Aguas fuertes
Armando Palacio Valdés
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Aguas Fuertes
Novelas Y Cuadros
Por
Armando Palacio ValdéS
MADRID EST. TIP. DE RICARDO FÉ Cedaceros, núm. 11
1884
Es propiedad.
íNdice
El Retiro de Madrid:
I. _Mañanas de Junio y Julio_
II. _El Estanque grande_
III. _La Casa de Fieras_
IV. _El Paseo de los coches_
El Pájaro en la nieve (novela)
La Academia de Jurisprudencia
El Hombre de los patíbulos
La Confesión de un crimen
La Biblioteca Nacional
El Drama de las bambalinas
Lloviendo
El Paseo de Recoletos
_La Castellana_
Los Mosquitos líricos
El Ultimo bohemio
Los Amores de Clotilde (novela)
El Profesor León
El Sueño de un reo de muerte
La Abeja (periódico científico y literario)
Los Puritanos
El Retiro De Madrid
I
MañAnas De Junio Y Julio
Entre las muchas cosas oportunas que puede ejecutar un vecino de Madrid durante el mes de Junio, pocas lo serán tanto como el levantarse de madrugada y dar un paseo por el Retiro. No ofrece duda que el madrugar es una de aquellas acciones que imprimen carácter y comunican superioridad. El lector que haya tenido arrestos para realizar este acto humanitario, habrá observado en sí mismo cierta complacencia no exenta de orgullo, una sensación deliciosa semejante a la que habrá experimentado Aquíles después de arrastrar el cadáver de Héctor en torno de las murallas de Ilión. El heroísmo presenta diversas formas según las edades y los países, mas en el fondo siempre es idéntico.
Cuando madrugamos para ir a tomar chocolate malo al _restaurant_ del Retiro, una voz secreta que habla en nuestro espíritu, nos regala con plácemes y enhorabuenas. Nuestra personalidad adquiere mayor brío, nos sentimos fuertes, nobles, serenos, admirables. Los barrenderos detienen la escoba para mirarnos, y en sus ojos leemos estas o semejantes palabras: «¡Así se hace! ¡Mueran los tumbones! ¡Usted es un hombre, señorito!» Y en testimonio de admiración nos echan media arroba de polvo en los pantalones.
El día que madrugamos no admitimos más jerarquías sociales que las determinadas por el levantarse temprano o tarde. Todas las demás se borran ante esta división trazada por la misma naturaleza. Los que tropezamos paseando en el Retiro adquieren derecho a nuestra simpatía y respeto; son colegas estimables que forman con nosotros una familia aristocrática y privilegiada. A la vuelta, cuando encontramos a algún amigo que sale de su casa frotándose los ojos, no podemos menos de hablarle con un tonillo impertinente, que acusa nuestra incontestable superioridad.
Pero no todo es tomar chocolate malo en el Retiro durante las mañanas de Junio. Lo primero que hay que ver es al sol levantándose majestuoso por encima del parque, al principio esparciendo una luz triste y blanca que viene a besar fríamente el _Rege Carolo III_ de la puerta de Alcalá, después otra rojiza y más alegre que tiñe los muros de las primeras casas con que tropieza, finalmente la vívida, risueña y esplendorosa que le caracteriza. El cortejo de nubecillas que le acompaña en su ascensión, es de lo más gracioso y elegante que pueda verse. Todas ellas van vestidas de un modo caprichoso y pintoresco, y ejecutan pasos de gran dificultad y efecto en torno de su director. Los madrileños, sin embargo, no son aficionados a esta clase de espectáculos. Prefieren ver alzarse a la luna, disfrazada de queso, en el escenario del Teatro Real, oportunamente evocada por los trinos solemnes de una _mezzo-soprano_. Hay razón plausible para esto. El sol tiene el deber de salir todos los días, haga frío o calor, al paso que la luna únicamente cuando el Sr. Rovira lo considera oportuno. Si el sol no se prodigase tanto y se hiciese pagar algo más, yo creo que tendría mucha mayor reputación. Por ejemplo, haciendo tres o cuatro salidas cada año, y anunciando los periódicos que «el más eminente de nuestros astros hará su _debut_ el martes a primera hora y que todas las localidades están vendidas con anticipación», se me ocurre que los revendedores de sillas en el Retiro harían negocio redondo.
Después del sol, lo más notable que yo encuentro en el Retiro son las modistas. Este respetabilísimo gremio, aún más bello que respetable, se pone en contacto con la naturaleza al llegar el mes de Junio. Impidiéndoles sus numerosos quehaceres ir a pasar una temporada a San Sebastián o a Biarritz, y necesitando por fuerza dar alguna expansión a los sentimientos poéticos de su alma, eligen nuestras hermosas costureras el Retiro como campo de sus excursiones matinales. Los árboles, los pájaros, las flores, cuando no son de papel, ofrecen sin duda mayores atractivos. Nada hay que apetezca tanto una modista de corazón como el estado primitivo conforme con la naturaleza. Durante el invierno, su espíritu yace dormido mientras las manos trabajan afanosas debajo de la lámpara de petróleo; mas al llegar el mes de Mayo, cuando el cuerpo empieza a sentir calor, el alma también lo siente, despiertan la égloga y el idilio, se sueña con verdes praderas esmaltadas de flores, con arroyos bullidores y cristalinos, con grutas frescas y sombrías y con hermosos zagales que aguardan en ellas la dulce recompensa de sus rendidas instancias. Entonces la modista, como primera manifestación de la influencia que ejercen sobre ella tales puras ideas y tales visiones risueñas, se despoja del corsé; y si es de temperamento verdaderamente apasionado y guarda en su corazón el mundo de tiernos e inefables sentimientos que es de esperar, se queda con poca, con poquísima ropa. Se levanta muy tempranito, y sin aguardar el _landau_, toma el camino del Retiro en compañía de sus amigas predilectas y de algunos menestrales distinguidos. ¡Qué fresca y qué risueña! ¡Cómo brillan sus grandes y hermosos ojos negros! ¡Cómo palpita de alegría su seno delicado! El grupo va dispuesto a olvidar por algunos instantes las ridículas ceremonias sociales, los refinamientos empalagosos de la vida madrileña, y volver en lo que cabe al estado natural. Al efecto marchan todos bien provistos de los enseres y artefactos propios de una civilización primitiva y que se supone han usado más comúnmente nuestros primeros padres: aros, cuerdas, trompos, volantes, etc., etc. Nuestra modista, según va llegando a la Arcadia municipal, adquiere mayor desenvoltura, y en sus movimientos y ademanes adviértese la influencia que ejercen sobre ella las ideas campestres. Charla, corre, ríe, salta, grita, y se autoriza con sus compañeras las inocentes libertades que acostumbran en los bosques las pastoras con los zagales; les tapa los ojos con las manos, les da pellizcos, les quita el sombrero y les tira por las narices de un modo sencillo, encantador, conforme en un todo con las leyes de la naturaleza.
Así que entran en el parque y eligen un sitio a propósito, silencioso, umbrío, embalsamado por las acacias, empiezan los juegos. La costurera es un portento de gracia y habilidad en saltar la cuerda, tirar el volante y chillar como una golondrina. ¡Qué linda está brincando y haciendo carocas a los señoritos que acuden al reclamo de los chillidos! El juego la vuelve a los días de su infancia, y en consecuencia se sienta sobre las rodillas de sus compañeros y les ordena que le aten las trenzas del cabello, sin pasársele por la mente que estas escenas despiertan en los señoritos que las presencian ideas vituperables de adquisición. Nadie diría al ver aquella gracia inocente y modesta, que nuestra heroína ha corrido algunas borrascas en las berlinas de punto y conoce los misterios de la calle de Panaderos tan bien como D. Antonio San Martín. En ciertas ocasiones, rendida, jadeante, las mejillas inflamadas, los ojos brillantes y el cabello desgreñado, la he visto separarse del juego y tomar el brazo de algún zagal sietemesino con guantes amarillos. La he visto seguir lentamente una calle solitaria de árboles y perderse con él entre el follaje. ¿Iban tal vez en busca de alguna gruta fresca y solitaria como aquella en que la esposa de Salomón dejó olvidado su cuidado? No lo sé. En la vida del campo hay misterios inefables que sería más grato que prudente el escrutar.
II
El Estanque Grande
Apenas se deja atrás la famosa puerta de Alcalá y se dan algunos pasos por la calle de árboles que nos lleva a lo interior del Retiro, empieza a refrescar el rostro un vientecillo ligero y húmedo, y con ínfulas de marino. El corazón y los pulmones se dilatan, se cierran involuntariamente los ojos para recibir el beso blando de aquella brisa, y acuden vagamente a la memoria playas, olas, peñascos, barcos, gaviotas y sobre todo los horizontes dilatados del oceano que convidan a soñar. Continuad, continuad con los ojos cerrados; no temáis tropezar con nada; la calle es ancha y los coches no ruedan por aquel sitio. Durante algunos momentos podéis meceros sin riesgo en esa grata ilusión marítima por la cual habéis pagado ya vuestra contribución.
Yo no diré que cuando abráis los ojos os encontréis frente al mar; semejante exageración serviría tan sólo para desacreditar los nobilísimos propósitos del poder ejecutivo, dado que éste nunca pensó, a mi entender, en fundar un oceano en Madrid, y sí únicamente un epítome o compendio de él. Pero si no frente al mar, os halláis por lo menos frente a una cantidad de agua que divertirá y lisonjeará vuestras aficiones marinas, aunque no las satisfaga por entero. Las audacias de tal masa de agua están refrenadas por unos sencillos muros de ladrillo, sobre los cuales hay una verja de hierro no muy alta.
Cuando os inclinéis sobre esta verja para examinar de cerca el oceano del Ayuntamiento, tal vez convengáis con la mayoría de los vecinos de Madrid en que sus aguas no son lo bastante limpias y claras, y que la Corporación municipal haría muy bien en renovarlas con frecuencia si se propone, como es lo más seguro, halagar con ellas los sentimientos naturalistas y poéticos del vecindario. No obstante, en ocasiones, esas aguas verdes y cenagosas se rizan blandamente al soplo de la brisa, lo mismo que el lago más hermoso, y a veces también, en la hora del medio día, estando el cielo límpido, despiden vivos y gratos reflejos azules. Le pasa al estanque lo que a las mujeres feas; todas ellas tienen instantes, posturas o movimientos agradables.
He indicado como lo más seguro que la fundación de dicho estanque débese a la conveniencia de infundir en el espíritu del pueblo madrileño ciertas tendencias poéticas y naturalistas. En efecto, comprendiendo el Ayuntamiento (como no podía menos de comprender) que en las grandes capitales como ésta, el amor de la naturaleza anda muy descuidado, y por consecuencia de ello, la sensibilidad del vecindario no recibe el cultivo indispensable para preservarlo de las garras del grosero positivismo, hizo y hace laudables esfuerzos por mantener vivo en todas las clases sociales un romanticismo urbano y municipal en armonía con las necesidades del corazón y con la partida que en el presupuesto se le destina. Ningún orden de la naturaleza se ha escapado a su beneficiosa gestión. Las selvas umbrosas e impenetrables, llenas de colores y armonías que se admiran en las soledades de América, están representadas por las espesuras del Retiro y por los bosques de la plazuela de Oriente, de la plazuela de Santo Domingo y otras plazuelas menos conocidas. El prurito de contemplar y recrearse con las altas montañas sobre cuya cima el pensamiento del hombre, como las nubes del espacio, reposa de sus fatigas, encuentra dulce satisfacción en la _montaña rusa_. Y por último, la aspiración enérgica del espíritu a meditar tristemente ante la inmensidad del oceano que nos revela los arcanos de lo infinito, obtiene respuesta adecuada, sino cumplida, en las riberas del _estanque grande_. Aquí, sin embargo, se ofreció una pequeña dificultad. Es verdad que la contemplación del mar enaltece mucho el espíritu y lo purifica, pero no es menos cierto que también lo turba y oscurece con sus ásperas impresiones. A fin de hacer frente a este peligro psicológico, el Ayuntamiento quiso acudir a un expediente seguro; acudió a la cooperación de los cisnes y los patos. En efecto, estos animales acuáticos, por su mansedumbre y afabilidad, son muy aptos para infundir en el corazón del hombre risueñas ideas y sentimientos de paz, y a propósito, por tanto, para contrarestar la impresión fuerte y abrumadora que no puede menos de dejar en el ánimo un estanque de la magnitud de el del Retiro. Se introdujeron, pues, en dicho estanque como obra de una docena de tales animales entre cisnes y patos, encargados de secundar los generosos planes del Municipio, recibiendo por ello el necesario alimento. Y debemos manifestar en conciencia que las inocentes aves desempeñan su papel con maestría y ganan sus cortezas de pan honradamente. Véase si no cuán gallardamente cruzan el estanque en todas direcciones, cual si resbalaran por el agua a impulso del viento y no por virtud del movimiento de sus palmas. Observemos sus posturas caprichosas y fantásticas; de qué modo tan pintoresco extienden las alas sobre el agua, levantando nubecillas de espuma, o sumergen la cabeza para atrapar un insecto, o la ocultan bajo el ala, o levantan el vuelo inesperadamente para dejarse caer a los pocos pasos llenos de pereza y molicie sobre su elástico lecho, como un sátrapa sobre su diván de pluma. Nadie dudará que todo esto ofrece un tinte tan bucólico y pastoril, que no puede menos de producir el efecto apetecido. Por muy exaltado que el ánimo se encuentre, es imposible que no ceda a los esfuerzos combinados de aquella docena de patos.
Navegan también en el estanque muchedumbre de botes, lanchas, canoas y otras embarcaciones de diversas formas y tamaños. Los días de fiesta suele cruzar por el horizonte un vapor que no se cansa jamás de silbar. Parece un espectador de los dramas de Catalina. He querido averiguar cuál era el precio del pasaje, y me han dicho que por recorrer todas las costas del estanque, deteniéndose en los puntos más notables y dignos de verse, se pagaba, en cámara de primera, diez céntimos. Pero es fácil de comprender que estos viajes de itinerario forzoso no convienen más que a las personas de poca imaginación y de sentimientos vulgares y limitados. Los espíritus fantásticos y aventureros gustan más de viajar sin itinerario. Hay, pues, mucha gente que prefiere tripular los botes y canoas navegando sin rumbo prefijado y deteniéndose donde bien les place el tiempo que tienen por conveniente. El amor a la naturaleza y el deseo de conocer las rudas faenas de la mar les arrastra a despojarse de la levita y a empuñar los remos con las manos cubiertas de sortijas. Desde este momento su fisonomía se contrae duramente y toma la expresión siniestra y terrible de los piratas: sus movimientos son torpes y pesados como los de un lobo de mar. Cuando pasan cerca de la costa y ven una niñera más o menos gentil que les contempla absorta y admirada, se suelen guiñar el ojo con cierta malicia ruda, exclamando con voz ronca: «¡Ohé, muchachos, una fragata a barlovento!»
A otros les da por lo sentimental, y el espectáculo de las aguas dormidas del lago les recuerda las novelas venecianas o las baladas de la Suiza: se dejan balancear dulcemente, inmóviles y apoyados sobre el remo, fijan la vista en un punto del espacio con expresión amarga, propia de corazones lacerados, y prorrumpen a veces en tiernas barcarolas que han aprendido en el teatro Real.
Lo mismo las aventuras maravillosas de los unos que las barcarolas de los otros cesan repentinamente así que se escucha una voz poderosa, inmensa como la de Neptuno, que llega en alas del viento a todas las riberas del estanque:--«Esquife número siete (pausa solemne)... la hora.» Inmediatamente la embarcación, después de ejecutar las maniobras indispensables, dirige su rumbo hacia el puerto. Si llega con felicidad a él, como ordinariamente acontece, la tripulación, rendida y jadeante, no tarda en saltar sobre el muelle, limpiándose los pantalones con el pañuelo para después restituirse alegremente al seno de sus familias.
III
La Casa De Fieras
No sé de cuándo data la institución de que quiero dar cuenta: es posible que haya nacido bajo el gobierno paternal del señor Moyano, aunque no lo afirmo. Antes de ponerme a escribir acerca de ella, quizá debiera examinar algunos documentos referentes a su erección y desenvolvimiento, a fin de que las futuras generaciones, cuando lean el presente estudio, sepan a quién deben las fieras el piadoso hospital que hoy disfrutan. Prefiero, no obstante, improvisar algunas cuartillas, que caerán fuera de los dominios de la ciencia histórica, hacia la cual me siento antes de almorzar poco inclinado.
A unas cien varas del estanque grande se alza el famoso hospicio donde un gobierno atento a las necesidades morales de sus contribuyentes ha colocado media docena de bestias feroces y veinte o treinta micos, con el objeto de recrear y al propio tiempo vigorizar a la guarnición de Madrid. Así como los cisnes del estanque reciben sus emolumentos para despertar en los indígenas ideas bucólicas y sentimientos pastoriles, las alimañas de la Casa de fieras han venido adrede de los desiertos de África para infundir en la clase de tropa la ferocidad que suele perder en el trato íntimo de criadas y costureras. Y es de admirar realmente el acierto que ha presidido a la elección de estos terribles animales y con qué esmero se han procurado utilizar sus diversas aptitudes. Por ejemplo, a nadie puede caber duda de que el león ha sido traído para despertar en el corazón de los espectadores la nobleza y la bravura, como el leopardo la fiereza, el lobo la rapidez, la hiena la crueldad, el mono la astucia y el oso la calma. La española infantería, al recorrer por las tardes en la grata compañía de sus patronas las jaulas del establecimiento, se siente regenerada y dispuesta a habérselas con todo linaje de republicanos feroces y dañinos, mansos o amansados.
Las fieras, como es lógico, conocen de vista a todos los reclutas de la guarnición, y no sólo a los reclutas, sino a sus parientes y amigos. El mejor obsequio que se puede hacer a un forastero después de beber unas copas de ron y marrasquino, es llevarle a la Casa de fieras y pasearle un buen rato en torno de la jaula de los micos. «Anda, anda, que _Grabiel_ bien se divierte por allá por Madrid... no se esté con _cudiao_ por él, tía Rosa... _toa_ la tarde se la pasa mira que te mira a los micos en un sitio que llaman la Casa de fieras, que le digo, así Dios me salve, que no hay otra cosa que ver en Madrid.»
El soldado español es, además de bizarro, sufrido, frugal, pundonoroso, etc., etc., chispeante en el pensamiento y ático en la frase. Nadie lo ha puesto en duda. Pues bien; esta sal y este aticismo con que la naturaleza dotó a nuestro ejército, y muy singularmente al arma de infantería, se aumenta en un cincuenta por ciento lo menos cuando pasea por los jardines de la Casa de fieras. En aquellos amenos parajes, delante de la jaula del león africano, o del tigre de Bengala, o del tití de las Indias, es donde el regocijado ingenio de nuestros quintos derrama los tesoros de su gracia; allí donde se escuchan las frases espirituales, los dichos agudos; allí donde revientan los epigramas acerados, los discretos razonamientos. Parado frente a la jaula del leopardo, que duerme tranquilo en un rincón, el quinto suele decirle en tono de zumba:--«¡Anda tú, dormidor! ¿No te cansas de dormir, tuno? ¿Estás a gusto, eh gran ladrón?»--Pasa inmediatamente a la del león y vierte sobre él otra granizada de chistes.--«¡_Miale, miale_, qué boca abre el cochino! ¿Nos almorzarías de buena gana, verdad? Pues amigo, _pacencia_ y llamar a Cachano, que _toos semos_ hijos de Dios. Manolo, _arrepara_ qué melenas; ¡_paecen_ los pelos del tío Farruco!»
El recluta se hincha en tales ocasiones porque tiene público: en pos de él hay siempre media docena de robustas criadas de la Alcarria que le escuchan embelesadas y le siguen con afán. ¡Cómo se desternillan de risa! ¡Cómo paladean los chistes del donoso soldado! Nadie penetra como ellas el sentido íntimo de sus frases, ni puede apreciar tan bien la delicadeza nerviosa de su humorismo. Entre el recluta y las criadas se engendra inmediatamente una misteriosa corriente de simpatía, mediante la que el fondo poético de sus corazones y todos los dulces pensamientos y vagas aspiraciones de su espíritu se confunden. El recluta siente en el occipucio los ojos de las alcarreñas que le excitan a mostrarse cada vez más agudo y espiritual, y éstas advierten con inocente alegría que aquel derroche de gracia y de ingenio no es otra cosa que un fervoroso homenaje de adoración que el gentil recluta les dedica. Allá, a la hora del crepúsculo, cuando las nieblas descienden al fondo de los valles y el céfiro pliega sus alas sobre las flores, Manolo suele pegar un tremendo empujón a su amigo _Grabiel_ que le hace caer sobre el grupo de criadas, las cuales reciben el golpe como una manifestación de respeto y galantería. A partir del empujón, entre reclutas y criadas se establece una amistad inalterable. Y la ferocidad que el ejército ha ganado por un lado la pierde inmediatamente por otro, viniendo abajo de esta suerte la obra paternal de la Administración.
Antes de dar por terminado este artículo, necesito delatar a la Corporación municipal un abuso que redunda en menoscabo del país y descrédito de la importante institución en que me estoy ocupando. Por muy sensible que me sea el decirlo, es lo cierto que las fieras del Municipio no cumplen debidamente con su cometido. ¿Para qué han sido traídos estos animales de los desiertos de África y Asia a costa de mil sacrificios pecuniarios? Ya hemos dicho que para infundir energía y vigorizar al pueblo y al ejército. Pues bien; yo no sé cómo han llenado su deber en los primeros tiempos: mas actualmente puedo decir que están muy lejos de desempeñarlo con la exactitud y el celo apetecidos. En vez de mostrar una actitud imponente que sobrecoja y atemorice el ánimo, en vez de rugir y echar centellas por los ojos, y sacudir las rejas de la jaula con el aparato del que quiere saltar fuera y devorar en un credo a todos los espectadores, se pasan la mayor parte del día en letargo vergonzoso, tirados en un rincón como objetos inanimados, sin que las excitaciones del respetable público logren hacerles menear siquiera la cola. Cuando por casualidad se les encuentra de pie, no hacen otra cosa que pasear tranquilamente por la celda sin desplegar ninguna especie de ferocidad, como un poeta lírico que estuviese meditando algún soneto enrevesado para la _Ilustración Española y Americana_: cuando abren la boca y estiran las garras, nunca es en son de amenaza, sino para desperezarse groseramente; y si tal vez que otra les da la humorada de rugir, lo hacen con tanta delicadeza, que más que de devorarlos, parece que tratan de enterarse de la salud de los espectadores.
Es necesario cortar este abuso. ¿Cómo? Buscando el origen y destruyendo la causa. El origen de tal apatía y negligencia por parte de estos animales no puede ser otro que el no dárseles el sustento necesario. Las bestias de la Casa de fieras pertenecen a la clase docente, y como el profesorado en general, están muy mal retribuidas: tienen los huesos salientes, el pellejo arrugado, el aspecto miserable y triste. Un profesor amigo mío (que también tiene los huesos salientes y el pellejo arrugado), me decía no ha mucho tiempo que él no enseñaba más ciencia que la equivalente a los catorce mil reales que le daban. Las fieras deben de seguir el mismo sistema. Auménteseles, pues, el sueldo, déseles las piltrafas suficientes, y el Ayuntamiento verá sus cátedras de energía y ferocidad perfectamente desempeñadas.
IV
El Paseo De Los Coches
Se trabó una lucha titánica en el Ayuntamiento y en las columnas de los periódicos. Los peones nos defendimos bizarramente. Hicimos esfuerzos increíbles para salvar nuestro Retiro de la feroz invasión; pero quedamos vencidos. En las hermosas calles de árboles nunca profanadas, chasquearon las herraduras de los caballos, y los modernos conquistadores, los bárbaros de la riqueza entraron soberbios, arrollándonos entre las patas de sus corceles.
Vivíamos felices y tranquilos, y a veces nos decíamos:--«Tenéis los teatros, los salones, la Casa de Campo, la Castellana, sois los dueños de Madrid; pero nosotros poseemos el Retiro. Para gozar el aroma de sus flores, la frescura de sus árboles y la grata perspectiva de sus calles, es necesario que dejéis vuestro coche a la puerta y ensuciéis un poco la suela de los zapatos; porque el Retiro está hecho por Dios y el Ayuntamiento para nosotros, exclusivamente para nosotros los villanos.»
Mas he aquí que un día se les antoja a los bárbaros penetrar con sus carros, con sus mujeres e hijas en nuestro delicioso campamento. Cayeron los árboles más o menos seculares, y sus hojas sirvieron de alfombra a los triunfadores. También nuestras frentes humilladas les sirvieron de alfombra.
Y lo peor de todo es que, imitando la crueldad de los soldados de Alarico y Atila, nos han llevado y nos llevan atados a su carro. He conocido a un joven que luchó valerosamente contra la invasión desde las columnas de _La Correspondencia_. Recuerdo cierto suelto de su mano que decía: «No es exacto que el Municipio trate de abrir en el Retiro un paseo para los carruajes.» Este suelto cayó como una bomba en el campo enemigo, haciendo en él graves destrozos, y estuvo a punto de dejar fallidas sus esperanzas. Pues bien; a este mismo joven le he visto después ignominiosamente atado a la carretela de un bárbaro, que le llevaba a un paso muy superior a sus piernas. Y la hija del bárbaro aún parece que se reía de él.
Algunos refieren la historia del paseo de coches diciendo que a cierto caballo inglés, hastiado de tanto ir y venir a la Castellana, acometido del _spleen_ y en peligro inminente de suicidarse, se le puso un día entre las dos orejas el hollar los jardines privilegiados; insinúa su extravagante deseo al amo, le da algunas razones, y últimamente le persuade a que interponga su influencia para que de allí en adelante se extienda el privilegio de los bípedos a los caballos lucios y bien educados. El amo, que era regidor, lo propuso en concejo, y pronunció con tal motivo un bello discurso, donde expuso a la consideración del Ayuntamiento los argumentos capitales que su jaca le había insinuado. Armose el consiguiente motín, los bípedos se resistieron a abandonar sus franquicias, acudieron a la prensa, dijeron que el echar árboles al suelo era propio de los pueblos primitivos, y que es muy fácil construir una casa, pero que un árbol nadie lo construye mas que la naturaleza; hablaron del hacha devastadora y se autorizaron el dudar de los sentimientos poéticos de los concejales. A tales afirmaciones contestó el potro inglés, por boca de su amo, diciendo, que no eran más que «huecas declamaciones», y que cuando el paseo estuviese abierto y terminado, ya se vería. Y en efecto, después se vio que el potro tenía razón. El paseo de coches, no sólo no ha quitado belleza al Retiro, pero le ha añadido cierto esplendor fastuoso que antes no tenía; a cada cual lo suyo.
No está trazado en línea recta como el de la Castellana, porque no tiene por objeto despertar en el vecindario ideas generales, sino que forma una curva graciosa y bastante prolongada, que se extiende desde la Casa de fieras hasta la estatua del Angel caído, en torno de la cual giran los carruajes al dar la vuelta; es un Luzbel doblado por el espinazo, el cuello descoyuntado y los músculos tendidos, que parece un artista ecuestre del circo de Price. Sus colegas de acá, otros ángeles caídos que suelen llamarse «la Tomasa, la Adela, la Paz, la Asunción, etc.», al cruzar por su lado le miran con soberano desdén: ninguno ha caído como él en medroso despeñadero; todos han venido a dar sobre algún _milord_ con un caballo.
En este moderno paseo se cita y emplaza la sociedad elegante en las tardes de invierno, para gozar el inefable deleite de contemplarse un par de horas, después de lo cual se apresura a ir a comer y escapa a uña de caballo a contemplarse de nuevo en el Real otras tres o cuatro horitas. Parece una sociedad de derviches: el goce supremo es la contemplación. Hay hombre que se queda calvo, y defrauda al Estado, y arruina a varias familias, solamente para que dos caballos le lleven a todas partes a contemplar a otros hombres que también se han quedado calvos y han defraudado al Estado y a los particulares con el mismo objeto. Los madrileños, mejor que ningún otro pueblo antiguo o moderno, han llevado al refinamiento este goce exquisito: en las iglesias, en los teatros, en el paseo, en los salones, se apuran todos los medios de contemplarse con más comodidad. Cuando viene el calor y es fuerza salir de Madrid y separarse, entonces la sociedad vuela a las playas de San Sebastián, a fin de no perderse un instante de vista.
De cinco a cinco y media de la tarde está el paseo en todo su esplendor; un millar de coches se apiña en la no muy ancha carretera, de tal suerte, que no hay medio de caminar por ella: a veces tardan en dar una sola vuelta más de hora y media, lo cual constituye, como es fácil de comprender, el encanto de los que perennemente los ocupan; de esta guisa, la contemplación es más fácil y más intensa. Las señoras levantan suavemente las sombrillas para mirar por debajo de ellas a otras señoras, que de igual manera dejan caer las suyas y pagan mirada por mirada. Hace ya muchos años que se miran y llevan por cuenta los vestidos, los coches, los caballos, los queridos, las pulseras, el colorete y hasta los lunares que gastan; así que, ordinariamente, se habla muy poco: sólo de vez en cuando alguna dama comunica a su compañera en voz baja y estilo telegráfico ciertas observaciones de poca monta:
--¿Has visto a Bermejillo?
--Sí.
--¿Va detrás de Enriqueta?
--Sí.
Y de nuevo guardan silencio.
--¿Has visto a la de Quintanar?
--Hasta ahora no.
--¿Y a la de Beleño?
--Tampoco.
La dama se calla otra vez, pero experimenta leve disgusto; para que se vaya a casa satisfecha y coma con apetito, es preciso que estén en el paseo la de Quintanar, la de Beleño, la de Casagonzalo, la de Trujillo, la de Torrealta, la de Villavicencio, la de Córdova, la de Perales, la de Vélez Málaga y la de Cerezangos, a quienes está viendo hace veinte años, en todos sitios y a todas horas: si no, se marcha mal humorada, diciendo que el paseo estaba muy cursi. Los cocheros y lacayos, desde lo alto de los pescantes, dejan caer miradas olímpicas sobre las carrozas, y murmuran de vez en cuando alguna frase insolente y obscena a propósito de las damas que pasan cerca; o examinan fijamente las libreas de sus compañeros, proponiéndose exigir otras iguales de sus amos. Los caballos, aburridos, se contemplan sin cesar, y guardan silencio como sus señores. Tal vez que otra, no obstante, dejan caer, entre resoplidos y cabezadas, alguna observación punzante acerca de sus colegas:
--¡Vaya unos arreos lucidos que les han echado encima a los jacos de Villamediana! ¡Me da risa!
--¿Qué otra cosa quieres que les pongan, chico? ¡Si son dos burros sin orejas!
--¿Y qué te parece del _tren_ de Rebolledo?
--Que esos potros son tan ingleses como el forro de mis pezuñas.
Así hablan los caballos a menudo; y a menudo también los amos.
Por una de las calles laterales y antiguas caminan los bípedos de la burguesía, contemplando sin pestañear el fastuoso cortejo de los cuadrúpedos aristocráticos. Cuando se cansan de caminar, toman asiento en las sillas metálicas puestas allí adrede para mirarse cómodamente. Numerosas y respetables familias, cuyos jefes sirven dignamente a la Administración pública, se autorizan diariamente el sabroso placer de ver pasar en procesión a las damas y caballeros que en Madrid gastan coche. La vida cortesana ofrece vivos y punzantes atractivos: el jefe de familia la encuentra demasiado agitada cuando llega a su casa.
Ciñendo la carretera, con el rostro vuelto hacia los coches, suelen cruzar a paso largo algunos señoritos de palo, con el felpudo sombrero ladeado, puños salientes, levita abrochada hasta la nuez y báculo. Llevan dentro un resorte que en ciertos momentos les obliga a detener el paso, llevar la mano al sombrero, agitarlo en el aire, ponérselo otra vez y seguir andando.
Y el sol, por no ser menos que todos, contempla con ojo de moribundo esta escena interesante enfilando sus rayos oblicuos entre los árboles y levantando mil graciosos reflejos en el barniz de los coches, en el cristal de las linternas y en el metal de los botones de cocheros y lacayos. Antes de morir envuelve con suave caricia la pompa abigarrada de aquella muchedumbre, que no tiene ojos más que para sí misma, hace brillar los arreos de los caballos y las joyas de las señoras, tiñe de vivos colores la seda de los vestidos y extiende un manto brillante de oro sobre la inmóvil y silenciosa comitiva. Los árboles recogen con más placer que los hombres el último beso del astro del día, y entre sus copas frondosas surgen gratas y fugitivas luces. A la izquierda el puro azul del cielo se deja ver, desvaído ya y marchito, y su fondo luminoso queda cortado a trechos por las formas rígidas de alguna conífera o por los tricornios de los guardias que permanecen clavados a sus caballos, y los caballos a la tierra como verdaderas estatuas. En el medio de la curva que el paseo describe, hay abierto un boquete sin árboles, por donde se contempla el paisaje: parece un enorme balcón desde donde se divisan algunas leguas de tierra árida como toda la que rodea a Madrid. Este paisaje sólo es bello a la caída de la tarde: entonces las brumas del crepúsculo, traspasadas un instante por los rayos del sol, matizan delicadamente la vasta planicie, las colinas lejanas flotan en una neblina azulada, y sobre ellas resaltan como puntos blancos algunos caseríos. Los juegos de la luz fingen en la llanura bosques, campos, ríos y pueblos que no existen: es un país falso y teatral que guarda cierta semejanza con el fondo del cuadro de las Lanzas, de Velázquez; pero cautiva la vista por su esplendor, y dilata el pecho por su inmensidad.
El vapor luminoso que por aquella parte envuelve el paseo, amortiguando los vivos colores de las sombrillas, borrando los elegantes contornos de los caballos, esfumando las facciones de las damas y prestándole a todo aspecto escenográfico, pierde lentamente su brillo y se transforma en un polvo ceniciento que cae del cielo como heraldo de la noche. La noche se llega al fin: el sol sepulta sus fuegos en los confines de la yerma llanura: algunas nubecillas finas y delgadas, como rayas trazadas en el firmamento, después de ennegrecerse fuertemente, concluyen por desaparecer. El paseo pierde todo su esplendor; ya no es más que un grupo numeroso de coches sin brillo ni poesía. La comitiva siente casi al mismo tiempo un leve temblor de frío; las señoras se embozan en los chales y tiran hacia sí las pieles que cubren sus rodillas; los caballeros se esfuerzan en meterse los abrigos y agitan los brazos en el aire como aspas de molino; piafan los caballos pensando en las próximas dulzuras del pesebre, y los aurigas chasquean el látigo enderezándolos ya hacia la ciudad. En pocos minutos queda la carretera desierta. Los peones, que como es natural permanecen rezagados, escuchan algún tiempo el ruido de los coches, como un rumor distante de olas que se estrellan.
El PáJaro En La Nieve
(Novela)
Era ciego de nacimiento. Le habían enseñado lo único que los ciegos suelen aprender, la música; y fue en este arte muy aventajado. Su madre murió pocos años después de darle la vida; su padre, músico mayor de un regimiento, hacía un año solamente. Tenía un hermano en América que no daba cuenta de sí; sin embargo, sabía por referencias que estaba casado, que tenía dos niños muy hermosos y ocupaba buena posición. El padre indignado, mientras vivió, de la ingratitud del hijo, no quería oír su nombre; pero el ciego le guardaba todavía mucho cariño; no podía menos de recordar que aquel hermano, mayor que él, había sido su sostén en la niñez, el defensor de su debilidad contra los ataques de los demás chicos, y que siempre le hablaba con dulzura. La voz de Santiago, al entrar por la mañana en su cuarto diciendo: «¡Hola, Juanito! arriba, hombre, no duermas tanto,» sonaba en los oídos del ciego más grata y armoniosa que las teclas del piano y las cuerdas del violín. ¿Cómo se había trasformado en malo aquel corazón tan bueno? Juan no podía persuadirse de ello, y le buscaba un millón de disculpas: unas veces achacaba la falta al correo; otras se le figuraba que su hermano no quería escribir hasta que pudiera mandar mucho dinero; otras pensaba que iba a darles una sorpresa el mejor día presentándose cargado de millones en el modesto entresuelo que habitaban: pero ninguna de estas imaginaciones se atrevía a comunicar a su padre: únicamente cuando éste, exasperado, lanzaba algún amargo apóstrofe contra el hijo ausente, se atrevía a decirle: «No se desespere V., padre; Santiago es bueno; me da el corazón que ha de escribir uno de estos días.»
El padre se murió sin ver carta de su hijo mayor, entre un sacerdote que le exhortaba y el pobre ciego que le apretaba convulso la mano, como si tratase de retenerle a la fuerza en este mundo. Cuando quisieron sacar el cadáver de casa sostuvo una lucha frenética, espantosa, con los empleados fúnebres. Al fin se quedó solo; pero ¡qué soledad la suya! Ni padre, ni madre, ni parientes, ni amigos: hasta el sol le faltaba, el amigo de todos los seres creados. Pasó dos días metido en su cuarto, recorriéndolo de una esquina a otra como un lobo enjaulado, sin probar alimento. La criada, ayudada por una vecina compasiva, consiguió al cabo impedir aquel suicidio: volvió a comer y pasó la vida desde entonces rezando y tocando el piano.
El padre, algún tiempo antes de morir, había conseguido que le diesen una plaza de organista en una de las iglesias de Madrid, retribuida con catorce reales diarios: no era bastante, como se comprende, para sostener una casa abierta, por modesta que fuese; así que, pasados los primeros quince días, nuestro ciego vendió por algunos cuartos, muy pocos por cierto, el humilde ajuar de su morada, despidió a la criada y se fue de pupilo a una casa de huéspedes pagando ocho reales; los seis restantes le bastaban para atender a las demás necesidades. Durante algunos meses vivió el ciego sin salir a la calle más que para cumplir su obligación; de casa a la iglesia, y de la iglesia a casa. La tristeza le tenía dominado y abatido de tal suerte, que apenas despegaba los labios; pasaba las horas componiendo una gran misa de _requiem_ que contaba se tocase por la caridad del párroco en obsequio del alma de su difunto padre; y ya que no podía decirse que tenía los cinco sentidos puestos en su obra, porque carecía de uno, sí diremos que se entregaba a ella con alma y vida.
El cambio de ministerio le sorprendió cuando aún no la había terminado: no sé si entraron los radicales, o los conservadores, o los constitucionales; pero entraron algunos nuevos. Juan no lo supo sino tarde y con daño. El nuevo gabinete, pasados algunos días, juzgó que Juan era un organista peligroso para el orden público, y que desde lo alto del coro, en las vísperas y misas solemnes, roncando y zumbando con todos los registros del órgano, le estaba haciendo una oposición verdaderamente escandalosa. Como el ministerio entrante no estaba dispuesto, según había afirmado en el Congreso por boca de uno de sus miembros más autorizados, «a tolerar imposiciones de nadie,» procedió inmediatamente y con saludable energía a dejar cesante a Juan, buscándole un sustituto que en sus maniobras musicales ofreciese más garantías o fuese más adicto a las instituciones. Cuando le notificaron el cese, nuestro ciego no experimentó más emoción que la sorpresa; allá en el fondo casi se alegró, porque le dejaban más horas desocupadas para concluir su misa. Solamente se dio cuenta de su situación cuando al fin del mes se presentó la patrona en el cuarto a pedirle dinero; no lo tenía, porque ya no cobraba en la iglesia; fue necesario que llevase a empeñar el reloj de su padre para pagar la casa. Después se quedó otra vez tan tranquilo y siguió trabajando sin preocuparse de lo porvenir. Mas otra vez volvió la patrona a pedirle dinero, y otra vez se vio precisado a empeñar un objeto de la escasísima herencia paterna; era un anillo de diamantes. Al cabo ya no tuvo qué empeñar. Entonces, por consideración a su debilidad, le tuvieron algunos días más de cortesía, muy pocos, y después le pusieron en la calle, gloriándose mucho de dejarle libre el baúl y la ropa, ya que con ella podían cobrarse de los pocos reales que les quedaba a deber.
Buscó una nueva casa, pero no pudo alquilar piano, lo cual le causó una inmensa tristeza; ya no podía terminar su misa. Todavía fue algún tiempo a casa de un almacenista amigo y tocó el piano a ratos; no tardó, sin embargo, en observar que se le iba recibiendo cada vez con menos amabilidad, y dejó de ir por allá.
Al poco tiempo le echaron de la nueva casa, pero esta vez quedándose con el baúl en prenda. Entonces comenzó para el ciego una época tan miserable y angustiosa, que pocos se darán cuenta cabal de los dolores, mejor aún, de los martirios que la suerte le deparó. Sin amigos, sin ropa, sin dinero, no hay duda que se pasa muy mal en el mundo; mas si a esto se agrega el no ver la luz del sol, y hallarse por lo mismo absolutamente desvalido, apenas si alcanzamos a divisar el límite del dolor y la miseria. De posada en posada, arrojado de todas poco después de haber entrado, metiéndose en la cama para que le lavasen la única camisa que tenía, el calzado roto, los pantalones con hilachas por debajo, sin cortarse el pelo y sin afeitarse, rodó Juan por Madrid no sé cuánto tiempo. Pretendió, por medio de uno de los huéspedes que tuvo, más compasivo que los demás, la plaza de pianista en un café. Al fin se la otorgaron, pero fue para despedirle a los pocos días: la música de Juan no agradaba a los parroquianos del _Café de la Cebada_; no tocaba jotas, ni polos, ni sevillanas, ni cosa ninguna flamenca, ni siquiera polkas; pasaba la noche interpretando sonatas de Beethoven y conciertos de Chopín: los concurrentes se desesperaban al no poder llevar el compás con las cucharillas.
Otra vez volvió a rodar el mísero por los sitios más hediondos de la capital. Algún alma caritativa, que por casualidad se enteraba de su estado, socorríale indirectamente, porque Juan se estremecía a la idea de pedir limosna. Comía lo preciso para no morirse de hambre en alguna taberna de los barrios bajos, y dormía por cuatro cuartos entre mendigos y malhechores en un desván destinado a este fin. En cierta ocasión le robaron, mientras dormía, los pantalones, y le dejaron otros de dril remendados. Era en el mes de Noviembre.
El pobre Juan, que siempre había guardado en el pensamiento la quimera de la venida de su hermano, ahogado ahora por la desgracia, comenzó a alimentarla con afán. Hizo que le escribiesen a la Habana, sin poner señas a la carta porque no las sabía; procuró informarse si le habían visto, aunque sin resultado; y todos los días se pasaba algunas horas pidiendo a Dios de rodillas que le trajese en su auxilio. Los únicos momentos felices del desdichado eran los que pasaba en oración en el ángulo de alguna iglesia solitaria: oculto detrás de un pilar, aspirando los acres olores de la cera y la humedad, escuchando el chisporroteo de los cirios y el leve rumor de las plegarias de los pocos fieles distribuidos por las naves del templo, su alma inocente dejaba este mundo, que tan cruelmente le trataba, y volaba a comunicarse con Dios y su Madre Santísima. Tenía la devoción de la Virgen profundamente arraigada en el corazón desde la infancia: como apenas había conocido a su madre, buscó por instinto en la de Dios la protección tierna y amorosa que sólo la mujer puede dispensar al niño; había compuesto en honor suyo algunos himnos y plegarias, y no se dormía jamás sin besar devotamente el escapulario del Carmen que llevaba al cuello.
Llegó un día, no obstante, en que el cielo y la tierra le desampararon. Arrojado de todas partes, sin tener un pedazo de pan que llevarse a la boca, ni ropa con que preservarse del frío, comprendió el cuitado con terror que se acercaba el instante de pedir limosna. Trabose una lucha desesperada en el fondo de su espíritu; el dolor y la vergüenza disputaron palmo a palmo el terreno a la necesidad; las tinieblas que le rodeaban hacían aún más angustiosa esta batalla. Al cabo, como era de esperar, venció el hambre. Después de pasar muchas horas sollozando y pidiendo fuerzas a Dios para soportar su desdicha, resolviose a implorar la caridad; pero todavía quiso el infeliz disfrazar la humillación, y decidió cantar por las calles de noche solamente. Poseía una voz regular, y conocía a la perfección el arte del canto; mas tropezó con la dificultad de no tener medio de acompañarse. Al fin, otro desgraciado, que no lo era tanto como él, le facilitó una guitarra vieja y rota, y después de arreglarla del mejor modo que pudo, y después de derramar abundantes lágrimas, salió cierta noche de Diciembre a la calle. El corazón le latía fuertemente; las piernas le temblaban; cuando quiso cantar en una de las calles más céntricas, no pudo; el dolor y la vergüenza habían formado un nudo en su garganta. Arrimose a la pared de una casa, descansó algunos instantes, y repuesto un tanto, empezó a cantar la romanza de tenor del primer acto de _La Favorita_. Llamó desde luego la atención de los transeúntes un ciego que no cantaba peteneras o malagueñas, y muchos hicieron círculo en torno suyo, y no pocos, al observar la maestría con que iba venciendo las dificultades de la obra, se comunicaron en voz baja su sorpresa y dejaron algunos cuartos en el sombrero, que había colgado del brazo. Terminada la romanza, empezó el aria del cuarto acto de _La Africana_. Pero se había reunido demasiada gente a su alrededor, y la autoridad temió que esto fuese causa de algún desorden, pues era cosa averiguada para los agentes de orden público que las personas que se reúnen en la calle a escuchar a un ciego demuestran por este hecho instintos peligrosos de rebelión, cierta hostilidad contra las instituciones, una actitud, en fin, incompatible con el orden social y la seguridad del Estado. Por lo cual un guardia cogió a Juan enérgicamente, por el brazo y le dijo:
--A ver; retírese V. a su casa inmediatamente, y no se pare V. en ninguna calle.
--Pero yo no hago daño a nadie.
--Esta V. impidiendo el tránsito. Adelante, adelante, si no quiere V. ir a la prevención.
Es realmente consolador el ver con qué esmero procura la autoridad gubernativa que las vías públicas se hallen siempre limpias de ciegos que canten. Y yo creo, por más que haya quien sostenga lo contrario, que si pudiese igualmente tenerlas limpias de ladrones y asesinos, no dejaría de hacerlo con gusto.
Retirose a su zahúrda el pobre Juan, pesaroso, porque tenía buen corazón, de haber comprometido por un instante la paz intestina y dado pie para una intervención del poder ejecutivo. Había ganado cinco reales y un perro grande. Con este dinero comió al día siguiente, y pagó el alquiler del miserable colchón de paja en que durmió. Por la noche tornó a salir y a cantar trozos de ópera y piezas de canto: vuelta a reunirse la gente en torno suyo y vuelta a intervenir la autoridad gritándole con energía:--Adelante, adelante.
¡Pero si iba adelante no ganaba un cuarto, porque los transeúntes no podían escucharle! Sin embargo, Juan marchaba, marchaba siempre porque le estremecía, más que la muerte, la idea de infringir los mandatos de la autoridad, y turbar, aunque fuese momentáneamente, el orden de su país.
Cada noche se iban reduciendo más sus ganancias. Por un lado la necesidad de seguir siempre adelante, y por otro la falta de novedad, que en España se paga siempre muy cara, le iban privando todos los días de algunos céntimos. Con los que traía para casa al retirarse apenas podía introducir en el estómago algo para no morirse de hambre. Su situación era ya desesperada. Sólo un punto luminoso seguía viendo tenazmente el desgraciado entre las tinieblas de su congojoso estado: este punto luminoso era la llegada de su hermano Santiago. Todas las noches, al salir de casa con la guitarra colgada del cuello, se le ocurría el mismo pensamiento:--«Si Santiago estuviese en Madrid y me oyese cantar, me conocería por la voz.» Y esta esperanza, mejor dicho, esta quimera, era lo único que le daba fuerzas para soportar la vida.
Llegó otro día, no obstante, en que la angustia y el dolor no conocieron límites. En la noche anterior no había ganado más que seis cuartos. ¡Había estado tan fría! Como que amaneció Madrid envuelto en una sábana de nieve de media cuarta de espesor. Y todo el día siguió nevando sin cesar un instante, lo cual les tenía sin cuidado a la mayoría de la gente, y fue motivo de regocijo para muchos aficionados a la estética. Los poetas que gozaban de una posición desahogada, muy particularmente, pasaron gran parte del día mirando caer los copos al través de los cristales de su gabinete, y meditando lindos e ingeniosos símiles de esos que hacen gritar al público en el teatro «¡bravo, bravo!» u obligan a exclamar cuando se leen en un tomo de versos: «¡qué talento tiene este joven!»
Juan no había tomado más alimento que una taza de café de ínfima clase y un panecillo. No pudo entretener el hambre contemplando la hermosura de la nieve, en primer lugar, porque no tenía vista; y en segundo, porque aunque la tuviese, era difícil que al través de la reja de vidrio empañada y sucia de su desván pudiera verla. Pasó el día acurrucado sobre el colchón, recordando los días de la infancia y acariciando la dulce manía de la vuelta de su hermano. Al llegar la noche, apretado por la necesidad, desfallecido, bajó a la calle a implorar una limosna. Ya no tenía guitarra; la había vendido por tres pesetas en un momento parecido de apuro.
La nieve caía con la misma constancia, puede decirse con el mismo encarnizamiento. Las piernas le temblaban al pobre ciego lo mismo que el día primero en que salió a cantar; pero esta vez no era de vergüenza, sino de hambre. Avanzó como pudo por las calles, enfangándose hasta más arriba del tobillo: su oído le decía que no cruzaba apenas ningún transeúnte; los coches no hacían ruido, y estuvo expuesto a ser atropellado por uno. En una de las calles céntricas se puso al fin a cantar el primer pedazo de ópera que acudió a sus labios: la voz salía débil y enronquecida de la garganta; nadie se acercaba a él ni siquiera por curiosidad. «Vamos a otra parte,» se dijo, y bajó por la Carrera de San Jerónimo, caminando torpemente sobre la nieve, cubierto ya de un blanco cendal y con los pies chapoteando agua. El frío se le iba metiendo por los huesos; el hambre le producía un fuerte dolor en el estómago. Llegó un momento en que el frío y el dolor le apretaron tanto, que se sintió casi desvanecido, creyó morir, y elevando el espíritu a la Virgen del Carmen, su protectora, exclamó con voz acongojada: «¡Madre mía, socórreme!» Y después de pronunciar estas palabras, se sintió un poco mejor y marchó, o más propiamente, se arrastró hasta la plaza de las Cortes: allí se arrimó a la columna de un farol, y, todavía bajo la impresión del socorro de la Virgen, comenzó a cantar el _Ave María_, de Gounod, una melodía a la cual siempre había tenido mucha afición. Pero nadie se acercaba tampoco. Los habitantes de la villa estaban todos recogidos en los cafés y teatros, o bien en sus hogares haciendo bailar a sus hijos sobre las rodillas al amor de la lumbre. Seguía cayendo la nieve pausada y copiosamente, decidida a prestar asunto al día siguiente a todos los revisteros de periódicos para encantar a sus aficionados con una docena de frases delicadas. Los transeúntes que casualmente cruzaban lo hacían apresuradamente, arrebujados en sus capas y tapándose con el paraguas. Los faroles se habían puesto el gorro blanco de dormir, y dejaban escapar melancólica claridad. No se oía ruido alguno si no era el rumor vago y lejano de los coches, y el caer incesante de los copos como un crujido levísimo y prolongado de sedería. Sólo la voz de Juan vibraba en el silencio de la noche saludando a la Madre de los Desamparados. Y su canto, más que himno de salutación, parecía un grito de congoja algunas veces; otras, un gemido triste y resignado que helaba el corazón más que el frío de la nieve.
En vano clamó el ciego largo rato pidiendo favor al cielo; en vano repitió el dulce nombre de María un sinnúmero de veces, acomodándolo a los diversos tonos de la melodía. El cielo y la Virgen estaban lejos, al parecer, y no le oyeron; los vecinos de la plaza estaban cerca, pero no quisieron oírle. Nadie bajó a recogerlo; ningún balcón se abrió siquiera para dejar caer sobre él una moneda de cobre. Los transeúntes, como si viniesen perseguidos de cerca por la pulmonía, no osaban detenerse.
Al fin ya no pudo cantar más: la voz espiraba en la garganta; las piernas se le doblaban; iba perdiendo la sensibilidad en las manos. Dio algunos pasos y se sentó en la acera al pie de la verja que rodea el jardín. Apoyó los codos en las rodillas y metió la cabeza entre las manos. Y pensó vagamente en que había llegado el último instante de su vida; y volvió a rezar fervorosamente implorando la misericordia divina.
Al cabo de un rato percibió que un transeúnte se paraba delante de él y se sintió cogido por el brazo. Levantó la cabeza, y sospechando que sería lo de siempre, preguntó tímidamente:
--¿Es V. algún guardia?
--No soy ningún guardia--repuso el transeúnte,--pero levántese V.
--Apenas puedo, caballero.
--¿Tiene V. mucho frío?
--Sí, señor... y además no he comido hoy.
--Entonces, yo le ayudaré... vamos... ¡arriba!
El caballero cogió a Juan por los brazos y le puso en pie; era un hombre vigoroso.
--Ahora apóyese V. bien en mí y vamos a ver si hallamos un coche.
--¿Pero dónde me lleva V.?
--A ningún sitio malo ¿tiene V. miedo?
--¡Ah! no: el corazón me dice que es V. una persona caritativa.
--Vamos andando... a ver si llegamos pronto a casa para que V. se seque y tome algo caliente.
--Dios se lo pagará a V. caballero... la Virgen se lo pagará... Creí que iba a morirme en ese sitio.
--Nada de morirse... no hable V. de eso ya. Lo que importa ahora es dar pronto con un simón... Vamos adelante... ¿qué es eso; tropieza V.?
--Sí, señor; creo que he dado contra la columna de un farol... ¡Como soy ciego!
--¿Es V. ciego?--preguntó vivamente el desconocido.
--Sí, señor.
--¿Desde cuándo?
--Desde que nací.
Juan sintió estremecerse el brazo de su protector; y siguieron caminando en silencio. Al cabo éste se detuvo un instante y le preguntó con voz alterada.
--¿Cómo se llama V.?
--Juan.
--¿Juan qué?
--Juan Martínez.
--Su padre de V. Manuel, ¿verdad? músico mayor del tercero de artillería ¿no es cierto?
--Sí, señor.
En el mismo instante el ciego se sintió apretado fuertemente por unos brazos vigorosos que casi le asfixiaron y escuchó en su oído una voz temblorosa que exclamó:
--¡Dios mío, qué horror y qué felicidad! Soy un criminal, soy tu hermano Santiago.
Y los dos hermanos quedaron abrazados y sollozando algunos minutos en medio de la calle. La nieve caía sobre ellos dulcemente.
Santiago se desprendió bruscamente de los brazos de su hermano y comenzó a gritar salpicando sus palabras con fuertes interjecciones:
--¡Un coche, un coche! ¿no hay un coche por ahí?... ¡maldita sea mi suerte! Vamos, Juanillo, haz un esfuerzo; llegaremos pronto al puesto... ¿Pero señor, dónde se meten los coches...? Ni uno sólo cruza por aquí... Allá lejos veo uno... ¡gracias a Dios!... ¡Se aleja el maldito!... Aquí está otro... éste ya es mío. A ver cochero... cinco duros si V. nos lleva volando al hotel número diez de la Castellana...
Y cogiendo a su hermano en brazos como si fuera un chico lo metió en el coche y detrás se introdujo él. El cochero arreó a la bestia y el carruaje se deslizó velozmente y sin ruido sobre la nieve. Mientras caminaban, Santiago teniendo siempre abrazado al pobre ciego, le contó rápidamente su vida. No había estado en Cuba, sino en Costa Rica, donde juntó una respetable fortuna; pero había pasado muchos años en el campo, sin comunicación apenas con Europa; escribió tres o cuatro veces por medio de los barcos que traficaban con Inglaterra y no obtuvo respuesta. Y siempre pensando en tornar a España al año siguiente, dejó de hacer averiguaciones proponiéndose darles una agradable sorpresa. Después se casó y este acontecimiento retardó mucho su vuelta. Pero hacía cuatro meses que estaba en Madrid, donde supo por el registro parroquial que su padre había muerto; de Juan le dieron noticias vagas y contradictorias: unos le dijeron que se había muerto también; otros que reducido a la última miseria, había ido por el mundo cantando y tocando la guitarra. Fueron inútiles cuantas gestiones hizo para averiguar su paradero. Afortunadamente la Providencia se encargó de llevarlo a sus brazos. Santiago reía unas veces, lloraba otras mostrando siempre el carácter franco, generoso y jovial de cuando niño.
Paró el coche al fin. Un criado vino a abrir la portezuela. Llevaron a Juan casi en volandas hasta su casa. Al entrar percibió una temperatura tibia, el aroma de bienestar que esparce la riqueza: los pies se le hundían en mullida alfombra; por orden de Santiago dos criados le despojaron inmediatamente de sus harapos empapados de agua y le pusieron ropa limpia y de abrigo. En seguida le sirvieron en el mismo gabinete, donde ardía un fuego delicioso, una taza de caldo confortador y después algunas viandas, aunque con la debida cautela, por la flojedad en que debía hallarse su estómago: subieron además de la bodega el vino más exquisito y añejo. Santiago no dejaba de moverse, dictando las órdenes oportunas, acercándose a cada instante al ciego para preguntarle con ansiedad:
--¿Cómo te encuentras ahora, Juan?--¿Estas bien?--¿Quieres otro vino?--¿Necesitas más ropa?
Terminada la refacción se quedaron ambos algunos momentos al lado de la chimenea. Santiago preguntó a un criado si la señora y los niños estaban ya acostados y habiéndole respondido afirmativamente, dijo a su hermano rebosando de alegría:
--¿Tú no tocas el piano?
--Sí.
--Pues vamos a dar un susto a mi mujer y a mis hijos. Ven al salón.
Y le condujo hasta sentarle delante del piano. Después levantó la tapa para que se oyera mejor, abrió con cuidado las puertas y ejecutó todas las maniobras conducentes a producir una sorpresa en la casa; pero todo ello con tal esmero, andando sobre la punta de los pies, hablando en falsete y haciendo tantas y tan graciosas muecas, que Juan al notarlo no pudo menos de reírse exclamando: ¡Siempre el mismo Santiago!
--Ahora toca Juanillo, toca con todas tus fuerzas.
El ciego comenzó a ejecutar una marcha guerrera. El silencioso hotel se estremeció de pronto, como una caja de música cuando se la da cuerda. Las notas se atropellaban al salir del piano, pero siempre con ritmo belicoso. Santiago exclamaba de vez en cuando:
--¡Más fuerte, Juanillo, más fuerte!
Y el ciego golpeaba el teclado, cada vez con mayor brío.
--Ya veo a mi mujer detrás de las cortinas... ¡adelante, Juanillo, adelante!... Está la pobre en camisa... ji... ji... me hago como que no la veo... se va a creer que estoy loco... ¡ji ji!... ¡adelante, Juanillo, adelante!
Juan obedecía a su hermano, aunque sin gusto ya, porque deseaba conocer a su cuñada y besar a sus sobrinos.
--Ahora veo a mi hija Manolita, que también sale en camisa... ¡Calle, también se ha despertado Paquito!... ¡No te he dicho que todos iban a recibir un susto!... Pero se van a constipar si andan de ese modo más tiempo... No toques más Juan, no toques más.
Cesó el estrépito infernal.
--Vamos, Adela, Manolito, Paquito, abrigaos un poco y venid a dar un abrazo a mi hermano Juan. Este es Juan de quien tanto os he hablado, a quien acabo de encontrar en la calle a punto de morirse helado entre la nieve... ¡Vamos, vestíos pronto!
La noble familia de Santiago vino inmediatamente a abrazar al pobre ciego. La voz de la esposa era dulce y armoniosa: Juan creía escuchar la de la Virgen: notó que lloraba cuando su marido relató de qué modo le había encontrado. Y todavía quiso añadir más cuidados a los de Santiago: mandó traer un calorífero y ella misma se lo puso debajo de los pies; después le envolvió las piernas en una manta y le puso en la cabeza una gorra de terciopelo. Los niños revoloteaban en torno de la butaca, acariciándole y dejándose acariciar de su tío. Todos escucharon en silencio y embargados por la emoción, el breve relato que de sus desgracias les hizo. Santiago se golpeaba la cabeza: su esposa lloraba: los chicos atónitos le decían estrechándole la mano: ¿No volverás a tener hambre ni a salir a la calle sin paraguas, verdad tiito?... yo no quiero, Manolita no quiere tampoco... ni papá, ni mamá.
--¡A que no le das tu cama, Paquito!--dijo Santiago, pasando a la alegría inmediatamente.
--¡Si no _quepe_ en ella, papá! En la sala hay otra muy grande, muy grande, muy grande...
--No quiero cama ahora,--interrumpió Juan... ¡me encuentro tan bien aquí!
--¿Te duele el estómago como antes?--preguntó Manolita abrazándole y besándole.
--No, hija mía, no, ¡bendita seas!... no me duele nada... soy muy feliz... lo único que tengo es sueño... se me cierran los ojos sin poderlo remediar...
--Pues por nosotros no dejes de dormir, Juan,--dijo Santiago.
--Sí, tiito, duerme, duerme--dijeron a un tiempo Manolita y Paquito echándole los brazos al cuello y cubriéndole de caricias...
* * * * *
Y se durmió en efecto. Y despertó en el cielo.
Al amanecer del día siguiente, un agente de orden público tropezó con su cadáver entre la nieve. El médico de la casa de socorro certificó que había muerto por la congelación de la sangre.
--Mira, Jiménez--dijo un guardia de los que le habían llevado a su compañero.
--¡Parece que se está riendo!
La Academia
De Jurisprudencia
No todos los transeúntes de la calle de la Montera saben que en el número 22, cuarto bajo, se encuentra establecida, desde algunos años hace, la Academia de Jurisprudencia[*]. La mayoría de los ciudadanos que van o vienen de la Puerta del Sol pasan por delante del largo portal de la casa sin sospechar que dentro de ella discútense los más caros intereses de su vida, la religión, la propiedad y la familia, todo lo que se halla bajo la salvaguardia vigilante del Sr. Perier, director propietario de _La Defensa de la Sociedad_. Si tuviesen el humor de entrar, vieran quizá colgado de la pared en dicho portal un cuadrito donde en letras gordas se dice: _No hay sesión_, o bien _El miércoles continuará la discusión de la memoria del señor Martínez sobre el derecho de acrecer: tienen pedida la palabra en pro los Sres. Pérez, Fernández y Gutiérrez, y en contra los señores López, González y Rodríguez_. El tema es por cierto asaz importante, y los nombres de los oradores demasiado conocidos del público para que cualquier ciudadano no entre en apetito de presenciar este debate. Restregándome, pues, las manos y gustando anticipadamente con la imaginación sus ruidosas peripecias, tengo salido muchas veces diciendo: No faltaré, no faltaré.
[* Se encontraba cuando el autor escribía estos renglones: posteriormente se ha trasladado a otro sitio.]
Llega la noche señalada, empujo la mampara de la Academia y penetro en el salón de sesiones. Una muchedumbre de trece a quince personas invade el local destinado al público. Los académicos suelen estar aún en mayor número, llegando algunas veces a ocupar casi todos los bancos delanteros. Pérez ha comenzado ya su discurso. El celebrado orador que _La Correspondencia de España_ ha llamado magistral en más de una ocasión, por más que no haya logrado prebenda en ninguna basílica, podrá tener, a juzgar por su fisonomía, unos nueve años de edad. Es medianamente alto, delgado, de ojos pequeños e inquietos, y un poco desgalichado: su rostro ofrece el sello de meditación y tristeza que comunica una vida consagrada casi por entero al estudio de los arduos problemas de la Filosofía. Principia siempre a hablar con cierto desdén altanero, y su palabra en los primeros momentos es perezosa y torpe; parece que está distraído como si le arrancasen de improviso al mundo de reflexiones sabias y profundas donde habita a la continua. Mas a medida que el tiempo trascurre y el asunto penetra en él, toma calor y su discurso adquiere un brío extraordinario.
El asunto que ahora se discute es de interés palpitante. Se trata de saber si la ley de Partida que regula el derecho de acrecer se refiere únicamente a las mandas o legados, o debe aplicarse también a las herencias. Pérez, demostrando su destreza en esta clase de debates, comienza a cimentar su discurso sobre bases sólidas. Empieza estudiando detenidamente al hombre en su doble naturaleza física y moral, internándose con paso firme en el campo de la Antropología. Su talento esencialmente analítico va arrancando a la materia las secretas leyes por que se rige, y más tarde al espíritu los vagos y complejos impulsos que le animan. Combate ruda pero severamente la teoría de Darwin sobre el origen de las especies, y demuestra con gran copia de datos y razones, que la humanidad no es el coronamiento del proceso animal, por más que rechace igualmente la procedencia de una sola pareja. Con este motivo, examina las contradicciones entre la Biblia y la ciencia, y expone clara y sucintamente el modo de resolverlas. Pasa después al estudio de la pre-historia, y rápidamente analiza las últimas teorías, declarándose franco y resuelto partidario de la existencia del hombre en el terreno terciario.
«Ninguno más reservado y más cauto que yo (dice con solemnidad) cuando se trata de aceptar una teoría peregrina sobre problemas tan oscuros e inaccesibles, pero todo el mundo está obligado a rendirse ante la evidencia. Mi esclarecido amigo el señor Fernández ha tenido la fortuna de encontrar este verano en una gruta de su provincia, e incrustada entre rocas de granito de carácter terciario, una taza...
(_Fernández, levantándose a medias del asiento_):--Una vinagrera.
_Pérez_:--Entendía que era una taza lo que había hallado su señoría; pero este cambio corrobora aún mejor la doctrina que estoy exponiendo. La fabricación y el uso de esta clase de artefactos, lo mismo de las tazas que de las vinagreras (singularmente de las vinagreras) manifiesta y declara la existencia del hombre en dicho terreno, y supone además en él un cierto grado de cultura nada compatible en verdad con el embrutecimiento a que lo condenan las teorías de la escuela materialista».
El orador da fin a su discurso con una historia tan concienzuda como brillante del derecho de propiedad.
Por indisposición del Sr. López, que era el encargado de contestar al discurso del Sr. Pérez, se levanta a hablar el Sr. González. Es hombre más entrado en días que su contrincante: representa bien unos doce años, y tiene fisonomía dulce, apacible y ruborosa donde se refleja un alma creyente y sumisa.
«Todos nosotros reconocemos (comienza a decir con voz suave de contralto, muy semejante a la de los niños de coro), y con nosotros cuantos siguen el movimiento intelectual contemporáneo, todos reconocemos en mi ilustre amigo el Sr. Pérez una erudición inmensa dichosamente unida a una inteligencia poderosa y perspicua que se apodera de las ideas y se enseñorea de ellas sometiéndolas a un análisis seguro y minucioso, bien así como el águila cae de súbito sobre su presa, la coge entre sus garras y asciende con ella por los espacios, arrastrándola a regiones desconocidas donde con el ensangrentado pico se entretiene en explorar sus entrañas palpitantes... (_¡Bravo! ¡Bravo! Las miradas del público se fijan sobre Pérez, que en aquel momento toma notas_).
«Pero ¡ah, señores! el eminente orador que me ha precedido en el uso de la palabra, impulsado por su temperamento analítico, por la sed ardiente de conocimientos que le devora, abandona las consoladoras creencias del cristianismo, en que se ha educado, y marcha resueltamente por la senda del libre examen, sin sospechar los riesgos que corre su noble espíritu; de la misma suerte que el niño, persiguiendo por el campo a la mariposa irisada, no ve el abismo que se abre a sus pies y amenaza sepultarle... (_Prolongados aplausos_).
Continúa el orador describiendo con rasgos magistrales el carácter de Pérez, y pasa después a lamentarse con acento patético de que aquél no crea en la procedencia del género humano de una sola pareja. Con este motivo, hace una pintura acabada y elocuente del paraíso terrenal, y describe a nuestros primeros padres en el estado de inocencia, entreteniéndose sobre todo a dibujar con amor y cuidado la figura esbelta, graciosa, cándida e incitante a la vez de la madre Eva, de tal modo, que provoca en la juventud que le escucha entusiásticos y fervorosos aplausos.
Traza después a grandes pinceladas la historia de los primeros tiempos de la humanidad, y afirma que la verdadera civilización tiene su origen en el cristianismo. (_El Sr. Gutiérrez pide la palabra con voz irritada y estentórea. Grande ansiedad en la media docena de circunstantes que han quedado en el público_).
Terminado el discurso, rectifica brevemente Pérez, y acto continuo el presidente concede la palabra a Gutiérrez, que con el rostro encendido, las manos trémulas y los ojos inyectados, comienza a gritar más que a decir su oración.
«Señores académicos--exclama:--No es el cristianismo, no, como acabáis de oír, el que ha engendrado nuestra civilización. Todo lo contrario. El cristianismo ha sido, es y será mientras exista, la rémora constante del progreso de los pueblos. Hace mil ochocientos y tantos años que un judío exaltado...
(_El presidente, haciendo sonar la campanilla_):--La Mesa suplica al Sr. Gutiérrez que procure no herir el sentimiento religioso de la asamblea.
«Señor presidente, ha llegado la hora de las grandes verdades. Vosotros venís de los templos, de los salones, de las universidades... Yo vengo de la calle... Y vosotros no sabéis lo que pasa en la calle... Yo lo sé... Por eso os digo que viváis alerta. La paciencia, una paciencia que ha durado muchos siglos, está ya a punto de agotarse. Nos hemos contado y os hemos contado también. Mañana, cuando más descuidados estéis, tal vez vengamos a arrojaros de aquí. Los hombres de la calle, como un torrente que se desata, como una inmensa y terrible avenida...
_El presidente_:--La Mesa no puede permitir que el Sr. Gutiérrez siga hablando de ese modo.
(Algunas voces: _Muy bien, muy bien._ Otras: _Que siga, que siga_).
«Señor presidente, creo estar en mi perfecto derecho al hablar de la avenida que se precipita...
_El presidente_:--Su señoría no puede hablar de la avenida...
(_Muy bien, muy bien_. Una voz: _Fuera el presidente_. Terrible confusión en el público. Cuatro espectadores baten palmas a la presidencia. Dos gritan: _Que siga, que siga_. Los académicos se hablan al oído, aconsejando moderación e imparcialidad).
_Gutiérrez, con amargura_:--Señor presidente, veo con claridad que aquí, como en la calle, no se respeta la justicia. Renuncio al uso de la palabra... Antes de sentarme, sin embargo, os diré que, aunque vosotros no la veáis, la avenida sube, sube, y concluirá por ahogaros.
(_Indescriptible confusión. Dos espectadores apostrofan duramente al orador. Algunos académicos tratan de imponerles silencio. El presidente rompe la campanilla. Gutiérrez pasea miradas insolentes y sarcásticas por el concurso_).
_El presidente, logrando hacerse oír_:--Su señoría puede hacer lo que guste, pero conste que la Mesa no le retira la palabra. El miércoles próximo continuará la discusión sobre el derecho de acrecer. Se levanta la sesión.
II
La vida pública de la Academia de Jurisprudencia no se resume en los debates como el que acabamos de presenciar. Hay en su organización o vida interna ciertos mecanismos que tocan, o por mejor decir, entran de lleno en los dominios del derecho político y aun en el natural, o sea el que la naturaleza enseñó lo mismo a los hombres que a los animales: _quod natura omnia animalia docuit._ Me refiero a las elecciones.
Cuando entramos en el salón de sesiones y vemos al lado del presidente a un joven decentemente vestido que en ciertas ocasiones lee con voz trémula y conmovida el resumen de los gastos y los ingresos, apenas fijamos nuestra atención en él. ¡Y no obstante, ese joven es el Secretario! ¡El Secretario! ¡Cuán poco nos figuramos lo que significa esta palabra!
Asistid como yo he asistido a una elección de Secretario en la Academia de Jurisprudencia, y mediréis su extensión. Al solo anuncio de las elecciones, conmuévese hondamente aquel respetable cuerpo jurídico, preparándose a una terrible y dolorosa crisis. La chispa de la ambición comunica instantáneamente el fuego a todos los corazones, y como sucede siempre en las grandes perturbaciones sociales, los sórdidos intereses, las pasiones bastardas, los rencores, las miserias, todo el fango del espíritu, en una palabra, asciende a la superficie y enturbia por un instante la pureza de la docta Corporación. Mas en medio de este revuelto mar de apetitos y torpes deseos suelen flotar también, digámoslo en honor de los jóvenes jurisconsultos españoles, nobles y legítimas ambiciones y rasgos de conmovedora modestia.
He conocido un joven a quien una Comisión salida del seno de la Academia pasó a ofrecer en su misma casa el puesto de Secretario con el objeto de apagar una querella suscitada entre dos enconados e igualmente poderosos adversarios. Aquel joven esclarecido, dando a la historia el mismo ejemplo de modestia y generosidad que el rey Wamba, se negó terminantemente a aceptar los honores que le ofrecían.
Este ejemplo, por desgracia, no ha tenido imitadores. Las dulzuras del poder excitan demasiadamente el paladar de los jóvenes académicos para que nadie piense en rechazarlas. Antes al contrario, se emplean para conseguirlas todos los medios que la inteligencia despierta de los socios, encendida por el deseo, les sugiere. ¡Qué de intrigas espantables y tenebrosas! ¡Qué de crueles asechanzas! ¡Cuántas palabras pérfidas! ¡Cuántas sonrisas traidoras! El espíritu se estremece y los cabellos se erizan al acercarse a este hervidero de las pasiones humanas.
Ni tampoco faltan los arranques brutales de la fuerza, o sean las coacciones escandalosas, como se dice en términos técnicos. A este propósito se citan en la Academia algunos hechos que, por su gravedad y por las tristísimas circunstancias de que se hallan rodeados, conturban y abaten el ánimo. Se dice, por ejemplo, que en cierta ocasión el bibliotecario, Sr. Torres Campos, obstruyó con su persona uno de los pasillos del local para que sus contrarios no pudiesen ir a depositar el voto en la urna. Yo nunca he creído semejante especie. Conozco muy bien al distinguido bibliotecario, y aunque le considero con facultades para obstruir cualquier pasillo, no creo que jamás haya puesto sus felices condiciones físicas al servicio de una tan flagrante injusticia. De todas suertes, es bueno, sin embargo, dejar apuntado que he visto a algunos académicos calificar su legítima influencia en la Corporación de «funesta e insufrible tiranía».
Hay, no obstante, jóvenes privilegiados, favorecidos por la Providencia con dotes excepcionales que alcanzan los más altos puestos sin lucha, sin esfuerzo y sin peligro. Desde el instante en que uno de estos jóvenes pisa los umbrales de la Academia, sus compañeros, como si viesen en él un ser superior enviado del cielo, se apresuran a allanarle los obstáculos y a sembrar de flores su camino. Cesan las envidiosas maquinaciones, se apagan los rencores, cálmanse momentáneamente las encrespadas olas, y el joven providencial marcha triunfante, bañado por el sol de la gloria, libre y desembarazado, a la codiciada silla de Secretario, donde se sienta, como los emperadores bárbaros, por derecho propio. Tal ha sido la historia de mi distinguido amigo el Sr. Macaya y de algunos otros, aunque muy escasos, jóvenes.
A más del cargo supremo de Secretario (pues el de Presidente se ha convenido en cederlo a la política), hay otros puestos que excitan también la concupiscencia de los socios, que son los de presidentes y vicepresidentes de las secciones. La elección de éstos, aunque no ofrece la honda perturbación que la de Secretario, no por eso deja de ser interesante y sembrada de peripecias. Algunos meses antes del día señalado para la elección empiezan a echarse a volar algunos nombres sobre los cuales se levanta viva e incesante discusión. Examínanse los antecedentes del candidato, estúdianse detenidamente las fases de su talento, aquilátanse sus méritos, y últimamente recae en él la sentencia que le eleva o le confunde, expresada siempre en estos sacramentales términos: «Tiene talla» o «No tiene talla». Hay cabildeos infinitos, combinaciones, arreglos amistosos, bruscos desabrimientos, transacciones, se imprimen varias candidaturas (lo cual suele costar dinero a las familias), se traen a la palestra tarjetas del Presidente del Consejo de ministros y del Cardenal Arzobispo de Toledo, intervienen algunas damas de la nobleza y se dan algunas bofetadas.
En cierta ocasión he asistido con un amigo a estas reñidas elecciones. Mi amigo no se presentaba candidato, mas sin saber por qué ni cómo, quizá para dar en la cabeza a algún ambicioso, lo cierto es que al efectuarse el escrutinio, mi amigo salió nombrado presidente de la sección de derecho canónico. Su alegría y sorpresa fueron tan grandes, que estuvo a punto de caer desmayado en mis brazos. Salimos del local, y en la calle me abrazó repetidas veces, me habló de su porvenir y me comunicó en secreto que ahora pensaba dirigir sus tiros al puesto de Secretario, se enterneció refiriéndome su primera y única aventura amorosa, y concluyó por cantar a media voz la _Marsellesa_ (había sido elegido por el elemento liberal de la corporación). Al tirar de la campanilla de su casa, y al preguntar la criada ¿quién es? exclamó fuera de sí: «¡Abre, muchacha, que tienes a tu amo Presidente de la Academia de Jurisprudencia!»
¡Noble y gloriosa emulación la que se establece en esta ilustre sociedad! ¡Qué importa que esta emulación vaya manchada en algunos casos por el fango de las malas pasiones! Las malas pasiones son un poderoso auxiliar en la carrera que la juventud de la Academia ha emprendido, o como decía cierto subsecretario amigo mío, «en la política es necesario tener algunas onzas de mala sangre.» Consuela y ensancha el ánimo un espectáculo semejante. Los vergeles de la política española tienen un vivero en la Academia de Jurisprudencia. De allí se trasplantan los caballeros de Isabel la Católica y los jefes superiores de administración encargados de la gestión de nuestros intereses. Actualmente existen ¡loado sea Dios! dentro de la respetable Corporación que hemos tratado de describir a grandes rasgos, tres Venancios González en agraz, cinco Camachos y un Posada Herrera. Pueden dormir tranquilos, pues, nuestros labradores, industriales y comerciantes. Si alguna vez se les ocurre entrar en el número 22 de la calle de la Montera, cuarto bajo, contemplarán con lágrimas de enternecimiento un enjambre de inocentes y juguetones cachorrillos adiestrándose para meterlos mañana u otro día en la cárcel cuando voten a un candidato de oposición, impedir que se reúnan con sus amigos, y subirles discretamente las contribuciones.
El Hombre
De Los PatíBulos
Hace cosa de tres o cuatro años tuve la infame curiosidad de ir al Campo de Guardias a presenciar la ejecución de dos reos. El afán de verlo todo y vivirlo todo, como dicen los krausistas, me arrastró hacia aquel sitio, venciendo una repugnancia que parecía invencible, y los serios escrúpulos de la conciencia. Por aquel tiempo pensaba dedicarme a la novela realista.
Eran las siete de la mañana. La Puerta del Sol y la calle de la Montera estaban cuajadas de gente. Había llovido por la noche, y el cielo, plomizo, tocaba casi en la veleta del Principal. La atmósfera, impregnada de vapor acuoso, y el suelo cubierto de lodo. La muchedumbre levantaba incesante y áspero rumor, sobre el cual se alzaban los gritos de los pregoneros anunciando «la salve que cantan los presos a los reos que están en capilla», y «el extraordinario de _La Correspondencia_.» Una fila de carruajes marchaba lentamente hacia la Red de San Luis. Los cocheros, arrebujados en sus capotes raídos, se balanceaban perezosamente sobre los pescantes. Otra fila de ómnibus, con las portezuelas abiertas, convidaba a los curiosos a subir. Los cocheros nos animaban con voces descompasadas. Uno de ellos gritaba al pie de su carruaje:
--¡Eh, eh! ¡al patíbulo! ¡dos reales al patíbulo!
Me sentía aturdido, y empecé a subir por la calle de la Montera, empujado por la ola de la multitud. Los pies chapoteaban asquerosamente en el fango. ¡Cosa rara! en vez de pensar en la lúgubre escena que me aguardaba, iba tenazmente preocupado por el lodo. Había oído decir a un magistrado, no hacía mucho tiempo, que el barro de Madrid quemaba y destruía la ropa como un corrosivo, lo cual tenía su explicación en la piedra del pavimento, por regla general caliza. «¡Buenos me voy a poner los pantalones!» iba diciendo para mis adentros, con acento doloroso.
La muchedumbre ascendía con lento paso. El que bajase a la Puerta del Sol en aquel instante y fuese examinando los rostros de los que subíamos, si no tuviera otros datos, no sospecharía ciertamente a qué lugar siniestro nos dirigíamos. Las fisonomías no expresaban ni dolor, ni zozobra, ni preocupación siquiera. Marchábamos todos con la indiferencia estúpida de un pueblo trashumante que va a establecerse a otra comarca. Los que llevaban compañía, charlaban; los que iban solos, echaban pestes de vez en cuando, entre dientes, contra el barro. Sólo el cielo mostraba un semblante sombrío y melancólico, adecuado a las circunstancias.
Recorrimos la calle de Hortaleza, y al llegar cerca del Saladero hallamos un gran montón de gente que invadía los alrededores y que nos detuvo. La muchedumbre hormigueaba delante del sucio y repugnante edificio en espera de algo; ¡un algo bien espantoso por cierto! Yo fui a engrosar aquel gran montón, como una gota de agua que cae en el mar. Allí los rostros ya expresaban algo: la impaciencia. Me parece excusado decir que era plebe la inmensa mayoría de los circunstantes, porque la plebe es la que particularmente se siente atraída hacia los espectáculos cruentos. No obstante, hay también gente de levita y sombrero de copa que se deleita con las emociones terribles; pero en aquella ocasión era una minoría muy exigua. Un coche de plaza sin número esperaba a la puerta: el cochero tenía la cara cubierta con un pañuelo. Crecido número de guardias de orden público se hallaba distribuido en el concurso, y un piquete de soldados, con los fusiles en «su lugar descanso», ceñía la fachada del siniestro caserón, contemplando con ojos distraídos el hervor de aquel mar de cabezas humanas. Algunas aristócratas del comercio pregonaban a gañote tendido «agua y azucarillos, bellotas como castañas, chufas, cacahuetes», y algunos otros artículos de entretenimiento, para los estómagos desocupados. Los balcones de las casas circunvecinas estaban poblados de gente, y no era raro ver en ellos el rostro fresco y sonriente de alguna linda muchacha que acababa de dejar el lecho, y que con sus menudos dedos blancos y rosados se restregaba los ojos.
Era tan horrible lo que iba a suceder, y tan lúgubres los preparativos del suceso, que, más por huir la tristeza que por amor al bello sexo, aunque no dejo de profesarlo, me coloqué debajo de uno de los balcones y me puse a mirar a cierta rubia, que no pagó verdaderamente mi atención--dicho sea en honor suyo. ¡Por qué había de mirarme, cuando ni siquiera me iban a dar garrote! Sus ojos estaban clavados con ansiosa curiosidad en la puerta del Saladero. Me acordé entonces de las damas del imperio romano, que daban la señal de muerte a los gladiadores, e hice una porción de reflexiones histórico-filosóficas, de las cuales hago gracia a los lectores.
Cuando más embebido me hallaba en ellas, escuché una voz cerca que preguntaba:
--Caballero, ¿sabe V. qué hora es?
Volvime, sin saber a quién se dirigía la pregunta, y me hallé enfrente de un hombre no muy alto, de barba y pelo cenicientos, de facciones afiladas, que me miraba con unos ojos pequeños y hundidos, y de color indefinible, esperando, a no dudarlo, mi respuesta. Como el reloj era de niquel, eché mano de él, sin temor de mostrarlo, y le dije:
--Las siete y veinte minutos.
--Todavía esperaremos más de un cuarto de hora--repuso el hombre reflejando disgusto en su fisonomía. Yo me encogí de hombros con indiferencia, y alcé los ojos al cielo, quiero decir, a la rubia.
--¡Oh, conozco bien a esos señores!--prosiguió.--¡No me darán chasco, no!... Dicen que a las siete y media saldrá el primero _pa_ el campo... Pues ya verá V. cómo han de ser las ocho menos cuarto bien largas...
Me volví con alguna mayor curiosidad a mirar a aquel hombre, y confieso que me causó repugnancia. Sin ser un monstruo por lo feo, éralo bastante, y sobre todo, formaba contraste notable con la rubia que se cernía sobre mi cabeza. Estaba pobremente vestido, de capa y gorra, como los artesanos de Madrid, y debía de hallarse entre los cincuenta o sesenta años de edad. Pude observarle bien, porque no me miraba: sus ojos exploraban con avidez los contornos de la prisión.
--¡Puercos, tunantes!--exclamó con irritación y sin mirarme, como si hablase consigo mismo.--¡Mire V. que estar un hombre ayer toda la tarde, espera que te espera, para salir al fin con que no era posible verlos! Que el Gobernador no quería que se les molestase... ¿Y qué tiene ya que mandar el Gobernador sobre ellos?... Un hombre, cuando le van a dar _mulé_, hace lo que le da la gana, menos escaparse... Además, que no se les molesta... al contrario... lo que les hace falta es un poco de _distraición_ y beber unas copas con tranquilidad... ¿Han de estar todo el día _rodeaos_ de paño negro?... Con media hora pa confesarse y otra media _pa_ decir el «yo pecador», y recibir, y arrepentirse, queda un hombre al sol.
Como, después de todo, hablaba conmigo, por más que no me mirase, quise demostrarle que le escuchaba, y le pregunté:
--¿Cuál de los dos sale primero?
--El viejo, el viejo--repuso en tono firme--. Cuando el otro llegue allá, ya le habrán despachado a él. Hasta ahora es el que ha tenido más pecho... _Paece_ mentira, ¿no es verdad? El chico me han dicho que está medio _acabao_. ¡Vaya un papanatas! ¡Como si por cantar la gallina le dejasen de apretar el gañote! Lo que debe tener un hombre ante todo es _dirnidad_, mucha _dirnidad_, y morir como Dios manda, sin dar que decir a la gente.
--Pero ya ve usted que eso no se puede remediar: unos son valientes y otros cobardes--repliqué en tono de mal humor.
--Estamos en eso, caballero... Pero un hombre siempre es un hombre...
--Verdad.
--Y los hombres se portan como hombres.
--También verdad.
--Y cuando no hay más remedio, hay que aguantar la mecha, tener paciencia, y barajar, y decir: «Pues, señor, otros han ido antes que yo, y otros vendrán también». Mire usted, caballero: yo he visto a una mujer... ya ve usted que una mujer no es lo mismo que un hombre.
--Cierto.
--La he visto morir mejor que si fuese un hombre... Usted también la habrá visto... hablo de la Vicenta...
--¿Qué Vicenta?
--La Vicenta Sobrino.
--No, no la he visto.
--Es verdad que usted es joven--repuso mirándome de arriba abajo--; pero bien pudieron haberle traído aunque fuese chico... Aquí se aprende mucho...
--No vivía en Madrid.
--¡Ay, caballero! Pues en los pueblos estas cosas se ven pocas veces... No es lo mismo que aquí, donde casi todos los años tenemos un _espetáculo_, cuando no son dos o tres. Aquí se aprende a tener corazón y a ver lo que es el mundo... Pues, como le decía, la Vicenta era mujer que valía lo que pesaba... ¡tenía más agallas que un tiburón!... La verdad es que daba gusto verla tan serena; porque, al fin, siempre es una fatiga ver a una persona humana dando diente con diente y poniendo los ojos de carnero _degollao_... Yo he visto de todo... Mire V.; a la Bernaola la han tenido que subir a _puñaos_... y a muchos hombres también, no vaya V. a creerse. He visitado yo a algunos en la capilla, que _paecía_ que se tragaban a medio Madrid; mucha copa de vino, mucha cháchara y mucho jaleo, y cuando llegó la hora de ser hombres, hincharon el hocico haciendo pucheritos como los niños de escuela.
Mi interlocutor hablaba siempre con los ojos clavados en la puerta del Saladero. No muy lejos de ella se promovió una reyerta entre los curiosos y los agentes de orden público, que hizo retroceder y ondular a la muchedumbre. Nosotros sentimos, aunque no muy fuerte, el efecto de esta agitación. El hombre de la capa exclamó:
--¡No puedo resistir a estos del orden!... ¡Mire V. qué modo de tratar al pueblo! No _paece_ más que ellos son los que nos dan permiso _pa_ ver el _espetáculo_!
--Se me figura, dije yo, que va a salir el reo.
--¡Ca! No, señor, no tenga V. cuidado; hasta las ocho menos cuarto en punto no hay quien los menee. Echan un cuarto de hora _pa_ llegar al campo; pero ¡buen cuarto de hora te dé Dios! El campo no está aquí a la vuelta; y como van a paso de carreta... ¿Qué hora es, caballero? Hágame el favor de mirar el _reló_.
--Las ocho menos veinticinco.
Una mujer dijo a nuestra espalda en voz alta:
--Manuela, ¿no sabes que los indultan? Acaba de llegar un soldado con el perdón del Rey.
Mi interlocutor se volvió instantáneamente, como si le hubiesen pinchado.
--¡Qué perdón ni qué ocho cuartos! ¡Qué sabe V. lo que se dice!
--_Pus_ lo _mismito_ que V. ¡El diablo del hombre!
El hombre de la capa dejó escapar una exclamación de desprecio mirando a la mujerzuela de arriba abajo y dirigiéndose después a mí, me dijo en tono confidencial:
--Estas babiecas, en cuanto que ven a un soldado con un pliego en la bayoneta, ya se sueltan a decir que es el indulto. El indulto no se da casi nunca a última hora, porque tiene que llevar mucha requisitoria... Usted bien lo sabrá... Ayer ha estado el padre del chico a echarse a los pies del Rey, pero no ha conseguido nada. ¡Qué había de conseguir! De perdonarle a él, tenían que perdonar al otro también... y eso no podía ser... Así que ya deben contarse entre los difuntos... El Rey no lo hace casi nunca de por sí y sin consultar a los _menistros_... Eso lo sé yo bien, caballero, lo sé yo bien.
--Pues yo me alegraría mucho de que los perdonasen--dije con cierto tonillo irritado para protestar del afán de cadalso que adivinaba en aquel hombre.
--Eso es otra cosa--repuso un poco cortado.--Usted puede alegrarse lo que le dé la gana; pero lo que le digo es que no vendrá el indulto... Ellos siempre tienen esperanza, ya lo sé; están con el corbatín enroscado al cuello y todavía esperan los pobrecitos que vengan a sacarlos del barranco. Alguno he visto que se tragó la píldora enterita desde muchos días antes; pero es una _esceción_... Aquél era un hombre con un corazón más grande que el palacio de Buenavista. Como aquél no ha habido otro ni lo habrá: se fue al palo con la misma cachaza que se iba antes a la taberna. ¡Qué camelo dio al señor Gobernador y a los marranillos que andaban cerca de él! Todos se pirraban por meterle miedo y verle compungido. El Gobernador estuvo más de media hora hablándole del infierno y de las penas de los condenados; tizonazos por aquí, requemones por allá... ¡Como si hablase a la pared! El se reía, y de vez en cuando pedía una copa de aguardiente. A todos los de la cárcel los traía azorados poniéndoles motes; a uno le llamaba _mamoncillo_; a otro que tenía un ojo torcido, _virulento_; al capellán de la cárcel, _hopalandas_... ¡Ni por un Cristo se quedaba nadie solo con él, y eso que le tenían con grillos!... A mí me quería mucho, como amigo verdadero. Yo era entonces un muchacho. Había ido acompañando a su mujer al Palacio, y la vi echarse a los pies de la Reina. ¡Si viera usted que modo de llorar, caballero! La reina estuvo muy llana y muy buena; la levantó del suelo y la dijo que haría lo que pudiera, que se enteraría bien y hablaría con sus _menistros_; la dijo también que se fuera tranquila a su casa, que la pasaría un aviso. Todo el día estuvimos esperándolo y no pareció... La Reina no tenía la culpa, bien lo hemos sabido; era un _menistro_ tunante el que estaba empeñado en apretar el cuello a aquel valiente... Por la mañanita temprano me mandó a llamar desde la capilla _pa_ despedirse de mí... Pero... ¡calla, calla! Ahora salen... Sí, sí, ahora salen... Mire V. cómo el coche se _aprosima_... Vamos a acercarnos un poco _pa_ ver salir el reo. ¡Ya empiezan esos malditos a echar a _rempujones_ la gente! Mire usted, mire V.; ya asoma la comitiva.
En efecto, los guardias de orden público hacían esfuerzos para despejar las avenidas de la cárcel. En la muchedumbre se engendró un movimiento tumultuoso de vaivén. Rumor áspero y confuso salió de su seno, esparciéndose por el aire. El piquete de soldados, que descansaba al pie del muro, obedeciendo a la voz de su jefe, fue a colocarse junto a la puerta, y por ella comenzó a salir alguna gente con semblante triste y asustado: eran dependientes de la prisión, hermanos de la Paz y Caridad y los pocos curiosos que habían tenido influencia para entrar. Por último, apareció el reo. Venía acompañado de un sacerdote y rodeado de guardias. Seguía a la comitiva bastante gente. Gastaba el reo barba cerrada, negra y espesa; la hopa que le cubría y el birrete que llevaba en la cabeza, el cual le venía un poco holgado, prestábanle un aspecto lúgubre, espantoso. Esforzábase, sin duda, en aparecer sereno, pero en su rostro demudado reflejábase, tal expresión de dolor y angustia, que conmovía hasta lo más hondo del corazón. El hombre de la capa, que no se había separado de mí, dijo en tono satisfecho:
--Vamos... está pálido, pero bastante sereno... No se puede pedir más a un hombre... porque, ya ve V., caballero, ¿a quién le gusta que le aprieten el gañote?...
El reo y el cura entraron en el carruaje. En la muchedumbre reinó por breves instantes silencio sepulcral; mas así que se cerró la portezuela, levantose nuevamente un insufrible clamoreo. El coche arrancó y emprendió la marcha lentamente; el piquete formó la escolta; los guardias procuraban hacer calle, dejando acercarse al carruaje solamente a los cofrades de la Paz y Caridad. El hombre de la capa me obligó a colocarme, como él, en las primeras filas de curiosos y caminar no muy lejos del reo.
El cielo seguía envuelto en un sudario ceniciento, y el piso no mejoraba en aquellos sitios. A la verdad, no comprendo por qué razón me dejaba arrastrar por aquel hombre. Me sentía cada vez más aturdido, como si estuviese soñando. Iba sufriendo cruelmente, y no me pasaba siquiera por la imaginación la idea de que podía evitar aquel sufrimiento con sólo volverme atrás.
--Pues ya verá V., caballero lo que sucedió--dijo el hombre, siguiendo su historia mientras caminábamos hacia el cadalso.--Me mandó a llamar muy tempranito, y yo me planté en la cárcel por el aire. Antes de entrar a verle, me obligaron a quitarme la ropa. Los grandísimos puercos tenían miedo que le trajese algún veneno. Querían a toda costa verle en el palo. Para registrarme me pusieron en cueros vivos y me trataron como a un perro... ¡Mala centella los mate a todos!... Pero, después de muchos _arrodeos_, no tuvieron más remedio que dejarme entrar... «¡Hola! ¿Estás ahí, Miguelillo?--me dijo en cuanto me vio.--Acércate y agarra una silla. Tenía ganas de verte antes de tomar el _tole pa_ el otro barrio». Estaba fumando un cigarro de los de la Habana y tenía algunas copas delante. Había tres o cuatro personas con él, entre ellas el cura. «Acércate, hombre, y bebe una copa a tu salud, porque a la mía es como si no la bebieses. Aquí todos han _trincado_ esta mañana, menos el _pater_, que se empeña en no probar la gracia de Dios». Bebí la copa que me echó, y hablamos un ratito de nuestras cosas. Yo no me cansaba de mirarle. Estaba tan sereno como V. y yo, caballero. _Paecía_ que era a otro a quien iban a dar _mulé_. «¿Verdad que no estoy _apurao_, Miguelillo?... Eso hubieran querido los _mamones_ de la cárcel, pero no les he _dao_ por el gusto... ¡Anda, que se lo dé la perra de su madre!... Aquí el _pater_ también me predica, pero es muy hombre de bien, y por ser muy hombre de bien le he servido en todo lo que hasta ahora ha _mandao_». Y era verdad, porque había _confesao_ y _comulgao_ sólo por el aprecio que le tenía. Cuando estábamos hablando entró un hombre pequeño, _trabao_ y con las patas torcidas, y acercándose a la mesa le preguntó: «Oye, Francisco, ¿me conoces?» Él entonces levantó la vista, y contestó, bajándola otra vez: «Sí, eres el _buchí_». Es verdad, has _acertao_. ¿Tienes ánimo?--¿No lo estás viendo?--Ya veo, ya, que no se te encoge el ombligo... Vengo a pedirte perdón.--Anda con Dios, que tú no tienes la culpa de nada. Tú eres un pobre, que ganas el pan con tu trabajo.--Hasta luego.--Hasta luego». Después que salió el verdugo me vinieron a avisar _pa_ que me fuese. Entonces él se levantó y me abrazó como pudo (porque llevaba esposas) diciéndome: «Vamos, muchacho, no te fatigues tanto... Este es un mal trago... Vaya por los muchos buenos que tengo entre pecho y espalda». Después me echaron de la capilla y hasta de la cárcel!... ¡Pero, caballero, apriete V. un poco más el paso, que nos quedamos atrás!...
Obedecí a mi compañero, como si lo tuviese por obligación, y nos colocamos otra vez en las primeras filas. El carruaje de la Justicia caminaba a unos veinte pasos de nosotros. La muchedumbre hormigueaba en torno del piquete y de los guardias, esforzándose para ver al reo. Algunos civiles de caballería, con el sable desenvainado, caracoleaban para dejar libre el tránsito, atropellando a veces a la gente, que dejaba escapar sordas imprecaciones contra la fuerza pública. Los habitantes de las pobres viviendas que guarnecen por aquellos sitios la carretera, se asomaban a las puertas y ventanas, reflejando en sus rostros más curiosidad que tristeza, y las comadres del barrio se decían de ventana a ventana algunas frases de compasión para el reo, y no pocos insultos para los que íbamos a verle morir. De vez en cuando, el rostro lívido de aquél aparecía en la ventanilla, y sus ojos negros y hundidos paseaban una mirada angustiosa y feroz por la multitud; pero inmediatamente se dejaba caer hacia atrás, escuchando el incesante discurso del sacerdote. El cochero, enmascarado como un lúgubre fantasma, animaba al caballo con su látigo, conduciéndolo hacia el suplicio.
La relación de aquel hombre había excitado mi curiosidad. Así que, después de caminar un rato en silencio, le pregunté:
--¿Y V., cuando le echaron de la cárcel, se habrá ido a su casa?
--No, señor; me quedé cerca de la puerta para verle salir. Al cabo de media hora de espera, _apaeció_ entre un montón de gente, lo mismo que este que va en el coche... ¡Ay, caballero, si viese V. que otro hombre era! Ese maldito sayo negro que les ponen, y el gorro de la cabeza, le habían _mudao_ enteramente. _Paecía_ un alma del otro mundo. Montó, sin ayuda de nadie, en el burro que estaba a la puerta... Entonces no iban en coche, como ahora, sino _montaos_ en un burro... Estaba mejor así, ¿no le _paece_ a V.?... De este modo todo el mundo se enteraba y lo veía bien... Cuando rompieron a andar, me puse lo más cerca que pude, y él, que iba moviendo la cabeza a un lado y a otro, me _guipó_ en seguida y me llamó con la mano. Me dejaron acercar, y me dijo: «Adiós, Miguelillo; estos cochinos me llevan a degollar como un carnero; vete _pa_ casa, querido, que estás muy _fatigao_». Me dio un apretón de manos y se puso a hablar con el cura, que le reñía por lo que había dicho. Yo me separé, pero no quise marcharme. Seguí la comitiva hasta el mismo campo... hasta aquí, porque ya estamos en él. Le vi subir al _tablao_, le vi sentarse en el banco, le vi besar el cristo que le ponían delante, y cuando le echaron el pañuelo sobre la cara, entonces me puse a correr y no paré hasta casa...
Habíamos llegado, en efecto, al Campo de Guardias y veíamos a lo lejos alzarse el lúgubre armatoste sobre el mar de cabezas humanas que lo circundaba. El clamor era cada vez más alto; la agitación se convertía en tumulto. Los gritos penetrantes de los pregoneros apenas se oían entre aquel rumor tempestuoso.
Mi compañero había guardado silencio. Yo, absorto completamente por la escena terrible que se preparaba, tampoco despegué los labios. Me había impresionado, no obstante, su cuento, y al fin, por hablar algo, y en tono distraído, le pregunté:
--Mucho lo habrá V. sentido, ¿no es verdad?
--¡Pues no lo había de sentir!... ¿Para qué he de engañarle a V. caballero?--me contestó mirándome fijamente.--¡No lo había de sentir, si era mi padre!...
Quedé estupefacto. Sentí algo semejante al miedo y al asco, y no supe más que murmurar:
--¡Qué horror!
El hombre de la capa, al ver mi sorpresa, sonrió con humildad, como si me pidiese perdón, y continuó:
--Me acuerdo que, cuando llegué a casa, mi madre me dio una paliza que me hubo de matar... no sé por qué... Decía que para que me acordase bien de aquel día... ¡Cómo sino me acordase bien sin necesidad de los palos!... Yo creo que estaba un poco _guillá_... La pobrecita no tardó dos meses tan siquiera en _espichar_... Desde entonces no he _faltao_ nunca a estos _espetáculos_. Todos los que han ajusticiado en Madrid de cuarenta años _pa_ acá los he visto yo... menos tres o cuatro que no pude ver porque estaba enfermo... Pero lo que le digo a V., caballero, es que ninguno..., y no es porque fuese mi padre..., ninguno ha tenido tantos _hígados pa_ morir como él...
La agitación de la muchedumbre continuaba en aumento. El caracoleo de los civiles y los esfuerzos de los agentes apenas bastaban a contenerla y a impedir, sobre todo, que turbase la marcha del carruaje.
El piquete de soldados que lo escoltaba tenía que estrecharse más de lo que exige la táctica, para poder caminar. Mi compañero me dijo con tono triunfal:
--Oiga V., caballero; estos hombres se están matando para verlo y no conseguirán nada; pero nosotros lo hemos de _guipar_ todito y con mucha comodidad... No se separe V. de mí... Iremos pegados a los faldones de los soldados, y llegaremos _a debajo_ del mismo _tablao_, sin mayor inconveniente... Hay que saber arreglárselas... De algo le han de servir a uno los años que tiene sobre el cogote... Vamos, no afloje V. el paso... Apriétese V. contra mí y déjese llevar... ¡Que se está V. separando, caballero!... Agárrese V. a mi capa... ¿Qué es eso? ¿Se queda V.?... Hombre, lo siento, porque no va V. a ver nada... Vaya, adiós, caballero... adiós...
La ConfesióN De Un Crimen
En el vasto salón del Prado aún no había gente. Era temprano; las cinco y media nada más. A falta de personas formales los niños tomaban posesión del paseo, utilizándolo para los juegos del aro, de la cuerda, de la pelota, pío campo, escondite, y otros no menos respetables, tan respetables, por lo menos, y por de contado más saludables, que los de el ajedrez, tresillo, ruleta y siete y media con que los hombres se divierten. Y si no temiera ofender las instituciones, me atrevería a ponerlos en parangón con los del salón de conferencias del Congreso y de la Bolsa, seguro de que tampoco habían de desmerecer.
El sol aún seguía bañando una parte no insignificante del paseo. Los chiquillos resaltaban sobre la arena como un enjambre de mosquitos en una mesa de mármol. Las niñeras, guardianas fieles de aquel rebaño, con sus cofias blancas y rizadas, las trenzas del cabello sueltas, las manos coloradas y las mejillas rebosando una salud, que yo para mí deseo, se agrupaban a la sombra sentadas en algún banco, desahogando con placer sus respectivos pechos henchidos de secretos domésticos, sin que por eso perdiesen de vista un momento (dicho sea en honor suyo) los inquietos y menudos objetos de su vigilancia. Tal vez que otra se levantaban corriendo para ir a socorrer a algún mosquito infeliz que se había caído boca abajo y que se revolcaba en la arena con horrísonos chillidos; otras veces llamaban imperiosamente al que se desmandaba y le residenciaban ante el consejo de doncellas y amas de cría, amonestándole suavemente o recriminándole con dureza y administrándole algún leve correctivo en la parte posterior, según el sistema y el temperamento de cada juez.
Esperando la llegada de la gente, me senté en una silla metálica de las que dividen el paseo, y me puse a contemplar con ojos distraídos el juego de los chicos. Detrás de mí estaban sentadas dos niñas de once a doce años de edad, cuyos perfiles--lo único que veía de ellas--eran de una corrección y pureza encantadoras. Ambas rubias y ambas vestidas con singular gracia y elegancia: en Madrid esto último no tiene nada de extraordinario porque las mamás, que han renunciado a ser coquetas para sí, lo continúan siendo en sus hijas y han convenido en hacerse una competencia poco favorable a los bolsillos de los papás. Me llamó la atención desde luego la gravedad que las dos mostraban y el poco o ningún efecto que les causaba la alegría de los demás muchachos. Al principio creí que aquella circunspección procedía de considerarse ya demasiado formales para corretear, y me pareció cómica; pero observando mejor, me convencí de que algo serio pasaba entre ellas, y como no tenía otra cosa que hacer, cambié de silla disimuladamente y me acerqué cuanto pude a fin de averiguarlo.
La una estaba pálida y tenía la vista fija constantemente en el suelo: la otra la miraba de vez en cuando con inquietud y tristeza. Cuando me acerqué guardaban silencio, pero no tardó en romperlo la primera exclamando en voz baja y con acento melancólico:
--¡Si lo hubiera sabido, no saldría hoy a paseo!
--¿Por qué?--repuso la segunda.--De todos modos algún día os habíais de encontrar.
La primera no replicó nada a esta observación y callaron un buen rato. Al cabo la segunda dijo poniéndole una mano sobre el hombro:
--¿Sabes lo que estoy pensando, Asunción?
--¿Qué?
--Que debías decírselo todo. Lola es buena niña, aunque tenga el genio vivo. ¿No te acuerdas cuando nos pegamos y nos arañamos porque le quité de ser la mamá?... Ya ves que le pasó en seguida...
--Sí, pero esto es muy distinto.
--Ya lo sé que es distinto... pero debes decírselo.
--¡Ay! No me mandes eso, por Dios, Luisa.... de seguro no me vuelve a decir adiós, y se lo cuenta en seguida a sus papás.
--¿Y no será peor que se lo cuente otra persona?... ¡Hay niñas más mal intencionadas!... Elvira lo sabe ya... no sé quién se lo ha dicho...
Profunda debió ser la impresión que esta noticia causó en el ánimo de Asunción, porque no volvió a despegar los labios y siguió escuchando consternada las razones de su amiga, que las amontonaba de un modo incoherente, pero con resolución.
El paseo se iba poblando poco a poco. El sol no se enseñoreaba ya sino de uno de los ángulos del salón: al retirarse dejaba claro y nítido el ambiente, en el cual resaltaban con admirable pureza el obelisco del Dos de Mayo y las agujas del museo de Artillería y de San Jerónimo. Los pequeños retrocedían ante la invasión de los grandes a los parajes más apartados, donde establecían nuevamente sus juegos. Un chico rubio, vestido de marinero, con cara de desvergonzado, se quedó fijo delante de nuestras niñas contemplándolas con insistencia, y no hallando al parecer conveniente la gravedad que mostraban, se puso a hacerlas muecas en son de menosprecio, Luisa, al verse interrumpida en su discurso, se levantó furiosa y le tiró por los cabellos. El chico se alejó llorando.
Al cabo de un rato, cuando ya me disponía a dejar la silla para dar algunas vueltas, oí exclamar a Luisa:
--¡Calla... calla... me parece que ahí viene Lola!
Asunción se estremeció y levantó la cabeza vivamente.
--Sí, sí, es ella,--continuó Luisa.--Viene con Pepita y con Concha y Eugenia... Es el primer domingo que viene después de la muerte de su hermano... ¡No te pongas así, niña!... No te asustes... verás, yo lo voy a arreglar todo.
Asunción, en efecto, había empalidecido y estaba clavada e inmóvil en la silla como una estatua. Pronto divisé un grupo de niñas de su misma edad que se aproximaba; en el centro venía una completamente enlutada, morenita, con grandes ojos negros y profundos que debía de ser la causante de los temores de Asunción. Luisa se levantó a recibirlas y echó una carrerita para cambiar con ellas buena partida de besos cuyo rumor llegó hasta mis oídos. Asunción no se movió. Al llegar, todas la saludaron con efusión, no siendo por cierto la menos expansiva la enlutada Lolita. Después de cambiadas las primeras impresiones, observé que Luisa hacía señas a Asunción en ademán de pedirle algo, y que Asunción lo negaba, también por señas, pero con energía. Luisa, sin embargo, se resolvió a hacer lo que pretendía a despecho de su amiga, y llegándose a Lola, le dijo:
--Mira, Asunción tiene que decirte una cosa; ve a sentarte junto a ella.
Lolita se vino hacia la melancólica niña y le preguntó cariñosamente tocándole la cara:
--¿Qué tienes que decirme, Chonchita?
La pobre Asunción, completamente abatida, no contestó nada; visto lo cual por su amiga, tomó asiento al lado, y la instó con mucha viveza para que le contase lo que la ponía tan triste.
--Mira, Lola,--comenzó con voz temblorosa y casi imperceptible,--después que te lo diga ya no me querrás.
Lola protestó con una mueca.
--No, no me querrás... Dame un beso ahora... Después que te lo diga, no me darás ningún otro...
Lolita se manifestó sorprendida, pero le dio algunos besos sonoros.
--Mañana hace un mes que murió tu hermano Pepito... Yo sé que has tenido una convulsión por haber visto la caja... A mí no me han dejado ir a tu casa porque decían que me iba a impresionar, pero toda la tarde la pasé llorando... Luisa te lo puede decir... Lloraba porque Pepito y yo éramos novios... ¿no lo sabías?
--¡No!
--Pues lo éramos desde hacía dos meses. Me escribió una carta y me la dio un día al entrar en tu casa: salió de un cuarto de repente, me la dio y echó a correr. Me decía que desde la primera vez que me había visto le había gustado, que podríamos ser novios si yo le quería, y que en concluyendo la carrera de abogado, que era la que pensaba seguir, nos casaríamos. A mí me daba mucha vergüenza contestarle, pero como a Luisa le había escrito también Paco Núñez declarándose, yo por encargo de ella le dije un día en el paseo: «Paco, de parte de Luisa, que sí», y a la otra vuelta Luisa le dijo a Pepito: «Pepito, de parte de Asunción, que sí». Y quedamos novios. Los domingos cuando bailábamos en tu casa o en la mía, me sacaba más veces que a las demás, pero no se atrevía a decirme nada... A pesar de eso, una vez bailando, como estaba triste y hablaba poco, le pregunté si estaba enfadado, y él me contestó: «Yo no me enfado con nadie, y mucho menos contigo». Yo me puse colorada... y él también... Todos los días por la tarde iba a esperarme a la salida del colegio; se estaba paseando por delante hasta que yo salía y después me seguía hasta casa...
Aquí Asunción cesó de hablar, y Lola, que la escuchaba con tristeza y curiosidad, aguardó un rato a que continuase, y viendo que no lo hacía, le preguntó:
--Pero, ¿por qué me decías que después de contármelo no iba a darte más besos y todas aquellas cosas?... Al contrario, ahora te quiero más... mira como te quiero.
Y Lolita al decir esto le daba apasionados besos.
--Espera, espera... no me beses... ¿De qué murió tu hermano? ¿No dijeron los médicos que había muerto de una mojadura que había cogido?
--Sí.
--Pues esa mojadura, Lola... la cogió por causa mía... Sí, la cogió por causa mía... Una tarde en que estaba lloviendo a cántaros, fue a esperarme al colegio... Le vi por los cristales metido en un portal... en el portal de enfrente... no traía paraguas. Cuando salimos yo me tapé perfectamente porque la criada había traído uno para mí y otro para ella... Pepito nos siguió al descubierto... llovía atrozmente... y yo en vez de ofrecerle el paraguas y taparme con el de la criada, le dejé ir mojándose hasta casa... Pero no fue por gusto mío, Lola... por Dios, no lo creas... fue que me daba vergüenza...
Al decir estas palabras, le embargó la emoción, se le anudó la voz en la garganta y rompió a sollozar fuertemente. Lolita se la quedó mirando un buen rato, con ojos coléricos, el semblante pálido y las cejas fruncidas; por último se levantó repentinamente y fue a reunirse con sus amigas que estaban algo apartadas formando un grupo. La vi agitar los brazos en medio de ellas narrando, al parecer, el suceso con vehemencia, y observé que algunas lágrimas se desprendían de sus ojos, sin que por eso perdiesen la expresión dura y sombría. Asunción permaneció sentada, con la cabeza baja y ocultando el rostro entre las manos.
En el grupo de Lolita hubo acalorada deliberación. Las amigas se esforzaban en convencerla para que otorgase su perdón a la culpable. Lolita se negaba a ello con una mímica (lo único que yo percibía) altiva y violenta. Luisa no cesaba de ir y venir consolando a su triste amiga y procurando calmar a la otra.
El sol se había retirado ya del paseo, aunque anduviese todavía por las ramas de los árboles y las fachadas de las casas. La estatua de Apolo que corona la fuente del centro, recibía su postrera caricia; los lejanos palacios del paseo de Recoletos resplandecían en aquel instante como si fuesen de plata. El salón estaba ya lleno de gente.
Después de discutir con violencia y de rechazar enérgicamente las proposiciones conciliadoras, Lolita se encerró en un silencio sombrío. Al ver esta muestra de debilidad, las amigas apretaron el asedio, enviando cada cual un argumento más o menos poderoso; sobre todo Luisa, era incansable en formar silogismos, que alternaba sin cesar con súplicas ardientes.
Al fin Lolita volvió lentamente la cabeza hacia Asunción. La pobre niña seguía en la misma postura, abatida, ocultando siempre el rostro con las manos. Al verla, debió pasar un soplo de enternecimiento por el corazón de la irritada hermana; destacose del grupo, y viniendo hacia ella, la echó los brazos al cuello diciendo:
--No llores, Chonchita, no llores.
Pero al pronunciar estas palabras lloraba también. La cabecita rubia y la morena estuvieron un instante confundidas. Rodeáronlas las amigas, y ni una sola dejó de verter lágrimas.
--¡Vamos, niñas, que nos están mirando!--dijo Luisa.--Enjugad las lágrimas y vamos a pasear.
Y en efecto, llevándose el pañuelo a los ojos, ella la primera, con rostro sereno y risueño se mezclaron agrupadas entre la muchedumbre; y las perdí muy pronto de vista.
La Biblioteca Nacional
Madrid posee una biblioteca nacional. Esta biblioteca se halla situada en la calle del mismo nombre que desemboca por un lado en la plaza de la Encarnación y por el otro en la de Isabel II. Es fácil reconocer el edificio. Además, posee en el barrio de Salamanca los cimientos de una nueva biblioteca construidos con todo lujo, perfectamente resguardados de la intemperie y rodeados de una bonita verja. Con tales elementos es fuerza convenir en que la capital de España no carece de medios de instrucción y que todo el que desee estudiar puede hacerlo. No obstante, una cosa me ha sorprendido siempre, y es que la biblioteca nacional no está tan concurrida como debiera suponerse, dado el número de habitantes y su reconocida afición a meterse en todos los sitios donde no cueste dinero. Quizá dependa de hallarse cerrada la mayor parte de las horas del día y de la noche. En cuanto a los cimientos, a pesar de ser tan bellos y sólidos, están siempre desiertos, lo cual les da un cierto aspecto de necrópolis pagana, no ciertamente en consonancia con los fines de su instituto, como dijo Pavía el del 3 de Enero hablando de la Guardia civil.
Pero dejando a un lado los cimientos, cuya importancia me complazco en reconocer y acerca de los que no será esta la última palabra que diga, y volviendo a la antigua biblioteca donde el gobierno de Su Majestad distribuye la ciencia por el sistema dosimétrico, esto es, en pequeñas dosis y repetidas, diré primeramente que tiene un portal muy análogo a una bodega, donde los sabios de mañana aguardan, tiritando y dando estériles patadas contra las losas para calentarse los pies, a que les abran la puerta. El frío es por naturaleza anti-científico, y desde los tiempos más remotos se ha ensañado siempre con los sabios. De aquí los sabañones que tanto caracterizan a los hombres de ciencia.
Arranca del portal una escalera medianamente espaciosa, cuidadosamente tapizada de polvo como conviene a esta clase de establecimientos, la cual termina en una portería o conserjería donde hay generalmente sentados seis u ocho señores ocupados en la tarea de mirar lo que entra y lo que sale y en charlar y discutir en voz alta a fin de que los que estudian dentro se acostumbren a concentrar su atención, como hacía Arquímedes en los tiempos antiguos.
--¿Me hacen ustedes el favor de una papeleta?--pregunta en actitud humilde el sabio, que ha llegado hasta allí tragando polvo.
El portero encargado de facilitarlas vuelve la cabeza y le dirige una mirada fría y hostil: después sigue tranquilamente la conversación empeñada.
--¿Cuánto te ha costado a tí la contrabarrera?
--Lo que cuesta en el despacho: el amo ha pedido tres a un concejal y me ha cedido una.
--¡Todos los pillos tienen suerte!
Mucha risa; mucha algazara. La conversación rueda después acerca de las probabilidades que Frascuelo tiene de echar la pata a Lagartijo: los toros eran de Veraguas, se podían lidiar con franqueza; sin riesgo; y el matador «se las tiraría de plancheta» como acostumbraba, sin...
--¿Me hace V. el favor de una papeleta? repite el sabio un poco más alto.
El portero le mira de nuevo con más frialdad si cabe, se levanta lentamente, moja el dedo para sacar una papeleta del montón y dice:
--Pues yo te aseguro que no pago primadas; a última hora ha de andar más bajo el papel...
--¿Quiere V. darme una papeleta?--dice el sabio con impaciencia.
--¿Tiene V. prisa, verdad, caballero?--responde el dependiente con cierta sonrisilla irrespetuosa.
El sabio escribe en silencio sobre la papeleta el nombre de una obra famosa, aunque reciente, y entra en el salón principal de la biblioteca. En cada extremo de él hay un grupo de señores convenientemente separados de los que leen arrimados a las mesas. El sabio de mañana vacila entre dirigirse al grupo de la derecha o al grupo de la izquierda; decídese al fin a emprender su marcha hacia el primero, procediendo lógicamente. Uno de los señores de los extremos le toma la papeleta, mas antes de leerla le examina escrupulosamente de pies a cabeza cual si tratase de sonsacarle, mediante su aspecto, qué intención perversa le había movido al venir hasta allí en demanda de un libro. Después que se entera del que pide, crecen evidentemente sus sospechas porque le acribilla a miradas escrutadoras, de tal suerte, que el presunto sabio baja la vista avergonzado, juzgándose un matutero de la ciencia. El empleado, sin dejar de mirarle, pasa la papeleta a otro empleado que a su vez le mira también con cuidado y la pasa a otro, y así sucesivamente pasa por todas las manos del grupo hasta que llega nuevamente a las del primero, el cual se la devuelve diciendo:
--Vaya V. allí enfrente.
Y nuestro sabio atraviesa el salón y se dirige al grupo contrario, donde sufre el mismo examen por parte de la inspección facultativa del gobierno, y se repite con ninguna variante la escena anterior. Al devolverle la papeleta le dicen también:
--Vaya V. allí enfrente.
--Ya he estado.
--Entonces vaya V. al Índice... la primera puerta a la derecha.
En el Índice, un señor empleado lee con toda calma la papeleta, y sin decirle palabra desaparece con ella por el foro. Nuestro sabio espera una buena media hora tocando el tambor sobre las rejas de la valla con las yemas de los dedos. De vez en cuando levanta la vista a los estantes donde en correcta formación se halla una muchedumbre de libros feos, rugosos, mal encarados, que le infunden respeto. Ninguno de aquellos libros se acuerda ya de cuándo fue sacado para ser leído. De ahí su respetabilidad. En este mundo las cosas de poco uso son siempre las más respetables; los senadores, los capitanes generales, los académicos, los canónigos. Casi todos tienen escrita sobre su severo lomo en letras muy gordas la palabra _Ópera_. No se ve en torno más que óperas; óperas arriba, óperas abajo, óperas delante, óperas detrás. En esto llega el señor empleado del Índice, silencioso siempre como un pez, y en lugar del libro le entrega de nuevo la papeleta. El sabio en estado de crisálida no sabe lo que aquello significa y da vueltas entre sus dedos al papel hasta que percibe dos palabritas de distinta letra debajo de su petición: _no consta_. El sabio, que es bastante listo, comprende en seguida que con aquellas palabras se quiere decir que no hay semejante libro. Lo mismo les ha pasado a todos los sabios que en el mundo han sido y han ido a leer a la biblioteca de la nación. Ningún libro reciente consta. ¿Y por qué había de constar? ¿No perdería mucho de su prestigio esta biblioteca, admitiendo sin dificultad cualquier libro de ayer mañana? La biblioteca nacional no puede proceder como la de un particular; para que un libro tenga la honra de entrar en sus salones es necesario que el tiempo lo garantice, pues hasta ahora no se conoce nada mejor para garantir la ciencia que una serie de años, cuantos más mejor. Un libro nuevo, bien impreso, satinado y limpio, no encaja bien entre aquellas dignas y graves óperas, preñadas hasta reventar de latín y de ciencia.
Nuestro sabio torna a la portería meditando todo esto, y escribe sobre otra papeleta el título de un libro sobre filosofía, del siglo trece. La papeleta vuelve a pasar por las manos de los señores de los extremos; pero esta vez, sin que el sabio adivine la razón, se miran consternados los unos a los otros. Por último uno de ellos le dice en tono humilde:
--Caballero, el libro que V. pide está en uno de los últimos estantes y es un poco expuesto subir a buscarle... ¡Si a V. le fuese indiferente pedir otro!...
¡Pues no había de serle indiferente! Los sabios son muy finos y humanos. Nada, nada, no se moleste V. Por nada en el mundo querría nuestro sabio exponer la preciosa vida de ningún empleado del Gobierno. Así que, pian pianito vuelve sobre sus pasos hasta la portería, atormentando la imaginación para buscar una obra que fácilmente le pudiesen proporcionar, fuese cual fuese. Al fin no encuentra nada mejor que pedir el Quijote.
--¿Qué edición quiere V.?
--La que V. guste.
--¡Ah! no, caballero, perdone V., nosotros no podemos dar sino la edición que nos piden.
--Bien, pues la de la Academia.
--Tenga V. entonces la bondad de consignarlo así en la papeleta.
Vuelta a la portería. Al fin, después de una brega tan larga y deslucida, tiene la dicha de recibir el Quijote de manos del empleado. El sabio deja escapar un suspiro de consuelo: estaba sudando. Trata de sentarse a una de las mesas que hay esparcidas por la sala, sobre las cuales, para que nada llame y distraiga la atención, no suele haber ni pupitre, ni papel, ni plumas, ni tintero; nada más que la madera lisa y reluciente, invitando al estudio y a la patinación. Al tomar una de las sillas, observa con dolor que está cubierta de polvo y quizá de algo más. ¿Qué tiene esto de particular? La ciencia y la porquería no son enemigas declaradas: antes al contrario, parece que aquélla vive dichosa en los brazos de ésta, como lo atestiguan multitud de ejemplos. La sagrada Teología, muy especialmente, siempre ha tenido marcada predilección por la suciedad. En otro tiempo se medía la profundidad de un teólogo por la cantidad de grasa que llevaba adherida a la sotana. También la literatura manifestó siempre tendencias bastante pronunciadas en este sentido, y es cosa proverbial, sobre todo en las provincias, que nuestros literatos no se lavan sino cuando llueve: hay hortera a quien se le saltan las lágrimas de entusiasmo contando alguna gran asquerosidad de Carlos Rubio, o la manera de vivir de Marcos Zapata,--por más que respecto a este último, como amigo suyo que soy, puedo declarar que hay exageración. Fundándose, a no dudarlo, en tales razones, el gobierno de S. M. ha procurado mantener en la biblioteca nacional una conveniente y adecuada porquería, de cuya conservación están encargados algunos mozos no bastantemente retribuidos.
Nuestro sabio en agraz, que aún no ha llegado a las altas regiones de la ciencia, y que por lo tanto no comprende la ayuda poderosa que le prestarían en la investigación de la verdad aquellas manchas grises de la silla que mira con sobresalto, saca el pañuelo del bolsillo y lo coloca bonitamente sobre ella, sentándose después lleno de confianza.
¡Ea! ya está sentado el sabio; ya sopla el polvo de la mesa y coloca el sombrero sobre ella; ya se saca a medias una bota que le oprime mortalmente los sabañones; ya tose y se arranca la flema de la garganta; ya trae el libro hacia sí, ya mira con curiosidad el sello de la Academia estampado en la primera página; ya empieza a leer.
«_En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, rocín flaco....._»
Tilín, tilín.
--¿Qué es eso?--pregunta con sorpresa al compañero que tiene al lado.
--Nada, que tocan a cerrar--contesta el otro levantándose.
El sabio entonces se levanta también; le sigue; devuelve el Quijote al empleado de quien lo recibiera; y se va a su casa.
El Drama De Las Bambalinas
Antoñico era una chispa, al decir de cuantos andaban entre bastidores; no se había conocido traspunte como él desde hacía muchos años: era necesario remontarse a los tiempos de Máiquez y Rita Luna, como hacía frecuentemente un caballero gordo que iba todas las noches de tertulia al saloncillo, para hallar precedente de tal inteligencia y actividad.
Solamente cuando falleció se estimaron sus servicios en lo que valían. Porque no era el traspunte vulgar que con cinco minutos de antelación recorre los cuartos de los actores gritando: «Don José; va V. a salir--Señorita Clotilde; cuando V. guste». Ni por pienso: Antoñico tenía en su cabeza todos los pormenores indispensables para el buen orden de la representación; dirigía la tramoya con una precisión admirable, daba oportunos consejos al mueblista, hacía bajar el telón sin retrasarse ni adelantarse jamás; cuando había necesidad de sonar cascabeles para imitar el ruido de un coche, él los sonaba; si de tocar un pito, él lo tocaba, y hasta redoblaba el tambor con asombrosa destreza apagando el ruido para hacer creer al espectador que la tropa se iba alejando. En los dramas en que la muchedumbre llega rugiendo a las puertas del palacio y amenaza saquearlo, nadie como él para hacer mucho ruido con poca gente; una docena de comparsas le bastaban para poner en sobresalto a la familia real; a uno le hacía gritar continuamente _¡esto no se puede sufrir!_, a otro le mandaba exclamar sin punto de reposo, _¡mueran los tiranos!_, a otro, _¡abajo las cadenas!_, etc., etc., todo en un _crescendo_ perfectamente ejecutado, que infundía pavor no sólo en el corazón del tirano sino en el de todos los que se interesaban por su suerte. Además sabía arrojar piedras a la escena de modo que produjesen mucho ruido y no hiciesen daño a nadie: algunas veces hizo también escuchar su voz desde las cajas o desde el sótano en calidad de fantasma. En fin, más que traspunte debía considerarse a Antoñico como un actor eminente aunque invisible.
En el teatro era casi un dictador: los actores le halagaban porque les podía hacer daño con un descuido intencionado, la empresa se mostraba satisfecha de él, y los dependientes le respetaban y le consideraban como jefe.
Era necesario verle con un reverbero en la mano derecha, el libro en la izquierda, una barretina colorada en la cabeza a guisa de uniforme, deslizarse velozmente por los bastidores acudiendo a opuestos parajes en nada de tiempo, poniendo prisa a los empleados, contestando al sin número de preguntas que le dirigían, y esparciendo órdenes en estilo telegráfico como un general en el fragor de la batalla.
II
Con todo, Antoñico tenía un grave defecto: le gustaban demasiado las mujeres. Quizá digan ustedes que este defecto no es grave: en cualquier otro hombre, convengo en ello, pero en Antoñico, un funcionario dramático de tal importancia, era un pecado mortal. No hay más que pensar en que tenía bajo su inmediata inspección a varias actrices secundarias, o sean racionistas, y que aun las principales veíanse obligadas a estar con él en una relación constante. De donde resultaban a menudo algunos disgustillos y desórdenes que se hubieran evitado si nuestro traspunte tuviese un temperamento menos inflamable. Verbigracia; se hubiera evitado que Narcisa, la jovencita que desempeñaba papeles de chula, se fuese del teatro dando un fuerte escándalo, diciendo a quien la quería oír que Antoñico pellizcaba las piernas a las actrices en las ocasiones propicias; y también que la mamá de Clotilde, la primera dama, se quejase al empresario de que Antoñico fuese con demasiada prisa a levantar a su hija siempre que caía desmayada al terminarse un acto. Hay que convenir en que todo esto era muy feo y dañaba no poco a la respetabilidad del traspunte; que vuelvo a decir, era sin disputa el alma del teatro.
Sucedió, pues, que al medio de la temporada el primer tramoyista contrajo matrimonio: era un hombre de unos treinta años de edad, feo, silencioso, sombrío, ojos negros hundidos, barba rala y erizada; inteligente con todo y amigo de cumplir con su deber. La mujer que eligió por esposa era una jovencita, casi una niña, linda, vivaracha, nariz arremangada, más alegre que unas castañuelas, perezosa y juguetona como una gatita. Se casó con el tramoyista... no sé por qué; quizá por su desahogada posición (ganaba seis pesetas diarias).
Para no privarse de su compañía un momento, el enamorado marido la trajo consigo al teatro; en los ratos que le dejaban libre sus ocupaciones, el pobre hombre gozaba con acercarse a su mujercita y darle un pellizco o un abrazo furtivo. La muchacha, que no había entrado hasta entonces en la región de los bastidores, estaba maravillada y contenta al verse entre aquel bullicio, y pronto fue una necesidad el pasarse tres o cuatro horas todas las noches vagando por las cajas y por los cuartos de las actrices con quienes simpatizó en seguida.
Antoñico, al verla por primera vez, se relamió como el tigre cuando atisba la presa. La barretina colorada sufrió un fuerte temblor y se dispuso a cobijar un enjambre de pensamientos tenebrosos y lúbricos. Mas como hombre experto y precavido, guardó sus ideas, contrarias a la unidad de la familia, debajo de la barretina, y aparentó no fijar la atención en la presa y dejar que tranquilamente fuese y viniese a su buen talante.
Sin embargo, una que otra vez al encontrarse en los pasillos le dirigía miradas magnéticas que la fascinaban y profería unas _buenas noches_ preñadas de ideas disolventes. Como es natural, la bella tramoyista no dejó de sospechar el género de pensamientos que dentro de la barretina se escondían, y en su consecuencia decidió ruborizarse hasta las orejas siempre que tropezaba con el tigre-traspunte. Este avanzó con cautela, paso tras paso; nada de pellizcos, ni de palabrotas necias, ni de estrujones contra los bastidores: una actitud sosegada, dulce, casi melancólica, adecuada para no espantar la caza, algunas palabritas melosas y furtivas, varios conceptillos aduladores envueltos en suspiros, y cuando todo estaba convenientemente preparado ¡zas! el salto que todos conocen:--«María, yo me muero por V... perdóneme V. el atrevimiento... yo no puedo tener escondido por más tiempo lo que siento, etc., etc.»
La vivaracha tramoyista quedó, como era de esperar, entre las uñas del traspunte. Y comenzó para ambos el período de los placeres amargos, la felicidad con sobresalto: aparentando no mirarse, no se quitaban ojo; fingiendo que apenas se conocían, estaban siempre juntos: ¡el marido era tan sombrío, tan suspicaz! Necesitaban llevar a cabo prodigios de estrategia para no ser advertidos: a veces pasaban cuatro o cinco noches sin poder decirse siquiera una palabra. Puesta en tortura la imaginación, Antoñico ideaba las citas más estupendas y extravagantes; unas veces en el sótano, otras en el cuarto de un actor que estaba en escena; pero todas breves y agitadas, porque el tramoyista era pegajoso como recién casado, y Antoñico no tomaba el aspecto de tigre sino con las damas.
Una noche en que el traspunte se sentía, por el ayuno forzoso de muchos días, más enamorado que otras veces, dijo algunas palabras rápidamente al oído de María y se perdió entre los bastidores. Ésta le siguió. Encontráronse en un rincón sombrío cerca del telón de boca; y el traspunte, que conocía el terreno a palmos, cogió de la mano a su querida, separó con la otra un bastidor y penetraron ambos en un recinto estrechísimo formado por telones y bastidores: Antoñico trajo hacia si el que había separado, y quedaron perfectamente cerrados. Los amantes pudieron gozar breves instantes del seguro que la experiencia y habilidad del traspunte habían buscado. En aquel extraño retiro nadie podía dar con ellos. ¿Nadie? Antoñico vio de improviso, en medio de su embriaguez, que por un agujerito abierto en el telón, un ojo les observaba; y su corazón de tigre dio un salto prodigioso dentro del pecho:--«María--dijo con voz temblorosa, imperceptible--estamos perdidos... nos están viendo... ¡silencio!... ¿quieres salir tú primero?» La animosa tramoyista corrió bruscamente el bastidor y se arrojó fuera: no había nadie. Antoñico salió detrás con el semblante pintado de interesante palidez. Su primer cuidado fue buscar por todas partes al tramoyista: encontráronlo sumamente preocupado porque la chimenea de mármol que debía aparecer en el acto tercero había sido rota al trasladarla; tanto que no reparó en su mujer al acercarse.
--¿Lo ves, hombre--dijo María a Antoñico--como eres un gallina? A tí el miedo te hace ver visiones.
III
Transcurrieron bastantes días. Las adúlteras relaciones de nuestros héroes seguían la misma marcha dulce y borrascosa a la par: sobresaltos, temores, ansias, vacilaciones sin cuento: regalos, vivos deleites, instantes de dicha, con todo. Tal es el lote de la pasión criminal. María había olvidado enteramente el episodio del agujero en el bastidor; Antoñico soñaba todavía algunas veces con aquel ojo fantástico, escrutador, y despertaba despavorido; poco a poco se fue convenciendo de que había sido una ilusión del miedo y el miedo abrió paso a la confianza.
Una noche el tramoyista le habló de esta manera:
--Oye, Antoñico; ¿sabes que el tercer telón, el de las columnas, debía colocarse más atrás...?
--¿Pues?
--No hay perspectiva.
--Sí la hay..., y además tropezaría casi con el lago.
--El lago también puede correrse un poco.
--No hay sitio.
--Tenemos todavía metro y medio.
--¡Qué hemos de tener, hombre! ¿Lo has medido?
--Sí, lo he medido: ¿tienes tú ahí el metro...? Pues ven a verlo y te convencerás.
El tramoyista emprendió la marcha y Antoñico le siguió. Subieron por la estrecha y frágil escalerilla que conduce a las bambalinas. Cuando estaban a la mitad de la altura, el tramoyista volvió la cabeza, y sus ojos se encontraron con los del traspunte. ¿Qué había de particular en aquella mirada? ¿Por qué empalidece el rostro de Antoñico? ¿Por qué se le doblan las piernas?
Vacila un instante entre seguir o retroceder: la barretina colorada se detiene y se agita presa de mortal incertidumbre. El tramoyista exclama:
--¡Diablo de escalera...! La subo setenta veces al día y no acabo de acostumbrarme... Me moriré del pecho, Antoñico, me moriré del pecho.
El traspunte se siente fortalecido y sigue su camino.
IV
Aquella noche se representaba un drama histórico, acaecido en tiempo de los godos. El primer galán era un mancebo muy simpático, rebosando de entusiasmo y de décimas calderonianas. La primera dama gastaba una túnica muy larga y comenzaba a llorar desde que subían el telón. El barba hacía de rey y debía morir al fin del acto tercero a manos del mancebo de las décimas: buena voz, potente y cavernosa, como convenía a un rey visigodo.
El público aguardaba con impaciencia la catástrofe: cuando le parecía bien, bostezaba; cuando lo creía necesario, sacaba _La Correspondencia de España_ y leía. Había muchas personas que llegaban a desear que el barba cayese pronto bañado en su sangre para escapar a casa y meterse en la cama.
En el acto segundo había un monólogo del rey, de inusitadas dimensiones. El público ya tenía entre pecho y espalda setenta y cinco endecasílabos de este monólogo y se disponía a recibir con resignación otra partida no menos crecida, cuando de pronto...
--¿Qué ha pasado... qué sucede? ¿Por qué se levanta el público? ¿Por qué se puebla la escena de gente?
Un bulto, un hombre, acaba de caer de las bambalinas sobre el escenario con espantoso estruendo. Un grupo de gente le rodea en seguida. El público aterrado se agita y se alborota: quiere saber lo que ha pasado. Al fin uno de los actores se destaca del grupo y dice en voz alta: «que el traspunte Antonio García, caminando por los telares del teatro, había tenido la desgracia de caerse.
--¿Pero, está muerto?... ¿está muerto?--preguntan varias voces.
El actor hace con la cabeza señal afirmativa.
Lloviendo
Cuando salí de casa recibí la desagradable sorpresa de ver que estaba lloviendo. Había dejado al sol pavoneándose en el azul del cielo, envolviendo a la ciudad en una esplendorosa caricia de padre... ¡Quién había de sospechar!...
En un instante desgarraron mi alma muchedumbre de ideas extrañas; la duda se alojó en mi espíritu atormentado. ¿Subiría por el paraguas? En aquella sazón mi paraguas ocupaba una de las más altas posiciones de Madrid: se encontraba en un piso tercero, con entresuelo y primero. Arranquémosle la careta: era un piso quinto.
Las escaleras me fatigan casi tanto como los dramas históricos: a veces prefiero escuchar una producción de Catalina o Sánchez de Castro, con reyes visigodos y todo, a subir a un cuarto segundo. Me hallaba en una de estas ocasiones. La verdad es que llovía sin gran aparato, pero de un modo respetable. Los transeúntes pasaban ligeros por delante de mí, bien guarecidos debajo de sus paraguas. Alguno que no le llevaba, vino a buscar techo a mi lado. Todavía aguardé unos instantes presa de horrible incertidumbre. Dí algunos paseos en el portal y eché todos los cálculos que un hombre serio tiene el deber de echar en tales ocasiones. De un lado, del lado de la calle, la consiguiente mojadura; del lado de la escalera, la fatiga consiguiente. Por otra parte, los amigos estarían ya reunidos en el café despellejando a alguno, ¡tal vez a mí! Además, el café, según los datos que me ha suministrado una persona muy versada en estas cosas, debe tomarse _inmediatamente_ (cuidado con ello) inmediatamente después de las comidas. Al fin adopté una resolución violentísima. Me remangué los pantalones y salí a la calle.
¡Pues qué! Yo que he aguantado sin pestañear noches enteras todas las leyendas de la Edad-Media que el Sr. Velarde y otros ilustres mosquitos líricos de su misma familia, han dejado caer desde la tribuna del Ateneo, ¿flaquearía ahora ante unas miserables gotas de agua? No en mis días: si la faz no ha empalidecido, si el corazón no ha temblado ante ningún poeta legendario, por cruel que se haya mostrado, las alteraciones atmosféricas no prevalecerán contra mi heroísmo.
En esta admirable disposición de espíritu atravesé casi toda la calle del Arenal. Sin embargo, no quiero ser hipócrita: declaro que fui todo el tiempo pegado a las casas, con lo cual evité que me cayese una tercera parte de agua de la que por clasificación me correspondía. Antes de llegar a la puerta del Sol eché una mirada al cielo, mirada escrutadora que me hizo ver sombra arriba y sombra abajo. Esta mirada dio por resultado además el que tropezase con un guardia municipal, que me preguntó con severidad dónde tenía los ojos; yo, lleno de respeto y sumisión hacia el poder ejecutivo, le contesté, procurando ablandar su corazón con una sonrisa:--Donde usted guste.--La verdad es que estuve demasiado humilde, casi rastrero, porque el guardia no llevaba la acera, ¡pero la idea de la Prevención ejerce tal ascendiente sobre mí!... Me contenté con volverme y echarle una mirada terrible, que cayó sobre su capote de hule y resbaló por encima como el agua resbalaba en aquel instante.
Las nubes no cejaban. La lluvia, en vez de ir disminuyendo gradualmente, para satisfacer el ideal de todo el que, como yo, no llevase paraguas, gradualmente iba aumentando. Al entrar en la Puerta del Sol, cruzaba muy poca gente; algunos carruajes, cuyos aurigas parecían envoltorios de paño pardo; algunas mujeres remangando con la coquetería que permitían las circunstancias, sus blancas enaguas, y dejando ver esbozos de pies fantásticos y perfiles de pantorrillas reales. Pero en aquel momento yo me preocupaba más de mis pantorrillas que de las ajenas, como era, después de todo, mi deber. El agua y el barro me salpicaban hasta las narices; los canalones vomitaban en las aceras torrentes, que procuraba salvar apelando a mis recuerdos gimnásticos.
Poco a poco, de un modo insidioso y solapado, tendiéndome sus redes en silencio y asegurando sus pasos con cautela, fue penetrando en mi corazón el temor del reumatismo. En el espacio que media entre la calle del Arenal y la del Carmen, casi se enseñoreó de él por completo. Sombrías perspectivas de fiebres catarrales, dolores en las articulaciones y fricciones de aguardiente alcanforado, se ofrecieron ante mi vista, y con la visión intensa y terrible del alucinado, me vi metido en unos calzoncillos de bayeta amarilla.
Y temblé. Y eché una cobarde mirada en torno buscando un _simón_ vacío. Los pocos que pasaban iban alquilados. Pero aún quedaban los portales. ¡Ah, los portales! Los portales me parecían un recurso de mala ley, indigno de ser tomado en consideración por el momento. Para estar metido en un portal viendo caer la lluvia, más valía haberse quedado en casa. Además, los portales estaban llenos de canalla, vagos de profesión, aventureros de la calle, gente sin hogar y sin paraguas. ¡Quién va a exponerse a que le roben el reloj o le secuestren!
Esto lo pensaba al cruzar por la calle del Carmen. Pues bien, al cruzar por delante de la de la Montera, ya pensaba otra cosa. Y es que las ideas del hombre se van modificando insensiblemente al través de la existencia; las convicciones más profundas se desarraigan de nuestro espíritu cuando menos lo esperamos, la antigua fe deja paso a la nueva, y el entusiasmo se enfría y se calienta incesantemente durante nuestra peregrinación por la tierra. Cogidos de la mano, con fuego en el corazón, alta la frente y la pupila clavada en lo porvenir, hemos partido muchos para recorrer los campos de la política; a los pocos pasos, ya se ha desprendido uno, a quien el temor o la utilidad han solicitado, más allá otro, más allá otro: al poco tiempo la caravana se ha disuelto, y cada cual corre a refugiarse donde más le conviene. Esta es la vida. Una verdad innegable he sacado, no obstante, de su experiencia, y es, que cuando llueve, todo el mundo se cobija.
Yo también claudiqué en aquella ocasión refugiándome en un portal, aunque con circunstancias atenuantes, pues era el de una fotografía. Las paredes estaban cubiertas de retratos: señoras bonitas, haciendo resaltar sus gracias con actitudes lánguidas, dirigiendo una sonrisa insinuante a todos los _timadores_ y fosforeros que se paraban a contemplarlas; varones con los ojos estáticos, en muda y eterna admiración de algo que nadie sabe. Algunos caballeros estaban disfrazados: había uno vestido de fraile haciendo oración entre las malezas de una sierra, con su calavera y todo al lado. Me dijeron que era un muchacho de la nobleza que había renunciado al mundo por desengaños de amor. Bien se le conocía al pobre, a pesar de su vestimenta eremítica, que había tirado muchos tiros al pichón. Había otro con traje de doctor, con las cejas fruncidas y la frente arrugada como si tuviese agobiados los sesos bajo la pesadumbre de tanta jurisprudencia. Tenía un birrete en la mano y otro sobre la mesa, quizás para el caso de que se inutilizase el primero.
Seguía cayendo agua copiosamente. El cielo mostraba la faz severa, aunque tornadiza; algunas nubes grandes y oscuras rodaban sobre los edificios de la Puerta del Sol, desahogándose un poco de su peso; cruzaban con harta prisa para no presumir que pronto vendría un claro que permitiera escaparse. Los poquísimos carruajes que pasaban vacíos eran asaltados rabiosamente por los proscriptos de los portales, quedándose con ellos, como sucede en todo lo demás, los más osados.
Al fin, en cierto paraje del espacio se divisó un agujerito azul: por aquel agujerito pasó tembloroso, y como avergonzado, un rayo de sol empapado todavía en agua, que fue a chocar en los cristales de los balcones más altos del hotel de la Paz. Al poco rato se divisó otro, algo más allá, y ambos se comunicaron pronto por medio de una extensa raya, azul también. Pero la lluvia no cesaba. Delante de nosotros empezó a funcionar una manga de riego. ¿Por qué salen a relucir las mangas de riego cuando llueve? No pretendamos averiguarlo. Hay más misterios en el cielo y en el Municipio de los que puede soñar la filosofía.
El sol hizo surgir los colores del iris en el chorro de agua que caía como un espléndido penacho sobre la calle: el empleado municipal lo sacudía sin curarse de su belleza, haciéndole servir a los fines prosaicos de la policía urbana; mas el chorro salía altivo y alegre de la manga y se esparcía en el aire, cayendo en lluvia de plata unas veces, otras en lluvia de cristal y otras de fuego. El rumor que producía al azotar el pavimento, era dulce y gozoso. Yo y un perro de Terranova (me coloco el primero para no dar armas a los frenópatas del Ateneo), fuimos los únicos que supimos apreciar su hermosura. El perro, más exaltado o con menos miedo al ridículo, se lanzó a la calle expresando su entusiasmo por medio de ladridos y saltos prodigiosos, ahora parándose bajo el chorro y dejándose bañar, ahora brincando sobre él, ahora dando un millón de volteretas y haciendo cómicas contorsiones, sin cesar nunca de exhalar el frenesí de su entusiasmo en ladridos más o menos correctos e inspirados, que de esto no entiendo. Me parece, no obstante, que había más sinceridad en ellos que en el soneto del Sr. Grilo a las cataratas del río Piedra, aunque, por supuesto, mucha menos fantasía.
La lluvia no cesaba. Con todo, se fue debilitando de tal modo, que ni para la salud ni para el sombrero había gran peligro en salir y llegar hasta Fornos. Así quise realizarlo, y desde luego me fui pegadito a los edificios, observando cómo rápidamente el cielo se despejaba y la lluvia se enrarecía. Todavía continuaba mucha gente en los portales. Al llegar al del ministerio de Hacienda, un brazo de mujer se interpuso en mi camino, y una manecita blanca y hermosa trató de averiguar si aún llovía. Era una mano fina, correcta, aristocrática, con graciosas y leves rayas azules; además, aún no estaba ajada, a juzgar por su color sonrosado y por la frescura e inocencia que se adivinaba en sus movimientos resueltos; la muñeca estaba aprisionada por un sencillo brazalete de oro; en los dedos brillaban algunas sortijas. Ahora bien, ¿qué hubieran hecho ustedes si se les colocase delante del rostro, a dos dedos de la boca, una mano semejante? Besarla, estoy seguro. Pues eso es cabalmente lo que yo hice: besarla y escaparme riendo sin echar siquiera una mirada a su dueño. Detrás de mí oí gran algazara y muchas carcajadas femeninas, por lo cual comprendí que se me perdonaba de buen grado la audacia. Llegué al café sano y salvo y de un humor excelente. Pero estuve un poco inquieto toda la tarde. ¡Los nervios, sin duda, los nervios!
El Paseo De Recoletos
Voy a denunciarme ante el severo tribunal de la sociedad _fashionable_ de Madrid, y entregarme con las manos atadas a su justa reprobación.
«Egregias damas: señores sietemesinos: Tengo la vergüenza de confesar a ustedes que la mayor parte de los domingos y fiestas de guardar me paso la tarde dando vueltas en el paseo de Recoletos lo mismo que un mancebo de la _Dalia azul_. Y no subo hasta el Retiro, a admirar respetuosamente vuestros _chaquettes_ y vuestros perros ratoneros, porque deje de poseer carruaje; pues si bien es mucha verdad que no lo poseo (¡misericordia!) no es menos exacto que tengo unas piernas que no me las merezco, las cuales han hecho con fortuna más de una vez la competencia al tranvía, y de ello puedo presentar testigos. Me quedo, por tanto, en Recoletos sin motivo alguno que pueda justificarme, por pura perversidad, lo cual revela mi depravada índole. Vuestra conciencia distinguida se alarmaría aún más si supieseis... ¡pero no me atrevo a decirlo!... ¡que me gustan mucho _las cursis_! ¡Perdón, señores, perdón! Ahora que he confesado mi indignidad descargando el alma del peso que la abrumaba, aguardo resignado
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