Años de juventud del doctor Angélico
Armando Palacio Valdés
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Nota del transcriptor: En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el texto.
AñOs De Juventud Del Doctor AngéLico
Obras De Palacio ValdéS
4 Pesetas Tomo
EL SEÑORITO OCTAVIO, un tomo.
MARTA Y MARÍA, un tomo. Traducida al francés, al inglés, al sueco, al ruso y al tcheque.
EL IDILIO DE UN ENFERMO, un tomo. Traducido al francés y al tcheque.
AGUAS FUERTES (novelas y cuadros, un tomo). Traducidas al francés, al inglés, al alemán, al holandés, al sueco y al tcheque. Edición española con notas y vocabulario en inglés.
JOSÉ, un tomo. Traducida al francés, al inglés, al alemán, al holandés, al sueco, al tcheque y al portugués. Edición española con notas en inglés para el estudio del español en Inglaterra y E. U. A.
RIVERITA, un tomo. Traducida al francés.
MAXIMINA (segunda parte de _Riverita_), un tomo. Traducida al inglés.
EL CUARTO PODER, un tomo. Traducida al francés, al inglés y al holandés.
LA HERMANA SAN SULPICIO, un tomo. Traducida al francés, al inglés, al holandés, al ruso, al sueco y al italiano.
LA ESPUMA, un tomo. Traducida al inglés.
LA FE, un tomo. Traducida al francés, al inglés y al alemán.
EL MAESTRANTE, un tomo. Traducida al francés y al inglés.
EL ORIGEN DEL PENSAMIENTO, un tomo. Traducida al francés y al inglés.
LOS MAJOS DE CÁDIZ, un tomo. Traducida al holandés.
LA ALEGRÍA DEL CAPITÁN RIBOT, un tomo. Traducida al francés, al inglés, al sueco y al holandés. Edición española con notas y vocabulario en inglés.
LA ALDEA PERDIDA, un tomo.
TRISTÁN O EL PESIMISMO, un tomo. Traducida al inglés.
SEMBLANZAS LITERARIAS (_Los oradores del Ateneo_, _Los novelistas españoles_, _Nuevo viaje al Parnaso_), un tomo.
PAPELES DEL DOCTOR ANGÉLICO, un tomo. Traducidos al alemán.
AÑOS DE JUVENTUD DEL DOCTOR ANGÉLICO, un tomo.
Obras Completas
De
D. Armando Palacio ValdéS
Tomo XX
AñOs De Juventud
Del Doctor AngéLico
(Nuevos Papeles Del Doctor Angel JiméNez)
[Illustration]
Madrid
LibreríA De Victoriano SuáRez
Preciados, número 48.
1920
Es Propiedad
Imprenta Helénica. Pasaje de la Alhambra, 3. Madrid.
Advertencia Del Editor
Van transcurridos algunos años desde que di a la estampa varios de los papeles que me dejara en depósito mi amigo Angel Jiménez. Eran casi todos de orden filosófico, trazados con la libertad de espíritu del que escribe sólo para sí mismo y en el estilo conciso y desenfadado que le caracterizaba. El público los ha acogido con más benevolencia de la que podía esperarse tratándose de un escritor casi desconocido. Esto me anima a publicar hoy sus Memorias, que con el título de _Años de juventud_, encontré en uno de los legajos. Cuando empecé a leerlas confieso que experimenté una decepción. Pensaba hallar una historia circunstanciada de su vida. No es así: Las presentes páginas son más bien las memorias de sus amigos que las suyas propias. Jiménez poseía un carácter cerrado y huraño, no se interesaba demasiado por sí mismo, no tenía ansia de celebridad y gloria. En cambio, la vida privada y pública de sus amigos le agitaba más de lo justo. Tuvo algunos de relevante mérito y a ellos particularmente están consagrados la mayor parte de los capítulos de este libro. Yo hubiera preferido conocer en su intimidad la vida de un hombre a quien tanto he estimado. Sin embargo, el público no perderá nada con esta sustitución. Porque es seguro que más que la suya, oscura y tranquila, le ha de interesar la historia dramática de sus ilustres amigos,
A. P. V.
Primera Parte
I
MI Viaje Y MI InstalacióN En La Corte De EspañA
Creo que mi padre tenía razón. En último resultado me hubiera convenido más permanecer a su lado, ayudarle en sus negocios, hacerlos prosperar y dejar transcurrir la vida dulcemente en el pueblo trabajando a mis horas, paseando a mis horas, durmiendo a mis horas, rezando a mis horas y no leyendo a ninguna.
Tengo más de cincuenta años, he estudiado mucho, he viajado bastante, he tratado con los sabios, he escrito, he discutido y al cabo me encuentro triste, fatigado, con el estómago descompuesto y los nervios en plena rebelión.
Los problemas que estaba ansioso de resolver, ahí se están frescos y orondos como al comienzo del mundo, y es más que probable que así permanezcan hasta el fin.
Pero no es tiempo ya de volver sobre mis pasos. Si lo fuera seguramente incurriría en otros aun mayores errores.
Lo cierto es que desembarqué en Madrid una mañana del mes de Octubre del año 1870, con el propósito firme de ser un sabio. Me alojé en una casa de huéspedes de la calle de Carretas, que habían recomendado a mi padre, y ocupé un gabinete con balcón a la calle y su alcoba correspondiente. No eran lujosas las habitaciones, pero estaban amuebladas con decoro y comodidad. Había orden y limpieza, dos cosas que he amado siempre, y aunque la calle no es muy ancha, bastante luz, a causa del piso alto en que se hallaba.
El gabinete comunicaba con la sala por medio de una puerta de cristales. Esta sala era bastante espaciosa y ofrecía todos los encantos de la vulgaridad más refinada; una sillería forrada de terciopelo que había sido rojo y a la sazón tenía el color de hoja seca; una consola de caoba con su espejo de marco dorado encima, cubierto de una gasa para preservarlo de los atentados de las moscas; cortinas de terciopelo igual al de la sillería, pero más avanzado en su evolución transformista; sobre el sofá un enorme grabado que representaba la vista de Londres, y en las paredes algunos otros con escenas de galantería pastoril; un pastorcito arrodillado delante de una pastorcita, otro ofreciéndole, con insinuante sonrisa, una flor.
Mi patrona, que se llamaba doña Encarnación, me enteró, pocos momentos después de llegar, de que esta sala pertenecía al género neutro o común a dos. La poseíamos _pro indiviso_ el caballero que ocupaba el gabinete de enfrente y yo. Ambos podíamos recibir en ella nuestras visitas y ocuparla en los momentos en que la necesitásemos.
A la hora del almuerzo pasé al comedor, y doña Encarnación se sirvió presentarme a los cinco huéspedes que ya estaban sentados a la mesa. El que más llamó mi atención desde luego, fue un joven con larga y no bien cuidada melena, que le caía sobre el cuello y casi le llegaba a la espalda. Como en España sólo los artistas se autorizan el llevar los cabellos en esta forma, supuse inmediatamente que era pintor o músico. Podría contar veintidós o veinticuatro años de edad. Sus facciones, un poco abultadas, no eran desagradables, y sus ojos grandes, negros y expresivos, revelaban inteligencia y vivacidad.
Enfrente de él, se hallaba sentado otro joven de la misma edad, poco más o menos. En nada se le parecía, pues era delgado, pálido, imberbe y llevaba el cabello cortado a punta de tijera. De los otros tres, dos de ellos eran extremadamente morenos y acaso tuviesen más años que yo también. En cambio el tercero ofrecía la apariencia de un niño. No se le presumirían mucho más de quince años.
El almuerzo comenzó silencioso. Se notaba cierto embarazo como suele acaecer cuando en cualquier compañía entra repentinamente una persona extraña. Afectando disimulo, todos ellos me dirigían rápidas miradas investigadoras. Todos no; me equivoco; porque el joven pálido de pelo recortado, tenía un libro abierto al lado del plato, en el cual leía, mientras distraídamente iba engullendo los manjares que le ponían delante. Para llevar a cabo una y otra tarea acercaba tanto el rostro que casi tocaba con la nariz en el libro o la metía en el plato.
Al fin, el joven de las melenas, levantó la cabeza y dirigiéndose al que leía le dijo bruscamente:
--Querido Pasarón, ¿no sería más justo, más procedente y desde luego de mejor educación que cerraras siquiera por hoy el libro, a fin de que este señor que se sienta por vez primera a la mesa, no vaya a suponer que en vez de hallarse entre personas civilizadas, ha penetrado en territorio africano?
El interpelado en esta forma levantó un instante la cabeza, y con sus ojos vidriosos de miope, nos dirigió una mirada vaga donde se advertía que no habían comprendido lo que le decían. Inmediatamente volvió a convertirlos al libro.
Yo me apresuré a hacer signos negativos con la cabeza y a balbucear algunas palabras, asegurando que estaba muy lejos de incurrir en tal error geográfico.
--No sería muy extraño que usted se lo figurase--siguió el joven melenudo dirigiéndose a mí--, porque yo me llamo Sixto Moro, estos dos, que son primos hermanos, se apellidan Mezquita, y aquel niño que usted ve allí, se llama Pepito Albornoz.
Este último se puso rojo como una cereza al escuchar tales palabras y dirigió una mirada de ira concentrada al que las había pronunciado, mientras los dos primos soltaron a reír hasta querer salírseles el alimento por las narices. Esto me hizo sospechar que aquel que designaba como niño sólo lo era en apariencia. En efecto, después averigüé que había cumplido ya los diez y ocho años y estudiaba la carrera de ingeniero de caminos.
--En verdad le digo a usted que en esta casa todo tiene un marcado sabor árabe o por lo menos muzárabe--siguió el llamado Sixto Moro gravemente, sin querer advertir las miradas pulverizantes de Albornoz, ni la risa de los otros compañeros--. Pero aunque marroquíes, somos de humor benigno, y cuando se presenta un forastero, le recibimos con zalemas y no queremos que nos juzgue absolutamente desprovistos de cortesía. El amigo Pasarón es un suevo de la provincia de Orense, por consiguiente el único bárbaro que existe en esta casa. Hasta ahora no es peligroso, sin embargo; pero llegará un día, lo estoy temiendo, en que su cabeza, demasiado cargada de ciencia, estallará como una bomba y destrozará a cuantos nos hallemos cerca.
A pesar de que todos le mirábamos sonrientes, incluso Doña Encarnación que en pie y cerca de la puerta vigilaba el servicio de la mesa, el llamado Pasarón no levantaba la cabeza y parecía más y más absorto en la lectura.
--Di tú, amigo Moro, ¿qué significa esa palabra de _muzárabe_ que acabas de soltar?--preguntó uno de los Mezquita.
--Hombre, parece increíble que habiendo nacido en la tierra de los Abderrahmanes no sepas que se designaban así los cristianos que vivían antiguamente entre los árabes y mezclados con ellos. Córdoba estaba llena de esta clase de cristianos.
--¿Y esos muzárabes vivían con los mismos árabes, o en barrios separados?
--¡Ah! eso no me preguntes, no conozco detalles.
El joven que leía y comía a un tiempo mismo, alzó la cabeza haciéndose cargo de la pregunta. Parecía que sus oídos no recogían otros ruidos que aquellos donde viniese mezclada alguna partícula científica.
--Eso dependía de la condición más o menos blanda de los emires, alcaides y valíes que los gobernaban. En general los cristianos muzárabes no sufrían tantas vejaciones como parece desprenderse de los quejidos y lamentos elegíacos que deja escapar el Rey Sabio en la parte de su crónica llamada _Llanto de España_. Se les dejaba el libre ejercicio de su religión y de sus ritos, se les permitía gobernarse por leyes y jueces propios y conservar sus tierras pagando el tributo estipulado. Particularmente en tiempos del primer Abderrahmán, vivieron admirablemente respetados. Había, en su tiempo, en Córdoba, un magistrado encargado de proteger a los cristianos; los sacerdotes se presentaban en público con su ropa talar y afeitados; los monjes vivían tranquilos en sus claustros y las vírgenes consagradas a Dios, respetadas en sus aulas. En la ciudad misma había tres iglesias y tres monasterios; en la falda de la sierra próximos a ella, se alzaban ocho conventos y algunas iglesias. Sonaban las campanas de éstas y el pueblo cristiano acudía a los oficios divinos sin que nadie osara molestarle. Después... después vino la persecución en los últimos tiempos de Abderrahmán segundo y de Mohamed primero.
Rápidamente, pero con admirable claridad, el joven Pasarón nos dió cuenta de aquellas persecuciones, en las cuales no toda la culpa debía achacarse a los árabes, sino a los cristianos, que no pocas veces, con su intolerancia, las habían provocado.
Cuando terminó su excursión histórica, convirtió de nuevo sus ojos al libro mientras los de los primos Mezquita, Albornoz, y aun los de Doña Encarnación, se volvieron hacia mí risueños y triunfantes. Querían, sin duda, que yo participase del asombro que aquel joven les inspiraba.
En efecto; la palabra de Pasarón era un poco precipitada, acaso por la misma exuberancia de conocimientos, pero hablaba con singular corrección y mostraba, desde luego, ser un hombre de inteligencia privilegiada.
Sixto Moro sonreía irónicamente. Uno de los Mezquita, para hacer valer aun más aquel fenómeno a mis ojos, quiso tirarle de la lengua.
Al parecer, los árabes en aquella época no eran tan rudos como ahora. Por lo menos un médico de ellos, llamado Avicena, ha pasado a la Historia.
--¡Rudos!--exclamó Pasarón levantando vivamente la cabeza.
Y acto continuo hizo un panegírico brillante de la civilización arábiga en tiempo del Califato, la ostentación y magnificencia de la Corte con sus palacios suntuosos sus bazares, sus baños y acueductos, los certámenes poéticos a que eran tan inclinados. Después nos dió noticias curiosas e interesantes de aquel médico Avicena que no se llamaba así realmente, sino Ibn Sina; su precocidad extraordinaria, pues a los diecisiete años era ya un maestro en las ciencias; su vida agitada en medio de las revoluciones políticas que sin cesar se sucedían en los diversos principados donde residió; su actividad prodigiosa. Habiendo vivido sólo cincuenta y siete años y ejercido los más elevados cargos políticos, tuvo tiempo a escribir varias obras gigantescas; más de cien libros, donde se trata de todas las ciencias cultivadas en su tiempo. Avicena fué uno de los genios más extraordinarios y uno de los escritores más fecundos que jamás han existido.
Cuando terminó su perorata, otra vez volvió a su libro y a sus bocados aquel joven que realmente me parecía iba en camino de ser un nuevo Avicena. Los comensales y Doña Encarnación, volvieron también a mirarme escrutando el efecto que en mí había causado.
Sixto Moro seguía comiendo sin levantar la cabeza, y en sus labios se dibujaba la misma sonrisa irónica, esta vez un poco más acentuada. Reinó el silencio durante algunos momentos, como si todos estuviéramos bajo el peso de tanta sabiduría. De pronto, Moro, sin alzar la vista y con grave y lenta palabra, dijo:
--Verdaderamente sabio, yo no he conocido otro mayor que un cerdo que mi padre tenía hace años.
Todos le miramos estupefactos y sonrientes.
--Erudito no lo era. Confieso que no era erudito--siguió con la misma solemnidad--; pero no me cabe duda de que era un sabio maravilloso. Durante su vida que fué mucho más corta que la de Avicena, dió pruebas irrecusables de su saber. Sólo voy a daros cuenta de una. Este cerdo sentía una verdadera pasión por la harina mezclada con agua caliente; era para él una golosina. No se le daba más que dos veces por semana porque, como sabéis, la harina cuesta cara. Ordinariamente se le alimentaba con berzas y nabos y los desperdicios de la cocina, los cuales se les servían en una gran caldera ennegrecida por el uso y el fuego. Cuando le daban harina se le servía en otra más pequeña de color amarillo. Pues bien; cuando le llevaban las berzas y los desperdicios se estaba en su cubil acostado, no hacía más que levantar la cabeza y gruñir con ligera satisfacción. Pero así que divisaba la pequeña caldera amarilla, se ponía en pie lleno de alborozo y comenzaba a gruñir, con tal alegría, que era un verdadero escándalo. ¡Qué admirable penetración!, ¿verdad? Como yo fuí siempre inclinado a gastar bromas con toda clase de animales, se me ocurrió un día darle una. En ausencia de mi madre tomo la calderita amarilla, la lleno con los desperdicios y se la llevo. El cerdo empieza a brincar de gozo y a lanzar los gruñidos más armoniosos de su repertorio; pero en cuanto se cerciora del engaño (y le bastó poco tiempo para ello), aquellos gruñidos melodiosos se trocaron en los más ásperos y bárbaros que os podéis imaginar, y no sólo eso, sino que rugiendo de cólera se lanzó sobre mí. Os digo que si no huyo pronto, no lo hubiera pasado bien. Desde entonces se declaró mi enemigo mortal. En cuanto me divisaba se ponía a gruñir ferozmente para darme a entender que no olvidaba la bromita. Era una inteligencia soberana, y su dignidad igual a su inteligencia.
Todos reíamos mirando a Pasarón; pero éste se hallaba enfrascado en la lectura sin querer oír o sin oír efectivamente; porque aquel joven no quería prestar atención más que a lo que fuese materia de estudio.
Por eso, cuando uno de los estudiantes de Medicina apuntó la idea de que los árabes eran más cultos que nosotros los cristianos en aquella época, y Moro la corroboró diciendo, en su peculiar forma expeditiva, que los españoles de la Edad Media no éramos más que un hato de ignorantes, Pasarón se lanzó de nuevo a la palestra defendiendo a la ciencia española. Entablóse sobre esto una viva disputa. Inmediatamente se echó de ver la gran superioridad de aquél. Era un torrente de noticias y datos eruditos. Citó tantas obras y nombres, que realmente parecía que los tenía ya en la punta de la lengua. Moro, en cambio, mucho más escaso de ciencia, se defendía con ingenio y salidas tan oportunas, que desconcertaban no pocas veces a su adversario.
Era un espectáculo verdaderamente interesante la discusión de aquellos dos jóvenes, y yo la presenciaba con la boca abierta, pues confieso que jamás había conocido hombres de tanto talento. La palabra de Pasarón era precisa, correcta, fría y un poco monótona. En cambio, la de Moro, vibrante y apasionada, tenía tantos matices, que me llenaba de admiración. Sin embargo, su afición a las paradojas me pareció excesiva, y aunque las explicaba con singular donosura, no me convencían.
Pasarón citaba una regla gramatical.
--¡No hay Gramática!--replicaba Moro con graciosa resolución.
--¿Cómo que no hay Gramática?--exclamaba Pasarón en el colmo del estupor.
--No; la Gramática la han inventado los maestros de escuela para darse el gusto de azotar a los niños y vivir a expensas de los padres.
--Esa es una de tantas paradojas como te complaces en verter, y que tú mismo no tomas en serio.
--Al contrario, la tomo muy en serio, y sostengo que la Gramática no sirve absolutamente para nada.
--La Gramática señala el apogeo de todas las lenguas, porque significa que los hombres se dan clara cuenta de sus medios de expresión. Es el idioma adquiriendo conciencia de sí mismo.
--Tal conciencia es innecesaria, como lo es la del poeta respecto a la estética. Tú mismo nos has dicho hace unos días que los arios del Asia Central habían construído el sánscrito, la lengua más hermosa que ha tenido la Humanidad hasta ahora. Y, sin embargo, esos arios eran unos rudos pastores.
--Naturalmente, la obra de formación de un idioma es inconsciente; pero, una vez adquirido, nos toca guardarlo con esmero y venerarlo como un don de la divinidad.
--El pueblo que lo ha formado puede deshacerlo y construír otro si se le antoja.
--Si se le antoja no. Los procesos históricos no son obra del capricho; obedecen a leyes providenciales.
--¡Niego las leyes providenciales!
Y acto continuo pronunció con calor unos párrafos de filosofía revolucionaria, que estaba entonces a la moda. Las ideas eran huecas y aparatosas más que sólidas; pero Moro las manejaba tan brillantemente y en períodos tan perfectos, que quedé altamente sorprendido de su facundia.
Uno de los Mezquita, advirtiendo mi sorpresa, me guiñó un ojo diciendo:
--El amigo Moro es un gran orador. Allá en la Academia de Jurisprudencia no hay quien le ponga el pie delante.
Moro se encogió de hombros con un gesto de desdén. Y, descontento de sí mismo, profirió bajando el tono:
--No me seduce eso mucho. La oratoria es el arte de decir vulgaridades con corrección y propiedad.
--Pero Mirabeau ha sido un gran orador. Tú eres un apasionado de él.
--¡Mirabeau! ¡Mirabeau!... En los instantes dramáticos porque atraviesan algunas veces las naciones, un hombre de gran palabra y de gran corazón, como Demóstenes o Mirabeau, son necesarios, porque pueden hacer variar el curso de los acontecimientos. Sobre la cátedra sagrada, hablándonos del cielo, o delante de un tribunal, defendiendo la cabeza de un inocente también. Pero, ¿qué significa un orador empleando imágenes poéticas y discutiendo con metáforas la reforma arancelaria? La oratoria en la actualidad no es otra cosa que una coquetería, una _clase de adorno_, como dicen en los colegios; ha pasado a la categoría de los polvos de arroz.
La discusión científica se fué trocando en plática jocosa. Moro concluyó embromando a su amigo Pasarón y haciéndonos reír a todos.
--Pasarón, el día en que te mueras, el Purgatorio habrá hecho una gran adquisición. Espero verte allá explicando un curso de filología comparada a las ánimas benditas.
--¿Cómo sabes que ha de ir al Purgatorio? ¿No puede ir al Cielo derechamente?--apuntó uno de los Mezquita.
--No lo creo. Pasarón admira a Lucrecio y a Cátulo y dice pestes del latín de los Santos Padres. Así es que se ha hecho muchos y poderosos enemigos en la Corte Celestial.
--¿Y al infierno?
--Eso menos. A Dios no le conviene que los demonios se instruyan demasiado.
Pasarón sonreía dulcemente sin replicar. Su espíritu, exclusivamente científico, era refractario al humorismo. Yo estaba verdaderamente maravillado del ingenio y la instrucción de aquellos dos jóvenes. Los comparaba con los más conspicuos que había conocido en la capital de mi provincia, hasta con los catedráticos que allí gozaban de mayor reputación, y me parecían todos unos pigmeos al lado de éstos. Creí haber entrado en un mundo mucho más alto y espiritual y comenzar a vivir en medio de una raza superior.
II
Breve Noticia De Mis CompañEros De Hospedaje
Como puede concebirse, me hallaba en un error. Los estudiantes con que luego tropecé en la Universidad, eran, en general, tan vulgares y aun más que los jóvenes de mi tierra. Pasarón y Moro constituían una brillante excepción.
El primero gozaba de una fama inmensa, no sólo en la Facultad de Letras, sino en todas las demás. Era el primer estudiante de la Universidad Central, y se decía que jamás había habido en ella un fenómeno de erudición semejante. Algunos le comparaban al célebre Pico de la Mirandola, aquel joven portentoso del siglo XV que en novecientas tesis por él sostenidas brillantemente agotó todas las cosas cognoscibles _de omni re scibili_. Y con esto ninguna pedantería. Pasarón exhibía su ciencia sin arrogancia, con perfecta naturalidad, como si abriese cualquier libro bien repleto de doctrina. Pertenecía a una familia bien acomodada de Galicia, y estudiaba a la sazón el doctorado de Letras, con ánimo sin duda de hacerse catedrático.
La reputación de Moro era mucho menor. No transcendía de la Facultad de Derecho. Se le consideraba aquí como un joven inteligente, aunque poco estudioso, y se le concedía mucha facilidad de palabra. Su carácter, bastante desigual, y sus frases incisivas, no le hacían simpático. Pasarón no tenía enemigo alguno; pero Moro contaba muchos. En la misma casa donde nos alojábamos, observé pronto que aquél era admirado y venerado como un portento; mientras que a éste se le regateaban los méritos. Hablando con toda franqueza, yo pienso que lo mismo los primos Mezquita que Albornoz le odiaban secretamente. Aunque le mostrasen consideración, se advertía que era por terror. La misma Doña Encarnación hablaba de él con un poco de desdén y reía de buen grado cuando alguno de los huéspedes se burlaba de sus famosas melenas.
En el leve desdén de nuestra huéspeda entraba por mucho, sin duda, el origen humilde de Moro; porque las mujeres hacen siempre gran caso de tal extremo. Moro era hijo de un pobre zapatero de Alcalá de Henares. Tenía dos tíos ebanistas en la misma población, los cuales habían adquirido cierto desahogo con su oficio y poseían allí el mejor almacén de muebles. Estos dos tíos, solteros, entusiasmados con la precocidad de Sixto, pues en la escuela, cuando contaba sólo ocho o diez años, ya pronunciaba discursos y causaba admiración por la facilidad de su ingenio, se encargaron de subvenir a su educación. Primero le enviaron a un colegio muy barato que existía en el Mediodía de Francia. Allí permaneció tres años, y aprendió el francés y a vivir sin comer. Según nos aseguraba, había padecido tanta hambre, que nunca más en su vida pudo quedar saciado. Se hizo luego bachiller, y emprendió en Madrid la carrera de Jurisprudencia, que estaba terminando con singular aprovechamiento. Sus tíos habían depositado en él tales esperanzas, que al mismo Sixto hacían reír.
En cuanto a los primos Mezquita, eran dos seres insignificantes; tímidos y tolerantes para todo el mundo menos para ellos mismos. Es decir, que aceptaban cuanto se les decía y no entablaban jamás disputa con nadie; pero entre sí eran dos fieros contendientes. Uno de ellos se llamaba Bruno; el otro, Manuel. Apenas Bruno sentaba cualquier proposición, ya fuese del orden físico o del espiritual, Manuel se erguía desdeñoso y comenzaba a rebatirla punto por punto. Igualmente cuando Manuel se aventuraba a hacer la más inocente y sencilla afirmación, Bruno saltaba encima de ella como un tigre, y la desgarraba, y la trituraba entre sus dientes. Las disputas que comenzaban en la mesa se proseguían en su cuarto, pues los dos ocupaban uno mismo, y allí se eternizaban.
Pepito Albornoz era un muchacho inteligente y aun pudiera añadirse ingenioso. De vez en cuando tenía ocurrencias felices; pero era tan excesivo y vidrioso su amor propio, que paralizaba su ingenio y le hacía aparecer a menudo como un tonto. Cualquier palabra irónica le desconcertaba, le dejaba incapaz de responder. Fácil es colegir que Moro, al tanto de esta flaqueza, no le escaseaba las burlas y le tenía martirizado y frito.
Se le ocurría al pobre chico cualquier observación graciosa respecto a lo que Moro estaba hablando. Este levantaba la cabeza sorprendido:
--Parece que los pájaros tiran a las escopetas. Ten la bondad de repetir ese chiste, Pepito, para que Doña Encarnación lo envíe a tus papás con las notas de clase.
--Sin embargo, Moro, debes convenir en que la salida de Albornoz ha sido oportuna--apuntó uno de los Mezquita.
--Sí; confieso que en medio de su dulce charla infantil tiene alguna vez ocurrencias felices. Pero no hay que celebrárselas demasiado. Todos los pedagogos están conformes en aconsejar que no se excite el amor propio de aquellos seres que tienen necesidad más tarde de luchar con las agresiones de la sociedad. El de Pepito, ya sabéis que está harto excitado.
Con esto Albornoz se ruborizó fuertemente. Nosotros le miramos y se ruborizó todavía más.
Quedé, pues, instalado en aquella casa muy a mi gusto. Obtuve de los huéspedes tan favorable acogida que, a pesar de mi corta edad, que logré ocultar algún tiempo, pronto me tuteé con todos ellos. La superioridad intelectual de Pasarón y de Moro me causaba admiración.
Estimulado por ella creció el fuego de la sabiduría que me devoraba. Estaba resuelto a instruírme y a libar toda la miel científica que la Universidad Central destilaba en aquella época.
Pero con gran sorpresa mía esta miel se hallaba siempre en vías de fabricación en las cátedras, sin que jamás nos la sirviesen aderezada y apta para nuestra alimentación. Quiero decir, que en todas las clases de la Universidad, lo mismo en la Facultad de Ciencias que en la de Letras o la de Derecho, los profesores en aquella época, que siguió a nuestra gran Revolución, no explicaban la asignatura que les estaba encomendada, sino la _introducción_ a esta asignatura. De tal modo, que pasábamos todos los meses del curso en el zaguán de la ciencia haciendo sonar la campanilla sin lograr jamás franquear la puerta.
Ignoro a qué obedecía esta conducta. Tal vez juzgasen nuestros profesores que convenía tenernos en el portal, temerosos de que la escalera nos hiciese daño.
Yo me creía con pecho bastante fuerte para subirla. Compré libros y leí por ellos con ahinco. Y no sólo en casa, sino en la Biblioteca Nacional, pasaba largas horas entregado con furor al estudio. Pasarón me ayudó muchísimo a orientarme en mis trabajos. Porque este joven maravilloso no sólo había profundizado en la Historia, en la Literatura y en la Filosofía, sino que tenía, asimismo, conocimientos muy vastos en las Ciencias Físicas y Naturales. Particularmente era asombrosa su erudición bibliográfica. Cuando yo necesitaba conocer con alguna mayor extensión cualquier materia, él me señalaba al instante el libro en que la hallaría expuesta con mayor lucidez.
No obstante, al cabo quise entender que su ayuda era más externa que espiritual. Me señalaba los libros, me hablaba de los autores con una riqueza de datos sorprendentes, hacía algunas observaciones críticas de importancia; pero no entraba de lleno en el fondo de los asuntos ni procuraba esclarecerlos. Si he de confesar la verdad, me parecía que le interesaban de un modo secundario.
La filosofía de la Naturaleza, los grandes sistemas metafísicos, la investigación atrevida de las causas esenciales, las ideas que agitaban constantemente mi espíritu y lo tenían anhelante, observé que no le preocupaban. Cuando yo trataba de lanzar nuestra conversación a las alturas y estudiar los hechos capitales de la existencia y decidir de la mayor o menor veracidad de las ideas, en vez de apoyarme o contradecirme solía decir: «--Esa idea que acabas de emitir es _hegeliana_, o ese concepto de la fuerza _cartesiano_, o esa opinión se acerca mucho al _conceptualismo_ de Abelardo.» Pero investigar si lo que yo afirmaba era o no cierto, jamás.
Repugnaba la discusión como no fuese sobre la mayor o menor autenticidad de un dato o de una fecha. En fin, era evidente que le interesaba mucho más la historia de la ciencia que la ciencia misma.
Por eso un día a la hora del almuerzo, que era la de las grandes controversias, Sixto Moro le dijo:
--Pasarón, te pareces a cierto joven que ofreció a sus amigos presentarles en el palacio de un marqués donde se celebraban brillantes bailes y reuniones. Sus amigos creyendo de buena fe que era amigo del marqués y frecuentaba su casa, se pusieron el frac y fueron con él al baile. Suben la escalera, entregan los abrigos a los criados, penetran en el salón y nuestro joven se dirige al dueño de la casa que se hallaba en medio de él, le hace una profunda reverencia y le dice: «--Marqués, tengo el honor de presentar a usted a mi amigo Fulano, capitán de artillería; a mi amigo Zutano, ingeniero de montes, etcétera.» El marqués le mira con asombro, y al fin exclama indignado: «--Está bien, ¿y a usted quién le presenta?» «--A mí, nadie--responde tranquilamente--, yo me retiro.» Y girando sobre los talones, se va del salón. Tú haces lo mismo, nos presentas filósofos y literatos, nos explicas con toda perfección sus opiniones y cuando al cabo preguntamos por las tuyas, te decimos como el marqués: «--¿Y usted quién es?»--«Yo no soy nadie, yo me retiro»--nos contestas.
Era exacto. Sin embargo, no se podía negar a Pasarón una grande y lúcida inteligencia. Su crítica era casi siempre acertada, vigorosa, poseía una rara penetración para aquilatar los méritos de cada escritor, no había cuidado que se dejase engañar por armadijos ni oropeles. Mas ya fuese porque el exceso de conocimientos sofocasen en él toda iniciativa intelectual, o porque su desaforada curiosidad y afición a la Historia le impidiese entrar en sí mismo, es lo cierto que no podíamos averiguar qué ideas germinaban en su mente acerca de los grandes problemas de la filosofía ni las secretas inclinaciones de su espíritu.
¡Cuán distinto era Moro! Para éste no existía la Historia sino la actualidad. Sobre cada asunto que se ofrecía en nuestras pláticas formaba inmediatamente su opinión que expresaba siempre de un modo resuelto, inapelable. La mayor parte de las veces, estas opiniones se apartaban cien leguas de las de los demás; pero esto era cabalmente lo que él ambicionaba. Su satisfacción era ostensible cuando después de emitir una de ellas veía el asombro pintado en nuestros ojos.
Moro vivía en perpetuo estado de rebelión contra todos los principios que pasan por inconcusos en nuestra sociedad. Era lo que hoy han dado en llamar ciertos filósofos un no-conformista. En cuanto se ofrecía ocasión de atacarlos, cerraba furiosamente contra ellos o escaramuzaba ligeramente en torno suyo.
Su ingenio sutil y la afluencia de que estaba dotado le servían admirablemente para apoyar las verdades cuando casualmente tropezaba con ellas; pero desgraciadamente también le ayudaban a sostener los errores cuando alguno de sus frecuentes caprichos le arrastraba a ponerse de su lado. En estos casos se convertía en un famoso prestidigitador de las ideas, hacía juegos malabares con ellas, y si no nos convencía por lo menos nos deslumbraba.
En fin, era un retórico que apuntaba al efecto antes que a la verdad, y que no temía despeñarse en un abismo de paradojas y de absurdos si esto le proporcionaba el gusto de mostrar la flexibilidad de su talento y de inquietar a sus oyentes. Por esto su conversación, siempre brillante, concluía algunas veces por hacerse fatigosa.
III
La Casa De MI Mentor
El general Don Luis de los Reyes fué la persona designada por mi padre para servirme de mentor en Madrid durante la carrera. En consecuencia, me presenté al día siguiente de mi llegada, por la tarde, en su casa.
Ocupaba el General el piso primero de una de las mejores casas del barrio de Salamanca. Me abrió la puerta un criado con librea, quien, al enterarse de mi deseo de ver al General, llamó a otro. Apareció un hombre que, a juzgar por su traje, no era un criado ni tampoco un caballero. Después supe que se llamaba Longinos y era un antiguo asistente del General a quien había hecho su hombre de confianza, una especie de intendente o mayordomo. Al escuchar mi nombre sonrió con benevolencia y no vaciló en llevarme a la presencia de su amo.
Se hallaba éste en su despacho escribiendo, y cuando me anunciaron se alzó precipitadamente del sillón, vino a mi encuentro y me abrazó tan efusivamente, que no pude menos de sentirme profundamente halagado.
--¡Ea, ya tenemos aquí al estudiante! Un buen estudiante, ¿verdad? Si semejas a tu padre por dentro como te pareces por fuera, seremos excelentísimos amigos.
Me recibió con una cordialidad verdaderamente conmovedora. Se enteró minuciosamente de la salud de los míos, y de todo lo que ocurría en mi casa, me dió infinitos consejos y un cigarro habano que se empeñó que fumase en su presencia.
Era Don Luis, lo que se llama en términos vulgares, un real mozo. Alto, corpulento con tendencias a la obesidad, la tez sonrosada, los ojos vivos, la dentadura perfecta, y sólo tal cual hebra de plata entre su barba, que gastaba cerrada y corta. Aunque tenía cuarenta y seis años cumplidos nadie le echaría más de los cuarenta. Se ofreció desde luego a mis ojos como un hombre alegre, cordial, impetuoso, un poco ligero, representando el tipo perfecto del temperamento sanguíneo, tal como acababa de estudiarlo en las nociones de fisiología que cursamos en el último año del bachillerato.
Había sido uno de los caudillos afortunados de la revolución de Septiembre. Durante algunos años fué un temible conspirador, amigo íntimo del general Prim y de los demás militares que aspiraban a derrocar el régimen imperante, hombre valeroso y estimado de sus compañeros. Hizo la campaña de Africa donde se señaló mucho, y cuando no había cumplido aún los treinta y cinco años, alcanzó el empleo de coronel. En aquella época se hizo sospechoso al Gobierno, se le quitó el mando del regimiento y se le envió desterrado a mi pueblo natal. Allí permaneció más de un año, y en este tiempo trabó amistad estrechísima con mi padre.
El lazo de unión entre estos dos hombres de profesiones tan diferentes fué la pesca. Cañas, redes, anzuelos, impermeables, botas de agua; yo no veía otra cosa en mi niñez atestando los rincones de mi casa. Poseía mi padre una pequeña lancha con la cual se lanzaba a la mar la mayoría de las veces solo. Esto era causa de zozobras sin cuento para mi pobre madre. Nadie sabía mejor que él guisar una caldereta a la orilla misma del mar con el pescado que acababa de extraer del agua. Era peritísimo para adivinar y predecir las mudanzas del tiempo. Cuando nuestros amigos y vecinos proyectaban cualquier excursión campestre se le venía a consultar, y si él no daba su beneplácito nadie se movía de casa.
El coronel Reyes tenía más afición que práctica en este noble ejercicio. Su afición era verdaderamente loca y superaba aún a la de mi padre. Sin embargo, éste le inició durante aquel año en todos los secretos del arte. No se apartaban sino para dormir, porque aun en las horas que mi padre destinaba al despacho de sus negocios, el Coronel solía estar presente en el escritorio ocupándose ordinariamente en arreglar los aparejos. Su amistad se estrechó tanto, que llegaron a tutearse como si se hubiesen tratado desde la infancia. No tenían secretos el uno para el otro, y cuando un día, burlando la vigilancia de las autoridades, desapareció el Coronel del pueblo, fué mi padre quien le facilitó los medios y quien le sirvió de intermediario para obtener noticias de su hija, que había dejado en Madrid. El coronel era viudo y tenía una niña de poca menos edad que yo, cuyo retrato llevaba siempre en la cartera. Mi madre se deshacía en elogios de la belleza de aquella criatura de tres o cuatro años. Imposibilitado de tenerla consigo a causa de su vida azarosa, la había colocado en casa de una prima suya y más tarde en un colegio dirigido por religiosas; pero su pensamiento estaba siempre con ella, porque era hombre afectuosísimo.
Digo, pues, que un día desapareció de nuestro pueblo, y desde entonces corrió todas las aventuras peligrosas de los conspiradores de aquella época. Se batió el 22 de Junio en las barricadas en Madrid y siguió a Prim en su odisea por los campos de Castilla hasta entrar en Portugal. Mi padre conocía por menudo sus azarosos pasos, y me narraba de sobremesa, con emoción, algunos de ellos.
Al cabo dió con sus huesos en París, donde permaneció los dos años que precedieron al triunfo de la revolución. Allí conoció a una joven viuda, brasileña, de gran fortuna, y se casó con ella. Harto lo necesitaba. El Coronel era uno de los hombre más pródigos que pudieran verse. Mi padre no le reconocía otro defecto. Había disipado el corto caudal de su primera esposa que poseía más timbres de nobleza que hacienda, y sería bien capaz de disipar el de ésta si le dieran tiempo y ocasión para ello. De sus trampas y penurias se disculpaba achacándolo a la política; pero mi padre sabía perfectamente que sólo debían achacarse a su inveterada prodigalidad y no poco le tiene sermoneado para corregirle.
Por fin llegó la hora del triunfo. Reyes desembarcó en Cádiz con los militares revolucionarios, se batió en Alcolea y entró victorioso con ellos en Madrid. Fué nombrado inmediatamente general de división o mariscal de campo, como entonces se decía, saltando sobre el empleo de brigadier. Erale debido, pues llevaba diez años de coronel y había expuesto repetidas veces su vida en aras de la causa revolucionaria. Un año después fué ascendido a teniente general. A la sazón ocupaba un alto puesto en el Ministerio de la Guerra.
--Bueno, ahora que ya me conoces (porque reconocerme, aunque digas lo contrario, es imposible), ahora que sabes que estoy dispuesto a no perdonarte la más mínima infracción de tus deberes (salvo las escapadas que harás sin que yo me entere), es necesario que conozcas a mi familia y que te posesiones de esta casa que es, desde hoy, la tuya.
Salimos del despacho, atravesamos un pasillo profusamente iluminado, y penetramos en una estancia muchísimo más iluminada aún.
Era un gabinete cuadrado de regulares dimensiones, decorado con un lujo al cual no estaba yo acostumbrado. Las cortinas de raso encarnado sostenidas por galerías doradas; la sillería dorada también y forrada de la misma tela; del techo pendía una artística araña de cristal y en uno de los rincones un gran quinqué sostenido por tallada columna de bronce esparcía también velada claridad. Sobre la chimenea de mármol rojizo había una magnífica escultura de mármol blanco, y sobre dos mesitas chinescas, algunos juguetes de porcelana. Los pies se hundían en la alfombra; una emanación de suavidad extraordinaria llenaba el aire con su perfume. Al través de una puerta se divisaban otros dos salones; el uno azul, el otro gris, iluminados igualmente con preciosas lámparas.
Todo aquel lujo me produjo un gran deslumbramiento. Allá en nuestra ciudad, mi familia vivía con holgura pero con gran sencillez, y jamás había estado en casa alguna que se le pareciese.
Una linda joven saltó de la silla donde se hallaba hojeando un libro, y se colgó del cuello del General dándole dos apasionados besos.
--Aquí os presento a Angelito, cuyo nombre en alas de la fama ha llegado ya a vuestros oídos. Un estudiante modelo, casi un hombre eminente que llegará a serlo por completo si, como espero, cierra los ojos y tapa sus oídos a los encantos de la capital--dijo Reyes mirando al mismo tiempo hacia un rincón del gabinete.
En aquel rincón descansaba sobre una butaquita roja como el resto del mobiliario, otra joven de deslumbrante hermosura.
La primera me alargó risueña su mano, que yo estreché tímidamente. Era una mano de niña, suave y regordeta. En efecto, aquella joven no era más que una niña raramente desarrollada. Por su estatura y corpulencia, semejaba una mujer, pero su rostro tenía la frescura y la inocencia de la infancia. Sus ojos negros y vivos, guardaban gran semejanza con los del General; la tez finísima, sonrosada, brillante; la boca deliciosa, los cabellos negros y ondulados cayendo graciosamente sobre la frente, una frente estrecha y tersa de estatua griega.
--Mi hija Natalia--dijo Reyes besando aquella frente--. Y aquí tienes a la señora de la casa--añadió señalando a la joven que se había levantado de la butaca y venía hacia nosotros.
Esta me estrechó la mano también, y el General exclamó riendo:
--Estréchala con respeto que es la de un sabio.
La bromita del General me iba pareciendo un poco pesada.
Una sonrisa divina se esparció por el rostro de aquella mujer que más parecía una diosa. Era alta, esbelta, admirablemente torneada; pero nada puede dar idea de su rostro amasado con rosas y leche, donde se unían el amor y la gracia, la dulzura y la altivez. Sus ojos garzos tallados en almendra brillaban debajo de sus cabellos rubios con luz tibia y voluptuosa y su boca sonreía como una rosa que se abre dejando ver dos filas de perlas. Aquella cabeza encantadora estaba sostenida por un cuello de alabastro que se unía a su espalda con una curva de indecible elegancia, y su seno se alzaba fiero y majestuoso bajo la tela sutil de su bata azul.
--Si no es un sabio todavía, lo será, ciertamente, con el tiempo.
--Y si intenta desviarse del camino recto, le pondremos orejeras como a los caballos de tiro para que mire siempre hacia adelante.
--No haga usted caso de este rudo soldadote que no piensa más que en tirar la Ordenanza a la cabeza a todo el mundo. Usted seguirá siendo el estudiante modelo de que hace tiempo teníamos noticia sin necesidad de que nadie le señale el camino.
--¡Usted! ¡usted!... ¿Qué significa ese usted? Angelito viene confiado a nosotros, y tú eres desde hoy en Madrid, su única madre.
¿Quién dejará de imaginarse el grato cosquilleo que sintió mi pecho al encontrarme con tan gentil mamá? Su voz entró en mis oídos como una música suave. Mis ojos debieron expresar tanta admiración, que su tez delicada se tiñó de carmín.
--Bien, pues desde ahora no dudes que aquí estás en tu casa y que todos tendremos un placer en que nos trates y consideres como tu familia.
Hablaba mi buena mamá bastante bien el español, aunque que con cierto dejo portugués, alargando un poco los labios, lo cual hacía su discurso suave y mimoso.
--Ven a tomar una copita de Jerez--me dijo entonces Natalia tuteándome ya también con la mayor franqueza.
Y cogiéndome de la mano me arrastró fuera del gabinete.
--¡Eso es! Has tenido una idea feliz--exclamó el General--. Dale un buen latigazo de Jerez y di a Juan que ponga un cubierto más en la mesa porque este buen mozo se queda hoy a comer con nosotros.
Natalia me llevó al través de los dos salones, azul y gris, hasta otra gran pieza donde dos magníficos aparadores de roble tallado se hallaban adosados a la pared cubierta de tapices que representaban escenas campestres. En el medio, debajo de una lámpara donde el gas brillaba amortiguado por la pantalla verde, estaba ya la mesa puesta. Un centro de plata adornado de flores perfumaba la estancia. Natalia se dirigió al criado que, con corbata y guantes blancos, estaba allí esperando.
--Sirve una copa de Jerez a este señor.
¿Por qué a esta niña encantadora se le ocurrió tan repentinamente darme una copa de Jerez? He aquí un problema que no se presentó entonces a mi espíritu. La bebí como si fuese algo que estuviese en el orden de la creación, y di las gracias.
Volvimos al gabinete, nos sentamos todos, y el General tornó a hacerme preguntas acerca de mi familia y de los conocidos que había dejado en el pueblo. Inútil me parece decir que sintiéndome escuchado por tan gentil auditorio, procuré dar a mis discursos la forma más ingeniosa y amena de que era capaz mi cerebro.
El General me hizo narrar las impresiones de viaje. No pude menos de confesar que algunas distaron de ser agradables. En cierta estación subió a nuestro coche un caballero que se condujo conmigo del modo más grosero que cualquiera puede imaginarse. Sacó violentamente mi maleta de la rejilla y me la arrojó sobre las rodillas. Decía que tenía derecho a un sitio para la suya. ¿Por qué no sacó la de cualquiera otro viajero? Porque yo era un muchacho y no podía hacerle frente. ¿No les parece una cobardía? Después se echó a roncar y puso los pies sobre mí con unas botazas sucias que daban asco.
--¿Por qué no le rompiste la cabeza a ese indecente?--exclamó Natalia con una impetuosidad que nos hizo sonreír--. ¡Sí! ¿Por qué no le dejaste caer una maleta sobre la cara cuando estaba durmiendo?
El General soltó una carcajada.
--¡Niña, eso es ya demasiado fuerte! ¿No comprendes que una maleta por poco que pesase le dejaría chato para toda la vida?
--¡Qué lástima! Yo le hubiera dejado sin narices.
El General, sin dejar de reír, acarició el rostro de su hija, diciendo:
--Sosiégate, hija mía. Eres una polvorilla que se inflama con la más leve chispa.
--Tiene a quien parecerse--apuntó Guadalupe sonriendo.
--¡Verdad!--replicó el General acariciando también la mano de su esposa--. ¡Cuánto daría por ser dueño de mí siempre como lo eres tú! Se vive más tranquilo, y, sobre todo, se deja vivir tranquilos a los otros, lo cual es más importante.
--¡Qué sé yo!--exclamó Natalia haciendo un gesto de desdén--. Por lo menos a nosotros dos no se nos podrá tachar de hipócritas.
--¿Se me tacha a mí?--preguntó Guadalupe dirigiéndole una mirada de reconvención cariñosa.
--Nadie podrá siquiera imaginarlo--se apresuró a decir el General respondiendo por su hija--. La tranquilidad del alma no excluye la lealtad. Sabes guardar tus sentimientos y haces bien, porque siendo puros los verías muchas veces profanados.
Al pronunciar estas palabras, el General clavó en su esposa una mirada de intenso cariño que la obligó a ruborizarse.
Mi impresión en aquel momento fué que el General amaba entrañablemente a su hija; pero estaba loco por su mujer. Ni lo uno ni lo otro me sorprendía, porque yo estaba a dos dedos de participar de aquellos sentimientos. Natalia, con sus ojos límpidos, con la movilidad graciosa de su rostro, con sus ademanes impetuosos e infantiles, provocaba la ternura que se siente por los niños; pero Guadalupe infundía, por su belleza escultórica, por la serenidad altanera de su frente, por la sonrisa divina que se esparcía por su rostro, la admiración más profunda.
Esta mujer extraordinaria, que podía contar a la sazón treinta años, había sido casada en Río Janeiro muy niña con un rico comerciante, que al morir le legó toda su fortuna. Rica y libre, se vino con su madre a Europa, y se estableció en París. Allí la conoció Reyes, y consiguió enamorarla. Su arrogante figura y el prestigio de héroe que le daban sus aventuras románticas de revolucionario, efectuaron el milagro. Haría poco más de cuatro años que estaban casados, y la hermosa viuda no tenía motivo para arrepentirse. El proscripto, a quien había dado su mano, era a la hora presente general y personaje influyente en España. Sobre esto, la adoración de Don Luis no cedía un punto de su primera intensidad; su rendimiento, sus caballerescas atenciones con ella despertaban no pocas veces una sonrisa entre sus amigos.
--Faltan veinte minutos para las siete--dijo Reyes mirando su reloj--. Natalia, hija mía, ¿quieres teclear un poco en honor de nuestro huésped?
Amablemente, la niña se levantó de su butaca, y nosotros la seguimos al salón contiguo, donde se hallaba el piano. Nos sentamos. Natalia se acercó a mí, y poniéndome una mano sobre el hombro, me preguntó:
--¿Eres aficionado a la música?
--Muchísimo.
--Entonces te haré oír algo escogido.
Se sentó al piano y comenzó a tocar un nocturno de Chopín que yo conocía. El efecto que en aquel momento me produjo no puede describirse. Natalia tocaba con una maestría que me pareció insuperable. Era una profesora consumada. Delante de mí, cerca del piano, se hallaba Guadalupe, que me espiaba con sus hermosos ojos, y de vez en cuando me sonreía. Yo creía estar en el cielo. Naturalmente en el cielo de Mahoma, porque no era lo suficiente espiritual en aquel momento para entrar en el cristiano.
Me sentía conmovido hasta lo profundo del alma; me acometieron deseos de llorar. En aquella edad padecía una emotividad exagerada que me hacía sufrir y gozar como pocos hombres habrán gozado y sufrido en este mundo. Debí quedar pálido, y, a despecho mío, es posible que una lágrima haya asomado a mis ojos.
Natalia terminó. Yo, haciendo un esfuerzo sobre mí mismo, aplaudí con todas mis fuerzas. Guadalupe se acercó a mí solícita y me preguntó:
--¿Te sientes mal, hijo mío?
--No, señora.
--Es que he observado que tus manos temblaban un poquito y que tu cara bajaba de color mientras Natalia nos ha hecho oír el nocturno... Me alegro--añadió sonriendo--de que estas señales de agitación se deban solamente al efecto de la música. Eso prueba que además de un oído delicado tienes un corazón sensible.
Si yo hubiera respondido que su voz sonaba más grata en mi corazón que el nocturno de Chopín, no diría una falsedad. Era una voz angélica que se deslizaba en los oídos y llegaba a lo más secreto del alma. Cuando la Naturaleza se decide a fabricar un sér perfecto no abandona ningún detalle.
--¿Cómo no se ha de sentir mal este chico?--manifestó el General riendo--. Estará muerto de hambre. ¡A ver, ahora mismo a la mesa!
Y se lanzó al comedor seguido de nosotros.
Nos sentamos a la mesa. Las poéticas emociones que había experimentado no alteraron poco ni mucho mis facultades digestivas. Comí con el mayor apetito. Lo mismo el General que las damas me animaban a hacerlo. Cuando el criado nos sirvió unos salmonetes con salsa, el General dejó escapar un suspiro y exclamó con acento dolorido:
--¡Oh, qué hermosos salmonetes he pescado con tu padre detrás de las peñas en la concha de Argañón!
--Mejores los pescas en el Manzanares--dijo Natalia.
Su padre hizo como que se enfadaba, y me confesó que alguna vez se consolaba tomando el coche y haciéndose conducir a las afueras de Madrid, cerca del río. Allí se pasaba algunas horas con la caña en la mano «sólo para recordar tiempos mejores». Ordinariamente venía sin nada; pero en cierta ocasión trajo una tenca que pesaba libra y media.
--Fué un acontecimiento que ocupó la atención pública varios días--dijo Natalia--. Había que ver la cara de papá cuando se presentó con la tenca. Ni que viniese de ganar una batalla a los moros. Y luego ¡qué cuidados exquisitos para guisarla! No se fiaba del cocinero; él mismo en persona fué a dirigir la operación. Cuando la sirvieron a la mesa se la condujo bajo palio, y Guadalupe y yo tocamos a cuatro manos la _Marcha Real_.
--Ríe, ríe, picarilla--dijo su padre pellizcándola--; pero no es menos cierto que has hecho los honores a mi tenca y que ambas os habéis alegrado bastante cuando la he pescado.
--Es natural, como que tu gloria al fin y al cabo refluye sobre nosotras--dijo Guadalupe.
--¿También tú?--prosiguió el General amenazándola con el dedo.
--Papá, si me prometes no enfadarte te diría una cosa.
--Di lo que quieras.
--¿No te enfadarás?
--Palabra de aragonés.
--Pues bien esta mañana he leído en un periódico la siguiente definición: «Una caña de pescar es un instrumento al cabo del cual se encuentra siempre un tonto.»
--¡Bah! Y una pluma es otro instrumento al fin del cual se tropieza no pocas veces con un asno.
--¿Lo ves cómo te has enfadado?
--No me enfado; pero defiendo el noble arte de la pesca de los ataques insidiosos que se le dirigen por quien no lo conoce o carece de aptitudes para practicarlo.
--Será todo lo noble y todo lo difícil que quieras, papá, pero debes convenir en que no es divertido.
--Si se tratase de la caza...--apuntó Guadalupe.
--¡Estáis en un error! En la pesca existen goces que no puede sospechar el que no la haya practicado. En primer lugar se respira el aire libre del mar, se contempla su vasta llanura unas veces en calma, otras agitada. Es un espectáculo desde luego más sublime e interesante que el de los jarales que ordinariamente recorre el cazador. Después hay el misterio, esto es, lo que más seduce al hombre en este mundo. Allá en las profundidades del agua, invisible siempre, se encuentra lo que apetecemos apresar. No sabemos si está lejos o cerca de nosotros; pero llega un momento en que la caña se dobla o en que el aparejo se estremece en nuestras manos. No podéis sospechar el sabor que tiene tan precioso instante para el pescador. Esta sensación única, que a nada se parece, compensa sobradamente la paciencia que hemos gastado esperándola. Luego comenzamos a ver al prisionero; no sabemos quién es ni cómo se llama, pero ya se vislumbra su bulto entre los cristales del agua. Al cabo aparece en la superficie: es una lubina, es un sollo, es un salmonete. ¡Con qué gozo le asignamos su nombre!
--Pero es un gozo bárbaro--manifestó Guadalupe--. El hombre en la caza y en la pesca se transforma en animal de presa, espía a su víctima, la engaña y cuando observa que ya no puede escapar ni defenderse cae sobre ella, como el gato sobre el ratón, o el ave de rapiña sobre el polluelo. ¡Es innoble!
--Tratándose de la caza, convengo en ello, querida. El cazador sorprende a un inocente pajarito que es todo alegría y cuya existencia semeja mucho a la nuestra. Tiene amores, siente celos, riñe combates con su rival, fabrica su nido, se extasía cantando como un artista y le impresiona, como a él, la belleza de los días espléndidos y de los paisajes luminosos... Pero un pez es un sér, cuya inconsciencia linda ya con la de la materia bruta: no ama ni aborrece; no conoce siquiera; es mudo; ningún grito denota su sensibilidad. Cuando sale del agua se le extrae el anzuelo, y pocos momentos después queda asfixiado. Aquí no hay sangre como en la caza, no hay nada cruento ni doloroso...
Así discutían placenteramente aquellas amables personas.
Yo seguía nadando en el cielo, y cuando hube satisfecho el instinto de nutrición que en aquella edad gritaba en mí de un modo alarmante, pensé con tristeza que pronto tendría que separarme de tan grata compañía.
Estaba encantado del padre y de la hija, pero la esposa me tenía fascinado. Haciendo todo lo posible para disimularlas le dirigía intensas miradas de admiración. ¿Pasaron inadvertidas? No lo creo. Desde que hay mundo ninguna mujer dejó de percibir la influencia de sus encantos sobre un hombre. Me miraba de vez en cuando cerrando un poco sus hermosos ojos con expresión de afecto, y sonreía. Era su sonrisa leve, dulce, graciosa, un poco enigmática como la que Vinci puso en los labios de su Gioconda.
--Por supuesto--añadió el General riendo--, toda esa sensibilidad de que hacéis gala para mí es música. Tonico tiene razón cuando dice que una mujer se desmaya viendo matar una gallina; pero se baña en agua de rosas cuando un enamorado se da un tiro en la frente por ella.
--¿Dice eso Tonico?--preguntó Guadalupe alzando la cabeza y mirando a su marido con expresión burlona.
--Sí; eso dice, y en mi concepto tiene mucha razón--respondió el General un poco desconcertado por aquella mirada.
--Es una prueba más del maravilloso ingenio que Dios se ha dignado conceder a Tonico--replicó la dama con tal acento sarcástico que el General enrojeció.
--No será un rasgo de ingenio, pero es una gran verdad... Por lo demás, ya sé de sobra que todo cuanto dice Tonico no tiene para ti sentido común.
--Perdona que haya puesto mis manos pecadoras sobre el arca santa--dijo Guadalupe con el mismo tono sarcástico.
--A mí no se me ha confiado ningún arca, pero tengo el deber de defender a mis amigos. Las mujeres rara vez procedéis con justicia, porque no razonáis vuestras simpatías o antipatías que son puramente instintivas.
--¿Esa reflexión es también de Tonico?
--No es de Tonico, es mía... Pero si lo fuese ¿qué?
--No es muy galante.
--Cuando se habla en general no hay falta de galantería, porque se deja siempre un hueco para las excepciones.
Esta corta disputa había introducido una nota agria en aquel suave concierto. Natalia tenía la frentecita arrugada y sus ojos expresaban extraño malestar. De esto deduje que el sujeto de quien se trataba no había logrado captarse la simpatía de las damas.
El General tenía un temperamento impetuoso y colérico, y su mujer, que debía de conocerle bien, no quiso pasar más adelante en la discusión. Volviéndose hacia mí me preguntó con tono afectuoso:
--¿Has vivido alguna vez en casa de huéspedes?
--No, señora; jamás he salido de mi casa hasta ahora.
--¡Oh, entonces seguramente va a ser doloroso tu aprendizaje! Echarás de menos las comodidades de tu casa, la confianza y los cuidados de la familia.
--A la edad de Angelito no se echa de menos nada más que la libertad cuando nos privan de ella--dijo el General que estaba ya pesaroso de haberse puesto serio--. Y no quiero añadir el dinero, porque estoy cierto de que Angelito sabrá hacer buen uso del que su padre le dé.
La conversación siguió pacífica y alegre. Habíamos llegado a los postres; y cuando nos disponíamos a tomar el café oímos el timbre de la puerta.
--¡Es Tonico!--exclamó el General alegremente.
Lo mismo Guadalupe que Natalia permanecieron serias y aun quise percibir en el rostro de ambas señales de contrariedad.
--El señor Grimaldi--dijo el criado levantando la cortina.
El caballero que se presentó vestía de frac y corbata blanca. Para representarse lo que era físicamente, no hay más que recordar los figurines de los sastres. Aquellos rostros excesivamente lindos, correctos, perfilados, impecables daban cabal idea del suyo. La frente, la nariz, la boca, los cabellos negros esmeradamente peinados, el bigote y la perilla, todo era perfecto. Los soldaditos de papel con que juegan los niños también parecían fotografías suyas. No le faltaban siquiera las fuertes rosetas en las mejillas. En cuanto a su frac; la pechera reluciente, como un espejo, de su camisa; la botonadura de perlas, la fina cadena de su reloj pendiente de uno de los bolsillos del chaleco a la moda del Imperio, las botas de charol; nada podía darse más flamante e irreprochable. Podía contar de treinta y ocho a cuarenta años de edad, algunos menos, por lo tanto, que su amigo el General.
Como persona de entera confianza y de las que se ven todos los días estrechó silenciosamente la mano de los tres, principiando por Guadalupe y concluyendo por Natalia, cuyo rostro azotó cariñosamente con los guantes que empuñaba en una mano. Si he de decir la verdad, no observé cordialidad más que en el General al recibirle. Este me presentó a él y nos saludamos ceremoniosamente.
Don Antonio Grimaldi era aragonés como Reyes, perteneciente a una familia opulenta de negociantes. Se habían conocido y tratado en Zaragoza; estuvieron algunos años sin verse y, al fin, se tropezaron en París poco después de haberse celebrado el matrimonio del General.
Grimaldi residía desde hacía tiempo en aquella ciudad llevando la vida del soltero rico. Era conocido en los _boulevares_, en los restaurantes de moda, en las carreras de caballos y en las salas de armas. Aunque en Zaragoza no habían sido amigos muy íntimos, porque la diferencia de edad en la juventud es más apreciada, al encontrarse en el Extranjero se estrechó su amistad hasta hacerse fraternal. Quizá la misma diferencia de temperamentos contribuyese a afirmarla.
Era el General ruidoso y expansivo en grado sumo. Su amigo, por el contrario, frío y reservado como un diplomático veneciano. A aquél se le iba la lengua a menudo, hablando más de lo que aconseja la prudencia. Este la retenía alguna vez más de lo que prescribe la cortesía.
Correcto e irreprochable en sus modales, como lo era en su traje, Grimaldi permanecía silencioso voluntariamente largos ratos, y cuando se decidía a tomar la palabra, lo hacía con cierto esfuerzo, cual si se viese obligado contra su gusto a ello. Como el General era un charlatán sempiterno, no es maravilla que se encontrase a gusto con tan sempiterno oidor.
Sin embargo, solía embromarle por este su temperamento inalterable.
--Tonico, eres como el viento que sopla del Guadarrama, fino, glacial, que no apaga una bujía y es capaz de matar un hombre.
Grimaldi sonreía con el borde de los labios.
Cuando se cruzaron pocas palabras sobre asuntos indiferentes, Guadalupe se levantó diciendo:
--Con permiso de ustedes voy a vestirme.
--Yo también me voy a poner el frac. Esta noche debemos ir a la Embajada de Italia.
Quedamos en el comedor Natalia, Grimaldi y yo. La niña se puso a hablar conmigo animadamente sin hacer caso de Grimaldi, el cual abrió un periódico que estaba sobre la mesa, y se puso a leer.
No tardó en presentarse el General, y entonces Grimaldi tomó parte en la conversación. Al cabo apareció también Guadalupe. Venía espléndidamente ataviada y ostentando preciosas joyas: grandes solitarios en las orejas; en los cabellos una mariposa de brillantes y en el cuello una magnífica _rivière_ de las mismas piedras.
Se dió la señal de partida, y me despedí de Natalia que era la única que se quedaba en casa. Me apretó la mano con aquella su franqueza efusiva que la hacía tan amable.
En la calle, el General volvió a abrazarme y a ofrecerse con el mismo afecto y cordialidad: me hizo prometerle que vendría a comer con ellos todos los sábados. Guadalupe me alargó su mano que yo estreché temblando de emoción. Montaron en el coche. Grimaldi me hizo una profunda reverencia y montó en el suyo, que era elegantísimo y arrastrado por dos magníficos caballos extranjeros.
Cuando partieron, permanecí unos instantes inmóvil. Luego principié a caminar cabizbajo hacia mi casa en un estado de extraña y dulce turbación.
IV
Corro Peligro De Caer En RidíCulo Y AúN Presumo Que He CaíDo
Los sábados comía, pues, en casa de Reyes. Después me llevaban consigo al teatro, unas veces al _Real_, otras al _Español_ o a la _Zarzuela_; porque en los principales de Madrid tenía la familia del General un turno de platea. En estas ocasiones yo echaba el resto en la ornamentación de mi persona. Me había encargado un traje de frac y unas botas de charol, compré el sombrero de copa más reluciente que pude hallar en la capital y celebré largas conferencias con la planchadora que me había recomendado Doña Encarnación acerca de la pechera y los puños de mi camisa, conjurándole por lo que más amase en este mundo a que pusiera en ellos los recursos de su arte, el alma y la vida.
No bastaba esto. Era necesario además que el peluquero del entresuelo me frotase la cabellera con aguas perfumadas, me la peinase y me la rizase con tenacillas, que me diese brillantina y un toque de cosmético al bigote. Mi cabeza era un puro rizo y debía semejar bastante a la de un negrito de Angola; pero yo estaba satisfecho de ella y me parecía una verdadera obra de arte.
El que lea estos renglones habrá ya adivinado para quién se preparaban estas armas mortíferas. Sin embargo, tal vez se haya pasado de suspicaz, porque yo mismo no estaba bien seguro de lo que pretendía y si me dijesen en aquellos días que aspiraba a seducir a la bella señora del general Reyes me hubiera ruborizado y rechazaría la especie con indignación. Lo único de que estaba cierto era de que aspiraba a mostrarme ante ella con todas las ventajas físicas con que a Dios plugo favorecerme.
Debo confesar, aunque me duela el hacerlo, que mis proyectiles caían en la plaza, pero no estallaban. Yo no podía atribuír este resultado a defecto de fabricación, porque estaba perfectamente seguro de mi planchadora, de mi zapatero, de mi sastre y de mi peluquero. Tal vez la Providencia, velando por la seguridad de aquella preciosa mujer, evitase milagrosamente su explosión.
En casa de Reyes me recibía todo el mundo con cordialidad. El General se alegraba mucho de verme y reía y tosía hasta reventar contándome repetidas veces los graciosos episodios de sus días de pesca en compañía de mi padre. Natalia me acogía con su habitual franqueza un poco ruda pero siempre cariñosa. Y en cuanto a Guadalupe, me trataba siempre como una verdadera madre.
Pues bien, esto era precisamente lo que yo no podía sufrir. Aquel tono maternal que conmigo usaba en vez de infundir gratitud en mi corazón lo llenaba de despecho. Porque hablemos claro, ¿qué motivos existían para ello? Aunque contase diez o doce años más de edad que yo, por ley natural no podía ser mi madre. Además, mi barba precoz alejaba de la mente de cualquiera este ridículo supuesto y pensaba que merecía alguna mayor consideración. Guadalupe se obstinaba en hacer caso omiso de ella. Yo me desesperaba.
Un catarro feliz vino a esclarecer un poco este tenebroso asunto. Un día me sentí indispuesto, tuve un poco de fiebre y me vi obligado a quedarme en la cama. Doña Encarnación temió una pulmonía y llamó al médico. Si no mereció el nombre de pulmonía, algo logró parecérsele y pasé algunos días molesto y abatido. El sábado, no pudiendo ir a comer a casa del General, rogué a Moro que le enviase una tarjeta en mi nombre haciéndole saber la causa.
En la mañana del domingo me encontraba bastante aliviado: la fiebre había desaparecido por completo; tenía mi cabeza despejada y departía placenteramente con mi amigo Moro cuando apareció de improviso Doña Encarnación anunciándome, no sin cierta emoción, que dos señoras pedían permiso para verme.
No dudé un instante que fuesen Guadalupe y Natalia, porque no trataba otras en Madrid. La noticia me produjo una increíble agitación, mezcla de temor, de alegría y de vergüenza. ¡En qué desventajosa situación iba a contemplarme la hermosa señora del General! ¡Sin corbata, sin pechera almidonada, con el pelo lacio, sin cosmético, ojeroso y desmadejado! Sixto Moro quiso retirarse, pero yo le rogué que no lo hiciese, tanto por buscar apoyo contra la vergüenza que me embargaba como por el secreto orgullo de mostrarle mi amistad con personas tan principales.
Venían de misa y entraron ambas con mantilla en la cabeza, el devocionario en la mano y el rosario de oro y nácar arrollado a la muñeca. No necesito añadir que Guadalupe en esta forma ataviada parecía más hermosa que nunca. Yo siempre la encontraba mejor. Ambas se mostraron conmigo afectuosísimas, me hicieron infinitas preguntas, me dieron infinitos consejos higiénicos y encargaron muy especialmente a Doña Encarnación «que de ningún modo permitiese que me acatarrase de nuevo». Después se sentaron y charlaron animadamente de diversas cosas, casi todas ellas relacionadas con el arte dramático que ha sido en Madrid, y sigue siéndolo, la tabla de salvación de todas las visitas.
Les presenté a Sixto Moro; pero contra lo que yo esperaba éste apenas pronunció una palabra. Se mostró tan reservado y tímido que hizo aumentar aún mi embarazo. No pude menos de imaginar que se hallaba estupefacto, fascinado como yo por la belleza de la señora de Reyes. Comprendí sus impresiones, pero me disgustó aquella actitud, porque me había hecho lenguas en casa del General de su ingenio y elocuencia. Ambas le dirigían con disimulo escrutadoras miradas donde yo creía leer cierta sorpresa mezclada de ironía. Guadalupe se alzó al cabo de la silla y, acercándose a mí, dijo:
--Nuestra charla, si se prolonga, puede hacerte daño. Nos vamos.
Al mismo tiempo comenzó a arreglar con sus preciosas manos el embozo de la cama, y al hacerlo puso una de ellas casualmente sobre mis labios.
¿Casualmente? Yo era fatuo como lo son en esta edad casi todos los hombres, pero no lo bastante para pensar otra cosa. Así que me abstuve de hacer lo que contando diez años más y siendo menos fatuo hubiera hecho seguramente.
¡Qué delicioso desengaño! Aquella linda mano se sintió molesta, irritada por mi deplorable equivocación y me apretó con impacientes sacudidas los labios reclamando la ofrenda que le era debida. Yo deposité en ella un beso tan leve que a la hora presente aun no estoy seguro de que mereciese este nombre. Sin embargo, ella se dió por satisfecha: retiróse dulcemente y dió otros tres o cuatro toquecitos alegres a las sábanas mostrando su contento.
--No deje usted de darle por la noche, antes de dormir, una tacita de tila con una cucharada de azahar. Es un remedio inofensivo que en nada contraría las prescripciones del médico. A mí me prueba muy bien en todos los catarros.
Doña Encarnación prometió ejecutar fielmente este y otros encargos que le hicieron. Cuando al cabo se marcharon dejando embalsamada la estancia con un suave perfume de violeta yo no sabía dónde estaba, había perdido por completo la noción del mundo exterior y erraba por las regiones más altas de los espacios cerúleos.
La voz de Moro me sacó de mi estupor hipnótico.
--¡Qué hermosa! ¡qué hermosa! ¡Es una aparición celeste!
--¿Verdad que sí?--exclamé impetuosamente fuera de mi sentido.
--He visto pocas jóvenes que puedan comparársele.
--¡Ninguna, ninguna!
Yo debía de tener las mejillas encendidas, los ojos brillantes.
Sixto me miró con sorpresa.
--Es realmente una obra perfecta de la Naturaleza. ¡Qué delicadeza de facciones!, ¡qué cutis terso y nacarado, qué graciosos ademanes, qué voz penetrante!...
--¡Qué manos divinas!--exclamé paladeando interiormente aquel esbozo de beso que había gozado.
--Además hay en sus ojos una expresión de firmeza y candor al mismo tiempo que la hace por extremo interesante. Se adivina detrás de aquellos ojos un espíritu sincero, altivo, leal. Sus palabras y sus gestos manifiestan una gran vehemencia de sentimientos y una dignidad inflexible. Cuando ame, amará de una vez y para siempre. ¡Feliz el hombre que logre hacer suyo ese tierno capullo de rosa!
Estas últimas palabras me sorprendieron.
--Pero, ¿de quién estás hablando?
--¿De quién he de hablar? De la hija de Reyes.
--¡Yo pensé que te referías a su mujer!
Nos miramos los dos un instante y soltamos a reír.
--Soy mejor persona que tú--me dijo Moro--, porque amo lo lícito no lo prohibido.
Convine en ello y proseguimos todavía largo rato cantando alternativamente la belleza de aquellas singulares mujeres.
Se habían despedido hasta el día siguiente, y Moro me pidió permiso para asistir a esta segunda entrevista. Yo se lo concedí con tanto más gusto cuando que ya conocía sus preferencias y no podía existir rivalidad entre nosotros.
Con la alegría de dos niños traviesos comenzamos a disponer los preparativos para recibirlas dignamente. Obligamos a Doña Encarnación a que nos prestase su concurso: se cambió la colcha de mi cama, exageradamente modesta, por otra de seda que Doña Encarnación guardaba en el armario desde sus buenos tiempos de novia; se trasladó un tapiz de la sala a mi cuarto; se limpió con esmerada prolijidad el gabinete; Moro compró flores y se colocaron en dos macetas sobre la mesa; yo envié por una caja de bombones y también se puso abierta y como al descuido al lado de la maceta.
¡Cuánto gozábamos! ¡Cómo reíamos al disponer estos homenajes! Moro invitaba a Doña Encarnación a que se vistiese el traje de gala y saliese al portal a recibirlas; otras veces le proponía que alfombrase el pasillo; otras que hiciese venir un clarinete amigo suyo para que tocase un _solo_ mientras durase la visita. La pobre mujer tomaba en serio alguna de estas proposiciones y nos hacía estallar en carcajadas.
Aquella noche dormí agitadamente. Sin embargo, me encontré muy bien por la mañana, limpio de fiebre y con deseos de levantarme. No lo hice, como puede presumirse, y desde las ocho ya estaba preparado a recibir la celestial visita. No se efectuó hasta las once. El pobre Moro sufrió una decepción. Vino solamente Guadalupe. Natalia no había podido salir de casa por hallarse ocupada en copiar ciertos escritos que su papá necesitaba con urgencia.
La visita de la hermosa dama fué brevísima. Se informó afectuosamente del estado de mi salud, se mostró muy satisfecha de la mejoría y para consolidarla me prohibió que me levantase aquel día. Luego se sentó, y levantándose al instante se acercó a mi lecho con ademán de despedirse. Me puso la mano sobre la frente como si quisiera cerciorarse de que estaba completamente limpio de calentura y después la colocó tranquilamente sobre mis labios y la mantuvo allí un segundo. Pero en este segundo tuve tiempo a darle más de cuarenta besos.
Renuncio a expresar qué ensueños alados, qué locas imaginaciones ocuparon mi cerebro en los días siguientes. Viví en un estado tal de agitación feliz, que llegó a causarme daño. La dicha cuando es demasiado intensa se hace dolorosa.
Me puse bueno rápidamente. Cuando llegó el sábado tomé las precauciones que juzgué indispensables respecto a mi cabellera, mi camisa y mis puños, y me presenté en casa de Reyes como el general que penetra en una plaza que acaba de capitular.
Sin embargo, mi rostro expresaba, cuando penetré en el comedor, no la insolencia de un grosero advenedizo a quien el azar pone en las manos una fortuna inmerecida, sino la dulce serenidad del héroe acostumbrado a vivir en compañía de la victoria.
Todos me acogieron con alegría. Hasta el frío Grimaldi me dirigió una leve sonrisa de felicitación por mi restablecimiento. Aunque yo participase ya de la antipatía que inspiraba a Guadalupe (como estaba dispuesto a participar de todas sus opiniones y sentimientos), no pude menos de corresponderle con efusión.
Porque la efusión rebosaba de mi alma en aquellos momentos. Mi corazón triunfante, desbordando de felicidad, contemplaba la creación entera, los hombres y las cosas con un igual sentimiento de benevolencia generosa.
Mi primera mirada a Guadalupe fué rápida, discreta, pero de una intensidad tal, que debió iluminar su alma como un brillante relámpago.
La que ella me dirigió fué mucho más discreta aún. Si hubo iluminación, fué tan rápidamente extinguida, que no dejó señales. No pude leer otra cosa en ella que aquel tierno y molestísimo sentimiento maternal que desde un principio me había dedicado.
La segunda, menos rápida, menos discreta y más intensa aún, no obtuvo tampoco resultados visibles. La hermosa señora de Reyes me miró atentamente al rostro y me preguntó con interés:
--Supongo que seguirás tomando por las noches la tacita de tila con azahar que te he recomendado.
--¡Señora, déjese usted de tila y azahar, y recordemos los besos que le he dado!
Esto respondí, no con los labios, sino con el pensamiento.
En efecto, había tomado la tila y me había probado perfectamente. Después se informó si llevaba sobre el pecho una franela, como me había recomendado igualmente. Sí; llevaba sobre el pecho aquella franela. Cuando se hubo enterado de estos pormenores pareció quedar enteramente satisfecha.
Pero yo no lo estaba, ¡rayo de Dios, no lo estaba! Al contrario, me sentí repentinamente tan triste y desmayado, que mi rostro debió expresarlo claramente.
--No has adelgazado mucho--dijo Natalia mirándome--; pero estás abatido.
En fin, se dejó de hablar de mi persona, y la conversación giró sobre otros asuntos más importantes. Guadalupe tomó parte en ella con la perfecta naturalidad que la caracterizaba, sin que yo pudiese observar en su actitud ni en sus miradas nada que indicase la presencia en su corazón de un secreto amor. En vano quise adoptar actitudes lánguidas e interesantes para hacerla comprender lo que pasaba en el mío; en vano procuré dar a mis ojos una expresión cada vez más intensa; en vano comencé resueltamente a arquear las cejas, a alargar los labios y ejecutar otros signos que me parecían adecuados a despertar en ella el recuerdo de aquel delicioso momento de abandono cuya memoria esclarecía mi alma. Nada; ni la más leve señal que denotase su existencia.
Entonces quise probar a llamarle la atención por medio de una tosecilla seca y discreta, a fin de que advirtiese que yo no olvidaría jamás la prueba de amor que me había dado y que sería fiel hasta la muerte.
--¡Cuando digo que no estás curado por completo y que no debieras salir aún por la noche!
Es horrible. Estas caritativas palabras hirieron mi corazón como un dardo envenenado. Sentí que me abandonaban las fuerzas y estuve a punto de llorar allí mismo, en presencia de todos, mis ilusiones perdidas.
Hasta me acometió repentinamente la sospecha de que aquellos inolvidables besos no habían existido más que en mi imaginación, que acaso los había soñado. La duda hizo presa en mi alma, y quedé triste, triste hasta la muerte.
El tiempo transcurría; terminamos de comer; la conversación siguió girando sobre varios asuntos. Y yo no obtuve ningún indicio que pudiera hacerme pensar que el suceso que había llenado mi corazón y trastornado mi cerebro durante algunos días no fuese un delirio de mi mente acalorada por la fiebre. Al sábado siguiente pasó lo mismo, al otro, igual...
Aquellos besos, caso de haber existido, se perdieron en los abismos del tiempo y del espacio, y jamás ningún químico los hallará en su retorta analizando los componentes del planeta.
V
MI Amigo PéRez De Vargas, GeóLogo
Mi vida académica se deslizaba paralela y más tranquila que esta otra de que acabo de dar noticia.
Entre mis condiscípulos de la Facultad de Ciencias intimé particularmente con uno llamado Martín Pérez de Vargas. Era un joven de singular talento y aplicación. Trabé con él amistad un día en que, por encargo del catedrático, hizo el resumen de las explicaciones de la semana. Llevó a cabo su cometido con tanto acierto y claridad y palabra tan elegante, que cuando salimos de clase no pude menos de felicitarle calurosamente.
Soy vehemente para expresar mi opinión adversa cuando cualquier cosa o persona me disgusta. Quizá por eso habré pasado alguna vez por envidioso. Juro, sin embargo, que jamás maldecí de aquello que me pareció bien, y que, por el contrario, creo haber pecado casi siempre por exceso de entusiasmo tratándose de aquellos amigos en quienes reconocía algún mérito.
Pérez de Vargas unía a su claro talento un gran atractivo físico. Era rubio y tenía hermosos ojos azules, donde se leía a la vez la inteligencia y la lealtad de su espíritu. Sus facciones correctas, su tez delicada y tersa, su figura esbelta. Vestía con elegancia y sus modales eran distinguidos, revelando una educación esmerada. Pertenecía a una aristocrática familia muy conocida en Madrid y habitaba un viejo palacio en una de las calles próximas a la de San Bernardo donde se halla situada la Universidad.
Nuestra amistad se satisfizo al principio con pasear juntos por los corredores en los intervalos de las clases. Muy pronto, sin embargo, advirtiendo mi inclinación al estudio y mi entusiasmo por la ciencia me llevó a su casa y me mostró los tesoros científicos que había acumulado.
Era su casa, como he dicho, un viejo palacio bastante deteriorado y sucio por fuera. Dentro era otra cosa. El portal adornado con plantas, la escalera alfombrada. El portero era un enano imponente con luenga y espesa barba gris, larga levita azul y sombrero de copa; los criados vestían de frac y corbata blanca.
Pero mi amigo, aunque pertenecía a la casa, no disfrutaba mucho de sus suntuosidades ni gozaba de gran preeminencia en ella a lo que pronto logré entender. Marchando sigilosamente sobre la punta de los pies y recomendándome el mismo silencio me condujo, después de atravesar algunos amplios pasillos del piso principal, por una estrecha escalera a una especie de camaranchón o desván con dos ventanillas sobre el tejado y una claraboya en el techo.
Pérez de Vargas había hecho de esta pieza su cuarto de estudio y su museo. Estaba amueblado con un sofá viejo y cojo, algunas sillas viejas y cojas también, una mesa-escritorio vieja, y adornado con algunos cuadros viejos. Los tesoros científicos de que he hablado se hallaban esparcidos sin orden ni clasificación alguna por el suelo. Se componían de algunos frascos llenos o mediados de disoluciones viscosas de diferente coloración, muchos y grandes pedruscos de fea catadura, y de un gato disecado de más fea catadura aún.
Pérez de Vargas era apasionado de las ciencias naturales, particularmente de la Geología, y aprovechaba los domingos para hacer excavaciones por los alrededores de Madrid. Casi siempre venía cargado de piedras preciosas, no para el adorno de las damas, sino para el conocimiento de los diferentes aspectos que había presentado en su evolución nuestro planeta mirado desde Vallecas y para el estudio de la vida y milagros de nuestros antepasados trogloditas. Pérez de Vargas había descubierto que el arroyo Abroñigal había sido en tiempos prehistóricos un río caudaloso tan grande como el Misisipí. Desde que me comunicó tan importante descubrimiento yo no podía saltar este reguero sin sentirme penetrado de respeto.
Además había encontrado en las afueras de la villa, cerca de la Moncloa, algunas capas de lava porosa que en su opinión era de origen ígneo. Esto le hacía presumir que en Madrid había existido un volcán en los tiempos siluriano o devoniano. Nada tendría de extraño, porque los periódicos conservadores decían todos los días que vivíamos sobre un volcán.
Acontecía que los criados, no versados en tales estudios, y que ignoraban enteramente la génesis de nuestro planeta, le tiraban a la calle algún trozo de roca plutónica o de esquisto cristalino como si se tratase de cualquier vulgarísimo canto rodado. Pérez de Vargas experimentaba un vivo dolor y protestaba con toda la indignación de sus convicciones científicas. Pero aquellos malhechores de corbata blanca apenas le escuchaban o lo hacían con sonrisa de conmiseración despreciativa.
¿Por qué esta sonrisa desdeñosa aparecía en los labios del servicio doméstico de la casa de Pérez de Vargas cada vez que tropezábamos con uno de sus individuos en los corredores?
No por otra razón sino porque Martín era el último vástago de aquella noble familia.
Su hermano mayor se acercaba ya a los cuarenta años y era comandante de artillería; el segundo, que pasaba de los treinta, era capitán del mismo cuerpo facultativo; después venía una cola del género femenino, compuesta de cinco niñas, Rosalía, Caridad, etc., hasta llegar a Mercedes que contaba veintiún años, tres más que mi buen amigo y condiscípulo.
Esta familia hacía algún papel en la alta sociedad madrileña. Particularmente las cinco ninfas brillaban y centelleaban como claros luceros en los teatros, paseos y conciertos y en todos los bailes, _tes bridge y five o clock_, del gran mundo. Los cronistas de los periódicos no omitían jamás sus nombres.
Que estas cinco jóvenes tenían el propósito firme de encontrar cinco maridos no era un secreto para nadie. La razón de por qué no los habían hallado hasta entonces, ya estaba más oculta.
Sin embargo, en la Universidad, donde no sólo se aprenden teorías y clasificaciones científicas, sino que hay tiempo de averiguar los recursos pecuniarios con que cuentan las familias de los estudiantes, se decía que la casa de Pérez de Vargas estaba arruinada y que si no venía pronto un marido rico a ponerle algunos puntales no tardaría en desmoronarse.
Al mismo tiempo, aunque todo el mundo reconocía que vestían con elegancia, ninguna de ellas llamaba la atención por su hermosura. Un estudiante bromista me dijo un día al oído que la más bonita de las niñas de Pérez de Vargas era Martín, nuestro condiscípulo. En efecto, su belleza era tan acabada, y al mismo tiempo tan femenina que si hubiese cambiado su rostro por el de una de sus hermanas ésta hubiera realizado un negocio magnífico.
Pero si su frente era tersa y pura como la de una Venus helena, los pensamientos que bajo ella germinaban no podían ser más viriles. Mi amigo Pérez de Vargas aspiraba nada menos que a dejar huellas profundas en la historia de la ciencia: hablaba de hacer viajes exploradores por el Africa Central, de reconocer por sí mismo los estratos terciarios de los Andes chilenos y los silurianos de Noruega, de estudiar concienzudamente los fósiles marinos pertenecientes a especies extinguidas. Sobre todo tenía en su corazón el propósito inquebrantable de dar a conocer al mundo los restos de un colmillo de elefante y de algunos molares del mismo animal que había tenido la dicha de encontrar en el cerro de San Isidro.
Allá en las soledades de su estudio-desván pasábamos a veces largos ratos hablando de estos y otros proyectos, haciendo experimentos de física o trasegando disoluciones de un frasco a otro. Hasta nosotros llegaban las notas alegres del piano y el ruido del bailoteo del salón, que escuchábamos con indiferencia desdeñosa. Eramos unos sabios y aquel mundo frívolo que allá abajo se agitaba no excitaba en nosotros más que desprecio y compasión.
Pero el mundo frívolo pagaba con creces nuestro desdén y hasta sospecho que se reía de nuestro ardiente deseo de saber. Un mozalbete de los que bailaban y representaban charadas en los salones de Pérez de Vargas, un día que nos tropezó en la calle habló a mi amigo con tal tono de superioridad protectora, que me sorprendió y me irritó lo indecible. Esta sorpresa aumentó notablemente cuando Martín me hizo saber que aquel mequetrefe, que sólo contaría cuatro o cinco años más que nosotros, había intentado seguir tres carreras y en todas tres se había quedado atascado a la puerta sin lograr aprobar el primer curso. Aún no había averiguado que en una sociedad brillante, pero inculta, el hombre culto es objeto siempre de aversión y desprecio.
Nos hallábamos a la sazón en un período bastante agitado. Las manifestaciones políticas y los motines eran frecuentísimos en Madrid. Nosotros los estudiantes no nos substraímos a este humor turbulento; antes al contrario, éramos los primeros en participar de todas las algaradas que se sucedían casi sin interrupción y aun promover algunas por nuestra cuenta. Por la cosa más insignificante nos encrespábamos, salíamos a la calle furibundos y gritando como energúmenos. Un día era porque cierto profesor había expulsado de la cátedra a un alumno sin razón alguna; otro día porque exigíamos que se nos concediesen las vacaciones antes del tiempo reglamentario; otro porque el catedrático de Historia, según noticias de sus discípulos, había defendido el tribunal de la Inquisición en sus explicaciones. Por todo nos alborotábamos y todo nos servía de pretexto para no entrar en clase y hacer ruido. La Policía nos tenía sobre ojo y nos detestaba cordialmente. Y en cuanto se presentaba una ocasión propicia, ya se sabía, nos zurraba la badana de lo lindo.
Tanto Pérez de Vargas como yo abominábamos de estos ridículos alborotos, que nos parecían engendrados las más de las veces por la necedad y la holgazanería.
Acaeció que un día, como ya había acaecido otros varios durante aquel curso, llegaron los estudiantes de la Escuela de Medicina de San Carlos a las puertas de la Universidad en furioso tropel, lanzando alaridos lamentables para solicitar nuestra ayuda en un caso verdaderamente grave. Se trataba de que el decano de la Facultad, en un alarde de feroz despotismo, había decretado que no se expusiera en la sala de disección más que un cadáver por semana para el estudio de los alumnos. Esta resolución arbitraria y desacertada hirió en lo más vivo la dignidad de aquellos que creían tener derecho a dos cadáveres por lo menos. Se agitaron, se arremolinaron y decidieron reclamar de los Poderes públicos por medio de una manifestación en que tomasen parte todas las Facultades de la Universidad, los cadáveres que de antiguo les correspondían.
Los estudiantes de Derecho, como es natural, tratándose de sujetos consagrados al cultivo de la Justicia, tomaron parte inmediatamente en la vindicación de la ofensa y se lanzaron a la calle gritando tanto o más que los directamente agraviados. Las demás Facultades fueron arrastradas también por esta gran marejada y se decidieron igualmente a solicitar con el mayor ruido posible la destitución del infame decano. Algunos no se daban por satisfechos con verle destituído y expresaban sin rebozo alguno su deseo ardiente de hacerle la autopsia el primer día que se presentase ante ellos en clase.
Con estos sentimientos crueles, en mayor o menor grado de intensidad, se formó delante de la Universidad una manifestación imponente. Antes de ponerse en marcha hicieron uso de la palabra algunos oradores, que arengaron a las masas encaramados sobre los hombros de sus compañeros En todos sus discursos resplandecía un amor entrañable a la libertad y todos expresaron el propósito firme de dar por ella hasta la última gota de sangre.
Mi amigo Pérez de Vargas y yo, ignorábamos la relación que existía entre la libertad y los cadáveres reclamados; pero seguimos por curiosidad la manifestación, aunque de lejos, haciendo comentarios poco halagüeños para sus tribunos.
--Me parece--decía Martín, riendo,--que lo que están dispuestos a dar, no es la última gota de su sangre, sino la de sus cadáveres.
La masa de estudiantes descendió por la calle de San Bernardo, lanzando gritos de guerra, con el propósito de llegar hasta la Puerta del Sol y asaltar el Ministerio de la Gobernación.
--¡Qué manifestación macabra!--exclamaba Pérez de Vargas.
Pero al llegar cerca de la plaza de Santo Domingo, una sección de guardias de orden público les salió al encuentro y les obligó a retroceder precipitadamente. Esta retirada precipitada se convirtió pronto en huída vergonzosa; porque los guardias, exasperados por los insultos antiguos y modernos que de los estudiantes recibían, comenzaron a repartir sablazos con verdadera prodigalidad. Para que la ola no nos arrastrase tuvimos necesidad de arrimarnos al muro de las casas. No nos parecía ni conveniente ni decoroso el huir, ya que nosotros no habíamos tomado parte en la manifestación. Pasaron, pues, nuestros compañeros como un vil rebaño perseguidos de los guardias; pero al aparecer éstos con los sables desenvainados, nosotros, en vez de seguir tranquilos, no pudimos reprimir un movimiento instintivo de miedo y dimos la vuelta y nos pusimos a correr como los otros. Fué nuestra perdición. A los pocos pasos que dimos, Martín cayó herido de un sablazo en la cabeza. Yo me detuve y felizmente me bajé para socorrer a mi amigo y esto me salvó de otro sablazo igual o mejor.
La calle había quedado desierta. Las tiendas y las puertas de las casas se habían cerrado hacía tiempo. Los comerciantes y porteros, sabiendo ya por experiencia en lo que paraban estas manifestaciones estudiantiles, en cuanto vislumbraban una se apresuraban a echar el cerrojo.
En un principio imaginé que Martín había caído al suelo por virtud de un golpe de plano; pero al levantarle observé con horror que estaba cubierto de sangre. Entonces llamé con todas mis fuerzas en la puerta de la tienda que tenía cerca, pidiendo socorro. Al cabo de unos momentos, un dependiente asomó la nariz por una estrecha rendija y paseando sus ojos investigadores por el ámbito de la calle y cerciorándose de que el peligro había desaparecido, abrió a medias la puerta, alzamos entre los dos al herido y lo metimos dentro. No había perdido el conocimiento, pero soltaba bastante sangre y como ésta le corría por la cara, el efecto no podía ser más aflictivo. Después que hicimos vanos esfuerzos por restañársela con un pañuelo y con una toalla, el dueño del comercio y sus dependientes opinaron que debíamos conducirlo a la botica más próxima.
Así lo hicimos, y el farmacéutico, que ya tenía abierta la puerta, aunque no el escaparate, se apresuró a bañarle la herida con un líquido astringente que detuvo la sangre; pero me aconsejó que lo llevase a la Casa de Socorro. Echadas mis cuentas, vi que ésta se hallaba bastante más lejos que la suya y en consecuencia decidí transportarle a su propio domicilio, y él así me lo rogó también. Corrí a la plaza de Santo Domingo donde había puesto de coches de punto, me metí en uno, vine a la farmacia y acomodando en él a mi amigo, di las señas al cochero del palacio de Pérez de Vargas.
En pocos momentos llegamos delante de la puerta. El enano hirsuto y severo de la portería nos recibió sin conmoverse ni ceder un punto de su severidad. Hizo sonar un timbre, bajó un criado y tampoco éste pareció dar señales de sobresalto y dolor viendo a su joven señorito con la frente vendada y con señales de sangre en la venda. Lo que hizo fué subir apresuradamente la escalera y enterar a la familia de que Martín había sido herido por un guardia en un motín de estudiantes.
Cuando llegamos arriba salieron la señora de Pérez de Vargas, mamá de mi amigo, y dos de sus elegantes hermanas. La mamá se conmovió al verle tan pálido y herido.
--Hijo mío, ¿qué has hecho?--exclamó poniéndole las manos sobre los hombros.
--¿Qué había de hacer? ¡Alguna tontería de las suyas!--respondió agriamente una de sus hermanas.
--¡Como si lo viera!--corroboró la otra con no menos acritud.
--¡A ver, Gabino, corre inmediatamente a casa de Huerta!... No, no avises a Huerta, que está muy lejos... Aquí en el número siete hay un médico. Pregunta al portero. Dile que venga contigo sin pérdida de tiempo--profirió la señora temblando de emoción dirigiéndose al criado mientras besaba a su hijo y le empujaba suavemente hacia las habitaciones interiores.
Pero en aquel momento salieron al ruido las tres ninfas que restaban, se pusieron al tanto de lo que ocurría, y sin compasión alguna comenzaron a pronunciar ásperas palabras contra mi pobre amigo.
--¡Bien empleado te está!--decía una.
--¡Eso es!--replicaba otra--. Estos chicuelos son insufribles, siempre armando alborotos.
--Y faltando al respeto a los profesores.
Yo estaba escandalizado de aquella dureza injustificada. Quise hacerles entender que nosotros no habíamos tomado parte en el motín, y sólo por una circunstancia fortuita había sido herido mi amigo. Aquellas elegantes arpías me atajaron con unas miradas tan furiosas y despreciativas que las palabras expiraron en mis labios. Avergonzado y confuso, cuando vi que todas me volvían la espalda, me puse el sombrero y bajé apresuradamente la escalera.
Cuando llegó el fin del curso, repasamos juntos nuestras asignaturas: en los últimos días resolvimos velar hasta la madrugada. Al efecto, después de cenar me iba a su casa. Sobre la mesa de su cuarto se hallaba, a más de los libros, una maquinilla para hacer café.
Es cosa sabida por todos que este producto ultramarino desvela y aguza la memoria. Lo confeccionábamos, pues, con prolijo esmero y bebíamos algunas tazas. El resultado no correspondía siempre a nuestro propósito. Más de una vez y más de dos a la media hora de ingerirlo roncábamos ambos de bruces sobre la mesa.
Aquel fué el primero y último curso que estudiamos juntos. En uno de los primeros días del segundo llegó a la Universidad triste y abatido, y me comunicó con voz apagada, que por exigencias de su familia se veía obligado a dejar la carrera de Ciencias y prepararse para entrar en la milicia. Con prudente vaguedad me dió a entender que los negocios de su casa no marchaban muy bien y que necesitaba pronto ponerse en condiciones de ganarse la vida por sí mismo. Había elegido la carrera de ingeniero militar como más compatible con el cultivo de las ciencias que amaba y no quería abandonar.
Pronto averigüé, como averiguó todo Madrid, la ruina y caída de la Casa de Pérez de Vargas. Sus acreedores se habían echado sobre ella, y no sólo sus bienes, sino hasta el mismo viejo palaciote había quedado en su poder. Sus hermanos varones permanecieron en Madrid, pues aquí tenían sus destinos: los papás y las hijas se habían ido a vivir a cierto lugarcillo de una provincia lejana donde un hermano de la señora les había dejado una casa y algunas pequeñas rentas para sostenerse. Allí fueron a refugiar su desnudez aquellas cinco elegantes que tanto esplendor habían dado a la corte.
Martín quedó aquel año en Madrid preparándose para el ingreso en la escuela. Después se fué a Guadalajara y no volví a verlo en muchos años.
VI
La GláNdula Del AteíSmo
Bien; quedamos en que la rosa espléndida que brotó en la mañana de mi vida se marchitó apenas brotada. No acaeció otro tanto con la que embalsamó la existencia de mi amigo Sixto Moro. He de contar su historia en estas memorias con la esperanza de producir algo digno de ser conocido.
Y ¿por qué he de maldecir de mi fracaso? Al contrario; quiero alegrarme como si fuese uno de los sucesos más dichosos de mi vida. Cuando un hombre, a punto de cometer una mala acción, tropieza con cualquier obstáculo que se lo impide, esto significa que no está dejado de la mano de Dios. El ángel de su guarda le ha suscitado aquel impedimento para salvarle. Yo bendigo a la Providencia porque el mío en aquella ocasión me haya hecho caer de bruces. A la hora presente no me atormenta el remordimiento de haber engañado vilmente a un amigo de mi padre.
Ya sé que esto no es completamente moderno, que existe en la actualidad una moral más perfeccionada; pero soy viejo ya y no tengo tiempo ni humor para ponerme al tanto de los nuevos descubrimientos.
La aventura de Moro se desarrolló desde un principio con la mayor inocencia. Los cortos momentos que pudo estar cerca de Natalia y las pocas palabras que con ella había cruzado causaron sobre él tan profunda impresión, que durante algún tiempo apenas sabía hablarme de otra cosa. Quería averiguar no solamente los rasgos de su carácter, sino también los pormenores referentes a su vida y costumbres, y me saeteaba con preguntas que la mayor parte de las veces no podía yo satisfacer. Me confesaba ingenuamente que la imagen de aquella niña le seguía a todas partes y turbaba la marcha hasta entonces tranquila de su vida.
Yo comprendía el estado de su alma por lo que en la mía pasaba: hubiera tenido placer en ayudarle a conquistar el corazón o la mano de aquella bella criatura, mas vi prontamente lo absurdo de tal empresa. Moro era un joven de extraordinario talento, de una maravillosa facilidad de palabra, que a no dudarlo se abriría camino en la sociedad y alcanzaría los primeros puestos de la política. Pero su mérito hasta ahora se hallaba inédito: sólo sus condiscípulos de la Universidad y sus compañeros de la Academia de Jurisprudencia podían apreciarlo. En el mundo no se cotizan las esperanzas, y a la hora presente mi amigo no era otra cosa que el hijo de un pobre zapatero de Alcalá y un aprendiz de abogado. ¿Cómo poner los ojos en la hija única de un tan encumbrado personaje como el general Reyes?
Demasiado lo comprendía él. Por eso jamás, ni directa ni indirectamente, salió de sus labios en nuestras conversaciones una palabra que pudiese significar alguna remota esperanza de ser correspondido. En cambio, se entregaba libremente a los goces del amor platónico, buscando las ocasiones de dar satisfacción a los ojos con la imagen de su adorada.
No le faltaban, ciertamente, porque yo conocía bien las costumbres de las damas; sabía en qué iglesia y a qué hora oían misa los domingos y cuáles los teatros que frecuentaban durante la semana. El pobre Moro, aunque disponía de escasísimos recursos, encontraba de vez en cuando una peseta en su bolsillo para procurarse una entrada de _paraíso_. Yo le prestaba mis gemelos y desde aquellas alturas se saciaba contemplando toda la noche a su ídolo.
Más de una vez, cuando yo tenía el honor de acompañarlas, al levantar los ojos desde nuestra platea a la galería tropezaron con los de mi amigo ávidamente posados en nosotros. Yo le hacía un signo, él me hacía otro, y nada más. Me había suplicado con mucho encarecimiento que jamás diese a entender a Natalia aquel amor que le había inspirado, y le cumplía la promesa. Más de una vez también, hallándole por la mañana con los ojos enrojecidos, he comprendido que había pasado la noche anterior con ellos pegados a los cristales de los gemelos en algún teatro. Yo le embromaba con aquellas manchas sanguinolentas y él no me negaba el hecho.
Natalia me dijo un día:
--Tu amigo Moro debe de ser muy aficionado al teatro: le he visto ya diferentes veces.
--Sí--le respondí con alguna vacilación--; le gusta mucho la música y la literatura... pero le habrás visto en las alturas, porque todavía no puede permitirse el lujo de una butaca.
--Eso demuestra que es un sincero aficionado--replicó graciosamente--. La mayoría de los que vamos a butacas y a palcos no asistimos al teatro por el drama o por la ópera que representan, sino por ver gente, por exhibirnos, por pasar el rato.
Repetí estas palabras a Moro y le causaron muy grata impresión. El espíritu grave, recto y sincero de Natalia se adivinaba al través de ellas.
--¡Ya ves cómo no adoro a una muñeca!--exclamó con los ojos brillantes de alegría.
Se hizo más cauto, sin embargo, y redobló sus precauciones para no ser visto por ella.
¡Qué placer infinito le causé un día que le traje la rosa que Natalia había llevado sobre el pecho en el teatro! Se le había caído cuando salimos. Yo la recogí del suelo y quise entregársela.
--Tírala, no sirve ya para nada.
--Es lástima--le respondí--; me quedo con ella.
--¡Con tal que no te sirva para hacer alguna conquista!
--Bueno, se la regalaré a mi patrona Doña Encarnación, a ver si consigo que se ablande.
--¿Qué estás diciendo?--exclamó, mirándome con espanto.
--Sí; que se ablande el _beefsteak_ que nos sirve en el almuerzo.
Soltó una fresca carcajada. El General y Guadalupe se volvieron, y mi palabrita, repetida por Natalia, obtuvo un gran éxito.
El pobre Moro quiso volverse loco de alegría cuando le entregué esta rosa. Me hizo jurar que no le engañaba, que había estado, en efecto, sobre el pecho de su amada. Una vez convencido se entregó a tan graciosos extremos de alegría, que pasamos un rato delicioso. La colocó en un pequeño florero, se arrodilló delante de ella, se puso a cantar el _Tantum ergo_ y a guisa de incensario quemó en su honor algunas hojas de _papel de Armenia_. Después la llevó con toda solemnidad a su cuarto y, haciendo previamente grandes y repetidas genuflexiones, la encerró en su armario, prometiéndome que de vez en cuando la «pondría de manifiesto», sonando antes la campanilla para que todo el mundo de la casa viniese a adorarla.
¡Cuánto nos hacían reír estas bromas! Nos hallábamos en la edad dichosa en que se ríe con las alegrías y también con las penas.
Como ejemplo igualmente de que el humor jocoso de Moro no se había extinguido por la pasión sin esperanza que le había cogido, contaré una chanza que por aquellos días nos hizo reír mucho.
Algunas noches, después de comer, los primos Mezquita solían arrastrarnos consigo al _Café de Madrid_.
En aquel tiempo se juntaban por las noches en este café los enemigos más caracterizados que el Sér Supremo tenía en la capital de España. La mayor parte eran estudiantes de Medicina. Había también muchos dependientes de comercio y algún que otro borracho sin profesión conocida.
Se hallaba situado entonces frente al Ministerio de Hacienda. A un lado de la puerta de éste aparecía un gran letrero en negro, trazado con brocha gorda, que decía: «_Cayó para siempre la raza espúrea de los Borbones._» Al otro lado decía: «_Justo castigo a su perversidad._» Estos renglones fatídicos, que podían leerse a la luz de los faroles, contribuían no poco a mantener vivo el espíritu revolucionario en el café.
Todo el mundo era rebelde en el _Café de Madrid_: el dueño, los mozos, la clientela. Si por casualidad se deslizaba allí algún incauto monárquico, pronto se marchaba escandalizado por los conceptos sediciosos que se vertían en voz alta.
Verdad que en aquella época no se corría peligro amenazando a lo existente en voz alta. Nos hallábamos en plena revolución. Los ministerios se sucedían unos a otros alzados y derrocados por la presión del populacho y de los periódicos que mejor lo representaban. El Ejército se cruzaba de brazos, presenciando con desdeñosa indiferencia la agitación de las masas; la Policía ejercía su ministerio tan tímidamente, que no se la sentía, como si tuviese vergüenza de sí misma.
Con todo, no podía dudarse de que los clientes del _Café de Madrid_ eran hombres indómitos y peligrosos, y el más feroz de todos su mismo propietario, un hombrecillo gordo, barrigudo, que acostumbraba a situarse en una mesa próxima al mostrador, rodeado siempre de una camarilla o guardia negra que comentaba sus hazañas y bebía sus licores. Corría, como válido en el café, que Don Pancracio (así se llamaba su dueño) se había batido heroicamente en las barricadas y había entrado en todas las conspiraciones fraguadas diez años antes de la revolución, por lo cual había sido condenado cinco veces a muerte, sin que estas condenaciones hubiesen alterado poco ni mucho sus facultades digestivas.
Don Pancracio era hombre feroz por convicción más que por temperamento. Todo el mundo convenía en que tenía un corazón bondadoso y tierno y se contaban de él algunos rasgos de generosidad muy laudables. Pero había llegado a imaginar que era un sér temeroso y esto le lisonjeaba hasta un punto indecible. Se susurraba que en los barrios bajos de Madrid había dos mil hombres de pelo en pecho que no aguardaban más que una señal suya para empuñar el trabuco y lanzarse a la barricada.
Aunque esto no fuese cierto, los clientes así lo creían y él debía de creerlo aún más firmemente que ellos, a juzgar por su entrecejo siempre fruncido y la manera temerosa de hacer rodar sus ojos sanguinarios por todo el ámbito del café. Cuando allá en una mesa lejana se producía una disputa demasiado violenta y los contendientes se hallaban próximos a venir a las manos, esto despertaba inmediatamente los instintos guerreros del propietario quien, soltando una terrible blasfemia, tomaba una botella por el cuello y, mirando hacia los perturbadores del orden de un modo provocativo, murmuraba amenazas capaces de hacer estremecerse al Cid en su tumba. Pero sus genízaros se apresuraban a calmarle: «--¡Don Pancracio! ¡Don Pancracio!... ¡Un hombre como usted ensuciarse las manos en esos peleles!»
El propietario se calmaba con estas o semejantes razones, soltaba el cuello de la botella y no tardaba en bebérsela en compañía de su estado mayor. No puedo medir la capacidad estratégica que éste alcanzaba, porque nunca le he visto a la hora de la batalla, pero sí puedo certificar de la que poseía para los líquidos espirituosos.
Todas las horas eran trágicas para este café de conspiradores; pero la más trágica de todas era aquella de la noche en que aparecía un periódico revolucionario titulado _El Combate_. Cuando se abría la puerta y el vendedor se presentaba con su gran paquete debajo del brazo, los clientes todos como un solo hombre se ponían en pie, se agitaban convulsos, gritaban, gesticulaban y el orden no quedaba restablecido hasta que todos se veían poseedores de la preciosa hoja que devoraban con espasmos de alegría. En esta hoja se llamaba todos los días «granuja» al presidente del Consejo de Ministros, se le desafiaba y se empleaban las palabras más sucias del diccionario para calificar a los ministros.
¿Cómo podía consentirse esto?, preguntará tal vez el lector. Sencillamente, porque habíamos concluído con la ominosa tiranía y gozábamos de todos los derechos individuales.
No pudiendo reprimir legalmente la injuria, el Gobierno acudía al recurso de pagar a unos cuantos bravucones que entraban de improviso en las redacciones de los periódicos, apaleaban a los redactores y rompían y deshacían cuanto encontraban. Todo el mundo habrá oído hablar de la famosa _partida de la porra_. De un día a otro se esperaba que estos terribles apaleadores penetrasen en la redacción de _El Combate_. Si no lo habían hecho hasta entonces era porque los redactores se hallaban prevenidos y escribían con un par de revólveres delante de las cuartillas. Pero en cuanto se demoraba un cuarto de hora la salida del periódico, una gran impaciencia reinaba en el café, algunos salían a la calle, circulaban noticias alarmantes y sólo respirábamos cuando aparecía el enorme paquete por la puerta.
Una noche no apareció. ¡Noche terrible, noche aciaga en los fastos de aquel memorable café! A medida que el tiempo transcurría la consternación se pintaba en todos los semblantes. Al principio se gritaba mucho, se gesticulaba, había gran movimiento de entradas y salidas: los clientes más jóvenes se lanzaban en descubierta por las calles y volvían pálidos sin poder dar noticias concretas. Más tarde una desesperación sombría se apoderó de todas las cabezas. Las voces comenzaron a sonar más roncas. Después se apagaron por completo y un silencio heroico se extendió por todo el café.
Don Pancracio ordenó cerrar las puertas como estaba prevenido, pero sus camareros recorrieron como agentes ejecutivos todas las mesas, advirtiéndonos que podíamos permanecer allí el tiempo que tuviéramos por conveniente.
Nadie se movió en efecto. Allí permanecimos todos hasta que rayó la luz del día, convencidos de que el dios Morfeo no tenía poder para prender nuestros párpados si antes no habíamos leído las fulgurantes amenazas de _El Combate_.
Es de saber, no obstante, que en el _Café de Madrid_ no todos eran hombres de acción. Había también pensadores. Y siento verdadera satisfacción al declarar que los que correspondían a la mesa donde se sentaban los Mezquita con otros estudiantes eran los más conspicuos.
Después que se había injuriado suficientemente a los Poderes constituídos se discutía indefectiblemente el tema de la espiritualidad del alma. En realidad no se discutía, porque aquellos estudiantes no admitían discusión sobre este punto; pero servía de blanco para sus burlas más ingeniosas y para sus sarcasmos más sangrientos. Había un profesor de la Facultad de Medicina que les decía: «--Entre los centenares de cerebros que he disecado, jamás tropezó mi escalpelo con el alma.»--Y esta frase se repetía a menudo y cada vez con más unción por los tertulios.
En cuanto a Dios, no contaba allí más que con una minoría irrisoria. Sólo dos o tres nos atrevíamos a sostener que no estaba completamente sepultado y putrefacto. Si alguna vez se nos ocurría pronunciar su nombre, inmediatamente se nos atajaba: «--Perdón, amigo, ¿no podrías decir en vez de Dios, la Naturaleza?»
Sin embargo, nosotros nos obstinábamos en nombrarle. Decentemente no podíamos dejar abandonado un sér indefenso.
Esto producía terribles contiendas teológicas, en las cuales alguna vez tomaba parte el mozo que nos servía, llamado Fariñas. No sé si algún día escribiré un estudio sobre este mozo, pero sí estoy seguro de que debiera hacerlo. Serio, reflexivo, conciliador, mediano filósofo, pero gran matemático. Cuando le debíamos cuatro cafés y siete botellas de cerveza nos demostraba con el lápiz en la mano que le debíamos cinco cafés y nueve botellas. Se escuchaba siempre su opinión con deferencia más por respeto a su lápiz que a sus conocimientos.
Por supuesto era cosa averiguada para aquellos jóvenes que el pensamiento no es otra cosa que una secreción del cerebro, como la orina de los riñones. Se repetían estas y otras frases de Cabanis y Carlos Vogt como si fuesen el fin y el compendio de toda la sabiduría humana. No existían aún los _mecanistas_, los _energéticos_, los _pansensacionistas_, los _cientistas_, y se atenían, por lo tanto, a la forma más primitiva del monismo materialista.
Otra verdad inconcusa era que todo lo referente a la religión entraba en los dominios de la patología interna. El que creyese en otro mundo más que el que veíamos y palpábamos era un enfermo. Si afirmábamos la existencia de Dios y del alma era porque teníamos atascados los conductos biliares. El misticismo, una forma aguda del histerismo; el ascetismo, un síntoma manifiesto de degeneración.
Como consecuencias de tales premisas los santos fueron todos unos perturbados, histéricos y degenerados. Con quienes más se ensañaban aquellos jóvenes era con san Francisco de Asís y santa Teresa. ¡Pobre santa Teresa! No la dejaban intacta ninguna parte de su organismo. Se investigaban, se estudiaban minuciosamente sus más recónditas dolencias femeninas, se sacaban a relucir despiadadamente las imperfecciones de sus conductos interiores. Yo protestaba en nombre del pudor; pero mis protestas quedaban sofocadas por sus carcajadas.
La elocuencia y donaire de Sixto Moro, sus ingeniosas observaciones, con que a veces los desconcertaba, de nada servían tampoco. Sus conocimientos sobre la trompa de Falopio, la placenta y los ovarios eran, como los míos, rudimentarios.
Sin embargo, una noche entró en el café y se sentó a la mesa con ademanes tan altaneros y provocativos que a todos nos sorprendió. Inmediatamente procuró entablar discusión con los jóvenes fisiólogos y comenzó a saetearlos con su inagotable repertorio de burlas. Cuando logró ponerlos exasperados, dió el golpe de gracia que tenía preparado. Sacó del bolsillo el último número de _El Siglo Médico_, que acababa de aparecer, y, poniéndolo sobre la mesa, profirió con acento triunfal:
--¡Leed este artículo y edificaos!
Uno de los tertulios tomó la revista y se puso a leer; pero Sixto le atajó:
--No, no; exijo que se lea en voz alta.
Reinó un silencio profundo, y el que tenía entre manos la revista comenzó a leer. Se trataba del extracto de una Memoria que el célebre fisiólogo francés Claudio Bernard presentaba a la Academia de Medicina, dando cuenta de una experiencia curiosa efectuada por él en los hospitales de París. Habiendo necesitado hacer para sus investigaciones anatómicas sobre la laringe y faringe algunos estudios detenidos, pudo observar en dos cadáveres, cuya disección hizo simultáneamente, un desarrollo anormal de la llamada glándula _tiroides_. Esta masa glandular que se encuentra en la parte inferior del cuello detrás de la traquearteria siempre es más voluminosa en el niño que en el adulto. Por eso le llamó la atención su extraordinario desarrollo en dos hombres que habían fallecido después de los cuarenta años. Informándose de los antecedentes de estos dos sujetos pudo averiguar que se habían señalado por una impiedad recalcitrante. No sólo se habían negado a recibir los sacramentos de la Iglesia, sino que habían escandalizado constantemente a las religiosas que los asistían con sus burlas y blasfemias. Excitada la atención del observador con esta experiencia, procuró verificarla en casos sucesivos. Al efecto, estudió en los dos últimos años la laringe de cincuenta y siete sujetos manifiestamente ateos y sólo en dos casos la _tiroides_ dejó de presentar un volumen anormal.
El artículo cayó como una bomba en la mesa. Todos quedaron con una cara larga y melancólica que recordaba las figuras del Greco. El lector soltó la revista con desaliento. Los demás guardaron silencio. Sólo uno se aventuró a decir en voz baja y balbuciente:
--Mucho me sorprende de Claudio Bernard...
Sixto Moro recogió la revista, la guardó en el bolsillo y porque no sufriese menoscabo su victoria se levantó del diván y se despidió muy cortésmente diciendo que iba al teatro. Yo le seguí alegando el mismo motivo.
Cuando hubimos salido del café, Moro se detuvo y comenzó a reír de tan buena gana, con tan estrepitosas carcajadas, que me sorprendió un poco, pues no hallaba razón para tanta algazara.
--Es gracioso--le dije por seguirle el humor.
--¡Y tan gracioso! ¡Mucho más gracioso de lo que puedes imaginar!
Y vuelta a reír hasta querer reventar. Al fin, cuando se hubo sosegado, pudo articular:
--Has de saber que todo ha sido una farsa.
--¿Cómo una farsa?
--Sí; que no hay tal Memoria de Claudio Bernard.
--No lo entiendo.
--Ese artículo está escrito por mí.
--Ahora lo entiendo menos.
--Soy amigo del regente de la imprenta donde se imprime _El Siglo Médico_ y me ha hecho el favor de tirar un solo ejemplar con mi artículo, prometiéndole que lo inutilizaría así que hubiera dado la broma a mis amigos... Y es lo que voy a hacer en este momento.
Sacó en efecto el periódico del bolsillo y lo hizo menudos pedazos sin dejar de reír.
--Pero ¿cómo has podido escribir este artículo? ¿Quién te ha enseñado ese fárrago de términos técnicos?
--Los he extraído de sus mismos libros, que los Mezquita dejan esparcidos sobre la mesa de su cuarto.
Celebré como merecía la broma, que era realmente chistosa; y seguimos riendo al recordar el gesto de estupefacción de nuestros contertulios.
Al cabo, poniéndose repentinamente serio, Moro exclamó:
--¡Vamos a ver! Después de todo, si hay glándulas para la fe, ¿por qué no ha de haberlas para la impiedad?
VII
MI Amigo JáUregui, Espiritista
¿Por qué le miraban todos con tan declarada hostilidad? Hay que escrutar los senos recónditos del orgullo humano para explicarlo. Cuando se mentaba su nombre en la mesa, hasta el mismo Pasarón, tan pacífico, tan indiferente, se encogía de hombros con displicencia.
Don Carlos de Jáuregui, nuestro compañero de pensión, huésped del gabinete frontero al mío y copropietario de la sala que nos separaba, era un joven que podría contar veinticinco años. Alto, delgado, esbelto, de facciones delicadas y expresivas, la tez pálida, los ojos negros y rodeados de un círculo azulado que acusaba un temperamento nervioso y enfermizo. Vestía con exagerada elegancia y sobre el costado izquierdo del frac, que indefectiblemente se ponía todas las noches, ostentaba bordada la cruz roja del hábito de Calatrava. Un bigotito negro con las puntas enhiestas, los cabellos esmeradamente peinados, las manos breves y cuidadas, la marcha arrogante y majestuosa, todo quería pregonar su esclarecida estirpe.
En efecto, aquel joven pertenecía a una aristocrática familia de la provincia de Alicante y estaba próximamente emparentado con algunos títulos que residían en Madrid. Sabíamos por Doña Encarnación que era huérfano de padre y madre, que tenía o había tenido por tutor al marqués de la Ribera del Fresno; sabíamos igualmente que poseía una mediana fortuna y sabíamos también que estaba dando buena cuenta de ella entre los placeres de la vida cortesana.
No hacía más que dormir en casa. Almorzaba, según nuestras noticias, en un Círculo de la calle de Alcalá y a la hora del crepúsculo venía a casa, se vestía de etiqueta y salía después a comer en alguna de las muchas residencias aristocráticas que frecuentaba. Cuando le tropezaba casualmente en el corredor o en la sala me hacía un reverente saludo, al cual yo correspondía con idéntica ceremonia. Lo mismo efectuaba con todos nuestros compañeros. Su actitud no podía ser más correcta, pero tampoco más fría.
Pues esta corrección y frialdad era precisamente lo que escocía a los huéspedes de Doña Encarnación. Sospechaban, no sin fundamento, que aquel joven aristócrata se consideraba por encima de nosotros en la escala de los seres vivos, y que si en los órganos externos y visibles parecíamos todos iguales, existía realmente entre su naturaleza y la nuestra un abismo infranqueable. Particularmente los primos Mezquita le habían dedicado un odio africano, como africanos que eran en cierto grado, odio que crecía todos los días al observar las muestras de acatamiento que nuestra patrona Doña Encarnación le prodigaba. Porque si nosotros no estábamos absolutamente ciertos de que Jáuregui estableciese teóricamente una diferencia radical entre su organismo y el nuestro, a nadie ofrecía duda que prácticamente Doña Encarnación la instituía.
Por eso cada vez que se hablaba del _calatravo_ (así se le conocía entre nosotros), los primos Mezquita sonreían con amargura y rechinaban los dientes.
He aquí que un día, al abrir la puerta del gabinete para salir por la sala, como lo hiciese sin ruido acerté a presenciar un espectáculo que me llenó de confusión. El caballero Jáuregui se hallaba en pie frente al espejo ejecutando una serie de movimientos desordenados, de gestos convulsivos que me pusieron en suspensión y espanto. Tenía el sombrero en una mano y lo agitaba frenéticamente y sacudía al mismo tiempo la cabeza con extraño furor, clavando una mirada de extravío sobre su propia imagen pintada en el cristal.
Me detuve un instante estupefacto. No sabía qué hacer; si llamarle la atención, ya que él no me veía, o dar la vuelta y meterme otra vez en el gabinete. Opté por esto último y con rápido ademán cerré la puerta; pero no pude llevarlo a cabo de tal manera que no hiciese algún ruido.
Me dejé caer sobre el sofá y me puse a pensar, no sin inquietud, que mi vecino se había vuelto loco o estaba en camino de volverse. ¿Qué era aquello? ¿Qué significaban tan grotescas maniobras?
No tuve tiempo a hacerme muchas más reflexiones. En aquel momento llamaron suavemente a la puerta.
--¡Adelante!--dije con no poca zozobra, por no dudar un punto de quién era el que llamaba.
Se abrió la puerta. Apareció Jáuregui. Su rostro, ordinariamente pálido, estaba ahora teñido de carmín. Yo me puse al verle más colorado aún que él.
--Perdone usted... Me creo obligado a darle algunas excusas por la situación extravagante en que hace un momento me ha encontrado...
Yo levanté el brazo con un gesto que sin duda aspiraba a significar que aquella situación era, a mi juicio, la más natural del mundo.
--Sí, sí, muy extravagante--prosiguió él sin prestar asentimiento a aquel gesto--. Todo depende de una enfermedad nerviosa que desde hace tiempo padezco y que me obliga a menudo a ejecutar movimientos involuntarios.
Fingí de palabra, como lo había hecho con el gesto, no dar importancia alguna a tales movimientos y haberlos visto sin sorpresa. Luego le expresé mi sentimiento por su dolencia y el deseo de verle pronto restablecido.
Le invité a sentarse. Cedió gustoso y comenzamos a departir amigablemente. Pocos minutos después todas mis prevenciones desfavorables, las prevenciones que me habían infundido mis compañeros, se habían desvanecido por completo. Aquel joven era un dechado de cortesía, de franqueza y cordialidad. Ni sombra del orgullo que le habíamos supuesto. Me habló de la vida cortesana y de sus amistades en un tono de modestia e indiferencia que dejaba suponer que se hallaba lejos de conceder extremada importancia a los timbres de nobleza y a las prerrogativas sociales. Se enteró con visible interés de mi vida y mis estudios y me hizo amables preguntas también sobre mis compañeros. Nos despedimos y nos apretamos la mano como verdaderos amigos.
Cuando di cuenta de esta conversación (aunque ocultando su origen) a mis compañeros y les expresé el juicio favorable que nuestro vecino me había merecido, recibieron mis declaraciones con duda y hostilidad. Sin embargo, poco a poco se fueron rindiendo a ellas, y aunque no logré por entonces que se le mostrasen propicios, su ojeriza mermó notablemente.
Mis relaciones con Jáuregui se fueron estrechando. Al principio hablábamos solamente cuando por casualidad nos tropezábamos en la sala o en el pasillo. Después nos fuimos buscando. Me invitó a pasar a su gabinete. Quedé asombrado de la elegancia con que estaba amueblado. Pronto averigüé que ninguno de aquellos preciosos artefactos, ni siquiera el lecho, pertenecían a Doña Encarnación: todo estaba comprado por él. Y a pesar de eso, por lo que pude colegir, pagaba casi tanto por su habitación como yo por la pensión completa. Razón tenía, pues, nuestra huéspeda para mostrarse con él tan reverente.
Jáuregui, aunque haciendo una vida cortesana de placer, era más culto de lo que yo había supuesto. Pero no pude menos de observar en seguida que su cultura se reducía casi enteramente a un ramo, el ramo más extraviado de la ciencia, el que se refiere a la magia y al ocultismo.
--¡Cómo! ¿llama usted ciencia a la magia?--me preguntará cualquiera inmediatamente. No soy yo quien así la llama sino sus adeptos modernos. Actualmente todo tiende a convertirse en ciencia y lo maravilloso reviste apariencia científica. Tiene sus libros, sus Revistas, sus Sociedades sabias y Congresos. Los augures y profetas no visten ya la túnica de estrellas, sino la levita del profesor.
De todos modos Jáuregui poseía una copiosa colección de libros ocultistas que guardaba en un armario de caoba destinado al efecto. Me la mostró con cierto orgullo y de una en otra vino a confesarme que él era un entusiasta espiritista, que había leído y meditado mucho sobre este asunto y que en un viaje que había realizado a París hubo de ponerse en relación con los partidarios más conspicuos de esta teoría y asistió a algunas de sus sesiones prácticas.
¡Cosas sorprendentes, milagrosas, había logrado presenciar! Bajo la influencia del espíritu de Copérnico, había visto escribir páginas brillantes sobre astronomía a un sujeto que ignoraba por completo esta ciencia, y, guiado por el de Abelardo, otro había dibujado la espléndida casa que este filósofo posee en el planeta Venus, donde vive en compañía de Eloísa.
Además, había hablado con adivinos, luciferanos, quirománticos; había presenciado casos milagrosos de materialización de fantasmas; no sólo materialización de manos y brazos aislados que flotaban en el aire y cuyo contacto sintió en el rostro, sino verdaderos fantasmas de sujetos fallecidos hacía mucho tiempo, apariciones increíbles de dos o tres personas al mismo tiempo que marchaban por la sala vestidas con túnicas blancas, mostraban sus brazos desnudos y daban apretones de manos a los circunstantes. Había visto a un famoso _medium_ traer repentinamente a sus manos pájaros y flores de climas apartados, mover los objetos sin contacto, levantar las cortinas y trasladar los muebles; había visto tomar fotografías de los objetos pensados y casos estupendos de transmisión del pensamiento.
Era de noche, a las altas horas de la noche, cuando Jáuregui me contó estas increíbles maravillas. Confieso que me sentí impresionado y aun puedo añadir un poco inquieto y medroso. Aquel joven tan pálido, de ojos tan grandes y negros, narrándome conmovido y con voz temblorosa tales espantos era cosa realmente para aterrar a cualquiera.
--Y usted por sí mismo, ¿no se ha puesto jamás en relación con algún espíritu?--me atreví a preguntarle.
Jáuregui vaciló un instante y balbució algunas palabras de excusa. Después, súbitamente resuelto, me declaró con toda franqueza que hacía ya mucho tiempo que se hallaba en estrecha comunicación con el mundo de los espíritus. Había tenido un trato muy íntimo con Napoleón, Felipe II y Pedro el Grande de Rusia, si bien hacía tiempo que no hablaba con ellos por negligencia; pero así que los evocaba, inmediatamente acudían a responderle. Yo no pude menos de hacerle observar la gran diferencia que existía entre el mundo de los espíritus encarnados y el de los desencarnados; porque era bien seguro que aquellos señores, en vida, no se hubieran dignado concederle una audiencia, cuanto más acudir a las suyas.
--Cierto, cierto--manifestó Jáuregui gravemente.
--Además, prueba que en el otro mundo los reyes y emperadores andan muy desocupados cuando pueden venir a conferenciar con cualquiera que les llame en éste.
--Exacto--volvió a murmurar Jáuregui.
Sin embargo, a pesar de tan sorprendentes prerrogativas, no estaba satisfecho. Jamás había logrado materializar a un espíritu y esto le tenía desalentado y triste. Desde hacía largo tiempo apenas se comunicaba con otros que con el de Sócrates y el de su novia, una novia que se le había muerto tísica hacía dos años. A estos dos espíritus les había hecho los consultores y guías de su existencia. Con ellos conferenciaba todos los días por medio de un veladorcito rotativo con abecedario parecido a una ruleta donde una aguja movida por impulso inconsciente de sus dedos señalaba las respuestas. Esta mesita giratoria la guardaba misteriosamente en su armario y me la mostró con gesto solemne.
También me hizo ver unos cuadernos donde se ejercitaba en la escritura automática escribiendo con los ojos cerrados bajo el soplo de la inspiración. Tenía asimismo un diccionario con el cual se consultaba: fijaba de antemano con el pensamiento la columna y la línea en que había de hallar la respuesta, abriéndolo después al azar por medio de una plegadera. Me narró casos sorprendentes. En cierta ocasión, escribiendo automáticamente, estampó más de cien veces una sola palabra, la palabra veneno. Aquella misma tarde se envenenó con una gaseosa. Otra vez abrió el diccionario para averiguar la enfermedad que padecía una de sus parientas y se encontró con la palabra _vapor_, que nada significaba. Pocos días después, no obstante, el médico diagnosticó que lo que aquella señora padecía eran _vapores_.
Naturalmente, con tales maravillas Jáuregui se hallaba absolutamente persuadido de la verdad de la teoría espiritista que para él era una verdadera religión. Pero, sobre todo, estaba entusiasmado con la acertada dirección que Sócrates imprimía a la conducta de su vida y la manera airosa con que le sacaba de todos los atolladeros que en ella se le presentaban.
--Claro está--hube de manifestarle--; como que Sócrates está reputado lo mismo en la antigüedad que en la edad moderna por el hombre más juicioso que ha existido. Y en verdad que es caso asombroso y digno de toda alabanza el que un filósofo tan glorioso venga a departir amablemente con una persona cuyos méritos no desconozco, pero que no ha alcanzado celebridad en el mundo.
--¿No es cierto?--exclamó Jáuregui con los ojos brillantes de triunfo y alegría--. Pues casi todos los días se está dos horas lo menos conmigo. Por cierto--añadió bajando la voz y sonriendo--que la otra noche nos ocurrió un lance singular y bastante cómico. Verá usted. Nos hallábamos charlando hacía un rato largo y yo le consultaba sobre ciertas materias delicadas, cuando de pronto, ¡zas!, oigo un chasquido en el aire. Quiero continuar mi conferencia, pero Sócrates no responde. Le llamo repetidas veces, y nada. Al día siguiente, cuando acudió a mi llamamiento me confesó que su mujer Jantipa le había sorprendido en conversación conmigo y le había dado una bofetada.
--¡Una bofetada!--exclamé en el colmo del asombro--. ¿No decía usted que jamás había logrado obtener una materialización? Pues ahí la tiene usted... Porque me parece que una bofetada es algo bien material.
--¡Sí, pero no la he visto!--exclamó con aflicción.
--Eso acontece casi siempre con las bofetadas: se las oye, se las siente... pero no se las ve venir.
Después de esta conferencia tuvimos otras varias y entramos en gran intimidad. Casi todas las noches, cuando ya la gente de la casa reposaba, me hacía pasar a su gabinete y charlábamos un rato más o menos largo. Al cabo me propuso que nos tuteásemos, a lo cual, como es de suponer, cedí con el mayor gusto.
En realidad, aquel joven aristócrata, con su erguida cabeza y su imponente cruz de Calatrava, era lo que suele llamarse _un infeliz_. Yo llegué pronto a cobrarle afecto, pero no logré que mis otros compañeros le concediesen su simpatía. Verdad que Jáuregui seguía mostrándose con ellos tan frío y ceremonioso como antes y sólo conmigo abandonaba su empaque.
Pues después que yo me iba a la cama, porque debía madrugar, todavía él, que no estaba obligado a hacerlo y podía dormir a su sabor la mañana, solía quedarse largo tiempo en conferencia con los espíritus.
Una noche, cuando me hallaba sumido ya en el más profundo sueño, oigo llamar a mi puerta con fuertes golpes.
--¿Quién va?--pregunté, incorporándome despavorido.
--¡Jiménez! ¡Jiménez!
Era la voz de Jáuregui.
--Entra. ¿Qué ocurre?
Jáuregui se presentó en mi alcoba con la palmatoria en la mano, tembloroso, el rostro descompuesto, los cabellos erizados.
--Pero ¿qué pasa?--exclamé yo, asustado también.
--¡Una cosa horrible!
Y colocó la palmatoria sobre mi mesa de noche y se dejó caer sobre una silla sin acertar a articular más palabras. Yo llené un vaso de agua, que tenía al alcance de mi mano, y se lo di a beber. Se calmó un poco y profirió velozmente:
--He logrado materializar a mi novia.
--¡Anda!--exclamé yo súbitamente tranquilizado--. ¿Y por eso te asustas? Pues, al contrario, debías estar muy satisfecho.
--Es que... ¡es que tú no sabes!... Se me presentó en una forma espantosa, envuelta en un sudario blanco, los cabellos sueltos, el rostro amarillo, los ojos inflamados...
--No tiene nada de particular, porque la has cogido desprevenida y no ha tenido tiempo a arreglarse... Pero ya verás más adelante cómo se te presentará en traje más adecuado.
Me dirigió una mirada recelosa. Yo permanecí serio. Al fin se tranquilizó por completo.
Pocos momentos después se alzó de la silla y se retiró, pidiéndome perdón por haberme despertado de tan dramática manera. Me volví del otro lado y no tardé muchos segundos en quedar de nuevo profundamente dormido.
VIII
Los áNgeles De La Buhardilla
Acaeció que en los últimos meses del curso académico vino a instalarse en el cuarto cuarto de aquella misma casa una modesta familia compuesta de una mamá, dos niñas ya casaderas y un chico de catorce o quince años. Bien modesta necesitaba ser, porque aquel cuarto cuarto, si se le despojase de su tarjeta de visita, se llamaría sencillamente buhardilla.
No tenía vistas a la calle, sino tan sólo tres ventanas al patio, enfrente y un poco más altas que las de nuestras habitaciones interiores. En estas habitaciones alojaban Moro y los primos Mezquita. Así que éstos se dieron cuenta de la llegada de aquellas jóvenes, se sintieron cada día más y más apegados a la vida sedentaria. Y comenzó el imprescindible tiroteo de miraditas, señas y sonrisas. Las niñas eran lindas y trabajaban la mayor parte del día arrimadas a una de las ventanas. Y los primos Mezquita, acometidos súbitamente de un ansia irresistible de saber, estudiaban casi las mismas horas pegados a la suya.
Pronto supimos todos en la casa que una de las niñas, la más bella y pizpireta, se llamaba Lolita; la otra, Rosarito; el chico, Perico, y la mamá, Doña Enriqueta. Era ésta viuda de un comandante de infantería fallecido hacía ya algunos años y se sostenía con la módica pensión que le quedara y con el trabajo de sus hijas. Las dos eran bordadoras, ocupación mal recompensada como todos saben. Para ganar lo indispensable, nada más que lo indispensable, necesitaban las pobrecitas aplicarse duramente todas las horas del día y quizá también algunas de la noche.
Doña Encarnación, nuestra patrona, no tardó en hacer conocimiento con ellas. Se hallaron primero en la escalera. Doña Encarnación era exageradamente comunicativa. Subió después a su cuarto; bajó doña Enriqueta al nuestro; por último, las bellas ninfas, sus hijas, también se dignaron descender envueltas, como diosas que eran, en una espesa nube que las ocultó a nuestras miradas profanas. Acaso no sería la nube. Acaso aprovecharan astutamente el momento en que todos los huéspedes nos hallásemos en la calle. De todos modos, el hecho fué que no logramos verlas. En otras de sus apariciones celestiales sucedió lo mismo.
Los primos Mezquita se torcían las manos, se mesaban los cabellos, se dejaban caer desfallecidos sobre las sillas, pensaban vagamente en el suicidio cuando al llegar a casa adquirían conocimiento de tan sublime epifanía. Aspiraban después con delicia el aire embalsamado por las bellas y tocaban con respeto los objetos donde ellas habían puesto sus torneadas manos.
Doña Encarnación, sonriente, implacable, coadyuvaba a su desesperación relatando minuciosamente los incidentes de la aparición: cómo se habían presentado, si peinadas o con el cabello suelto, los lindos pies calzados o solamente con babuchas, qué palabras habían pronunciado, qué risas divinas habían fluído de sus rosados labios. Doña Encarnación gozaba cruelmente como una divinidad infernal con la aflicción de sus huéspedes.
El cerebro del hombre apretado por las circunstancias puede engendrar ideas muy fecundas. La que brotó de la mente de uno de los Mezquita en esta ocasión fué maravillosa. Nada menos se le ocurrió que despedirse en voz alta de Doña Encarnación cada vez que salía a la calle, dejar la puerta entornada, volverse desde la escalera, penetrar de nuevo en la casa y encerrarse traidora y solapadamente en su cuarto espiando como un sátiro la entrada en escena de las ninfas de la buhardilla.
Repetida esta maniobra diferentes veces, al fin aquéllas cayeron en el lazo. Se hallaban en el comedor holgándose alegremente en compañía de Doña Encarnación, narrando los dulces incidentes de su vida poética, inmarcesible, engullendo al mismo tiempo algunas galletitas con que aquélla las obsequiaba, cuando aparece repentinamente por la puerta Bruno Mezquita. El impostor tuvo la audacia de fingirse sorprendido, de balbucir algunas frases de excusa y hasta de intentar retirarse. Pero no lo hizo, ¡ya lo creo que no lo hizo! Venía solamente a participar a Doña Encarnación que se le había caído un botón del chaleco y a suplicarle que tuviese la amabilidad de pegárselo.
¡Un botón! ¡Qué pretexto ridículo y prosaico! Sin embargo, aquellas preciosas niñas se ruborizaron como si entrase cantando una trova de amor. Y después de todo, aquel botón, bajo su sórdida apariencia, no era otra cosa que un madrigal. El que no lo reconozca así no dará pruebas de gran perspicacia.
Doña Encarnación salió en busca de los enseres necesarios para realizar la operación que se le encomendaba. Bruno Mezquita quedó solo unos instantes con aquellas ninfas, y si no las abrazó y las besó y las arrastró por la fuerza al paraje más sombrío del bosque como un sátiro que era, no fué porque le faltasen deseos de hacerlo.
Llegó Doña Encarnación al punto de impedirlo. Traía en la mano la aguja y la hebra de seda; pero en el momento de colocar el botón en su sitio observó con disgusto que le faltaban las gafas. Trató de ir a buscarlas, pero Lolita, la primera y más bella de las dos divinidades, se ofreció con graciosa condescendencia a pegar el botón con sus manos inmaculadas.
Entonces le tocó al primo Mezquita ruborizarse. Lo hizo como si fuese un tierno colegial y no un sátiro empedernido. El botón quedó pegado al instante con perfección inimaginable. Bruno Mezquita se hubiera arrancado de cuajo todos los que tenía en su ropa, a riesgo de quedar desnudo, por sentir tan cerca de sí más tiempo las manos de la deidad.
Aunque es fuerza confesar que existen en el mundo seres tan egoístas que no agradecen o agradecen débilmente los servicios que se les presta, no fué este el caso del primo Mezquita. Al contrario, dió las gracias de un modo tan apasionado y vehemente, que todo su cuerpo se retorció al hacerlo como si repentinamente hubiera caído en un ataque epiléptico. Doña Encarnación no pudo menos de preguntarse con inquietud si su huésped iba a experimentar la dislocación de alguno de sus miembros más importantes.
Al fin quedó asegurada con gusto de que esta seria calamidad no se efectuaría. Bruno se calmó, y después de dar algunas docenas más de gracias anunció su intento de subir a la mansión cerúlea de su bienhechora para ponerse a los pies de la autora de sus días, en el caso de que ésta consintiera en recibir la visita de un mortal tan desprovisto de mérito. Lolita manifestó que su mamá era toda afabilidad, toda benevolencia, y, por lo tanto, acogería la visita con el mayor agrado.
La visita se efectuó al día siguiente. Bruno Mezquita nos lo hizo saber por la noche a la hora de la cena y nos hizo su relación con exasperante prolijidad. Exasperante para su primo Manuel, que empalideció de envidia. En cuanto al pequeño Albornoz, que secretamente alimentaba ya una pasión incurable por Lolita, quedó anonadado.
Por espacio de algunos días el más anciano de los Mezquita tronó y relampagueó solo en lo alto de la buhardilla sin que nadie osara hacerle la competencia. Poco tiempo le bastó para adquirir gran confianza en aquella región luciente. Iba y venía con pasmosa frecuencia llevando y trayendo recaditos para Doña Encarnación, subiendo unas veces periódicos de modas, bajando otras algún dibujo de bordado, un pañuelo olvidado, una novela prestada, etc. Doña Encarnación enviaba por su conducto de vez en cuando a aquellos ángeles algunas almendras y galletas que cercenaba de nuestro postre y hasta hubo sospechas de que en una ocasión no tuvo reparo en hacer cargar a Bruno con una fuente de arroz con leche. Pero tal extremo nunca se pudo esclarecer por completo; aunque Pepito Albornoz lo daba por seguro y lo contaba con una sonrisa amarga que revelaba su despecho.
Todo tiene su fin en este mundo. Aquella odiosa dictadura terminó cuando Manolo Mezquita, guareciéndose bajo el manto protector de Doña Encarnación, que gustaba de extenderlo sobre todos los desesperados, se hizo presentar en la morada gloriosa a la imponente divinidad que la regía.
Doña Enriqueta acogió con benignidad los homenajes del nuevo devoto, como no tardó en hacérnoslo saber el mismo interesado. Pepito Albornoz, que ardía en ansias de obtener el mismo honor, alentado por estos precedentes, no tardó mucho en conseguirlo, merced igualmente a la graciosa intervención de nuestra patrona. Por último, ésta, en un rapto de su inagotable caridad, encarándose con Sixto Moro y conmigo, nos dijo:
--¿Qué es eso? ¿No quieren ustedes que les presente en casa de mis amiguitas como a estos señores?
Sixto Moro y yo nos miramos y en los labios de uno y otro se esbozó la misma sonrisa. Porque admirábamos la belleza de aquellas niñas, sobre todo la de Lolita, que era en realidad quien lo merecía, mas sus gracias no habían logrado causar un efecto mortífero en nuestro corazón. Sixto Moro tenía el suyo prisionero en otra parte, y el mío yacía también por los mismos parajes maltrecho y ensangrentado.
Nos mostramos, sin embargo, agradecidos, dimos nuestro asentimiento, y, en efecto, a la noche siguiente fuimos presentados en el casto asilo de las bordadoras con toda la solemnidad que el caso requería.
Era un verdadero nido de golondrinas, una casa de muñecas. Se componía de una salita de regulares dimensiones, dos alcobas para la mamá y las niñas, un comedorcito, en él un pequeño agujero para el chiquillo, y una cocina.
Doña Enriqueta nos acogió con gravedad benévola. Era una señora de prócer estatura, cabellos blancos, nariz aguileña, tez pálida y ojos bellos y severos. El conjunto no podía ser más imponente y majestuoso.
--¡Ah! es usted del norte de España--me dijo con sonrisa condescendiente--. Allá en América les tenemos en mucha estima por su honradez y laboriosidad. Es gente que sabe abrirse camino y aprovecha bien las circunstancias para hacerse una posición más o menos brillante. En la Habana hemos tenido dos criados, uno asturiano y otro montañés, tan fieles, que yo les entregaba la llave de la caja de las joyas cuando necesitaba sacar algunas para ir a los bailes de la Capitanía o de los marqueses de la Reunión.
Si he de confesar la verdad, no me sentí muy halagado en aquel momento por el testimonio generoso de la fidelidad de mis paisanos. Hubiera deseado verles en posición más desahogada, aunque su virtud no fuese tan ostensible. Pero esta ligera humillación quedó bien compensada por la satisfacción orgullosa que sentí al verme tan bien acogido de una dama que había brillado en otro tiempo en los salones de los magnates americanos.
Esta satisfacción creció de un modo desmesurado cuando a los pocos momentos me hizo saber que sus años juveniles se habían deslizado en un ingenio de azúcar propiedad de sus papás, donde trabajaban seiscientos esclavos. Cada vez que ella, la más joven de las señoritas de la casa, entraba o salía del ingenio en su coche, aquellos esclavos le hacían una ovación estruendosa. Porque había sabido captarse su cariño y admiración.
Yo asentí con todas mis fuerzas insinuando al mismo tiempo la idea de que aquellos esclavos poseían una perspicacia nada común, muy superior a lo que podía esperarse de su condición y de su raza.
Con esto doña Enriqueta me miró aún con más benignidad.
--En lo que se refiere a la condición es posible que no esté usted equivocado, porque los trabajos a que se dedican les impiden toda instrucción, aún la religiosa. Yo, sin embargo, he trabajado muchísimo y con buen éxito por inculcarles las ideas más necesarias para nuestra salvación eterna. Logré de mi papá que todos los viernes les dejasen una hora de descanso, en la cual yo les explicaba el catecismo. También conseguí que se celebrase los domingos una misa al aire libre para que la negrada la oyese. Yo misma preparaba el altar y lo adornaba con flores que hacía cortar de nuestro jardín... Porque teníamos un jardín... ¡qué jardín, madre mía! Era casi tan grande como el parque del Retiro y mucho mejor cuidado. El jardinero que dirigía los trabajos había estado en Inglaterra al servicio del príncipe de Gales y había logrado cultivar tal número de flores, tan raras y tan hermosas, que no se celebraba ningún baile aristocrático en la Habana sin que viniesen a suplicarnos que les cediésemos algunas cestas de ellas. Pero yo prefería enviarlas a las iglesias y que adornasen el altar de nuestra capilla. Por esta razón, mis hermanas se reían de mí y me llamaban siempre la monjita, aunque mis papás las reprendían; porque yo era la niña mimada de la casa. Mi mamá decía muchas veces: «--Todas vosotras juntas no valéis lo que vale mi Enriqueta.» Y el obispo de la Habana, una vez que vino a visitarnos, me dijo: «--¡Enriqueta, eres un apóstol!»--y me dió particular y especialmente su bendición.
Yo estuve también por dársela y marcharme después de hacerlo; pero como no era obispo y pudiera interpretarse mi conducta como una usurpación de funciones, resolví quedarme quieto.
--En cuanto a la raza, no puedo estar conforme con usted--prosiguió Doña Enriqueta--. Entre la gente de color se encuentran tipos de una inteligencia muy despierta. Las dos doncellas que yo tenía a mi servicio (porque mi papá quería que cada una de sus hijas tuviese dos doncellas) eran mulatas y no puede usted figurarse qué rara penetración la suya. En los ojos me adivinaban los pensamientos. Si observaban que tenía deseos de dormir, bajaban los _estores_ silenciosamente, me ponían un cojín debajo de la cabeza y comenzaban a darme aire con los abanicos; si venía de algún baile un poco agitada, en seguida notaban mi inquietud y a los pocos momentos me servían una tacita de tila con azahar; si comprendían que una visita me era molesta se presentaba una de ellas previniéndome que mi papá me hacía llamar, y de este modo me permitían salir de la habitación...
--¡Qué lástima!--exclamó Sixto Moro.
--¿Cómo lástima?--preguntó Doña Enriqueta.
--Sí; qué lástima y qué tristeza para aquellos señores el verse privados tan pronto de su presencia.
--Muchas gracias, es usted muy galante--replicó Doña Enriqueta, y prosiguió inmediatamente--. El cochero que yo tenía era cuarterón: un hombre muy notable; un verdadero talento. Ya quisieran aquí en Madrid el Duque de Osuna o el de Fernán Núñez tener un hombre parecido a su servicio. Jamás he sufrido un percance con él, y eso que mi tronco de caballos era de lo más vivo y rozagante que pudiera verse; como que lo había comprado mi papá en Nueva York a un banquero inglés que levantaba su casa y se marchaba a Italia, porque no le sentaba bien el clima de los Estados Unidos. En cambio, dos de mis hermanas han tenido más de un accidente con los suyos... Porque cada una de nosotras tenía su coche y su cochero. Mi papá no quería que hubiese disputas entre nosotras sobre las horas de paseo o de tiendas, y deseaba que cada cual pudiera salir con su doncella cuando quisiese sin verse obligada a esperar por las otras.
--¿Y cuántas eran ustedes, si la pregunta no es indiscreta?--dijo Moro.
--Éramos cuatro hermanas y un hermano. Éste era un calavera deshecho y no sólo tenía coche, sino varios caballos de silla; pero no hacía caso; en vez de usar el suyo se apoderaba de cualquiera de los nuestros, porque se complacía en hacernos rabiar. ¡Qué cabeza! Pero tenía mucho ángel, como aquí se dice: todo el mundo le quería en la Habana; nosotras mismas, a pesar de sus bromitas, le adorábamos. Verdad que era generoso y espléndido como nadie. Cuando nos había enfadado un poco más de lo ordinario, para ponernos contentas nos traía cualquier regalito, una sortija, un relojito de oro, unos peinecillos de concha...
Esta interesante descripción del carácter y costumbres de su único hermano fué interrumpida desgraciadamente por la aparición de un gato que llevaba en la boca un trozo de bacalao. Verlo Doña Enriqueta, exhalar un gemido lastimero, que nos hizo dar un salto, y lanzarse en su persecución fué todo uno.
Pero e
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