Amor y Pedagogía
Miguel de Unamuno
Nota del Transcriptor:
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Amor Y PedagogíA
Biblioteca De Novelistas Del Siglo XX
Miguel De Unamuno
Amor
Y
PedagogíA
[Ilustración]
BARCELONA--1902 IMPRENTA DE HENRICH Y C^A--EDITORES Calle Córcega
Es Propiedad
Al Lector,
dedica esta obra,
El Autor.
PróLogo
Hay quien cree, y pudiera ser con fundamento, que esta obra es una lamentable, lamentabilísima equivocación de su autor.
El capricho ó la impaciencia, tan mal consejero el uno como la otra, han debido de dictarle esta novela ó lo que fuere, pues no nos atrevemos á clasificarla. No se sabe bien qué es lo que en ella se ha propuesto el autor y tal es la raíz de los más de sus defectos. Diríase que perturbado tal vez por malas lecturas y obsesionado por ciertos deseos poco meditados, se ha propuesto ser extravagante á toda costa, decir cosas raras, y lo que es aún peor, desahogar bilis y malos humores. Late en el fondo de esta obra, en efecto, cierto espíritu agresivo y descontentadizo.
Es la presente novela una mezcla absurda de bufonadas, chocarrerías y disparates, con alguna que otra delicadeza anegada en un flujo de conceptismo. Diríase que el autor, no atreviéndose á expresar por propia cuenta ciertos desatinos, adopta el cómodo artificio de ponerlos en boca de personajes grotescos y absurdos, soltando así en broma lo que acaso piensa en serio. Es, de todos modos, un procedimiento nada recomendable, aunque muy socorrido.
A muchos parecerá esta novela un ataque, no á las ridiculeces á que lleva la ciencia mal entendida y la manía pedagógica sacada de su justo punto, sino un ataque á la ciencia y á la pedagogía mismas, y preciso es confesar que si no ha sido tal la intención del autor--pues nos resistimos á creerlo en un hombre de ciencia y pedagogo--nada ha hecho por lo menos para mostrárnoslo.
Parece fatalmente arrastrado por el funesto prurito de perturbar al lector más que de divertirle y sobre todo de burlarse de los que no comprenden la burla. No sabemos bien por qué un hombre serio en su conducta, que ocupa una posición y que ni hace ni dice nada que se salga de los términos corrientes y ordinarios, padece de una morbosa manía contra las personas graves y aborrece tanto á los que no se salen nunca de su papel y adoptan siempre un continente severo. Acostumbra decir que todo hombre grave es por debajo tonto de capirote, y no tiene razón en esto.
Esta su manía de atribuir más á tontería que á maldad las mezquindades humanas acusa una cualidad de que debe curarse. Parece imposible que un hombre que lee, según nuestros informes, con alguna asiduidad los Evangelios no haya meditado más en el versillo 22 del capítulo V del Evangelio de San Mateo.
Mas repetimos que el defecto más grave que á esta obra puede señalársele es que no se sabe á punto fijo qué es lo que en ella se propone su autor, pues nos resistimos á creer que no se proponga más que hacer reir á unos y escandalizar á otros.
Perjudícale en gran manera la aversión que al dictado de sabio tiene y el empeño ridículo que pone en que no se lo apliquen. No acertamos á explicarnos por qué le molesta tanto ese tan honroso nombre, como no acertamos á explicarnos el que escribiendo con tanta frecuencia y siendo profesor de literatura griega ponga tanto cuidado en no escribir nunca de semejante literatura. ¿Será que la conoce mal y teme mostrar su flaqueza en aquello de que oficialmente es maestro? No sabremos decirlo.
Otra manía tiene que le daña también mucho, y es la manía contra la literatura española. Tan mal la conoce ó con tal suma de prejuicios la estudia--si es que la estudia--que suele decir que es la literatura española el más claro espejo de la vulgaridad y la ramplonería y que el espíritu que en ella se refleja es un espíritu ahito del más embrutecedor sentido común. Y á la vez que siente aversión hacia la literatura española siéntela, y no menor, hacia la francesa, y cuando el espíritu de una y otra se fusionan, surge algo que para él se simboliza en Moratín. Cuando de Moratín habla--le hemos oído hablar de él varias veces--pierde los estribos y no reconoce mesura alguna. «Moratín es un abismo de vulgaridad y de insignificancia--le hemos oído decir,--sus obras son el más insípido manjar que puede darse; ni tiene sentimiento, ni imaginación, ni inteligencia; es frío, no ha ideado ni una sola metáfora nueva, no piensa más que con el pensamiento de todo el mundo; es sencillamente un caso de imbecilidad por sentido común.» No sabemos que haya escritor á quien aborrezca más que á éste no siendo á Jenofonte. ¿Qué le habrá hecho Jenofonte?
Sí, esta es la cuestión: ¿qué le habrá hecho Jenofonte? Y puede ampliarse preguntando qué le habrán hecho Moratín y qué la literatura española y la francesa, y hasta el mismo espíritu español qué es lo que le habrá hecho. Porque lo primero que de un escritor debe exigirse es que tenga respeto á su público y le trate lealmente, y la verdad, á las veces se exterioriza de tal modo en sus escritos el autor de esta novela, que nos parece no llega su respeto al público que le lee al punto que debiera llegar, y esto es imperdonable. El público tiene ante todos los demás y sobre todos los demás el indisputable derecho de saber cuándo se le habla en broma y cuándo en serio, si bien es cierto que le divierte el que se le hable con cierta seriedad fingida ó con cierta fingida broma, según los casos. Ocasiones hay en que un lector suspicaz pudiera creer que no se propone nuestro autor otra cosa sino que sus lectores digan: «Esto ya pasa de la raya... este hombre quiere tomarnos el pelo.» Y tal propósito, si le hubiere, es en verdad intolerable.
Todas estas y otras aberraciones de su espíritu, que por no recargar este juicio pasamos en silencio, le han llevado al señor Unamuno á producir una obra como esta, que es, lo repetimos, una lamentable, lamentabilísima equivocación.
Obsérvese en primer lugar que los caracteres están desdibujados, que son muñecos que el autor pasea por el escenario mientras él habla. El don Avito nos hace sufrir una decepción, pues cuando todo hace suponer que impondrá un severo régimen pedagógico á su hijo, nos encontramos con que es un pobre imbécil que le tupe de cosas de libros, pero dejándole hacer, y que se entrega al don Fulgencio, sin advertir las mixtificaciones de éste. De Marina más vale no hablar; el autor no sabe hacer mujeres, no lo ha sabido nunca.
De buena gana nos detendríamos en analizar al don Fulgencio, que es acaso la clave de la novela, pero el autor mismo nos lo ha descubierto, descubriendo á la par otras cosas que mejor estarían ocultas, cuando en la última entrevista que el grotesco filósofo tiene con Apolodoro le habla del erostratismo.
Poco hemos de decir del estilo. No más sino que peca de seco y á las veces de descuidado, y que eso de escribir el relato en presente siempre no pasa de ser un artificio que afortunadamente no tendrá éxito. Lo que sí hemos de hacer notar es que después de las prédicas del autor por esas revistas y periódicos en pro de la reforma ó revolución de la lengua castellana, escribe ésta lo más llana y lisamente posible, y si no la hace más castiza es porque no puede. En el fondo hay que reconocer que no tiene el sentido de la lengua, efecto sin duda de lo escaso y turbio que es su sentido estético. Diríase que considera á la lengua como un mero instrumento, sin otro valor propio que el de su utilidad, y que como el personaje de esta su novela, echa de menos la expresión algébrica. Vese su preocupación por dar á cada vocablo un sentido bien determinado y concreto, huyendo de toda sinonimia, de hacer una lengua precisa, suene como sonare. Realmente hay que hacerle la justicia de reconocer que cuando resulta oscuro no es por defecto de expresión ni de lenguaje, sino por cierto retorcimiento conceptista y por un vituperable empeño de decir cosas que se salgan de lo vulgar.
* * * * *
A pesar de todo lo que acabamos de decir, parécenos que es esta una obra digna de detenida atención y que hay en ella elementos y partes que la hacen recomendable. Y no precisamente por lo que el autor ha querido poner en ella, sino por lo que á pesar suyo no ha podido dejar de poner. Es casi seguro que lo valioso de esta novela es lo que en ella tiene por poco menos que desdeñable su autor, siendo en cambio de lamentar la inclusión de todo aquello otro en que parece haberse esmerado más éste.
Antójasenos que por debajo de todas las bufonadas y chocarrerías, no siempre del mejor gusto, se delata el culto que, mal que le pese, rinde á la ciencia y á la pedagogía el autor de esta obra. Si de tal modo se revuelve contra el intelectualismo es porque le padece como pocos españoles puedan padecerlo. Llegamos á sospechar que empeñado en corregirse se burla de sí mismo.
Mas es este un terreno delicadísimo y en él no queremos entrar.
* * * * *
Antes de terminar este prólogo, cúmplenos hacer una manifestación, para satisfacer con ella un deseo del autor. Cuando éste se dispuso á dar al público su obra, á pesar de los consejos que de ello pretendían disuadirle, preocupóse ante todo del tamaño y forma que había de dar al libro, pues nos manifiesta que da gran importancia á este punto.
Dice, en efecto, que hallándose el verano pasado en Bilbao, su pueblo nativo, y en una librería donde tiene consignados ejemplares de su novela _Paz en la Guerra_ y de sus _Tres Ensayos_, le manifestó el librero que cuando volviese á publicar otro libro se cuidara mucho de su volumen y condiciones materiales, procurando que, á poder ser, tengan sus obras todas un mismo tamaño. A cuyo respecto le contó el librero lo que con uno de sus clientes le había ocurrido.
Fué el caso que un sujeto le había pedido en varias ocasiones las obras completas de Galdós, Pereda, Valera, Palacio Valdés y otros escritores de fama y éxito, y se las había servido. Pidióle luego las de Picón, y cuando llegaron éstas torció el cliente el gesto y les puso mala cara porque no eran todas de un mismo volumen, sino unas más largas y otras más anchas.
--¿Y cómo voy á encuadernar como «Obras completas de D. Jacinto Octavio Picón» si presentan tanta diversidad de tamaños?
El librero, como se trataba de un buen cliente, se ofreció en su obsequio á quedarse con ellas, y así se acordó, no llevándose el cliente más que dos ó tres, las que más le interesaban, ó sean las iguales en tamaño y forma. Y comentando luego el sucedido, decía el librero al señor Unamuno que procurara que sus libros todos fueran uniformes, pues así los vendería mejor.
Porque es indudable que hay quienes compran los libros para leerlos, y son los menos, y hay quienes los compran para formar con ellos biblioteca, y son los más. Y en una biblioteca está feo que los libros de un autor, que han de aparecer juntos, no puedan alinearse en perfecta formación y sin ningún saliente, ni hacia arriba ni hacia adelante.
Mas como por ahora no publica el señor Unamuno más que para lectores y no para bibliófilos, parécennos de poca importancia sus escrúpulos, y que debe dejar esas importantes consideraciones para cuando dé á la estampa su colección de «Obras completas», que nos complacemos en creer no ha de tardar mucho en hacerlo. Entonces publicará para las bibliotecas; por ahora debe contentarse con publicar para los lectores.
El mismo autor está conforme con estas consideraciones y le es indiferente, por ahora, el tamaño y demás condiciones materiales en que ha de aparecer su libro. Tal vez influya en esto, como en su estilo, cierto desdén, no bien justificado sin duda, hacia las formas exteriores.
* * * * *
Hechas tales manifestaciones, invitamos al lector á que entre en la lectura de una obra de la que ha de sacar algún deleite y creemos que también algún provecho.
I
Hipótesis más ó menos plausibles, pero nada más que hipótesis al cabo, es todo lo que se nos ofrece respecto al cómo, cuándo, dónde, por qué y para qué ha nacido Avito Carrascal. Hombre del porvenir, jamás habla de su pasado, y pues él no lo hace de propia cuenta, respetaremos su secreto. Sus razones tendrá cuando así lo ha olvidado.
Preséntasenos en el escenario de nuestra historia como joven entusiasta de todo progreso y enamorado de la sociología. Vive en casa de huéspedes, ayudando con sus sabias disertaciones de sobremesa, y aun de entre platos, la digestión de sus compañeros de alojamiento.
Vive Carrascal de sus rentas y ha llevado á cima, á la chita callando, sin que nadie de ello se percate, un hercúleo trabajo, cual es el de enderezar con la reflexión todo instinto y hacer que sea en él todo científico. Anda por mecánica, digiere por química y se hace cortar el traje por geometría proyectiva. Es lo que él dice á menudo: «sólo la ciencia es maestra de la vida» y piensa luego: «¿no es la vida maestra de la ciencia?»
Mas su fuerte está en la pedagogía sociológica:
--Será la flor de nuestro siglo--dice de sobremesa, mientras casca unas nueces, á Sinforiano, su admirador;--nadie sabe lo que con ella podrá hacerse...
--Hay quien cree que llegará á hacerse hombres en retorta, por síntesis químico-orgánica--se atreve á insinuar Sinforiano, que está matriculado en ciencias naturales.
--No digo que no, porque el hombre que ha hecho los dioses á su imagen y semejanza, es capaz de todo; pero lo indudable es que llegará á hacerse genios mediante la pedagogía sociológica, y el día en que todos los hombres sean genios...--engúllese una nuez.
--¡Pero qué teorías, don Avito!--prorrumpe, sin poder contenerse, el matriculado en ciencias naturales.
--¿Usted sabe, Sinforiano amigo, cómo hacen su reina las abejas?
--No, todavía no hemos llegado á eso...
--Entonces no sé si debo... porque el método...
--¡Oh, sí, sí, don Avito, sí! ¡qué teorías! ¡qué teorías!
--Pues es el caso que cogen un huevecillo cualquiera de hembra, uno cualquiera, uno como los demás, fíjese bien en esto, Sinforiano, un vulgar huevecillo de hembra, y mediante un trato especial y régimen de distinción, alimentando á la larva con _pasta real_ ó regia, mediante una acertada pedagogía abejil, ó, si hemos de hablar técnicamente, melisagogía, sacan de él la reina...
--¡Qué teorías! ¡oh, qué teorías!
--No, amigo Sinforiano, no; son hechos. Y lo que hacen las abejas con sus larvas, ¿por qué no hemos de hacer con nuestros hijos los hombres? Tómese un niño, un niño cualquiera, con tal que sea niño y no niña...
--Me permite usted, don Avito--y ante el silencio del teorizante, prosigue Sinforiano:--¿por qué ha de ser precisamente niño?
--¿Y por qué ha de salir la reina precisamente de hembra? En la especie humana el genio ha de ser por fuerza masculino.
--¡Qué teorías!
--Tómese un niño cualquiera, digo, tómesele desde su estado embrionario, aplíquesele la pedagogía sociológica y saldrá un genio. El genio se hace, diga el refrán lo que quiera; sí, se hace... se hace... y ¿qué no se hace? Y lo demostraré...
Y ante el silencio de Sinforiano, que mira y calla, añade Carrascal rompiendo una nuez:
--¿Que cómo lo demostraré? ¿Cómo? ¡Pues... con hechos!
--¡Oh, los hechos!--suspira Sinforiano.
--¡Los hechos...!--repercute Carrascal, y quedan ambos mirando á la patrona, que pasa con un flan para el Delegado, que come aparte, en su cuarto.
--¿Están buenas las nueces?--les pregunta doña Tomasa.
--El hecho es que las más de ellas están huecas--contesta Carrascal.
--No puede ser, don Avito, porque son recientes y de veinticuatro perras celemín...
--No puede ser, señora doña Tomasa, ¡pero es!--responde con energía Carrascal.
Y así que ha despejado el campo doña Tomasa, yéndose envuelta en su prosaico vaho de cocina, Avito continúa:
--Con hechos, sí, amigo Sinforiano, ¡con hechos!
--¡Oh, los hechos!
--Tiempo hace que maduro un vasto plan para llevar á la práctica mis teorías, aplicando mi pedagogía sociológica _in tabula rasa_...
--¿Se va á hacer maestro?
--Algo más hondo.
--¿Más hondo?
--¡Más hondo, sí, voy á hacerme padre!
«¿Se hace uno padre ó le hacen tal?» piensa el matriculado en ciencias naturales, traduciéndolo en esta frase:
--Qué teorías, don Avito, ¡oh, qué teorías!
Y se levantan de la mesa, para madurar su plan el uno, para estudiar el otro la lección del día siguiente. Porque Sinforiano, como buen chico que es, se lleva siempre una lección por delante y unas cuantas por detrás.
Medita, en efecto, Carrascal buscar mujer á él y á su obra adecuada, y con ella casarse para tener de ella un hijo en quien implantar su sistema de pedagogía sociológica y hacerle genio. Por amor á la pedagogía va á casarse deductivamente.
Porque es de saber, antes de proseguir nuestro relato, que los matrimonios pueden ser inductivos ó deductivos. Ocurre, en efecto, con harta frecuencia, que rodando por el mundo se encuentra el hombre con un gentil cuerpecito femenino que con sus aires y andares le hiere las cuerdas del meollo del espinazo, con unos ojos y una boca que se le meten al corazón, se enamora, pierde pie, y una vez en la resaca no halla mejor medio de salir á flote que no sea haciendo suyo el garboso cuerpecito con el contenido espiritual que tenga, si es que le tiene. He aquí un matrimonio inductivo. En otros casos acontece que al llegar á cierta edad experimenta el hombre un inexplicable vacío, que algo le falta, y sintiendo que no está bien que esté el hombre solo, se echa á buscar viviente vaso en que verter aquella redundancia de vida que por sensación de carencia se le revela. Busca mujer entonces y con ella se casa en matrimonio deductivo. Todo lo cual equivale á decir que, ó ya precede la novia á la idea de casarse, conduciéndonos aquélla á ésta, ó ya el propósito del casorio nos lleva á la novia. Y el matrimonio del futuro padre del genio tiene que ser, ¡claro está!, deductivo.
Y como un hombre moderno, por mucho que en la pedagogía sociológica crea, no puede dejar de creer en la ley de la herencia, cavila noche y día Avito acerca del temperamento, idiosincrasia y carácter que su colaboradora ha de tener. Porque eso de que el huevecillo del futuro genio haya de ser un huevecillo como los demás, está bien en teoría, como postulado y punto de arranque de nuestra pedagogía, para los matriculados en ciencias, pero... ¿hemos de despreciar el instinto? A buscar, pues, novia.
Sentado ante su mesa, bien arrebujadas las piernas en una manta que imita una piel, y en largas horas de meditación fecunda, ha trazado Avito en unas cuantas cuartillas los caracteres antropológicos, fisiológicos, psíquicos y sociológicos que la futura madre del futuro genio ha de tener. Y tales caracteres en ninguna encarnan mejor que en Leoncia Carbajosa, sólida muchacha dólico-rubia, de color sano, amplias caderas, turgente y levantado pecho, mirar tranquilo, buen apetito y mejores fuerzas digestivas, instrucción variada, pensar libre de nieblas místicas, voz de contralto y regular dote. Avito ha puesto sus ojos en los de ella, por si éstos le dicen algo; pero Leoncia, á fuer de futura madre de genio futuro, no responde más que con la boca, y eso cuando se la pregunta.
Decidido á la conquista de Leoncia, pónese Avito á redactar con tiento y medida eso que se llama carta de declaración. La cual no cabe sea, ¡naturalmente! centón de esas encendidas frases que el amoroso instinto dicta, sino reposados argumentos que de la científica teoría del matrimonio derivan. Y del matrimonio mirado á luz sociológica. Doce horas, en seis noches consecutivas, le cuesta el documento. Y no es la cosa para menos, porque cuando al rodar de los años se estudie al genio obtenido por pedagogía, pieza de escogido estudio habrá de ser, sin duda, la _Carta Magna_ que de preludio le sirve. Escríbela, por lo tanto, Avito para la posteridad, á través de Leoncia, la dólico-rubia de anchas caderas. Es todo un informe amoroso; allí, con la precisa hoja de parra, las ineludibles necesidades orgánicas, allí psicología del amor sexual al alcance de las Leoncias Carbajosas y de la posteridad á que resumen, con el genio de la especie y demás metafísicas, allí la ley de Malthus, allí la tendencia sociológica á la monogamia, y allí, en fin, el problema de la prole. Cuajado todo ello en un sutil tejido en que se le suelta á la imaginación su parte, haciéndole ver, cual tentador señuelo, allá, en gloriosa lontananza, al espléndido genio. Lee y relee el expediente, corrigiéndolo á cada lectura, se lo recita tomándose de posteridad, y cuando lo ha visto bueno saca de él copia y se guarda la pieza original esperando coyuntura propicia de que á la interesada se le traslade. Quiere antes prepararla para que sea menos brusca la emoción que le cause y el efecto útil mayor.
Dirígese Avito á casa de Leoncia á iniciar el advenimiento del genio.
* * * * *
--No hagas caso, Leoncia, esas son cosas de mi hermano, y á un hombre que como mi hermano tiene cosas, se le oye como quien oye llover...
--Es que como empiezo á padecer de reuma, me gusta poco el oir llover...
--¡Don Avito Carrascal!--anuncia la criada en este punto.
--¿Le conoces?--pregunta Leoncia á Marina.
--De oídas tan sólo...
--Pues merece que te le presente.
Y así que al entrar don Avito ha saludado á Leoncia, ésta:
--Avito Carrascal, mi buen amigo... Marina del Valle, mi casi hermana...
--¿Del Valle?--mormojea Avito mientras acariciando en el bolsillo el amoroso informe, se dice: «¿pero qué es esto? ¿qué es esto que me pasa? ¿qué me pasa? ¿dónde he tratado yo mucho á esta muchacha? ¡pero si no la he visto hasta hoy! ¿qué es esto?»
--¡Hermoso día!--exclama Leoncia.
--Es que estamos ya en primavera, Leoncia--dice Marina.
--¡Exactísima observación! Ayer equinoccio... Sin embargo, la savia de los vegetales...--y se detiene Avito al ver que los tersos ojazos de Marina se orientan á los suyos y que desplegando la boca se pone á oirle con todo el cuerpo y con el alma entera.
«Pero ¿qué tendré hoy--se dice el futuro padre del genio,--qué me pasará que no acierto á ligar dos ideas? ¿Se me rebelará la bestia?» Marina, en tanto, parece esperar lo de la savia de los vegetales; vésele el ritmo del pecho, y en sus cabellos de azabache se tiende á descansar la luz cernida por los visillos.
--La savia de los vegetales--prosigue Carrascal--hace tiempo que ha dado botones de flores...
--¿Le gustan á usted las flores?--le pregunta Leoncia.
--¿Cómo estudiar botánica sin ellas?
Marina, apartando sus ojos de Avito, los vuelve sonrientes á Leoncia y al hombre luego, como quien dice: ¡tiene gracia! Y al observarlo Carrascal oye una voz que en su interior le dice: «¡alma primitiva, protoplasmática, virginal! ¡corazón inconciente!» á la vez que su corazón, conciente y todo, empieza á acelerar su martilleo.
--Usted debe de saber muchas cosas, señor Carrascal.
--¿Por qué, mi señora doña Marina?
--Porque mi hermano cuando hay algo así, muy enrevesado, dice: ¡á Carrascal con eso!
--¿Su hermano?
--Sí, Fructuoso del Valle.
«¡Pobre muchacha!--piensa Avito--tan hermosa y en poder aún de ese...» y dice:
--Oh, no, es favor que don Fructuoso quiere hacerme y que tal vez me hace, porque eso de saber muchas cosas...--y se atasca.
«¿Qué cosas sabes tú, Avito Carrascal, qué cosas sabes frente á esos tersos ojazos cándidos que empiezan á decirte lo que no se sabe ni se sabrá jamás?»
Leoncia barrunta algo y hasta adivina qué. No es este Avito el Avito de otras veces, dueño siempre de sí y de su palabra, en el decir afluente y preciso, firme y exacto en el pensar. Tiene en la punta de la lengua esta pregunta: «pero ¿qué le pasa á usted hoy, Avito?»; mas coligiendo que no de paso sino de queda es lo que Avito siente, tira á abreviar la visita.
«Y ¿qué me hago de la exposición matrimoniesca?--piensa Avito.--A preparar su recepción vine... ¡habrá que pensarlo más despacio...!»
Se levanta para retirarse y las dos mujeres se levantan también. Y como si una planta frondosa y aromática se desplegase de pronto siente Avito en el ámbito del alma perfumada frescura. Le da la mano... y esto ¿qué es? ¿cómo se llama? ¡sí! ¿cómo se llama?
«¿Es que me he vuelto tonto?--dícese Avito ya en la calle;--¡buena manera de preparar á la futura madre del genio! ¿qué pensará de mí?» Y llegado á casa: «¿Qué es lo que me ha pasado? ¿cómo se llama? sí, ¿cómo se llama? porque aquí está el nudo de la cuestión, en cómo se llame. Durmamos, durmiendo es como se digieren estas impresiones... ¡Tengo para mí que ha entrado en juego el Inconciente... démosle su parte... á dormir!» Mete el amoroso informe bajo la almohada y se acuesta. Al despertar sabe ya de cierto que está enamorado de Marina; háselo dicho el sueño. Desde las excelsas cimas de la deducción se ha despeñado á los profundos abismos inductivos.
* * * * *
Y se abre la única batalla que hasta hoy ha empeñado Avito en su conciencia. Es en ésta un terremoto; agítansele ondulantes las oscuras entrañas espirituales; el elemento plutoniano del alma amenaza destruir la secular labor de la neptuniana ciencia, tal como así lo concibe, en geológica metáfora, el mismo Carrascal, escenario trágico del combate. «Ha entrado en juego el Inconciente», se dice á cada paso.
Leoncia, la deductiva, la dólico-rubia de sano color, anchas caderas, turgente y levantado pecho, mirar tranquilo y buen apetito, de una parte, de la parte de encima, en las aguas de la ciencia envuelta, y de otra parte Marina, la inductiva, por misteriosa ley de contraste braqui-morena, sueño hecho carne, con algo de viviente arbusto en su encarnadura y de arbusto revestido de fragantes flores, surgiendo esplendorosa de entre los fuegos del instinto, cual retama en un volcán.
Al poco agua y fuego vuelven, como de costumbre, á soldar un pacto; redúcese parte de aquélla á nube, apágase parte de éste. Empiezan á chalanear ciencia é instinto ahora que Avito ha vuelto á ver, como por acaso, á Marina y ha vuelto á departir con ella. El amoroso instinto de Carrascal se dispone á obedecer á la ciencia del teorizante; mas es indicándole antes en silencio, al oído y á oscuras, lo que ha de mandarle.
«El genio ¿no es tan hijo de la naturaleza como del arte?--se dice Avito;--¿no es la naturaleza hecha arte, lo que equivale á decir que es el arte hecho naturaleza? ¿no es el feliz consorcio de la reflexión con el instinto, instinto reflexivo á la par que reflexión instintiva?» Démosle, pues--así piensa esto, en primera persona del plural del presente de subjuntivo, ó de imperativo si se quiere,--démosle su parte de naturaleza, de instinto, de inconciencia; no hay forma sin materia. El arte, la reflexión, la conciencia, la forma lo seré yo, y ella, Marina, será la naturaleza, el instinto, la inconciencia, la materia. Y ¡qué naturaleza! ¡qué instinto! ¡qué materia!... ¡qué materia sobre todo...!--le dicen las corrientes plutonianas con su lenguaje de sacudidas del corazón--¡qué materia! Yo la trabajaré, como las aguas á la tierra, la surcaré, le daré forma, seré su artífice. ¡Cállate! ¡cállate!--le dice á una voz de su interior que le murmura: «mira, Avito, que caes... que caes, Avito... que caes... eso es el señuelo... así no se llega al genio... que caes...» ¡Cállate!--Y termina en esta conclusión: ¡Marina es materia prima de genio, forma de él yo! ¿Pues qué? ¿la belleza física nada quiere decir? Los verdaderos genios, los de verdad, han debido de ser hijos de mujeres guapas, y si la historia lo negare ó es que el supuesto genio no es tal ó es que no se fijaron bien en su madre.
¿Y el informe amoroso? ¿Lo entenderá acaso la braqui-morena plutoniana? Oh, el instinto adivina lo que no entiende. Y recuerda Avito haber contemplado con qué atención observaba una vez una gata á un conejillo de Indias inoculado de tifoidea y la apacible familiaridad con que las aves del cielo se posan en los hilos del telégrafo, lejos de los lirios del campo. Cosa decidida, pues; el documento redactado para Leoncia irá, tal como lo está, á Marina.
* * * * *
Al acabar Marina de leerlo y mientras le danza el corazón, se dice, sin querer, con su hermano: «¡á Carrascal con esto!» Y luego: «¡qué Carrascal este, Dios mío, qué Carrascal! ¡acordarse de mí!» Va en seguida, sin quererlo también, á mirarse al espejo, en el que se encuentra con sus propios ojos que le dicen lo que no se sabe ni se sabrá jamás. «¡Oh, qué Carrascal! sí, está á la altura de su reputación, no hay duda. Y no es feo, no, no es feo, pero yo... Y tiene unas ideas... qué idea, qué idea esta de pretenderme, y de pretenderme así...»
Y ahora, cual avecilla del cielo posada en los alambres telegráficos, lejos de los lirios del campo, se dice: «¿ineludibles necesidades orgánicas...--súbesele el rubor á las mejillas--genio de la especie... ley de Malthus... matriarcado... matriarcado?... ¡matriarcado!... tendencia social á la monogamia... matrimonio y patrimonio... genio del porvenir... pedagogía sociológica... Y ¿cómo le digo que no? ¡Con qué cara le digo que no, yo, pobre de mí, Marina del Valle, á todo un don Avito Carrascal! Alguno había de ser, éste ú otro... pero don Avito... ¡don Avito Carrascal! ¿Cómo le digo que no? ¿Cómo se hace eso? Si viviera mi madre para aconsejarme... ¡pero Fructuoso, nada más que Fructuoso!» Al recordar á su hermano una ráfaga de aire frío le vuelve á la realidad, porque Fructuoso del Valle, tratante en granos y presidente del comité lopecista, es un saco del más barato sentido común.
Al recibir Carrascal carta de Marina, en que acepta ésta las relaciones que aquél le ha propuesto, se dice: «¡la ha copiado de algún manual!» y se satisface. ¿No es el copiar lo propio del instinto, de la naturaleza, de la materia? La carta dirá lo que quiera, ¿pero los ojos...? ¡Oh, los ojos! Estos sí que al copiarlo todo no copian nada; son absolutamente originales, con clásica originalidad, que de plagios se mantiene.
Procúranse una entrevista en que Avito se propone estar masculino, dominador, cual cumple á la ciencia, y domeñar á la materia al punto.
--Me hace usted mucho honor, don Avito...
--¿Usted? ¿don? háblame de tú, ¡Marina!
--Como no tengo costumbre...
--Las costumbres se hacen; el hábito empieza por la adaptación; un fenómeno repetido...
--¡Ay, por Dios!
--¿Qué te pasa?
--¡Lo del fenómeno!
--¿Pero qué?
--No hable de fenómenos, que tuve un hermanito fenómeno y parece que estoy viendo aquellos ojos que querían salírsele y aquella cabeza ¡qué cabeza, Dios mío! no hable de fenómenos...
--¡Oh la ignorancia, lo que es la ignorancia! fenómeno es...
--No, no, nada de fenómenos... y menos repetidos...
--¡Pero qué ojos, Marina, qué ojos!--y en su interior añade: «¡cállate!» á la voz que le murmura: «que caes, Avito... que caes... que la ciencia marra...»
--Pero no se ría si digo algo...
--Yo no me río cuando se trata de algo serio, y nosotros, Marina, tratamos ahora de lo más serio que hay en el mundo.
--Es verdad--agrega Marina con profunda convicción y maquinalmente, con la convicción de una máquina.
--Y tan verdad como es. Se trata, Marina, no ya de decidir de nuestra suerte, sino de la suerte de las futuras generaciones acaso...
Se pone la Materia tan grave que al abrir los ojos hace vacilar á la Forma.
--La suerte de las futuras generaciones, digo... ¿Sabes tú, Marina, cómo hacen las abejas su reina?--y se le acerca.
--No entiendo de esas cosas... Si no me lo dice...
--Háblame de tú, Marina, te lo repito; háblame de tú. Deja ese impersonal porque aquí es todo personal, personalísimo.
--Pues... pues... no sé...--pónese como la grana--si no me lo dices...
--¿Pero no, qué te importa lo que hagan las abejas, amor mío?--y luego á la voz interior: «¡cállate!» y se detiene.
«¿Amor mío?» ¿Quién ha dicho eso? ¿Qué es eso de «amor mío?» El genio de la especie ¡oh! el Inconciente.
--El genio de la especie...--continúa Avito.
--¡Qué ideas, Carrascal, qué ideas!
--¿Carrascal? No me gustan las mujeres que llaman á sus maridos por el apellido.
Al oir lo de marido y mujer se le encienden las mejillas á Marina, y encendido Avito por ello se le acerca más y le pone una mano sobre la cadera, de modo que la Materia quema y la Forma arde.
--¿Ideas? ¡mi idea eres tú, Marina!
--¡Oh por Dios, Avito, por Dios!--y le esquiva.
--¿Por Dios? ¿Dios?... bueno... sí... todo es cuestión de entenderlo... Acabarás por hacerme creer en él--y lanzando un «¡cállate!» á la voz interior que le dice: «que marra la ciencia... que caes, Avito...», coge á la Materia en brazos y la aprieta contra el pecho.
--Déjeme, por Dios, déjeme... déjame... mi hermano...
--¿Quién? ¿Fructuoso?
--Lo mejor será acabar pronto, Avito.
--Querrás decir empezar pronto, Marina.
--Como quieras.
--Sí, empezar pronto como quiera. Y ahora ven, sellemos el pacto.
--¿Qué es eso?
--Ven, ven, y lo verás.
La coge ahora de nuevo, la aprieta en los brazos y le pega en la boca un beso, de los que quedan. Y así, sujeta, sofocada la pobre, con el corazón alborotado, dícele él:
--Tú... tú... Marina... tú...
--Ay, por Dios, Avito, ay... por Dios...--y cierra los ojos.
También Avito los cierra un momento, y sólo se oye el latir de los corazones. Y la voz interior le dice á Carrascal: «el corazón humano, esta bomba impelente y absorbente, batiendo normalmente, suministra en un día un trabajo de cerca de 20.000 kilográmetros, capaz de elevar 20.000 kilos á un metro...» Y en voz alta, como enajenado:
--Bomba impelente...
--Ay, por Dios, Avito... no... no...
--Tú... tú... vamos, tú... Mira que hasta tanto no te suelto...
Los labios de la pobre Materia rozan la nariz de la Forma y ahora ésta, ansiosa de su complemento, busca con su formal boca la boca material y ambas bocas se mezclan. Y al punto se alzan la Ciencia y la Conciencia, adustas y severas, y se separan avergonzados los futuros padres del genio, mientras sonríe la Pedagogía sociológica desde la región de las ideas puras.
* * * * *
Al saberlo Fructuoso se queda un rato mirando á su hermana, sonríe y da unas vueltas por la estancia.
--¡Pero mujer, con don Avito Carrascal!...
--Con alguno había de ser...
--¡Claro! ¡pero... con Carrascal!
--¿Tienes algo que oponer?
--¿Oponer? yo no.
«¡Con Carrascal!--piensa--¡cuñado de don Avito! ¡psé! Como marido tal vez lo haga bien... Fortuna... tiene... gastador no es... lo demás la familia lo trae consigo... Y después de todo, para lo que ella vale...» Todo esto pasa por la mente de Fructuoso que como saco de sentido común es profundamente egoísta, por ser el egoísmo el sentido común moral.
--¿Oponerme? ¡Dios me libre! ¡Cásate con quien quieras, siempre que sea persona honrada y que pueda mantenerte sin necesitar de tu dote, aunque sea con don Avito!
«¡Qué bruto!» se dice en su corazón Marina, que aun sin saberlo, ve en el matrimonio una manera de libertarse del tratante en granos.
Para Carrascal llega la segunda batalla, la de si habrá de casarse por lo religioso, transigiendo con el mundo. Acude á la sociología y ésta le convence á transigir.
Y he aquí cómo se unen la Materia y la Forma en indisoluble lazo.
II
«¡Has caído, Avito, has caído!--le dice la voz interior--¡has caído! has convertido á la ciencia en alcahueta... ¡has caído!» Y mientras echa de menos á su fiel Sinforiano, no le sirve repetir: «¡cállate! ¡cállate! ¡cállate!» Pasada la embriaguez de los primeros días, disipada la nube que de las aguas de la ciencia levantaran los fuegos del instinto, empieza á vislumbrar la verdad. Ha sido una caída, una tremenda caída á la inducción, mas es preciso aceptarla y aprovecharla en beneficio del futuro genio. Ahora que posee á Marina se acuerda más de Leoncia, oliendo la cabellera de la braqui-morena sueña en la de la dólico-rubia. ¡Si cupiera fundirlas en una!... ¿Por qué el goce de lo poseído ha de encendernos el apetito de lo que no poseemos?
«La Materia es inerte, estúpida: tal vez no es la belleza femenina más que el esplendor de la estupidez humana, de esa estupidez que representa la perfecta salud, el equilibrio estable. Marina no me entiende; no hay un campo común en que podamos entendernos; ni ella puede nadar en el aire, ni yo volar en el agua. ¿Educarla? ¡imposible! Toda mujer es ineducable; la propia más que la ajena.» Así piensa Avito.
¿Y Marina? A los pocos días de trasladada del poder de su hermano al del marido se encuentra en regiones vagarosas y fantásticas, se duerme y en sueños continúa viviendo, en sueños incoherentes, bajo el dominio de la figura marital que anda, come, bebe, y pronuncia extrañas palabras.
--¿Y tu marido?--le pregunta Leoncia un día.
--¿Mi marido? ah, sí, ¿Avito? ¡bien!
¡Qué casa, Dios mío, qué casa! Hay que dejar abierta de noche la ventana del cuarto, por donde entran las tinieblas exteriores y el aire fresco, no hay que espumar el puchero, hay que sumergir á cada paso los cubiertos en esa cubeta con solución de sublimado corrosivo que está sobre la mesa, y esos extraños vasos, graduados, y con su rótulo H_{2}O, y el salero con su ClNa, y ese retrete de báscula y... ¡qué mundo, Dios mío, qué mundo!
* * * * *
Una noche, sacudiendo por el momento el sueño crónico y antes de entregarse al otro, susurra Marina unas palabras al oído de Avito, le abraza éste sin poder contenerse y no duerme en toda la noche. Ya está en función el pedagogo.
--¡Vamos, Marina, un poco más de alubias!...
--Pero si no me apetecen...
--No importa, no importa... ahora tienes que comer más con la reflexión que con el instinto, más con la cabeza que con la boca... Vamos, un poco más de alubias, alimento fosforado... fósforo, fósforo, mucho fósforo es lo que necesita...
--Mira que luego no voy á poder comer la chuleta...
--¿La chuleta? ¡no importa! ¿Carne? No, la carne aviva los instintos atávicos de barbarie... ¡fósforo! ¡fósforo!
Y Marina se esfuerza por hartarse de alubias.
--Y luego acabaré de leerte la biografía de Newton... ¡qué gran hombre! ¿no te parece? ¿no te parece que era un gran hombre Newton?
--Sí.
--Piensa bien qué gran hombre era... Si saliese nuestro hijo un Newton...--y agrega para sí: «me parece que estoy sugestivo... así, así...»
--¿Y si sale hija?--dice ella por decir algo, á lo que se pone muy serio Avito, que no quiere contar con la genia.
--Esta tarde iremos al Museo, á que veas las obras maestras y te empapes en ellas; allí te explicaré el papel social, digo sociológico, del arte.
--Pero si...
--¿Que no lo entiendes? No importa, no importa nada... no trato de instruirte, sino de sugestionarte... La sugestión es un fenómeno...
--¡Por Dios, Avito, por Dios! fenómeno no... no... no...
--Tienes razón, ¡torpe de mí! tienes razón... esa ignorancia... A la noche iremos á la Ópera, á que te armonices...
--Pero si acaba tan tarde... si no tengo ganas...
--Hay que hacerlas. Mira que ya no te perteneces, Marina, que ya no nos pertenecemos...
La mujer se deja hacer; come alubias á todo pasto, escucha biografías de grandes hombres según don Avito, mira cuadros, oye música...
--Mejor quisiera que me leyeses en el _Año cristiano_ la vida del santo de hoy...--se atreve á suplicar un día desde su sueño.
Avito la mira diciéndose: «¡oh, el atavismo!» y arranca en una disertación contra los santos todos del _Año cristiano_, hombres anti-sociales y mejor aún que anti-sociales antisociológicos. Y al observar la expresión de su mujer se dice: «¡hasta las entrañas mismas! ¡esto hará su efecto!»
* * * * *
Marina se siente mal y Avito se alarma por ello. Ocúrresele si podrá ser un parto prematuro, y sorprendido de su imprevisión en este respecto, piensa pedir una incubadora Hutinel, por si acaso. Y hasta le halagaría, allá, por muy dentro, que fuera tal cosa, pues podría así comprobar en su hijo las maravillas de la ciencia. Y como la indisposición de su mujer se agrava, tiene que llamar al médico, un médico sociólogo también.
--¿Qué?--pregunta Avito ansioso, después del reconocimiento médico, pensando en la incubadora.
--No es más que una indigestión... una fuerte indigestión... ¿qué ha comido usted, señora?
--¡Alubias!
--Pero eso...
--Es que me hastían ya, las aborrezco...
--¿Pues por qué las toma?
--Soy yo, soy yo quien se las hago tomar... por causa del fósforo...
--¡Ah!--y poniéndole una mano sobre el hombro, le dice el médico:--No indigeste de fósforo al genio, amigo Carrascal, que no basta fósforo en el cerebro para que éste dé luz; no basta, pues acaso le tenemos todos de sobra.
--¿Entonces?
--¡Es menester además... raspa!
--¡Piedra, yesca y eslabón! que cantábamos de niños.
--¡Exacto!
* * * * *
--Ya que no quieres ir á la ópera--dice un día Avito á su mujer--he ideado lo que la sustituya...
Hace traer un aristón, coloca en él el disco de una melodiosa sonata, y puesta la mano en el manubrio dice:
--Quiero que oigas música. Además, las vibraciones rítmicas palpitarán en el aire y esas vibraciones habrán de trasmitirse en torno... Allá donde lleguen todo se acordará rítmicamente en cuanto sea posible, y no cabe duda, las tiernas células del embrión habrán así de hacerse más armónicas... Ven, acércate, siéntate ahí...
--Pero...
--¡Pero ahora escucha!
Empieza á darle al manubrio. La pobre Materia soñolienta mira con sus tersos ojazos cándidos á la figura dominante de su sueño; despiértale la sonata las dormidas ternuras maternales, y empieza á inundarle el corazón maternal piedad, piedad jugosa hacia el padre del futuro genio.
--Ven, acércate, que te lleguen al regazo las rítmicas ondulaciones; que envuelvan al tierno embrión...
Siente la pobre Materia que le hinchen las aguas profundas del espíritu, amargas linfas, que le ahogan el corazón de madre, que los objetos todos, la cómoda, las sillas, la consola, el espejo, el espejo sobre todo, la mesa, todos se ríen de ella; córrele la sangre al rostro, á reirse también viendo aquello, y avergonzada al sentir el rubor, empiezan á rezumar sus ojos silenciosas lágrimas y las lágrimas le acongojan.
--Oh, veo que te afecta demasiado, y tampoco eso... tampoco eso... No le quiero sentimental. Un sentimental no puede ser buen sociólogo. Y ahora, puesto que hace tan buen día, á pasear un rato, á tomar luz... ¡luz! ¡luz! ¡mucha luz!
Y ya de paseo, dice:
--La educación empieza en la gestación... ¿qué digo? en la concepción misma... antes, mucho antes, venimos educándonos _ab initio_, desde lo homogéneo primitivo.
Ella calla y él prosigue:
--Y tú, Marina, eres muy homogénea.
Adivina un insulto. ¿Insulto? ¿Pero es que esta figura insulta? ¿Qué quiere decir todo esto? ¿Hay algo que quiera decir algo?
Avito piensa: «Debería leerle algo de embriología; que sea conciente de lo que hace... ¡pero no! que sea inconciente, así saldrá mejor... sin embargo...» Y al siguiente día le enseña una preparación embriológica en el período correspondiente. Y ella, emergiendo del sueño crónico, exclama:
--Quita, quita, por Dios, quita, quita eso...
--Ah, si pariésemos los hombres...--suspira Avito, callándose lo de: «lo haríamos más científica y concientemente.»
--Es que si parieseis los hombres no seríais hombres, sino mujeres...
Al oir lo cual piensa Avito con regocijo: «genio, genio, ¡de seguro genio!» y luego, en vez de «¡cállate!», dícele á su voz interior: «¿lo ves?»
* * * * *
Han corrido días. La pobre Materia siente que el Espíritu, su espíritu, un dulce espíritu material, va empapándola y como esponjándola, pero no ya en aguas de amargura, sino en el más dulce rocío que de esa amargura al evaporarse queda. Cántale la Humanidad eterna en las eternas entrañas del alma. A solas se toca los pechos que empiezan á henchírsele; va á brotar del sueño la vida, la vida del sueño. ¡Pobre Avito! ¿despertará ahora? ¿se adormirá ahora?
Ha llegado el día; lo tiene ya de antemano dispuesto todo Carrascal, y aquí él, tranquilo, abroquelado en ciencia, al encuentro del Destino. Laméntase la Materia de cuando en cuando, levantándose, paseándose un momento, volviéndose á sentar.
--No puedo, no puedo, don Antonio, no puedo más... yo me muero ¡ay! me muero... no puedo más...
--Eso no es nada, Marina, un dolorcillo sin importancia; ayúdelo, ayúdelo... venga un dolor decente, un dolor como es debido y se acabó todo....
--Yo tengo más, don Antonio, yo tengo más... esto es otra cosa... esto es muy grave... yo me muero... ¡ay! adiós. ¡Avito!... yo me muero... me muero...
--Lo de todas, doña Marina, lo de todas... eso no es nada...
--¿Que no es nada?... ¡ay! me muero... me muero... quiero morirme... ¡adiós!
--¡Vaya, vaya! descanse un rato...
--Fruto de la civilización estos dolores--interviene don Avito,--la civilización habrá de suprimirlos. Bien te dije que el cloroformo...
--Cállate... no... no... cloroformo no... ¡ay! que me muero... ¡ay!... yo quiero morirme... Don Antonio... el cloroformo es cosa de judíos... ¡ay! que me muero...
--O bien se anticipará científicamente este acto y luego la incubadora...
--Calla, calla, calla...
Trágase á hurtadillas una cintita de papel, hecha rollo, cintita en que está impresa una jaculatoria en dístico latino, y luego otro papelillo en que hay una imagen de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Son su cloroformo.
Llega el momento, asoma el futuro genio la cabeza para mirar al mundo, entra en el escenario y se pone á berrear. Es lo único que se le ocurre hacer, ya que ha de hacer algo al pisar las tablas. Juega con el aire; toca un chillido en el albogue de su gaznate. Avito mira al reló; las 18 horas y 58 minutos.
--Esa cabeza...--dice con desfallecimiento la madre.
--Ella se le arreglará sola--contesta el médico.
--Pero qué fea la tiene, ¡pobrecito!--y sonríe.
--¡Bah!--dice Avito,--ha sido el trabajo de nacer. ¿O crees que tú lo has hecho todo y él nada?
--Yo le he dado á luz, ¡hombre!
--¡Y él te ha nacido, mujer!
--Y ahora, ¿quiere usted morirse?--le pregunta el médico.
--¡Pobrecito!--contesta ella.
El padre le coge y le lleva á la balanza, á pesarle; luego á una bañera especial que á prevención tiene, y ¡adentro del todo!, que le cubra por completo el agua, para ver en el tubo registrador el número de litros que ha subido, el volumen. Con peso y volumen deducirá luego su densidad, la densidad genial nativa. Y lo talla, y le toma el ángulo facial y el cefálico y todos los demás ángulos, triángulos y círculos imaginables. Con ello abrirá el cuadernillo.
La casa está dignamente provista para recibirlo; techos altos, como ahora se lleva, iluminación, aereación, antisepsia. Por todas partes barómetros, termómetros, pluviómetro, aerómetro, dinamómetro, mapas, diagramas, telescopio, microscopio, espectroscopio, que á donde quiera que vuelva los ojos se empape en ciencia; la casa es un microcosmo racional. Y hay en ella su altar, su rastro de culto, hay un ladrillo en que está grabada la palabra _Ciencia_, y sobre él una ruedecita montada sobre su eje; toda la parte que á lo simbólico, es decir, á lo religioso, como él dice, concede don Avito.
III
Ya tenemos al niño, al sujeto, y ahora surge el primer problema, el del nombre. El nombre que á uno le pongan y que tenga que llevar puede hacer su felicidad ó su desgracia; es una perpetua sugestión. ¿No se oye decir á muchos: «me debo á mi nombre»? ¡Cosa ardua el cómo me llamen y cómo me llame á mí mismo!
El nombre tiene que ser griego por ser la lengua griega la de la ciencia, sonoro y significativo además. Relee Carrascal la carta en que el singular filósofo don Fulgencio ha contestado á su pregunta y que dice así:
«Hay quien lleva como un castigo su nombre, como joroba que al nacer le impusieron. En rigor debía aguardarse á que el hombre diese sus frutos para ponerle nombre á ellos ajustado; mientras no ostente carácter propio no debía tener más que nombre provisional ó interino, ya que no fuese anónimo. Los pseudónimos y los motes son más verdaderos que los nombres legales, ya que apenas hay cosa legal que sea verdadera, y la que verdadera resulte será á pesar de su legalidad, jamás merced á ella.» Y luego propone don Fulgencio varios nombres, entre los cuales _Fisidoro_, don de la naturaleza; _Nicéforo_, vencedor; _Filaletes_, amante de la verdad; _Aniceto_, invencible; _Aletóforo_, portador de la verdad; _Teodoro_, don de Dios, y _Teoforo_, portador de Dios, entendiendo por Dios lo que por él entiende el singular filósofo; _Apolodoro_, don de Apolo, de la luz del Sol, padre de la verdad y de la vida... Avito vacila; inclínase á _Apolodoro_ por lo simbólico y sobre todo por empezar como Avito con A, lo que ha de permitir que se sirvan padre é hijo de un mismo baúl y que no haya que cambiar las iniciales de los cubiertos: A. C. Sólo tiene el inconveniente de eso de Apolo, una deidad pagana, una forma de superstición, dígase lo que se quiera. Aunque por otra parte lo de Apolo no puede entenderse ya más que como un símbolo, un símbolo del Sol, de la luz, del generador de la vida. Va á decidirse por Apolodoro, y la voz interior: «caíste ya y vuelves á caer, y caerás cien veces y estarás cayendo de continuo; transigiste con el amor, con el instinto, con lo carnal, transigirás con la superstición pagana y tu hijo llevará siempre como un estigma ese nombre y le llamarán abreviándoselo: Apolo; mejor es que le llames Teodoro, que al cabo es nombre más corriente y llano y equivale á lo mismo, pues ¿qué va de Apolo á Dios?» Y Avito contesta á ese importuno demonio que al enamorarse le entró, diciéndole: «No, no es lo mismo Apolo que Dios, no equivale Teodoro á Apolodoro, porque en Apolo no cree ya nadie y no pasa de ser una mera ficción poética, un puro símbolo, mientras aún quedan quienes creen en Dios, y así si le llamo Apolodoro nadie supondrá que pueda yo creer en la existencia real y efectiva de Apolo, mientras que si le bautizo, digo, no, si le denomino Teodoro podrá creerse que creo en Dios. De Dios se podrá hablar, podremos hablar los hombres de razón, cuando nadie crea en él, cuando sea un puro símbolo... ¡entonces sí que nos será útil!» Y la voz: «has caído, has caído y volverás á caer cien veces, y estarás cayendo sin cesar... ¿Si pudieras llamarle A. B. C. ó X. como por álgebra? Tan derogación es llamarle Apolodoro como Teodoro: ponle un nombre sin sentido, algébrico, llámale Acapo ó Bebito ó Futoque, una cosa que nada signifique y á que dé significado él; mete en un sombrero sílabas, saca tres y dale así nombre.» Y Avito replica: «¡cállate! ¡cállate! ¡cállate!» y se queda con Apolodoro, salvo confirmárselo ó rectificárselo según los frutos que dé.
* * * * *
El sueño de Marina se hace más profundo, baja á las realidades eternas. Siéntese fuente de vida cuando da el pecho al hijo. Desprende el mamoncillo la cabeza y quédase mirándola, juega con el pezón luego. Y cuando en sueños sonríe se dice la madre: es que se sueña con los ángeles. Con su ángel se sueña ella, apretándoselo contra el seno, como queriendo volverlo á él, á que duerma allí, lejos del mundo.
Avito no hace sino preguntarla: «¿Qué tal? ¿tienes leche suficiente? ¿te sientes débil?» Y no satisfecho con las seguridades que su mujer le da, envía á que se analice la leche, que se analice escrupulosamente, á microscopio y á química.
--Porque mira, si el criar te perjudicara ó perjudicara al niño, tenemos el biberón, el biberón perfeccionado...
--¿Biberón?
--Sí, biberón, pero biberón moderno y con leche esterilizada, lactancia artificial, el gran sistema, mejor que la lactancia natural, créemelo...
--¿Mejor? Pero si lo natural...
--Déjate de lo natural. La naturaleza es una chapucería, una perfecta chapucería, como dice don Fulgencio...
--Pues yo creo que en esto lo más natural...
--¿Y qué has de creer tú? ¿qué has de creer tú que al fin y al cabo eres naturaleza? Te digo que no hay como el biberón...
--Pues mientras yo tenga leche...
--Si no me opongo, pero... mira, la pedagogía misma, ¿qué es sino biberón psíquico, lactancia artificial de eso que llaman espíritu por llamarlo de algún modo?
«Has caído, sigues cayendo--le dice la voz interior--le dejas criar; así le transmitirá más de su sangre; el pecado del amor da sus frutos.»
--Y esas mantillas, esas mantillas... ya te he dicho que no le envuelvas así; las mujeres sois las sacerdotisas de la rutina.
--¿Pues qué he de hacer?
--Mira este dibujo, vístele por él.
--Yo no sé hacerlo, hazlo tú.
--Hazlo tú... hazlo tú... Estos primeros cuidados los confía la pedagogía á la madre...
--¿Y el darle de mamar no?
--¡Lógica femenina! El darle de mamar no; el biberón mismo es cuidado de la madre.
--Pues mira, como yo no sé hacerlo de otro modo...
--Bueno, mujer, bueno... sigue...
* * * * *
Hoy ha averiguado Avito que á escondidas de él, en connivencia la madre con Leoncia, se han llevado al niño para que lo bauticen. Su principio de autoridad, base y fundamento de toda sana pedagogía, ha sido conculcado; y ¿cómo? ¡por consejo de la deductiva! No se puede dejar pasar esto así, sin protesta.
--¿No te tengo dicho, Marina, que no quiero que le metas esas cosas al niño?
--Así se ha hecho siempre--contesta la mujer con un resto de independencia que le brota de las entrañas.--Tú no quieres más que poner leyes nuevas...
--¿Quién te ha dicho eso?--y como Marina calla, prosigue elevando la voz:--¿quién te lo ha dicho? repito; ¿quién es el majadero ó la majadera que te lo ha dicho? Vamos, contesta. ¿No sabes que soy tu marido?
La pobre Materia, oprimiendo al genio contra su seno, siente que una bola de cuajada angustia le levanta primero por dentro los henchidos pechos, que le tupe la garganta después y empieza á ver á su marido á través del amargo humor que le purifica los ojos lavándoselos.
--Tienes la desgracia de haber nacido imbécil y no estás en edad...
Óyese apenas, como quejumbre de animal herido, estas palabras escapadas de entre dientes: Eres un bruto.
--¿Un bruto? ¿un bruto yo?--la coge del brazo y la sacude;--¿un bruto? si no fuese por...
Y ella rompiendo á llorar ya: Virgen Santísima...
--¡Calla, no blasfemes!
Apolodoro mira fijamente á su madre. Y el padre paseándose se dice: «He estado torpe, poco razonable, poco científico, se me ha vuelto á rebelar el animal, este animal al que tenía dominado y así que me enamoré despertó; esta infeliz no tiene la culpa... ¿Le ha bautizado? ¿y qué? ¡cosas de mujeres! que se diviertan en algo las pobres.» Y volviéndose á Marina, con su voz más dulce:
--Vamos, Marina, he estado fuerte, lo reconozco, pero...--y se le acerca ofreciéndole la boca, á la vez que la voz interior le murmura: «caíste, vuelves á caer y caerás cien veces más...»
Déjase besar Marina apretando contra el seno al niño, y recae en el sueño de su vida.
--Sí, he estado fuerte, pero... pero es menester cumplir mi voluntad... ¿Y bautizarle? ¿para qué? ¿para limpiarle del pecado original? ¿pero tú crees que esta inocente criatura ha pecado?
Y la voz del demonio familiar: «sí, no ha pecado, pero trae pecado, trae pecado original: el de haber nacido de amor, de enlace de instinto, de matrimonio inductivo; amor y pedagogía son incompatibles; el biberón exige complemento...»
--No le beses, no le beses así, Marina, no le beses; esos contactos son semillero de microbios.
Y la voz: «¿por qué la besabas tú á ella? te ha contagiado, te ha contagiado con sus microbios, con los microbios de su personalidad, porque cada uno de nosotros tiene su microbio, su microbio especial y específico, el _bacillus individuationis_, como le llama don Fulgencio, y te ha contagiado... ¡Caíste, caíste y volverás á caer!»
Esto fué ayer y hoy encuentra Marina á su marido pinchando al niño con una aguja, é irrumpiendo del sueño su corazón de madre, exclama:
--¿Pero estás loco, Avito? ¿qué haces?
Y el padre sonríe, vuelve á pincharle y contesta:
--Tú no entiendes...
--Pero, Avito--añade con mansedumbre.
--¡Es que estudio los actos reflejos!
--¡Qué mundo este, Virgen Santísima!--y recae en el sueño.
Y aun le queda por ver esto otro, y es que haciendo que Apolodorín se coja con ambas manos del palo de la escoba le levanta su padre así en alto. La madre tiende los brazos ahogando un grito, y el padre con enigmática sonrisa dice:
--Esta fuerza de prensión, propiamente simiana, la perderá luego. Nuestro tatarabuelo el antropopiteco y nuestro primo segundo el chimpancé...
--¡Qué mundo este, Virgen Santísima!--y adéntrase aun más en el sueño.
Otras veces es ponerle una vela ante los ojos y observar si la sigue con los ojos, ó hacer ruido para llamarle la atención. Y en estas y las otras he aquí que al arrimar el niño su manecita á la lumbre de la vela se quema y rompe á llorar y tiene su madre que acallarle dándole el pecho. Y mientras la madre le tapa la boca con la teta para que no pueda llorar, Avito:
--Déjale que llore; es su primera lección, la más honda. No la olvidará nunca, aunque la olvide--y como la madre parece no fijarse en el profundo concepto, prosigue el padre:--Así aprenderá que el dedo es suyo, porque ese llanto quería decir: _mi_ dedo ¡ay! _mi_ dedo. Y del _mi_ al _yo_ no hay más que un paso, un solo paso hay del posesivo al personal, paso que por el dolor se cumple. Y el _yo_, el concepto del _yo_...
Al ver con qué ojazos desorientados le mira Marina, se calla Avito, envainándose el yo.
* * * * *
Carrascal vigila la evolución del pequeño salvaje, meditando en el paralelismo entre la evolución del individuo y la de la especie, ó como decimos entre la ontogenia y la filogenia. «Su madre le hará fetichista--se dice--¡no importa! Como la especie, tiene el individuo que pasar por el fetichismo; yo me encargaré de él. Ahora, mientras siga siendo un invertebrado psíquico, un alma sin vértebras ni cerebro, allá con él su madre, pero así que se le señale la conciencia reflexiva, así que entre en los vertebrados, así que se me presente de _amfioxus_ psíquico, le tomo de mi cuenta.»
Marina, por su parte, sonambuliza suspirando: ¡Qué mundo este, Virgen Santísima! y aduerme al niño cantándole:
Duerme, duerme, mi niño, Duerme enseguida, Duerme, que con tu madre Duerme la vida. Duerme, sol de mis ojos, Duerme, mi encanto, Duerme, que si no duermes Yo no te canto. Duerme, mi dulce sueño, Duerme, tesoro, Duerme, que tú te duermes Y yo te adoro. Duerme para que duerma Tu pobre madre, Mira que luego riñe Riñe tu padre. Duerme, niño chiquito, Que viene el coco A llevarse á los niños Que duermen poco...
Y Apolodoro va aprendiendo, bajo la dirección técnica de su padre, el manejo del martillo de su puño, de las palancas de sus brazos, de las tenazas de sus dedos, de los garfios de sus uñas y de las tijeras de los recién brotados dientes. Y por sí solo, ¡cosa singular! sin dirección alguna, adelantando la cabeza cuando quiere, sí, cuando quiere comer de lo que le presentan y sacudiéndola de un lado á otro para que no se lo encajen en la boca, cuando no lo quiere, no, no quiere comerlo, aprende á decir mudamente _sí_ y _no_, las dos únicas expresiones de la voluntad virgen.
Su padre, sin embargo, se dedica un rato todos los días á frotarle bien la cabeza por encima de la oreja izquierda para excitar así la circulación en la parte correspondiente á la tercera circunvolución frontal izquierda, al centro del lenguaje, pues algo de la excitación ha de atravesar el cráneo y ayudar al niño á romper á hablar.
IV
Ahora en que el alma de Apolodoro se acerca, merced á las fricciones superauriculares, al anfioxus psíquico, ahora ha venido á habitar en nuestra ciudad el verbo de Carrascal, el insondable filósofo don Fulgencio.
Es don Fulgencio Entrambosmares hombre entrado en años y de ilusiones salido, de mirar vago que parece perderse en lo infinito, á causa de su cortedad de vista sobre todo, de reposado ademán y de palabra en que subraya tanto todo que dicen sus admiradores que habla en bastardilla. Jamás presenta á su mujer por avergonzarse de estar casado y sobre todo de tener que estarlo con mujer. El traje lo lleva de retazos hábilmente cosidos, intercambiables, diciendo: «esto es un traje orgánico; siempre conserva las caderas y rodilleras, signos de mi personalidad, _mis_ caderas, mis _rodilleras_.»
Tiene en su despacho, junto á un piano, un esqueleto de hombre con chistera, corbata, frac, sortija en los huesos de los dedos y un paraguas en una mano y sobre él esta inscripción: _Homo insipiens_, y al lado un desnudo esqueleto de gorila con esta otra: _Simia sapiens_, y encima de una y de otra una tercera inscripción que dice: _Quantum mutatus ab illo!_ Y por todas partes carteles con aforismos de este jaez: «La verdad es un lujo; cuesta cara.» «Si no hubiera hombres habría que inventarlos.» «Pensar la vida es vivir el pensamiento.» «El fin del hombre es la ciencia.»
Son, en efecto, los aforismos uno de sus fuertes, y el _Libro de los aforismos ó píldoras de sabiduría_ su libro exotérico, el que ha de dar como ilustración al común de los mortales. Porque el otro, su _Ars magna combinatoria_, su gran obra esotérica, que irá escrita en latín ó en volapük, la reserva para más felices edades. Trabaja en ella de continuo, mas decidido á encerrarla, desconocida, en un hermético cofrecito de iridio ó de molibdeno, cuando muera, ordenando que la entierren con él y dejando al Destino que al correr de los siglos aparezca á flor de tierra un día, entre roídos huesos, cuando sea ya el género humano digno de tamaño presente.
Porque es lo que se dice á solas: «¿Trabajar yo para este público donde han caído como en el vacío mis más profundos y geniales estudios? ¿para este público que tarda tanto en admitir como en despedir á aquel á quien una vez ha ya admitido? Esto es como caminar en un arenal; esto es romperse el brazo del alma al ir á dar con todo esfuerzo y encontrarse con el aire nada más. Hay aquí cien escritores, publica cada cual cien ejemplares de cada una de sus obras y las cambian entre sí, como cambian los saludos y las envidias. El que no escribe no lee, y el que escribe tampoco lee como no le regalen lo que haya de leer. Como ninguno se halla sostenido por público compacto, numeroso y culto, ni creen en sí mismos ni en los otros--pues necesitamos de que los demás nos crean para creernos--y á falta de esa fe, de la fe en la popularidad, única de nuestro escritor, desprécianse mutuamente ó creen despreciarse más bien.»
Hechas estas consideraciones se vuelve á trabajar en su _Ars magna combinatoria_, labor que ha de ser un día asombro de los siglos. No es, en efecto, la filosofía, según don Fulgencio, más que una combinatoria llevada á los últimos términos. El trabajo hercúleo, genial, estribaba en dar, como él ha dado, con las cuatro ideas madres, dos del orden ideal y dos del real, ideas que son, las del orden real: la muerte y la vida; y las del orden ideal: el derecho y el deber, ideas no metafísicas y abstractas, como las categorías aristotélicas ó kantianas, sino henchidas de contenido potencial. A partir de ellas, coordinándolas de todas las maneras posibles, en coordinaciones binarias primero, luego ternarias, cuaternarias más adelante y así sucesivamente, es como habrá de descifrarse el misterio del gran jeroglífico del Universo, es como se sacará el hilo del ovillo del eterno Drama de lo Infinito. Está en las coordinaciones binarias ó simplemente _combinaciones_, como él, aunque apartándose del común tecnicismo, las llama estudiando el derecho á la vida, á la muerte, al derecho mismo y al deber; el deber de vida, de muerte, de derecho y de deber mismo; la muerte del derecho, del deber, de la misma muerte y de la vida; y la vida del derecho, del deber, de la muerte y de la vida misma. ¡Qué fuente de reflexiones el derecho al derecho, el deber del deber, la muerte de la muerte y la vida de la vida! ¡qué fecundas paradojas las de la vida de la muerte y la muerte de la vida! Ibsen ha presentido á don Fulgencio al hacer decir al Obispo de su drama «Madera de reyes» (_Kongs-Aemnerne_) aquello de: «¿Pero con qué derecho tiene derecho Hakon y no vos?» (_Men med hvad Ret fik Hakon Retten og ikke I?_) Luego que acabe con las binarias se meterá don Fulgencio con las coordinaciones ternarias ó más bien _conternaciones_, que es como él las llama, tales cuales las de la vida de la muerte del derecho, el derecho á la muerte de la vida, el deber del derecho al deber, y ¡oh fuente de paradójicas maravillas! el derecho al derecho al derecho, ó la muerte de la muerte de la muerte. Hanle presentido, además de Ibsen, Ihering con eso de que no hay derecho á renunciar los derechos, y todos los que hablan del derecho á la pena, es decir, á la muerte. Las _conternaciones_ son sesenta y cuatro y luego vienen las doscientas cincuenta y seis _concuaternaciones_ y las mil veinticuatro _conquinaciones_ más tarde y... ¡qué porvenir se abre á la Humanidad! Esta ha de ser inacabable, eterna, pues no basta la infinita consecución de los tiempos para agotar la infinita serie de las infinitas coordinaciones.
El método coordinatorio es, sin duda, la fuente de toda filosofía, el modo de excitar el pensamiento. ¿Oyes decir que el amor es el hambre de la especie? pues inviértelo y dí que el hambre es el amor del individuo. Ya Pascal, como buen filósofo, volvió aquello de que el hábito es una segunda naturaleza en lo de que la naturaleza es un primer hábito. ¿Te hablan de la libertad de conciencia? pues compárala al punto con la conciencia de la libertad; ¿te proponen la cuadratura del círculo? medita en la circulación del cuadrado.
Cuando se pone don Fulgencio á pensar en esto, de noche y oscuras, descansando sobre la almohada su cabeza, junto á la de doña Edelmira, su mujer, desciende á él el sueño al peso de tan graves meditaciones. Con razón llama filosofía rítmica sobre-humana á la suya.
Profesa un santo odio, un _odium philosophicum_, al sentido común, del que dice: «¿el sentido común? ¡á la cocina!» y cuando llega á sus oídos esa estúpida conseja de que es una olla de grillos su cabeza, recítase este fragmento poético que para propio regalo tan sólo ha compuesto:
Amados grillos que con vuestro canto De mi cabeza á la olla dais encanto, Cantad, cantad sin tino, Cumplid vuestro destino, Mientras las ollas de los más sesudos De sentido común torpes guaridas, De sucias cucarachas, grillos mudos, Verbenean manidas. Resuenen esas ollas con el eco Del canto de lo hueco.
Tal es el guía á quien para la educación del genio se ha confiado don Avito.
* * * * *
Han anunciado á don Fulgencio que Carrascal le busca, sale el filósofo en chancletas, echa á don Avito una mano sobre el hombro y exclama:
--¡Paz y ciencia! amigo Avito... cuanto bueno por aquí...
--Usted siempre tan magnánimo, don Fulgencio... Vengo algo sudoroso; está tan lejos esta casa... Se pierde mucho tiempo en recorrer espacio...
--Casi tanto como el espacio que se pierde en pasar el tiempo... ¿Y qué tal va el papel?
Don Avito queda confundido ante esta profundidad de hombre, y como al entrar en el despacho, le salta á la vista lo de que «el fin del hombre es la ciencia», vuélvese al maestro y se decide á preguntarle:
--¿Y el fin de la ciencia?
--¡Catalogar el Universo!
--¿Para qué?
--Para devolvérselo á Dios en orden, con un inventario razonado de lo existente...
--A Dios... á Dios...--murmura Carrascal.
--¡A Dios, sí, á Dios!--repite don Fulgencio con enigmática sonrisa.
--¿Pero es que ahora cree usted en Dios?--pregunta con alarma el otro.
--Mientras Él crea en mí...--y levantando episcopalmente la mano derecha, añade:--dispense un poco, Avito.
Frunce los labios y baja los ojos, síntomas claros del parto de un aforismo, y tomando una cuartilla de papel escribe algo, tal vez un trozo del padrenuestro, ó unos garrapatos sin sentido. Entre tanto la voz interior le dice á Carrascal: «caíste... has vuelto á caer, caes y caerás cien veces... éste es un mixtificador, este hombre se ríe por dentro, se ríe de ti...» y Avito, escandalizado de tan inaudita insolencia, le dice á su demonio familiar: «¡cállate, insolente! ¡cállate! ¡tú que sabes, estúpido!»
--Puede usted seguir, Avito.
--¿Seguir? ¡Pero si no he empezado...!
--Nunca se empieza, todo es seguimiento.
Confuso Carrascal ante tamaña profundidad de hombre, le explana de cabo á rabo la historia toda de su matrimonio y lo que respecto á su hijo proyecta. Le oye don Fulgencio silencioso, interrumpiéndole por dos veces con el gesto episcopal para asentar algún aforismo ó escribir cualquier cosa ó ni cosa alguna. Al concluir su exposición quédase Carrascal bebiéndose con la mirada el rostro del maestro, sintiendo que á su espalda tiene al _Simia sapiens_ y delante, sobre la augusta cabeza del filósofo, lo de «si no hubiera hombres habría que inventarlos.» Mantiénese don Fulgencio cabizbajo unos segundos, é irguiendo su vista, dice:
--Importante papel atribuye usted á su hijo en la tragicomedia humana; ¿será el que el Supremo Director de escena le designe?
Responde Carrascal con un pestañeo.
--Esto es una tragicomedia, amigo Avito. Representamos cada uno nuestro papel; nos tiran de los hilos cuando creemos obrar, no siendo este obrar más que un accionar; recitamos el papel aprendido allá, en las tinieblas de la inconciencia, en nuestra tenebrosa preexistencia, el Apuntador nos guía; el gran tramoyista maquina todo esto...
--¿La preexistencia?--insinúa Carrascal.
--Sí, de eso hablaremos otro día; así como nuestro morir es un _des-nacer_, nuestro nacer es un _des-morir_... Aquí de la permutación. Y en este teatro lo tremendo es el héroe...
--¿El héroe?
--El héroe, sí, el que toma en serio su papel y se posesiona de él y no piensa en la galería, ni se le da un pitoche del público, sino que representa al vivo, al verdadero vivo, y en la escena del desafío mata de verdad al que hace de adversario suyo... matar de verdad es matar para siempre... aterrando á la galería, y en la escena de amor ¡figúrese usted! no quiero decirle nada...
Interrúmpese para escribir un aforismo y prosigue:
--Hay coristas, comparsa, primeras y segundas partes, racioneros... Yo, Fulgencio Entrambosmares, tengo conciencia del papel de filósofo que el Autor me repartió, de filósofo extravagante á los ojos de los demás cómicos, y procuro desempeñarlo bien. Hay quien cree que repetimos luego la comedia en otro escenario, ó que, cómicos de la legua viajantes por los mundos estelares, representamos la misma luego en otros planetas; hay también quien opina, y es mi opinión, que desde aquí nos vamos á dormir á casa. Y hay, fíjese bien en esto, Avito, hay quien alguna vez mete su _morcilla_ en la comedia.
Cállase un momento; mientras Carrascal se recrea en interpretarle el pensamiento, irrádianle los fulgurantes ojos y mirando al enchisterado _Homo insipiens_, prosigue:
--La morcilla, ¡oh, la morcilla! ¡Por la morcilla sobreviviremos los que sobrevivamos! No hay en la vida toda de cada hombre más que un momento, un solo momento de libertad, de verdadera libertad, sólo una vez en la vida se es libre de veras, y de ese momento, de ese momento ¡ay! que si va no vuelve, como todos los demás momentos y que como todos ellos se va, de ese nuestro momento _metadramático_, de esa hora misteriosa depende nuestro destino todo. Y ante todo, ¿sabe usted, Avito, lo que es la morcilla?
--No--contesta Carrascal pensando en su matrimonio, en la hora aquella misteriosa de su visita á Leoncia, cuando se encontró con Marina, en aquel momento metadramático en que los tersos ojazos de la hoy su mujer le decían cuanto no se sabe ni se sabrá jamás, en aquel momento de libertad... ¿de libertad? ¿de libertad ó de amor? ¿el amor, da ó quita libertad? ¿la libertad, da ó quita amor? Y la voz interior le dice: «caíste y volverás á caer.»
--Pues morcilla se llama, amigo Carrascal, á lo que meten los actores por su cuenta en sus recitados, á lo que añaden á la obra del autor dramático. ¡La morcilla! Hay que espiar su hora, prepararla, vigilarla y cuando llega meterla, meter nuestra morcilla, más ó menos larga, en el recitado y siga luego la función. Por esa morcilla sobreviviremos, morcilla ¡ay! que también nos la sopla al oído el gran Apuntador.
Interrúmpese don Fulgencio para escribir este aforismo: «hasta las morcillas son del papel», y continúa:
--Prepararle para su morcilla ha de ser la labor pedagógica de usted. Lombroso...
Al oir este nombre vuelve Avito hacia atrás la vista, mas al encontrarse con la mirada de los huecos ojos del esquelético _Simia sapiens_, torna á atender.
--Lombroso, ese filósofo del sentido común, dirá del genio lo que quiera, pero genio es aquel cuya morcilla se ve obligado á aceptar el Supremo Dramaturgo. Es, pues, menester obligar al Autor Supremo á que meta en el papel nuestras morcillas, ya que del papel mismo surgen. O hablando exotéricamente, genio es el que corrige la plana al Supremo Autor, y como este Autor sólo en nosotros, por nosotros y para nosotros los cómicos es, vive y se mueve, genio es el Autor mismo encarnado en comediante y corrigiéndose á sí mismo la comedia por boca de éste...
Carrascal medita; las palabras de don Fulgencio le han invadido á borbotones el alma, como aguas de inundación que entran en honda sima, formando remolino en su conciencia.
--Es decir que...--dice como quien despierta de un sueño.
--¡A preparar, á espiar su momento metadramático!--añade don Fulgencio.
Esto es demasiado para Avito; excede de su ciencia. Es una tan sublime filosofía que sólo en parábolas puede encarnar.
--Se lo traeré á usted, don Fulgencio...
--No, no, de ninguna manera--exclama vivamente el filósofo, que no tiene hijos;--no, yo no debo verle ni debe él verme hasta que llegue la hora. Es conveniente que haya una mano, aunque humana, oculta é invisible, en su sendero; nos entenderemos nosotros dos, y cuando le juzgue en sazón vendrá á oir mis revelaciones para disponerse así al momento de la libertad...
--¿Y si le llega éste antes?
--No, ese momento sé bien hacia qué edad llega.
Siguen algún tiempo más planeando la educación del niño, cuyo principio consiste en que lo vea todo, lo experimente todo, de todo se sature y pase por todo ambiente. «Intégrese, intégrese en busca de su morcilla», repite el filósofo. Pero todo debidamente explicado, con su glosa y comentario científico. La Naturaleza--la naturaleza con letra mayúscula, se entiende--es un gran libro abierto al que ha de poner el hombre notas marginales é ilustraciones, señalando á la vez con lápiz rojo los más notables pasajes. «Lápiz rojo, mucho lápiz rojo, y como todo es en realidad notable, lo mejor sería dar de rojo al libro todo», dice don Fulgencio, que publica en cursiva todo.
Quedan, además, en que apuntará don Avito todo lo digno de mención que haga ó diga el futuro genio, para estudiarlo luego los dos y proveer en vista de ello.
Retírase ahora Carrascal y se encuentra con doña Edelmira en el pasillo. Mujer alta, serena, estatuaria, entrada en años ya, sonrosada, de rostro plácido; gasta peluca. Se saludan ceremoniosamente, y Carrascal sale.
--¿Es ese don Avito Carrascal, Fulgencio?
--Sí, ¿pues?
--No, nada; parece un buen hombre.
El filósofo coge con la mano la barbilla de su solemne esposa y le dice:
--Vamos, Mira, no seas mala.
--El malo eres tú, Fulgencio.
--Los malos somos los dos, Mira.
--Como quieras, pero yo creo que somos muy buenos...
--Acaso tengas razón--añade el filósofo pensativo, y luego:--¡Caramba! pero qué guapetona te me conservas á pesar de tus...
--Chist, chist, Fulgencio, que las paredes oyen... y ven...
* * * * *
«Caíste, caíste y volverás á caer cien veces»--le dice la voz interior á Carrascal mientras va á su casa;--«ese hombre, Avito, ese hombre... ese hombre...» Mas al entrar en su casa y ver la rueda montada sobre el ladrillo de la ciencia se aquieta.
V
Así como todo principio tiene un fin, todo fin implica un principio, y en este se halla Apolodoro todavía. Va destetándose ya con mezcla de pesar y agrado por parte de Marina. Le hace comer su padre á reló, á tal hora y tantos minutos, pesando la comida que le da y luego le pesa á él, tres veces al día. La higiene y la educación física ante todo; por ahora hay que hacer un buen animal y tupirle de habas; fósforo, mucho fósforo.
Empieza á andar. Para que lo logre le deja su padre en una gran pieza muellemente tapizada, que se las componga, ofreciéndole sillas y otros objetos á que se agarre y un palo que le sirva de bastón. Y si Marina quiere acudir á él, al verlo vacilar, tendiendo los bracitos:
--Quieta, quieta, déjale que se caiga, que no pasará del suelo.
--¡Qué mundo éste, Virgen Santísima!--y sigue soñando la madre.
La madre, que á hurtadillas coge en brazos al hijo y le dice: «di mamá, querido, di mamá.»
Las fricciones superauriculares han dado resultado; Apolodorín rompe á hablar y el padre espía la primera palabra, su expresión natural, individuante. Y hete aquí que es ésta: _¡gogo!_ _¡Gogo!_ ¡solemne misterio! _¡gogo!_ fórmula cabalística acaso de la personalidad del nuevo genio... Porque si eso de la grafología tiene, como parece, su fundamento y le tienen otras misteriosas relaciones psicofisiológicas, ¿no ha de tenerlo la primera palabra que cada cual de nosotros pronuncia? ¡Gogo! Consulta con don Fulgencio al punto. La sonora gutural g, seguida de la o, la vocal media de las tres a-o-u que no tienen más que una nota específica, y repetido por dos veces... ¡gogo! ¡gogo! ¡gogo! ¿Qué relación habrá entre este misterioso _gogo_ y el futuro momento metadramático?
Don Fulgencio recuerda la experiencia que nos cuenta Herodoto hiciera el rey egipcio Psamético para comprobar cuál fué el lenguaje primitivo, cuando entregó dos niños recién nacidos á un pastor con encargo de que los criara sin que oyesen hablar á nadie, y al trascurso de dos años entrando un día el pastor á verlos los oyó decir _becos_, que era como los frigios llamaban al pan, con lo cual se convencieron los egipcios de que era el de los frigios y no el suyo el pueblo primitivo. Las investigaciones de don Fulgencio dan por resultado que en el idioma vascuence ó eusquera _gogo_ equivale á «deseo, ganas, humor, ánimo» y acaso por extensión, voluntad.
--El niño desea algo, sólo que lo desea en vascuence...
Luego aprende _papa_, _mama_, _pa_, _aba_, _titi_, _chicha_... y un día sorprende don Avito á Apolodorín pronunciando misteriosas sílabas, á solas, como hablando consigo mismo: _puchulili_, _pachulila_, _titamimi_, _tatapupa_, _pachulili_.
--No lo entiendo, no acabo de entenderlo, no lo entiendo--se dice el padre, camino de la casa del filósofo;--¿serán fatales indicios? Fué una caída... una caída... la sangre materna... Y este hombre...--mas reponiéndose, añade entre dientes: «¡cállate! ¡cállate!»
En tanto el niño juega al creador, forjando de todas piezas palabras, creándolas, afirmando la originalidad originaria que para tener más tarde que entenderse con los demás habrá de sacrificar; ejerce la divina fuerza creadora de la niñez, juega, egregio poeta, con el mundo, crea palabras sin sentido: _puchulili_, _pachulila_, _titamimi_... ¿Sin sentido? ¿no empezó así el lenguaje? ¿no fué la palabra primero y su sentido después?
Don Avito observa los solitarios juegos del geniecillo, estos tanteos de actividad, este palpeo espiritual, ese recorrer en todas direcciones el bosque por si se le presenta un nuevo camino. Observa qué efecto le hace el enseñarle una pulga á simple vista primero y al microscopio después. El hule que cubre la mesa es de esos en que están representados los principales inventos con los retratos de los inventores. A Montgolfier le llama papá porque se parece á don Avito, su padre.
* * * * *
Mientras el padre se encierra con el filósofo, enciérrase la madre con el hijo y allí es el besuquear al sueño de su sueño.
--Mamá, di querido.
--¡Querido! ¡querido mío! ¡rico! ¡rey de la casa! ¡cielo! ¡querido! ¡querido...! Luis, Luisito, Luisito, mi Luis...
Porque al bautizarle hizo le pusieran Luis, el nombre de su abuelo materno, del padre de Marina, en vez de aquel feo Apolodoro, y es Luis el nombre prohibido, el vergonzante, el íntimo.
--Luis, mi Luis, Luis mío, Luisito, mi Luisito--y se lo come á besos.
Le aprieta la boca contra la boca sacudiendo la cabeza á la vez, la separa luego de pronto, quédasele mirando un rato, y gritando «¡Luis! ¡mi Luisito!», vuelve á unir boca á boca con ahinco.
--¿Di, mamá, me quieres?
--Mucho, mucho, mucho, Luisito, mi Luis, mucho, mucho, mucho, sol, cielo, mi Luis, ¡Luisito...! ¡Luis!
--¿Me quieres mucho, mamá?
--Mucho... mucho... mucho... Luis, sol de mi vida... ¡Luis!
--¿Cuánto me quieres?
--Más que todo el mundo.
--¿Más que á papá?
Núblase la frente de Marina, ¡si viese esto Avito...!
Con el remordimiento de un furtivo crimen, aterrada ante la aparición invisible del Destino, se levanta de pronto y deja al niño para seguir soñando.
Y aquí ahora otra vez que apretándole contra su seno exclama: «Mío, mío, mío, mío, mi Luis, mi Luisito, Luis, Luis mío, mío, mío, sol, cielo, rey, mi Luis, Luis mío, mío, mío», mientras el niño la mira sereno, como se mira al cielo cuando se va de paseo. En estas furtivas entrevistas le habla la madre de Dios, de la Virgen, de Cristo, de los ángeles y de los santos, de la gloria y del infierno, enseñándole á rezar. Y luego: «no digas nada de esto á papá, Luisito; ¿has oído, querido?» Y al sentir los pasos del padre, añade: «¡Apolodoro!»
Acaba de persignarse Apolodoro ante su padre y empieza el corazón á martillearle á Marina el pecho, mas ¡oh lógica del sueño! una vez más lo inesperado.
--Me lo suponía, Marina, me lo suponía, y no voy á reñirte, pues he hablado ya con don Fulgencio acerca de ello. El embrión pasa por las fases todas por que ha pasado la especie, el proceso ontogénico reproduce el filogénico, es infusorio primero, casi pez después, mamífero inferior luego... La humanidad pasó por el fetichismo; pase por él cada hombre. Yo me encargo de sacarle más adelante de este estado convirtiendo en potencias ideales sus actuales fetiches. Háblale del Coco, que ya verás en qué se le convierte ese Coco al cabo...
Vuelve Marina á someterse al sueño, con su soñada lógica.
Más que la influencia de la madre teme Avito la de las niñeras, los cuentos de brujas, las preocupaciones populares. Y ¿por qué estima estos cuentos y estas preocupaciones más graves que aquellas tradicionales leyendas que su madre le imbuye? «Mira, Avito--le dice la voz interior--que al temer más que le hablen del Coco que de Dios, al no inquietarte de que le imbuyan la creencia en ángeles y sí la creencia en brujas, mira que al hacer eso los pones en distinta esfera... Mira, Avito, mira bien», y se le revuelve el poso de su niñez, de esa niñez de que nunca habla. «¡Cállate! ¡cállate! ¡cállate, impertinente!» le dice Avito.
* * * * *
Con la facultad de hablar empieza á ejercer Apolodorín su imaginación, inventando mentirijillas; adiéstrase en la única potencia divina, burlándose de la lógica. Despiértasele el santo sentido de lo cómico, se recrea en toda incongruencia y en todo absurdo. Ríe de todo corazón, de corazón de niño, echando hacia atrás la cabecita, todo ensarte de palabras sin sentido, goza con romper el nexo lógico de la asociación de ideas y el cincho de su enlace normal; espacíase por el campo de lo incongruente.
Acaba de sorprenderle hoy su padre recitando este relato, aprendido de la niñera, acaso, ó de otros niños:
Teresa, de la cama á la mesa; Confites, de los que tú me _distes_; Tabaco, no lo gasta mi majo; De hoja, para meterme monja; Del Carmen, para servir á un fraile; Francisco, por las llagas de Cristo; Barbero, sángrame, que me muero; De lado, de dolor de costado; Arriba, hay una verde oliva; Abajo, hay un verde naranjo; En medio, hay un niño durmiendo.
Y ahora le sorprende esto otro:
Chúndala, que es buena, Chúndala, que es mala, Ha comido berros, Ha bebido agua, Y por eso tiene La barriga hinchada.
Cuando Carrascal, todo alarmado, cuenta esto á don Fulgencio, frunce el maestro la frente ladeando la pensadora cabeza, contrariado porque al apoyarse Avito contra la mesa le movió los cachivaches que llenan su bufete. Pónelos en orden el filósofo, porque tiene cada objeto, tintero, lápices, tijeras, reló, fosforero, plumas, adscrito á su lugar, y exclama:
--¡Esfuerzos por salirse del escenario, por sacudirse de la verosimilitud, ley de nuestra tragicomedia!
--¿Y qué hacer?
--¿Qué hacer? dejarle, dejarle que vuele, que él tendrá que volver á tierra, á picar el grano pisando en suelo firme. No se cogen granos volando. Sólo la lógica da de comer.
Y mientras se detiene para escribir este aforismo, que como los más de ellos, se le ocurren hablando, pues es hombre el filósofo que piensa en voz alta, se dice don Avito: «¡dejarle! ¡siempre que se le deje! ¡á todo que se le deje! ¡extraña pedagogía! ¿qué se propondrá este hombre?»
--¿Dejarle?
--¡Sí, dejarle! ¿Ha sido usted alguna vez niño, Carrascal?
Avito vacila ante esta pregunta y responde:
--No lo recuerdo al menos... Sí, sé que lo he sido porque he tenido que serlo, lo sé por deducción, y sé que lo he sido por los que de mi niñez me han hablado, lo sé por autoridad, pero, la verdad, no lo recuerdo, como no recuerdo haber nacido...
--Aquí, aquí está todo, Avito, ¡aquí está todo! ¿Usted no recuerda haber sido niño, usted no lleva dentro al niño, usted no ha sido niño, y quiere ser pedagogo? ¡pedagogo quien no recuerda su niñez, quien no la tiene á flor de conciencia! ¡pedagogo! Sólo con nuestra niñez podemos acercarnos á los niños. Conque
¿Arriba hay una verde oliva, Abajo hay un verde naranjo?
Eso, eso, eso, porque no tiene sentido, sí, porque no tiene sentido... Tampoco las morcillas tienen sentido, porque no están en el papel. ¿Pues qué quiere usted que cante? ¡Dos por dos, cuatro; dos por tres, seis; dos por cuatro, ocho...! ¿No es eso? Ya le llegará su hora, ya le llegará la hora terrible de la lógica. Ahora déjele, déjele, déjele...
«Que le deje--se dice Avito en la calle--que le deje... que le deje... le dejaré, sí, pero repitiéndole, aunque no me entienda, otras cosas. ¿Por qué habrán fracasado cuantos han intentado componer canciones de corro con lógica y buen sentido y que los niños las adopten? ¿por qué ama el niño el absurdo?»
Llega á casa, oye á su hijo una absurda conseja y le pregunta:
--Pero vamos á ver, Apolodoro, ¿crees eso?
El niño se encoge de hombros. ¡Vaya una pregunta! ¡Que si cree en ello...! ¿Sabe acaso el niño lo que es creer en algo que se dice?
--Vamos, dímelo, ¿crees en eso? ¿crees que eso es verdad?
¿Verdad? El niño vuelve á encogerse de hombros. ¿Será que para el futuro genio no hay aún pared entre lo real y lo fingido? ¿Será que inventa las cosas y las cree luego, como asegura don Fulgencio? ¿Será el principio de la morcilla?
Y he aquí que al oir un día el niño á la niñera que le acusa de una picardigüela, exclama:
--¡Eso lo habrás soñado!
* * * * *
Vuelve á quedar encinta la Materia, con estupor de la Forma, que no contaba con semejante contratiempo. Y maldice una vez más del instinto, porque el nuevo ser ¿estorbará ó ayudará á la formación del genio? ¿no conviene acaso que éste se críe solo? ¿será genio también?
--Anda, anda--exclama Apolodorín un día,--¡qué gorda se está poniendo mamá!
Y mientras la pobre Marina se enciende en rubor, el padre dice:
--Mira, Apolodoro, de ahí, de esa gordura, va á salirte un hermanito ó hermanita...
--¿De ahí?--exclama el niño,--¡qué risa!
--¡Avito!--suspira en sueños, suplicante, la Materia.
--Sí, de ahí. Nada de eso de que los traen de París y otras bobadas por el estilo; la verdad, la verdad siempre. Si fueras mayor, hijo mío, te explicaría cómo brota la mórula del plasma germinativo.
La Materia, sofocada, empieza á rezumar lágrimas de los ojos.
Y ahora que Carrascal cuenta, satisfecho, lo ocurrido á don Fulgencio, recibe una nueva sorpresa.
--Dotes de observador no le faltan, por lo visto, al chiquillo--dice el maestro,--pero no veo por qué había de haberle usted dicho eso, ó no haberle dicho una mentira...
--¡Una mentira!--exclama Carrascal ensanchando los ojos.
--Sí, una mentira... provisional.
--Aunque sea provisional... ¡una mentira!
--¿Pero aun está usted en eso, Carrascal? ¿Hay acaso mayor mentira que la verdad? ¿No nos está engañando? ¿No está engañando la verdad nuestras más genuinas aspiraciones?
«Pero este hombre... pero este hombre...», se dice Carrascal en la calle, confundido. La imperfecta realidad es un muro de bronce contra sus planes; no tiene voluntad. «Pero este hombre...» mas al recordar lo de: «¿Aun está usted en eso, Carrascal?» reacciona y se dice: «sí, ¡tiene razón!»
«¿Y si da á su madre? ¿Puede la pedagogía trasformar la materia prima? ¡No hice acaso un disparate al ceder al... al... al...--se le atraganta en el gaznate mental el concepto--al... confiésatelo, Avito, al amor!» Y una vez aceptado el concepto, acallando la voz del demonio familiar que le murmura: «¿lo ves? caíste, caíste y caerás cien veces», prosigue pensando: «¡El amor! el pecado original, la mancha originaria de mi hijo, ¡oh, qué simbolismo más hondo encierra eso del pecado original! No me va á resultar genio; he fiado con exceso en la pedagogía, he desdeñado la herencia y la herencia se venga... La pedagogía es la adaptación, el amor la herencia, y siempre lucharán adaptación y herencia, progreso y tradición... mas ¿no hay tradición de progreso y progreso de tradición, como dice don Fulgencio? ¿no hay pedagogía de amor, pedagogía amorosa y amor de pedagogía, amor pedagógico á la vez que pedagogía pedagógica y amor amoroso? ¡Lo que se pega en el contacto con este hombre! ¡es mucho hombre! Tengo que vencer en mi hijo toda la inercia que de su madre ha heredado; sé claro, Avito, toda la irremediable vulgaridad de tu mujer... El Arte puede mucho, pero ha de ayudarle la Naturaleza... Tal vez como un torpe impulsivo he sacrificado mi hijo al amor en vez de sacrificar el amor á mi hijo... La Humanidad vivirá sumida en su triste estado actual mientras nos casemos por amor, porque el amor y la razón se excluyen... Padre y maestro no puede ser; nadie puede ser maestro de sus hijos, nadie puede ser padre de sus discípulos; los maestros deberían ser célibes, neutros más bien, y dedicar á padrear á los más aptos para ello; sí, sí, hombres cuyo solo oficio fuera hacer hijos que educarían otros, dar la primera materia educativa, la masa pedagogizable... Hay que especializar las funciones... ¡El amor... el amor...! Pero es, Avito, ¿que has amado alguna vez á Marina...? ¿La he amado? ¿Y qué es esto de amar?»
Al llegar á este punto de sus meditaciones, tropieza su vista con un niño que está meando en un hoyo que ha hecho.
«¿Qué significa esto? ¿por qué hace eso? Y si me hubiese casado con Leoncia, ¿cómo sería Apolodorín, mi Apolodoro? y si ese Medinilla que va á casarse con Leoncia se hubiera casado con Marina, ¿cómo sería Apolodorín, su Luis? Y...» Al llegar á este punto ocúrrele á la mente aquella paradoja de don Fulgencio, de qué habría sido de la historia del mundo si en vez de habernos descubierto Colón América hubiera descubierto á Europa un navegante azteca, guaraní ó quichúa.
«¿Qué será mi Apolodoro?» piensa al subir las escaleras de casa, y le sale el niño al paso exclamando:
--¡Papá, quiero ser general!
Exclamación que cae como un bólido en sus meditaciones.
--No, hombre, no; no puedes querer eso... te equivocas, hijo mío... ¿Quién te ha enseñado eso? ¿quién te ha dicho que quieres ser general? ¡Ah, sí! ¿porque has visto hoy pasar la tropa? No, Apolodoro, no; mi hijo no puede querer eso... interpretas mal tus propios sentimientos... La sociedad va saliendo del tipo militante para entrar en el industrial, como enseña Spencer; fíjate bien en este nombre, hijo mío, Spencer, ¿lo oyes? Spencer, no importa que no sepas aún quién es, con tal que te quede el nombre, Spencer, repítelo, Spencer...
--Spencer...
--¡Así... así! no, no puedes querer eso...
--¡Sí, papá, quiero ser general!
--¿Y si te dan un tiro en la guerra, hijo mío?--insinúa dulcemente Marina desde el fondo de su sueño.
Mira Carrascal á su mujer y á su hijo, baja la cabeza y dice: «¡dejarle! ¡dejarle! que le deje... pero ese hombre... ese hombre... ¡Hay que proceder con energía!»
VI
El filósofo insiste en que se dé al niño educación social, en que se forme en sociedad infantil, que se le mande á que juegue con otros niños, y al cabo Carrascal, aunque á regañadientes primero, cede. Pero es terrible, oh, es terrible, es terrible la escuela. ¡Qué de cosazas trae de ella!
--Papá, el sol les dice á los planetas por dónde tienen que ir...
«¡Oh, la escuela, la escuela! ¡Le están enseñando en ella antropoformismo! ¿Que el sol _dice_...? Y ¿cómo le desarraigo esto? ¿desarraigar? ¿pero es que tiene raíces? ¡desarraigar! La lengua misma con que hacemos la ciencia está llena de metáforas. Mientras no la hagamos con álgebra no habrá cosa buena. Decididamente, tengo que intervenir ya, y aunque vaya á la escuela, instruirle yo.»
--Papá, todos quieren ser ladrones y á mí me ponen de guardia civil siempre, porque soy el más chiquito...
--Mejor, hijo mío, mejor; vale más ser guardia civil que ladrón...
--¡No, no es mejor; los ladrones se divierten más!
«¡Oh, esta educación socio-infantil! ¿qué buscará con ella don Fulgencio? ¡es terrible! ¡verdaderamente terrible!»
Y ahora, al pasar por la plaza, acaba de oir que una madre dice á su hijo que le viene llorando de una pelea: «¡Antes con las tripas fuera que llorando! ¡Coge un canto y rómpele la cabeza!» «¡Oh, los niños, los desgraciados niños sin pedagogía alguna...! ¿para qué sirven como no sea para que con el contraste se ponga de relieve el valor de la pedagogía de los que la tienen?» Y al llegar á casa:
--Mira, Apolodoro, tú no pegues nunca á ninguno, déjate antes pegar ó mejor aun huye...
--Es porque me pueden, que cuando sea grande...
Y he aquí que acaba de encontrarle su padre trabado á moquetes con otro muchacho.
--¡Pero, Apolodoro, ven acá! ¡acá te he dicho!
--Es que siempre me andan burlando: «¡Apolo! ¡bolo, bolo, boliche...! ¡Polodoro... boloro... boloriche!» siempre me andan burlando con el nombre--y rompe á llorar.
«¡Oh, no, no, esto es anti-científico, tengo que imponerme... hora es ya de aplicar mis principios!»
Se decide á enseñarle á hablar, á leer y á escribir como se debe. Y para enseñarle á hablar, por leyes y no por reglas, pónese á estudiar lingüística y á los pocos pasos tropieza. «¡Qué absurda es una lengua! ¡Se _ahogó_ en el río, v. gr. _ahogarse_... de _ad-focare se_, de _focus_, fuego, como quien dice enfogarse, y enfogarse... en agua! Es como si dijéramos: se enaguó en fuego... Otra cosa: es probable... y probable es lo que puede probarse, y nada hay más seguro que lo probable... Lástima que tengamos que hablar en lenguajes así y no en álgebra.» Y renuncia á enseñarle á hablar por leyes.
Pero no á enseñarle á escribir con ortografía fonética, la del porvenir, la única racional. Duda primero si optar por la q ó por la k para la gutural fuerte, si escribir Qarrasqal ó Karraskal, pero se queda al fin con la k para no quitar á las palabras kilómetro y kilogramo su tradicional y científico aspecto. Además Kant, Kepler, etc., empiezan con k, y con q ¿qué grande hombre hay? No recuerda más que á Quesnay y á Quetelet. _I así es komo empezó el niño á berter su pensamiento en forma gráfika, i en la únika berdaderamente zientífika ke ai, por lo menos oí, asta ke no adoptemos el áljebra._
«Pero... ¿no hubiera sido mejor dejarle que ideara jeroglíficos y ayudarle en el proceso evolutivo de ellos, hasta que hallase por sí la escritura? La escritura científica sería escribir con las curvas mismas que la palabra registra en el cilindro del fonógrafo; mas para llegar á eso tenemos que acabar de entrar en la edad positiva.»
Pónele también á aprender dibujo, á que adquiera el sentido de la forma, único camino para llegar á adquirir el del fondo. Y el método de enseñanza es ingenioso si los hay. Le hace dibujar pajaritas de papel en todas posturas y proyecciones, pues las pajaritas, sobre ser objetos de bulto, afectan formas geométricas.
Y paseos á diario, pues es paseando como mejor le instruye. Detiénese de pronto don Avito, levanta una piedra del suelo y dice:
--Mira, Apolodoro--suelta la piedra,--¿por qué cae?
Y como el chico le mira silencioso, repite:
--¿Por qué cae y no sube cuando la suelto?
--Si fuera un globo...
--Pero no lo es... Vamos, ¿por qué cae?
--Porque pesa.
--¡Ahaha! ¡ya estamos en camino! porque pesa... ¿y por qué pesa?
El chico se encoge de hombros, mientras allá, en sus entrañas espirituales, su demoñuelo familiar--pues también le tiene--le dice: «este papá es tonto.»
--¡Papá, tengo frío!
--¡El frío no existe, hijo mío!
«Es tonto, decididamente tonto.»
Otras veces toca preguntar al chico, para tormento del padre. «Papá, ¿por qué no tienen barbas las mujeres?» A punto estuvo Carrascal de responder: «porque la tienen los hombres; para diferenciarse en la cara», pero se calló.
--Mira, hijo, en un triángulo que tenga dos ángulos desiguales, á mayor ángulo se opone mayor lado...
--Sí, ya lo veo, papá.
--No basta que lo veas, hay que demostrártelo.
--Pero si lo veo...
--No importa; ¿de qué sirve que veamos las cosas si no nos las demuestran?
Y así empieza á dar vueltas en la cabeza de Apolodoro Carrascal el caleidoscopio, en que cada figura tiene trampa; un mundo de vistas con su inscripcioncilla, que hay que descifrar, debajo de cada una.
Hoy pregunta Apolodoro:
--Papá, ¿para qué es este ladrillo en que dice «Ciencia» y la ruedecita de encima?
--¡Gracias á Dios, hijo, gracias á Dios!--y mientras al demonio familiar que le susurra: «¿á Dios? ¿á Dios, Avito? ¿á Dios? caíste, caíste y seguirás cayendo», le contesta en su interior: «¡cállate, tonto!», prosigue:--¡al fin te fijaste en ello! Hace tiempo que lo esperaba. Mira, Apolodoro, hay que dar algo á la imaginación, sí, hay que dar algo á la imaginación, creadora de las religiones; necesita su válvula de seguridad. Ese es el altar de la religión de la cultura.
--¿Altar?
--Sí. Mira, el ladrillo cocido fué, según Ihering, el principio de la civilización asiria, fué el principio de la civilización; supone el fuego, la invención que hizo al hombre hombre, y permitió la escritura, pues las más antiguas inscripciones se nos conservan en ladrillos cocidos. Los primeros libros eran de ladrillos...
--¿De ladrillos? ¡Oivá! y ¿cómo los llevaban?
--La casa era el libro; hoy es el libro nuestra casa. El ladrillo hizo posible la escritura; por eso lleva ese ladrillo escrita la palabra _Ciencia_.
--¿Y la ruedecita?
--¿La ruedecita? ¡Ah, la rueda! ¡la rueda, hijo mío, la rueda! La rueda es lo específico humano, la rueda es lo que de veras ha inventado el hombre, sin tomarlo de la naturaleza. En los organismos vivos verás palancas, resortes, pero no verás ruedas. De aquí que el medio más científico de locomoción es la bicicleta. Este es el altar de la cultura, ¿no sientes tu imaginación satisfecha?
De paseo llevan la brújula para orientarse, y algún día el sextante para tomar la altura del sol, y termómetro, barómetro, higrómetro, lente de aumento.
Y es tiempo de que el niño empiece á llevar sus cuadernitos, la contabilidad de su experiencia, y nota de la temperatura y la presión máximas y mínimas, y que haga gráficas estadísticas de todo lo gráfico-estadisticable.
* * * * *
Ahora van á ver en un museo de historia natural la Evolución, pues no bastan los grabados de casa. Entran en la sala en que trasciende á enjuagues y drogas y allí, tras las vitrinas, pellejos rellenos de algodón, pajarracos, avechuchos, bichos de todas clases en actitudes cómicas ó trágicas, sujetos á sus peanas; algunos conservados en frascos de alcohol. Apolodoro se agarra fuertemente á su padre.
--¿Son de verdad, papá? ¿son de carne?
Y cuando se ha serenado:
--¿Cómo los han cogido?
--Mira, mira aquí, hijo mío; mira el oso hormiguero ó mejor dicho _Myrmecophaga jubata_; mira, tiene esa lengua así para...
--¿Puede más que el leopardo?
--Tiene esa lengua así para coger hormigas, las garras...
--¿Quién salta más?
--Pero fíjate en el oso hormiguero, niño, que en nada te fijas, fíjate en el oso hormiguero que es un excelente caso...
--Sí, ya me fijo; ¡qué feo es!... Y éste, éste, ¿cómo se llama éste?
--Este es el canguro; lee ahí, ¿qué dice?
--_Ma... ma... cro... cro... macro... macropus... ma... ma... major..._
--_Macropus major._
--¿Y qué es eso?
--Su verdadero nombre, su nombre científico; les ponen ahí el nombre.
Retíranse al poco rato á casa, cariacontecido el padre y meditabundo; ¡el niño no se fija, no se fija...! De buena gana para abrirle el apetito le daría á leer novelas de Julio Verne si no fuesen novelas, si les quitasen lo novelesco. Así es que queda estupefacto cuando al decir esto á don Fulgencio le contesta el filósofo:
--Pues yo le aconsejaría de buena gana que las diese á leer si fueran novelas, y les quitasen lo científico.
«Este hombre... este hombre...»--le dice el demonio familiar:--«Ten ojo con este hombre, Avito.»
Vuelve don Fulgencio á la carga para que envíe al hijo á la escuela, encargando que no le enseñen nada.
--Pero si el ensayo...
--El ensayo no ha sido malo, diga usted lo que quiera.
--Pero si allí no le han enseñado más que disparates...
--De esos supuestos disparates surgirá la luz.
--Pero si mi hijo tiene tendencias mitológicas y en la escuela en vez de combatírselas se las corroboran.
--¿Tendencias mitológicas?
--Sí, tendencias mitológicas. Un día me salió diciendo que ya sabe quién enciende el sol, que es el solero, y al preguntarle yo cómo sube, me contestó que volando...
--Una especie de Apolo...
--Si en la escuela...
--¡Nada, nada, á la escuela, á la escuela! Luego entraremos nosotros.
--Luego... luego... siempre luego...
Y vuelve Apolodoro á la escuela, y hoy, primer día de su segundo ensayo de escuela, al volver de ella dice á su padre:
--Papá, ya sé quién es el más listo de la escuela...
--¿Y quién es?
--Joaquín es el más listo de la escuela, el que sabe más...
--¿Y crees tú, hijo mío, que el que sabe más es el más listo?
--Claro que es el más listo...
--Puede uno saber menos y ser más listo.
--¿Entonces, en qué se le conoce?
Y el pobre padre, despistado con todo esto, sin lograr reconstruir á su hijo y diciéndose: «¡parece imposible que sea hijo mío!» ¡Qué niño tan extraño! ¡No se fija en nada, no para la atención en nada, nada le penetra, y hasta le estorban los brazos para dormir!
--Vamos, Apolodoro, escribe á tu tía.
--No sé cómo decirle eso, papá.
--Como quieras, hijo mío.
--Es que no sé cómo querer.
«Que no sabe cómo querer... ¡Oh, la pedagogía no es tan fácil como creen muchos!»
* * * * *
--Vaya, aquí está la policlínica del doctor Herrero; vamos á verla, hijo mío, que hay que ver de todo.
--Bueno.
Y una vez dentro:
--¡Oh qué conejito, qué mono! ¡qué ojos tiene! ¡si parecen de ágata, de esa de hacer canicas! y debe de tener frío; ¡cómo tiembla!
--No, pequeño, no tiene frío, es que se va á morir pronto.
--¿A morir? ¡pobrecito! ¡pobre conejito! ¿por qué no le curan?
--Mira, hijo mío, este señor le ha metido esa enfermedad al conejo para estudiarla...
--¡Pobre conejillo! ¡pobre conejillo!
--Para curar á los hombres luego...
--¡Pobre conejillo! ¡Pobre conejillo!
--Pero mira, niño, hay que aprender á curar.
--Y ¿por qué no le curan al conejillo?
Esta noche sueña Apolodoro con el pobre conejillo y Avito con su hijo.
* * * * *
¡Qué escenas silenciosas y furtivas cuando en los raros momentos en que el padre los deja coge la madre á su hijo, lo abraza y sin decir palabra le tiene así abrazado, mirando al vacío, llenándole de besos la cara! El chico abre los ojos, sorprendido; este es otro mundo, tan incomprensible como el otro, un mundo de besos y casi de silencio.
--Ven acá, hijo mío, Luis, Luisito, mi Luis, Luis mío, ven acá mi vida, Luis, mi Luis... ¡Luis! ven, repite: Padre nuestro...
--Padre nuestro...
--Sí, tu padre, el otro, el que está en el cielo... Padre nuestro que estás en los cielos...
--Padre nuestro que estás en los cielos...
--Santificado sea tu nombre... ¡ah! ¡la puerta! Luis, mi Luis, Luisito, Luis mío, mi Luis, ¡vete! ¡calla! no le digas nada; ¿has oído? ¡aquí viene...! ¡Apolodoro!
Y por el espíritu del niño desfila en pelotón: «¿Por qué caen las piedras, Apolodoro? ¿por qué á mayor ángulo se opone mayor lado? ¡Apolodoro! ¡Polodoro... boloro... boloriche...! ¡Apolo... bolo...! ¡Ese Ramiro me las tiene que pagar...! Luis, Luis, mi Luis, Luisito... santificado sea tu nombre... no le digas nada, ¿has oído? ¿por qué me llamará mamá Luis?... El oso hormiguero tiene la lengua así... ¡Pobre conejillo! ¡pobre conejillo!»
VII
El segundo hijo que ha dado á Avito Marina ha sido hija. Ni la ha pesado ni medido ni abierto expediente al nacer; ¿para qué? ¿Hija? Carrascal vuelve á pensar en eso del feminismo al que jamás ha logrado verle alcance. ¿Hija? Allá por dentro le encocora la cosa, es decir, la hija.
Tiempo hace que se formara convicciones respecto á lo que la mujer significa y vale. La mujer es para él un postulado y como tal indemostrable; un ser eminentemente vegetativo. La galantería es enemiga de la verdad, piensa, y debemos á la mujer, en su pro mismo, la verdad desnuda y aun más que desnuda descarnada, porque ¿es acaso verdad una verdad que no esté en huesos, demostrable?
--No hay cuestión feminista--decía años hace don Avito á su fiel Sinforiano, de sobremesa, en casa de doña Tomasa;--no hay cuestión feminista; no hay más que cuestión pedagógica y en ésta se refunden todas...
--Pero habrá cuestión pedagógica aplicada á la mujer...--se atrevió á insinuar Sinforiano.
--¡Psé! vista así la cosa... Lo peor es, amigo Sinforiano, eso de que la hayan puesto los hombres en un altar y la tengan allí, sujeta al altar, en mala postura, molestándola con incienso...
--¡Oh, muy bien, muy bien!...
--El fin de la mujer es parir hombres, y para este fin debe educársela. Considérola, amigo Sinforiano, como tierra dispuesta á recibir la simiente y que ha de dar el fruto, y por lo tanto es preciso, como á la tierra, meteorizarla...
--¡Qué teorías, oh qué teorías, don Avito!
--Meteorizarla, sí; mucho aire, mucho sol, mucha agua... De aquí que yo crea que es la mujer la que principalmente debe dedicarse á la educación física...
Teorías en que se afirma ahora Carrascal, después de su matrimonio. La mujer representa la Materia, la Naturaleza; material y naturalmente hay que educarla por lo tanto.
--Con la niña, Marina, mucho aire, mucho sol, mucho paseo, mucho ejercicio, que se haga fuerte... Yo tengo mis ideas...
Y la pobre Materia mira á esta su Forma, que, tiene sus ideas, apretando contra el seno á la pequeñuela, á la pobre hija, á la que será mujer al cabo, ¡pobrecilla! Se la dejan, se la dejan para ella sola, le dejan la flor de su sueño, la triste sonrisa hecha carne. Es un encanto de niña sobre todo cuando en sueños parecen mamar sus labios de invisible pecho. Entranle entonces á la madre, que la contempla, con golpe de apoyadura, ansias de hartar de besos á esta flor de su sueño; mas por no despertarla, ¡que duerma! ¡que duerma! ¡que duerma lo más que pueda! Por no despertarla se los tiene que guardar, los besos, y allí se le derraman por las entrañas cantándole extraños cánticos. ¡Oh, la niña! ¡la niña! ¡vaso de amor!
Y la niña, Rosa--porque don Avito deja ahora á su mujer que le dé nombre, ¿qué importa cómo se llame una mujer?--crece junto á Apolodoro, crece mimosa, apegada al regazo materno. Y rompe á andar y á hablar antes que á ello rompió su hermano.
--Me sorprende, don Fulgencio, la cosa; la niña parece más despierta que el niño...
--Cuanto más inferior la especie, amigo Carrascal, antes llega á madurez; según se asciende en la escala zoológica, es más lento el desarrollo de la cría...
--Sin embargo, suelo pensar si las hijas heredarán del padre la inteligencia y de la madre la voluntad, y si será cierto lo que aseguraba Schopenhauer de que los hombres heredan la inteligencia de la madre y la voluntad del padre...
--Eso lo dijo el terrible humorista de Danzig porque su padre se suicidó y su madre escribió novelas, cuando acaso el suicidio fué la novela de su padre y las novelas fueron el suicidio de su madre.
* * * * *
Cuando Rosita, que es muy caprichosa, llora, exclama el padre:
--Déjala llorar, mujer, déjala llorar que así se le desarrollan los pulmones. Que los meteorice con el llanto. Trae al despertarse su tensión nerviosa que ha de descargar y lo hace llorando. Y como tiene que llorar tanto ó cuanto inventa motivo. Te pide ese dedal y se lo das; te pedirá luego el reló y se lo darás, y luego otra cosa y al cabo la luna sabiendo que no se la puedes dar, para motivar sus lágrimas. Déjala llorar, mujer, déjala llorar; que se meteorice.
Y son los besos á enjugar las lágrimas mientras don Avito frunce las cejas, son los besos de inconciente protesta, son los besos con que á las barbas del pedagogo regala á su hija, llenándola de microbios mientras desde un rincón mira de reojo Apolodorín, con tristes ojos de genio abortado.
Esta niña, estos lloros, estos besos... ¡oh, el feminismo!
Y pasa tiempo y la niña empieza ya á coger cepillos, un barómetro, lo primero que encuentra y lo envuelve en un babero y lo arrulla apretándolo contra el seno, y le mece cantándole. Y el padre espía cómo arrulla y mece al barómetro y se empeña en que lo acuesten con él, con el _guingo_ ó niño. ¡Oh, el instinto! ¡el instinto! ¡palabra que inventó nuestra ignorancia!
* * * * *
Acaba de llegar Carrascal á presencia de don Fulgencio cuando éste, con la jícara de chocolate, frío ya, al lado, medita un aforismo.
--¡Nada, no acabo de resolverlo!--exclama de pronto el filósofo, rompiendo el silencio con que ha recibido á su fiel don Avito;--aforismo le hay, no me cabe la menor duda, aforismo le hay, pero ¿en qué sentido? ¿hemos de decir que la mujer nace y el hombre se hace ó viceversa, que nace el hombre y se hace la mujer? ¿es la mujer de herencia y el hombre de adaptación ó por el contrario? ¿cuál es el primitivo? ¿ó se han diferenciado de algo primitivo que no era ni hombre ni mujer?
--Precisamente...--empieza Carrascal, asombrado de esta concordancia de preocupaciones.
--Porque--continúa el filósofo volviéndose ya al chocolate--la mujer es rémora de todo progreso...
--Es la inercia, la fuerza conservadora...--agrega don Avito.
--Sí, ella es la tradición, el hombre el progreso...
--Apenas si discurre...
--Hace que siente...
--Como no parimos, exagera los dolores del parto...
--Como discurrimos, finge discurrir...
--Es un hombre abortado...
--Es el anti-sobre-hombre.
Óyense pasos de doña Edelmira, métese en la boca el filósofo una sopa de chocolate y callan los dos hombres.
--Acuérdate, Fulgencio--dice, luego de saludar á don Avito, doña Edelmira--de que hoy tienes que ir á casa del notario...
--¡Ah, es cierto, memoria mía!; pero ¡qué cabeza...!
--¡Qué memoria tienes, chico! Mira que si lo dejas...
--Nada, que si lo dejo me perdía cinco mil pesetas...
--Y luego hubieras dado contra mí... Pero ¡qué memoria!...
--Mi memoria eres tú...
--Y tu voluntad...
--¡Hombre, hombre...! ¡digo, mujer!
--Sí, aunque esté aquí este señor...
--Nada, que podía haberme perdido cinco mil pesetas... ¡Que Dios te lo pague, memoria mía!
--¿Dios?--pregunta don Avito así que se ha retirado doña Edelmira.
--Ya le tengo dicho cien veces que no tenga esa manía á Dios, que no padezca de teofobia que es mala enfermedad, y sobre todo á cada cual hay que hablarle en su lenguaje, so pena de que no nos entendamos; ¿qué más da, después de todo, decir Dios que decir...?
--Sin embargo...
--¿Y cómo hablar, si no, á las mujeres?
--¡Ah, las mujeres, rémora de todo progreso...! apenas si discurre...
--Hace que siente...
--Es un hombre abortado...
--Es el anti-sobre-hombre...
Y continúa el dúo, al acabar el cual, exclama don Fulgencio pensando en el Sócrates de los diálogos platónicos:
--¿No quedamos, Carrascal, en que es el hombre lo reflexivo y lo instintivo la mujer?
--Quedamos.
--¿No parece que sea la mujer la tradición y el hombre el progreso?
--Así parece.
--¿No resulta ser la mujer la memoria y el hombre el entendimiento de la especie?
--Resulta así.
--¿No decimos que la mujer representa la naturaleza y la razón el hombre, Avito?
--Eso decimos.
--Luego la mujer nace y el hombre se hace--agrega triunfalmente don Fulgencio.
--¡Luego!
--Y el matrimonio, mal que nos pese, amigo Carrascal, es el consorcio de la naturaleza con la razón, la naturaleza razonada y la razón naturalizada; el marido es progreso de tradición y la mujer tradición de progreso.
Carrascal mira, sin responder ya, al _Simia sapiens_, que parece reirse y luego al cartel de «si no hubiera hombres habría que inventarlos», mientras el filósofo se enjuga, con frote trasverso, la boca.
Cuando don Avito llega á casa está su anti-sobre-hombre besando en la garganta á Rosita que se agita riéndose á carcajadas, bajo el cosquilleo de la caricia, mientras lo contempla desde un rincón, con sus tristes ojos de genio. Apolodorín.
Y en tanto entra doña Edelmira en el despacho de su marido.
--Vamos á ver, Fulgencio, qué demonio traéis aquí los dos encerrados las horas muertas y charlando de tonterías...
--¿De tonterías, mujer?
--¿Y de qué otra cosa más que de tonterías pueden hablar dos hombres solos que se están dale que le das á la sin hueso?
--Mira que tú...
--Sí, hombre, que yo entiendo muy bien de todo; te lo he repetido mil veces, hasta de tus extravagancias...
--Es que tú eres una excepción...
--No, la excepción eres tú, Fulgencio... ¿Cuánto va á que murmuráis de nosotras, de las mujeres?
--¡Pero qué cosas se te ocurren...!
--Vamos, Fulge, seme franco; ¿á qué estabais murmurando?
--Hablábamos de ciencia...
--Bien, vosotros los hombres llamáis ciencia á la murmuración...
--¡Pero qué cosas se te ocurren, Mira! ¡Y qué guapetona te conservas todavía...!
--Bueno, sí, te entiendo... ahora me vienes con piropos para despacharme ó para no contestarme... Vaya, deja eso, y ven á leerme un poco y luego á coserme unas cosas en la máquina.
--Pero...
--No, hombre, no, nadie lo sabrá, no tengas cuidado. Anda, deja eso, hombre, déjalo.
VIII
Ha corrido tiempo, Apolodoro ha crecido y cree don Fulgencio que ha llegado por fin el día de dirigírsele directamente. No le conoce más que de vista, de rápidas inspecciones.
Es día miliar para el futuro genio. Espérale el maestro en su sillón de vaqueta, al pie del _Simia sapiens_, medio oculto tras un rimero de libros, en la misteriosa penumbra del despacho. Entra Apolodoro con el corazón alborotado, y como viene de más claro ámbito, apenas ve nada, no más que, en la sombra, el rostro hierático de don Fulgencio, ribeteado por la leve luz cernida, con ojos que parecen no mirar, con el bigote lacio. El maestro contempla á este muchacho pálido y larguirucho, de brazos pendientes como si, aflojados los tornillos, colgaran de los hombros, de labio superior recogido que le deja entreabierta la boca.
--¡Mi hijo!--exclama don Avito tendiendo á él los brazos como quien muestra un género de mercancía.
--¡Nuestro Apolodoro!--añade con calma don Fulgencio, y como el muchacho calla--¡bueno... bueno... bueno... está crecido!
--¡Muchas gracias!--murmura Apolodoro sin moverse.
--Bueno, hombre, bueno--y el maestro se levanta para ponerse á pasear la estancia,--¡siéntate!
--¿Y yo?--dice don Avito.
--Usted... mejor es que nos deje solos.
El padre se va al maestro y le aprieta efusivamente la mano como diciéndole: «ahí queda eso; trátemelo con mimo», y sin atreverse á mirar á su hijo, sale. Apolodoro se ha dejado sentar y espera con las piernas juntas y las manos sobre las rodillas.
--Bueno, hombre, bueno--y se detiene el filósofo un momento ante Apolodoro, le pone una mano sobre la cabeza, á lo que el mozo tiembla de pies á ella, le examina escudriñador, mientras los latidos del corazón sofocan al futuro genio, que mira al vacío,--bueno, hombre, bueno: ¿conque Apolodoro? ¿nuestro Apolodoro?
El mozo se sofoca y el sofoco le trae el recuerdo del pobre conejillo de antaño; esa mirada le desasosiega en lo más íntimo.
--¡Pero, hombre, di algo!
Y como un eco repite Apolodoro:
--¡Algo!
--¡Demonio de mozo, tiene gracia!
Y se sonríe el maestro.
El chico, repuesto ya algo, mira al _Simia sapiens_.
--¿Pero no se te ocurre nada más, muchacho?
--¿Y qué quiere usted que se me ocurra, don Fulgencio?
--Hombre, como querer...
--Mi padre...
--Pues bueno, sí, ataquemos las cosas de frente. En primer lugar que se te quite de la cabeza...
Detiénese el maestro; va á decirle que se le quite de la cabeza lo de ir para genio, pero al recordar que sólo aspirando á lo inaccesible puede cada cual llegar al colmo de lo que le sea accesible, se lo calla. En esto asoma la cara plácida y sonrosada de doña Edelmira, orlada por su rubia peluca, y después de envolver al mozo en una de sus inquisitivas miradas de presa, dice:
--Fulge, haz el favor de salir un momento; enseguida vuelves.
--Mira, Mira, no me llames Fulge--dice el filósofo á su mujer, cuando no les oye el chico.
--Sí, te entiendo; no importa.
Y quedan cuchicheando un rato. Entre tanto Apolodoro contempla en su memoria ese rostro sonrosado y plácido, aniñado, bajo la rubia peluca y sobre aquella figura corpulenta. Mira en derredor, al _Simia sapiens_ y al _Homo insipiens_, ¿qué va á decir todo esto?
Entra don Fulgencio, se va derecho á su sillón en el que se sienta, y luego de haber escrito en su cuadernillo esta sentencia: «el hombre es un aforismo» empieza:
--Querido Apolodoro: Vienes iniciado ya, preparado á la nueva y grande labor que se te ofrece... _ars longa_, _vita brevis_ que dijo Hipócrates en griego y en latín lo repetimos... Voy á hablarte, sin embargo, hijo mío, en lenguaje exotérico, llano y corriente, sin acudir á mi _Ars magna combinatoria_. Eres muy tiernecito aún para introducirte en ella, á gozar de maravillas cerradas á los ojos del común de los mortales. ¡El común de los mortales, hijo mío, el común de los mortales! El sentido común es su peculio. Guárdate de él, guárdate del sentido común, guárdate de él como de la peste. Es el sentido común el que con los medios comunes de conocer juzga, de tal modo que en tierra en que un solo mortal conociese el microscopio y el telescopio diputaríanle sus coterráneos por hombre falto de sentido común cuando les comunicase sus observaciones, juzgando ellos á simple vista, que es el instrumento del sentido común. Líbrate, por lo demás, de mirar con microscopio á las estrellas y con telescopio á un infusorio. Y cuando oigas á alguien decir que es el sentido común el más raro de los sentidos, apártate de él; es un tonto de capirote. ¡Zape!--y sacude al gato que se le ha subido á las piernas,--¿qué estudias ahora?
--Matemáticas.
--¿Matemáticas? Son como el arsénico, en bien dosificada receta fortifican, administradas á todo pasto matan. Y las matemáticas combinadas con el sentido común dan un compuesto explosivo y detonante: la _supervulgarina_. ¿Matemáticas? Uno... dos... tres... todo en serie; estudia historia para que aprendas á ver las cosas en proceso, en flujo. Las matemáticas y la historia son dos polos.
Detiénese á escribir un aforismo y prosigue:
--Te decía, hijo mío, que no frecuentes mucho el trato con los sensatos, pues quien nunca suelte un desatino, puedes jurarlo, es tonto de remate. Una jeringuilla especial para inocular en los sesos todos un suero de cuatro paradojas, tres embolismos y una utopia y estábamos salvados. Huye de la salud gañanesca. No creas en lo que llaman los viejos experiencia, que no por rezar cien padrenuestros al día le sabe una vieja beata mejor que quien no le reza hace años. Es más, sólo nos fijamos en el camino en que hay tropiezos. Y de la otra experiencia, de la que hablan los libros, tampoco te fíes en exceso. ¡Hechos! ¡hechos! ¡hechos! te dirán. ¿Y qué hay que no lo sea? ¿qué no es hecho? ¿qué no se ha hecho de un modo ó de otro? Llenaban antes los libros de palabras, de relatos de hechos los atiborran ahora, lo que por ninguna parte veo son ideas. Si yo tuviese la desgracia de tener que apoyar en datos mis doctrinas los inventaría, seguro como estoy de que todo cuanto pueda el hombre imaginarse ó ha sucedido ó está sucediendo ó sucederá algún día. De nada te servirán, además, los hechos, aun reducidos á bolo deglutivo por los libros, sin jugo intelectual que en quimo de ideas los convierta. Huye de los hechólogos, que la hechología es el sentido común echado á perder, echado á perder, fíjate bien, echado á perder, porque lo sacan de su terreno propio, de aquel en que da frutos, comunes, pero útiles. Ni por esto te dejes guiar tampoco por los otros, por los del caldero de Odín. Son éstos los que llevan á cuestas á guisa de sombrero, como el dios escandinavo, un gran caldero, enorme molde de quesos, cuyo borde les da en los talones y que les priva de ver la luz; van con una inmensa fórmula, en que creen que cabe todo, para aplicarla, pero no encuentran leche con que hacer el queso colosal. Es mejor hacerlo con las manos.
Detiénese para escribir: «La escolástica es una vasta y hermosa catedral, en que todos los problemas de construcción han sido resueltos en siglos, de admirable fábrica, pero hecha con adobes.» Y prosigue:
--Extravaga, hijo mío, extravaga cuanto puedas, que más vale eso que vagar á secas. Los memos que llaman extravagante al prójimo ¡cuánto darían por serlo! Que no te clasifiquen; haz como el zorro que con el jopo borra sus huellas; despístales. Sé ilógico á sus ojos hasta que renunciando á clasificarte se digan: es él, Apolodoro Carrascal, especie única. Sé tú, tú mismo, único é insustituible. No haya entre tus diversos actos y palabras más que un solo principio de unidad: tú mismo. Devuelve cualquier sonido que á ti venga, sea el que fuere, reforzándolo y prestándole tu timbre. El timbre será lo tuyo. Que digan: «suena á Apolodoro» como se dice: «suena á flauta» ó á caramillo, ó á oboe ó á fagot. Y en esto aspira á ser órgano, á tener los registros todos. ¿Qué te pasa?
--¡Nada, nada... siga usted!
--Hay tres clases de hombres: los que primero piensan y obran luego, ó sea los prudentes; los que obran antes de pensarlo, los arrojadizos; y los que obran y piensan á la vez, pensando lo que hacen á la vez misma que hacen lo que piensan. Estos son los fuertes. ¡Sé de los fuertes! Y de la ciencia, hijo mío, ¿qué he de decirte de la ciencia? Lee el aforismo--y le mostró el cartel que decía: «el fin del hombre es la ciencia».--El Universo se ha hecho, fíjate bien, _se ha hecho_ y no ha sido hecho ni lo han hecho, el Universo se ha hecho para ser explicado por el hombre. Y cuando quede explicado...
Irradian los fulgurantes ojos del filósofo y con tono profético continúa:
--¡La ciencia! Acabará la ciencia toda por hacerse, merced al hombre, un catálogo razonado, un vasto diccionario en que estén bien definidos los nombres todos y ordenados en orden genético é ideológico, órdenes que acabarán por coincidir. Cuando se hayan reducido por completo las cosas á ideas desaparecerán las cosas quedando las ideas tan sólo, y reducidas estas últimas á nombres quedarán sólo los nombres y el eterno é infinito Silencio pronunciándolos en la infinitud y por toda una eternidad. Tal será el fin y anegamiento de la realidad en la sobre-realidad. Y por hoy te baste con lo dicho; ¡vete!
Apolodoro se queda un instante mirando al maestro y recordando tras él á doña Edelmira. ¿Qué es todo esto? Al salir, en la calle, al pie de la puerta, encuéntrase con dos viejas que hablan; la de la cesta dice á la otra: «que más da, señora Ruperta, para lo que hemos de vivir...» El mozo recuerda el «¡qué mundo, Virgen Santísima, qué mundo!» de su madre, y los abrazos de ésta á su hermanita Rosa. Y luego se le representa esa muchachuela pálida, clorótica, á la que encuentra casi todos los días cuando va á clase de matemáticas, esa muchachuela que le mira con ojos de sueño. Y acuérdase enseguida cuando de niño vió á otros niños coger un murciélago, clavarle á la pared por las alas y hacerle fumar y cómo se gozaban con ello.
--¿Bien, y qué?--le pregunta su padre con ansia así que llega á casa.
El hijo calla y el padre se dice: «este chico es una esfinge... ¿germinará?»
* * * * *
Acaba de conocer Apolodoro á Menaguti, al melenudo Menaguti, sacerdote de Nuestra Señora la Belleza, ó como su tarjeta de visita dice:
Hildebrando F. Menaguti
_poeta_
poeta sacrílego, entiéndase bien.
--El amor, el amor lo es todo; toda grande obra de arte en el amor se inspira; no hay más tábano poético--Menaguti traduce _estro_--que el del amor; todos los trillamientos del alma--sabe que de _tribulare_ vino «trillar»--del amor vienen; el amor es el gran principio _hupnótico_--aspirando la h--la Iliada, la Divina Comedia, el Quijote mismo y hasta el Robinsón en el amor se inspiran, tácita ó expresamente. Hay que hacer obra de amor, obra de arte; no hay más genio que el genio poético. Haz poesía, Apolodoro.
IX
¡Con qué ansia coge Apolodoro la cama, por las noches! Son entonces sus auroras, las fiestas de su alma. Recógese al frescor de las sábanas, acurrucadito, como estuvo, antes de nacer, en el vientre materno, y así, en postura fetal, espera al sueño, al divino sueño, piadoso refugio de su vida y tierra firme en que recobra ganas de vivir. Antes suele leer de alguno de esos libros que le ha dejado Menaguti y que á hurtadillas de su padre se lleva consigo y que esconde bajo la almohada. Al llegar á ciertos pasajes el corazón le martillea, y con la boca entreabierta, respirando anheloso, tiene que suspender durante un momento la lectura. ¿Es que luego sueña? Ni él mismo lo sabe desde que le hizo leer su padre una doctísima obra acerca del sueño, sus causas y sus leyes.
Espera al sueño y es su más dulce vivir el de esperarlo. El sueño es la fuente de la salud, porque es vivir sin saberlo. No sabe que tiene corazón quien le tenga sano, ni sabe que tiene estómago ó hígado sino quien los tenga enfermos; no sabe que vive el que duerme. En el sueño nadie le enseña nada. ¡Pero no! hasta el sueño, hasta el sueño le viene con ensueños, con pedagogía. ¿Dónde estará uno á salvo? ¿dónde habrá un sueño sin ensueños é inacabable? ¡Qué sueño el de la vida!
Acuéstase casi todas las noches proponiéndose atrapar al sueño en el momento preciso en que le arranque de la vigilia, darse cuenta del misterioso tránsito, pero no hay medio, siempre el sueño llegándole cauteloso y por la espalda, sin meter ruido, le atrapa antes de que él pueda atraparle y sin darle tiempo á volverse para verle la cara. ¿Sucederá lo mismo con la muerte?--piensa y pónese á imaginar qué será eso de la muerte, aun cuando asegura su padre que no es ni más ni menos que la cesación de la vida, la cosa más sencilla que cabe. Para don Avito no hay tal problema de la muerte; eso es un contrasentido; la muerte es un fenómeno vital.
Ese enjambre de ideas, ideotas, ideitas, idezuelas, pseudo-ideas é ideodes con que su padre le tiene asaeteado van despertándole ensueños sin forma ni color, anhelos que se pierden, ansias abortadas. ¡Vaya un caleidoscopio que es el mundo! Pero un caleidoscopio que huele y que huele á perfumes que encienden la sangre, sobre todo en primavera y en la juventud. «Papá ¿por qué huelen las flores?» había preguntado una vez, y su padre: «¡para atraer á los insectos, hijo mío!» Y «¿para qué atraen á los insectos?» «¡Para que llevando el polen de unas en otras flores, las fecunden y den fruto!» Y «¿qué es eso de fecundar?»... ¿Qué le había contestado á esto su padre? No lo recordaba ya. Los libros que le prestara Menaguti sí que lo explican todo, lo hacen sentir. ¡Y pensar que su padre le privara de tales libros...! Poesía, dulce poesía, derretimientos de amor, suspiros y ternezas, crudezas á las veces.
¡Qué caleidoscopio es el mundo! Y todo con su rotulito á la espalda, por el otro lado, por el que no se ve, todo con su correspondiente explicación. ¡Vaya una ocurrencia que es el mundo!
¡Qué de cosas pasan en el campo, y qué de cosas pasan en la calle! Coches, carros, caballos, perros, con sus esqueletos dentro de la carne, hombres, mujeres... ¡mujeres! algunas altas, fuertes, carnosas, corpulentas, de sangre caliente, con corazón y entrañas, con alto seno que al andar les tiembla, y algunas ¡cómo miran al muchachuelo! ¡cómo huele el mundo!
Hoy en que ha ido á recibir la palabra de don Fulgencio se ha colado al encontrar abierta la puerta deteniéndose á la entrada del santuario. Esto está mal hecho, pero... Don Fulgencio, ¿era él? tenía junto á sí á doña Edelmira, ciñéndole con un brazo el robusto talle, acariciándole con la mano del otro brazo la barbilla. La madurez de la venerable matrona respiraba juventud; relucía su peluca.
--Tú, tú sola has creído en mi genio. Mira--y la atraía á sí.
--Sí, un genio tan bueno, tan pacífico, tan complaciente...
--Pero ¡qué cabellera de oro!
Y le pasaba la mano por la peluca.
--¡No seas burlón!--contestaba ella, ruborizándosele la frente.
--¿Burlón? ¿qué, es postizo? ¿y qué? ¿no somos nosotros mismos postizos y quitadizos?
Y le ha dado un beso.
--¡Treinta años. Fulge, treinta años!
--¡Treinta años, Mira!--y la ha abrazado, añadiendo:--¿te acuerdas?
Lo demás no ha podido oirlo Apolodoro porque doña Edelmira se ha levantado de pronto, exclamando: «quién anda ahí?» y ha entrado él enteramente confuso. Así es que el maestro no ha dado hoy pie con bola, y ahora se sueña Apolodoro con doña Edelmira.
* * * * *
Le tiene encargado su padre que le ponga por escrito su concepción del universo, y por más vueltas que le da á la cosa en la cabeza, nada sale. En primer lugar, ¿tiene acaso concepción alguna de semejante universo? ¿Concebirlo? si es que apenas empieza á olerlo.
Y allá va, puesto que está tan buena la tarde, preocupado con lo de la concepción, camino del río, á la alameda. Es un día sereno y tibio de primavera; ábrese al sol cual verde plumoncillo el naciente follaje de los álamos; sonríe el río; está terso el océano del cielo, sin más que ligera espuma de nubes al occidente; sustancioso y henchido de aromas el aire. Siéntase el mozo en el césped; ciérnense vilanos por el aire. Al otro lado del río la ciudad, con sus torres y chapiteles, cual inmensa floración de piedra, primaveral también, refléjase en el espejo tersísimo de las mansas aguas, así como el bruñido azul de que se destaca, y de tal modo se reflejan que parece continuarse el cielo en el río y que es la desdoblada imagen de la ciudad friso en mármol cerúleo burilado, esmalte sin bulto. Es un libro abierto. Y recuerda cuando de niños cogían cabezas de moscas y las aplastaban en un papel doblado para obtener una figura simétrica, el principio del caleidoscopio. Y mira los álamos reflejados en las aguas y recuerda los versos de Menaguti:
En el cristal de las fluyentes linfas Se retratan los álamos del margen Que en ellas tiemblan, Y ni un momento á la temblona imagen La misma agua sustenta...
El alma de Apolodoro se vierte y empapa en esta visión; no se siente respirar; no tiene el hermoso esmalte inscripción alguna á la trasera, en el lado que no se ve, ni siquiera tiene, por no tener, semejante invisible lado. ¡Qué sueño, qué dulce sueño! ¡qué sueño con los ojos abiertos y abierta el alma á la visión de primavera!
De pronto ahora le llama el corazón con un latido, vuelve la cabeza y tras la ráfaga de esos ojos, sólo ve dos trenzas rubias que por la espalda le caen, como dos ramas de un árbol florecido, y abajo el arranque del tronco. El pobre corazón le toca á rebato, ¿qué es esto? De vuelta á casa se pone á escribir febrilmente su concepción del universo, pero tiene que suspenderla, para escribir versos.
--¿Versos? ¿versitos, hijo mío?--exclama su padre al sorprendérselos, y como él calla, añade:--Como ensayo, para probar de todo... ¡pase!
--¿Es que no hay genios poetas?
--Los había, hijo mío, los había, cuando las gentes apenas se fijaban más que en lo que se les decía en verso, pero el genio moderno no puede ser más que sociológico, y la poesía es un arte de transición, puramente provisional... Y tu concepción del universo, ¿cómo va?
--Poco á poco, padre.
Mas todo recato es inútil; don Avito sorprende al cabo libros, grabados, papeles, dibujos, y se queda perplejo. Y es Marina, la madre, la pobre Materia soñolienta, la que entre sueños dice un día:
--Eso es que el chico está enamorado.
--¿Enamorado? ¿mi hijo enamorado? ¡No digas disparates! No puede ser...--Y como la pobre madre sonríe triste y silenciosa, añade el padre:--¿Es que sabes algo?
--Yo, no.
--¿Entonces?
--¡Bien claro se ve! ¿qué otra cosa va á ser?
--¡Lo verás tú... en soñación! ¡Vaya un desatino! ¿Iba á atreverse á enamorarse á su edad? ¡si apenas es púber...!
Y la voz del demonio familiar: «caíste, y como tú caíste caerá él, y caerán todos y estaréis cayendo sin cesar.» Y da en cavilar y acaba por convencerse de que hay algo y resuelve reñir la más ruda batalla para salvar al genio. Y siente un momentáneo acceso de indignación contra Marina que se le ha adelantado en descubrir el secreto, que ha dado á luz un hijo capaz de enamorarse tan joven, que le enamoró á él mismo antaño. ¡El amor! ¡siempre el amor atravesándose en el sendero de las grandes empresas! ¡qué de tiempo no ha hecho perder á la humanidad ese dichoso amor! Es inevitable tal vez, ¡herencia materna! ¿no se enamoró acaso de él Marina? ¿no sigue después de todo, y bien consideradas las cosas, enamorada todavía?
Fáltale tiempo para ir á ver á don Fulgencio.
--¡Se ha enamorado!
Y cuando espera otra cosa oye la voz flemática del filósofo, que dice:
--¡Es natural!
--Natural sí, pero...
--¿Pero... qué?
--¡Que no es racional!
--La naturaleza supera á la razón.
--Pero la razón debe superar á la naturaleza.
--Sale la razón de la naturaleza.
--Pero debe la naturaleza entrar en razón.
--Es el Hado--replica secamente don Fulgencio, molestado por la contradicción que ahora le hace don Avito.
--¿Y contra el Hado?
--¡El Hado mismo!
--¡Se ha enamorado! ¡se ha enamorado! ¡se ha enamorado! No vamos á tener genio...
--¿Es que los genios no se enamoran?
--No, los genios no pueden enamorarse.
--Y además, quítesele de la cabeza lo de hacerle genio; harto haremos con que se nos quede en talento.
--¡Se ha enamorado! Y ahora, ¿qué hace la pedagogía?
--Pero entendámonos, amigo Carrascal; ¿el mozo está enamorado abstracta ó concretamente?
--No lo entiendo.
Y abre los ojos en espera de algo estupendo.
--Quiero decir si está enamorado de una muchacha ó mujer determinada, individual y concreta, ó si está enamorado tan sólo de la mujer en abstracto.
--¿En abstracto?
Y se queda Carrascal como quien ve visiones.
--En abstracto, sí. El amor, amigo don Avito, no es nominalista sino realista, no sube de lo concreto á lo abstracto, sino que baja de lo abstracto á lo concreto, es más platónico que aristotélico, empieza por enamorarse de la mujer y en cada individuación de ella no ve más que el género; sólo más tarde parece concretarse... Parece, sí, porque en realidad sólo se concreta en las pasiones heroicas, en las históricas, en las que han pasado á la leyenda, porque en ellas se concreta en absoluto lo abstracto. Julieta, Beatriz, Dido, Isabel de Segura, Carlota, Manon Lescaut, son concretos-abstractos...
«¡Qué lío!»--le dice á Carrascal su demonio familiar, y ya en la calle, se dice: «¡Se ha enamorado! ¡se ha enamorado! ¿Y si este amor se concreta?»
X
Y se ha concretado al fin el amor de Apolodoro. Ha sido en casa de su maestro de dibujo, á donde acude, con otros mozos, á perfeccionarse.
El bueno de don Epifanio, gran artista fracasado según muchos, ha llegado á cobrar hondo cariño al mozo. Mientras le corrige el dibujo suele decirle:
--Hay que vivir, Apolo, hay que vivir y lo demás son lilailas.
No agradan mucho á don Avito las peculiares ideas ó según él no ideas, _anideas_, de don Epifanio, pero acaso estorben las ideas para enseñar dibujo. Y transige. ¡Lleva tanto transigido ya!
Alguna vez, al salir ó entrar en el estudio, al que se pasa por las habitaciones privadas del maestro, ha visto Apolodoro pasar, semi-flotante, sin hacer ruido, por la penumbra, una visión de doncella. Otra vez ha descubierto, por una puerta entreabierta, allá en el fondo, junto á un balcón cerrado, envuelta en la mansa luz que los visillos tamizaban, una figura encorvada sobre la blanca labor, algo como eternizado en cuadro de ingenua mano, cosa no de bulto, algo como la flor de aquel ámbito de doméstica penumbra, tranquila violeta de hogar. La luz ribeteaba con luminosa franja los contornos de su rostro, que cual emplomada pintura de vidriera se mostraba, su entreabierta boca parecía orar en silencio, mientras el inclinado seno se le alzaba y bajaba con lento ritmo. Apolodoro se enajenó en la visión.
Y ahora sale Clarita á abrirle la puerta, con una sonrisa desintencionada, con juguetones ojos, ¡qué ojos! ¡qué ojos tan persuasivos, tan sugestivos, tan educativos, tan pedagógicos! ¡viviente invitación á la vida, constante lección de sencillez y de amor! Balbuce Apolodoro sus buenos días y se ruboriza ella al oirle balbucir.
--¡Pase usted, Apolodoro, pase usted!
«¡Que pase! ¡oh, que pase! ¡Qué música de palabras! ¡qué talento de muchacha! ¡qué evolutiva! ¡qué selectiva! ¡qué subconciente! ¡qué inmanente! ¡qué trascendente! ¡qué integral! ¡qué cíclica! ¡Que pase, oh, que pase! En estas palabras se resume todo. ¡Ciencia pura! ¿Ciencia? Algo más, sobre-ciencia. ¡Algo más aún! ¿Algo más?» Y entra Apolodoro tropezando, y al tropezar le roza la mejilla un rizo de la muchacha, pámpano de aquella vid de hogar, y siente luego el mozo comezón allí, y más tarde, á solas, bajo el latido del corazón, se lleva los dedos al punto del roce y los besa y hasta se los lame.
Pero ¿de dónde le sale está súbita resolución, tan poco pedagógica aunque tan genial? Se le altera la sangre; muda de piel espiritual y brota en él un nuevo hombre, el hombre. Emprende ahora su corazón un galope, y este galope le echa á la cabeza un ataque de amor. Sí, son ataques, estallidos de amor, de amor lancinante, accesos que le sobrecogen en cualquier parte, con la amorosa imagen chorreando vida. Sí, «hay que vivir, hay que vivir y lo demás son lilailas», lo dice el padre de la vida. Ya tiene Apolodoro con que hacer sus furtivas escapatorias al triste jardín del deleite. Se le abre el mundo.
--Es menester que te penetres bien de la importancia de la ley de la herencia--le dice don Avito.
--Sí, padre, la estoy estudiando.
--Pero á fondo.
--¡Qué mundo, Virgen Santísima, qué mundo!--suspira la Materia.
Y espía Apolodoro el momento, que ha estado á punto de lograr hace poco, pero habiéndosele desvanecido Clarita, con su sonrisa á que hace de amoroso ámbito el hogar. Porque este hogar ¿es una difusión de su sonrisa, ó es acaso ésta una concentración del hogar? Algo barrunta, sin duda, la doncella, pues sus ojos miran más hondo y sus labios se entreabren más al ver á Apolodoro.
¿Y don Epifanio? Algo debe de saber también, porque ¿no da otro tono á sus plácidas sentencias? ¡Qué sentencias! ¡Qué talento de hombre! ¡haber sabido hacer esta hija! Un talento inconciente, es decir, genial. ¿Cómo va á comparársele don Fulgencio? ¡Para aforismo y _Ars magna_ y filosofía rítmica sobre-humana Clarita, Clarita! «¡Esas son teorías!» como dice con resignación el padre, don Epifanio.
¡Por fin! ¡qué trote el del corazón! No le deja oirse, no le da respiro, le ahoga. Y Clarita, también suspensa, anhelante, espera el parto del solemne silencio.
--Clarita... Clarita... haga el favor... lea esto--y deslizándole la carta, entra al estudio.
--Vamos, hombre--le dice ¿con sorna acaso? don Epifanio;--parece que vienes sofocado... No hay que correr, Apolo, no hay que correr; al paso se llega antes... Anda, acaba esa pierna y no le pongas tan duras las sombras.
Y hoy, trascurrido de esto un día, parece que la casa toda, el colgador del pasillo, los grabados, que todo se le esfuma en torno á ella; todo su cuerpo, su aire, su aliento, son una anhelosa pregunta.
--Bueno, ¿y qué me dice usted?
--¡Que... sí!
¡Oh, se siente genio!
--¡Gracias, Clarita, gracias!
--¿Gracias? ¡á usted!
--¿Usted?
--A...
--A ti--y entra triunfador y resuelto.
Entra en la vida. Los amorosos ataques irán cesando, convirtiéndosele en continuo é incesante hormigueo crónico.
En cuanto á Clarita ya tiene novio como las más de sus amigas, y ahora va á saber qué es eso y de qué hablan los novios y qué se dicen. Tiene ya novio, es mujer.
El Amor, como niño que dicen que es, enseña á Apolodoro una infantil astucia, y es que se haga amigo de Emilio, el hermano de Clarita, y entre así más dentro de la casa. Y don Epifanio como si no lo viese, pero en la mesa, al tiempo de comer:
--¡Vaya con Apolo! ¡vaya con Apolo!
--Es algo raro--dice Emilio.
--¡Psé! cada cual es como le hacen y cada uno con su cadaunada...
--¡Si vieras qué cosas le decía su padre la otra tarde!...
--¡Filosofías! ¿No comes más de eso, Clarita?
--No, no tengo ganas.
--Por tu cuenta, allá tú, pero sin comer ni...
--El otro día me estuvo hablando de dónde venimos y á dónde vamos... ¡qué sé yo!
--¡Psé! de alguna parte vendremos... ¡Déjate de eso!
--¡Y lee unas cosas!
--¡Bah! ganas de perder el tiempo que nos dió Dios para ganarnos la vida.
Y Apolodoro va metiéndose en la casa y empieza á hacer, á excusa de su amistad con Emilio, largas estancias en ella, mientras parece decirse don Epifanio: «¡qué le hemos de hacer!» y don Avito se dice: «¡pero dónde se mete este muchacho!...» y Marina no dice nada.
¿Y de noche, en estas noches de invierno? La roja lumbre del hogar enciende el ámbito en rubor reflejándose en el fuelle, en las tenazas; Clarita ante las llamas que danzan retira con la mano los vestidos para que no se le caldeen y asoman los piececitos; la lumbre le enciende la cara, y resbala por ella, por su tez cual pellejo de albaricoque, de dulce albaricoque de estufa, con su pelusilla para coger y cerner luz. Y los ojos, unos ojos hechos tan sólo para mirar tranquilos. ¡Oh, qué animal! ¡qué gracioso animal doméstico esta muchacha! Una gatita sobona, runruneante, pegajosa, silenciosa... ¿Y cuando habla? ¡qué hermosas simplezas dice! Sobre todo cuando pueden cruzarse la palabra á solas, un momento, en el zaguán.
--Hoy te he visto, Apolodoro.
«¡Hoy me ha visto! ¡que me ha visto hoy! ¡pero qué buena es este ángel de Dios! ¡hoy me ha visto, me ha visto con esos ojos sin mancha; hoy he estado en ellos, chiquitico, patas arriba, acurrucadito en las redonditas niñas de sus ojos virginales!» Y al retirarse se dice: «no he estado bastante tierno, no le he dicho lo que pensaba decirle... volveré... estoy por volver á decírselo... ¡mañana!... ¡mañana!» Y es siempre mañana y ciérnese siempre lo más tierno, lo inefable, en el silencio, sobre el gorjeo del amor.
Emilio por su parte se da aires de protector, parece estar diciendo de continuo á su hermana con su actitud: «mira, que sé tu secreto», mas á la vez empieza á pensar que esto no está bien, que no es serio ni formal, que hay que decir algo á los padres; ¡andar así cuchicheando, á hurtadillas, en el zaguán y en las escaleras! Y ¡qué tontos son estos novios! ¡qué babosos!
«Pero ¿qué es esto? ¿qué le pasa á mi hijo?--piensa don Avito;--parece otro... ¿estará sufriendo alguna enfermedad de la personalidad? ¿tendrá alguna honda perturbación en la cenestesia? ¿estará de muda? ¿tendrá la solitaria? ¿le estará entrando alguna monomanía? ¿será la incubación del genio? ¿estará en el momento metadramático, en el instante de la libertad, próximo á parir su morcilla? ¿se le estará concretando el amor?» Y el demonio familiar le repite: «caíste, caíste, y como tú caíste cae él ahora y volverá á caer y caerán los hombres todos.»
Y Apolodoro siente de noche, en la cama, como si se le hinchase el cuerpo todo y fuera creciendo y ensanchándose y llenándolo todo, y á la vez que se le alejan los horizontes del alma y le hinche un ambiente infinito. Empieza la Humanidad á cantar en él; en los abismos de su conciencia sus pretéritos abuelos, muertos ya, canturrean dulces tonadillas de cuna á los futuros nietos, nonatos aún. Revélasele la eternidad en el amor; el mundo adquiere á sus ojos sentido, ha hallado sendero el corazón, sin tener que galopar á campo traviesa. El ruido de la vida empieza á convertírsele en melodía; medita, comprendiéndolo ya, en aquello de los juicios sintéticos y de las formas _a priori_ de Kant, sólo que el único juicio sintético _a priori_, el interno ordenador del caos externo es el amor. Toca la substancialidad de las cosas, su tangibilidad por el tacto espiritual; le es ya el mundo de bulto, macizo, sólido, con contenido real. Esto es lo único que no necesita demostrarse, que se demuestra por sí, mejor dicho que no se demuestra, que es indemostrable. Esto no es teatro, diga lo que quiera don Fulgencio; ha entrado al escenario aire de la infinitud, de la inmensa realidad misteriosa que al teatro envuelve.
Y ¡qué lumbre! ¡qué lumbre se le ha encendido en el corazón! ¡cómo alumbra su propio hogar! ¿Hogar? «¡Pobre padre!»--le dice su demonio familiar con voz tenue, mostrándole su hogar á la nueva luz--«¡pobre madre!» ¿Por qué es, porque cogiéndole hoy su pobre madre, la soñadora, cogiéndole en brazos le ha dado un beso, sollozando: «Luis, mi Luis, Luis mío, Luis?...» Un beso intempestivo, ilógico, sin ilación, un beso que ha arrancado lágrimas á madre é hijo.
--¡Oh, tu padre!--ha exclamado la Materia despavorida al oir un rumor.
Y aquí que entra don Avito diciendo:
--Se habla de un ingeniero industrial que ha descubierto la trisección del ángulo...
Esta noche sorpréndese Apolodoro con que las oraciones que de niño anidara en su memoria la madre le revolotean en torno á la cabeza, rozándole los labios á las veces con sus tenues alas. Y tras un «¡pobre padre!» susurrado mentalmente encuéntrase con el padrenuestro en la boca.
Y piensa en su madre y se le va el alma al pensar en ella. Y bajito, muy bajito, en silencio casi, le susurra al oído del alma el demonio familiar: «¿No has notado como se parece Clarita á tu madre?»
XI
Con la invasión del amor ¡qué marea de melancolía! Es un sentir la vida como un derretimiento, es un soñar en dormirse para siempre en brazos de Clarita.
Va de paseo á orillas del río; de los blancos álamos nievan aladas semillas, copos de vida. Y ve que se agolpan las gentes á contemplar algo. Es que va flotando en las aguas, llevado por la corriente, un hombre muerto. Parece dulcemente dormido, mecido por las ondas suaves. Va á posarse sobre él una de las mullidas simientes de los álamos.
«El hombre vivo va al fondo, muerto flota»--piensa Apolodoro, y empieza al punto á cavilar, con la sangre paterna, en el principio de Arquímedes--«pesa ahora menos que el agua... peso específico menor que cero; de vivo pesaba más que ella, por encima de cero... luego la vida pesa... la vida pesa y la muerte aligera... ¡Duerme! duerme...
Duerme, niña chiquita, que viene el Coco á llevarse á las niñas que duermen poco...
¡pobre madre!...» «Ya te tengo dicho que no le cantes esos desatinos, que no le mientes al Coco, ¡Marina!...» Esta es la letra, letra paterna, mientras la música, música materna, va cantándole por debajo: «vida... sueño... muerte... muerte... sueño... vida... vida... sueño... muerte... muerte... sueño... vida...»
«¿Y si esa alada simiente posara en él y en él prendiese y fuera flotando el cuerpo por el océano, isla errante, llevando plantas? La circulación universal... omne _vivum ex ovo_... _ex nihilo nihil fit_... el círculo vital... trasformación de materia y fuerza... conservación de la energía...
Duerme, niña chiquita, que viene el Coco...
lo Inconocible... lo Inaccesible...»
--Es un espectáculo bien poco artístico.
Vuélvese y se encuentra de manos á boca con Federico. Reprime un gesto de impaciente porque le inquieta y desasosiega este Federico, sonriente siempre, pero con sonrisa de máscara.
--¿Usted por aquí, por el campo, Federico, usted?
--¡Psé! de vuelta de una visita. Además conviene verlo de vez en cuando para mejor apreciar luego los encantos únicos de la ciudad, única morada digna del ser racional, pues el campo lo es del animal humano.
Apolodoro procura distraerse; no puede resistir la roja corbata de Federico, esponjosa é hinchada, que le revienta del cuello.
--Algún melancólico--dice Apolodoro como hablando consigo mismo,--monomanía... lipemanía...
--No--contesta Federico,--alguno á quien aterr
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