molina sin recibir contestación; entregó una carta, el ultimátum, a Raquel, suplicándole que la hiciera llegar a manos de Adriana; por fin, la víspera de ese viernes, Charito González le dio la seguridad de que ella vendría expresamente de la estancia.
Subió Muñoz la escalera de la casa con emoción indescriptible. Llegando al vestíbulo, temió aparecer en el salón sin el aplomo necesario. Se detuvo. "Voy a verla dentro de un instante", se dijo. Temblaba todo entero. De pronto le tocaron en el hombro, y una voz conocida le murmuró: "Hombre, tenía que hablarte a propósito de aquello". Se volvió con brusquedad, desagradablemente sorprendido: era Miguel Castilla.
--¿A propósito de qué?
--De la tonadillera; fui a verla.
Muñoz respondió con una evasiva, pidiéndole en seguida, muy serio, que le dejara solo. El otro le miró perplejo.
--Estás realmente mal, porque venir a buscar soledad a los recibos... no me explico.
Era Castilla un joven alto, afilado, rosado, ojos muy saltones en la cara de ángulos finos y cabellos lisos sobre la cabeza redonda. Se alejó de Muñoz, después de echarle una mirada de soslayo; y entró en el gran salón iluminado, con el mismo desembarazo elegante con que solía hacerlo en el cabaret o en el club. Tuvo Muñoz un gesto de disgusto; la presencia de Castilla, allí, en casa de Charito, le produjo malestar.
Ella no había llegado todavía. Era capaz de no venir, de habérselo prometido a Charito con la intención premeditada de faltar. Pero la voz de Adriana, su límpida voz de suavidad irresistible, resonó abajo, en la escalera. ¿Iba a tener fuerzas para demostrarse con ella altivo y firme, de acuerdo con los términos de la carta enviada por intermedio de Raquel? Y consideró que se perdería definitivamente, en el espíritu de Adriana, si no era capaz de aquella decidida entereza. Ella al entrar le miró con naturalidad, y murmurando un breve: "¿Cómo está, Muñoz?", cruzó el vestíbulo. La vio acercarse, en el salón, a la madre de Charito, una señora gruesa, entrada en años, de cara bondadosa y un aire de distinción sonriente; conversaba animadamente con otras señoras y se interrumpió sólo por un instante para besar a Adriana en las mejillas. Un grupo de muchachas, acercándose, la acogieron luego con pequeños gritos, acariciándola y besándola con alegría.
El salón y las luces brillaban para Muñoz como algo irreal. Hería sus nervios el rumor de las conversaciones y de las risas alegres. Las personas que más conocía le parecieron nuevas, casi extrañas. Se puso a cavilar. ¿Por qué Adriana no se había detenido? ¿Por qué su cara no demostró siquiera placer de verle después de tres semanas? Casi ni le había mirado cuando murmuró aquel indiferente: "¿Cómo está?" No la sentía su novia, por cierto. Decidió acercarse y hablarla. Pero la vio tan distraída, tan olvidada de él, que un orgullo amargo le sublevó. Quiso entablar conversación con alguien y se arrepintió de haber esquivado a Castilla. Charito apareció como un ángel salvador. Se avergonzó de sentir necesidad de apoyarse en la mediación de Charito.
--He cumplido, ¿verdad?--dijo ella sonriéndole; luego, sin otra palabra y con una graciosa solicitud corrió hacia el grupo en que se hallaba Adriana. Muñoz, cada vez más íntimamente herido en su orgullo, salió del salón; en la salita contigua sólo había una pareja de novios, tan ajenos a todo que ni le oyeron entrar. Cuando Adriana apareció, traída por Charito, perdió en seguida la presencia de ánimo y no atinó con una manera de abordar la situación. Adriana, sonriendo con una expresión atónita y dulce, le preguntó si estaba enojado con ella. Se turbó tanto, que para no dejarlo advertir quedó callado, serio. Adriana se puso entonces a mirar la pareja de novios, mientras Charito buscaba inútilmente un motivo cordial de conversación.
--Yo los dejo, dijo al fin,--hasta luego.
Pero Adriana la retuvo. Y dirigiéndose alternativamente a ella y a Muñoz:
--No quiero quedarme sola con él; he pasado muchos días aburrida, muy triste, y él ahora, estoy segura, tiene intención de pelear. No me comprende, no me puede comprender; por causa suya, por haber exigido que nos comprometiéramos, estoy más decepcionada que nunca. Me enamoró, y después dejó que la ilusión mía se escapara. Ya sé, soy una inconstante. Y esta noche tengo necesidad de reírme, de olvidarme. De todos modos yo no creo en las grandes pasiones; estoy convencida de que no quiero ni querré nunca a nadie. ¡Si usted supiera, Muñoz, lo que le dije hoy a Raquel! Le abrí mi alma, le confesé eso, que soy una desdichada, que no puedo querer y que usted tampoco era capaz de quererme.
--¡No dices lo que sientes!--interrumpió Charito con ingenua energía y desolada por el giro que tomaba el asunto.
Y Muñoz, tras la actitud altiva y seria del semblante, se sentía humillado, abatido, incapaz de afrontarla.
--No sabes, Charito, continuó Adriana, cuántas ideas pesimistas han pasado por mi cabeza, en estos días... Me puse a reflexionar en la dicha, en la tontera de la vida, en esta ternura que se tiene en el corazón para no sé qué, para nada. Muñoz no podría quererme, porque mi modo de sentir y de ver las cosas es muy distinto al suyo. Y él es dominante: un día se le puso que yo debía pensar como él, imagínate. Yo lo haría, tú sabes que no tengo vanidad. ¿Pero quieres decirme cómo se hace para pensar en contra de lo que se cree la verdad? Yo me sometería, sí, tomaría todas sus ideas, pero naturalmente con la condición de que él pensara primero como yo...
Se interrumpió y mirando a los novios como escandalizada:--¡Ah, qué ridículos me parecen esos novios!
Siguió hablando así, con extraña volubilidad, sin pensar en Muñoz ni en las cosas que decía, llevada por el sólo deseo de aturdirse. Había algo de perverso, indefinible, en el tono de sus palabras, que se contradecía singularmente con la fina música de su voz, con la gracia espontánea de sus gestos y con su cara radiante: era como si dos almas, una maligna y otra divina, se confundieran en un mismo hechizo. A su lado la elegante Charito disminuía, se apagaba, parecía irremediablemente fea.
Muñoz, avasallado, hizo un poderoso esfuerzo sobre sí mismo y declaró que ahora sólo deseaba el favor de una explicación con ella.
--¿Una explicación?--preguntó Adriana con modo desolado.--Bueno, Muñoz, pero será con la condición de que esté presente Charito.
--Si usted lo prefiere...
--No, es lo mismo; déjanos solos, Charito.
Esta, en el momento de irse, le oprimió la mano fuertemente, como para pedirle, con esta seña furtiva, que fuese buena para Muñoz. Se sentaron juntos y él comenzó, penosamente, a repetirle los reproches de siempre, sin encontrar palabras oportunas ni decisivas. La sentía a su lado protegida como por un gran resplandor.
--Estoy muy mal esta noche, Muñoz,--exclamó ella. Apenas puedo poner atención en lo que usted me dice. No alcanzo a soportar el espectáculo de esos novios. Estoy segura de que tampoco se quieren. Me gustaría oír lo que están diciendo. Y él habla sin interrupción, parece que moviera la boca sin decir nada... Los dos tienen la cara pegada al respaldo del sofá. Ese debe ser el estado comatoso del amor. Ella se imaginará enamorada, dichosa, creyéndole un hombre de talento, una perfección. Para quererse con esa inconsciencia... Oh, en realidad, ¡qué despreciable, qué tontería es el amor! ¡Dios mío!
Un tropel de muchachas entró en el saloncito, alegremente, seguidas por un joven muy elegante y fino, que las llamaba por sus nombres con vocecita amaricada.
--¡Adriana!--exclamó una de ellas,--necesitamos una pareja más, vengan los dos.
Ella se levantó, y con expresión seria:--Tal vez en el fondo lo quiero muchísimo, Muñoz; escucharé todo lo que quiera decirme, pero ahora no podría dejar de bailar y divertirme, la tristeza me ahogaría. Y salió envuelta en el torbellino de las muchachas.
Se quedó él caviloso, mirando sin ver hacia los dos novios que continuaban con las caras pegadas al sofá, según la expresión de Adriana, y ni siquiera habían advertido la repentina y bulliciosa invasión.
Como luego se asomara al salón grande, vio a Miguel Castilla tomar la cintura de Adriana para bailar con ella; le pareció una profanación, acaso porque nunca le había visto sino bailar en el cabaret. Sintió impulsos de separarles y de insultar a Castilla. En el mismo ángulo bailaba Charito, que dirigía a su amiga, de vez en cuando, miradas de reproche; pero en seguida su cara se iluminaba escuchando a su compañero, que era el joven de la voz amaricada.
Adriana había cesado de bailar. Seguía Muñoz con los ojos su silueta indefiniblemente lánguida. Su andar era suave. El traje, muy sencillo, de color lila, ceñido sin pliegue a la cintura alta, oprimía algo los senos pequeños. Llevaba puesto el sombrero, cuyas alas anchas, ajustándose ligeramente bajo el mentón, envolvían toda la cabeza en una randa de pluma: el rostro fino irradiaba. Distraía los ojos, recogiendo a veces, bajo las pestañas, una larga expresión extenuada. No cesaba de sonreír. Y de sus labios, que parecían empequeñecerse para ocultar la palpitación de un beso, se desprendía una singular y poderosa seducción.
Un vértigo atravesó el alma de Muñoz. La angustia le oprimió, una angustia extraordinaria, en que se confundían los celos agudos con el temor sombrío de perderla. Por momentos, le nacía una suerte de voluptuosidad y de júbilo que inmediatamente huía: era como si el exceso de la emoción penosa necesitara el respiro instantáneo de un placer fantástico. En uno de aquellos relámpagos ficticios, le acometió la tentación de lanzarse riendo en medio de la sala, bajo la mirada de todos, para besarla en la blancura fina de la nuca. Semejante impulso era tan insólito en él que se imaginó propenso a un ataque de locura. Empezaron los acordes de otro vals. Adriana y Castilla entre las parejas apiñadas, buscaban sitio para bailar. Muñoz vio de pronto, claramente, que Castilla acariciaba la mano que Adriana había apoyado un instante en su brazo. Ella se había detenido, como sorprendida, poniéndose frente a su compañero sin dejar de sonreír. Las parejas, girando, le ocultaron la escena. Sintiéndose a punto de perder completamente el dominio de sí mismo y de cometer acaso uno de esos actos que ridiculizan irreparablemente, su amor propio prevaleció. Atravesó el vestíbulo, donde se amontonaban los abrigos, sacó rápidamente el suyo y salió, huyó, sin haberse despedido de nadie y en un estado de exaltación indescriptible.
IV
Las calles del Socorro estaban desiertas. El aire frío, la bocina de algún automóvil, el eco de sus propios pasos en la acera, todo parecía perseguirle, hablarle de ella, sugerirle visiones monstruosas de infidelidad y de falsía. Se imaginaba casado y engañado en seguida. A cada instante le asaltaba la tentación de volver a casa de Charito.
Por momentos reflexionaba con una gran lucidez. El dolor fecundaba su espíritu; multitud de intuiciones germinaban en su mente, como seres irónicos que hubiesen permanecido ocultos bajo una capa de ideas pesadas y groseras. Adriana le parecía una enemiga y él su antagonista, que luchaba con los ojos ciegos, a discreción de aquella alma tal vez maligna bajo la irradiación de su hechizo. Por primera vez creyó penetrar la significación de ciertos rasgos de su cara: como aquella rigidez de la frente, pequeña, fina, bajo la suavidad del cabello lacio; luego, la sonrisa indecisa, y la sombra que parecía flotar en la mirada de sus ojos dulcemente atónitos: las pupilas anchas, negras, eran insondables, tenían algo de quimérico.
Muñoz caminaba rápidamente, como atraído por el vértigo de la imagen. Estaba en la calle Juncal; atravesó al atrio solitario y sonoro de la iglesia. Caminó varias cuadras hacia el centro, buscando ruido. Delante de él iba alguien a quien creyó conocer en el modo de andar. Apresuró el paso. Era Julio Lagos.
Habían sido compañeros de la misma clase, en el Colegio. Muñoz le apreciaba mucho, pero sin tenerle afecto; por el contrario, siempre había experimentado contra él una especie de recelo instintivo, una vaga hostilidad a causa de su reserva. Más de una vez le había hecho confidencias íntimas, sin que Julio le correspondiera nunca de la misma suerte. Y como quiera que tal indiferencia la tenía también para los demás compañeros, le consideraba un espíritu frío, incapaz de simpatía. Sin embargo, en cierta ocasión le desconcertó su extraño apasionamiento al discutir en clase con el profesor. Por otra parte, muchas ideas de su amigo eran para Muñoz incomprensibles y a veces absurdas.
Ahora, desde hacía tiempo, habían dejado de frecuentarse. Julio, interrumpiendo sus estudios, viajó por el extranjero, y a su vuelta, retraído completamente, su vida fue un misterio para Muñoz.
Encontrarle ahora, en la soledad de la calle, le alegró; se sentía tan oprimido por la angustia, que necesitaba el desahogo de una confidencia, y a nadie sino a él hubiese querido encontrar; se hubiera avergonzado de comunicar su desdichada situación a cualquiera de sus actuales amigos.
Volvió Lagos la cabeza, reconoció a su antiguo compañero y le estrechó fuertemente la mano.
--No te imaginas, le dijo Muñoz, el alivio que para mí significa encontrarte... Tengo una gran desesperación... Pero háblame de ti, primero. Aunque no, ya sé que vives con el espíritu amurallado. No importa... ¿Cuánto tiempo hace que no nos vemos? ¿De dónde sales a estas horas?
--De aquí cerca, ¿conoces a la familia de Aliaga?
Bajaban por la calle Florida y llegaron, conversando, a las puertas del Jockey-Club.
--Entremos,--dijo Muñoz. Busquemos una salita donde podamos conversar enteramente solos. La vida tiene cosas extrañas, muy extrañas, y uno se transforma y va dejando atrás los pedazos de su personalidad antigua. ¿Sabes que aprendí a dudar? Ya no me parecen absurdas aquellas ideas tuyas, porque ya no encuentro nada seguro en la tierra...
Se rió con una risa nerviosa, sin saber por qué, y miró en los ojos a su amigo. Después llamó; acudió un groom vestido de verde, a quien pidió que trajera licor. Como si el viejo resentimiento le dominara de nuevo, no se decidió a empezar su confidencia. Le comunicó la terminación de sus estudios y su nombramiento para la secretaría de un Juzgado.--Sin embargo, agregó, la magistratura no me entusiasma; en ella entraré por no defender pleitos. Tal vez renuncie y me vaya lejos... al Egipto, a la India, a cualquier parte donde pueda arrancarme del todo la personalidad que tengo, y dejarla aquí, como un estropajo... No, no deliro... Es una forma de decir para explicarte... Pero cuenta primero qué has hecho tú, en estos cuatro años. Has estado en Europa, ya lo sé. Supe también que habías vuelto, pero que nadie te ve desde entonces; se cree que has venido con alguna "liaison" y que vives escondido. Siempre fuiste un misterio, ya en el colegio. Y ahora te lo confesaré: en la Universidad, a pesar de considerarte yo superior a todos mis compañeros, te tomé odio a causa de ese carácter ensimismado tuyo. De pronto desaparecías, te ibas al campo sin despedirte de nadie, y corrían rumores de aventuras raras. A mí se me ocurría que fingías, que tratabas de hacerte una aureola romántica. ¿No era así?
Julio sonrió, sin responder.
La cara muy blanca, su frente descendía ancha y recta, desde la raíz de los cabellos, empujando algo las cejas por encima de las pestañas. Los ojos miraban con una suavidad retraída, y la fisonomía rara vez se animaba sino con aquella ligera sonrisa de los labios delgados.
--Ese mismo gesto lo hacías siempre, cuando te interrogaban sobre tales asuntos,--añadió Muñoz.
Pero no tenía ahora curiosidad alguna de saber nada acerca de su amigo, sino simplemente un ansia de desahogar con él su corazón henchido por el sufrimiento.
--¡Bah!--dijo Julio respondiendo a la acusación de Muñoz,--yo te juro que esa actitud mía no era orgullo. Venía, simplemente, de cierto pesimismo, algo así como sintiendo la inutilidad de confesar nada... Me parecía que de todos modos lo realmente mío a ninguno de ustedes podría interesar. O más bien... me repugnaba mostrar las intimidades de mi espíritu. Ya ves, te hago una verdadera confesión, te haría todas las que tú quisieras.
Con el ánimo de crear un ambiente más cordial y propicio para la confidencia, procuró Muñoz halagarle, mientras apuraba copitas de verde Chartreux, para salir de su abatimiento.
--De lo que no me olvido es de aquel ruidoso examen tuyo en que presidía la mesa el profesor López Azúa, que no pudo salir con su gusto de aplazarte.
--Y me lo tenía prometido formalmente.
--Es cierto, prosiguió Muñoz, y recuerdo su argumento: no podía dejar pasar a un alumno que tenía ideas contrarias a la doctrina que él exponía en su libro de texto.
--Y entonces yo, puesto que tenía descontado el aplazo, quise al menos darme el gusto de hablar con libertad.
Muñoz le interrumpió, para demostrarle que recordaba todas las incidencias del asunto.
--Efectivamente, sin que se pudiera advertir demasiado tu intención, pusiste su libro en la picota. ¡Qué bien hablaste! A cada objeción y a cada pregunta capciosa que te hacía, para encerrarte, tu respuesta tranquila era un mazazo. Al último se puso furioso, con gran contento del profesor de Derecho Romano, que tenía contra él una rivalidad antigua en el Consejo Académico. Y quiso obligarte a reconocer ciertos principios que él afirmaba incontrovertibles. Tú le pediste permiso para citar un texto de no recuerdo qué autor antiguo. Me parece oírle vociferar,--pegando un puñetazo en la mesa: "¡Esa no es la doctrina moderna!" Le contestaste que a tu juicio los modernos no pueden sentir y comprender el valor de las leyes con la ciencia de los atenienses o los romanos, que las vivían, las dominaban y sabían por eso apartarse de ellas sin apartarse de la justicia. El profesor de Derecho Romano te aprobaba con la cabeza. Pero López Azúa se te quedó mirando como si hubieras dicho el mayor de los disparates.
--Sí, creyó tenerme ya entre las garras. Me preguntó muy alegre: "¿Apartarse de las leyes sin apartarse de la justicia? ¡Entonces las leyes en Atenas y en Roma eran injustas!"
--Y tú le contestaste que no, porque las leyes, hasta las más lógicas y eficaces, son relativas con respecto a la justicia. Te desafió entonces a que citaras un solo caso en que los romanos se hubieran apartado de una ley lógica sin apartarse de la justicia. Allí su derrota fue completa, porque le replicaste en seguida: "Leyes lógicas y justas condenaban como un delito el proceder de Cicerón en el asunto de Catilina. Pero él juró que había salvado a la República y el Senado le declaró, con justicia, Padre de la Patria". El profesor de Derecho Romano por poco no se levanta para abrazarte.
Después de recordar ambos otras incidencias de la pasada vida estudiantil, Julio le invitó a contar el motivo de su preocupación. Haciendo un esfuerzo para reunir sus ideas, comenzó Muñoz a referirle su pasión, pero evitando pronunciar el nombre de Adriana. Julio le escuchó al principio con su habitual modo distraído; alzaba la copa diminuta, mirando al trasluz el licor. Entonces Muñoz se interrumpía:
--¿Me escuchas, eh? ¿Me escuchas? Y le renacía contra su compañero de otro tiempo la antigua hostilidad. Pero viéndole sonreír y ponerse por un momento en actitud de gran atención, siguió hablando, sin preocuparse ya de él y conformándose con hablar para sí mismo. Experimentaba algo así como la embriaguez de sus recelos y de su angustia. Relataba los episodios desconcertantes con fidelidad minuciosa, y de vez en cuando se detenía, azotado por la visión repentina de Adriana bailando con el otro.
De pronto advirtió que Julio le miraba con una atención reconcentrada. En ese momento refería la extraña conducta de Adriana, sus apasionadas cartas de amor y la indiferencia burlona con que le recibía luego.--¿Te figuras, prosiguió con la voz alterada, poniendo una mano sobre el brazo de Julio,--te figuras la desesperación que debe provocar semejante criatura? Una vez, cuando yo no había perdido enteramente la voluntad, decidí dejar de verla, huir de Buenos Aires. Porque sentí que esta muchacha sería mi perdición. Compré pasajes para Europa. Pero recibí una carta suya. Me decía, con palabras finas, incomparables, con una suavidad delicada, y como rendida a mí, que al menos le dejara la dulzura de verme y hablarme por última vez. ¡Ah! ¿Por qué me llamaba así? Fui. Sus ojos estaban húmedos. ¿Había llorado? No sé; al verme se rió por largo rato. Esto sucedía en casa de Charito González. Tú supondrás que se reía de júbilo por la idea de que yo desistía del viaje. No, se reía como siempre, se burlaba. No dijo una sola palabra concordante con su carta, no insinuó siquiera que había de quedarme; sólo murmuró, distraída, como pensando en otra cosa, que no debía guardarle rencor; mientras yo estuviera ausente me recordaría algo, no mucho, porque ella era mala y también incapaz de un verdadero amor; y agregó que tal vez sería mejor termináramos para siempre toda clase de relación, porque ella con seguridad, tarde o temprano, se enamoraría de otro. Y lo decía con una expresión muy ingenua, había algo como una gracia en su maldad, algo imposible de describir; yo tuve un vértigo y rompí los pasajes echándolos a sus pies. Sentía su hermosura envolverme como una llamarada. ¿Sabes dónde está ella, en este momento?... Si yo quisiera... ¿Ves cómo tiemblo? Cuando te encontré, venía de allí... venía de verla y conversar con ella... Sí, esta noche, en casa de Charito González, no hace media hora, tuve el mismo vértigo, me envolvió la misma llamarada. Y ahora ya no soy dueño de mí, todo lo que me pasa y todo lo que hago viene como arrastrándome y como aplastándome.
Se cubrió Muñoz la cabeza con las manos abiertas, los codos sobre la mesa, y suspiró. En el rostro de Julio la mirada tranquila tenía una expresión de piedad para su amigo de otro tiempo.
Mientras así le consideraba en silencio, un precipitado ruido de pasos se aproximó, por el corredor que llegaba hasta el saloncito, y una voz impaciente gritó: "¿Pero dónde diablos se ha metido?" Era Castilla.
--Ya, ya,--respondió la voz de un sirviente gallego.
Muñoz se levantó bruscamente y cerró con violencia la puerta. Afuera cesaron al instante las risas y la animación del grupo. Castilla llamó, dulcemente.
--¡Una palabra, Muñoz, nada más que una palabra!
Y a través de la puerta le explicó que en casa de Charito le había buscado para salir juntos, que la tonadillera quería verle a toda costa y que él se había comprometido a llevarle.
--¡Es un caso de gran pasión!--gritó uno de los compañeros de Castilla.
--Si no vas te tomará por un marica.
--Y nosotros también.
Otro hizo un chiste que provocó carcajadas ruidosas, y como Muñoz no respondiera, comenzaron a dar fuertes golpes en la puerta.
Al fin se alejaron, repitiendo las alusiones chistosas y algunos comentando seriamente la extraña transformación que había operado en Muñoz la neurastenia.
--¡Charito González!... murmuró Julio ensimismado. Conocí a una amiga íntima de Charito González... Adriana Zumarán. La traté una sola vez, pero comprendí que es un ser excepcional.
Muñoz, incorporándose bruscamente, le miró con una indefinible expresión de desconfianza; le vio sonreír ligeramente. Se levantó alterado, y comenzó a pasearse por el saloncito. Luego llamó y pidió su abrigo; pensaba que Julio, al tanto de toda su historia, respondía a sus confidencias con una crueldad irónica, y esto le lastimó.
--¡Tú no debes burlarte! ¿Oyes?--gritó tomando del sirviente el abrigo y el sombrero. Y sentía crecer oscuramente su hostilidad contra Julio.
Este le miró, muy serio, y le aseguró que no tenía ningún deseo de burlarse; por el contrario, compartía su sufrimiento y le compadecía con sinceridad.
Muñoz volvió a sentarse, y después de un silencio largo, acercándose mucho a Julio:
--No sé adónde me llevará todo esto... Pero te aseguro que ya no soy dueño de mí. Si alguien se interpusiera entre ella y yo... Es horrible, es algo que me acerca a una brutalidad inferior, a los casos de impulso ciego, inconsciente, de la gente del pueblo... los crímenes pasionales que registra todos los días, en los periódicos, la sección "Policía", el suceso común del hombre que se ha enamorado de una criatura de quince años, de clase humilde como él, la ha festejado y perseguido con insistencia desesperada, bestial, contra la oposición de los padres y la completa indiferencia de ella; y un día se pone en acecho, como una fiera; cuando ella sale, para hacer algún mandado, la detiene. En la crónica suelen mencionar todos estos detalles. La requiere por última vez, le exige una contestación definitiva; luego, rápidamente, le dispara un balazo a boca de jarro, o desnuda un cuchillo y se lo hunde ferozmente en el corazón.
--Y la crónica,--dijo Julio--agrega casi siempre: "El homicida volvió luego el arma contra sí mismo, ocasionándose una herida, de cuyas resultas falleció minutos después". Pero como tú dices, esa manera de sentir y entender el amor pertenece a seres en quienes la agitación del instinto no se ve dominada por la serenidad del espíritu.
--Pues bien,--replicó Muñoz--te aseguro que yo ahora suelo sentir algo así, hervir en mi naturaleza y en mi sangre el ansia del crimen pasional y subir esta ansia, brutalmente, hasta mi corazón. Y sin embargo, yo desciendo de gente convencional, ceremoniosa, acostumbrada a vivir disimulando y reprimiendo todo impulso antisocial. Pero ahora, te lo juro, ¡yo mataría, con puñal, como un hombre del pueblo!
Julio, saliendo de su tranquilidad, repentinamente, puso una mano sobre la muñeca de Muñoz y se la oprimió con un movimiento nervioso:
--¿Estás seguro, en todo caso--le interrogó--de que le tienes verdadero amor? No, no me mires como si te preguntara algo desatinado. Es que tú no has pensado nunca en esto... Si experimentas una angustia tan brutal, todo pasará y no te quedarán después sino las cenizas...
--No te entiendo... no puedo entenderte.
--Si tu pasión arde así, con esa violencia, quemándote la carne y la sangre, no viene de tu espíritu, sino de tu naturaleza agitada, convulsionada. Te has entregado, ciegamente, a un sentimiento que tal vez cualquier otra mujer te hubiera inspirado también. El amor, el verdadero amor del hombre, es algo ante todo espiritual; los sentidos sufren su influencia, a veces de una manera violenta, pero sin avasallar al espíritu nunca.
--Basta, Julio, basta, en estas cosas está demás razonar... Déjame desahogarme... Si ella fuese de esas criaturas inconscientes, pura irreflexión, pura coquetería, todo lo que hace sería cien veces más perdonable. Pero no, es inteligentísima, más que cualquiera de sus amigas. No, no es una irreflexiva; por el contrario, parece que siguiera el hilo de mis ideas y adivinara todo lo que pienso. Ella sabe hasta qué punto sufro, y no le importa. Cuando considero lo que me ha hecho pasar, la imagino de una maldad que no se concibe mayor. ¡Y sin embargo, a veces, su cara distraída tiene una expresión tan buena! La duda de cómo es ella, realmente, me enloquece tanto como la duda de su amor.
V
--¿Quieres que te explique lo que pienso?--dijo Julio con cierta gravedad. Hay una relación directa entre tu asunto sentimental y algo... Yo no soy un indiferente, como tú acaso supones; al contrario, siento las cosas de una manera demasiado íntima... En fin, no es esto lo que interesa ahora... Se trata de esa criatura, es decir, de las criaturas desconcertantes que uno puede encontrar aquí, en Buenos Aires... Si no te sientes capaz de afrontarla, has hecho mal en romper tus pasajes... A propósito, no me has dicho quién es...
Se avivó la expresión de desconfianza en la cara de Muñoz.
--No, no importa,--dijo apresuradamente Julio. Y hundiéndose en el sillón, continuó, como abstraído:--Ninguna mujer como la porteña, suele tener el alma tan lejos de su apariencia, tan distraída de sus actitudes, de las palabras que dice, de su mismo carácter, tan recogida, por decirlo así, en una oscura vida interior. Es profunda y pasiva como la mujer oriental, pero sin duda con una espiritualidad incomparablemente más fina, con más inteligencia y más significativa intimidad de sentimientos. Todo lo que en la oriental es vago, demasiado confundido con el instinto, se realiza maravillosamente en nuestras mujeres, sin salir aún de la penumbra. No llega todavía su intimidad a desteñirse bajo la luz violenta de la cultura uniformadora... ¿Habrás notado que las europeas cultas se parecen todas entre sí?... Hay, por lo menos, un cierto tipo de mujeres porteñas que no hallarás reflejado en ninguna literatura y que te sugiere cosas indecibles. Acaso algunas heroínas de Dostoiewski y de Tolstoi pudieran considerarse como una equivalencia. Pero son otra cosa. Si vamos a la mujer de Francia, tan refinada y que en algunos tipos deliciosos llega a ser exteriormente perfecta, ¿hay sin embargo, entre todas las heroínas de sus grandes escritores realistas, alguna que te sugestione por sí misma, por la expresión de una fisonomía interior inconfundible? Madame Bovary no tiene sino una personalidad artificiosa, producto casi material, por decirlo así, del ambiente, la época, las mil influencias que Flaubert analiza con sagacidad prodigiosa y que han absorbido en realidad toda la espontaneidad de la mujer. Renée Mauperin, de los Goncourt, otro producto, otra mujer tan deliciosa como generalizada y vulgar. Y esa Madame Martin de "Le Lys Rouge", ofrecida al mundo como el tipo de la parisiense exquisita y superior, ¿es acaso otra cosa que un admirable afinamiento de las cualidades comunes, exteriores, visibles, traídas por la cultura de las costumbres y la influencia de los libros que ella ha leído? Su mundo interior es armonioso, claro, limitado. En cuanto a la mujer española... La de los grandes tiempos místicos ha desaparecido; ha resucitado aquí, revestida de un esplendor nuevo, transformada, única, en este ser extraño, en esta clase sentimental a que pertenece sin duda la criatura que te ha enloquecido. Y te ha enloquecido porque no la conoces.
--¡Tú sabes quién es!--interrumpió Muñoz irritado.
--Ah, seguramente supones--prosiguió Julio--que ella es la única así. Piensas, además, que su actitud para contigo obedece a perversidades incomprensibles. Pero las cualidades y el carácter de estas porteñas desconcertantes, no son, como en la mujer europea, manifestación natural del espíritu, sino una pura apariencia, un delicado disfraz. Algunas lo llevan durante toda la vida. Cierto recato místico y una profunda pasividad las obliga a ocultarse así. Sus ensueños se diluyen en la voluptuosidad interior, semejante a la que hizo delirar en otros tiempos a las santas de España con una inacabable dulzura en los sentidos y en el alma. La época moderna, las costumbres cosmopolitas y todo género de sugestiones han conspirado sin duda para apagar el ardiente atavismo. Algunas generaciones más y esta mujer habrá tal vez desaparecido. Las Renée Mauperin y las "intelectuales" y las partidarias de Debussy, irán poco a poco absorbiéndola, matándola.
--Sí, Juanita Sánchez, otra amiga de Charito, la habrás oído discutir sobre Debussy.
--Imagínate mientras tanto, continuó Julio sin atender la interrupción de Muñoz, a una de esas muchachas que guardan oculto el secreto de su alma. La vida le da un esposo al azar; su misma pasividad ha contribuido para que ella lo acepte sin llamar a juicio sus dulces imaginaciones; es un hombre a quien cobra luego el afecto natural que le inspiran los otros miembros de su familia. La va trabajando el hábito, se olvida de sí misma, se resigna inconscientemente a la trivial realidad que el destino le depara. Sus necesidades espirituales son tan hondas como su incapacidad para resistir el ambiente que la rodea. Pesa sobre ella el fatalismo ancestral. Renuncia, sin comprender nada a ciencia cierta, a la vida del amor que sin embargo seguirá murmurando en su corazón; y va viniendo así el olvido sobre su mundo interior apasionado. Ya el amor llega a tomar para ella una forma solamente ideal, cosa de la fantasía, romanticismo, sueño de poetas. Lee todavía con delirio a los escritores ardientes, y en las novelas simpatiza sin vacilar con las heroínas culpables; pero generalmente rehuye la sola suposición de una relación ilícita en la vida misma. Para esta resignada y piadosa criatura, el pecado es un fantasma sombrío que la asusta. Es preciso que concurran circunstancias singularmente favorables para que de pronto lo arrostre. Pero entonces también acepta la tragedia. Figúrate a una de esas jóvenes señoras en la paz de su hogar. La rubia cabeza de un niño se aduerme sobre su seno; se diría otra Virgen con otro niño Jesús. El aire que en derredor de ella se respira parece impregnado de virtud. Un velo de religiosa castidad cubre la hermosura lánguida de su cara. Su sencilla actitud es una oración. Pero hay sobre los párpados recaídos tanta sombra, es tan puro el óvalo de su rostro, que de pronto experimentas un sobresalto: es el miedo de profanar con un deseo, acaso principio de una pasión tan profunda como imposible, la religiosidad del santuario. Y te apartas, huyes de aquella presencia como el ladrón sacrílego sobrecogido en la iglesia por la expresión de las imágenes que le miran desde sus nichos. Y más tarde piensas: "Si la hubiese conocido cuando ella tenía quince años, si hubiéramos entonces hablado en una familiar confianza, ¿habría ahora ese recato de matrona sobre sus ojos, esa absoluta indiferencia para cualquier motivo de conversación que implicara siquiera la tímida curiosidad de su secretos íntimos, de los sueños que halagan sus horas solitarias?"
Muñoz escuchaba a Julio con intermitencias; la sugestión de sus palabras alternaba en su espíritu con la angustia punzante de su amor encelado; se imaginaba a su novia casada con otro, un niño rubio en los brazos y recatada como la Virgen. Y una risa sarcástica se escapó de sus labios.
--Pero las circunstancias, prosiguió Julio, te ponen en la ocasión de verla con frecuencia. Nunca de tus labios se escapa una palabra que pueda traicionarte. Ella adivina, sin duda, lo que pasa en tu corazón, aunque sería inútil que buscaras en su actitud, en su trato, en sus palabras, el más ligero indicio de ese conocimiento. Acaso tampoco tenga ella la hipocresía de manifestar por su marido un amor que no le tiene. En cambio, te dirá que en su corazón hay una idolatría constante que la deja llevar con resignación las penas de la tierra: Dios y la Virgen. Te regalará una crucecita, una estampa o una medalla, para que las lleves como una protección contra la desdicha y contra la tentación del pecado.
Pero una noche, por incidencia casual, has quedado solo con ella en el comedor. Los sirvientes han levantado la mesa, se han marchado. Es noche de invierno; en la chimenea una llama azul oscila entre los carbones. Ella conversa con más locuacidad, de mil asuntos, de la novena próxima, de un libro por demás liberal o cuyo argumento le parece inverosímil. Su conversación es sencilla, demasiado sencilla. Luego te escucha a ti; y la mirada atenta y buena tiene una pureza absoluta. "¿Qué significa, te preguntas, esa inconsciente virtud que protege sus hechizos?" En tu recuerdo no hay ahora una mujer comparable a ella. La miras como a un ser sobrenatural. De pronto, durante un minuto de silencio, estalla un lloro lamentable. Es en la estancia contigua, el niño. Ella corre, sobrecogida como tú. Al poco rato el niño se ha dormido. La madre ha cubierto a medias con la colcha su carita rosada, te ha llamado para que le contemples y admires. La casa entera parece desligarse del mundo y sumergirse en una gran quietud. Te dejas invadir con cierta amarga voluptuosidad por el romanticismo de la escena, en esta penumbra prohibida. El reloj da las doce, sus campanadas suenan como atónitas. Es tiempo de que te marches. Pero tú vives como en una atmósfera irreal, tu razón y tu voluntad ya no cuentan para nada. Repentinamente el deseo sobresalta tu corazón con una extraordinaria violencia; caminas hacia la pieza contigua con ánimo de huir, pero en seguida te vuelves. Ella, en ese momento, se inclina sobre la cuna; el claror de la lámpara pone una línea de luz en el perfil de su cara y otro en la finura del cuello; inclinada así, su cuerpo parece más largo y más lánguido. Un poder extraño te mueve hacia ella; tienes al mismo tiempo la sensación de caer en un abismo y escuchas como carcajadas lejanas de un espíritu maligno, que quisiera atraerte una irreparable condenación. Has tomado, sin comprender cómo, las manos que ella apoyaba en el borde de la cuna. Sobre sus ojos ves brillar la sorpresa y el terror; pero ella advierte que tus manos tiemblan oprimiendo las suyas, que también te altera la emoción del terror, que tus ojos se llenan de lágrimas. Nada conmueve el dulce silencio de la casa. Has querido hablar y un sollozo te ha cortado la palabra. La idea de profanar el santuario te incita, te enloquece, y de pronto tomándola en los brazos, la cubres de besos insensatos. ¿Y ella? La imagen del amor irradia sobre el Pecado, la virtud cae como un vestido que se desciñe, ¡y aquellos ojos divinos se entornan ahora como alucinados por la explosión de una gran claridad!
Julio calló.
--No se puede negar que tienes imaginación, murmuró su amigo.
--¿Imaginación? No, la realidad es mucho más interesante y terrible de lo que podríamos imaginar. ¿Conoces a las Aliaga? No, no las habrás tratado porque no salen nunca. Es una familia predestinada. El padre murió hace muchos años; la viuda, joven todavía, fue causa del suicidio de... de una persona cuya muerte pasó como causada por un accidente; un hombre casado; hay una hija suya que es extraordinaria... Este señor y la viuda de Aliaga eran amigos desde la infancia; creo que habían sido novios y cuestiones de familia deshicieron el compromiso. Pero desde poco tiempo después que el señor Aliaga murió, visitó la casa asiduamente, sin dejar sospechar el sentimiento que le iba dominando y llevando a la perdición. Solía ir con su hijita mayor, esa... la que no te quiero nombrar. Cuando la viuda comprendió la pasión de su antiguo amigo, le cerró consternada las puertas de la casa. Ese mismo día, él se disparó un tiro en la boca.
Pero el caso más espantoso y más triste ocurrió poco después, con una prima hermana de la viuda de Aliaga, casada joven, demasiado joven, con un señor que era entonces político conocido y persona muy influyente. Ella conocía a un muchacho... ¿te acuerdas de Isidro Acosta, aquel muchacho escritor que estaba en la Facultad cuando nosotros empezábamos el bachillerato? Se enamoró locamente de esta señora, que era algo pariente suya. Le pidió ella un día, llorando, con las manos puestas sobre las cabezas de sus dos hijitos, uno de cuatro, otro de tres años, que no la buscara más. Acosta hizo todo lo posible para ahogar su pasión, viajó por el Paraguay, se fue después a Europa; pero volvió, triste, más enamorado que nunca. Apenas llegó le mandó una carta escrita con sangre; se consagraba a ella decidido a morir. La pobre se asustó, parece que le correspondía en la intimidad de su corazón, aunque sabía ocultarlo y dominarse y había puesto una lápida sobre sus sentimientos culpables. ¡Ah! ¡Estas lápidas de olvido! ¡Cuántas mujeres porteñas han atravesado la vida melancólica hasta una noble ancianidad, plegadas por la virtud a la rutina cotidiana, distraídas por el cariño a los hijos, mientras un amor del pasado se ha ido muriendo como una claridad pálida en sus almas! Y no creas que las idealizo... ¡Oh, no...! Te sigo contando. Pocos días después de escribirle Acosta esa carta, que ella no le contestó, la encontró inesperadamente en casa de las Aliaga. Hablaron; él se puso a llorar como un chico, y esa tarde, sintiendo el vértigo de una pasión que concluiría por vencerla, buscó la única solución salvadora. Vivió todavía horas de sombría sublimidad. Su marido, que no la hablaba y ya sospechaba algo, la encontró por la noche arrodillada junto a la cama en que sus dos hijitos dormían. Al otro día, después de empapar sus ropas en aguardiente, se acercó al fuego de una estufa. Alcanzaron a verla caer alzando los brazos, gritando en medio de la llamarada. Cuando corrieron para socorrerla, escapó despavorida, y volvió a caer ya carbonizada. ¿Puedes imaginarte horror semejante? Parece que realizó el acto en un estado de absoluta lucidez. Piensa que la pobre, por una extrema exaltación de su virtud, sintió la necesidad de morir así, abrasada, para purificarse, para consumirse en el fuego con los vestigios de su pecado.
Julio Lagos se levantó; había referido aquello con la voz alterada y estaba pálido. Muñoz le miraba con asombro; tuvo la misma sorpresa que experimentara, algunos años antes, cuando en la clase le oyera discutir apasionadamente con el profesor. Julio se encogió de hombros.
--Te llama la atención que estas cosas me impresionen así. Ya sé que tú me imaginas insensible o algo así como si me faltara humanidad. Y volvió a hundirse en el sillón.--Sí, continuó, son muy extrañas las mujeres de nuestro país... Fue precisamente en casa de las Aliaga que conocí, hace algún tiempo, a esa amiga de Charito González. Me pareció en seguida que pertenecía al tipo de las mujeres fantásticas.
--¡Ah!--exclamó Muñoz, enrojeciendo. ¿La conociste en casa de Charito González? ¿Tú vas a casa de Charito González?
--No; la conocí en casa de las Aliaga.
--Estoy seguro que dijiste... en fin ¿una amiga de Charito González? Yo conozco a todas sus amigas.
--No importa. Esta es la hija del hombre que se mató por la viuda de Aliaga.
Muñoz ignoraba el suicidio del padre de Adriana.
--Entonces no cabe duda, murmuró fingiéndose distraído, toda esa es gente fantástica. Yo le preguntaré a Charito sobre sus amigas. No son mi tipo, te lo advierto... Así, agregó enrojeciendo otra vez, no habrá celos entre nosotros.
Y se rió, con una penosa risa de sarcasmo.
--La conocí en casa de las Aliaga, repitió Julio. No haría nada por encontrarme con ella, precisamente porque me impresionó mucho. Hay mujeres cuya idea nos subyuga como el destino... nos atraen, pero uno siente que la voluntad no debe intervenir para nada.
Volví a verla, en un teatro; estaba ella con varias amigas y no me vio. La observé atentamente. Había en toda su persona una armonía que no fallaba por ningún detalle, y ese algo indeciso que fluctúa sobre la expresión de la cara y en el gesto y en la sonrisa y nos advierte la presencia de un ser femenino cuyo acercamiento nos lo haría infinitamente precioso. En el amor, Muñoz, hay cierto momento en que se nos revela el gran misterio... Esto sucede cuando no nos arrastra la simple pasión, cuando nuestra alma, libre de la embriaguez que turba, se para, por decirlo así, en el umbral de su propio amor. ¿Has leído "La Vita Nuova"? Dante la escribió sobre Beatriz, a la que siempre contempló desde el umbral de su gran amor idealista, y ella, antes y después que muriera, estuvo revelándole los misterios divinos.
--Por lo menos, murmuró Muñoz sardónicamente, un marido que se hubiese casado con tu Beatriz no tendría nada que temer.
Y sospechaba que la Beatriz de Julio era Adriana.
Ambos quedaron repentinamente callados, sin poder reanudar la conversación. Julio se despidió.
Cuando Muñoz quedó solo, volvió a embargarle el pensamiento de Adriana y vio su imagen proyectarse, radiante, en el salón iluminado; junto a ella dos ojos saltones emergieron, temblorosamente, en una cara afilada, fina... ¡la cara de Castilla!
Entonces, por cobardía, se esforzó para pensar en los primeros tiempos de su amor, en la dicha de haberla conquistado, de haberse impuesto al alma que miraba tan misteriosamente por aquellas pupilas circundadas de ligera sombra. Pero acaso ella no podía amarle, algo inconmensurable y oscuro había sin duda entre los dos. De pronto, la obsesión visionaria se reavivó, acercándose. Adriana adoptaba una expresión condolida, pero irónica, irritante; los labios del otro sonrieron con la misma expresión. La silueta lánguida en el traje lila oscilaba suavemente; se soltaron los largos cabellos sobre la nieve de la espalda y el bello brazo desnudo se levantó, dulcemente; los labios del otro besaron en la blancura del hombro.
Muñoz temblaba, una nube oscureció violentamente las imágenes, se sacudió, habló en voz alta, para apartar de su alma los vestigios de la horrible alucinación. Quiso beber, pero se torcieron sus dedos, convulsivamente, sobre la copa diminuta, y el delgado cristal se quebró hiriéndole en la palma: la mano se agitó salpicando sangre.
VI
A no haber Muñoz abandonado tan precipitadamente la casa de Charito, habría comprendido lo infundado de sus celos. Porque cuando Adriana advirtió que Castilla se tomaba tontamente la libertad de acariciarle la mano, en seguida, dejándole plantado en medio de la sala, buscó a Muñoz.
Sin embargo, lejos de preocuparla que éste se hubiera marchado, sólo experimentó contra él un sentimiento de fastidio. Charito la llamó, consternada. Acababa de advertir, sospechando el motivo, la retirada de Muñoz. Era su amiga de confianza y profesaba por él un sentimiento que ella no hubiera podido definir: mezcla de cariño fraternal, de instintiva simpatía y de admiración. Le atribuía las mejores cualidades y no dejaba de recordar que había egresado de la Facultad de Derecho con las más altas clasificaciones de su curso. Charito, abandonando por algunos minutos al joven de la voz amaricada, tomó las manos de Adriana y la miró con expresión sorprendida.
--¿Por qué te portas así? Es un muchacho que te quiere con lealtad, con pasión. No es tan fácil encontrar un amor como el suyo, tan verdadero, tan noble. Conozco muy bien a Muñoz y sé que no podrá soportar por mucho tiempo esas actitudes tuyas. Ya te vi con Castilla. Por más que Muñoz te ame, si tú le sigues poniendo a prueba de ese modo, un día te dejará. Con la muerte en el alma pero Muñoz te dejará.
Dijo con énfasis "la muerte en el alma" y aguardó un explicación. Pero Adriana miró a su amiga con cierta dulzura indiferente, de soslayo, y le prometió que en adelante sería más buena con Muñoz.
Charito González no era linda ni fea; sus ojos claros, más expresivos hubieran sido hermosos y muy elegante su silueta de ser ella más alta. En su modo y en su trato había esa ambigüedad y esa ausencia de carácter definido que parecían el fondo mismo de su persona. Vivía absorbida por el ambiente social, y para las fiestas de caridad era una secretaria activísima y no hallaba tiempo de cumplir con todos los compromisos que se imponía. Adriana tenía de ella una impresión semejante a la que le sugerían las personas de la familia de su tío Ernesto Molina: que carecía, en cierto modo, de verdadera alma. Pero cultivaba su amistad comprendiendo que en todo momento podría confiar en los buenos oficios de su discreción y de su bondad.
Ahora la divertía el tono afectado con que le reprochaba sus inconsecuencias con Muñoz.
--¿Me prometes--insistía--ser leal, quererle de verdad, prodigar en este amor tu corazón?
--Te prometo--respondió Adriana imitando su énfasis--no traicionarle jamás, prodigarle mi corazón.
Durante el resto de la velada se aburrió como nunca.
Al día siguiente fue a casa de las Aliaga. La acogieron con una alegría más abierta y cariñosa que la vez anterior y se manifestaron sorprendidas de que no hubiese vuelto antes. Algunos minutos después, continuando una conversación empezada cuando ella se presentó, la pusieron en antecedentes de un íntimo asunto de familia y la consultaron como si fuese la persona de más confianza y más allegada a la casa. Después Carmen, la menor, la llevó a su cuarto y le mostró, con mucho misterio, un diario de su vida que había comenzado a escribir.
--Tú eres la única que podrá leerlo, le dijo como encantada de su idea. Ellas ni siquiera saben que lo escribo. La que tiene un diario ya muy largo es Laura. Algún día que ella se descuide lo robamos y lo leemos juntas. Como a ella le han pasado muchas más cosas que a mí, y ha tenido una pasión y estuvo de novia...
Dijo esto con cierto aire de pesar, como envidiosa de Laura.
Carmen tenía unos veinte años, pero por ciertos modos ingenuos y por algo de frágil que en toda su persona había, aparentaba diez y seis. El color de las mejillas y de los labios parecía más vivo por la blancura mate de la cara y de las manos. Alguna asimetría de la frente se anegaba en el esplendor de los grandes ojos grises, que daban la impresión de ser negros, por la anchura de las pupilas. Esta belleza de los ojos era un rasgo que tenía de común con sus hermanas, como asimismo la extraordinaria y continua intensidad de la mirada, llena de alma.
Las Aliaga conocían muchos libros que Adriana había leído, se asemejaban a ella en ideas y modos de ver, deliraban por versos de amor y comentaban con sutileza las novelas francesas y rusas que les traía Julio. Parecían, por las conversaciones que solían tener acerca de las heroínas desdichadas, que ellas mismas hubiesen querido de alguna manera acompañarlas en la peregrinación de sus desventuras ideales. Había en ellas una sensibilidad extrema, y por afortunada despreocupación, no habían adquirido esa cultura literaria artificial, buscada, que generalmente falsea y con frecuencia anula en la mujer el tacto artístico. Por eso podían amar con naturalidad el estilo de ciertos autores y preferirlos a otros sin obedecer a sugestión alguna. Un hermoso libro, a veces una sola página escrita con gracia, les daba ensueño para muchos días.
Adriana sentía el contraste profundo de esta casa con el ambiente sin espíritu que había, por ejemplo, en la de Charito González o de su tío Ernesto Molina. Sin embargo, una parte del misterio que en su imaginación había circundado a las Aliaga, se fue aclarando, como los contornos de una figura que parece fantástica en la penumbra y luego a la plena luz cobra una realidad más simple.
Acaso la más linda era Laura. Unía la sensibilidad excesiva a cierta actitud de calma inalterable. Tenía un modo muy particular de distraerse súbitamente de la conversación, para quedarse mirando en el vacío; pero no con la expresión ambigua de todo el mundo, porque bajando la cabeza, sin bajar la mirada, el negro de las anchas pupilas se confundía con el negro de las pestañas, y entonces aquella mirada fija adquiría una profundidad llena indefiniblemente de tristeza. Adriana se acercaba a ella, solícita, y acariciándola y jugando con sus cabellos la interrogaba bruscamente, como para descubrir por sorpresa el secreto de sus pensamientos:
--¿En qué pensabas? ¡Dímelo, por favor!
Pero Laura, respondiendo sin hablar a sus caricias, sonreía con una dulce tranquilidad.
Se formó entre ambas una amistad delicada, estrecha, y sin embargo llena, en muchos puntos, de reserva. Ni la una ni la otra llegaban a la confidencia. Y mutuamente se perdonaban y hasta se agradecían esta reserva. A veces, después de alguna reflexión hecha al azar sobre la dificultad de hallar en la vida la felicidad del amor o sobre la grosería con que lo concebían los hombres, se detenían en el punto mismo de abrirse el corazón.
Adriana experimentaba, por primera vez, el sentimiento apasionado de la amistad. Laura la besaba como a una hermana y le enseñaba imágenes de santos bordadas en seda por ella. Sobre la cabecera de su cama colgaba un crucifijo labrado en marfil. Había en la habitación dos cuadros cuyo asunto era triste. Uno de ellos, titulado "L'Oubliée", figuraba dos amantes que se besaban cerrando los ojos mientras la muerte, un fantasma vago, invisible para ellos, se acercaba a contemplarles. Y en el otro cuadro, la pobre amante ya estaba de rodillas sobre la tumba y alzaba la cara mirando al cielo con sus grandes ojos claros, que por el exceso de la pena casi no tenían expresión.
Carmen se demostraba celosa de aquella amistad e interrumpía las pláticas de Adriana y Laura protestando:
--Hemos tenido la dicha de encontrar este encanto de amiga y tú te la quieres acaparar como si fuese únicamente tuya. Y comenzaba a charlar alegremente o traían un cuaderno en que había copiado versos, algunos en francés, y éstos ella exigía que los leyese Adriana, porque los decía con una admirable pronunciación.
Generalmente las Aliaga charlaban con volubilidad, proyectaban viajes, sin propósito ninguno de realizarlos y se daban bromas con jóvenes a quienes no veían desde largos años atrás.
Pero aquella superficialidad era ficticia, una delicada apariencia con la cual revestían, por un raro pudor, la profundidad y la inquietud de sus almas. Y así como Adriana misma, mientras hablaban y reían con ligera locuacidad sobre temas con frecuencia pueriles, soñaban interiormente sus cosas ideales; y como ella, también, vivían sin dejar transparentar el mundo de imágenes amorosas y de suaves ideas que las encantaban en la cotidiana meditación.
Alguna vez, cuando atardecía, abrían los balcones, que daban sobre la Avenida Quintana. Adriana se abandonaba a la dulzura de quedarse allí, anegada en sus propias ideas y en la vaga contemplación de esta calle solitaria, retraída del rumoreo cosmopolita con su elegante edificación de cerrados palacetes. Al extremo de la Avenida, el jardín de la Recoleta iba igualando los tonos oscuros de su arboleda tropical; y por encima, cerrando la perspectiva en la entrada del cementerio, la iglesia del Pilar, pequeña, simple, con algo de atónito en su distante apariencia: vieja capilla que la ciudad colonial desaparecida había dejado allí disimulada en la humildad de su encanto.
Adquiría todo esto tanta belleza muriendo la tarde y bajo el oro del otoño, que se ponían ellas pensativas. Adriana, ansiosa de amor, imaginaba idilios con Julio.
Entraban luego, cerraban las persianas y encendían las luces. Había en la gran sala un ambiente de intimidad y una elegancia sutil: el decorado, los tapices de tonos oscuros, los muebles severos y el conjunto de los pequeños objetos de adorno, se caracterizaban por una singular ausencia de cualquier detalle demasiado llamativo u ostentoso. Reinaba allí, como en toda la casa, una especie de suntuosidad sin lujo, traída naturalmente a través del tiempo y sometida al espíritu de sus moradores. Cosas de épocas diversas se avenían entre ellas con una gracia original. El arte antiguo de los pesados jarrones de cobre preciosamente trabajado, que figuraban dragones fantásticos sobre la chimenea de mármol negro, no parecía contradecirse con el arte ligero de una lámpara moderna que difundía, suavemente atenuada por el moaré de la pantalla, la luz de la bombilla eléctrica oculta en el esbelto pie de alabastro.
En una vitrina, grandes abanicos abiertos evocaban modas desaparecidas y transmitían la sensación encantada de los años en que se habían usado: algunos, enormes, estaban hechos con blanca pluma de garza sobre varillas de ébano; en otros era el plumaje negro y contrastaba pomposamente con el labrado marfil; y en los menos antiguos, alguna escena de pastores se pintaba sobre la indecisión de la seda ajada. Encima de la mesita de caoba cuyos bordes afiligranaba una incrustación de nácar, había un grueso álbum de retratos con el terciopelo de las tapas ya gastado, como felpa de viejo bargueño. La mayoría de los retratos se habían descolorido; en algunos apenas era posible distinguir otra cosa que el espectro de la imagen. La fotografía de la primera página era más reciente y en ella resplandecía, con el fino tipo de las Aliaga, una maravillosa cara de mujer, la madre de ellas. Más que su noble belleza, impresionaba el alma de los ojos, profunda, dulce, y su expresión singularmente parecida a la de Laura.
Este retrato ejercía sobre Adriana una especie de fascinación. Solía largamente contemplarlo. Entonces Zoraida o Carmen, con cierta suave violencia, se lo quitaban.
--¿Por qué? les preguntaba sorprendida.
Ellas callaban, mirándose.
Zoraida, que era música, solía sentarse al piano y ejecutaba con maestría motivos de Chopin o de Beethoven. A veces lo hacía como jugando, interrumpiéndose a cada rato por seguir la conversación de sus hermanas. Pero con frecuencia, exaltándosele la expresión del semblante, la idea musical la arrebataba. Entonces las otras enmudecían. Carmen, arrodillándose junto a Zoraida, la miraba con atención ingenua, y después, hacia las últimas notas, se oprimía el corazón y suspiraba sonriendo.
Por confidencias de Carmen, supo Adriana muchas cosas relativas a Zoraida, que la afirmaron en la suposición de que ésta, realmente, había sido objeto de la imposible pasión y causa del suicidio de su padre. En la infancia Zoraida se había formado un propósito tenaz: ser monja. Al principio eso fue motivo de broma en la casa y más cuando ella rompió sus muñecas para demostrar despego por los afectos del mundo. Tuvo luego, ya desde los catorce años, festejantes que la adoraron; a todos les rechazó. Inútilmente su padre, que aun vivía, resolvió sacarla del internado, donde seguramente alguna monja le había inculcado aquella idea mística tan singular en una criatura de su edad. Ella declaraba que su vocación era el convento adonde tarde o temprano iría para conformarse a los deseos de Dios que la llamaba. Más adelante comunicó tal propósito a su director espiritual, que la felicitó; también hizo voto de castidad y ya no quiso ocuparse sino de los trabajos que se impusiera como Hija de María. Cuando su padre murió, Zoraida cumplía diez y siete años; su decisión se hizo más ardiente que nunca. Fue preciso que Eduardo interviniera acerca del confesor. Este un día le declaró seriamente que debía obedecer a su madre. Zoraida, decepcionada, recurrió directamente a la superiora de las Salesas, quien la aconsejó de acuerdo con el sacerdote. Entonces su naturaleza extremosa se sublevó. Juró que abandonaría toda tarea religiosa, que no pisaría más el confesionario y que hasta dejaría de ir a misa.
--Y ese juramento--añadió Carmen--lo ha cumplido. Nunca siquiera nos acompaña a misa los domingos. ¡Qué raro! Ella dice, ahora, que para comunicarse con Dios no es necesario ir a persignarse en la iglesia delante de todo el mundo.
--¿Y tuvo más festejantes? preguntó Adriana.
--Sí, varios. Pero los despreció a todos. Cuando murió mamá, es claro, ella era la mayor y tomó el cuidado de la casa. Y oye...
Enmudeció repentinamente ante Zoraida que vino a sentarse junto a ellas.
--No sirves para disimular, Camucha. En la cara te adivino que le hablabas de mí--dijo acariciándola.--¡Indiscreta! Le habrás contado mi manía de ser monja.
Carmen, muy colorada, no atinó a defenderse.
--Pero no se lo creas todo, Adriana. Camucha es demasiado novelera. Aquello fue más bien fantasía de chica. Una verdadera vocación no se me habría pasado con la muerte de mamá, ni con los disgustos que se juntaron encima.
Y procuró convencerla de que aquello había sido una pura ingenuidad, un idealismo, por el pensamiento de que fuera de Dios nadie podría enamorarla nunca. Por otra parte el amor--ella estaba segura--sólo hubiera venido para su perdición.
Un día conversaron acerca de Julio, y Adriana escuchó sin perder palabra.
Carmen extrañaba de que nunca le hubieran conocido ellas ningún amor.
--No hay mujeres para Julio, murmuró Laura.
--Sería raro que no tuviera alguna pasión por ahí, añadió Zoraida.
Carmen protestó con tono de reproche:
--¡Raro! ¿Y acaso nosotras no nos parecemos a él? ¡Pensar que lo pasamos aquí tan escondidas y como olvidándonos de vivir! ¿Quieres creer, Adriana, que Zoraida nos está contagiando su enemistad hacia el mundo? Como no ha podido entrar de monja quiere hacer de esta casa su convento. Ya ni por motivos de caridad nos relacionamos con nadie. Días pasados vinieron a verla varias señoras, para pedirle que formara parte de una comisión de beneficencia. No lo consiguieron. A mí, el año pasado, me dejaron una alcancía para la colecta del 2 de Octubre. Has de creer que no tuve ocasión de pedirle su contribución a nadie. Y para no quedar mal nos vimos obligadas a reunir cada día todas las monedas que había en la casa, y registrarle los bolsillos a Eduardo, hasta conseguir poco a poco llenarla. Pero lo más grave es, para mí, que viviendo en esta forma una no tiene oportunidad de conocer mozos y hallar alguno a quien querer.
Y Carmen, con un modo ingenuamente lánguido, apoyó la mejilla en la palma de la mano abierta, y bajo la frente algo asimétrica sus hermosos ojos grises tomaron una expresión vaga; en la sombra de su meditación, miraba sonreír una cara que en la realidad no había visto nunca.
--Por mi parte, suspiró Zoraida, todos los días pido a Dios que no me traiga la ocasión de enamorarme. Laura intervino.
--¡Siempre tu misma manía!
--Con esas ideas extrañas--añadió Carmen--todas debemos hacer lo posible para quedarnos solteras.
--El amor, para nosotras, sólo puede venir como una desgracia, replicó Zoraida. Y la voz le temblaba.
Un día Adriana preguntó por Julio.
--¡Está aquí! exclamó Carmen. Lo dejamos arriba, con abuelita, cuando tú llegaste.
--Le pidió abuelita que tomara el te con ella, agregó Zoraida, y allí está Laura también. ¿Te has fijado, Camucha, con qué atención le escucha Laura, cuando él habla?... Es una suerte. Así, poco a poco, me irá perdonando...
--No, ella no se olvida de José Luis, ella piensa que José Luis hubiera sido el amor de su vida, repuso Carmen. No te puede perdonar.
Adriana, preocupada deliciosamente por la idea de que Julio estaba en la casa y que lo vería de un momento a otro, no fijó su atención en aquella frase de Carmen. Puso todos los sentidos en sorprender, sobre la cara de Julio, cuando bajara, la impresión que le haría volverla a ver. Sorprendió una expresión de júbilo, y en seguida una contradictoria mirada de tristeza. Con él bajaba Laura. Esta se adelantó y la besó en los ojos.
--Al fin se han vuelto a encontrar, después de un año, murmuró.
Se habló de música y de novelas. Laura, que no dejó un instante de observar a Julio, suspiró, volvió a besarla.
--Se me ocurre que ya te quiere, le dijo al oído.
Pero Adriana no podía escucharla. Miraba a Julio con los ojos un poco atónitos y sonreía con su sonrisa ligera.
VII
Pensó que una influencia oculta atraía sobre su vida el amor, aquel mismo amor que un año antes había visto brillar en los ojos de Julio.
Pero ahora este pensamiento no asociaba la dicha y tampoco la antigua esperanza. Volvió a verle y nada ocurrió. Una gran inquietud la invadía. Cuando él hablaba, fingía distraerse, le dejaba conversando con Zoraida y llevándose a Laura al otro extremo del salón, se ponían a hojear el álbum de los retratos abierto sobre la falda de ambas. Sentía, sin saber por qué, la necesidad de mostrarle indiferencia. Sin embargo, no advertía en Julio señal alguna de que esta actitud le afectara. "Hoy se ha marchado--pensaba--sin saber a qué atenerse con respecto a mí... Desgraciadamente, yo estoy en el mismo caso"... Y comenzaba a dudar de la pasión presentida. ¿O andaría él tal vez enamorado de Laura...?
Julio no era el mismo que reapareciera tantas veces en su memoria; su recuerda había sin duda trabajado los rasgos de aquella cara, sus gestos, sus actitudes mismas, prestándoles una indecisión que no tenían, ahora, aquella frente tan recta desde la raíz de los cabellos hasta el arco de las cejas, y aquellos ojos que solían quedarse mirándola, durante un rato largo, con naturalidad. Era otra cosa, también, su manera de entrar, decir saludando algunas palabras distraídas, y luego, sentándose con las manos en los bolsillos, quedarse pensativo y como si estuviese completamente solo. Adriana se preguntaba por qué no había ya, entre él y ella, la locuacidad amable de la tarde que se habían conocido. A veces una frase de Julio parecía, sin embargo, buscar la intimidad y la confianza; algo invisible la impulsaba entonces, más que nunca, a burlar la adivinada intención. Burlarle aunque tal victoria le costase la felicidad de su vida. Y no se explicaba a sí misma la razón oscura de este deseo. Porque sufría al pensar que él pudiera sufrir.
A medida que le iba conociendo más, menos podía substraerse a un sentimiento de ternura entrañable y más doloroso le era fingir la vaga despreocupación.
--Cuando tú estás, le decía Carmen, Julio apenas conversa, lo mismo que tú. ¡Ah, si pudieras oírle cuando se anima y cuenta el argumento de alguna comedia o habla de cosas ideales! ¡Con qué atención nos quedamos escuchándole y deseando que no termine nunca! Engaña mucho esa frialdad que tú le ves. Es nuestro mejor amigo, nuestro único amigo, porque a los muchachos parientes que suelen venir, ni los tenemos en cuenta. ¡Julio nos entiende tanto! ¿Quieres creer que yo, a él, le confesaría lo que ni a Laura ni a Zoraida podría decirles nunca?
Y estas noticias embargaban completamente la imaginación de Adriana.
También Laura solía hablarle de Julio, cuando estaban solas, y sus elogiosas referencias coincidían con la opinión íntima que de él se había formado Adriana.
Un día Julio pareció transformarse en un hombre que no era el Julio habitual. Sentado junto a ella mientras Zoraida, en el piano, ejecutaba una sonata, interrumpió de pronto la conversación que sostenían sobre un tema trivial, para preguntarle, con una voz humilde, si acaso tenía contra él algún motivo de resentimiento.
Adriana le miró con asombro. Aquel dejo humilde y aquella cierta inoportunidad ingenua de la pregunta, debían quedarle murmurando como una dulzura en la memoria. Le pareció adivinar instantáneamente toda el alma de Julio.
--¿Yo resentida con usted?... ¡Oh, no, no!
--Es una pena.
--¿Una pena que yo no esté resentida con usted? Explíqueme, Julio.
--Es tan difícil explicar... Ciertas ideas, las más íntimas, no podrían expresarse sino por un esquema pueril. Por eso la melancolía de conversar con alguien que podría comprender lo que por desgracia no sabemos explicar: vamos deplorando, al cabo de cada frase, que lo realmente significativo de la idea se quedó en el corazón.
--Pero en fin: ¿usted preferiría que yo estuviese disgustada? Por favor, dígamelo así en esquema.
--Sí, preferiría eso, para poder atribuir su resentimiento a una mala inteligencia; en cambio, ahora ya conozco que su frialdad sólo viene del ningún deseo de reanudar aquella amistad de algunos minutos, cuando nos encontramos aquí hace un año, amistad que sólo en la imaginación mía pudo seguir persistiendo.
Adriana, para demostrarle que tampoco ella había puesto nada en olvido, le repitió algunas palabras que dijera Julio en aquella ocasión. Y se maravillaba de su propia sinceridad.
--¿Sabe usted, agregó, que me dejó sorprendida la seguridad suya cuando se puso a imaginar el elogio de mi alma?
Y le pareció advertir de nuevo, como entonces, que brillaba el amor en la mirada de Julio. Pero ambos callaron, suspensos de la música de Zoraida, que se hallaba en uno de sus momentos de exaltación.
El motivo de Beethoven jugaba con cierta gracia infantil, sus frases líricas parecían caminar sobre el teclado, frescas, ligeras, y acariciaban el oído sin despertar inquietud. Después las notas se precipitaban, límpidas, luminosas, con algo de ansiedad, y en el aire se iba formando una idea musical, pura, serena y como desasida de su mismo origen sonoro. Las límpidas notas, súbitamente contenidas, tornaban en dulce murmullo. Ahora el motivo era un alma, con la palpitación del ritmo pugnaba por subir, vacilante, a las regiones inefables. Se agitaba su vuelo en las alturas, como una alondra. Y por momentos, en la poderosa dilatación del sonido radiante, parecía a punto de alcanzar el júbilo de una maravillosa revelación.
Pero luego las notas decaían, las bellas frases se enlazaban más lánguidas, la imagen de la dicha moría en un radio de sombra, y ya sólo podía oírse la tierna resignación del amor vencido ante la irremediable lejanía de su ideal ultraterreno.
De pronto, en medio de su tristeza, el mismo motivo musical se reavivaba, con la gracia de un hermoso niño que despierta olvidado de la causa que acababa de adormirle llorando; y volvía a su encanto de las primeras notas, ágiles, ligeras, para luego agitar de nuevo en el ritmo sus alas de esperanza. Y otra vez el alma de la idea lírica ascendía cantando, como una alondra.
Cuando terminó la sonata, ambos quedaron un rato en silencio, oprimidos por ese inexplicable deseo que la música infunde, de una dicha excesiva, superior a la condición humana. Ella echó sobre Julio una rápida mirada; estaba un poco pálido y tenía los ojos húmedos, absortos en ella; sus palabras, al reanudar la conversación, tomaron el dejo humilde.
En esto apareció Laura. Al verles hizo un vago gesto, como si hubiese querido retroceder. Pero Adriana se levantó, fue hacia ella, rápidamente, y le oprimió las manos tanto que Laura contuvo un grito. Entonces, con actitud de azoramiento y de lástima, besó una y otra vez aquellas manos, sin alzar los ojos. Daba las espaldas a Julio y seguía sintiendo sus palabras humildes penetrarle en el alma como una larga caricia.
VIII
En esa misma semana tan llena de emociones, volvió a la estancia de su tío para buscar a su madre, que decidió instalarse definitivamente en la ciudad. Fue por la mañana y pasó el día con sus parientes. La notaron cambiada, muy abstraída. No tuvo "rarezas", no contradijo a nadie y rezó con su tía en el oratorio.
Sus dos primas la observaban, mirándose luego con cierto aire de asombro, como si esta nueva manera de ser tuviese también su punto censurable. A Fernando, que de allí a poco debía emprender un viaje a Europa, le habló en tono afectuoso, pidiéndole no dejara de escribir con frecuencia, y ayudó a su madre, muy solícita, en el arreglo del equipaje. Su tío relataba anécdotas sobre un político de gran actuación fallecido el día anterior.
--Yo lo traté mucho--decía--y pocas personas he conocido tan finas y tan amables. Ya pocos hombres quedan como esos, en el país. Era tan atento que le pasaban cosas curiosas. Ahora ustedes van a ver, les voy a contar. (Hizo su larga pausa de costumbre, el dedo pulgar de una mano en la abertura del chaleco, la otra mano apoyada de través en la rodilla). Un día, él entonces era ministro, estaba yo en su despacho, con otros amigos, cuando entró, después de anunciarse, un jovencito provinciano, muy tímido, con una carta de recomendación. El ministro le tomó la carta, la leyó, le prometió un empleo. Después, por halagarle, se puso a conversar un rato con él. "Yo era muy amigo de su papá--le dijo--persona muy distinguida, por cierto, y cuando murió hube de hablar en su entierro". Esto no era verdad, lo decía de puro amable. El jovencito, naturalmente, se sorprendió. "Señor, mi padre no murió aquí, sino en Montevideo", "Ah, tiene usted razón,--contestó el ministro--en Montevideo, sí, lo recuerdo muy bien, por eso no hablé".
Adriana fingía atender las crónicas de su tío. Pero sus pensamientos volaban a casa de las Aliaga. Predominaba en ella la inquietud, su anhelo se perdía en presentimientos confusos, su espíritu se transformaba en un sentido ideal. Con Julio, este muchacho que ella había tratado apenas, no hubiese empleado nunca sus fáciles y comunes recursos de seducción y le aterraba la sola idea de que él pudiera interpretar como coquetería alguna actitud suya.
Al caer la tarde, un break las llevó a la estación del pueblecito cercano a la estancia. Las primas se despidieron. Adriana, distraída, se dejó besar en las mejillas.
Cuando hubo arrancado el tren, corrió la ventanilla, para evitar el aire frío, y al través del cristal, que se humedecía con su aliento, se puso a mirar el paisaje. La inacabable llanura verde comenzaba a cubrirse con un ligero esplendor de oro. Hileras de álamos surgían y se precipitaban al paso del tren. Se desteñía el cielo como un inmenso lavado de acuarela, dejando abajo, en su límite con la tierra, una cinta de vapor azul. El sol, descendiendo, ofuscó los ojos de Adriana con sus largas flechas amarillas, que se volcaban brillando a cada ondulación de la campiña. A trechos giraba lentamente, muy distante, la azotea roja de un chalet; y su ventana, bajo el triángulo de tejas, fulguraba como una planchuela de oro. El sol se dilató; era una gran ascua redonda que perforaba la cinta de bruma azul. Un gajo de arbusto seco, sobre la llanura, cruzó por el disco como un arabesco de tinta. Arriba en la inmensidad lívida, una pequeña nube, un encaje de luz rosada y pura, se irisaba como una maravillosa concha de nácar.
Del alma de Adriana huían los pensamientos mezquinos y sus ojos se abismaron en la tristeza del firmamento pálido. Las cosas pasadas en aquellos días surgieron como fantasmas que bailaban precipitadamente en el sitio donde había desaparecido el sol. Su definitivo rompimiento con Muñoz, las Aliaga, Julio Lagos, y aquel inesperado diálogo interrumpido por Laura...
Quiso arrancarse a esta gran inquietud del presente y penetrar en el recuerdo de los años de su infancia. Pero la sintió lejos, inconmensurablemente lejos. Parecía escapar como una crisálida convertida en mariposa inmaterial, que volara por un mundo irremisiblemente perdido para su corazón. Contempló su propia silueta infantil diseñada como una figura de relieve cubierta de polvo en su recuerdo. Y vio también a Raquel, de seis años, otra figura, otro relieve cubierto de polvo; Raquel vestida de negro, con dos hilos de lágrimas en las mejillas rojas. Adriana le pegaba por una rivalidad pueril. Estaban solas en el patio de la casa y junto a la habitación donde el padre muriera algunos meses antes. Raquel, agachada bajo los golpes de Adriana, abría un medallón que llevaba al cuello con el retrato de su padre y exclamaba sollozando: "Para que papá vea lo que tú haces". Después, sobrecogida, se echaba a correr, seguida de Adriana y cubriéndose la cabeza con las manecitas abiertas. Pero Adriana ya no corría para pegarle, sino enloquecida de súbita piedad. Y llegando las dos a un corredor oscuro, se abrazaron con ímpetu, consternadas hasta el llanto por aquella penosa evocación de la sombra paterna. Entrecerrando los ojos, apoyó la frente contra el frío cristal de la ventanilla. Y entonces, en aquella profunda lontananza, las dos criaturas se desenlazaron y la miraron a ella con los ojos llorosos, fijamente. Inclinándose juntas, se secaron las lágrimas con el ruedo del vestidito negro. Y volvieron a mirarla, más adustas, Raquel con sus claros ojos verdes, Adriana con sus ojos negros, con sus ojos negros y asombrados. ¿Asombrados por qué? Una amargura indecible pasó por el alma de Adriana. La visión se borró.
Y quiso recordar otros años aun más lejanos. Sin duda tuvo entonces un geniecito encantador y alegre; esto se lo decía un retrato suyo en que aparecía una chiquilla regordeta, graciosísima, que inclinando la cabeza con malicia, adelantaba un piececito y escondía las manos tras la espalda.
Había también una primera luz de amor en su infancia indecisa: Roberto, muchacho paliducho que jugara con ella y que por juego fue su amante infantil. A los once años entró ella en el internado religioso y no le vio más. Porque a poco él moría en las sierras de Córdoba. Su imagen, después, se le presentó siempre circundada de fría penumbra, entre los pliegues de un sudario, mirándola con sus ojos inteligentes, tristes, velados de sombra mortal. Adriana, para avivar la sugestión de este recuerdo, solía leer aquel poema francés en que un amante muerto sale melancólicamente de la tumba, llama a la habitación de su amada y murmurándole palabras de lúgubre ternura, la lleva consigo al cementerio.
Y ahora, con aquella meditación de crepúsculo, junto a su madre silenciosa y recogida también en sus recuerdos, se puso a musitar el primer verso del poema:
"Pourquoi pleures-tu petite Christine?"
Imaginó ser ella misma, en la media noche de invierno, la heroína del poema, y repetía sus tristes y tiernas palabras:
"Mon fiancé dort sous la noire terre, Dans la froide tombe il rêve de nous. Laissez-moi pleurer, ma peine est amère, Laissez-moi gémir et veiller, ma mère, Les pleurs me sont doux".
Y al recordar los versos que seguían, la escena descripta se destacó vivamente en la penumbra de su ensueño:
"La mère repose et Christine pleure, Immobile auprès de l'âtre noirci. Au long tintement de la douzième heure, Un doigt léger frappe à l'humble demeure: Qui donc vient ici?"
Y afuera la voz del amado:
"Tire le verrou, Christine, ouvre vite: C'est ton jeune ami, c'est ton fiancé. Un suaire étroit à peine m'abrite; J'ai quitté pour toi, ma chère petite, Mon tombeau glacé."
Adriana sintió suspirando y con una secreta exaltación de júbilo que dos lágrimas le ardían bajo los párpados:
"Oh mon fiancé, souffres-tu, dit elle, Quand le vent d'hiver gémit dans le bois, Quand la froide pluie aux tombeaux ruisselle? Pauvre ami couché dans l'ombre éternelle, Entends-tu ma voix?"
Su júbilo se hizo ardiente como un delirio. Y en las estrofas finales del poema, todo su corazón acompañaba el arranque de fidelidad apasionada que hace exclamar a la joven, cuando su amado intenta volver solitario a la tumba:
"Non! je t'ai donné ma foi virginale, Pour me suivre aussi, ne mourrais tu pas? Non! je veux dormir ma nuit nuptiale, Blanche, à tes côtés, sous la lune pâle, Morte entre tes bras!
En aquel momento su madre empezó a hablar para hacerle reproches, en una letanía lamentable. Estaba inmóvil, con las manos entrelazadas y los ojos aflijidos y fijos. La luz del crepúsculo esfumaba su cara y su pelo en una tonalidad rojiza. Adriana la escuchaba como entre sueños; y perdida en la remota nostalgia se repetía las palabras dolientes del poema. Y no era ya su novio infantil, sino Julio Lagos el amante que en su visión interior bajaba con ella al sepulcro, besándola sobre los ojos; y entre la masa negra de los cipreses, huía el sudario del otro.
De pronto, en una brusca caída a la realidad, la sacudió el traqueteo y el ruido más fuerte del tren. Un "rápido" pasó por la vía paralela disparando un silbato estridente; y la mancha momentánea de los coches osciló en la penumbra del paisaje rayándolo confusamente. Ahora era un paisaje sombrío, todas las cosas exaltaban sus formas como una fantasmagoría. Techos y árboles sobrenadaban en la indecisión de la llanura. Una lucecilla, muy lejos, se encendió temblando como insecto de oro. La ciudad ya próxima comenzó a surgir. Su visión se dilató. Bóvedas y torrecillas paralelas crecían, parecían moverse, lentamente, hacia el vuelo jadeante del tren. Algunas casuchas del suburbio, como emboscadas junto a la vía, asomaban rápidamente, y cada una, al pasar, parecía volcarse en la penumbra. El tren corría a la altura de los tejados ceñidos contra el paso a nivel. Talleres aun humeantes y ranchos de pobrerío se diseminaban confusamente, y todo formaba una perspectiva sórdida y ruin. Sobre aquel montón fugitivo de cosas informes y de vida precaria, todo miserablemente pegado a la tierra, flotaba como una armonía la magnificencia triste del ocaso, derramando sombra y paz.
El tren penetró vertiginosamente en el arrabal, haciendo temblar el viaducto. De pronto su marcha detuvo la precipitación jadeante: atravesaba el Riachuelo. Adriana quedó estupefacta. Había cruzado el puente en pleno día, sobre aguas verdosas salpicadas de desperdicios, entre sucias embarcaciones atracadas a los malecones rotos. Ahora le pareció pasar por sobre una enorme sierpe de púrpura deslumbrante, que bajo el crepúsculo se prolongaba, entre dos orillas de negrura fantástica, y sorbía en el horizonte la luz de sangre.
Por encima del arrabal aparecía aún, más allá del caserío confuso que el tren dejaba atrás, la llanura de sombra violácea; y una iglesia lejana se diseñó como una miniatura gótica estampada en el cielo pálido; Adriana creyó oír algunos toques de la campana, llegando hasta ella en una vibración imperceptible, moribunda, y sin embargo penetrante en su música como una dulcísima queja. Involuntariamente juntó las manos. Un gran deseo de purificación la dominó; y en este generoso arranque que subía desde lo más íntimo de su alma, como un mar de ternura, reconoció una semejanza con la irradiación suntuosa y triste que derramaba el cielo sobre las deformidades viles de la tierra, reflejando la visión de aquella luminosa sierpe de púrpura que había pasado como un prodigio bajo sus ojos atónitos.
La humilde iglesia lejana, flotando en la sombra violácea, parecía hacer a su alma una seña inmóvil. Adriana hubiese querido volar hacia ella, arrodillarse en la penumbra más vaga de su nave pequeña y llorar a solas, indefinidamente, bajo las luces encendidas en los cirios.
IX
Subieron a la habitación de la abuelita, en seguida de comer. La anciana hizo señas a Adriana de acercarse y sus dedos largos y viejos le acariciaron los cabellos. Había una extrema suavidad en su modo y en toda su persona; la tranquilidad profunda del rostro traía el vago resplandor de una belleza apagada por el tiempo.
Ya no salía de la habitación, a causa de la parálisis, y por lo común se absorbía completamente en la reminiscencia de las cosas pasadas; para ella se reducía a sus nietas todo el pálido presente.
Eran de otra época los muebles que la acompañaban, la suntuosa y maciza cómoda de manijas talladas, los sillones altos como sitiales; de otra época los grandes marcos de un oro ya sin brillo: en las telas agrietadas, los rasgos expresivos de las caras habían comenzado a borrarse, y la sonrisa de estas caras, alguna llena de hermosa juventud bajo lo anticuado del atavío, parecía velada de pesadumbre, como por la conciencia larga de la muerte.
La anciana le preguntó por su madre y sus hermanas, y luego, evocando poco a poco sucesos que se referían a la familia de Adriana:
--Yo lo apreciaba mucho a tu bisabuelo, tu bisabuelo por la rama de tu madre; me festejó en un tiempo.
La expresión de sus ojos, bajo la frente placidísima, se anegó en el recuerdo. Y refirió el caso con sencillez casi infantil, repitiendo las frases que le habían murmurado, más de medio siglo antes, en una fina declaración de amor, que su memoria resucitaba con la imaginación del salón lejano, las figuras ceremoniosas del minué, su propia linda imagen de muchacha vista de soslayo en los altos espejos, y ya indecisos, como en una sombra, los gestos galantes de sus amigos desaparecidos.
Las Aliaga oían sus palabras con una suerte de avidez febril. Rara vez ocurría que así se pusiera a contar historias de su tiempo; la vejez avanzada había atenuado mucho su sensibilidad, le había comunicado una especie de indiferencia para todas las cosas, y también para sí misma, porque hablaba de morirse sin que tal idea despertase en ella zozobra alguna. Pero esa noche, los recuerdos la iban como galvanizando.
--Y yo no sé por qué tu bisabuelo no me gustaba para marido. Entonces él se casó con Josefina Chaves, la abuela de tu mamá; era también muy bonita y nada celosa; ella misma nos daba bromas, a su marido y a mí, cuando se acordaba de aquellos festejos. Sí, y él se quedaba callado. Sabía disimular muy bien.
Y el rostro de la anciana sonreía con expresión de dichosa ingenuidad senil.
--Tomaron una casa muy linda,--continuó--en la calle de la Piedad, junto a la iglesia. ¿Viven ustedes siempre allí?
--¡Oh, no señora! Nos mudamos. Yo apenas me acuerdo.
--La echaron abajo hace tiempo, abuelita--dijo Zoraida. Ahora viven en la calle Cerrito, a pocas cuadras de aquí.
Adriana vio como en sueños aquella casa antigua, el patio con sus baldosas blancas y negras, la grande y tupida magnolia, en cuya cima asomaban, medio tapadas por las hojas, enormes rosas blancas. Y recordó también las hermosas diamelas, su aroma embriagante cuando todas las plantas del patio florecían y sus hinchados pétalos, próximos a marchitarse, tomaban un color avinado...
--También la casa en que vivíamos nosotras la han echado abajo, explicó Zoraida.
--¿Es posible?
Pero el rostro de la anciana volvió a iluminarse:
--Una vez tu bisabuelo, como siguiendo la broma, me regaló un ramo de diamelas. Josefina se reía, pero no creo que le gustara mucho. Ah, ¡qué ricas diamelas!
Y parecía aspirar de nuevo la fragancia y contemplar la escena remota en una milagrosa reaparición.
Luego contó, una tras otra, largas historias de las cuales ella o sus amigas habían sido las heroínas; y también tragedias ocultas, como el suicidio de una sobrina de Juan Manuel de Rozas, muchacha suave y sentimental, que no pudo sobrevivir a un desengaño de amor.
Recordó el caso triste que diera origen a la capilla de Santa Felicitas y todo un profundo pasado parecía asomarse desde la región del olvido, varias generaciones cuyos individuos se habían ido extinguiendo, con las ideas, los sentimientos y las costumbres sencillas de una época muerta; salones radiantes, grandes espejos de consolas doradas, furtivos mensajes de amor jamás develados, música de serenatas despertando la calle en el patriarcal silencio del barrio dormido. Ya no había un vestigio de aquella época, la anciana sobrevivía en un presente ruidoso, cuyos ecos sin interés para ella solían llegarle, sin embargo, por la conversación voluble de sus nietas modernas.
Cuando la abuela se hubo recogido, y ellas bajaron nuevamente, aquellas historias continuaban flotando como un romántico hálito antiguo sobre las cabezas de Adriana y las Aliaga.
Reunidas en el comedor, tenían las manos lánguidamente caídas sobre la carpeta de terciopelo rojo, menos Carmen, que con las suyas se cubría la cara para seguir más abstraída en la imaginación de las escenas que había evocado la anciana.
--¡Qué mal hace abuelita, dijo Zoraida, de hablar así delante de esta chica! Tiene ya la cabecita llena de novelas.
--¡Bah!--respondió Carmen--todas nosotras somos lo mismo, aunque no queramos confesarlo... Vivimos de soñar en el amor.
Y la actitud seria y el tono reflexivo de sus palabras, contrastaba con la apariencia de criatura de quince años que ella tenía.
--Lástima--dijo Zoraida--que Julio no haya oído las historias de abuelita, él que sólo se interesa por las cosas ideales.
Adriana sonrió vagamente, para que no sospecharan el tumulto de su alma. ¿Era posible que sólo al oír pronunciar su nombre se conmoviera así?
Carmen interrumpió a Zoraida.
--¿Que sólo se interesa Julio por las cosas ideales? Tú no puedes saberlo; ya tendrá él sus cosas materiales también, y en el amor, sobre todo. Porque todos los hombres...
Enrojeció vivamente y miró a Zoraida confusa y sonriendo. Así con mucha frecuencia le ocurría, por su misma ingenuidad, que se le escapaban reflexiones indignas, según le decía Zoraida, en una chica de su edad. Pero prosiguió:
--Sí, Julio debe tener sus asuntos; pero es tan reservado, tan raro, que nadie puede sacarle nada. La festejó un tiempo a Elisa Jiménez.
Esta era una muchacha muy bonita, emparentada con las Aliaga, aunque casi no tenían con ella relación de amistad.
--¿Elisa Jiménez? No es muchacha para enamorar a Julio--repuso Laura casi en voz baja y como distraída.
--O entonces alguna señora casada--sugirió Carmen, mirando de nuevo con aquella expresión sonriente y confusa a su hermana mayor.
--¡Camucha!--le gritó ésta.
--Tal vez--continuó Carmen--está enamorado de alguna de nosotras... Un mozo no viene tan seguido a una casa si no tiene interés... Después yo he notado...
Pronunció con ligera ironía estas palabras y se detuvo un instante, mirando a Laura con malicia.
Como Adriana advirtió que Laura iba a intervenir, acaso para desviar la conversación, le tomó rápidamente las manos: "Óyeme, óyeme,--murmuró--te preguntaré una cosa". Pero no tenía idea de preguntarle nada y sólo, sí, el propósito de impedir que se interrumpieran las revelaciones de Carmen.
--Porque cuando habla con Laura tiene un modito de mirarla...
--Cuando habla contigo también--replicó Laura--Julio siempre mira así.
--¿Saben de quién se ha de enamorar entonces?--preguntó Carmen como maravillada.--¡De Adriana! Estoy segura, no sé por qué.
Pero lo dijo con el mismo ligero tono de ironía y como por dar a su amiga una broma amable.
Ya tarde llegó Julio y le contaron las amorosas reminiscencias de la abuela. En el rostro de todas, hasta de Zoraida, había una animación inusitada. Julio escuchaba y casi no tomaba parte en la conversación. Miraba siempre a la que hablaba, pero su actitud se parecía a la de alguien que estuviera completamente solo.
Aquella velada terminó con un episodio extraño, que dejó en el espíritu de Adriana un ancho rastro de pena.
X
Se habían puesto a discutir con animación si la abuelita no habría interiormente correspondido al bisabuelo de Adriana.
--Sí--opinaba Carmen--pero ha guardado el secreto, jamás lo ha confesado a nadie, ni a nosotras mismas lo diría nunca. Fue tal vez el único amor verdadero de su vida y un recuerdo que se llevará ella a la tumba.
--¡Sí, tal vez!--murmuró Laura como atribuyendo una significación extraordinaria a la idea de Carmen.
--¡Bah!--intervino Zoraida--abuelita es demasiado sencilla para eso. Diles, Adriana, que no hagan fantasías de una cosa tan común. ¿Tú qué piensas sobre eso?
--Que posiblemente mi bisabuelo sí la quiso y se casó con otra guardándose la tristeza de no ser comprendido.
Era para ella una emoción deliciosa oírse consultar sobre la remota pasión de aquel antepasado.
--De todos modos--volvió a sugerir Carmen--el amor en los tiempos de abuelita tenía algo de más romántico, de que sé yo... Era posible entregarse completamente a la ilusión divina...
--Hoy también--murmuró Laura a media voz.
--¡Oh! En primer lugar, un caso como el tuyo es raro--replicó Carmen aturdidamente, sin sospechar el efecto terrible que iban a producir sus palabras. Tú lo has querido de veras a José Luis, es cierto, pero bien desdichada fuiste, Laura; y es que en estos tiempos, hija...
Enmudeció repentinamente, azorada y comprendiendo que había cometido una torpeza irreparable.
--¡Camucha!--gritó Zoraida como si hubiera experimentado un dolor punzante.
Todos miraron a Laura. Se había levantado con los ojos fijos en Carmen y algo indecible en la expresión. Adriana la vio palidecer y buscar un arrimo.
--¿Pero qué dijo Carmen?--preguntó Julio, yo no alcancé a oír, no alcancé a oír.
Laura se sonrió, le miró, se confundió más, y como nadie hablara, exclamó con desesperación:
--¡Dios mío! ¡Ahora supondrán que me impresiona el recuerdo de José Luis!
Dejó caer los brazos. Julio, en medio de la aflicción de todos, tomó un frasco con agua de colonia que pidió a Zoraida y empapando completamente su pañuelo quiso aplicarlo a las sienes de Laura. Pero ésta lo rechazó, sonriéndole de nuevo, y pidió que la acompañaran a su habitación. La llevó Zoraida. Esta volvió al poco rato y reprendió a Carmen.
--Como lo dijiste así, delante de todos, ella creyó que era una burla.
--No--replicó Carmen--fue por la impresión que le hace siempre acordarse de José Luis.
--Ella dijo que no, se desesperó de pensar que podía alguien interpretarlo así.
--Prueba de que ha sido por eso, o porque tú estabas presente, y como tuviste la culpa de que se rompiese el compromiso... como ella siempre piensa que tú has deshecho su felicidad...
Los ojos de Zoraida se llenaron de lágrimas.
--Perdóname Zoraida, todos sabemos que procediste con la intención de salvarla y nunca me atrevería a reprocharte nada. Pero sólo quiero explicarte... Estoy segura de que todavía lo quiere a José Luis. Dicen que pronto pedirá él una licencia y vendrá... Si eso sucede, Zoraida, tenemos que hacer lo posible, por lo menos, para que vuelvan a verse...
Adriana ignoraba todavía las circunstancias de aquel antiguo noviazgo de su amiga. Sin embargo, le pareció que tanto Zoraida como Carmen se equivocaban. Y antes de que otra sospecha se esclareciera en su espíritu completamente, fue a la habitación de Laura. La halló despierta, muy tranquila en apariencia; le acarició con ternura las manos y las mejillas, y sentándose a la cabecera de la cama, ya no quiso volver al comedor en el resto de la velada. Experimentó por ella un sentimiento nuevo, mezcla de afecto profundo y lástima indecible. Su solicitud hacía sonreír dulcemente a Laura.
--¿Por qué no vas al comedor?--murmuró.--Yo voy a dormirme ya.
--No, no tienes sueño y yo no podría conversar allí pensando que te quedas tan apenada.
--Ha sido todo casual, Adriana... El recuerdo de ese muchacho no me impresiona mucho. ¿Sabes una cosa?... Nunca me preguntes nada sobre eso... porque... no me lo preguntes tampoco... Movió la cabeza procurando sonreír.--De todos modos,--continuó--no podría ser sincera sobre esto. ¡Te quiero tanto, Adriana! Nunca he tenido una amiga como tú. Y siempre te querré, siempre... Hasta puedo decirte que eres mi única amiga. Hay cosas extrañas; ni tú ni yo seríamos capaces de confiarnos nuestras cosas íntimas, y sin embargo sé que tú me comprenderías. ¡Qué inteligente y qué buena eres!
--¿Buena?--Y una gran emoción agitaba el alma de Adriana y le impedía responder a tales demostraciones de cariño. En verdad ella también creía sentir que Laura era su única amiga.
En ese momento la imagen de Julio pasó por su espíritu, primero en la actitud inmóvil con que escuchara, las manos en los bolsillos, como si estuviera solo, la conversación sobre la abuela, y luego su cara de ingenuidad y de dolor, mientras empapaba su pañuelo en agua de colonia. ¡Cómo lo adoró, en ese instante! De pronto, levantándose, Adriana se inclinó sobre su amiga en un arranque de piedad, y la cubrió de besos hablándola al oído.
--Un solo favor te pido, Laurita querida... y ya nunca te preguntaré nada... ¿Todavía lo quieres a José Luis?
Y tenía un temor desesperado de que ella le respondiera que no.
Pero Laura apartó rápidamente la mirada, sonrió con su dulzura habitual, y abrazando la almohada, acomodó en ella su cara dolorida. Adriana ya no pudo interrogarla. A poco se quedó dormida. La pantalla verde, muy caída sobre la lámpara, en el velador, ponía grandes penumbras en el resto de la habitación. Detrás de Adriana estaba Carmen, que había entrado silenciosamente.
--Te voy a contar todo--dijo en voz baja y con el índice sobre los labios, como si quisiera atenuar el sonido de su propia voz. ¡Ah! Laura me mataría si llegara a saber...
Y una vez cerciorada de que se había realmente dormido, empezó:
--Es una historia triste. ¿Sabes por qué apenas habla con Zoraida? No ha podido olvidar... Ella tenía catorce años y se enamoró de José Luis Aguirre, que ahora es agregado o secretario en una Legación. Se querían muchísimo, pero de tanto como se querían llegaron a imaginar para ellos un amor ideal, algo que no tuviese nada que ver con las dichas vulgares. Les lastimaba cualquier cosa que rompiese el encanto que vivían. Eran dos criaturas sin experiencia, demasiado sensibles... como yo. Todo, seguramente, hubiera ido bien. La culpa fue de Zoraida. Ellos pretendían verse a solas, en secreto... Pero sólo por idealismo ¿sabes? por exceso de idealismo, sin malicia ninguna, eso te lo puedo jurar. Si yo creo que José Luis nunca llegó ni a besarla. Con mirarla, nada más, parecía que no cabía en sí de felicidad. Yo llevaba las cartas que se escribían. ¡Qué cartas más divinas, Adriana! No comprendía yo que pudiese Laura expresarse tan bien. Y no creas que usaba términos literarios, ni frases de libro; todo se reducía a confesarle sencillamente lo que sentía, lo imposible que sería olvidarlo nunca, sucediera lo que sucediera; y esto lo escribía con una confianza tan pura, y con tal modo, que ningún hombre, en el caso de José Luis, hubiera podido dejar de enamorarse, aunque Laura fuese una muchacha fea en vez de ser, como es, la más linda de nosotras tres. Yo entonces tenía doce años apenas y sin embargo la impresión de esas cartas no se me borrará nunca. Los dos me contagiaron la pasión que sentían, me hicieron comprender lo que era el amor.
--¿Y te enamoraste de alguien, también?
Carmen suspiró, con una sonrisa de pena y casi de reproche para Adriana.
--No, no encontré de quién. Quise enamorarme y me ilusioné bastante con un muchacho... ni te quiero decir su nombre, porque es un insignificante, me parece, aunque muy buen mozo. Rompí con él cuando quiso que nos comprometiéramos. Ese día medité mucho, y al fin saqué la conclusión de que no era él bastante inteligente para que no hubiera el peligro de que después me decepcionara... Pero verás lo que sucedió con Laura y José Luis. Se entendieron para pasar una temporada en la estancia de un tío nuestro; también él era amigo de nuestro tío y el año anterior había ya estado en la misma estancia. Pero Zoraida, que desde la muerte de mamá vino a ser como una madre nuestra, (abuelita ya estaba como ahora y Eduardo no se ocupaba de nosotras), Zoraida quiso ir con Laura, para vigilarla. Y era precisamente lo que la desesperaba a Laura, esa continua vigilancia, y que no pudieran los dos decirse una palabra sin que ella en seguida les pidiese cuenta. ¡Pobre Zoraida! Tampoco lo hizo por maldad, sino por temor de qué sé yo. Tú lo has visto, ahora tiene un miedo mortal por mí... aunque tal vez con más razón, porque yo si llego a enamorarme pierdo la cabeza... Dime, Adriana, ¿no puede ocurrir que un amor muy grande en apariencia resulte pura imaginación?
--Puede suceder, Carmen.
--¿Sabes la idea que muchas veces me da miedo? Llegar a casarme y después darme cuenta que no le tengo ningún amor a mi marido. Una podría resignarse, es cierto, resignarse a sufrir. Pero piensa por un momento que estando casada una se enamorara de otro. ¡Qué situación horrible! Bueno, Laura le suplicaba que en último caso la acompañara yo, los vigilara yo. Fue inútil, Zoraida le repetía que nuestra familia era muy desgraciada en el amor y que ella no tenía edad para enamorarse así. Al fin Laura se resignó a todas las condiciones, pero comprendiendo que iban a sobrevenir disgustos y que él se sentiría lastimado por la desconfianza de Zoraida. A la estancia fui yo también, naturalmente. Aquello se convirtió en un desastre... La estancia tiene un parque y hay una avenida de sauces altísimos, que llega hasta un riacho, como a media legua de la casa; es un sitio precioso, sobre todo en las noches claras. La luna sale, parece algo así como un plato de oro, enredado entre las ramas de los sauces; después sube, se pone arriba del árbol, tocando todavía las últimas hojas, y en la corriente del riacho se forma una claridad como si cayera oro en la corriente. Tú comprenderás qué divino era aquello con la serenidad de la noche, para dos enamorados como ellos. Se habían prometido pasear juntos en alguna noche así; pero Zoraida lo impidió siempre y hasta hizo frases irónicas, delante de los tíos, sobre el romanticismo de los chicos que todavía no saben pizca de amor. Laura le seguía suplicando y le juraba, por la memoria de nuestra madre, que él era bueno, que ni por la imaginación se le ocurría una mala idea. Era cierto; yo los espié durante una hora entera que estuvieron solos. Hablaron sin parar, ella más que José Luis. Y sólo cuando iban a separarse, cuando supusieron que podría advertirse la ausencia de los dos, se tuvieron durante un rato de la mano, mirándose sin hablar, ¡con una adoración! Y a mí me extrañó muchísimo, hasta me chocó, que ni siquiera se besaran. Pero ahora comprendo, era una pasión completamente pura. Ya se besaban demasiado con los ojos. ¿Qué piensas tú, Adriana? Un amor puramente ideal que no tenga algo por lo menos de humano, ¿será el más verdadero?
--Después te diré, no te interrumpas,--repuso Adriana.
--Bueno: Zoraida les molestaba siempre y vinieron escenas incómodas. Después... tú sabes cómo suceden esas cosas. José Luis se resintió y ella, extremosa como es, quiso a toda costa dejar la estancia y escribió a Eduardo pidiéndole que fuera a buscarla. Ya ellos mismos no pudieron entenderse como antes; además, se terminaban las vacaciones y como ella estafa todavía en la Santa Unión, pasó un año; él se fue a Europa y todo concluyó así... ¡Oh, es seguro! ¡La felicidad de Laura la deshizo Zoraida!
Carmen suspiró. Había hablado rápidamente, espiando con recelo la hermosa cabeza dormida de Laura. La luz de la lámpara, a través de la pantalla muy caída, envolvía con su reflejo verde el rostro y los brazos que se enlazaban desnudos a la almohada.
--¡Pobre Laura!--concluyó Carmen. Aunque tal vez ahora, cuando vuelva José Luis, todo podrá remediarse.
Adriana, conmovida, a punto de llorar, contemplaba a Laura. "Ninguna clase de felicidad sería demasiado para ella", pensó con una tierna piedad.
--¿Y Julio?--preguntó de pronto. Carmen tuvo un gesto de curiosidad, dudando sobre la intención de la pregunta.--¿Hace tiempo que es amigo de ustedes?
--Unos tres años.
Al cabo de otro silencio, Adriana se acercó más a Carmen y le tomó una mano. Acaso para arrancar su pensamiento a una obsesión penosa, se decidió a interrogarla sobre un tema que en otra ocasión no hubiera podido tocar sin sobrecogerse.
--Quiero que me digas una cosa, aunque te extrañe mi pregunta. Es sobre papá...
Entonces vio en Carmen aquella actitud de embarazo que había advertido, en las tres, el año anterior, al hacer alusión a su padre. Durante un minuto quedaron ambas calladas. Al fin Adriana insistió.
--¿Zoraida se impresionó mucho? ¿Ella sabía la pasión de papá?...
Carmen fijó en ella una expresión de sorpresa.
--¿Zoraida? ¡Por Dios!
Adriana se confundió:
--Te quería preguntar...
--¡Si no fue por Zoraida! Fue por mamá... ¿Tú no sabías? Le hizo mamá comprender que era una locura, un pecado... Pero después... después... cuando supo el suicidio de tu papá, ella murió a los pocos meses... ¡Pobrecita mamá! ¡Pobrecita mamá!
--Por favor, Carmen, no les digas que te he preguntado.
--¡Cómo te imaginas!
Y nunca más hablaron de ello.
Aquella noche, antes de acostarse, Adriana apagó la luz en su habitación y se dirigió a la sala. No tenía sueño; por el contrario, sentía como una exaltación de todo su ser, y una ansiedad confusa, un desorden en todas sus ideas; reaparecían en su espíritu las historias de amor evocadas por la abuelita de las Aliaga, luego la escena extraña en el comedor, la tragedia de Laura, la expresión de dolor en la cara de Julio; en seguida afluyeron también las imágenes de sus antepasados atormentados de pasión, y su abuela mística y sus éxtasis incomprendidos; todo desfilaba con una agitación de pesadilla y la rodeaba como de una atmósfera sugestionante. Andando a tientas por la oscuridad de la sala, abrió los postigos de la ventana; la luna puso en la alfombra dos cuadrados de luz. Algunos objetos emergieron, indecisos, y las caras de los retratos parecían manchas lívidas, suspensas en medio del marco dorado. Tenía todo algo de fantástico; se infundía en ella un ansia de cosas irreales. Se sentó en el radio de la claridad lunar. El silencio le llenaba los oídos con un gran eco vago. De pronto, pasmada, vio brillar en el aire un crucifijo; encima, una blancura fue tomando forma de dos manos juntas; asomó la palidez de una frente, ¡la cara de la abuela mística! Era su estatura extrañamente alta y traía un largo vestido diáfano. De sus manos juntas colgaba oscilando el crucifijo. Su cuerpo, como sostenido por alguna presencia sobrenatural, se fue arrodillando, muy lentamente, y sus ropas blancas se arrollaban en el suelo. La cara, tan blanca como la ropa, se puso en éxtasis.
Adriana retrocedió, no pudo gritar. El fantasma vacilaba, se anegó poco a poco su cuerpo en la penumbra, la blancura del rostro empezó a diluirse y al fin se extinguió también la apariencia de las manos juntas. Pero todavía por un minuto osciló el crucifijo, suspenso en el claror de la luna.
Al día siguiente, recordando esta visión, dudó si la había soñado. En cualquier caso era un signo de la ansiedad que se había apoderado de su alma ante la inminencia del gran amor.
XI
"He prometido a Muñoz una entrevista contigo. A tu casa no puede ni quiere ir, después de las incomprensibles actitudes tuyas. Además, creo que pretende, con todo derecho, saber si en realidad estás dispuesta a cumplir o no con tu palabra. Si la entrevista se realizara esta tarde, sería oportuno vinieras lo más temprano posible. Así en seguida le hablo por teléfono a Muñoz. No creas que me haya dado él la misión de convencerte en su favor, porque ni siquiera sabe que te reprocho tu inconsecuencia; sólo me emplea en este caso, como sincerísima amiga suya que soy, para obtener una entrevista naturalmente definitiva.--_Charito_".
Adriana leyó esta esquela y fue temprano, según los deseos de Charito. Pero en seguida le pidió que no llamara a Muñoz. Se sentía poco dispuesta para resolver tan grave asunto:
--Tú comprendes que yo empezaría por hablar alocadamente, como la otra vez, y toda reconciliación sería ya imposible, porque se trata, según creo, de una entrevista "naturalmente definitiva"...
--¡Decir--exclamó Charito--que las muchachas inteligentes y lindas como tú están destinadas generalmente a casarse con hombres de espíritu vulgar! ¡Y tú también habías de perderte así, por tontera, por falta de reflexión! Yo estoy segura de que a Muñoz lo quieres en el fondo; no podrías dejar de quererlo.
--¡Ah, en el fondo...!--repuso Adriana distraída.
Estaba lejos de la conversación y de la misma Charito. ¿Para qué había venido? Embargada por las influencias que la rodeaban asiduamente en casa de las Aliaga y viviendo como envuelta por una atmósfera de pasión y de encantamiento, la compañía de su "leal amiga" era algo que carecía de significación. Más que nunca tuvo la sensación de que Charito, como la familia de su tío Ernesto Molina y como su madre misma, no tenían conciencia de los grandes misterios... Y que tampoco la tenían las innumerables personas absorbidas por la vanidad de la vida mundana, devoradas por ella, agitadas como muñecos en la constante preocupación de figurar.
La conversación de Charito reflejaba toda aquella inconsistencia.
--¿Y qué haces?--proseguía.--En ninguna parte se te ve ahora. Las mañanas de Palermo nunca estuvieron tan bien como este año. Podrían verse allí todos los días; no queda un solo banco desocupado y en las avenidas y junto a los lagos desfilan los carruajes apretados, sin poder pasar, todos llenos de chicas que se saludan bajo las sombrillas de claros colores.
Adriana no pudo dejar de sonreír, comprendiendo que Charito, a quien no faltaban sus pretensiones literarias, buscaba las palabras escuchándose hablar.
En esto llegó Lucía Moreno, una amiga de ambas; venía acompañada de su profesora, Mlle. Ivonne, que le servía al mismo tiempo como dama de compañía. Lucía era, para Adriana, un ser mucho más interesante que Charito. Muchacha de unos diez y nueve años, elegantísima, alegre de carácter, llena de gracia espontánea, una continua sonrisa le jugaba en los labios y en los ojos negros. Y estos ojos tenían una suerte de malicia recatada, como si ella estuviese siempre, a pesar suyo, con la imaginación vagando en atrevidas y dulces ideas. Adriana se divertía, sobre todo, cuando peleaba con la profesora. Esta no podía comprender, en las muchachas del país, "la falta de lógica y la conducta atolondrada".
--Usted, le replicaba Lucía, sin enfadarse nunca, está para enseñarme idiomas y no para aconsejarme. Ya demasiado tengo con los consejos de papá, que tampoco me sirven para nada.
Adriana, fingiendo pensar como Mlle. Ivonne, la reprendía imitando la pronunciación extranjera, y con el mismo tono de severidad.
La señorita Ivonne se empeñaba en inculcar a Lucía nociones de literatura y de arte. Esa tarde quiso a toda costa que antes del paseo visitaran el Museo de Bellas Artes. Ella había accedido, pero con la condición de buscar a Charito, para pasarlo menos aburrido.
Cuando media hora después entraban en la sala de calcos, Adriana creyó soñar: de pie, con la atención reconcentrada en una escultura griega, estaba Julio.
--¡Qué notable casualidad, Charito querida! murmuró involuntariamente.
Pero en seguida sonrió, ocultando el sobresalto de su corazón. Y como Lucía se adelantara precisamente hacia Julio, la llamó, suplicándole viniera a sentarse con ellas en un escaño; podía de allí observarle a sus anchas. ¡Qué sorpresa tendría él cuando saliese de su contemplación!
--No digas nada, susurró al oído de Charito; pero a ese que allí ves, lo quiero y lo querré toda mi vida.
La miró Charito con aire extraordinariamente sorprendido, como si su amiga la humillara con esta inesperada confesión. Y mientras Lucía Moreno rehusaba sentarse, alejándose hacia la sala vecina, con la señorita Ivonne:
--¿Julio Lagos? No te hará caso, sé que es amigo de Muñoz, amigo íntimo.
En ese momento Julio se volvió y sus ojos se encontraron con los de Adriana. Pareció mirarla sin verla. Iluminándosele la cara, la saludó. Adriana sonrió a Charito, a manera de una seña para hacerle comprender a él que podía acercarse. Lo presentó a su amiga, quien le recordó que habían sido ya presentados, algunos meses antes.
Lucía se acercó también, con la sonrisa que le jugaba en los labios y en los ojos. Conocía a Julio de vista y por oídas. Tomó en seguida una actitud confiada y, enlazando la cintura de Charito, se apoyó en ella con dejadez familiar, lánguida. Parecía advertirle que reconocía en él a una persona de su misma clase sentimental; hizo que recayera la conversación sobre un tema galante. Su mirada acariciaba a Julio. Pero observando de pronto que entre éste y Adriana había "algo", puso una graciosa cara de susto y su gesto parecía pedir a Adriana, buenamente, que la disculpara de una torpeza involuntaria. Para hacerse perdonar del todo, quiso que la señorita Ivonne y Charito les dejaran conversar aparte.
Pero Adriana retuvo a la señorita Ivonne, fue con ella a ver la escultura que había contemplado Julio y leyó la inscripción: "Psyché".
--Mírela bien, Adriana,--dijo él acercándose. Es una figura de absoluta perfección material; las líneas de la cabeza y del rostro parecen sometidas a esa noción del arquetipo que inspiró a los griegos la ciencia y la armonía. Y su realidad artística, material, se desvanece, se pierde bajo una idea superior, como si la perfección visible fuese un simple apoyo para atraer la presencia de la espiritualidad misma.
--Eso está todo en la expresión, ¿verdad?--preguntó ella procurando interpretar el pensamiento de Julio.
--Sí, eso "se siente" en la expresión de las líneas y en la actitud, que revelan el rostro invisible, íntimo... Los griegos realizaron sin violencia tales prodigios por una extrema sutilización de las facultades artísticas y un divino equilibrio de la conciencia. En la época moderna los escultores procuran también revelar espíritus y símbolos, pero sólo logran hacerlo recurriendo a la deformidad, artificialmente, y así sus obras son casi siempre una caricatura. Nuestra época es incapaz de alzarse hasta la religiosa sabiduría helénica. Inútilmente algunos grandes espíritus han procurado enseñarla. Sus lecciones son voces solitarias, vagamente oídas. En cambio han nacido y prosperado, para interpretarla, teorías monstruosas. Se cree que los griegos adoraban "sobre todo" la materialidad y la forma. Pero éstas eran, evidentemente, simple medio para comunicarse con lo sobrenatural, belleza plástica intermediaria para ascender al arquetipo místico. Hasta se ha establecido una oposición imaginaria, absurda, entre el pretendido materialismo antiguo y los artistas cristianos del Renacimiento; y éstos se arrodillaron, sin embargo, ante el divino arte pagano, y los más grandes aspiraron, de la noción helénica, la divina placidez que había de irradiar en sus Vírgenes y en sus ángeles de amor; pero abrumados por la oscuridad de los siglos anteriores, hicieron el milagro sin llegar nunca a la suprema delicadeza que es el triunfo del arte antiguo y que lo pone en armonía con el movimiento de las esferas. El culto de una belleza absoluta y única, irradiando más allá de las apariencias, y en cierto modo más allá de los dioses, infundió en los artistas de Atenas la clarovidencia sobrenatural. Hoy fermenta el resabio de las barbaries oscuras en una violación innoble y pedantesca de las leyes eternas, las leyes que hicieron coincidir las líneas expresivas con el alma, así en esa suave Psyché.
--C'est peut être juste, c'est peut être juste, dijo Mlle. Ivonne, procurando acordar las reflexiones de Julio con las enseñanzas de la Université des Annales que ella frecuentara en su país.
Lucía Moreno se había acercado con Charito y escuchaba a Julio sin dejar de sonreír. Examinó la Psyché con cierta curiosidad respetuosa, procurando descubrir en ella todo aquello que Julio le atribuía.
--No miremos, Lucía; nuestros ojos son demasiado modernos--dijo Charito irónica, advirtiendo el encanto con que Adriana había oído al rival de su amigo Muñoz.
Pero Adriana no pensaba. Se sentía feliz, indeciblemente feliz, y experimentaba como nunca, desde que conociera a Julio, la sensación de ser "otra". No tenía deseo de intervenir en la conversación y besaba, de vez en cuando, la mano de Charito. Las estatuas, en la tranquilidad de la sala, le parecían reposar.
Flotaba sobre ella una influencia serena y pura.
Y Julio también era otro. Ya no tenía aquella vaga tristeza en el semblante distraído, y su modo, sus palabras, eran dulzura y galantería, no solamente para con ella, sino también cuando se dirigía a Charito, a Lucía o a la institutriz. Esta, considerando que tenía ante sí a un interlocutor inteligente, quiso aprovecharlo. Se refirió a la alta educación que recibían las niñas en los liceos de París y criticó lo decorativo y superficial de la enseñanza en los colegios de Buenos Aires.
--Et même le Sacré Coeur ici, et même le Sacré Coeur, m'a t-on dit.
Después se empeñó en comunicarle sus opiniones sobre el modernismo en el arte. Julio condescendía. Entonces, entusiasmada, pasó del modernismo a otros temas, requiriendo a cada paso la opinión de Julio con la misma pregunta:
--Ce n'est pas vraie, monsieur? Ce n'est pas vraie?
Y de vez en cuando se refería a Lucía, pero hablando en español para hacer notar el concepto inferior en que la tenía:
--¡Oh! si usted supiera el trabajo que ella me da, para interesarla en los estudios serios. Y ella es inteligente, señor, pero aquí las niñas no tienen afición, porque están muy mal educadas. Ellas no tienen base, señor, no tienen base.
Sin embargo, la severidad de sus opiniones no reñía con cierta bondadosa transigencia en asuntos sentimentales. Y así, como Lucía le hiciera comprender el mutuo interés que tenían Adriana y Julio, desapareció instantáneamente todo su enfado. Con el pretexto de examinar otras obras llamó con modo muy ostensible a Lucía y a Charito.
--Y el señor Lagos, agregó, puede acabar de explicar a la señorita Adriana la escultura griega.
Ambos entraron en una de esas salitas que están a trasmano.
Había allí una luz atenuada, tranquilidad más íntima y sólo tres o cuatro cuadros de gran tamaño. Inquietud, dicha sobresaltada se apoderaron de Adriana. Una suavidad, que recubría poco a poco los objetos próximos, los aislaba del mundo como con un velo. Colgaba frente a ellos una maja de ojos provocativos y boca manchada de rojo violento, como las flores del mantón, pero se anegó también en la misma irrealidad fantástica.
No podía hacer Adriana mucho caso de lo que Julio le hablaba, porque se sentía demasiado embargada por la idea de estar conversando los dos sin testigos, en aquel delicioso rincón de soledad. Y Julio mismo, al fin, le pareció revestido con el velo de la suavidad acariciante. Sus palabras no se apartaban de los asuntos sobre los cuales habían conversado otras veces, en casa de las Aliaga. Pero su voz tenía de nuevo el dejo humilde, insinuante, que tan singularmente la había sorprendido algunos días antes. Y toda su persona parecía rendirse a ella. Para ocultar su emoción, Adriana contemplaba fijamente el cuadro de la maja provocativa.
Cuando oyeron a Lucía que peleaba en voz alta a la institutriz, adrede para advertirles, Adriana se levantó.
--¿Vienen ya?--preguntó él con un tono de ingenuidad desolada.
--Sí, adiós,--repuso ella abandonándole la mano. Sin saber por qué se despedía así antes de que llegaran las otras; y le miró, no ya con la gracia de sus ojos un poco atónitos, sino con una súbita expresión seria, dulcemente seria.
Y la atmósfera de pasión que ella respiraba en casa de las Aliaga, la abuela reaparecida en el claror de la luna, la dolorosa idea de su padre suicida por amor, todo seguía atrayendo sobre ella una impalpable influencia.
XII
Una especie de ingenuidad pura, algo como deseo sobrenatural, se infundía en Adriana por la idea de que su corazón se apasionaba. Esto le parecía una extraña vuelta de su alma a la primera época del internado conventual, entre los once y los trece años, época breve que surgía como lejana blancura en sus recuerdos.
Su idea de Jesús, en aquel tiempo, se mezcló con delirios inocentes, asociada a la muerte de su padre y a multitud de reflexiones que llenaran de dulzura su corazón de jovencita. Porque el misticismo es una flor que se alimenta por una parte con savia de la tierra y por la otra con rocío del cielo.
Durante las horas de estudio pedía permiso para pasearse a solas por el claustro. La vieja arcada colonial circundaba todo el jardín. En la fachada blanca de los arcos se abrían grietas revestidas de musgo; interiormente la bóveda, muy baja, comunicaba una impresión de sepulcro.
En el centro del jardín, la estatua de la Virgen se alzaba solitaria, bajo una corona de follaje que le formaban cuatro grandes magnolias, tan antiguas como el convento mismo; enredaderas de jazmín del País, trepando al pedestal de la imagen, le tendían floreciendo una alfombra de nieve. La Virgen, los pies ocultos en esta blancura, tenía la cara inclinada y su manto de mármol le anegaba la frente y los ojos en sombra.
Al caer la tarde se respiraba allí, por las magnolias y los jazmines, un aroma embriagante. Por encima de los arcos claustrales, sobresalía el techo de la capilla con sus acanaladas tejas negruzcas; y el campanario--la cúpula redonda esmaltada de azul,--parecía asomarse con indiferencia al desconcierto vulgar del mundo. Al silencio del jardín los ruidos de la calle llegaban como venidos de una región extranjera, lejana. El convento dormía aislado en una tranquilidad de misterio, donde sin duda reinaría perpetuamente aquella Virgen de piedra. Y a la oración, bajo el cielo lívido, un ánima parecía suspirar en cada vibración de la campana, que el eco prolongaba, temblorosamente, a lo largo del claustro.
Una felicidad hubiera sido entonces, para Adriana, contemplar a las monjas en la media luz del crepúsculo formando hilera detrás de los arcos, con los labios rezando el rosario entre las manos juntas y los ojos perdidos en la visión vaga del esposo celeste. Las había imaginado así, suspensas en una inmaterialidad donde la vida palpitaba tan sólo como débil vestigio, y les había supuesto asimismo en la cara una dulzura plácida y en el alma la serenidad que tenía el dolor de la Virgen.
Pero pronto se decepcionó. Sólo pudo conocer a las semi enclaustradas y hasta las de carácter más suave vivían sin transfigurarse por la piedad y sin que nunca iluminase sus caras el deseo sobrenatural.
En una esquina del claustro había un Cristo crucificado, dentro de un nicho practicado en el espesor del muro. Era de tamaño pequeño; con la cabeza echada hacia atrás, a
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