Agua de Nieve (Novela)
Concha Espina
Nota del Transcriptor:
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Agua De Nieve
Obras De Concha Espina
LA NIÑA DE LUZMELA (novela). (Segunda edición.)
DESPERTAR PARA MORIR (novela). (Segunda edición.)
AGUA DE NIEVE (novela). (Tercera edición.)
LA ESFINGE MARAGATA (novela). (Segunda edición.) (Obra premiada por la Real Academia Española de la Lengua.) Traducida al inglés.
LA ROSA DE LOS VIENTOS (novela). (Segunda edición.)
MUJERES DEL QUIJOTE. Traducida al italiano.
RUECAS DE MARFIL. (Segunda edición.) Traducida al italiano.
EL JAYÓN. Drama en tres actos. Traducido al italiano.
En PreparacióN
Pastorelas.
El Metal De Los Muertos.
Concha Espina
Agua De Nieve
(Novela)
Tercera EdicióN
MADRID IMPRENTA DE JUAN PUEYO Luna, 29, teléfono 14-30 1919
Es Propiedad
A Isabel Carranceja
AMIGA _y señora: Recibid con buen semblante esta novela, nacida en noble cuna, pues se escribió en vuestra casa al amparo de generosa hospitalidad. Si la dulzura del asilo que me disteis y la grandeza de esas marinas y paisajes montañeses no fueron parte á producir obra más bella, cúlpese á mi pobre ingenio, harto ruin, que no supo recoger de tantas hermosuras sino vedijas de niebla, pedazos de hielo y salitres de la mar. Pero la lumbre de vuestro corazón, al reflejarse en estas páginas, habrá de encenderlas con suavísimos resplandores, como sol de Mayo, alegría del agua y de la nieve..._
Concha Espina
Libro Primero
La Viajera Rubia
I
EN EL LAZARETO DE SAN SIMÓN.--REGINA DE ALCÁNTARA.--EL ESPEJO TURBIO.--LOS MISTERIOS DE UNA NOCHE DE MAYO.--LA FELICIDAD DESCALZA.
TOCÓ el bote dulcemente en la tierra, tierra frondosa y húmeda que emergía de las aguas como un jirón de los blandos vergeles submarinos. Regina de Alcántara, moza elegante y gentilísima, de ojos negros y cabellos rubios, desembarcó de un salto, rápida y leve, sin advertir que un pasajero le tendía, solícito, la mano. Dió la muchacha algunos pasos por la costa, con visible emoción, y, de pronto, hincándose de rodillas, hundió en la hierba fragante el demudado rostro. Acarició la mullida tierra con un largo beso y levantóse después; miró en torno suyo algo confusa, y como el mismo pasajero se acercara á decirla:--¿Llora usted?--ella, riendo, contestó:--No lloro... Es que la pradera me ha mojado con sus lágrimas... Esta tierra mía del Norte siempre está llorando...
Pero á Regina se le empañaba la voz al dar esta respuesta y le temblaban las manos al enjugarse las mejillas con el pañuelo. Volvió á quedarse quieta y muda, entre risueña y llorosa, mirando cómo desembarcaban en bulliciosos grupos los demás viajeros: gente humilde, repatriados pobres, de traza miserable algunos, espumas y relieves de la emigración española, que arrojaba en la costa de Galicia aquel gran trasatlántico _Iguria_, negro y humeante, presto á zarpar con rumbo á Francia. Los recios perfiles del navío se recortaban á lo lejos sobre el fondo verde obscuro del mar, bajo un cielo sereno, entoldado por gasas vacilantes de niebla y de sol.
Una señora, de semblante dulce y triste, que acababa también de saltar á tierra, cogía, de manos de un marinero, el equipaje menudo de Regina y lo colocaba en el suelo á los pies de la absorta muchacha. Pronto el «cabás» elegantísimo, la maletita de espeso correaje, el portamantas abrazado á los abrigos, las cajas y estuches, formaron alrededor de la señorita un copioso cerco. En el bote, donde los marineros aligeraban á saltos la carga de pintorescos atalajes, se mecían, bien arropados en sus fundas de lona, los enormes baúles de la interesante viajera. Absorta estaba todavía, mirando al mar de hito en hito, cuando la señora del semblante triste la tocó suavemente en el brazo, para decirle, como quien despierta á un soñoliento:
--¡Eh!... ¡Que ya estamos en San Simón!
Volvió Regina la cara con lentitud, y pronunció vagamente:
Sí... ya lo sé...
Miraba á su lado con hastío, como si la necesidad de ocuparse en algo práctico la produjese grave repugnancia. Vió que dos mozos del Lazareto se le acercaban, serviciales, y confióles al punto los trebejos, indicando que deseaban una de las mejores habitaciones del hotel.
--Podrá elegir la señorita, porque no hay pasajeros más que en el pabellón de tercera--le replicaron.
Y siguiendo una vereda adoselada entre los árboles soberbios, detuviéronse en un recodo del camino, ante una caseta rodeada ya por buen golpe de repatriados.
---Tienen ustedes que «pasar por el médico»--advirtió un mozo.
En el dintel de la puertecilla, rotulada con el aviso, _Sanidad_, aparecióse un empleado del Lazareto, que gritó:
--¡Pasajeros de primera! A ver... Por familias...
El caballero que antes habló á Regina, se acercó á ella sonriendo:
--Somos los únicos--dijo--; pasen ustedes.
Entraron las señoras, y un médico, joven y buen mozo, las pulsó ligeramente y las hizo algunas breves preguntas, de pura fórmula, para declarar que se hallaban en perfecto estado de salud. Un ayudante confrontaba las listas de los pasajeros, y apuntando los nombres en su libro, leía en alta voz: «Doña Regina de Alcántara, soltera, veinticinco años, pasajera de primera clase para Vigo... Doña Eugenia Barquín, soltera, cuarenta y ocho años, ídem ídem...» Les dieron á entrambas un pequeño pasaporte que debían entregar al encargado del hotel, y fueron despedidas cortésmente, no sin que Regina preguntase:
--¿Es verdad que no hay enfermos en la isla?
--Ninguno--respondióle el doctor, muy diligente.--Hubo, hace días, una defunción entre el pasaje que vino del Brasil, y ustedes traen patente sucia, por haber tocado en Río de Janeiro; pero sólo estarán aquí unas horas, pues no desembarcó ningún enfermo declarado por la sanidad de á bordo.
El empleado de las anotaciones murmuró, mientras escribía:--Daniel de Alcántara, soltero, diez y nueve años, fallecido en la travesía, á la altura de...
Regina volvió la cabeza, vivamente, al oir el fúnebre dictado. Sorprendió el médico la actitud de la joven, y reparando en la igualdad de los apellidos, preguntó:
--¿De la familia de usted?
--Mi hermano--balbució la muchacha. Y turbada y ligera salióse del pabellón, seguida por los ojos del médico, inquisitivos y galantes.
Diez minutos después se destocaba Regina en su estancia ante un espejo de infame luna, que hacía temblar las imágenes, desfigurándolas con matices verdosos y alteradas líneas. Volvióse la joven con inquietud hacia la señora que acomodaba el equipaje:
--Oye, Eugenia, mírame--exclamó.--¿Tengo la cara verde?
--No, mujer, ¡qué ocurrencia!
--Pues aquí me veo lívida.
--Será el reflejo de los árboles, ó la calidad del espejo; tú tienes buen color.
--Ahora me he vuelto aprensiva... Es tan fácil enfermar... y morir en plena juventud...
La señora, sin abandonar su trajín, respondía con razonada persuasión:
--Danielito estuvo siempre delicado... Acuérdate que desde pequeño era un nene cativo, siempre en cuita; no tenía resistencia para desarrollarse... Tú no pareces hermana suya; eres sana y fuerte.
--Sí; eso es verdad--declaró Regina con visible gozo. Irguióse arrogante, se miró las manos y las uñas y giró hacia el espejo la cabeza, pero sin atreverse á consultarle otra vez, señalósele á Eugenia, diciendo:
--No te mires... Creerías que tienes ictericia, y, además, sentirías náuseas y mareos, lo mismo que en el camarote.
Alzó los brazos para desprenderse las horquillas, y sobre sus hombros gentiles, cayeron lánguidas, unas guedejas de pelo dorado, fino y débil, en melena corta, como la de una niña. Aquel cabello sérico y laso, de traza infantil, contrastaba, de manera singular, con los ojos negros y apasionados de la moza y con toda su figura, fuerte y mimbreña, de actitudes algo varoniles.
Con el cabello suelto y flotante acercóse Regina al balcón y, abriéndole, se quedó recostada en la barandilla, acariciando con sus ojos profundos y ardientes las arboledas, ya sombrías en la caída de la tarde. Brotaba de la tierra una humedad fragante y deliciosa, el denso olor de la campiña del Norte, dulce beleño del alma y de los sentidos; el aire salobre de la mar, mezclándose con el perfume agreste, movía las frondas suspirando.
Se oyó la voz de Eugenia desde el fondo de la estancia:
--Si te quieres arreglar, ya lo tienes todo dispuesto.
Pero la muchacha respondió, desanimada y negligente.
--Me duele un poco la cabeza, y me alivia tener el pelo libre de las horquillas, así, al aire. Corre aquí un viento que es todo aromas. No iré á cenar al comedor... Me acostaré temprano...
Quedó en silencio, en una bella postura de abandono que hacía resaltar todos sus encantos. Era alta, delgada, la piel morena, los músculos recios, desarrollados en una vida de ejercicios corporales, casi continuos. Con el paso largo y marcial, el talle recto y el seno apenas iniciado bajo su traje de corte inglés, algo masculino, pareciera un doncel, á no serle propia cierta gentileza muy femenina, dulce y triste á la par. Sus ojos, grandes y negros, fulguraban con intensa inquietud de pasiones: en aquellos ojazos errantes y curiosos, se asomaban al mundo, al través de la niebla de la miopía, misterios, ansias y fiebres de un corazón nada tranquilo de mujer. Ojos eran que mostraban, á veces, una tristeza sorda, un hastío, un desaliento conmovedores, y, á ratos, una perfidia, una ambición diabólicas. Bajo el arco ligerísimo de las cejas, en el rostro nimbado por los pálidos cabellos, los ojos eclipsaban las demás facciones de Regina, no muy correctas, pero, en conjunto, de expresión hermosa y profunda. Tenía la frente altiva, la nariz un poquito gruesa, el mentón suave y redondo, la mano aristocrática. Su boca sensual, propensa siempre á sonreir burlona, pecaba de grande, pero enseñaba unos dientes blanquísimos y daba noticias de una voz musical y elocuente, cuyas cadencias sonaban á canción y á verso. Aquella voz cantora fluía en mágicas palabras llenas de agudeza y donaire, revelando una cultura, muy rara en labios y entendimiento de mujer. Su conversación, más todavía que su tipo, demostraba un carácter fuerte y original.
Largo tiempo estuvo en la misma postura, mirando á la arboleda; pero volvió sin duda á pensar en el espejo, porque con movimiento repentino se acercó á los cristales del balcón, tratando de mirarse en ellos. No estaban muy aseados ni parecían muy complacientes con la tenaz consulta de la muchacha, que murmuró, al cabo, llena de enojo:
--En este gran hotel sanitario no encuentro ni un cristal limpio donde mirarme.
Y pasaba el dedo por los vidrios, señalando una huella escandalosa, mientras Eugenia se lamentaba:
--¡Qué soledad tan triste! Por toda compañía tenemos de vecino á ese comisionista de Alcoy, tu pretendiente en la travesía. Los comedores y las dependencias de la servidumbre están en otro edificio.
--No tengo miedo--replicó la muchacha, acodándose de nuevo en el balcón.
Caía la noche con languidez amorosa en el regazo florido de la isla, entre el perfume de las rosas de Mayo y las frescas alas de la brisa marinera. Mostraba el cielo todavía un fulgor del incendio que circundara al sol en el ocaso; la fronda sostenía en cada rama un susurro glorioso y peregrino; latía una fuente escondida en el huerto, y un mirlo silbó dos veces, como un zagal oculto en la espesura.
--Parece que está la isla despoblada--murmuró Regina con asombro,--Acaso nos han dejado solas con el de Alcoy... Eugenia: podías asomarte por esos pasillos misteriosos, á ver si encuentras quien nos dé noticias del comedor... Tengo sueño y quisiera acostarme pronto.
Diligente, la señora, se alejó por los obscuros corredores, y, al cabo de un rato, volvió con una moza descalza y mal vestida, que hacía, por lo visto, de camarera.
--Mande la señorita--dijo, ofreciéndose con humildad.
La miró Regina un largo rato, con señales de que empezaba á divertirla aquel hospedaje pintoresco.
La moza bajó los ojos y se puso colorada. Entonces dijo la grata voz de la señorita:
--¿Qué hay de cena, sabes?
--Hay muchas cosas--respondió la mozuela muy ufana.--Hay sopa, jamón, pollos, pescado...
--Muy bien. ¿Y de postre?
--Dulce de cabello y fresas.
Regina palmoteó como nena antojadiza que ha logrado un capricho:
--¡Ah, fresas!... Pues yo no ceno más que fresas. Y quiero que me las traigas aquí... Muchas, ¿oyes? Un plato grande, con leche y azúcar.
La zagala, que era garrida y graciosa, parecía reflexionar. Al cabo dijo:
--Tendrá que pagar aparte, por servirla en el cuarto...
--Y mis raciones de jamón y de pollo, ¿no me las rebajaréis de la cuenta?--preguntaba Regina, con una curiosidad llena de regocijo.
Risueña y astuta, escuchaba la moza sin responder, fingiendo ignorancia, y cuando Regina le aseguró que pagaría lo que fuera menester por aquel antojo, alejóse en la sombra del corredor con pasos blandos y lentos, sin resonancia. Poco después volvió trayendo la silvestre cena, mal presentada y peor servida; pero las fresas eran buenas, y muchas, y tenían un penetrante aroma fresco y apetitoso.
Aderezó la viajera su manjar favorito con delectación refinada; en el plato sopero, un poco descascarado por los bordes, exprimió la fruta y la azucaró. Luego, despacito, vertió encima la leche densa y espumosa, hasta colmar el plato, y después, muy satisfecha, inclinó la cara con regalo para aspirar el aroma del singular banquete, poniendo en ello tales bríos, que tocó la crema rosada con la punta de la nariz...
Mientras cenaba Regina lentamente, con expresión golosa, la zagala camarera la estaba mirando, de pie al lado de la mesa, con los brazos en jarras y una mueca simplona en el semblante. No había solicitado permiso para amenizar con su presencia el refrigerio de la señorita, y calmosa, esperaba por el menguado servicio para economizarse un paseo al comedor lejano.
Después que la viajera apuró su golosina, encaróse con la moza, y sonriente inquirió:
--¿Sirves en el hotel hace mucho?
La galleguita, según la costumbre negligente y lacónica del país, respondió:
--Sirvo.
--¿Y estás contenta?
--Estoy...
--¿No sales alguna vez de la isla?
--No salgo, pero...--y tras breve indecisión añadió sonrojándose:--me divierto aquí porque tengo novio.
--¿Gallego como tú?
--Gallego.
--Será guapo...
--Es.
Y la zagala, que había recogido los ligeros cacharros de la cena, despidióse de la señorita muy amable, asegurándola que era deliciosa la vida del Lazareto, espléndido el trato de la fonda, y que lo pasaría muy bien en los dos días de cuarentena.
Respondióle Regina con benévola aquiescencia, y quedó sola en la estancia, á la temblona luz de una bujía, ya caída la noche dulcemente sobre el balcón abierto.
A instancias de la joven había emprendido Eugenia Barquín los penumbrosos caminos del comedor, y cuando la moza camarera se confundió en las espesas sombras del pasillo, en vano Regina tratara de sorprender algún rumor de vida en el enorme edificio desierto y mudo. Tan callando pasaba aquella hora, que la viajera oyó el tic-tac del tiempo, latiéndole en las sienes y en los pulsos y palpitando en la silente noche.
De pronto, en el corredor ululó el viento, arrastrando un profundo sollozo de la marina; se dobló la llama de la vela, y el taque de una persiana alzó un eco medroso. Quedó á obscuras el cuarto, y Regina se refugió en el balcón, avergonzada de tener miedo, pensando vagamente en su revólver, y conmovida, á pesar suyo, por la tristeza quejosa de aquel soplo extraño, que apagó su luz y agitó su cabello, alejándose rápido y solemne, como errante suspiro del mar. Miró al cielo Regina, y al fulgor solitario de la luna, vió cruzar, rauda, una estrella que se abismó en el fondo de la noche.
--_Es un alma que pasa_--dijo con el poeta.--Un alma que suspira--añadió cavilosa y triste, sacudida por la ráfaga misteriosa.--Es el alma de mi hermano... Es Daniel que desde el mar me besa; Daniel que llora, que tiene miedo...
Convulsa y pálida, consultó las sombras del aposento y el suave resplandor del paisaje. Parecía investigar con avidez, buscando por el cielo y la tierra la escondida verdad de grave duda, y en la ardiente claridad de sus ojos fulguraba una interrogación ansiosa.
Pero, como pasaron fugitivas la ventada por la tierra y el astro por el cielo, así aquella intensa emoción de la dama huyó también fugaz, y una escéptica sonrisa apagó la inquietud de los radiantes ojos.
Era que Regina, en un instante, al evocar la escena cruel de la muerte de su hermano, se había sentido presa de una amargura penetrante y fría, tan fría como el cuerpo de Daniel sepultado en las olas. Era que le causaba siempre un helado estupor la imagen del enfermo, estremecido por la dura congoja de la asfixia, dilatadas las pupilas por el miedo, luchando mísero, unos minutos, para caer inerte y desvanecido, colgante como un pobre muñeco de trapo dentro del sillón de mimbres mecido en la cubierta del buque...
Aún sentía la muchacha en los labios el ardor de los besos con que quiso colorear la lividez del amado rostro; aún vibraban sus nervios con la fuerza de aquel abrazo en que alzó al muerto como á un niño, llamándole á la vida con vehemente súplica... Daniel fué insensible á sus caricias y á sus ruegos; él, tan apocado, tan espantadizo y cobarde siempre, mostró impasible en su cara una sonrisa de cera, cuando desde la borda le dejaron resbalar por el trágico tablón hasta el fondo del Océano...
En la presente espléndida noche, la primera noche española que custodiaba la juventud de Regina, sintió la viajera que en su alma hundía una vez más el desencanto su acero agudo. Y después del rápido sacudimiento que la estremeció, creyente y enternecida murmuró con la desilusión en los labios:
--No: el pobre Daniel, devorado por los peces, nada tiene que ver con una estrella que corre, con una brisa que pasa... Mi hermano se acabó para siempre; no me llama ni me sigue ni me necesita... Y es menester vivir y gozar y defenderse todo lo posible de ese espantoso acabamiento en que él cayó.
Rió la muchacha acerbamente cara á las estrellas pensativas, y sacudiendo su melena infantil, libre y lánguida, sobre los firmes hombros, tornó resuelta á su habitación, prendió la vela y empezó á desnudarse con lentitud. Pensaba en la felicidad con una vaga mueca de cansancio, mientras desabrochaba su levita y soltaba los automáticos de su falda _tailleur_, corta y liviana.
--¡La felicidad!... exclamó codiciosa. Y con súbita inspiración, acordándose de la doncellita del hotel, se le ocurrió que bien pudiera consistir la felicidad de una moza en andar descalza y tener un novio gallego... Pensar esto y descalzarse, todo fué uno. Curiosa y lista, se lanzó á la experiencia, en su primera parte por de pronto, y anduvo por la estancia, vagarosamente, en leves paseos silenciosos, inclinando la cabeza con placer para mirar sus pies largos y ágiles, de fina piel morena. Mas, á poco, se detuvo sintiendo la desagradable sensación del tillo empolvado bajo sus plantas, y sentóse al borde del lecho para sacudir con escrupulosidad ambos pies desnudos y mortificados... Decididamente, la felicidad de la niña camarera no era semejante á la de Regina.
En el pasillo, rumor de pasos y de voces rompió el silencio en que yacía el hotel. Eugenia Barquín y el caballero alcoyano, se despedían volviendo del comedor:
--Buenas noches.
--Muy buenas.
--A los pies de Regina.
--Desgracia doble para mis pobres pies--rezongó bajito la muchacha.
Y aún el de Alcoy taconeaba por el corredor cuando Eugenia, precavida y cuidadosa, empujaba los baúles detrás de la puerta antes de acostarse.
Agonizaba la bujía, crepitante y tembladora, y á Regina, adormilada ya, le rondaba el sonsonete de una popular oración, ingenua y simple, que sin pedirle al alma licencia, repetía muchas veces su memoria, como un eco de la infancia: _Con Dios me acuesto... con Dios me levanto..._
Rumores de la mar y de las frondas llegaban hasta el lecho, como acentos de la inmensa plegaria entonada por la naturaleza al otro lado del balcón, donde la luna rezaba con la noche.
...Blanqueaban apenas en el cielo las primeras luces de la aurora, cuando Regina se despertó sobresaltada por sueños confusos é inconscientes cavilaciones. Al abrir los ojos suspiró como aliviada de congojas y pesadumbres. Ya su cama no se mecía en el mar, ni en su cabeza rodaba isócrono y formidable el rumor del buque. En la quietud de su lecho, en la silenciosa paz de la alborada, le pareció sentir la maternal caricia de su noble tierra española. Mejor que entre el palpitante resuello del barco llegaba ahora á sus oídos la voz dulce del mar, que mansamente embatía en la ribera su espumoso oleaje. Al son de las olas cantaban los pajarillos muy delicadas y sutiles melodías, á la vez que se rizaba el follaje nuevo, tembloroso al recibir los primeros rayos de la luz. Los árboles centenarios, desperezándose también, modulaban con las lenguas de sus hojas un saludo cortés á la mañana.
Envuelta en los halagos de la tierra, la peregrina del mar sentíase dichosa. Y con tan blando deleite se le llenó á Regina el alma de unos deseos muy cándidos y sencillos. Soñaba ahora ser buena y humilde en un rincón del mundo; un rinconcito plácido, semejante á Torremar, la ciudad costeña cuna de sus mayores. Allí se casaría con un mozo hidalgo y robusto, sano brote de la indomable raza montañesa, diestra antaño en el uso de linajudos blasones y armas peleadoras, y le nacerían unos hijos fuertes y hermosos, sonrisas vivientes capaces de realizar todos los afanes de ventura que empujaron á la viajera ambiciosa por tan varios caminos de la tierra.
La sonrosada luz de aquellas ilusiones mostrábale á Regina el cuadro idílico de una nueva existencia: experimentaba la soñadora un bienestar intenso al sosegar su agitado espíritu en una visión tan apacible y balsámica. Torremar, la coquetuela ciudad donde nació, se le aparecía como un gran lecho de silvestres flores, donde iba á dormir años seguidos en la bella serenidad de un ensueño delicioso. Veía su casita blanca y verde, asomando al Cantábrico la solana profunda, y respaldándose en un cercado, mitad huerto, mitad jardín, donde lozaneaban las sabrosas frutas sobre las aldeanas clavellinas y las opulentas rosas de Jericó... Allí, entre la ciudad y el campo, entre el mar y la sierra, con amor y salud, y con dinero, era seguro alcanzar la dicha y esclavizarla, y poseerla plenamente, si de cierto en el mundo podía lograrse... Ninguna memoria triste ahuyentaría de la casa blanca y verde aquellas ambiciones; porque en su hogar sólo había llorado Regina lágrimas triviales, de las que no dejan sombras en el espíritu ni huellas en el rostro: todas sus penas nacieron y peregrinaron lejos de Cantabria. De llantos duraderos y recias tempestades del corazón supo y adoleció en lueñes playas, muy ajenas á la suya nativa; todos los jirones de sus anhelos insaciables pendían en las zarzas de remotos caminos...
De esta suerte razonaba la ilusa, nimbada por un cerco de optimismo matinal. Pero en el fondo de tales razonamientos, nacidos con la suave luz de la aurora, temblaba doliente la angustia de una vida llena de lutos é incertidumbres, de equivocaciones y fracasos...
* * * * *
Mientras sueña en su lecho la protagonista de esta veraz historia, yo te invito, lector, sobre sus páginas, á viajar conmigo en el raudo Clavileño de la fantasía, para que «á vista de pájaro» contemples una azarosa juventud de mujer. Por tan alado sistema, conocerás la vida y milagros de la viajera rubia.
II
LA INFANCIA DE REGINA.--EL ÁRBOL DEL BIEN Y DEL MAL--EUGENIA BARQUÍN.--LA VUELTA DEL PADRE PRÓDIGO--VIVA LA BOHEMIA.
CONTABA ocho años Regina cuando murió su madre. El cariño de aquella dulce dama, enfermiza y risueña, de semblante infantil, quedó pronto confuso en el voluble corazón de la niña y llegó á ser, más tarde, para la ardiente púber, como una vaga sombra flotando en los recuerdos de los días de infancia y primavera.
La ausencia prematura de los desvelos maternales, emancipó á Regina de toda tutela familiar. Educóse en bravía independencia, bajo la guarda liberal y tolerante de Eugenia Barquín, doncella de confianza de la difunta señora. Mostraba la niña entonces un desenfado y una agudeza impropios de su edad: antojadiza y vehemente, con bríos y audacias varoniles, dióse á vivir sin ley ni freno, por campos y playas, criándose á su sabor en el regazo amigo de la madre naturaleza. Merced á este régimen de libertad é indisciplina, se acentuaron los rasgos de aquel carácter indómito, adquiriendo á la par la altiva huérfana un desarrollo físico admirable. Intrusa en el mar, con riesgo muchas veces de su vida; exploradora temeraria de las sierras y de los bosques; enamorada fuertemente de la emoción y del peligro; llena de precoces curiosidades, Regina supo de la montaña y de la costa, de los peces y de los nidos, de misterios y sorpresas, de juegos y burlas, tanto como el chicuelo más pícaro de la marina.
Medró en tales holgorios la salud de su cuerpo cenceño y grácil--rubia espiga en flor--y llególe con los primeros barruntos de lozana pubertad un ansia nueva, una codicia de conocer y penetrar los secretos de las cosas. Acontecíale á ratos quedarse como suspensa y triste, contemplando el mar y el cielo y la profunda soledad de las campiñas, escuchando en el silencio de los crepúsculos la sorda respiración de las aguas, las pulsaciones inefables del corazón de la naturaleza. Toda el alma se le henchía de voraces preguntas, de confusos deseos, de misteriosas revelaciones, y aquella muchacha tan robusta y alegre, que apenas sabía de lágrimas ni de penas, lloró muchas noches sin saber por qué...
Bajo la dura epidermis de su infancia libre y torcaz, sin consejos ni ternuras, empezó á latir blandamente, como un río de savia, el hondo sentimiento femenino, la voz íntima y dulce del sexo, á punto ya de florecer. Apartóse Regina por instinto de sus joviales camaradas, cultivó con más delicadeza los cuidados y placeres del hogar; sintióse mujer al cabo, y fué adquiriendo poco á poco un aire saladísimo de gravedad señoril.
Pero la vida sedentaria y monótona, entre un aya ignorante y un niño melancólico, lejos de satisfacer las ansias nuevas de Regina, las empujó por ásperas rutas de silencio y de tristeza. Juntamente con la fuerza juvenil se le habían desarrollado las fuerzas todas del espíritu: el agudo entendimiento, la fértil imaginación, la mal educada voluntad, el deseo imperioso de vivir y de saber. Encendiósele en el alma una sed abrasadora de emociones y novedades, una curiosidad violenta de cuanto veía y adivinaba en torno suyo, en la tierra y en el cielo. Mas recluída en un rincón provinciano, y un poco refractaria, por su genio desapacible, al trato de las gentes, cayó en una especie de melancolía, con trazas de incurable dolencia moral.
Abandonada á su albedrío, en esta profunda crisis de su ardiente naturaleza, dióse á la lectura sin freno, devorando cuantos volúmenes había en la olvidada biblioteca familiar. Las trece primaveras de Regina, inclinadas precozmente en voraces indagaciones, sobre todos los misterios de lo humano y lo divino, asaltaron como ladrones rapazuelos las viejas ramas del árbol de la ciencia. Gustaron primero los sabrosos frutos de la poesía, lindos como racimos de cerezas; luego las novelas de amor, agridulces como los nísperos; más tarde, las narraciones de viajes y de historia, las tragedias reales ó imaginadas, de recio sabor y humano perfume, como los membrillos maduros, y aun llegaron á clavar el diente en la áspera poma de la discorde filosofía.
Dueña la curiosa de aquellos tesoros ignorados y abierto el apetito por tan raros estimulantes, no hubo libro, ni siquiera de medicina, donde ella no clavase los ojos y el pensamiento; repasó estampas, índices, diccionarios y pergaminos; hurgó, avara, en viejos códices y en bibliotecas novísimas, royendo como un ratoncillo goloso, cuanto ofrecía pasto accesible á su creciente curiosidad. Pasó «las noches en claro y los días en turbio», desflorando las ideas sin discernirlas ni asimilarlas, creándose un mundo peregrino de falsas imágenes y confusas memorias, hasta sepultar poco á poco su fresca juventud bajo la balumba del papel impreso.
Como el _Príncipe azul_, del gran Benavente, _que todo lo aprendió en los libros_, en libros quiso aprender Regina el arte de vivir, y buscando, á tientas, luces para las más obscuras razones, abrió los empolvados volúmenes de su padre, andariego poeta á quien el hogar sólo recibía en fugaces horas de fatiga ó de antojo. En dos años de frenéticas lecturas agitó aquella niña su entendimiento y su corazón, sin otro fruto que una tristeza estéril. Los libros destilaban melancolía. ¿Es la vida, acaso, tal como la describen los poetas y filósofos?... Entonces no merece la pena de ser «vivida»; la única solución es morir... Presa de una calentura romántica, leía con avidez los sarcasmos crueles de escépticos y pesimistas, embriagándose con el néctar de fuego de Niezstche, con la cerveza negra de Schopenhauer y el licor untuoso de Renan.
--Es «el mal del siglo» lo que yo padezco--pensaba Regina entre afligida y gozosa, ante la idea de sufrir una enfermedad sutil y aristocrática. Pero en medio de sus hondas melancolías, mezcla de tristeza, de pedantería y de orgullo, juzgábase como un ente superior y miraba á sus convecinos con aire de vanidad satisfecha, como si dijese:
--Para mí no hay secretos... Lo sé todo...
Espíritu liviano y enfermiza voluntad, el padre de Regina se había sometido siempre á la cobarde esclavitud de sus pasiones. Confundiendo el amor con el capricho y la costumbre con el deber, se dejó llevar de la vida por los más fáciles senderos, medio loco, medio niño, inconsciente y errático, con una leve sospecha de sus errores y un gran fondo de bondad en el corazón. Tal vez la esposa que le destinaron no le convenía. Era una mujercita infantil, débil de cuerpo, inocente y cariñosa, que todo se lo toleró á su marido con la sonrisa en los labios, como si con sus tolerancias solicitase el perdón de alguna culpa grave. Torpemente le buscaron á Jaime de Alcántara esta novia enamorada y sumisa que debía refrenar los hábitos del bohemio, guardarle en el silencioso rincón de Torremar y convertirle en sensato padre de familia... El aceptó con júbilo aquella alianza, porque le divertía su inesperado papel de fundador de hogar con tan dulce muñeca. Y ella, sonriendo, sonriendo, le aburrió y le dejó partir.
Ave de alas inquietas, Jaime cuelga su nido donde el azar se lo depara, y cuando un ligero escozor de la conciencia le lleva hacia su esposa, aquella eterna sonrisa humilde le hastía y le entristece. Sus hijos le desconocen y le huyen; son criaturas ariscas que parecen haber dejado en los labios maternales toda la dulzura de la infancia; la casa es con exceso modesta; Torremar un pueblo chismoso y agresivo, donde oye Jaime reticencias sobre su conducta, consejos que le enojan y profecías que le estremecen. Entonces, desamorado y generoso, abre su bolsillo á la mujer que nada pide, que parece que nada necesita, y huye de nuevo hacia el placer errante...
Jaime sufre un amago de confusión al quedarse viudo. ¿Qué hará de aquellos niños rústicos que apenas han querido darle un beso? Dos años tenía Daniel, desazonado fruto concebido por una madre ya consunta, cuando Alcántara llegó á Torremar apercibido del grave estado de su mujer. Y como si esperase para ofrecerle su postrera sonrisa, al llegar el poeta murió la esposa.
Las ocho agrestes primaveras de Regina, nada íntimo y amoroso dijeron al padre; el adusto recelo con que ella le miraba le intimidó, como si en el semblante enérgico y esquivo de la niña viese una acusación severa. El nene, asustadizo y llorón, huía llamando á mamá por los rincones, y á las voces lamentables de la criatura, la imagen de la muerta se deslizaba por los aposentos delante del viudo, con un remedo de sonrisa en el rostro lívido, como Jaime la viera por última vez...
En la hostilidad de aquel ambiente, volvióse el poeta hacia Eugenia Barquín, buscando su auxilio inapreciable. La honrada montañesa había heredado la servidumbre en la familia hidalga y pobre de la difunta señora, y Jaime la había conocido siempre en aquella casa cumpliendo con abnegación fidelísima los más señalados servicios. Moza y agraciada, con gracia austera de solterona, Eugenia había desdeñado muy escogidas proposiciones de matrimonio; miraba á los hombres con una indiferente frialdad de mujer casta, que ninguna tentadora conveniencia lograra vencer. Su vida tenia algo de máquina fuerte y diestra, cuyo poderoso motor fuese la lealtad. Era esta doncella hija de una falta, que perdonaron los suegros de Jaime. Tan buenos fueron aquellos señores que consolaron, compasivos, á una pobre mujer engañada en la propia casa de ellos y apadrinaron á la criatura nacida al abrigo de tan noble misericordia. Desde que tuvo uso de razón se consideró Eugenia como «una cosa» de la legítima propiedad de sus padrinos. La gratitud y la devoción hacia aquella familia que la acogiera, deshonrada antes de nacer, arraigaron en su alma saludable, tan profundamente, que en ella no quedó lugar para otras afecciones, y acaso, también el ejemplo de su madre burlada, patente á sus ojos como ultraje vivo, la obligase á una rencorosa actitud contra los requerimientos del amor...
Una temprana siega de vidas dejó á Eugenia sola en el mundo con la hija única de sus padrinos, recién casada á la sazón. Amaba la moza entrañablemente á la endeble señorita, y sirviéndola con solicitud algo protectora, vino á ser la segunda madre de Regina y de Daniel. La dama doliente le contagió á la robusta doncella su blanda sonrisa y su apacible condición, por suerte de Jaime, que halló en aquella mujer paciente y desinteresada una activa y amorosa guardiana de sus hijos, á falta de más inteligente y más enérgica educadora.
Nunca olvidó el poeta aquel coloquio tímido, impaciente, que entabló con Eugenia Barquín para feliz, solución de su problema frente á los niños. Como si esperara tales proposiciones, Eugenia iba diciendo á todo que sí, con el alma y con los labios.--Cuidaría á los nenes igual que si fueran sus hijos; viviría para ellos; el señorito se podía marchar descuidado... Dinero... el que bien le pareciera; poco, muy poco...--Regina entró de rondón á este punto y el misterio obscuro de sus ojos se clavó en el padre como un puñal.
Jamás, como aquella vez, tuvo la partida de Alcántara toda la apariencia de una fuga. Salió de Torremar por la noche, esperando que sus hijos durmieran para besarlos ligeramente, con ruborosa caricia, temiendo hallar de nuevo en los ojos profundos de la nena aquel acerado fulgor que se le clavaba en la conciencia como un reproche ó como una acusanza. Sentíase culpable y avergonzado, y se prometía volver pronto, en íntima disculpa de su mal proceder.
Pero luego se acallaron sus débiles escrúpulos con el ruido ensordecedor de las grandes capitales. Las noticias de los niños eran buenas, descontando los frecuentes achaquillos que padecía Daniel; y, durante seis años, dos recuerdos contrarios y punzantes le alejaron de Torremar. Era el uno la heredada sonrisa de Eugenia, diciéndole con apresuramiento humilde:--Sí... sí... vaya usted descuidado; váyase cuando quiera; estése tranquilo...--Era otro el lancinante resplandor de unos ojos sombríos, que le miraban, le miraban, hasta el fondo del corazón.
Ya entonces de lejos, con sugestión indefinible, la proceridad inculta de la nena dominaba al hombre artista y mundano.
Un día, de pronto, sin atreverse á meditarlo mucho, por miedo á vacilar, fué Jaime á ver á sus hijos. Aquella buena corazonada tuvo un éxito feliz, que decidió la suerte de la pequeña familia.
La sorpresa de Alcántara en esta visita fué una deliciosa impresión de novedad y orgullo; el primer sacudimiento fuerte y noble de su alma. Los grandes ojos fulgurantes de su hija se le abrieron con una clara luz de alegría prometedora, y roto el secreto infantil de aquella mirada, la esfinge habló. Sus primeras palabras fueron de revelación y de asombro para el padre:
--Ya he leído tus versos--dijo, mirándole devotamente;--eres un poeta.
Estaba fundido el hielo. Regina ya no observaba á Jaime, investigadora y sombría, dudando qué clase de papá fuese aquel viajero, siempre en ausencia, siempre en fuga. Su corazoncito de catorce años se le había subido á la boca, para murmurar, en son de paces:--¡Eres un poeta!--Y los labios fervorosos de la chiquilla consagraron aquella alabanza con un beso de perdón y de olvido en los labios del bohemio...
Contemplábala Jaime embelesado. No parecía la misma: andaba con suma elegancia, erguía el talle con un señorío, hablaba con tal aplomo y gravedad, con tan escogido y docto lenguaje, que el frívolo Alcántara, poco ducho en achaques de erudición, tratóla en amistoso compañerismo, lleno de sumisas admiraciones, sintiéndose feliz bajo la influencia de aquel naciente dominio intelectual.
Aun el desenfado rústico y plebeyo de que en ocasiones hacía alarde Regina, era un encanto en su refinada naturaleza, pródiga en novedades y audacias. Todo en esta criatura tenía un carácter singular y extraño: su hermosura y su ingenio peregrinos; la mezcla de melancolía y de orgullo de su mirada; el contraste de viveza y languidez entre sus dichos y sus maneras; el conjunto armonioso de la figura, delicada y y fuerte, risueña y altiva, dulce y varonil al propio tiempo. Hasta el desequilibrio de la imaginación en perpetuo sobresalto, constreñida bajo el peso de torpe ciencia hurtada á los libros; la excitación constante de la sensibilidad; el brío precoz del temperamento, ponían un hechizo misterioso en su gentil cabeza y una sombra de tortura en la luz vigilante de sus ojos.
Las gracias de la niña sabihonda y refilotera, se le metieron al padre en el corazón. No comprendía el donoso vagabundo los peligros y tristezas que amenazaban á la joven, educada por sí misma en lecturas caprichosas, sin regla y sin oriente. Dióse á quererla con orgullo de artista, fomentando antojos y vanidades.
Danielito quedó en segundo término; asido siempre á las faldas de Eugenia, tímido y quejumbroso, no seducía como su hermana. Pero cuando ella sentaba al nene en las rodillas del papá y alzaba el pequeñuelo sus atristados ojos, cobardes para vivir, sentíase Jaime poseído de vehementísimas ternuras. Con la voz empañada por la emoción y el arrepentimiento, afirmábase en el propósito de nunca abandonar á aquellos niños con quienes tenia tan grave deuda de amor.
Toda la bondad nativa de Jaime de Alcántara se removió inquieta y desbordante, calentando su corazón, llevado siempre como una pluma por los vientos de las pasiones. Quería, al fin, á todo trance, pagar á sus hijos las caricias y los desvelos que en el olvido les negó; quería resarcirles del pasado abandono, dándoles ahora á manos llenas alegrías y regalos.
Regina aprovechaba tan buenas disposiciones para satisfacer sus más extravagantes caprichos, imponiendo con altivez majestuosa los dictados contradictorios de su voluntad. A fuerza de oir «que tenía mucho talento» concluyó por desdeñar á todo el mundo y contemplarse á si misma con egolátrica devoción. Era en el fondo piadosa y dulce; pero el sentimiento, como una fuente prisionera en el duro cristal de la nieve, corría perezoso bajo la costra pegadiza de ideas falsas y abigarrados sueños con que llenó su cabecita rubia. A la par escéptica y ansiosa, mezclaba las burlas y las lágrimas con mucha facilidad; pasaba de la tristeza al júbilo en un instante, de la acritud á la ternura; tenía arrebatos vehementes de curiosidad y extrañas crisis de desaliento y melancolía. Pensaba con gozoso candor que todo ello eran estigmas y señales de «un exceso de inteligencia».
--¡Si yo fuese artista!--dijo un día para sus adentros. Y se propuso escribir un libro, una obra genial que produjera asombro y maravilla. Largo tiempo estuvo con la pluma en la mano sobre las satinadas cuartillas, mientras acariciaba, en traza de meditación, los pelitos rubios de las sienes.
Pero incapaz de reducir á la disciplina la muchedumbre infantil de sus pensamientos, acabó por diseñar en las páginas unos muñequines de cabeza muy gorda y ojillos espantados, caricatura de sus ideas precoces. ¡Oh; el arte exige paciencia y esfuerzo doloroso; aprendizaje largo y difícil! ¡Jamás podría la soñadora someterse á tan duro ensayo! Escribir libros y tañer el piano y el violín; manejar los pinceles; hacer maravillas con mármoles y bronces, son cosas bellas y admirables, que despiertan asombro, curiosidad y devoción, pero no se logran sin trabajo y sin pena...
Regina, luego de llorar sobre las cuartillas de nieve, concluyó riendo como una loca al ver los fantoches que había dibujado.
--¿No es más cómodo y fácil--dijo al fin--gozar del trabajo ajeno y echar á volar la fantasía sobre todas las cosas del mundo?...
Dispuesto Jaime de Alcántara á cumplir sus propósitos paternales, preguntó á Regina qué clase de vida nueva quería emprender.
--¿Qué es lo que tú prefieres?--la dijo, como esos magos de los cuentos de color de rosa, que interrogan á las princesas sobre sus antojos, con una varita de virtudes en la mano.
La muchacha tenía prevenida la respuesta. Ya muchas veces se la había dado, en sueños, al hada visitadora de las juveniles fantasías.
--Quiero viajar--exclamó--. Este pueblo me aburre... Quiero ver cosas nuevas, atravesar tierras y mares, recorrer el mundo...
Había una infinita impaciencia en estas palabras, un desmán de curiosidades y deseos contenidos, el ímpetu brioso de una juventud enérgica y temeraria una ardiente sed de comprobar en el libro grande y abierto de la vida, cuanto la muchacha leyera en los otros libros, desatentada y febril.
--¡Viva la bohemia!--pronunció de repente, con un grito que hizo huir á los pájaros del huerto.
Jaime, halagado en sus gustos nómadas, estrechó en sus brazos á la niña, repitiendo alegre como un colegial en vacaciones, los versos de un poeta francés, amigo suyo en París:
_Mon enfant, ma soeur, songe á la douceur d'aller la--bas vivre ensemble! Aimer á loisir, aimer et mourir au pays qui te resemble!_
* * * * * * * *
_Vois sur ces canaux dormir ces vaisseaux dont l'humear est vagabonde; c'est pour assouvir ton moindre desir qu'ils viennet du bout du monde..._
Sin otras meditaciones y obtenido fácilmente el consentimiento de Eugenia Barquín, se puso en pie aquella singular caravana. Fuéronse con grande sorpresa de los vecinos de Torremar, sin previo itinerario, como artistas bohemios, por la vida adelante.
Quedó cerrada la vieja casita solariega, donde aún moraba la sombra triste de la mujer de Jaime; quedó el hogar abandonado, la huerta en barbecho, y abierta la solana, en muda hospitalidad, á las nidadas estivales de las golondrinas...
III
PARÍS.--LA MUSA DEL BOULEVARD.--DEL SENA AL TÍBER.--LAS PULSERAS DE FUEGO.--EL CASTILLO DE ROLANDO.--LAS FRESAS DEL RHIN.
EL primer alto de los peregrinos fué París, antiguo teatro de los triunfos y aventuras del buen Jaime de Alcántara; imán de todos los calaveras ociosos y noveleros del mundo. Allí conocieron Regina y su aya que el veleidoso poeta era todavía muy rico, porque Jaime acomodó á sus hijos en elegante morada y hartóles de regalos y finezas.
Pero aquel dorado bienestar tuvo para los niños una sombra; una sombra perfumada y tangible que respondía al nombre romántico de _Silvia_, y que arrastraba, con mucha languidez, por las lujosas estancias, el fru-fru de unas faldas de seda y la sonrisa inalterable de unos labios bermejos.
Antes que la penetración poco sagaz de Eugenia hubiese definido la categoría de aquella mujer, ya Regina la miraba con ceño adusto, calificándola, en castizo español, con ignominiosa palabra.
Todas las lagoterías de la astuta francesa para atraerse el afecto de la niña fueron inútiles; y cuando _Silvia_ se cansó de halagarla y á su vez arqueó las cejas y esquivó la sonrisa, una guerra dura y enconada se entabló francamente entre las dos.
De cuanto disponía _mademoiselle_ con dominantes atribuciones, protestaba Regina en duros enojos y en vehementes quejas á su padre. Ni una ni otra se entendían de palabra, pero por signos y ademanes, con ojos airados y acentos iracundos, se maltrataban y perseguían á todas horas, sin que Alcántara lograse que los espectáculos y curiosidades de París, tan nuevos para la niña provinciana, diesen tregua á la ardiente lucha.
No conforme la hija del poeta con rendir su orgullo á los pies de aquella Musa del boulevard, armóse capitana en la doméstica insurrección, y fueron tan hábiles sus trazas, que logró arrinconar maltrecho á su enemigo. Atrajo á Daniel primero, y con persuasivo discurso, halagador y mimoso, contóle que _Silvia_ era «un demonio francés» disfrazado de señora; que sus labios tenían un carmín venenoso para los besos, y sus caricias un hechizo fatal para los niños... Medroso el nene huyó con espanto de _mademoiselle_; y la servidumbre francesa de Jaime, un poco fascinada por la travesura gentil de la mozuela, y un poco egoísta, afiliándose al partido más poderoso, pronuncióse también á favor de la niña española, imperante en aquel extraño hogar con toda la supremacía de un ídolo nuevo.
La apacible y diplomática Eugenia Barquín, tan enemiga de contiendas y disgustos, inflamóse al cabo en el belicoso espíritu de su adorada niña, y entre dientes llegó á llamar á _Silvia co-co-te_, cuando la francesa le daba cuenta de los desmanes de Regina, con muchos _¡Hèlas!_ y muchos _¡Mon Dieu!_, que Eugenia tomaba por agravios.
En lo más recio de aquella diminuta guerra bilingüe, la niña, agotada ya la paciencia, se presentó á su padre con aire solemne y digna actitud de mujer, diciendo:
--Elige ahora mismo entre _Silvia_ y yo. Si ella no sale de esta casa en seguida, yo me vuelvo á Torremar...
Tan firme era su acento y tan segura y valiente la expresión de sus ojos, que Jaime dispuso al punto la partida de la _Musa_...
Fué aquella la más sonada victoria con que Regina esclavizó al caballero; desde entonces afirmó su poder con perpetuo dominio sobre el corazón de Alcántara. No supo ella, ni le importaba gran cosa, si su padre seguía cultivando el trato de la vencida _demoiselle_, ó de otra tal; pero por la solicitud y fineza con que la regalaba el paternal cariño, pudo creer, y lo creyó desde luego, que todas las _Silvias_ del mundo se habían muerto para el poeta...
Jaime de Alcántara desconocía como sus hermanos los bohemios suelen, la ciencia crematística. Era de esos hombres, pródigos de corazón y dinero, que tiran el oro debajo de sus placeres y hunden las plantas en el blando camino de su ruina, con la más admirable indiferencia; de esos que saben llegar á la vejez pobres y estoicos, ó morir voluntariamente, con un altivo gesto de rebeldía ante la miseria.
Oriundo de Torremar y nacido en Cuba, Jaime era rico por herencia de sus padres. La casualidad, mejor que su cautela, habíale conservado mucha parte del patrimonio, consistente en cafetales y vegas de tabaco, allá en la fecunda tierra nativa; pero las rentas copiosas de aquellas posesiones llegaban á su dueño tarde y con daño, filtrándose entre los dedos de uno de esos administradores de Ultramar, de quienes tan malas partidas se cuentan en Europa.
La mueca negligente con que Jaime recibía y gastaba aquellos dineros, sin contarlos siquiera, desapareció cuando Regina, ya en su papel de dueña del hogar, dilató la mirada interrogadora sobre los ojos de su padre, y le llamó á capítulo con una sonrisa no exenta de severidad. Y Alcántara, de cera entre las manos de su hija y decidido á ser la Providencia de sus antojos, se puso entonces á escribir cartas, hacer cuentas y dictar órdenes, ejercitando sus derechos como señor absoluto de sus haciendas. La amenaza de un viaje á Cuba dió como por ensalmo solución sencilla á estos asuntos enojosos. Crecieron las rentas, mejoraron los negocios y descansó Jaime, seguro de poder con holgura apoyar los designios de su hija.
Tal vez, un poco fatigado de andanzas y aventuras, él hubiera querido entonces anclar en París la nave de sus cuarenta años, y allí mecerla en el sosiego de una vida fácil, sin abuso de placeres ni agitación de pasiones, sometido al influjo bienhechor de sus niños, que tan dulcemente le habían echado al cuello la santa cadena de olvidados amores y deberes. Pero Regina, la maga de los cabellos rubios y de los ojos negros, que con sus manos casi infantiles gobernaba el hogar y señalaba el rumbo á la existencia del padre, no pensaba lo mismo.
Un año en París le había bastado para agotar el manantial de todas aquellas novedades. Contempló al principio con devoradora atención el semblante alegre y magnífico de la villa enorme; visitó los insignes monumentos, los teatros, los bazares cosmopolitas, los museos, los palacios históricos, y cuantos lugares le inspiraban curiosidad por haberlos ya conocido en las novelas. Vió lo que puede ver en París una mujer aprendedora y honesta, hizo milagros de brujería sobre la movible cara mundial de la villa luminosa, adivinando los misterios más recónditos, y así que logró disciplinar la palabra y el oído para comunicarse con aquel gran pueblo, como ya lo hicieron desde el primer instante sus ojos parlanchines, suspiró hastiada, y dijo, con insinuante ruego, firme como un mandato:
--¡Padre! ¡Vámonos de aquí!...
Con la esperanza de hallar nuevos y hermosos los caminos del mundo, al través de los ojos de su hija, emprendió Jaime sonriente la ruta que sobre un mapa señaló aquella linda «doctora» de diez y seis primaveras.
Componían un grupo interesante, el papá, joven y guapo, sumiso con rendición absoluta á los deseos ardientes de la muchacha, y ella, haciendo con mucho donaire de madrecita entre su padre y su hermano, á quienes por igual prodigaba órdenes y caricias.
En aquella pequeña tribu, formaba la vanguardia Eugenia Barquín, sin asombrarse de cosa alguna como buena montañesa, dócil siempre y mollar á los caprichos de la señorita.
De este modo salieron de París como de Torremar habían salido: llevados adelante por el mundo bajo el hechizo imperioso de una precoz curiosidad de mujer...
Anhelosa estaba Regina de verificar en ciudades y en caminos, en selvas y mares, las historias y las fábulas que aprendiera en su ambicioso hartazgo de lecturas. Poblada la memoria de ideas y de imágenes en confuso vértigo; exaltada la fantasía; lleno de fiebres el entendimiento y el corazón, no había de quedar rincón en el planeta, según se prometía, donde no pusiera los ojos.
Su gran deseo era conocer Italia. Aplazando con un desdén muy español, el viaje debido á las glorias y hermosuras de su patria, tan llena de arte y de recuerdos, quiso ir á Roma.
No la detuvieron por muchos días los monumentos de la ciudad eterna, Meca de los artistas, ni tampoco los dulcísimos paseos por la encantada Venecia, ensueño de románticos y propicia excursión de novios ricos. La reina del Adriático, puesta entre el cielo y el mar con desprecio de la tierra, tenía para Regina un semblante amigo; cruzó sin extrañeza sus silenciosas calles de agua, como si ya muchas veces hubiera contemplado la mansión de los Dux y el león de San Marcos, recostada en el fondo de una góndola, igual que una antigua dogaresa.
La pequeña mano dictadora se alzó en amistoso saludo hacia el puente de los Suspiros, y hasta le parecieron familiares á la niña las casas del Ticiano y el Tintoretto; recordó las páginas de _El Fuego_, de Gabriel d'Annunzio, y el ceño adusto de Ricardo Wagner llorando sus amores á compás de la música de _Tristán é Iseo_. Todas las sombras insignes que poblaban la vieja Señoría, inclináronse reverentes al pasar la niña española; tanto en láminas y en letras había ella navegado entre pórticos de mármol, y gondoleros tenores, por aquella peregrina ciudad de amoríos y tragedias...
La _Pineta_ de Rávena, llamó luego su atención con grandes alicientes. Le parecía á la soñadora que en el inmenso bosque ribereño del Adriático, donde anclaron un día las guerreras naves de Roma, erraban los suspiros del Dante, que desterrado de Florencia bebió en la silvestre soledad inspiración para las páginas inmortales de su _Infierno_. Buscó Regina devotamente la silenciosa orilla del Canal, sitio predilecto del vate florentino; la célebre _Vía del poeta_, donde cantó y amó lord Byron á la condesa Guiccioli, donde también Bocaccio y Dryden padecieron y amaron.
Todo el bosque susurró en una lenta cabezada majestuosa, como de saludo y asentimiento á la férvida evocación de la niña perseguidora de ecos y de espíritus; y un aroma de poesía y de leyenda envolvió en le nemorosa espesura á la devota visitante...
Aquella frente juvenil, abrumada por pliegues prematuros, sintióse en Bolonia _la Docta_ oreada por un altivo soplo de sabiduría; la rubia cabecita inquieta y febril se irguió con petulancia imperiosa entre monumentos etruscos y palacios de la Edad Media, ladeándose con tan ufana seguridad como las insignes torres inclinadas...
Un beso premeditado, un poco frío, incrédulo tal vez, sobre el sepulcro de Julieta y Romeo, en Verona, y luego el camino austriaco de Splügen para subir á los Alpes, que ya había contemplado con avaricia desde la catedral milanesa. Cuando hubo dado fe de arrestada alpinista en el soberbio monte Rosa, quiso bajar Regina al golfo de Spezzia en busca del magnífico espectáculo que ofrecen desde allí los mármoles de Carrara, lanzando sus crestas audaces al cielo intensamente azul, como bravía cantera de estatuas y palacios vírgenes aún no labrados por la gubia y el cincel... Deleitoso paseo por el valle del Arno, volviendo siempre la cabeza hacia el marmóreo monte que el sol inflama con sangrientas luces; al Sur de la dorada maravilla la solitaria torre de añeja mención en la literatura italiana, _Pania della Croce_, la _Pietra Pane_ de Dante Alighieri... Otra vez el recuerdo del inmortal enamorado de Beatriz... ¡El Dante! ¡Oh, muy amigo de Regina!... La cual, como también conoce á Horacio, se detiene en Tívoli, frecuentado rincón del poeta latino, y allí consagra la viajera, en español un poco afrancesado, el testimonio de su fría admiración hacia las musas clásicas.
Pero estas excursiones son como visitas de cumplido, coyunturas que la niña aprovecha para engreirse de su familiaridad con tan egregios nombres; tácitas pruebas que á sí misma se ofrece de que todo lo sabe y todo lo comprende. Sus pasos por aquellos lugares predestinados, semejan reverencias gentiles, graciosas demostraciones de erudita amistad.
--¡Adiós, Dante!--murmura Regina.--¡Adiós, Horacio! Hasta otro ratito... Me reclaman las vivas realidades; quiero calentar mis manos en la hervorosa lava del Vesubio... Siento "la embriaguez del fuego"... Me voy á Nápoles... ¡Adiós! ¡adiós!
Pero Regina es ya una mujer, y mujer coqueta. Se olvida del volcán repentinamente para comprarse lindos corales en la _Torre del Greco_. Después, ya en lo alto de la trágica montaña, entre el cielo y el cráter, se divierte contemplando las sangrientas pulseras de cuentas coralinas, que caen como esposas de fuego sobre sus manos... Siempre guardará aquellas joyas como un regalo ardiente del Vesubio...
Quiere luego mirar el firmamento esplendoroso desde la torre de Bellosguardo, allí donde el mártir Galileo leyó en los mundos siderales, y gustar en Florencia, patria de tantos artistas próceres, un saludable reposo bajo el pálido verdor de las encinas, viendo correr el Arno entre laureles.
También quiere subir al Etna, que le inspira mucho respeto, ya que data nada menos que de Píndaro el relato de sus pujanzas destructoras.
Mas llegando á Sicilia ha de buscar la playa donde se abre un túnel en ruta desconocida. Sonríe la muchacha con desdeño, asegurando que el misterioso túnel corre por debajo del mar hasta la Elida, hasta el sitio donde Diana convirtió en fuente á la ruborosa Aretusa para sustraerla á las persecuciones de Arfeo, el dios río...
--Pero fué el caso--añade Regina--que Arfeo juntó sus aguas con las de su amada ninfa, y el doble caudal desapareció para siempre, perdiéndose en las arenas con secreto de amor... ¡Qué preciosa leyenda!... ¡Amar como los dioses y como las aguas, evaporarse como el rocío en el seno de la naturaleza! ¡Convertirse en fuente y en nube, en tierra y en flor! ¡Qué maravilla!
La andariega española, que á la postre no sabe qué busca ni qué quiere, concluye por cansarse de Italia. Ya los museos la aburren, la contemplación de los tesoros del arte y de la historia la causan un tedio y una fatiga que no se atreve á confesar. Atenta sólo á las superficies doradas de las cosas, no acierta á discernirlas, amarlas ni comprenderlas. El corazón permanece intacto y glacial bajo la calentura constante de la imaginación y de los sentidos.
Embriagada de luz y de color, en la tierra madre de la raza latina, busca ahora, por contraste, los cielos norteños, los países románticos de Noruega y Alemania. Ecos de los antiguos trovadores del Rhin le dicen leyendas de amor y de muerte, estupendos lances de pasión heroica, memorias perdurables prendidas en dramáticos jirones en los sombríos abetos de la Selva Negra. Ríos y afluentes que bajan tranquilos entre praderas lozanas para dar nombre á risueños valles; torrentes espumosos que rugen desmelenados en hondos desfiladeros y salvajes rocas, todas las aguas de la Selva, madre del Danubio, tuvieron para Regina lenguas y voces, antiguas imágenes y romancescas tradiciones.
Aquí estuvo el castillo que edificó Rolando para vivir en austera soledad, frente al monasterio donde su amada, creyéndole muerto, se encerró niña y hermosa... Allí la cima del Dragón, donde Sigfredo mató al monstruo que robara á la hija de Auderico... Más lejos, la montaña de la Nube, con la historia sangrienta de la esposa infiel, y entre visiones de sílfides y gnomos, surge de las aguas la poética relación de la doncella de Eherenthal. Regina está á punto de batir palmas como en el teatro de Torremar, durante aquella inusitada representación de _El oro del Rhin_.
Opera fantástica le parece también á la niña este paseo por el gran río alemán; cantan las aguas, cantan los bosques, desfilan los valles á manera de decoraciones peregrinas; y en la inquietud de las ondas, en las penumbras del paisaje, flota la tradición, viven y sienten las imágenes legendarias... ¡Rolando! ¡Qué nombre tan varonil!... Es un caballero fuerte y hermoso que vuelve de la guerra con marciales arreos...
--Aquí estoy, amor mío, exclama la imaginación de Regina.--No es cierto que me haya metido monja... No creí en tu muerte nunca... ¡Llévame á tu palacio de mármoles y bronces!
Y la mocita navegante extiende hacia la ribera sus brazos y dilata con emoción sus ojos de sonámbula.
Es ella la novia fiel, la dulce prometida. Rolando la espera para desposarla en su castillo mágico...
Pero la soñadora enamorada se asusta un poco de amores tan serios y definitivos. Impresionable y golosa, quisiera un placer á flor de labio, que no se adentrase mucho en el corazón.
Ved por cuánto el territorio de la Selva Negra está lleno de ricos y perfumados fresales que cubren de flores y frutos las faldas de las montañas y la ondulación de las praderas; que acosan las ciudades, los pueblos, las cabañas; invaden los caminos, patios y jardines, y trepan por las rocas, á lo largo de los muros, ofreciéndose entre las piedras con prodigiosa fecundidad...
Excitados el apetito y el asombro de la supuesta novia, sus labios «de fresa» buscan el fruto que tanto se les parece, con repentino abandono de Rolando el guerrero.
Y todas las leyendas del Rhin se eclipsan en la sabrosa realidad de aquella golosina predilecta...
IV
EL NIÑO ENFERMO.--ORIENTE.--SPA.---LA MUJER CABEZA.--LA MEDIA LUNA.--¡VÁMONOS Á AMÉRICA!--EL MAR.
CUATRO años de holgorio por Europa no bastaron á satisfacer la insaciable curiosidad de Regina. El espectáculo del mundo, atisbado en tan múltiples formas, superficiales y rápidas, no hacía sino excitar su apetito de emociones; todo quería verlo y sentirlo en su ruta, sin tener paciencia para detenerse á comprenderlo y amarlo. De cuantas cosas percibía no le quedaba luego más que un tropel de sensaciones contradictorias.
La naturaleza, el arte, la historia y la leyenda, íbanla llamando por diversos caminos; pero una dolorosa irritabilidad de su imaginación la obligaba á devorar las impresiones con estímulo impaciente de otras distintas, como si le faltase tiempo para saborearlas, como si alzase Dios sobre tan desbocadas ansiedades el castigo de no poder gustar los frutos de la vida, la maldición de desflorar todos los goces en una carrera anhelosa y penitente.
Las cuitas de Daniel obligaron á la viajera á muchas detenciones imprevistas. Con frecuencia el niño necesitaba reposo, y era siempre su hermana la primera en notarlo y prescribirlo.
En las forzosas paradas del errabundo peregrinaje, muchas eminencias de la medicina auscultaron el pechito endeble de Daniel. Aquellos sabios doctores mecieron la cabeza, conpungidos, diciéndole al padre inquieto:
--Muy lento desarrollo... Estrechez de la cavidad torácica... Pobreza de sangre...
Y algunos, más desengañados ó menos piadosos, añadieron cruelmente:
--Candidato á la tuberculosis...
La amenaza siniestra quedó flotando sobre los alegres nómadas como una ironía de su buena fortuna.
Joven y hermoso el padre; la hija moza y gentil; robusta y agraciada la doncella, iban por el mundo, derrochadores, sin pena ni gloria, y era Daniel á su lado la triste nota del humano dolor, la sombra de la fatalidad, que no perdona á los felices.
Amaba Regina á su hermano con pía ternura; le mimaba como á un chiquitín; tenía para él condescendencias protectoras y entrañas maternales. Pero desde que vió esquiciarse el señuelo de la Avara en los ojos velados y dulces de Daniel, padeció rudas crisis de terror y misericordia.
Si el pobre sentenciado se amortecía silencioso y febril, en horas turbias, era Regina siempre su más infatigable compañera. Apostábase junto al lecho del paciente, inflamada en temerarios rencores, avizorando, en traza de reto, el sutil avance de la Intrusa. Con el frescor saludable de sus bellas manos, acariciaba Regina las manitas madorosas del niño, y erguía el lozano busto como troquel adversador contra la enemiga invisible. En esta defensora actitud hablaba á Danielín alegremente, ocultando en la maravilla de sus gorjas los hilos de una voz que temblaban rotos de miedo.
Como el muchacho solía animarse con estos halagos, Regina se altivecía entonces, suponiendo que disputaba, triunfadora, su presa á la muerte.
Otras veces, medrosa del silencio en sus velatorios, entonaba una dulce cantilena, mientras se adormecía el niño en la quieta oscuridad de la alcoba. Viéndole ya en reposo, iba á besarle, pero al advertir que estaba desfallecido en profundo sopor, después del acceso febril, sentíase á punto de lanzar un grito, helado como la frente del enfermo... Allí estaba la Astuta, la Invencible... Se removía en la estancia el toldo de la sombra con rumores macabros, tal vez de mandíbulas crujientes ó de áspera guadaña, y Regina, en un esfuerzo viril de angustia y de valor, alzaba los brazos sobre Daniel como queriendo defenderle.
Cuando el hermanito recobraba algunas fuerzas y volvía, con arrestos fugaces, á la vida, en vano la moza pretendía arrebatar de aquella existencia amada el halo de mortal sufrimiento con que se inclinaba hacia la tierra. Imaginando que el niño se dejaba vencer por cobardía; que se dejaba morir, como su madre, en la dilatación de una sonrisa humilde pretendía aleccionarle, fortalecerle, henchirle de esperanzas y rebeliones.
Mirábale á los ojos con hipnótica fijeza; le soplaba en los labios el cálido aliento de la florida boca; le sacudía fervorosamente con sus brazos recios y hermosos, como si se creyera dotada de un poder sobrenatural para repetir en la carne marchita de Daniel el divino milagro:
--¡Levántate y anda!...
Reía el niño con diversión, tomando á juego los arrebatos de su hermana, mientras Jaime se conmovía en aquellas escenas rápidas y crueles, y Eugenia suspiraba, disimulando sus temores.
De aquellas luchas entre el cariño y el espanto, á la vera de Daniel, le quedaban á Regina un amargor y un tedio, contra los cuales buscaba defensa en furiosa renovación de placeres.
Apenas su hermano se animaba con aparentes destellos de salud, la madrecita delegaba en Eugenia sus obligaciones, y eligiendo un lugar sano y cómodo para la doncella y el niño, disponíase á tramontar volcanes, resucitar mitos, registrar monumentos y ruinas y perseguir sombras y musas. La acompañaba su padre, amante y orgulloso, aliviando su corazón de la presencia lastimosa de Daniel, con una facilidad acaso ligeramente egoísta.
Los dos, solos y juntos, sentíanse consolados y felices, llenos de la fuerza alegre que dan la juventud, el talento y la hermosura. Ligeros y engreídos, formaban una linda pareja de ambulantes, á quienes se tomaba por matrimonio, con gran contento por parte de la niña y halago juvenil para el papá. De esta guisa posaron su fugitiva planta en cientos de parajes raros y bellos, sin que Regina renunciase á uno solo de sus caprichos de exploradora, por costoso y difícil que pareciera. Cantó frente á Estambul la _Canción del pirata_ en homenaje á Espronceda, su compatriota, y navegó sobre el Mármara y el Bósforo, deteniéndose á saludar la _Torre de la Doncella_, donde la infiel sacerdotisa de Venus adoraba en románticas citas á su heroico Leandro, náufrago de amor en las furias del Helesponto... Quiso buscar las huellas de Shakespeare en su tierra natal, cabe el Avon, y recitar las baladas de Walter Scott, á orillas del Tweed... Quiso dormir en los lagos de Suiza y deslizarse en raudo trineo sobre el Neva helado, envuelta en ricas pieles de Astracán... Erró, sabia y curiosa, entre los viejos mármoles de Atenas, y sus ojos aventureros navegaron por la azul bahía de Eleusis, á la hora melancólica del crepúsculo, cuando los centenarios bosques de mirtos se inclinan hacia el mar en lánguido suspiro...
Jaime y Regina habían llegado á olvidar un poco el adolecido rostro de Daniel; pero una fecha vino á decirles que había llegado el tiempo de llevarle á las aguas salutíferas de Spa, según prescripción de un médico ilustre.
Y allí precisamente, al pie del famoso manantial, promesa de salud, sintió Regina, por paradoja, su primer malestar físico. Era un mareo doloroso, con punzadas en las sienes; una profunda fatiga del espíritu, que hacía pesadas y enormes todas sus ideas, y mezclaba sus memorias en extravagante confusión. Inapetente y desmayada, sentía necesidad de cerrar los ojos á cada momento, con la rara sensación de que todo su cuerpo era cabeza.
A las alarmas de su padre, contestó, queriendo burlarse de sí misma.
--Tengo náuseas en la frente...
Y era verdad. Sentía ascos y bascas en la cabeza, en la cabeza monstruosa que le bajaba hasta los pies y le crecía sobre los hombros hasta dar en el techo de su cuarto. Se acostó entelerida. Dentro del miembro disforme que había tomado posesión de su persona entera, bailaban los recuerdos gigantescos y confusos, veloces, disparatados...
Un beso devoto que dió Regina en Ruan al _Corazón de León_ de Ricardo I, mirábale ahora, sangriento como una herida, impreso en el rostro de Juana de Arco, la cual se paseaba tranquilamente por la plaza donde la quemaron, en la propia ciudad de Normandía.
A este punto llega Schiller, con su peluca rubia y su casaca con puños de encaje, dando voces, pretendiendo que se aplace el suplicio mientras él compone su drama _La doncella de Orleans_. La gran plaza se llena de soldados ingleses, de sacerdotes, de gente curiosa y vocinglera; pero de pronto se disipan todas las imágenes y se abre en el fondo un agujero inmenso, negro como la boca de un sepulcro. Lanza Regina un grito, y las tinieblas se deshacen; aparece el mar y en el mar unas islas blancas y sonrosadas, como mármoles al sol... Luego un paisaje bellísimo, todo sembrado de ruinas; al fondo se dibuja una gigante acrópolis de airosas columnas y labrado friso... Un tropel de garzas reales huye á esconderse en las orillas de un lago azul... Son los dioses fugitivos, que, añorantes de Grecia, se disfrazan á menudo para visitar los sagrados lugares de su antigua dominación... Al cabo, Regina, vestida de tirolesa, baja del Monte Rosa, pisando con blandura la nieve. Atraviesa valles y ríos con suma facilidad: se detiene en la isla Bella, bajo los opulentos toronjales, y se pone á hacer un lindo ramo de adelfas, blancas y rojas...
De repente se le echa encima la rígida sombra de un enorme ciprés, y Regina se siente presa en tupida maraña de siemprevivas. Todas estas flores de cementerio muestran unas caritas llorantes y resignadas, y parecen miniaturas de la cara angustiosa de Daniel.
Medrosa y contrita la muchacha, quiere rezar por su hermano, pero no se acuerda de ninguna plegaria. En vano pugna por hallarla en su corazón. Su corazón no existe. Regina sigue siendo toda cabeza... Busca que te busca, bajo el cráneo fenomenal, encuentra la infeliz muchas imágenes, algunas ideas enrevesadas, unos pensamientos que se encogen y se estiran, como larvas temblorosas... ¡oraciones, ninguna! Las caras de muchos Danielitos chiquitines la acosan en todos aquellos brotes de sepultura que aciagos crecen en la fecundidad de la isla Bella, entre bálsamos, orquídeas y limoneros... Quizá su hermanito abandonado la llama y la acusa; tal vez se está muriendo el triste, solo y mísero... Regina quiere, á todo trance, pedir clemencia al cielo.
--¡Una oración! ¡una oración!--grita desesperada. Su terrible cabeza se arrodilla, y con esfuerzo desgarrador, entre unos labios secos y duros, pronuncia maquinalmente una voz melodiosa:
--_Con Dios me acuesto... con Dios me levanto..._
--Hija mía, ¿qué dices?--pregunta alarmado Jaime, á la cabecera de la cama.
La enferma abre los ojos.
--Estoy rezando--murmura. Y sonríe con gozo repentino, al sentir en la almohada su cabeza de tamaño natural, y al advertir que su cuerpo, bienlogrado y armonioso, obedece á la cabecita rubia en movimientos fáciles.
Alcántara la observa con ansiedad creyendo que delira, y la muchacha se coloca una mano sobre el corazón acuciando sus latidos con un resto de inquietud y pidiéndole todavía una plegaria, más supersticiosa que ferviente.
El buen corazón, pronto siempre á conceder cuanto le piden, contesta sin tardanza:
--_Padre nuestro, que estás en los cielos..._
Regina cerró los ojos con dulzura y adormecióse en aparente serenidad, con la desusada oración entre los labios, que sonreían y rogaban en una vaga mezcla de beatitud y divertimiento.
Tal vez aquel benéfico reposo gustaba á medias de la santidad de una deprecación confortadora y de la fantasmagoría de unos sueños enrevesados y sorprendentes...
Poco después, en su visita de la noche, el médico pulsó á la enferma cuidadoso, sin despertarla, y aseguró á Jaime que había remitido la fiebre nerviosa que aquejaba á la niña, y que en unos descansados días de Spa quedaría sana y alegre.
Y fué verdad que muy pronto, curada y placentera, inventaba Regina nuevas caminatas, aburriéndose ya en el famoso paseo de _Las siete horas_, donde Meyerbeer compuso sus más bellas partituras; pero le habían probado tan bien á Danielito las aguas y los aires del balneario belga, que en obsequio al muchacho se detuvieron allí los viajeros cuanto la impaciencia pesquisadora de Regina lo pudo permitir.
Ya en traza de ruta, aquella impaciencia señaló audazmente el camino de Africa. Ningún obstáculo puso Jaime á tan imprevisto derrotero; mas ante la flaqueza de Daniel y el semblante estupefacto con que Eugenia recibió tal noticia, la señorita y el papá resolvieron dejarlos á los dos en un célebre sanatorio, donde el chico afirmase su naciente mejoría al lado de la solícita doncella, mientras ellos hacían con libertad y soltura la expedición africana.
Y así la emprendieron. Los abrasados países del Profeta, el misterio sensual de la vida mahometana atraían á la moza como un objeto de suprema curiosidad. Sus últimos sueños de inquietud y de neurosis se habían balanceado sobre un inmenso campo rojo, lleno de esbeltos alminares, bajo el arco gracioso de la media luna... Ansiaba conocer las orillas del Nilo y los restos ciclópeos del Egipto legendario; las tierras salvajes y escondidas, el desierto, las minas del oro y del diamante, cuanto había desflorado en los libros de su ardiente adolescencia.
Pero hubo de contentarse con un breve paseíto por tierra de moros, y al tornar dos meses después el poeta y su musa al sanatorio suizo, tuvieron la fortuna de hallar á Daniel muy repuesto de salud.
Al punto concibieron la perdida esperanza de lograrle, firme en la vida por una de esas prodigiosas evoluciones de la voluble pubertad. Infante caedizo se aparecía el muchacho, aun en aquel efímero gentilear de sus catorce abriles. «Su niño» le llamaban siempre con halago de protección Regina y Eugenia, y «el nene» le nombraba su padre todavía.
En los ojos claros y melancólicos de Danielito flotaba siempre una niebla de timidez infantil; toda la endeblez de su persona lánguida y menuda tenía un aspecto enfermizo y contristado que pedía ternura y caridad. Cuando una ficticia llamarada de vigor se le encendía en las mejillas y en los ojos y calentaba sus miembros, libertándolos de su habitual laxitud macilenta, Daniel, con su cabello dorado y rizo, sus pupilas pesarosas y su delicado perfil, era un bello adolescente, una interesante figurita que hubiera estado en carácter con hábitos de terciopelo y gorguera encrespada, como regalado pajecillo de una reina ó modelo de un cuadro de Van-Dyck.
El padre y la hermana hallaron al doncel sonriendo á una de aquellas mentiras de salud y de belleza con que los verdes años engañarle solían. Los peregrinos de Africa se dejaron encantar por la ficción acariciadora que había pintado rosas falaces en la cara del muchacho y que á su voz y á sus ojos diera brío y calor.
Regina entonces, infatigable y resuelta, dirigió á su padre unas palabras sembradas largo tiempo en su imaginación, y que lo mismo podían ser una consulta que un ruego, ó tal vez un designio.
--Vámonos á América.
Y Jaime, como un eco, sin vacilar ni discutir, con sugestión ferviente, repitió:
--Vámonos...
Eugenia y Daniel, que tenían ya el presentimiento de aquellas palabras en los sedientos labios de Regina, también dijeron sumisamente:
--Vamos--con lentitud en que temblaban la curiosidad y el miedo, en sigilo emocionante.
Y se fueron. En un puerto francés tomaron pasaje para Cuba, primera tierra americana que deseaba conocer la hija del poeta cubano...
--¡El mar, el mar!... Las azules llanuras pacíficas; las llanuras grises y espumosas; las naves lejanas, hendiendo la infinita soledad del horizonte con una vela blanca y fuyente, con una bandera que saluda y se borra... Las castas bodas inmensas del celaje con las aguas; un pez que vuela; un monstruo que asoma; un ave que pasa; una estrella que gira... El peligro acechante; la tempestad inclemente, la dulcísima bonanza...
Estaba Regina loca de contenta con el regalo de tantas novedades, apenas adivinadas por ella en sus breves navegaciones; y toda la codicia de sus ojos negros se derramó, febril, sobre la sábana enorme del Océano, mugiente y abismal...
V
TRES AÑOS DESPUÉS.--EL ÚLTIMO SONETO.--LA SEGADORA.--LOS SUEÑOS DE UNA NOCHE DE CALENTURA.--EN LAS ALAS DE UN CÓNDOR.
PASÁRONSE tres años desde que la aventurera familia desembarcó en San Cristóbal de la Habana, con grande escolta de ilusiones y recuerdos, hasta el instante en que volvemos á encontrar á Regina en otra playa de América, al lado de un tímido mozalbete y de una pensativa señora, ambos vestidos de luto...
Delante de aquel mozo eternamente niño, señalado ya por el dedo inexorable de la Muerte, cayó Jaime de Alcántara, el ufano caballero, cuando más ovante y feliz gozaba de la vida en la cumbre.
Hallábanse en la Argentina, descansando de aquellas frenéticas jornadas por el Nuevo Mundo, y de pronto dió Jaime inesperado fin á sus viajes y emprendió el de la obscura eternidad.
Murió lo mismo que había vivido, fácil y blandamente, sin miedo y sin dolor, reclinando la hermosa cabeza, vestida de ensortijados cabellos, sobre un pedazo de papel donde comenzara á escribir un soneto precioso «A la felicidad»... Dejó iniciada en sus labios frívolos cierta sonrisa gentil y en sus ojos una mirada burlona, como si una vez más le preguntase á Regina dulcemente:
--¿Y ahora, ¿adónde vamos?
La muchacha, loca de terror ante la irónica y fúnebre consulta, clamó, asida al cadáver, con insensata rebeldía:
--¿Adónde vas, adónde, frío, insensible y mudo?... ¿Adónde vas?... ¡Dímelo; quiero saberlo; quiero detenerte!... ¡No consiento que te vayas de esta espantosa manera, solo y ciego, por un fatal camino perpetuamente obscuro!...
Pero Jaime se había ido, á pesar de todo. Su arrogante figura de artista y hombre mundano, su romántica melena, sus ilusiones infantiles, cayeron allí bajo la tierra joven y floreciente de la costa del Plata.
Danielito le vió marchar sin grande asombro, con una especie de suave resignación que parecía decir:
--Hasta luego...
Largo tiempo le miró difunto, con fascinados ojos, y después, sin llorar, sin hablar, lanzó un suspiro y bajó la cabeza, como si á su vez ofreciese el dócil cuello á la hoz de la eterna Segadora.
Eugenia, apiadada y confusa, rezó y gimió calladamente, hasta que olvidó su pena para cuidar á Regina, enfebrecida y postrada, á punto de fenecer. Pasados los primeros días de estupor, después de aquella catástrofe imprevista, la joven, que había tomado una apariencia de estólida insensibilidad, sintióse de improviso enferma y náufraga en mares de amarguras y congojas indefinibles. Su dolencia, aguda y alarmante, tenía un punto de semejanza con la antigua fiebrecilla nerviosa padecida en Spa. Lo mismo que entonces, Regina sentía náuseas cerebrales y padecía delirios monstruosos. Todas las impresiones copiosas y aceleradas de sus lecturas y sus viajes le fabricaban en la imaginación estupendas fantasías, con dolor y quebranto de alma y cuerpo. Soñaba á gritos, despierta y espantada, ó soñaba dormida, quieta y silenciosa, sin otro síntoma de la quimera mortificante que alguna furtiva lágrima, densa y ardiente rodando por el rostro impasible, y algún apagado sollozo henchido de angustia. En aquellas crisis de acerba insensatez, cuantas figuraciones son posibles bajo una frente ahita de imágenes y de membranzas surgían volanderas en tropeles, fingiéndole á la visionaria una existencia de pesadilla y desatino, entre luces y sombras, entre delicias y torturas. ¡Qué de cosas leídas ó adivinadas; qué de sucesos peregrinos, fantasmagorías y novelas urdidas al azar en noches de fiebre! Ya son las impresiones de viajes, revueltas y agigantadas, encendidas en el lienzo de la imaginación por el pincel de fuego de la calentura; ya las letras de molde y las estampas de los libros, fingiendo absurdos garabatos, rojas quimeras, insectos fabulosos... Rotas las leyes de la gravedad y de la vida, la triste soñadora vuela de astro en astro, como un ánima en pena; se sumerge en el mar y hace su lecho entre las algas; corre por la tierra lo mismo que un antílope; siente palpitar en el corazón toda la muchedumbre de los seres y de las cosas...
Condenada como el judío errante á vagar por el mundo sin reposo y sin término, anda y anda y anda... muerta de cansancio y de sed. Abolidas las distancias para siempre, tan pronto pisa las arenas del desierto como hunde la planta en los remotos glaciares. Desde una isla de palmeras y bambúes, que se refleja en el mar como un paisaje de abanico, sube de repente al cono del Orizaba, de la mano de los volcaneros indios, y desgarra sus pies en las aristas de la roca. Luego registra con afán los despojos de un cementerio tolteca donde halla la estatua de una divinidad benigna: el dios de las cosechas y de las lluvias, Tlaloc el compasivo.
Entonces empieza á llover con mansedumbre y las montañas enverdecen bajo el dosel de púrpura del sol levante. Van creciendo las aguas del plácido diluvio hasta formar con su recial corriente un río inmenso, tal vez el Napo, quizá el Marañón.
La estatuilla del dios indio se anima por ensalmo, y Tlaloc el bueno, tripulando una piragua, conduce á la viajera en repentino desliz sobre las ondas, sin que la muchacha logre descubrir en las orillas rastro alguno de las bellas amazonas legendarias... Aquel río veloz obra el prodigio de subir faldeando ásperas y rígidas cordilleras, de cumbres rojas con fuego de volcanes, y desde la cima hirviente, desciende la piragua de Tlaloc en vorágine espantosa hasta el fondo profundo de las hoces. Regina hubiera querido morir pronto en aquella tragedia de los elementos, porque le dolía cruelmente la cabeza, herida sin piedad por los colmillos de un monstruo, y le causaba un asco intolerable el amargor de las aguas en la boca. Pero una mano varonil la levanta en vilo, salvada por azar del naufragio, y la joven, con una venda en la frente, trémula de frío y de terror, se encuentra delante de un hombre osado y apuesto que le dice con una cortesana reverencia:
--Jacinto Ibarrola, para servir á usted.
¡Es Ibarrola! El famoso explorador vasco, de quien Regina se supone un poco enamorada. Iba ella á corresponder con efusión á su saludo, cuando un súbito rubor la detiene, presa de terrible azoramiento: está desnuda, y el explorador vasco la mira con una complacencia sonriente y triunfal...
Huyendo la codicia de aquellos ojos, llega Regina en absurda carrera hasta una hermosísima selva colombiana: las cañas de bambú mecen sus airosas cabelleras verdes entre una corte ufana de bejucos; inmensos árboles indígenas hunden en la virginidad del suelo las colosales raíces, asomando á flor de tierra sus tramos retorcidos; los troncos de los cedrelos, tapizados con hojas nervadas de rubí, se yerguen entre los luengos y odoríferos estambres de las ingas; cañas bravas, altas cañas dísticas, aparecen enguirnaldadas por lianas, sutiles como cabellos, ó gruesas como mástiles, que entre el follaje se encabestran de mil modos, y que en la altura ostentan con orgullo sus campanillas purpúreas y azuladas; columnas arborescentes, artísticas y firmes como las de una catedral gigantesca, elevan un oquedal esquivo á los rayos del sol; vela la atmósfera misteriosa penumbra, y la silente paz de las llecas duerme sobre los cálices rojos y erizados, sobre las corolas retorcidas y doradas, de infinidad de plantas tropicales en plena ostentación de sus glorias.
De estas bóvedas divinas, cae sin cesar sobre la errante moza una lluvia de flores; y cada uno de aquellos pétalos odorantes y blandos, al acariciar su carne desnuda, la avergüenzan y la estremecen, como si fueran ojos ó besos atrevidos.
Huye y llora Regina sintiendo sobre su espalda la maldición que hace al pueblo judío vagar sin patria y sin sosiego por las patrias ajenas, entre los ajenos reposos. Aspada y rendida se deja caer al suelo la viajera. Unas gotas de líquido frescor le resbalan por la frente y le salpican el rostro. No sabe si son la sangre de su herida ó las lágrimas de sus pesares... Tal vez la bienhechora lluvia que el dios tolteca manda á los sembrados, ó el agua sedativa con que Eugenia humedece las sienes calenturientas de una joven que yace en desmayo conmovedor...
Encalmada un instante la paciente, se incorpora de pronto al escuchar cien distintos rumores que en la selva dormían al resistero de la hora meridiana. Erguida en su lecho, despierta y demente, trata de alcanzar los racimos de frutas comestibles que cuelgan de una palmera de los Llanos, y al levantar los ojos, distingue una legión de mariposas negras, encarnadas y azules, aleteando entre anacardos, musgos y líquenes, orquídeas y helechos trepadores. Todas estas parasitarias hacen nidos y palios á los loros y á las cotorras que se cortejan y charlan con agudas voces. En una red de encajes formados por vainillas de carnosas guirnaldas, un martín pescador está en acecho, y sobre el regio dosel del oquedal, pasan volando en raudas parejas los guacamayos de colores rútilos. A la par de una admirable pasionaria roja, coquetea un matrimonio de tangaras, y una espesa nube de libélulas cobalto, pinta un trozo de cielo tropical bajo la fronda... Toda la selvática hermosura del paraje se ha despertado de la siesta, en brava sacudida.
La enferma, á pesar de sus penalidades, sonríe con embeleso al sublime espectáculo de aquel paraíso natural, remecido por soberana brisa de amores bárbaros. Y, á tal tiempo, entre espigas de flores y parásitas cabelleras ondulantes, asoma enroscada y dañina una serpiente coral, de venenosa mordedura. Regina que la distingue, abre los ojos desmesurados, fijos con pavor en un ángulo de su gabinete. Quiere huir, y le corta el paso un río soberbio. ¿Acaso el Magdalena? No lo sabe. Todos los grandes ríos que han remontado con varoniles audacias, los confunde ahora; todos en su recuerdo son azarosos mares sin orillas... Buscando la salvación con impaciencia furiosa, halla la fugitiva un milagroso puente bamboleante, formado por dos troncos, cubiertos de fajinas y tierra. Perseguida muy cerca por la serpiente, trata de ganar de un salto la frágil esperanza, y una muchedumbre de siemprevivas pálidas forma un lazo traidor en torno suyo, mientras la sombra huraña de un ciprés la oculta el puentecillo y la detiene... A sus propios gritos desemejados y punzantes, recobra Regina la razón en medio del aposento, con la camisa arpada y la melena en vellones, jadeante y convulsa entre los brazos de Eugenia, que en el colmo de su aflicción no sabe contener aquel acceso de la extraña enfermedad.
Lúcida y humilde se esconde la muchacha bajo las ropas de su lecho, con triste cobardía, dudando y creyendo, entre el espanto del delirio y la luz de la cordura; trépidos los pulsos, palpitantes los nervios, desmayado el espíritu en confusiones temerosas.
Cuando supone Eugenia que ha remitido aquel grave recargo, aún la pobre Regina es un alma que tiembla acosada por un monstruo, delante de un abismo, agitando las alas con infinito anhelo hacia una sutilísima ilusión en forma de puente bamboleante...
La solícita enfermera se esperanza advirtiendo la actitud apacible de la joven, mientras ella, en su cuerpo cansado de correr por desiertos y montañas, siente las ligaduras de las lívidas flores que la persiguen como un augurio mortal. Pero tiende hacia su amiga una mirada complaciente y dulce, y Eugenia sonríe tranquila, sin notar que hay en aquellos ojos un bosque de secretos donde perdura y se agita la trágica sombra de un medroso ciprés... ¡Ya para siempre aquella sombra tiembla con recónditas ondulaciones de misterio en la mirada obscura de Regina!
Así, entre sueños y pócimas, entre los cuidados maternales de Eugenia y las caricias mudas y devotas de Daniel, padeció Regina, y con denuedo luchó cara á la muerte. En las breves remitencias de su mal, se daba cuenta de su estado y hacía inauditos esfuerzos por dominarle, acudiendo á todas las energías de su ánimo viril en apoyo de la naturaleza lastimada.
Lentamente iban siendo más largos los sosiegos y más breves las agitaciones de la enferma. Sus delirios tomaban una forma clemente, en sucesión de escenas mágicas y disparates confusos, sin graves notas de terror ni fatídicas advertencias de exterminio. Ya en las vírgenes espesuras donde ambulaba el espíritu errátil de Regina, no asomaban las serpientes su aguijón venenoso, ni á los diosecillos indígenas les acaecían lamentables naufragios al conducir en sus piraguas veloces á las vagantes doncellas.
Ya la doliente imaginadora no gira, perseguida y desnuda, por los paraísos americanos, ni lleva en la frente vendajes opresores. Ahora su cabeza es un casco ligerísimo y hueco, que apenas sirve más que para sostener los pelitos dorados que le cubren. Bajo aquella peluca liviana y graciosa, ruedan en el vacío, con ecos musicales y tenues, las palabras de la enferma, y suceden aventuras de raro prodigio y placentera traza... Ahora, entunicada á la griega, en traje vaporoso de ninfa, la niña rubia hace unas plácidas excursiones de ensueño por los más varios y admirables caminos del planeta... Cruza bosques perfumados por los aromas de la gran datura blanca, cubiertos de espigas rosas y azules y enmarañados de enredaderas floridas, y por senderitos abiertos en las taquitas de las montañas, sube á los Andes ecuatorianos desde el hondo valle del Chota, ardiente y feraz, el más profundo de la tierra, hasta el altísimo volcán del Corazón, cubierto de nieve perdurable. Aunque los parajes que atraviesa deben llenar su alma de espanto y admiración, ella camina con frívolo placer, sin extrañeza ni afán.
Va pisando suavemente las alfombras de miosótides blancos y las radiadas de flores de color de azufre, que en las vertientes de la cordillera se agrupan y sonríen con humildad á las plantas de la peregrina, mientras el alto paisaje parece tiritar de frío. La muchacha, indemne á todas las inclemencias de la temperatura, avanza con lentitud caprichosa, envolviéndose en cendales de tul; pero ya en la cima del páramo, siente un instante de incertidumbre, no sabiendo qué rumbo tomará por el sudario de armiño, sin rutas ni límites. Entonces un cóndor altanero y magnífico desciende hasta sus pies, en rendición de súbdito, y le ofrece el vasallaje de sus alas, reinas del espacio, deponiendo con estupenda gracia sus agresivas tendencias.
Sin dudar ni temer, se sume Regina con regalo en las regias plumas del ave, y se lanza á la inmensidad de los cielos, arrebatada y dominadora, en un espasmo indescriptible de voluptuosos deleites.
En aquel vuelo felicísimo, la sutil cabecita de la joven va afinando su ligereza á medida que sube y que flota, triunfante y mayestática. Y se va convirtiendo en una hoja de papel, en un pétalo de flor, en una burbuja... hasta quedar confundida con el éter; perdida en el azul; borrada entre las nubes...
Poco después, Regina, sin cabeza humana, con una especie de globo atmosférico encima de los hombros, sin dolores ni placeres, igual que una sombra ó que una estatua, se pasea vagarosa entre las mil quinientas hijas del sol que en el Imperio lejano de los Incas habitaron el _Recinto de oro_... Los jardines que rodean al famoso templo están formados de frutas, plantas y flores artificiales, de plata y oro, y el insigne inca Garcilaso de la Vega compone sus _Comentarios reales_ en ronda solemne al través de las joyas del huerto y del vestalato juvenil.
Sin sorpresa ni admiraciones, la rodante muchacha abandona el jardín peruano que tal vez espera á muchos rimadores dueños de «la flor natural», y se detiene en la linde de unas ruinas donde un pastorcillo griego labra en su cayado una artística figura.
Del cercano bosque de laureles rosa llega hasta el camino un penetrante perfume que embriaga, y Regina comienza á observar que todo su ser, impasible y etéreo, se enciende en vida cálida y nerviosa, dócil á las impresiones de los sentidos. Mientras el aroma del bosque la deleita, tórnase la niebla de sus dedos en carne obediente, y encima de la estofa de su túnica halla la joven con asombro las sartas de diamantes transvalinos que le mostró un joyero en un bazar de Marrakkes... Son las mismas, rutilantes y pródigas, opulento milagro del _desierto aullador_, patria de héroes...
Conmovida la viajera por el hallazgo portentoso, con un vivaz sacudimiento de emoción se despierta en la cama y nota en la frente serenidad benigna y en las ideas calma saludable. Al recordar lo que ha soñado, con regocijo infantil evoca el sugestivo nombre de una comedia que antaño aplaudió en Torremar: _Sueños de oro_... El sol, como una bella realidad de aquella fábula, entra en el cuarto y se posa á los pies de Regina en dorada columna, viva y ardiente, y un ramo de flores que el astro besa, embalsama el aire con perfumes de laureles y rosas...
Daniel contempla á su hermanita con silencioso afán, y Eugenia, que ha envejecido un poco, la besa las manos tiernamente.
VI
ENSENADA.--TRISTES ANATOMÍAS.--JACINTO IBARROLA.--PLACERES DEL GRAN MUNDO.--LOS AMORÍOS DE REGINA.--LA CAÑA Y EL HENO.
ENSENADA es un puerto chiquito y risueño, sobre El Plata, donde Regina convalece entre lágrimas y desmayos.
Su juventud y su voluntad le ayudan á vencer la dolencia. No se resigna á morir; siente una repugnancia insuperable hacia el tenebroso agujero del sepulcro; tiene un miedo cerval á la Intrusa y se azora, con temor de precita, ante la idea de borrarse en el mundo sin dejar de su paso un recuerdo, siquiera fugitivo; una estela como la nave en las aguas; un aroma como la flor en el ambiente...
A pesar de su escepticismo práctico, le acosa el vivo deseo de permanecer asida á las cosas firmes y perdurables. Abrazada la tierra, por un temor extraño de mirar al cielo, pretende hallar en todo lo que ven sus ojos raíces y promesas de vida y eternidad. Con delirante avidez quisiera á veces convertirse en campo, rosal ó piedra, para brotar, para florecer, para resistir... Quisiera ser un libro, un monte, un torrente, para tener siempre voz, siempre entrañas, siempre fuerza y poderío... En cuanto recobra algunos vigores se lanza de la cama con un impulso de terror y de altivez, recelosa y arrogante. Con las manos pálidas y temblonas se acaricia la frente, asegurándose de que todo está en su sitio allá dentro. Pero suspira adivinando que siempre habrá un eco de tormenta debajo de sus cabellos rubios; que siempre encima de sus ojos, cansados de aprender, habrá marejadas bravías de memorias y confuso ventar de pensamientos. Y que en aquella oculta borrasca de su existencia flotará siempre, zozobrante y sin norte, el ansia de la vida y el dolor de la muerte; dudas del cielo y odios á la sepultura de la tierra...
Aprendió Regina á rezar y á creer vagamente en el regazo de su madre, cuitada y niña. De aquella débil alborada de sus fervores infantiles, al través de los años y de la ciencia, le queda una sombra de crepúsculo. Y como la sombra es cosa espantadiza y pávida, la joven, al sentirla caer sobre su espíritu, reza algunas veces, con la tembladora ansiedad del «por si acaso», unas frías oraciones desamoradas que la atrición construye á flor de tierra.
Estériles los pasos de Regina por el mundo, no han levantado ni un leve soplo de inmortalidad que le haya penetrado el corazón. Todo lo vió y lo tocó su inteligencia. Ninguna maravilla le llegó á la medula del sentimiento.
Cuanto aprendiera en libros sabedores, lo comprobaron sus ojos; convirtiéronse en realidades las fantasías, pero su alma no sació ninguno de sus ocultos anhelos, y ninguna esperanza infinita encendió en el camino de la viajera la devota lámpara de promesas eternales. Creyéndose poseedora de raros secretos de la materia, quiso aplicar aquella sabiduría á los espíritus, empezando por hacer un despiadado análisis del suyo. Hundía con crueldad el escalpelo en la entraña viva de sus emociones, y autopsiando sentires y analizando instintos, venía á deducir que todo en ella era caduco y vano, todo miseria, automatismo y fatalidad.
Lo que tomó por dolor puro y amoroso en la muerte de su padre, era ahora lamentación miedosa y egoísta, sensación de abandono y de sorpresa. No le amaba, puesto que sin él podía vivir y gozar, puesto que no quería seguirle más allá de la tumba. No le amaba, puesto que al recobrar la salud, sus primeras ideas de sensatez fueron para pensar que el muerto había dejado su fortuna líquida y abundante, legada á sus hijos con todas las formalidades de la ley. También había pensado con descanso y fruición que era mayor de edad, tutora de Daniel, y apta para manejar los intereses de ambos. Había sentido crecer la importancia de su persona, con todas estas dignidades y méritos, y se había engreído con ufania pueril al borde mismo de la fosa de aquel poeta y amigo, que puso en la hija ingrata todas sus ilusiones...
Era, pues, evidente que la naturaleza humana se resistía á los duraderos cariños abnegados, de esos que tal vez no florecen más que en los discursos poéticos en los credos optimistas; ficciones inventadas por locos ó soñadas por ilusos, inverosímiles comedias de la vanidad mundana... Acaso Jaime la quiso á ella por antojo ó diversión, sin esa entrañable ternura del espíritu, llena de caridad y de heroísmo, que de los padres cuentan... ¿No la olvidó, como á Daniel, cuando eran pequeños? ¿No abandonó su infancia largos años en el viejo rincón de Torremar?
¡Oh! El sagrado calor de los hogares; los benditos lazos de la familia:--murmuraba Regina acerbamente ¡leyenda de corazones orgullosos, quimérica invención de almas que quieren emanciparse de la tierra, donde todo amor es costumbre, interés ó deleite!... Daniel y yo--seguía escudriñando la joven--queremos á Eugenia, porque nos convienen sus servicios honrados, y ella nos sigue y nos atiende por hábito y rutina, tal vez porque no sabe romper una cadena que el destino forjó.
¿Y aquel cariño delicado y profundo; aquella dulcísima terneza que su hermano la inspira? Regina está confusa unos instantes mientras clava en este fraternal amor su bisturí anatómico. Mas luego, levanta sobre aquella duda fugaz una de sus escépticas negaciones, y encogiéndose de hombros, con desdén de sí misma, declara:--Esto es lástima, es pena de ese niño infeliz que dan por muerto los sabios; que tiembla y gime á cada hora; es un alarde que hace mi robustez á su flaqueza. Y á esta virtud estética que embellece la vida, á este placer físico que produce el remediar el mal ajeno... porque es ajeno precisamente, le llaman los sentimentales sacrificio, caridad...
En tal fase del secreto estudio patológico, la doctora piensa con mucha curiosidad en el amor de los sexos, en el grande y eterno amor, clave de la vida. Y sonríe meciendo la cabeza con incrédulo signo, porque está segura que en los «choques pasionales», entre hombre y mujer, no hay más que instinto, conveniencias y goces.
--Es menester--musita, sagaz y perversa--enterarse de todas estas cosas. Me casaré; pero quiero un novio de mis gustos, un hombre excepcional y valioso... Suspira, y añade:--Jacinto Ibarrola tal vez...
No le conoce. Ha visto en los periódicos su retrato y en ellos ha leído sus aventuras sensacionales, aureoladas con altísimas ponderaciones.
Es Ibarrola un caballero vascongado, valiente y buen mozo, con una brillante historia de heroísmo. De ilustre familia española, ha luchado por su patria voluntariamente, con arrojo que decoró su pecho de heridas y galardones. Aventurero de noble estirpe, se arriesga ahora en una exploración peligrosísima por el interior del Gran Chaco, proponiéndose remontar el Pilcomayo hasta sus fuentes originarias; intento en que ya dejaron la vida ó los propósitos varias huestes de expedicionarios.
Cuatro fecundas castas de habitantes independientes y enemigos entre sí, celan con salvaje vigilancia aquel bravo territorio, y á sus primeras tentativas de avance entre las feroces tribus, Ibarrola se queda solo en la incógnita ruta. Retroceden sus camaradas, enfermos ó arrepentidos, y él prosigue impávido su temeraria empresa.
Los periódicos del Uruguay y la Argentina consagran diariamente á Jacinto Ibarrola arrogantes columnas de laureles, y describen imaginarios derroteros por donde le suponen señor del Pilcomayo, en regreso feliz. Y Regina, que ha seguido los pasos del héroe con enamoradas admiraciones, al recobrar los bríos juveniles, después de la tempestad de sus pesares y dolencias, vuelve hacia el peregrino del Chaco las miradas curiosas, y anhelante le busca su imaginación cual si entre ambos existiese el tácito acuerdo de una cita en tal valle, en tal cumbre, en el suave declive de esta montaña, en el pliegue feroz de aquella selva, ó en las embosquecidas márgenes de esotro río... Perdida en una niebla de ilusiones llegó la joven á pensar: Sí; donde nos vimos la otra vez...--Y recordaba confusamente una entrevista suya con Ibarrola en el fondo sombrío de una hoz...
Corrieron á poco rumores alarmantes sobre la suerte del viajero. Los quinientos hombres que en socorro suyo envió el Gobierno argentino al mando de un coronel, retroceden á las veinte leguas de indagaciones por el Chaco Austral, sin haber hallado la pista que buscaban. Y según confidencias de los indios pilagas, sus adversarios en las frecuentes luchas intestinas de la comarca, los sanguinarios tobas habían dado cruel muerte al solitario español prisionero en sus tolderías. La trágica sospecha se extendió con rapidez emocionante por aquellas repúblicas, interesadas de cerca en la intrépida excursión de Ibarrola, y agitóse Regina con profundos temores de novia en duelo, igual que si su denodado compatricio hubiese hecho votos de llevarla al altar cuando rindiera vencedor aquel famoso viaje...
* * * * *
Nota Regina que su dignidad de jefe de la familia la oprime ligeramente el corazón, y aunque antes lo fuese de hecho tanto como ahora, recuerda á cada instante con desaliento las confidencias amistosas y plácidas, que preparando el porvenir tejía con el galante cumplidor de sus antojos, el infatigable compañero de sus jornadas inquietas. Mira en torno, y las figuras insignificantes de Eugenia y Daniel la sonríen con pálida indecisión, con melancólica simplicidad de criaturas tímidas y obedientes, almas que sólo ofrecen aquiescencia pasiva y humilde.
Si no fuera por el recuerdo de Ibarrola que la encadena allí, por la inquietud con que aguarda su aparición, Regina escaparía con presteza en busca de caminos nuevos y de nuevos cansancios. Pero crece con tal ímpetu aquel interés por el esforzado caballero, que la joven se detiene uno y otro día, lanzando desde el escondite de la breve playa sus agitados deseos en pesquisas veloces detrás del peregrino. Pasmados están Eugenia y Daniel de contar tantas horas en un mismo paraje, mientras la bella convaleciente escucha con muda ansiedad los rumores que levanta por dondequiera el misterioso paradero del explorador, de quien ella se juzga enamorada. ¿Enamorada?
Sí; Regina empieza á creer, ó al menos á dudar en el amor; y ya no se atreve á analizarle con frías razones. Se ha vuelto de improviso respetuosa con aquel raro sentimiento que en forma de amor la acompaña y la abriga y la sostiene en medio del páramo de su mocedad, atenta al eco de unos pasos desconocidos, pronta á partir no sabe adónde, cuando la realidad de aquel ensueño llegue. Su actitud es la de una desolada viajera que en estación de tránsito aguardase un tren de recreo detenido por lastimoso azar...
Harto sabe la joven de galanteos y de coqueterías, que no en vano es moza y agraciada. Su belleza, rubia y original, ha despertado admiración y deseos en muchos pechos varoniles, y entre sus curiosidades de coleccionista guarda epístolas amatorias escritas en todos los idiomas universales. Los nerviosos pies, conocedores de las más altas cumbres y de los valles más hondos, portentos de la Naturaleza, saben, también, deslizarse por los salones mundanos con un señoril donaire, de mucha gracia y atractivo.
Jaime de Alcántara, bien relacionado desde París con las legaciones españolas en los países que ha visitado, pudo presentar á su hija en la más encumbrada sociedad mundial. Galán y artista, hombre de estrados, diestro en cortesanías, hizo el papá valer en todas partes la beldad extraña de aquella niña que le servía de adorno como una flor exótica de feliz cultivo, linda mujer que cruzaba los salones elegantes con firme paso de alpinista y gracioso desembarazo de cortesana. Iba ella posando en torno suyo el grave misterio de unos ojos que parecían pensar siempre en otra cosa, mientras yacía olvidada una sonrisa noble en la púrpura regia de sus labios. Su ingenio natural y su nativa distinción la daban un aplomo que suplía á su inexperiencia en aquellos lances, y detrás de su gentil persona rondaban siempre en traza de pleitesía rumores de curiosidad y admiración.
Así gozó Regina sonados triunfos mundanos en salas ilustres y en espléndidas fiestas. Y no desmintió su carácter femenino mostrándose insensible á los halagos del éxito y la lisonja, sino que reveló unas grandes aptitudes para la coquetería de buen tono, y supo acreditarse ducha en el flirteo más exquisito sin previa novatada.
Pero ningún doncel de los que la pidieron un vals ó un rigodón, en su galante odisea de excursionista universal, mereció de la niña española devociones extraordinarias. Cuando los homenajes de que era objeto tomaban proporciones de pasión, ella deponía sus travesuras femeninas con grave continente, y si la severa actitud no desanimaba á sus amadores, se encogía de hombros con indiferencia, para seguir agitando por la vida su vuelo de mariposa errante y libre.
En Tánger se prendó Regina de un moro rico y gallardo, hospedado en el mismo hotel que la familia de Alcántara. El hijo de Mahoma parecía haber inflamado con sus candentes ojos el corazón indómito de la viajera, y cuando acaso ella vislumbra una romántica aventura de apostasía y matrimonio, cae sobre la cándida chilaba del africano la funesta sombra de una tremenda acusación política, y desaparece el buen mozo prisionero y celado sabe Alah en qué mazmorras inclementes... El espacio de una quincena había durado aquel idilio singular; pero no fué menester tan largo tiempo para que la imagen del moro pasase á un rincón de la memoria de la niña, como pasa una prenda de ropa en desuso á la percha olvidada de un armario.
Y entre los recuerdos amorosos de Regina, quedó colgado un jaique, junto al gabán de pieles de un polaco guapísimo á quien ella creyó amar, en Varsovia, lo menos ocho días... Allí en la extensa galería de tales membranzas, se esquiciaban en turbio desfile rostros sonrosados y jocundos de ingleses y alemanes, pálidos fantasmas italianos, perfiles franceses, siluetas suizas, ropajes turcos... todo un relicario con vestigios varoniles de la vieja Europa.
Las Américas dieron á esta colección de apuntes íntimos un gran contingente de nombres y figuras; un cubano impetuoso se suicidó desesperado por los desdenes de Regina; un yanqui la siguió desde California, por toda la América Central, inútilmente decidido á congraciarla; dos bolivianos rivales se desafiaron en disputa celosa: el duelo era formal, y uno de los combatientes quedó con la cara partida por el sable enemigo. Como la señorita había coqueteado un poco aquella vez, sintió el cordial impulso de corresponder á la víctima, á manera de indemnización. Mas halló tan feo al incauto con las vendas y el descaecimiento del percance, que, sin esperar á que cicatrizara la herida de aquel rostro compungido, tramontó, ligera y conquistadora, sin remordimiento alguno...
Pero todas aquellas recordaciones de sus triunfos juveniles, las ponía la viajera, como un tributo, debajo de la imagen de Ibarrola, imagen brava y esquiva, reina de sus pensamientos.
--Esto es amor... Debe de ser amor--murmura la muchacha, deliciosamente sorprendida--; esto lo tengo aquí, clavado y doliente, hace ya mucho tiempo.
Y como Regina siente en la cabeza todas sus emociones, al decir _aquí_, apoya las dos manos sobre sus crenchas doradas. «Mucho tiempo» son tres meses para aquella novicia de amor, para aquella ilustre confinada que, desde su rincón porteño, avizora los horizontes donde ha de amanecer su felicidad en forma de aventurero caminante.
Y un día cercano estalla, al chispazo inquisitivo de los ojos negros, confirmada y rotunda dentro de un periódico, la tremenda noticia: ¡Ibarrola ha muerto! Los bárbaros tobas han destrozado á su heroico prisionero en suplicio salvaje.
Una misión que los españoles enviaron en socorro del compatriota, halla los restos mutilados del mártir, los identifica y los salva del abandono con veneración piadosa.
Toda la culta América se estremece de espanto al conocer este nuevo drama en que el altruismo y el valor de un extranjero caen en traición brutal bajo las mazas primitivas de los indios rebeldes á la redentora influencia de los conquistadores...
El general boliviano que fracasara en esta misma expedición capitaneando una lucida hueste; los alemanes Storn y Fielberg, que gastaron tan inútiles esfuerzos en idéntica empresa, se obscurecieron en el olvido cuando el francés Crevaux fué asesinado al tratar de internarse en el territorio independiente. A la sazón, sobre todos los intentos de exploraciones en el Pilcomayo, quedará el prestigio de la nueva tragedia, porque la sangre hispana de Ibarrola, sembrando abnegación y valentía en el vergel indiano, sobre el campo verde, bajo el cielo azul, es hazaña de sagrado linaje escrita en rojo surco de flores españolas que trascienden á bravura de raza, á fortaleza de un pueblo inmortal.
El cruento sacrificio se lamenta en todo el Continente con oraciones cordiales y admirativas, que proclaman á Jacinto Ibarrola mártir insigne del Gran Chaco, espejo y orgullo de andantes caballeros. Y un legendario aroma de bizarría castellana unge los despojos del explorador, á la vez que los cubre la gloriosa bandera, madre de veinte naciones...
Cuando los restos del noble sacrificado llegan á la costa del Plata entre cirios y reverencias, buscando amorosa repatriación, ya Regina de Alcántara atraviesa los Andes en desalada fuga, arrastrando á Eugenia y á Daniel, que, en pánico desconsuelo, la suponen definitivamente loca. Ella no se cuida de tranquilizarles. Les mira sin verlos; oye sus palabras y no las escucha. Huye del amor y de la muerte; huye velocísima; y estoica padece la puna de las altas mesetas, mientras gime una sentencia que no sabe dónde la aprendió: «No confíes ni te apoyes en la débil caña; porque toda carne es heno, y toda su gloria caerá como la flor del prado...»
VII
NUESTRAS VIDAS SON LOS RÍOS.--LA CRUZ DE LOS ANDES.--EL LOCO DE AMOR.--REGRESO Á LA PATRIA.--LA COSTA DE LA MUERTE.
AQUELLAS graves palabras de meditación no serenaron el alma tormentosa de Regina, antes bien la oprimieron con nuevas pesadumbres y tristezas.
--La carne es heno--repetía y nunca duerme la Segadora...
Como todos sus sentimientos volteaban fugaces en torno á las cosas aprendidas en los libros y almacenadas, sin orden ni luz, en el desván de la memoria, recordó luego Regina otras frases henchidas de incertidumbre y de lágrimas: «todo se desliza; todo resbala; nada se detiene»...
Su mismo fuyente caminar al través de tierras y mares; la fiebre de emociones renovada en caminos y en lecturas; el desencanto precoz de la existencia, exagerado por los estímulos de «la loca de la casa» aquel ir y venir sin término, por ásperas rutas, bajo cielos extraños, eran otras tantas voces, sordas y tristes, que respondían como un eco de ultratumba:
--Sí, es cierto; «nada se detiene; todo se desliza; todo se evapora»...
«Nuestras vidas son los ríos que van á dar en el mar, que es el morir...»
Al atravesar las cumbres soberanas de los Andes hallaron los viajeros una enorme cruz, erguida como símbolo de paz en la brava frontera de dos repúblicas hermanas. Alzó Regina las tinieblas de sus ojos hacia los brazos redentores, bañados en la luz alegre de una tarde de sol, y al punto aterró sus miradas con el desaliento de quien, rendido por sed abrumadora, viese el codiciado manantial muy lejos, donde nunca llegar pudiera.
La majestad de aquella cruz que parecía cobijar el mundo y ofrecerle un inmenso abrazo de misericordia, la dejó confusa y aniquilada.
Sentíase Regina en una de esas situaciones de ánimo en que todas los grandes ideas aplastan nuestro pequeño entendimiento. Atravesaba una de esas horas cobardes y estrechas de la vida, en que la consideración de toda magnificencia nos causa un insoportable esfuerzo del espíritu; hora mezquina y deprimente en que sobre las luces divinas de las almas caen turbias y cegadoras las cenizas de la materia terrenal.
Con la cabeza humillada y el cerebro oprimido; con los pies esclavos del monte; en una actitud de absoluto enervamiento, recordó vagamente una anhelante querella que se compadecía:--_¿quién me diera alas como á la paloma, para echar á volar y hallar reposo?..._
Mas sin alas, sin nido y enferma con el mal incurable de la vida, sólo tuvo energías para huir de la cruz colosal que la causaba el asombro martirizador de una quimera insondable, de una esperanza imposible. Torturada por ideas de acabamiento y fugacidad, padeció de repente, con desatinada violencia, el vértigo de la altura, y todo su ser, apasionado y voluble, sintió la atracción indefinible y repentina de los cauces hondos y de los surcos opresores. ¿Cómo había subido, ciega y rauda, la carga de su hastío y su dolor hasta la cumbre del mundo? Ya no se acordaba de que era aquel alto sendero de su fuga el paso para el país adonde maquinalmente se había señalado ella misma el camino. Volvióse á mirar en derredor. Eugenia y Daniel, mustios de cansancio y desaliento, la contemplaban casi con tanta indiferencia como los guías y los mulos...
Mísera como nunca se encontró la joven en la breve caravana de viajeros, en aquel grupo indeciso y callado, sin relieve y sin vigor debajo de la cruz gigantesca y del celaje infinito. Era una impotente, una casi invisible representación de la humanidad peregrina, que se arrastraba torpe y lamentable, con movimiento tardío y esforzado, sobre las espaldas soberbias de aquellos montes augustos... ¡Magníficos el paraje y el horizonte, qué pequeños, qué tristes los caminantes!
A esta consideración que se hizo Regina de una sola ojeada, recrudecióse acerbamente la impulsiva tendencia que la estaba arrebatando hacia los hondones y los abismos, y el punzador deseo de borrar de aquella excelsa cumbre la miserable huella de sus pasos.
La mujer bella y moza, de continuo atormentada por el terror de la muerte, dejóse poseer de una súbita tentación de exterminio y se lanzó por la vertiente de la cordillera en rápido descenso sembrado de escollos, con mortales exaltaciones, cuya arrogancia era una forma enfermiza de orgullo y de espanto. Como si hubiese subido á la cumbre andina con la sola idea de espeñarse desde la ufana altura, así trató de acometer la bajada, en un bárbaro intento de rodar y desaparecer, de hundirse, de acabarse. Se negaban los guías indios á correr á la par de ella, teniéndola por demente ó por suicida, y la muchacha, huraña y tenaz, tomaba la delantera por la arisca ruta, sin volver la cabeza hacia sus compañeros. El instinto y la mansa condición de la bestia que la conducía la fueron salvando de una en otra jornada fatigosa hacia los profundos valles de Chile, mientras la conturbada razón de la viajera murmuraba implacable: _Querer sin motivo, padecer siempre, luchar siempre y luego... morir..._
Por primera vez en su vida Daniel de Alcántara tiene una decisión y un arranque...
--Aquí me quedo--dice.
Y había tan inusitada seguridad en su acento, que las dos mujeres le miraron perplejas.
--¿Por qué?--pregunta Regina poco acostumbrada á la contradicción.
--Porque no puedo más y no quiero morirme en un camino.
¿Morir? Esta palabra buscada y huída constantemente por la viajera rubia, tiene el privilegio de contenerla en tímida zozobra. Contempla á su hermano con un interés que hace muchos días no tienen sus ojos para aquella lánguida existencia, cuyo límite aparece siempre cercano por irónica mueca de la juventud. Y ve Regina, con remordimientos y pesares, que Daniel tiene hundidas las ojeras, demacradas las facciones y estuosa la piel como en los días más desventurados de su lastimada existencia.
¿Otra muerte? ¿Otra tumba?--piensa con espanto la miedosa que ayer mismo se dejaba arrastrar por la sugestión de la tierra desde la espléndida altura vecina de los cielos...
Se detiene Regina en aquel extravagante nomadismo. Se detiene con la solicitud y terneza que había olvidado prodigar á Daniel durante los últimos meses de infortunio. Están en Santiago de Chile, y allí se quedan en largas semanas de inquietud para las dos mujeres y de creciente debilidad para el triste mozo que se apabila en rápida consumación.
En vano Regina lucha denodada otra vez contra el destino, y de nuevo, enérgica y dominante, reta á la muerte á la cabecera del enfermo, escudándole con sus brazos codiciosos. La muerte avanza con glacial sonrisa delante de aquellos escrutadores ojos negros donde tiembla en oculto sigilo la sombra funeral de un ciprés.
Las eminencias médicas acuden al llamado angustioso de la joven y pronuncian su última palabra: el mal que mina aquel pecho juvenil no tiene remedio humano y ha llegado al período postrero.
Un doctor especialista en la traidora enfermedad extrae de su caletre una receta muy compasiva para sí mismo y acierta á librarse de un triste espectáculo de dolor ajeno y de impotencia propia, diciendo á la muchacha:
--Tal vez una larga travesía por mar, y después los aires nativos...
--¿Si? Usted cree...--indaga febrilmente Regina.
--Yo espero... confío murmura el doctor entre egoísta y piadoso.
Y la señorita de Alcántara hace sus preparativos de viaje en pocos días y huye con Daniel, que apenas pregunta:
--¿Dónde vamos á parar, en Asia, en Oceanía?
--No, hijo mío; en Torremar, en nuestro pueblo, para que te cures...
El muchacho sonríe, vuelto á la dulce pasividad de su carácter infantil y sumiso. Y Eugenia se alegra profundamente, alentada por la ilusión de lograr en la patria remota el apacible bienestar de sus niños amados y la propia compensación de un definitivo descanso después de aquellos tiempos azarosos.
Salen de Santiago buscando la costa en demanda de un buque, llevando las dos enfermeras á Daniel entre sus brazos como una frágil preciosidad. Regina, mimándole, olvidada de todo lo que no sea aquella ansiada salud, repite: «¡Hijo mío, hijo mío!», con ternura que nace de sus entrañas de mujer, de los latidos maternales de su corazón.
La mísera mocedad del hermanito, triste como su infancia doliente, ha inspirado á Regina ráfagas de pasión y de misericordia, reveladoras de ocultas raíces sentimentales. En las perturbaciones de su espíritu se despiertan de pronto los instintos de amor y lástima hacia el pobre atormentado, que se extingue al lado suyo con inmensa humildad; y toda su alma femenina se exalta en aquella dulcísima frase, compendio de caricias y votos: _¡Hijo mío!_ Al pronunciarla siente en sus labios de doncella las mieles amargas de un sublime cariño que la enciende en compasiones y desvelos de madre.
La tensión vibrante de aquellos sentimientos da lugar á un episodio raro y fuerte que nunca olvida la viajera rubia. Ya cerca del gran puerto de Valparaíso se detiene en un cruce el tren que lleva á los de Alcántara, y en el convoy ascendente se alborota un jovencito, custodiado en un coche especial. Le llevan á un manicomio. Padece la locura de amor, que es la más triste de todas, según cuentan los sabios en locuras. Va el infeliz pidiendo á gritos:--¡Un beso, un beso! ¡Uno solo, por piedad!...--Oye Regina el desgarrador plañido; inquiere la razón de aquellos lamentos, y le dicen:--No hay razón; es un loco que pide un beso á una mujer. ¿A qué mujer?--pregunta.--A cualquiera, si es joven y hermosa--le responden--; está enamorado de un ensueño, y padece un horrible delirio de belleza y amor.--Impulsada entonces la viajera por una bienhechora actividad exenta de prejuicios y reflexiones, baja de un salto á la vía, sube al estribo, sobre el cual asoma su desmedrado busto el jovenzuelo demente, alarga el cuello flexible y le presenta los labios. El aplica los suyos con ansia de sediento en los frescos corales de aquella boca, y los besa largamente, vorazmente, silabeando:--¡Ah, eres tú!...--Luego pronuncia:--Gracias.--Y ahíto de felicidad, sacio y trémulo, se hunde en los divanes del coche. La generosa donante baja de aquel estribo y sube al otro, serena y alegre, sin enrojecer ante las curiosas miradas de todos los viajeros de ambos trenes, asomados á las ventanillas.
En el paisaje liso y árido de la costa volcánica, este singular suceso de piedad y dolor halla un escenario frío y silencioso. Tal vez en España, en el mismo caso, los viajeros espectadores hubieran aplaudido con apasionada admiración el rasgo noble de la moza enlutada y bella. Pero en aquel llano camino de América, abierto para el tráfico cosmopolita y mercantil, sólo quebró el silencio de tan tierno espectáculo el chasquido ferviente de ambos besos y el sollozo de gratitud con que el loco ahogó sus imploraciones satisfechas.
Partieron ambos trenes. Eugenia se enjugó los ojos llenos de lágrimas; estrechó Daniel las manos de su hermana, musitando:--Dios te lo pague.--Y sin duda se inicia un vago murmullo de comentarios á lo largo de los vagones caminantes, mientras Regina repite al oído de su pobre enfermo: _¡hijo mío!_ con un desbordamiento de piedades y dulzuras que alcanzaban al demente consolado y se extendían á toda la triste humanidad, huérfana de consuelos.
* * * * *
--¡Si pudiera dejar aquí todo lo que me entristece!--piensa Regina antes de embarcar. Está enojada contra sí misma porque le crecen en el pecho compasiones profundas hacia todas las pálidas cosas que sonríen con dolor en la vida, y se le oprime el corazón con extraños pesares.--No quiero sentir--exclama--; no quiero llorar ni quiero saber.--Y se golpea las sienes estallantes de ideas, y se enjuga unas lágrimas que en lenta rebeldía mojan su rostro, mientras cerebro y corazón, unidos con raro acorde en su gentil persona, laten al compás de unos recuerdos tentadores y amargos.--¡La huérfana de Alcántara, la viuda de Ibarrola!--piensa y siente en íntima consternación. Mas luego protesta con enojo, casi con brutalidad, murmurando:--Ni una cosa ni otra; el poeta, el amigo, el protector á quien lloro con el sentimiento egoísta de mi soledad, fué mi padre, más por el acaso que por el amor; yo fuí su camarada y su compañera mucho más que su hija, y ahora debo decirle, únicamente, con el espíritu sereno y el corazón mudo: «Adiós, Jaime; búscame en otras vidas si volvemos á nacer; quisiera ser siempre amiga tuya»; y mientras él duerme en este mundo joven, yo voy á ver si en el viejo mundo hallo un poco de felicidad... En cuanto á Ibarrola--conviene la viajera en su escéptico soliloquio--no era nada mío, nada; sólo le he visto en sueños y en retratos; no he podido quererle, me equivoco; me confundo á cada paso que doy buscando cosas imposibles; el amor... la dicha...; si existieran estas dos ansias de mi juventud, no he de lograrlas juntas, según sospecho. El placer es la ausencia del dolor; por eso la felicidad es placentera; pero el amor duele; luego la felicidad y el amor son enemigos... ¡Si un amago, un atisbo del amor me ha hecho padecer, huir, llorar!... Adiós, Ibarrola, mártir ó loco; quimera hermosa que me has servido de tortura; quiero olvidarte... ¡Adiós!
Y Regina, exaltada y arrogante en medio del fatalismo obscuro que la amedrenta, esconde sus vestidos de luto en el fondo de sus cofres, y con joviales adornos de primavera se despide de la costa americana, alardeando ante sí misma de que deja allí sus desengaños y sus miedos, sus pesimistas augurios, todas las raíces de futuros dolores.
Pero cuando huye la orilla, cuando el buque se engolfa en las pálidas aguas del Pacífico, sólo sabe de cierto la viajera que Daniel está allí, bajo su amparo con una veleidosa mueca de alegría en el semblante.
--Tal vez la muerte se quedará también en la ribera--piensa en zozobras calladas la fugitiva. Y hurgan sus ojos negros el paisaje ya lejano y sutil de la tierra abandona. Ondulan lueñes y rojas las colinas chilenas, y tórnase tan vago el horizonte á la luz del crepúsculo, que á la muchacha se le cansan los ojos de mirar y los cierra, humedecidos por ese sentimiento desgarrador de las despedidas.
--¿Llora usted?--la pregunta solícito un viajero que ha de hacerle esta misma interrogación el día del desembarco. Y molesta porque han sorprendido su dolor, desesperada porque ella misma le descubre, responde:
--Es un llanto material. Mirando con fijeza á un mismo sitio, durante largo rato, á cualquiera se le saltan las lágrimas...
* * * * *
Desde que Regina vió la muerte á bordo, entre sus brazos, y sintió que en un instante le arrancaba sin piedad, con sobrehumano poder, lo único que le quedaba en el mundo, ya nunca más pensó en huir de ella.--Está en todas partes--dijo.--¡Está en la vida!--Y con una impavidez martirizadora empezó á verla en el cabrilleo de la luna sobre las aguas, en los rizos del oleaje, en los cendales del cielo, en los astros, en las sombras, en los perfiles de la tierra aparecidos en lontananza, y hasta en su propio cuerpo vigoroso y juvenil. Quería familiarizarse con ella; empezaba á comprender que en el fondo del espanto y del odio que la inspiraba podía brotar una semilla de conformidad.--_Morir... dormir... soñar acaso..._--repetía, tratando de asir alguna esperanza que la amistase con «la traidora»; y por fin murmuraba con supremo hastío:--¡Descansar, á lo menos!...
Ya al final de la navegación, cuando los pasajeros se agrupan en la borda atalayando el horizonte, interroga Regina:--¿España?--Y la contestan:--Sí, Galicia, _la costa de la muerte..._--¡Ah! ¡Qué admirable!--dice, clavando en ella sus gemelos, con amor y terror al mismo tiempo. Y repite:--España... Galicia... _¡la costa de la muerte!..._ ¡Qué hermosura!...
Un sacudimiento poderoso de aquella pujante juventud devuelve al espíritu de Regina los bríos y las audacias que antaño la hicieron explotadora de realidades y de ilusiones al través de dos mundos. Y así salta en hispana tierra, conmovida por afanes nuevos, subyugada por los éxtasis de la vida moza, con vehemencias indefinibles que la causan alegre turbación.
VIII
Aurora De Mayo.--Cruces Y Naves.--Centellica De Amor.--¡Ah De La Ribera!
LA alborada radiante de aquella mañana española vino á encender con luces nuevas los fantaseos de Regina. Pegada al lecho, con perezosa delectación, en el aposento desnudo y frío del hotel, mira la ilusa desfilar por los muros de la estancia los acontecimientos tumultuosos de su rápida existencia.
Fatigada al cabo de tanto caminar, pretende ahora Regina trazarse con decisión una línea divisoria entre lo pasado y lo presente, y tomar un apacible rumbo hacia lo porvenir. Quiere ser otra de aquí en adelante: una señorita burguesa que descuelle por sus dineros y sus gracias, que pueda elegir marido y acomodarse lindamente en la sociedad; una mujer comedida y discreta, que saboree con tino y descanso todos los goces...
La voz previsora de Eugenia interrumpe la blanda meditación:
--¿Estás despierta, Regina?... Pensaba yo que hay que sacar del equipaje los vestidos negros... Los plancharé para que estén listos á la tarde cuando salgamos para Vigo...
Siente la muchacha cómo lo pasado tira cruelmente de sus propósitos en aquella advertencia, y responde con un suspiro:
--Bueno...
Al cabo de una hora, Regina, vestida de blanco, furtiva y sola, con el aire infantil de un párvulo que «hace novillos», se lanza al campo y al sol, resguardando la cabecita rubia bajo el dosel de una elegante sombrilla azul. Y así camina, ondulante y ligera, á grandes pasos, como guiada por el hilo invisible de una ilusión, embriagándose en la placidez de aquella mañana de Mayo que la fué á despertar con tan pacíficos sentimientos.
En los claros del añoso parque, las flores orillan los senderos, frescas y lozanas, con algo de selvática hermosura, y desde los ribazos enverdecidos, cara al mar y á la costa, ve Regina cómo tiembla el paisaje bañado de luz.
Liviana, lo mismo que un céfiro, recorre aquellos vergeles la gentil madrugadora. Se ha enflorecido los cabellos con unas rosas pálidas y le relumbran los ojos amorosamente.
Su traje blanco sonríe en la espesura, y su sombrilla semeja un errante jirón del cielo, que asoma entre los desgarrones de la selva.
Es cierto que Regina parece otra, y por la grata expresión de su semblante, diríase que está muy contenta de parecerlo. Sí; ella quisiera ser siempre, como en estos momentos de olvido y de esperanza, en que se la podría tomar por una niña vestida de primera comunión, creyente y venturosa...
En el recodo de un sendero encuentra al joven doctor, que llega con la gorra en la mano y la galante sonrisa en el saludo. La muchacha acoge, placentera, á su reciente amigo, y con esa sencillez natural de las costumbres campestres, comienzan á charlar. Él la cuenta un poco de la vida del Lazareto, mezclado con algo de su propia vida; es andaluz, y solicitó aquel destino en San Simón, por estarle indicado el clima á su mujer, enferma desde su último alumbramiento.
--¿Es usted casado?--pregunta Regina con alguna sorpresa.
Viudo... «Ella» murió, cuando aún tenía yo confianza de que se curase aquí...
Sólo entonces reparó la señorita de Alcántara en que el médico estaba vestido de luto. Y sonaba algo roto en la voz de Regina, alegre hacía un momento cuando murmuró:
--¡La muerte está en todas partes!--Pero queriendo, la muchacha resistirse á la invasora amargara de la conversación, y como para endulzarla, interrogóle con amable interés:
--Tiene usted hijos, ¿verdad?
Una parejita--contestó el caballero, levantando la cabeza que tenía inclinada.
El paseo se prolonga, la plática se enciende en confidencias cordiales y juveniles, y el doctor y la niña son ya íntimos amigos, merced á esa recíproca simpatía de dos caracteres francos que se encuentran en una hora sentimental.
Ya sabe Regina de memoria la vida de su nuevo amigo; ya se puede decir que «le conoce» y le juzga.
--Es un hombre apasionado y sencillo--piensa.
Por su parte, el doctor la examina con amables ojos, sin atreverse á definir más que una cosa:
--¡Linda y rara mujer!...
Ella le ha contado con llaneza y sinceridad algo de su historia y de sus sentimientos; pero sólo ha conseguido admirarle y confundirle.
A este punto de intimidad, acaso intensa porque va á ser breve, llegan los paseantes á una tapia florecida que cierra el terreno en declive hacia el mar.
Alza Regina sobre el muro su cabeza rubia, mientras dice el doctor:
--Es el cementerio.
Un tímido plantel de cruces levanta al cielo sus brazos entre cipreses y siemprevivas, y al fondo muestra el mar el abismo de su azul hermosura. Algunos mástiles de lejanas embarcaciones que se dibujan entre las cruces quietas, balancean sus finos perfiles sobre los callados sepulcros. Mirando los inmóviles maderos, que á su vez parecen clavados en el mar como arboladuras náufragas.--¡Han zozobrado!--piensa Regina, mientras la brasa ardiente de sus ojos busca en cada sepulcro una forma de nave.
Aquel breve descanso junto á la tapia en flor, queda atravesado por la saeta de una melancolía; mas, luego, el caballero y la muchacha tornan hacia el hotel, sin cesar de contarse muchas cosas. Ella sigue rebelándose contra el asalto de la «gran tristeza» que por todas partes la persigue. Y aunque en sus más ocultos senos tiembla y ruge el insuperable pavor, todas las energías de aquella alma están vigilantes en acecho de la felicidad.
--Me conformo--dice interiormente,--me resigno á morir; pero mientras llega mi hora, quiero gozar, lo quiero á todo trance...
Pasea con altivez su belleza rubia, nimbada con el toldo celeste de la sombrilla, en tanto que el bosque todo calla con solemnidad de templo.
El doctor embroma á la muchacha con el viajero de Alcoy que durante la travesía la cortejó sin tregua.
--Anoche me habló mucho de usted...
Y era cierto. Con esa locuacidad española, tan expansiva y frecuente, el pasajero, prendado de Regina le contó al médico los episodios dramáticos de la navegación, en los cuales tuvo la de Alcántara dolorido papel.
Evita el doctor ahora recordar á su amiga la tragedia. Contempla al lado suyo á la moza, sonriente y despreocupada, y sólo se le ocurre entretenerla con frívolas frases, por más que le conmueven los súbitos silencios de ella y la palpitación de astros con que tiemblan sus pupilas húmedas cuando enmudece el cristal de su voz.
--¿Por qué ríe, si parece que tiene ganas de llorar?--se pregunta perplejo.
De esta guisa llegan los dos á las inmediaciones del hotel, donde los empleados del Lazareto conversan con los únicos viajeros alojados en el pabellón de primera clase.
Eugenia aguarda á Regina para almorzar, y el señor de Alcoy, que es un joven adocenado y presentuoso, recibe á la muchacha con exagerados homenajes, que ocultan mal su celosa sorpresa de hallarla tan amistada con el médico. Ella responde levemente á sus saludos.
En un senderito de la fronda blanquean dos trajes infantiles, y el doctor dice señalándolos:
--Mis nenes...
Son dos criaturillas frescas y graciosas, que llegan asidas de las manos.
El niño, con calzones y melena, curioso y charlatán, parece un angelote.
La niña, que se suelta á andar con timidez, es menos fuerte que su hermanito, y responde á las caricias con una sonrisa incierta y suave.
Los toma Regina en sus brazos á los dos con alborozo, y pide la gracia de que se los dejen hasta el momento de partir. Otorgada la merced con sumo agradecimiento del papá, vase la niñera detrás de la señorita y murmura el de Alcoy al oído del médico, mientras se aleja el grupo:
--Coqueta, ¿eh?
--Interesantísima--contesta el interrogado con fervor.
* * * * *
Declina la tarde, dorada y silenciosa.
Regina de Alcántara, vestida ya de luto, al lado de su compañera, aguarda en el muelle el instante de partir. La despide el doctor, que lleva de la mano á sus hijos.
Había jugado Regina con ellos, sentada en la pradera colmándoles de caricias, tejiéndoles coronas de flores y durmiendo á la niña en su regazo al son de dulcísimos cantares.
Mientras la arrullaba de esta suerte, componían ambas un grupo blanco y delicioso en el cual la propia Regina se estuvo complaciendo. En la albura de sus vestidos se posaban como fatales mariposas negras los lazos de luto de la niña; pero agitó la moza sus ágiles dedos matando la señal triste de un tirón, y echó á volar las negras mariposas entre las cadencias de un villancico:
_La virgen lava pañales y los tiende en el romero y los pajaritos cantan y el agua se va riendo..._
Pero una gran tristeza de caridad se deslizó en el alma de Regina.
--¡Pobre nena sin madre! murmuró.
Y tomóla en sus brazos con tan vivo transporte de compasión que la niña, asustada, echóse á llorar...
La viajera está pensando ahora en todos estos menudos detalles de aquel día de regreso y de patria que tan hermoso y clemente amaneció para su espíritu. El doctor la contempla con una admiración un poco ansiosa.
Acaba de embarcarse el pasajero de Alcoy, el enamorado de Regina. Va solo y ceñudo, abrumado por el desdén glacial de una despedida que condena sin apelación sus amorosas pretensiones.
--¿No le da á usted lástima?--pregunta el médico á la desdeñosa, señalando la fugitiva estela.
Ella clava la honda fulguración de sus ojos en la nave, que se empequeñece sobre las olas como otras tantas visiones desvanecidas en el oleaje de la existencia. Luego replica:
--Me da lástima de estos niños, porque tienen que ser mayores.
Y los besa con ternura, suplicando al doctor que le dé alguna vez noticias de ellos. Pero el papá esta emocionado, y sin prometer nada, se atreve á preguntar:
--¿No se ha enamorado usted nunca?
--No he podido--responde ella sencillamente después de una leve vacilación. Y ataja otras averiguaciones que tal vez adivina, diciendo seria y triste:
--Quisiera ser amiga de usted mucho tiempo, porque me interesa la suerte de estos niños que he encontrado en un día memorable para mí... Yo soy voluble... olvido pronto... Mi vida es un naufragio de recuerdos. Olvidaría esta misma noche la amistad de usted á no ser por los nenes... ¡Tengo una memoria tan flaca y un carácter tan indeciso! Padezco una especie de anemia espiritual; los sentimientos más fuertes y cordiales se agitan un momento en mi corazón y en seguida se aflojan y se desvanecen como el humo... Por otra parte, me da pereza el sentir demasiado y rehuyo el querer como un ejercicio violento... Soy perezosa y egoísta... Ni siquiera puedo ni sé tener amigos... A veces, en un instante de vehemencia, quisiera amarlos y abrazarlos y hasta morir por ellos... mas, poco á poco los olvido y los mato y los sepulto en los abismos de mi corazón... Ya ve usted que me conozco á mí misma... que no soy buena.
Quédase pensativa al decir esto y añade después:
--Pero tampoco soy mala... Cuando algo me despierta de este sueño del corazón, me arrepiento de mis culpas... se recrudece el recuerdo de mis pasados errores y laten con fuerza en mi alma los sentimientos más dulces y afectuosos... ¡Ah! ¡Si yo tuviera fijeza y constancia! Es posible que me muriera de amor... como una heroína de novela... Pero no... no sé cultivar amistades ni amores, ni creo que aún pueda sentirlos nunca...
Al llegar aquí, Regina se confunde, se arrepiente de sus largas y contradictorias razones, y concluye diciéndole á su amigo:
--¡Cualquiera diría que me estoy confesando con usted!
Hay una pausa. El médico pugna por decir algo que le tiembla en el corazón. Pero Regina, cambiando de tono, añade:
--En fin, basta de psicologías y de confidencias. Prometo ser constante en esta ocasión y ser amiga de usted y de estos niños, si usted promete darme noticias de ellos á menudo.
Desea hablar el padre de los nenes, balbuce algunas palabras conmovido, pero enmudece ante la actitud súbita y reservada de la joven, que le tiende la mano, repitiendo:
--¿Quiere usted?
Y él, con semblante retraído, sin ocurrírsele otra frase, responde:
--Con muchísimo gusto.
--Adiós, doctor.
--Adiós, señorita.
Murmuraba el bosque con soñoliento murmullo, y los caminos se asomaban á la costa cubiertos de penumbra y soledad. Rodaba en el cielo un luminoso cuarto creciente; el mar tenía irisaciones de plata y mansa voz de remotas canciones...
Algo fenecía con acendrada tristeza en el regazo maravilloso de aquella tarde moribunda. Acaso uno de esos fugaces amores, relámpagos intensos que las tempestades de la juventud alumbran en los corazones abiertos á la vida.
La de Alcántara cambió con el médico su breve tarjeta, orlada de luto, por una cartulina negra, que decía en letras blancas: _Rafael Marín.--Doctor en Medicina._
De un denso grupo de pasajeros pobres, que aguardaba el momento de embarcar, acercáronse algunos á las señoras en traza mendicante. Había mujeres desharrapadas y niños casi desnudos. Varias voces, evocando al malogrado Daniel, gimieron:
--¡Por el alma del señorito!
Regina, tratando de sonreir, dió algunas limosnas y gratificó con esplendidez á la camarera, que andaba rondando:
--¿Quedas contenta?--le preguntó.
Y ella, roja de confusión ante la buena dádiva, repuso:
--Quedo.
Ya en el bote, aún Regina avanzó su busto elegante sobre la borda para besar á los niños del doctor. El, entonces, la ofreció una magnífica rosa encarnada... Y se alejó el bote suavemente, al blando son de los remos.
Los colores y las formas se apagan ya en el misterio de la noche, como si el paisaje cayera en un sueño profundo. La isla de San Simón se hunde en el mar, y aparece en el cielo la blanca estrella que persigue á la luna.
Hace Regina un brusco movimiento para tornarse cara á la tierra. La flor que lleva en la mano se le deshace en lluvia de sangrientas hojas sobre las aguas azules y huye con la marejada, mientras la moza, escudriñando el horizonte perdido y confuso, se agarra á la vida con un corazón desierto que tiembla y clama:
--¡Ah, de la ribera!... ¿Vísteis por acaso la felicidad que persigo?
Libro Segundo
Humos De Reina
I
Torremar, Cinco Minutos.--Memorias Y Mudanzas.--Los Ojos Entornados.
NUBLADA estuvo aquella última noche de viaje.
Hostigaba Regina las tinieblas, ansiosa de comprobar sus recuerdos desde que penetró en la tierra de Cantabria, pero sólo pudo advertir manchas de sombras, tendidas en un llano, enhiestas hacia el cielo, ó asomadas con fugacidad en el camino.--Son pueblos; son mieses; son montes--iba pensando, cuando oyó en una estación el anhelado aviso: «Torremar, cinco minutos de parada», y toda su impaciencia se cuajó en un asombro inmóvil, que Eugenia tuvo que sacudir activamente, lo mismo que en la llegada á San Simón.
--¡Que estamos en Torremar, Regina!
--¡Ah! ¿sí? ¿es cierto?
Conturbada, absorta, como si no esperase nunca haber llegado, saltó al andén, donde aguardaban unos parientes de Eugenia, encargados de cuidar la casita de Alcántara, en el largo abandono de sus dueños.
Tres personas componen la breve comitiva de recepción: Dolores Barquín, y sus hijos Marta y Pablo. Inicia el mozo unos cumplidos difíciles, llamando con mucha finura «doña Eugenia» á su tía, mientras las dos mujeres se comen á besos á las recién llegadas, lloriqueando, pesarosas, á guisa de saludo y de pésame:
--¡Pobre don Jaime, que en gloria esté! ¡Pobre Danielín!
No adivinaban ellas cuándo ni cómo Daniel se hubiese malogrado, porque en la ciudad se supo la desgracia del padre, únicamente. Eugenia les decía en su carta de aviso: «Llegamos solas; hay que divertir mucho á la niña, y no mentarle _los muertos._»
Pero á las buenas provincianas les parece cosa inevitable «acompañar en el sentimiento» á la señorita, siquiera en el primer abrazo. La encuentran muy alta, muy hermosa.
--¡Válgame Dios, qué aire se da al difunto señorito! Se asemejan como dos gotas de agua, mismamente... Y tú, Genia--continúa Dolores--, vendrás hecha una madama franchuta; una extranjis del todo... ¡Tantos años por esos mundos!...
Sonríe Eugenia, desmintiendo con su expresión sencilla las probabilidades de aquel supuesto cambio.
Aunque le sientan bien las ropas señoriles, que modas y circunstancias le han obligado á usar, su semblante es siempre franco y modesto. Bajo los hábitos elegantes, que ya en la estación de su pueblo le dan el título de «doña», hace su entrada en Torremar con poca gallardía. Lleva el sombrero torcido y tiene una actitud de cansancio y pesadumbre, que le hace parecer casi una anciana. Emprende allí mismo con su prima una relación de penas, en voz sigilosa, mientras el mozo se hace cargo de los equipajes, y Regina reconoce en el agraciado rostro de Marta á la niña que compartió con ella, por vericuetos y riscos, las correrías salvajes, sirviéndola á modo de escudero en arriesgadas aventuras que ya en la niñez inició con vocación resuelta.
El camino hasta la casa es base de averiguaciones entre las dos muchachas, que van delante, á lento paso. Pero Regina sabe preguntar más de lo que responde, y se entera de muchas cosas sin haberle contado á Marta casi ninguna.
La sobrinuca de Eugenia, convertida en recia mujer, bien portada al uso de la clase popular del puerto cántabro, siente crecido y ferviente su respeto por la señorita que ya en la infancia le había inspirado admiración y docilidad. Va respondiendo á todas las consultas de la viajera, que se detiene á cada momento en un recodo, en un cruce, delante de un edificio, bajo la luz escasa y débil del alumbrado público:
--Este es el Ayuntamiento... ¿Le han levantado un piso?
--Sí, señora. Le han puesto encima unas cuantas sociedades: la de _Socorros mutuos_, la de _Propietarios_ y no sé cuáles otras...
--Aquí está la iglesia parroquial. Pero la torre... ¿No tenía torre?
--La partió un rayo y hubo que tirarla. ¡Ya hace mucho tiempo!... Tenemos una parroquia nueva, muy preciosa, con dos torres altísimas, y ya de ésta no hace caso nadie.
--Es más largo el muelle, ¿verdad?
--Mucho más largo. Y el mar queda más lejos; rellenaron un trozo grandísimo y han hecho jardines donde entraban antes las olas...
--Por aquel lado se sale á la Plaza Mayor.
--Sí, señorita. Esa está lo mismo que cuando se marchó usted, sólo que en medio han puesto la estatua de uno... ¡No me acuerdo el oficio que tiene!...
--¿Poeta?
--Otra cosa.
--¿Novelista?
--Tampoco.
--¿Marino?... ¿Soldado?
--¡Menos!... Es uno de los que mandan en Madrid.
--¿Ministro?
--¡Justamente! Un ministro republicano... Por la noche da miedo pasar cerca de él; como es todo blanco parece un fantasma.
--Y dime, ¿todavía pasea la gente en los portalones?
--Todavía. Y hay música los jueves y los domingos, como «antes».
--Habrá muchas casas nuevas...
En el barrio de San Martín hay algunas; pero en el nuestro nada más que el hotel de los señores de Velasco.
--¿Viven en Torremar?
--Casi siempre. Desde que se murió el padre no aselan en Madrid, porque á la señora le pinta mucho esto.
--¿Qué fué de los hijos?
--El mayor estudia para sabio y parece que nunca acaba la carrera; lo mismo que el chiflado de don Juan Ramírez. Están siempre juntos entre libros, papelotes y animalejos... El otro es un cortejante de primera ¡y está muy guapo!
--¿Y esos de Ramírez? ¡Eramos tan amigos!
--¿Pero no sabe usted lo que les sucedió?
--Nada, hija.
--Una cosa tremenda...
--¿Triste?
--Muy triste.
--Entonces, no me lo cuentes. Oye: el Casino, ¿está donde estaba?
--¡Quia!... Tiene un edificio para él solo; dan bailes y conciertos. Además, «tenemos» _Filarmónica_ y «estamos» haciendo un teatro...
--¡Cuántas novedades!... Pero, cualquiera diría que toda la población está durmiendo. Apenas hemos encontrado gente. Unas cuantas siluetas misteriosas, y pare usted de contar.
--Es que ya son las once, lo menos--dijo Marta bajando la voz, como si recordase de pronto que á tales horas era menester hablar bajito.
También siente Regina el imperioso mandato del «escucho». Y muy quedo, continúa la charla curiosa:
--¿Saben en el pueblo que yo llegaba?
--¡Vaya si lo saben! Todo el señorío está revuelto. Yo conté la noticia en la botica «de abajo», y como hay tertulia «se corrió» á escape. No hacen otra cosa que hablar de usted... Que si venía usted casada... que si viuda...
--¿Viuda?
--Que si se había usted quedado pobre...
--Pues date prisa á decir que vengo rica y soltera.
--Ya lo creo que lo diré... ¡Mire, mire! ¿Ve usted cómo tiembla aquella cortina?
--No veo nada.
--Sí; en ese antepecho del primer piso... Es el gabinete de labor de las señoritas de Bernaldo.
--¿Pero no se han muerto?
--¿Morirse?... ¡Si la más pequeña todavía piensa en casarse!... Ya suponía yo que estarían de atalaya para vernos pasar... ¡Ah! ¿Sabe quién se acuerda de usted muchísimo? _Timonel;_ aquel pescador que la enseñó á nadar y la llevaba siempre en su bote.
--¡Pobre _Timonel_!... Ya estará viejo.
--Algo viejuco está, pero sigue «haciendo todas las mareas».
Un balcón se abre con sigilo encima de las muchachas, y unas cabezas se perfilan, estiradas y fisgonas, hacia la calle.
--¿Oye?--susurra Marta, oprimiendo el brazo que Regina apoya en el suyo.--Son las de Estrada, que la quieren ver.
--Buenas noches--dice pronta la voz de la señorita, lanzada al silencio con musicales trinos. Vibra el saludo en la obscuridad, mientras Marta acelera el paso y advierte á su compañera:
--No las diga nada... ¡Si es que la quieren ver á escondidas, sin que usted lo note!
Las cabezas acechantes se esfuman en la sombra, detrás del ruido sordo de una puerta.
--¡Ah, vamos!--dice Regina únicamente. Y se le figura que su pueblo dormido está soñando con ella; que los temblores del cortinaje y los mudos perfiles de las cabezas, son movimientos de pesadilla en aquel profundo sopor. En vano por sorprender los horizontes familiares del puerto, medio borrados en la memoria, quiso cruzar las calles á pie, desde la estación hasta el viejo arrabal donde se yergue la casa nativa al socaire del monte, dominando la playa. Todo lo encuentra confuso y extraño al través de la ciudad obscura y silente. Apenas si en la sombra se dibujan los contornos del caserío, en manchas densas, con bruscos tajos de vías angostas sobre un hostil pavimento y bajo la llama lívida de los escasos faroles. Por las embocaduras del muelle llega el aura del mar, salobre y tónica, entre los murmullos del puerto y de la bahía. Se oyen de tarde en tarde algunos pasos y se esquician en la penumbra formas inciertas y movibles...
Antes de doblar la última esquina del barrio de San Martín, llamada también «el de abajo», el más urbano y populoso, las dos muchachas aguardan á Dolores y á Eugenia, que con Pablo vienen detrás. Enciende el mozo su farol de aceite, necesario á los trasnochadores en el arrabal marinero, cuando falta la luna, y el grupo caminante encuentra á pocos pasos, otro grupo quieto y silencioso, recatándose de la luz que Pablo lleva.
Vuelve Marta á estrechar el brazo de Regina y le dice, muy bajo:
--Son señoritos que están en acecho de la llegada de usted...
Ya el resuello del mar, libre en la playa, sube al camino empujado por una brisa acre y sutil, que en los huertos cercanos ha recogido esencias de flores primaverales.
Aquel aliento puro del mar y de la costa besa con ímpetu la cara sonriente de la viajera, cuyo flotante velo de crespón va dejando una estela de curiosidad y de atisbos, al través del pueblo que la mira con los ojos entornados...
II
La Cajita Blanca.--Lumbres De Hogar.--Remos Y Flores.
LA lluvia amaneciente moja el paisaje con una triste dulzura, como de llanto infantil. Sube la niebla entocando los montes, y sus flecos deshilachados permiten ver á Regina un rebaño que ondula lento por la alta vereda. Los sordos gruñidos del mar extienden en la costa abrupta su amenaza resonante y quejosa.
Recordando las galernas terrible
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