A.M.D.G.
Ramón Pérez de Ayala
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Nota De TranscripcióN
* En el texto, las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.
* Se ha respetado la ortografía original, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia.
* Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan.
* Las notas a pie de página se han renumerado y colocado al final del libro.
A. M. D. G.
Obras Del Mismo Autor
LA PAZ DEL SENDERO (poesía). TINIEBLAS EN LAS CUMBRES (novela).
En PreparacióN
Troteras Y Danzaderas. Fe Y EncarnacióN.
A. M. D. G.
Por RamóN PéRez De Ayala
Aucune secte, aucune société n’a jamais eu et ne peut avoir un dessein formé de corrompre les hommes.
Voltaire
La lengua ha jurado; el alma no ha jurado.
EuríPides
[Ilustración]
MADRID BIBLIOTECA RENACIMIENTO V. PRIETO Y COMP.ª, EDITORES _Pontejos, núm. 8_ 1911
Es propiedad.
Queda hecho el depósito que previene la ley.
Imprenta ArtíStica EspañOla, San Roque, 7
Dedicatoria
Á D. Benito Pérez Galdós
_Venerado Maestro: La premura con que hube de realizar esta obra no era muy á propósito para lograrla en cumplida sazón y madurez, de manera que temo mucho adolecer de osadía poniendo tan menguado fruto á la sombra inmortal de tan alto nombre. Mi empeño era arduo: las fuerzas, pocas. Considero que si hay algo digno de estimación en mi libro no es sino pretendido reflejo de aquella admirable serenidad, decoro y nobleza con que, en obras de linaje semejante al de la presente, vistió usted de carne artística y de hermosura inmarcesible el austero principio de la justicia_: suum cuique tribuere. _Porque si atinamos á encarecer sin envidia y á censurar sin veneno, participando la alegría de hacer el bien de la pesadumbre de causar tristeza, nos será otorgado el equilibrio interior._
_Le ruego acepte con benignidad esta muestra, harto profusa, de mi ingenio._
RamóN PéRez De Ayala
Caldas de Reyes, 23 de Octubre de 1910.
Ab Urbe Condita
I
Tierra adentro y cara al mar, asentado sobre una loma de los aledaños de Regium está el _Colegio de segunda enseñanza de la Inmaculada Concepción_. Lo regentan los Reverendos Padres de la Compañía de Jesús.
Es una mole cuadrangular, cuyas terribles dimensiones hácenla medrosa; la desnudez de todo ornato, inhóspite, y la rojura viva del ladrillo de que está fabricada, insolente. No tiene estilo. Su fachada lisa, de meticulosa austeridad, abierta por tres ringlas de ventanales, se ofrece á la mirada inquisitiva del viandante con la tristeza sorda y hostil de los presidios, de los cuarteles y los establecimientos fabriles. Sábese que es casa de religión porque hay una gran puerta ojival rematada por una cruz, al extremo siniestro del frente, según se mira, á la cual conduce una escalinata de piedra; un campanario voladizo de hierro, á manera de jaulón de micos, en el tejado y á plomo sobre aquella puerta, y unas letras de oro contiguas al alar, promediando el casón: _A. M. D. G._
El edificio está á cosa de un tiro de piedra de la carretera real, que conduce á tierras de Castilla. Entre el camino y el colegio, así como aislador de paz que aquiete y embote el tráfago del siglo y sus pecaminosas estridencias, hay pradezuelos mullidos, muy rapados y verdes; los cortan aquí y acullá unas veredas de arena pajiza, las cuales, reptando y curvándose con cierta blandura jesuítica, van á meterse en el convento, por debajo de las puertas. Véase cómo por medio de un sencillo expediente nos inculcan provechosa lección á tiempo que se nos pone al cabo del espíritu de la Orden; porque veredicas y pradezuelos, lo mismo que la propincuidad con la carretera, todo ello obedece á plan y concierto. Quiere decirse que no lejos del camino de perdición está el cobijo de la gracia, y que para entrar en el reino de S. M. Divina, de la cual son ministros tan irresponsables como el propio soberano los Reverendos Padres de la Compañía, es menester trocar las holgadas y prósperas vías del mundo por pequeños y tortuosos senderitos, abajarse, rastrear, humillarse.
II
En los alrededores de Regium está la aldea de Arriares, y en ella una casita de campo, flamante y de rusticidad arquitectónica adredemente rebuscada; ventanucas, tejadillos, cuerpos adosados al principal, á modo de establos, cuadras ó cubiles. Los huecos están siempre en ceguedad, obturados por cortinas inmóviles de tela blanca. Un jardín sombrío, húmedo, aprisiona á la casa, y una alta cerca, enrejada por uno de sus costados, guarda el jardín. Es una casita que vive de sí misma, que tiene un alma misteriosa y activa. Su dueño, constructor y habitante es Gonzalfáñez.
Gonzalfáñez nació en Regium. De niño tuvo sólo un amigo, Dorín, el de Pedreña, garzón de cuna baja, paupérrima. Adolescente, Gonzalfáñez desapareció de Regium. Fueron cayendo los años en la sima de lo pretérito; murieron los padres de Gonzalfáñez; el pueblo olvidó al hijo.
Cierto día llegó á Regium un señor cenceño, rasurado, con esclavina de capucha, gafas negras y un bastón tremendo de gordo. Preguntó por Dorín, el de Pedreña; fuése á Arriares, en su busca; se aposentó en casa del aldeano, que tal era Dorín; estúvose allí hasta que vió terminada la rústica casita de arbitraria apariencia, y, entonces, Gonzalfáñez y Dorín se acogieron al nuevo nido.
Los dos amigos salían á vagar por el campo, preferentemente carretera adelante, rostro á Castilla, siempre que hubiese buen tiempo. Gonzalfáñez llevaba, en toda ocasión, colgando de sus hombros próceres y un poco claudicantes, aquella esclavina de capucha que era como el trasunto de un manto; lo mismo en invierno que en estío. Caminaban en silencio, de ordinario. Retenían el paso con frecuencia. Una vaca, un mirlo, un regato, una flor de genciana; todas las cosas y seres de Naturaleza ejercían tanto imperio sobre Gonzalfáñez que, reclamándole hacia sí, le hacían permanecer largo rato suspenso y como ajenado.
En Regium se sustentaban diferentes hipótesis acerca de Gonzalfáñez. Quiénes aseguraban que era demente, habiendo sido su padre alcohólico. Cuáles que sufría de infortunios amorosos, habiéndose casado en Circasia con una princesa de extraordinario ardor é insaciable venustidad. Estos, que las complicaciones de cierto horroroso atentado le mantenían recoleto en su fortaleza agreste. Aquéllos, que era un idiota, atacado de misantropía. Lo cierto es que ninguno sabía nada y que Gonzalfáñez, después de su vuelta á Regium, no se había dignado cruzar la palabra con ninguno de sus convecinos y paisanos, como no fuera Dorín.
Desde que se puso la primera piedra de los cimientos, Gonzalfáñez y Dorín seguían, día por día, la diligente erección del colegio jesuítico. El maestro de obras era un lego congestivo, agigantado, de pestorejo y cogullada inmensos, maneras de cómitre y empecatado acento vasco; el hermano Aurrecoechea.
Aurrecoechea intentó en veces diferentes trabar plática con Gonzalfáñez; mas la pertinaz cerrazón de éste hizo desistir al vizcaíno. Afortunadamente, si el uno le negaba este parvo sustento de la palabra, otorgábanselo, con creces, mujeres que conducían la comida á canteros, carpinteros y albañiles, y las mozas labriegas. No era raro verle en apretada cháchara con alguna rapaza pulida y fresca, alongados un trecho de las obras y guardándose bajo los árboles. No tardó en señalarse evidente favoritismo. La preferida fué Teresa, de la aldea de Cabeñes, rubia de miel, encendida y gustosa como un fruto. ¡Cuán pronto hubo de marchitarse _su buena color_! Lo que perdió en carmín la neña, fué compensado en vientre. El bárbaro Aurrecoechea la rechazó entonces. Cierta tarde hubo una llantina de Teresa, con manifestaciones dramáticas; fueron testigos, á distancia, Gonzalfáñez y Dorín. El de la esclavina rezongaba: «¡Mala bestia! ¡Mala bestia!»
Un día amaneció Aurrecoechea muerto, al pie de un muro en construcción. Tenía la cabeza hecha añicos, por obra de un garrotazo. Á la tarde, así que llegó Gonzalfáñez, por inspeccionar las obras como de costumbre, interrogó á un pinche:
--¿Y el lego grande?
--Matáronlo, señor, en la noche última.
--¿Del todo?
--Del todo, como á una rata.
Se dijera que Gonzalfáñez sonreía.
El colegio medraba por horas. En corto plazo quedó rematado y en su punto. El lóbrego enjambre ignaciano lo invadió, distribuyéndose por las celdas, á llenar arcanas actividades. Y luego otro enjambre más numeroso, el de la cándida infancia, brotes de futura humanidad.
Y por la tarde, consintiéndolo el tiempo--á las horas postmeridianas en época de otoñada ó invernal, al levantarse la noche en verano y primavera--, Gonzalfáñez y Dorín hacían un alto en su paseo y contemplaban el colegio de la Concepción. Cuándo, tañía en la penumbra hermética de los claustros la campana del regulador, escandiendo la medida espaciada de la existencia comunal. Cuándo llegaban de patios y cobertizos la algarabía conmovedora de la infancia en asueto; el _chaschás_ seco de la pelota contra el frontón; el _bum_ cóncavo de los grandes balones de cuero, que á intervalos surgían en el aire, por encima de los muros...
Y Gonzalfáñez interrogaba:
--¿Te gustan los niños, Dorín?
--Según; cuando son guapos...
--¿Los quieres, Dorín, sean guapos ó feos?
--Hom, querelos... claro. ¿Quién no los quier?
--Los niños... Los niños... ¡Oh, puericia! ¡Oh, puericia! ¿Sabes lo que es un parque de puericultura, Dorín?
--Mal rayo me parta...
--Que no te parta, Dorín. Me quedaría yo solo.
Dorín sonreía, con su rostro benévolo y bobalicón.
¡Nunca te olvidaré, Gonzalfáñez; hombre extraño y nombre de romance antiguo! En los paseos nos sorprendías á la vuelta de una calleja, en la linde de un bosque, en la margen de un río, donde menos lo pensáramos. Recuerdo tu esclavina, y tu capucha, y tu bastón enarbolado cual si fuera un báculo, y tu rostro ceñudo y bíblico, cuando repetías infinitas veces según pasábamos y á tiempo que hundías tu pupila torva en los inspectores: «¡Oh, puericia! ¡Oh, puericia santa!» Los inspectores bajaban los ojos y nosotros nos apelmazábamos en las ternas, como rebaño pusilánime, porque los padres nos habían dicho que eras ateo. ¿Qué habrá sido de ti, Gonzalfáñez, nombre alto y sonoro, deidad esquiva de las encrucijadas rústicas?
III
¿Cómo y con qué recursos se edificó el colegio?
Dios, que viste de piedra, cuando no de ladrillo, las buenas intenciones, y de hermosura el lirio de los valles, y da alimento al pajarillo, y pajarillos al milano, dispuso la marcha de los días de manera que en Regium se alzase un cuartel de su amada milicia.
La Compañía de Jesús tiene por norma indeclinable no comenzar la construcción de una nueva casa si no se cuenta de antemano con todo el dinero preciso para darla fin. Lo contrario redundaría en deshonra del instituto, poniéndole quizá en pie de pedigüeñerías y mendigueces.
Las primeras avanzadas de batidores, en este fornido ejército ignaciano, llámanse residencias. Son las residencias pequeñas delegaciones que andan desparramadas por capitales de provincia y pueblos ricos, viviendo de la misa y de la predicación y explorando el terreno por si fuera á propósito para hacer una magna sementera de gracia.
En las últimas décadas del pasado siglo llegó á Regium una de estas delegaciones. La componían los Padres Anabitarte, Olano, Lafont y Cleto Cueto, con el Hermano Mancilla. Los enviaba el cacique de la región, don Nicolás Sol é Il, aquel célebre y ridículo político de la barba enmarañada y esponjosa, de la elocuencia enmarañada y esponjosa, del intelecto enmarañado y esponjoso. Alojáronse en un segundo piso de la plaza de Sol é Il, improvisaron una capillita, y con esto rompieron ya el avance hacia la conquista de la _madreselva_, que es como ellos, en la intimidad, llaman á la beata.
Las primeras jornadas fueron duras. Hubo noche en que los cinco religiosos se acostaron con las tripas horras.
Apenas si se decían misas, á causa del estipendio de cinco pesetas que la Compañía tiene señalado. Las gentes de Regium murmuraban: «¡Mi alma, cinco pesetas! Están locos. ¿Si pagamos una á don Rebustiano, y cuando muncho dos?» En su nesciencia teológica olvidaban que las misas oficiadas por jesuítas logran mayor eficacia que ninguna otra misa. Abundan razones que lo abonan. El Eterno nos ha patentizado, en el curso de lo temporal, su afición á la lengua del Latio. El arameo no lo eligió, ni el griego, ni el sanscrito, ni el hebreo, ni el catalán--nobilísimas lenguas todas--, para lengua litúrgica, sino el latín; infundió en Virgilio el soplo profético y en Ovidio la complejidad y sutileza amatorias que, andando el tiempo, habían de ostentar los casuístas. La prosodia latina de los jesuítas es más pura que la de todos esos infelices curas de chicha y nabo; bien lo saben y no se recatan para decirlo. Claro está que en el Cielo, así que celebra misa un Padre de la Compañía, el Eterno y su Estado mayor central se vuelven locos de contentos, porque le entienden todo lo que dice, y, naturalmente, le hacen caso. Además, los jesuítas tienen muy buenas formas. Esto es, no que resplandezcan en urbanidad ó que sus miembros se caractericen por cierta turgencia escultórica, sino que las partículas que emplean para consagrar son de clase _extra_ y de mucho tamaño, con lo cual, en el punto curioso y sublime de la transubstanciación, Jesucristo encuentra holgado alojamiento, y lo agradece mucho. Todo lo que antecede ha sido revelado á un venerable de la Compañía, y como se supone, fué revelándose con toda cautela, á las personas piadosas de Regium, las cuales, habiéndose iniciado, satisficieron fervorosamente las cinco del estipendio.
Y, sin embargo, la residencia no prosperaba. El Padre Olano había llegado á formar frondoso cerco de _madreselvas_ en torno á la viña del Señor; de ellas, carcamales y fétidas momias; de ellas, también, lindísimas muchachas y muy bellas casadas. El Padre Cleto Cueto mantenía comercio cotidiano con los politicastros católicos del pueblo; logró fundar un periódico nocedalino, _La Reconquista_. Anabitarte y Lafont cultivaban de su parte sendos círculos de relaciones masculinas y femeninas. Ninguno de los cuatro daba paz al zapato, recorriendo de continuo la provincia. Pero el dulcísimo y fecundísimo dinero acudía con parquedad y dolorosas intermitencias. En vano asediaban la casa de los ricachos santurrones de Pilares, la capital, insinuándoseles con dulzura oleaginosa y sahumerios de palabras suaves; cuándo, cerca de don Anacarsis Forjador, el multimillonario de semítica traza, bandolero de asalto en guarida, que no era otra cosa su banca; cuándo, sobre el marqués de San Roque Fort, por la gracia de Su Santidad León XIII, forajido sacristanesco más que marqués, que de lo uno llevaba cuatro meses mal contados y de lo otro algunos lustros poniendo á parir caudales ajenos, en amorosa complicidad con un su hermano, canónigo, incurso en simonía. Se les acogía bien, se les proporcionaba lastre para la andorga, hasta se les socorría, á pretexto de ciertas devociones; pero ¡con cuánta miseria! ¡con qué torpe y mal celada avaricia!
Recibióse en la residencia una carta del provincial. Decía: «Miren que, á lo que entiendo y por lo que se me dice, esa tierra es rica y va para más; que se abren nuevas minas y muchas fábricas cada día; que los tiempos son de impiedad, de peligro para la Compañía y para la Iglesia de Cristo; que toda esa parte la tenemos en barbecho, porque si se quitan las Provincias, puede asegurarse que el Norte nos ignora; que un colegio ahí paréceme que urge, etcétera, etc.» Luego: «Dícenme que hay una viuda de un tal señor Zancarro, mujer delicada de salud, pero de mucha fortuna. Infórmense con discreción, amadísimos Padres, que el asunto es de mucha monta para el servicio de Dios. Probablemente les enviaremos al Padre Sequeros. A. M. D. G.»
Al leer el anuncio del envío, siquiera fuese de un hermano en religión, los de la residencia arrugaron el morro, vejados y hostiles. Luego cambiaron una ojeada, en silencio. Sequeros gozaba de mucho renombre dentro de la Compañía por haber socaliñado, en París, unos millones de pesetas á la vieja duquesa de Villabella, hallándose la dama en trance de muerte.
Llegó Sequeros á Regium. Era un mozarrón de erguida testa y modesto ademán; sanguíneo, hermoso, abierto de corazón y de carácter, candoroso y leal; sus ojos miraban siempre al suelo ó al cielo; la voz, clara y masculina, ignorante de inflexiones capciosas é hipócritas; en el espíritu, voraz fuego apostólico y amor divino sin medida.
Á poco de llegar á Regium se le tenía por santo. La mayoría de las _madreselvas_ se pasaron á Sequeros; le besaban la sotana y el fajín, y le decían: «¡_Santín de Dios_!» Á lo cual, el joven religioso sonreía, apartándolas dulcemente de su camino, porque él tenía una alta misión que cumplir: buscar los materiales para la ciudad de Dios.
Los vecinos de Regium echaron de ver muy pronto la ventaja que Sequeros hacía á sus hermanos. Por lo pronto, no llevaba los hombros constelados de caspa, como Olano y Anabitarte; ni tenía los dientes podridos, como Lafont; ni se dejaba la barba de cinco días, como Cleto Cueto. Se puede ser santo sin ser puerco. Sequeros era un _jesuíta verdad_, según la leyenda que el vulgo de ellos ha creado. Las _madreselvas_ daban por descontada la aristocracia de su cuna. Todas las puertas se le abrían. Se le abrió, por ende, la de la viuda de Zancarro. Había sido el tal un desapoderado bandido que, con ocasión de las guerras coloniales, apilara su fortuna en la administración militar. Negáronle el trato los de Regium, lo persiguieron y afrentaron con tanta saña que él, acorralado, determinó suicidarse. Su viuda cayó en maniática religiosidad; no tenían descendencia.
Los jesuítas, con caritativo desinterés, se aplicaron á consolarla. La viuda rehuyó semejantes consuelos. Cuando Sequeros apareció fué otra cosa. Á poco de conocerlo, no podía pasar la vida sin requerir su presencia una vez cada dos días, por lo menos. Fiaba en él y creía en su santidad. Sequeros repartía sus horas entre la oración y la viuda. Habiéndose agravado la enfermedad de la señora, las visitas pasaron á ser diarias.
Una mañana llegó Sequeros á la residencia atropellando con todo y las pupilas en ignición. Se precipitó en la capilla y cayó de hinojos ante un cromo de San Ignacio. Sus compañeros curioseaban desde la puerta del oratorio; pellizcábanse y se hacían guiños. Salió el Padre Sequeros. La lumbre de los ojos se había atenuado. El Padre Cleto preguntó, balbuciendo:
--Bueno, ¿qué?
--Ha fallecido.
--¿Testamento?
--Hecha una santa.
--¿Testamento?
--Testamento.
--¿Cuánto?
--Seis millones de reales.
--Collegium habemus.
Y se abrazaron todos.
Á la hora de comer, hubo pollo, de extraordinario. Terminados los postres, sorbían plácidamente el café, cuando el Padre Lafont arremete contra el Padre Anabitarte, superior provisional.
--¡_Ah, mon Père_! ¡_C’est un grand jour_![1]. Yo creo que sería bien oportuno una pequeña copa de ron.
--Sí, Padre. Yo también creo que merece la pena celebrar el día con honesto regocijo.
--Sea. Mancilla, danos acá la botella de ron.
Sequeros se niega á beber. Los demás porfían. Al fin, accede. Levántase con la copita en alto. Síguenle los otros; chocan las copas. Sequeros tiene el rostro bañado en luz interior:
--¡Ad Majorem Dei Gloriam!
Ianuis Clausis
I
El 21 de Septiembre comenzaba el curso en el colegio de Regium; era el cuarto, desde su apertura á la enseñanza.
El niño Alberto Díaz de Guzmán, conocido familiarmente por un diminutivo, Bertuco, salió de Pilares en el primer tren de la mañana. Acompañábale la vieja sirvienta Teodora, mujer de extremada sencillez, la cual había llenado cumplidamente para con Bertuco maternales menesteres desde la prematura orfandad del muchacho. Teodora iba aderezada con sus más ricos arreos y prendas; monumentales arracadas de aljófar, que le pendían hasta la base del cuello; pañuelo de seda recia y gayos colorines, anudado debajo de la barbeta; gran mantón negro, de seda también, con muchos bordados y luengos flecos torzales; falda muy fruncida, de merino; una docena de enaguas que abombasen y diesen buen aire al cuerpo andando, porque en esto consiste el toque del vestir de lujo y á lo señor; almadreñas, y un paraguas rojo. Bertuco, que comenzaba á prever atisbos del arte indumentario, consideraba que semejante acompañamiento le ponía en ridículo. Intentó ir solo á Regium, á lo cual Teodora acudió espantada:
--¿Tú qué dices, mi nenú?
--Voy para catorce años.
--¿Yo dejate solo?... ¡Non lo premita Dios!
Teodora pretendía tomar billetes de primera clase; mas Bertuco se obstinó en que habían de ser de tercera, y, á lo sumo, á lo sumo, de segunda. Asustábale pensar que las gentes de su propia condición le sorprendieran sometido á tan extravagante tutela.
En las calles de Regium los miraban con asombro, mofándose discretamente de aquella vieja, ataviada á usanza de tiempos remotos. Visitaron el bazar de Badila, en donde Bertuco se proveyó de lo necesario para el aseo personal durante el curso; llegaron hasta el puerto, por contemplar el mar, que andaba muy enfurruñado en aquella ocasión, y, poco antes del mediodía, tomaron el camino del colegio.
--¡Ay, Bertuco! ¿Por qué no vamos á comer á una fonda? Tiempo tienes de encerrate. Otros años, cuando venías con tu padre, ¿entrabas también pa comer? ¡Ay, Joasús!
Bertuco apretaba el paso; Teodora, siguiéndole malamente, enjugaba los ojos en un pañuelo á cuadros. Poco antes de llegar al colegio, Bertuco se plantó delante de la anciana.
--Oye, Teodora: no quiero que vayas con madreñas y con paraguas. Ya lo sabes. Tendrían risa los compañeros para todo el curso; no quiero que me tomen el pelo.
Teodora, sin atinar á decir cosa con cosa, exclamaba, haciéndose cruces:
--¡Joasús, Joasús!
Su consternación era tanta, que Bertuco sintió remordimiento de haber sido cruel.
--No seas boba. Es que los niños son muy malos; no me gusta que digan cosas de ti.
--Pero, ¿dónde los tó dejar, neñín de mío alma?
Bertuco la condujo, á campo traviesa, hasta la espalda del colegio, al pie de cuyas tapias había unas tupidas matucas.
--Escóndelos aquí.
Teodora dudaba.
--¿Y si me los arroban? ¡Ay! Y cómo están los praos, pingando mismamente. Tó coger un ruma con estos zapatos de satén; Dios m’ampare.
Volvieron á las vereditas que se hacen al frente del edificio. La aldeana detúvose y contempló recogidamente la grave y cejijunta mole.
--¡Joasús! Paez un maricomio.
--Teodora, se dice manicomio.
Penetraron en el portalillo, angosto y desnudo, como cosa inútil que es, pues los jesuítas saben no perder espacio ni tiempo en futilidades. Les abrió un fámulo de aborregado semblante. Desde el vestíbulo se columbra, á través de la puerta del fondo, el patio de la tercera división, preso en un claustro de arcos de medio punto, por donde discurrían, con paso presto, cuándo un pelotón de niños, cuándo una pareja de Padres. Teodora se mantenía inmóvil, tomada de religioso terror. De la ropería, que está, según se entra, al costado derecho del vestíbulo, salió el Hermano ropero, Santiesteban de apellido, esmirriado y amarillento; sonreía con expresión epicena, mostrando la sima lóbrega de una boca letrinal. Saludó á Teodora y Bertuco, acarició al niño y les condujo al salón de visitas, frontero á la ropería. Es el salón una pieza rectangular, muy vasta y severa, amueblada con sillas y sillones de enea; en las paredes penden fementidas copias de Murillo, pintadas por el Hermano Urbina, aquel prevaricador de insolente brocha que infestó de mamarrachos los colegios de la Orden.
En el salón estaba Coste, mocete desmadejado y bermejo, de ojos montaraces, carrillos tan rotundos y boca tan fruncida, que se dijera estaba tañendo de continuo un invisible instrumento de viento. Acompañábale su padre, un marino de sotabarba á la británica, hirsuta y entrecana, boca breve y ojos de lejanía. Llevaba un traje nuevo, de paño tan rígido que le embarazaba todo movimiento. Tenía la pipa en la boca; sin rechistar, seguía atentamente el discurso del Padre Eraña, Conejo de remoquete entre la grey de los alumnos.
En entrando Bertuco, los dos chicos corrieron á abrazarse. Coste traía ya la blusa puesta, un mandilón de dril agarbanzado, con orillas blancas. Conejo acudió también.
--Vienes más delgado, Bertuco. Vamos á ver, ¿se te han olvidado las progresiones aritméticas y geométricas? ¿Sabes que soy Padre Ministro este año?--y le halagaba con suaves toquecitos en las mejillas.
Teodora, haciendo extraordinario acopio de energía, se decidió á besar la mano de Conejo. Mas éste se la apartó con ademán campechano y risa franca. El marino continuaba en su puesto, como clavado en tierra.
Aportó Santiesteban una blusa, que se vistió Bertuco. Luego pidió los envoltorios á Teodora.
--Padre, ¿me permite que lleve á la camarilla las cosas del aseo?
--¿Qué camarilla tiene, Santiesteban?--preguntó el Padre Ministro.
--La del año pasado.
--¿Ya no vuelves?--se atrevió á decir Teodora, con la voz quebrada.
--¿Es tu madre?--añadió Conejo.
Y Bertuco, secamente:
--Es una criada vieja.
Teodora, sin haber oído á su Bertuco, murmuraba entre sollozos:
--¡Probín! ¡No tien madre!
--Cierto, cierto, no recordaba--repuso el jesuíta--. Y bien, señor Coste, ¿quiere usted que el niño continúe aquí ó que vaya á preparar sus cosas?
El marino extendió el brazo en dirección á los senos misteriosos de la santa casa, como indicando que estaba dispuesto á la separación.
--Despídete, Romualdo. Despídete, Bertuco--ordenó Conejo.
Pero todos continuaban quietos, cortados, sin saber cómo afrontar el trance. Teodora fué la primera en precipitarse sobre Bertuco, estrujándolo, besuqueándolo, chillando é hipando con infinito desconsuelo. Bertuco se desasió en dos tirones, se arregló la ropa, apretó el entrecejo y refunfuñó, poseído de cólera:
--¡Vaya, vaya! Es ya mucho.
El señor Coste besó á su hijo en la frente.
--Adiós, Romualdo; sé formal, rec...--(Conejo bajó la cabeza)--siquiera un año. Adiós, Padre.
Era cosa de ver aquel hombre tieso y sarmentoso, con los ojos empañados y la voz femenina en fuerza de emoción. Echó á andar hacia la puerta, pero como tropezase con Teodora, se detuvo.
--¿Viene usted sin paraguas, señora? Salga conmigo, que yo la acompañaré hasta donde sea.
Y aquí de los apuros de la anciana. ¿Cómo recogería sus adminículos yendo en compañía de aquel señor tan serio? La pobre mujer interrogaba angustiosamente con los ojos á Bertuco. Este, adivinando el aprieto, no pudo disimular la gracia que le hacía.
--Vete ya. ¿Qué aguardas? ¿Piensas que el papá de Coste va á comerte? Vaya, ¡adiós!
Retozándole la risa en el cuerpo y á impulsos del cariño que allá en el fondo le inspiraba aquella cándida criatura, fué á abrazar á Teodora por última vez.
--No se atribule usted, señora--manifestaba el marino, por hacerse el fuerte, y, tomando del brazo á Teodora, salieron los dos al mundo.
Coste frunció los labios más que de ordinario, como si se esforzara en dar una nota aguda, y los ojos azules de Bertuco adquirieron helado fulgor.
II
Bertuco subió á las camarillas. Coste iba con él, por especial permiso de Conejo. Tomaron la escalera del torreón.
Los dormitorios ocupan un ala entera del piso tercero, la del Mediodía, y una buena parte de las de Levante y Poniente. Es una sala profunda, en cuya lontananza los ojos se extraviaban entre penumbra. Altas como cosa de dos metros y á lo largo de la sala, van en cuatro filas las camarillas, haciendo dos cuerpos, de manera que, de sus portezuelas, la mitad da á un pasillo central y la otra mitad á otros dos pasillos más angostos, los cuales corren siguiendo los muros laterales del recinto.
Bertuco pegó el rostro á los vidrios de un ventanal. Pensaba en Teodora: «¿Se habrá atrevido? ¿No se habrá atrevido?» Llovía copiosamente. El paisaje era un cuadro brumoso, espolvoreado de ceniza.
--¿Qué haces? Paeces fato--advirtió el carrilludo Coste, con mal humor.
--De buena gana abría esta ventana.
--P’ro hombre, con lo que llueve...
Llegaron á la camarilla de Bertuco. Como todas las demás, era un mechinal diminuto, con cabida para una cama infantil y una mesa de noche, que hacía de lavabo en alzándole la tapa. Por toda techumbre, una tela metálica. Á los pies, una percha; á la cabecera, estampas y una pila; en un ángulo, una rinconera, en donde Bertuco depositó, alineándolos, sus avíos de tocador.
Los dos niños se sentaron en el borde del lecho. Coste preguntó:
--Estás triste.
--¿Yo?... ¿Y tú?
--¡Psss!... Pienso escaparme en cuanto pueda. (Pausa.) ¿Te gozaste mucho este verano?
--Hombre, la verdad: yo no me gozo nunca mucho. Ya ves, en la aldea... Sin amigos... Tuve un seminarista de preceptor.
--¿Y de mozas?--Coste clavó sus ojos en Bertuco, el cual, muy encendido, guardaba silencio--. ¡Anda, ea...! ¿Á que resulta que no sabes gramática parda?
--Sí... ya... ya tengo malicia--balbuceó confuso.
--¿Y de mozas? ¿No estuviste con nenguna moza?
--Tú ya eres mayor...
--Sí, es verdad; yo soy mayor. Verás; un día fuimos desde Ribadeo á Lugo. Estuvimos en una casa de mujeres... Andan desnudas y con cintas de colores por aquí.
--¡Calla, calla...! Si nos oyeran...
--¡Bah! Se acababa antes todo. ¿Tú crees en el pecado?
--¿Oyes? Un ruido... ¡Dios mío, si nos oyesen!
Coste, que aunque se las daba de hombre terrible era en la entraña tan infeliz como patrañuelo, empalideció densamente ante la posibilidad de la expulsión ó de un castigo acerbo. En este punto sonó el pito de una fábrica; á poco, la campana del regulador conventual, llamando á la refección meridiana. Coste y Bertuco salieron corriendo. En cuatro brincos se plantaron en el refectorio.
III
El refectorio es una pieza alongada, de aire ceniciento; el piso, embaldosado de losetas grises; las paredes, grises y desnudas; al pie y adosados á ellas, bancos de pino; delante de los bancos, largas mesas con tablero de mármol gris; por fuera de las mesas, pequeños escabeles de pino. En la cabecera del refectorio, un crucifijo grande. De una banda, ventanales, y, promediándolos, un púlpito, desde donde el lector complementa y ensalza la torpe función de la comida material derramando sazonado y provechoso alimento para los espíritus.
Aquel día, como primero de curso, la refección se hacía sin el ritual y solemnidad establecidos en el reglamento. No hubo lector, porque apenas si había oyentes; Bertuco, Coste, Bárcenas y cuatro ó cinco nuevos, los cuales, en las mesas destinadas á la última división, hundían la nariz en el plato, emperrándose en no comer. Los demás alumnos, apurando los postreros y perentorios instantes de libertad, aguardaban la caída del día para venir á recluirse. De frente á frente del refectorio paseaban los que habían de ser, durante todo el curso, vigilantes de comidas: el nuevo Padre Ministro (Conejo) y el Padre Mur, segundo inspector de la primera división.
Conejo concedió inmediatamente «Deo gratias», esto es, permiso para hablar, y él mismo entabló, á seguida, conversación con sus amigos de años anteriores, enderezándose preguntas chuscas y haciendo payasadas y facecias, á que era muy inclinado. La carcajada muchachil, sincera ó hipócrita, puesta á guisa de comentario á raíz de sus donosidades y contorsiones, le originaba satisfacción tan plena como á un general romano la ovación.
Coste trasladaba al estómago los colmados platos, y al plato las colmadas fuentes. El Padre Mur lo aborrecía sin disimulo y lo asaeteaba con ojos fríos, acerados. Conejo contentábase con burlarse de tanta glotonería.
El Padre Mur se detuvo, cara á Coste. El muchacho, que en el instante aquel hacía presa en un trozo de carne, se quedó paralizado.
--Pero, hombre--susurró el jesuíta, frunciendo la boca como si se sintiese acometido de una náusea--, comes como un gorrino. Da asco mirarte. ¿No te han dado de comer, durante el verano, en tu casa?
El mofletudo Coste miró al Padre Mur; primero, con la dolorida dulzura de un can á quien sin razón maltratan; luego, con la agresividad admonitoria de la bestia que se apercibe á hincar el diente en la mano que la hiere.
--Si le molesta mirar, no mire--gruñó, y al punto devoró la carne.
El Padre Mur le volvió la espalda. Este fué el único incidente de la comida. Terminada ésta, salieron á la recreación. Como llovía, se acogieron al cobertizo. Los contados alumnos fueron divididos en varios grupos, según la división á que pertenecían, y entregados á la tutela de sus inspectores correspondientes. Habiéndose ido á comer Mur, los de la primera división quedaron con el Padre Sequeros, su inspector primero. El Padre Sequeros no parecía el mismo que había llegado á Regium tiempo atrás, con el cráneo alto é imperativo, en son de conquista religiosa. Su cabeza, ahora, propendía á la humillación, como si el perseverante yugo de la adversidad la hubiera impreso una actitud sumisa; había enmagrecido y perdido la turgencia juvenil del rostro, bien á causa de una enfermedad, acaso por obra de morales sufrimientos, quizá en virtud de penitencias excesivas; tal vez por las tres cosas juntamente. Manifestábase con esa incertidumbre y timidez constantes de los seres inofensivos que viven en un medio hostil, sometidos á caprichosas vejaciones. Pero, cuando estaba á solas con sus chicos, se afirmaba en sí propio, desentumeciánsele las alas del corazón y comenzaba á esponjarse, á reir, á retozar... La cabeza tornaba, poco á poco, á adquirir noble imperio; los ojos se caldeaban; la voz se hacía tierna y velada; los brazos, larguísimos, según correspondía á su aventajada estatura, se desplegaban como una gran cruz que cobijase la infantil muchedumbre. En esto llegaba el Padre Mur, aquel drope gélido y narigudo. Repentinamente, el Padre Sequeros perdía toda animación, todo fervor, todo entusiasmo; volvía á ser el hombre ahuyentado, receloso, encogido.
El Padre Sequeros paseaba bajo el cobertizo, llevando á sus lados á Bertuco y á Bárcenas, segundón del marquesado del Santo Signo. Coste se entretenía jugando á solas con el balón. El jesuíta apoyaba sus manos en los hombros de los dos niños, atrayéndolos hacia sí al tiempo que les dirigía dulces palabras de afecto y bienvenida, junto con preguntas referentes al empleo del verano.
--Vamos á ver, ¿habéis conservado la devoción al venerable Padre Crisóstomo Riscal?
Los niños asentían tibiamente.
--¿Habéis contribuído á propagar su devoción?
--Yo, la verdad, Padre... como estuve en la aldea y los aldeanos no entienden mucho de eso...--dijo Bertuco.
--Yo, sí, Padre. Mis hermanas, sobre todo Amalia y Enriqueta, son ya muy devotas--aseguró Bárcenas.
--¿Y la Piísima?--interrogó el jesuíta--. ¿La habéis hecho todos los días?
Respondieron que sí. El Padre Sequeros se inclinó á mirarles, con expresión dubitativa y severa. Los niños se ruborizaron, considerando descubierto su embuste. Creían que el Padre Sequeros estaba dotado de sobrenaturales dones adivinatorios, y que no hacía sino mirar á una persona para leer en el más replegado y lóbrego rincón de su pensamiento. Al cabo de unos minutos de silencio, el jesuíta indicó que jugaran un rato, por bien hacer la digestión. Bárcenas fué á empeñarse en singular y desaforado combate con el mofletudo Coste. Bertuco, pretextando cansancio á causa del viaje y del madrugón, continuó paseando con el jesuíta. Eran muy aficionados el uno al otro. El Padre Sequeros gustaba de la riqueza sentimental y avispado juicio del muchacho; le amaba entrañablemente, recelando que había de ser carne de libertinaje y espíritu de impiedad en saliendo al mundo. ¡Pobre almita! ¡Tan sonora! ¡Tan apta para que los dedos capciosos del enemigo malo le arrancasen una música de infernal fascinación! Bertuco, á su vez, amaba al Padre Sequeros con un amor que participaba del respeto que nos inspiran las cosas grandes y misteriosas.
Paseando, Bertuco, en cuantas coyunturas se le presentaban, escudriñaba la fisonomía del amigo y maestro; ahora, con el rabillo del ojo; ahora, franca y descubiertamente, aprovechando que el Padre Sequeros caminaba abstraído. Era patente, en opinión de Bertuco, que el jesuíta recibía á sus alumnos con alegría dolorosa, así como aquel á quien devuelven prendas queridas, las cuales, con la ausencia, han sufrido detrimento y mal daño.
Detuviéronse á mirar cómo caía el agua en los grandes patios de recreación, vacíos y fangosos. Luego, el Padre Sequeros tomó á Bertuco dulcemente por las sienes, elevándole un poco el rostro, de manera que lo podía contemplar á su sabor, como lo hizo.
--Estás más delgado, Bertuco. Y algo pálido. ¿Por qué no levantas los ojos? ¡Ay, Bertuco! ¡Has perdido la pureza: estás en pecado mortal!
--No, padre. Por esta vez se equivoca--. Pero no lograba reirse, como pretendía.
--Calla, calla, Bertuco. No agraves tus faltas con la mentira--. En sus palabras no había acritud, sino infinita amargura.
Comenzaron á llegar los alumnos, lentamente. Los nuevos, de la tercera división, lloraban casi todos. Los antiguos se saludaban y abrazaban, con cierta timidez y encogimiento, como si los tres meses de separación les hubiera extrañado á unos de otros. Á las seis de la tarde estaba el hato completo, en la majada jesuítica.
IV
Las divisiones se encaminaron, en dos filas, á sus respectivas salas de estudio ó _estudios_, á secas, según el estilo vernacular del colegio.
Son los estudios grandes salas, de muros blancos y desguarnecidos; mesas de pino barnizado, cada una con cuatro pupitres ó _cajones_, que así se llaman, los cuales se abren en dos hojas laterales, de suerte que al ser usados no oculten la cabeza del alumno; miran todas las mesas en un sentido, y están repartidas en dos bandas, dejando en el medio angosto pasadizo; dominándolas, se levanta el púlpito del inspector, con acceso de uno y otro lado; en la pared, sobre el púlpito, un doselete y la Inmaculada Concepción.
Se rezó el rosario, se hizo lectura espiritual... Llegó el Padre Eraña, interrumpiendo la lectura, y fué á colocarse en la mesa de cabecera, vuelto hacia la división. El alto cargo que le habían conferido le tenía lleno de inocente orgullo, que se traicionaba en la sonrisa satisfecha y en cierta arrogancia pretendida, incompatible con la desmedrada humanidad del buen Conejo. Era hombre sencillo, de cortísimas luces y su rostro plebeyo. Usaba, como todos sus compañeros, bonete sin borla, de puntas desmesuradas, que á media luz y algo á lo lejos remedaban las erectas orejas de un asno. Se ignora la génesis del remoquete con que era caracterizado el Padre Eraña; veníale ya de Carrión de los Condes.
Conejo paseó su mirada sobre los muchachos; le bailaba siempre en los ojos la alegría de vivir, y ahora con harta razón. Hubo un gran silencio, que el Padre Ministro prolongó adredemente, gozándose en él como en una lisonja. Un hipo descomunal resonó en el estudio.
--¿Quién es el marrano?--preguntó Conejo, aparentando severidad.
Los vecinos del culpable, con esa baja intención característica de la infancia, y que los jesuítas cultivan con mucho esmero, en fuerza de miradas y gestos, lo colocaron en tanta turbación, que ella misma hubo de delatarle. Era Marcialito, hijo del heroico general Pandolfo.
--¿Es esa la educación que te dan en tu casa? ¿Te parece éste sitio para regoldar?--y Conejo fruncía las cejas de una manera tan ridícula, que todos rompieron en una gran carcajada.
Á seguida comenzó el reparto de libros de texto. Los niños pasaban, uno por uno, recogiendo los que le correspondían. Á Bertuco le entregaron la «Psicología, lógica y ética», de Ortí y Lara; la «Geometría», de Rubio, y el segundo de Francés, de Goicoechea. Concluída la distribución, Conejo preguntó quiénes querían inscribirse en las clases de adorno. Bertuco se matriculó en violín y dibujo. Coste, aterrorizado ante el hastío tremebundo de las interminables horas de estudio que tenía por delante, juzgó cómodo expediente solicitar alguna clase de adorno, ya que éstas se seguían hurtando el tiempo al estudio.
--Padre, yo quisiera...
--¡Bravo! El señor Coste quisiera... ¿Qué quisiera el señor Coste?
Un poco cortado ya, el mofletudo Coste continuó:
--Pues yo quisiera tocar algo...
--Pero, hombre, si parece que lo estás tocando siempre...
Carcajada unánime.
--No, si digo... vamos, algún instrumento.
--¿De viento?
--Bueno; tocar algo.
--Ya estás tocando el violón.
Nueva carcajada, sobre la cual salía la voz aguda de Manolo Trinidad, el hipócrita alfeñicado y casi femenino que se pasaba el curso haciendo la pelotilla, adulando y llevando chismes á los Padres. Coste se sentó furioso, y con disimulo hizo señas á Trinidad, dándole á entender que pensaba romperle algo, hacia la cabeza.
Conejo salió del estudio con aire marcial y exagerado contoneo.
El inspector, desde lo alto del púlpito, enderezó breves frases de salutación á los alumnos, y terminó diciéndoles que podían hojear los libros de texto en tanto llegaba la hora de la cena. Levantóse entonces un revuelo sordo, y, á poco, la muchedumbre de cabecitas se inclinaba atentamente sobre el pupitre.
V
Unos pasaban y repasaban con afán las páginas; otros meditaban, la cabeza hundida entre las manos; algunos cayeron dormidos. Había un religioso silencio. El Padre Sequeros derramaba una turbia mirada de misericordia sobre todos ellos; los escrutaba luego con ahinco, como si se esforzase en descifrar vagos enigmas. «¿Qué ha sido de ellos? ¿Qué será de ellos?», se decía. Su destino humano no le inquietaba, sino la eterna solución de aquellas vidas. «¿Cuántos se salvarán? ¿Cuántos se condenarán?» Y le tomaba un temblor de espanto.
La solución de ultratumba no queremos aventurarla. Pero como de esto han corrido muchos años, algo podemos decir del destino terrenal que pesaba ya sobre aquellos cráneos candorosos.
Sumidos en el triste recogimiento del estudio estaban: Luis Felipe Ríos, que había de morir frenético, de parálisis general; Rielas, que había de morir alcohólico; Lezama y Menéndez, á quienes habían de recluir en sendos manicomios; Macías Guarino, su hermano Enrique, Celedonio Pérez, Caztán y Borromeo Gusano, que habían de morir tuberculosos; Manolo Trinidad, que había de llegar á ser bardaje; Forjador, jesuíta, y Ricardín, alcalde de Regium. Nada queremos adelantar de Bertuco y Coste.
Entretanto, el Padre Sequeros seguía planteándose el para él magno problema: «¿Quiénes se salvarán? ¿Quiénes se condenarán?»
Á las ocho menos cuarto asomó por la puerta del estudio el temible morro del Padre Mur, un morro puntiagudo y vibrátil como el de las ratas de alcantarilla. El Padre Sequeros le dejó el púlpito y salió del estudio, á fin de tomar su refección vespertina.
El Padre Mur creyóse también en la obligación de pronunciar unas palabras. Hízolo muy secamente, mirando á los alumnos con manifiesto desdén y agrura. Insistió repetidas veces en lo saludable y provechoso de los castigos para quien los recibe, y, á guisa de epílogo, advirtióles que lamentables benevolencias de otros Padres tendrían necesaria compensación en su justa severidad (la de Mur). Los niños vieron en sus últimas frases una clara alusión al Padre Sequeros, á quien odiaba, y no era preciso ser muy listo para echarlo de ver.
Luego de terminar tan sucinta y rotunda plática, les conminó á que inmediatamente le fueran entregando relojes, monedas, cortaplumas y cualesquiera otros objetos prohibidos, por ser ocasión de distracciones en clases y estudios. Así lo hicieron todos.
Á las ocho comenzó la cena. Á las ocho y media había terminado. Después de una breve oración en la capilla particular, los colegiales subieron al dormitorio, yendo cada cual á guardarse en su respectiva camarilla.
VI
Bertuco fué despojándose pausadamente de sus vestidos. Contempló algún tiempo el camastro, pequeñuelo y blanquísimo, amable ensenada á donde se recogía después de los diurnos afanes, entregando su espíritu en brazos de los ángeles por que lo recreasen con dulces ensueños y anticipaciones de la gloria venidera. Había sido el lecho de su virginal candor; ya no podía volver á serlo. No se atrevía á acostarse, cual si fuese una profanación. Cruzó los brazos y abatió la cabeza. Estábase así cuando el Padre Sequeros le sacó de su ensimismamiento tocándole el hombro con blandura.
--¿Por qué no te acuestas, Bertuco? Vamos, acuéstate.
Obedeció el niño. El jesuíta le acarició la frente.
--Duerme, Bertuco. El Señor sea contigo--. Salió, cerrando por fuera la portezuela.
Bertuco hundió el rostro entre la almohada, solicitando el sueño ahincadamente, por huir de sus propios pensamientos.
Oíase el susurro de la lluvia contra los ventanales y algunos sollozos, saliendo ahogadamente de camarillas remotas.
Bertuco se acordó de que iba ya para dos meses que no hacía sus oraciones antes de dormirse; comenzó á bisbisear sin lograr aplicarse á infundirlas un sentido. Una sola idea se alojaba en su mente, expandiéndose, expandiéndose como si amenazase quebrarle el cráneo. Era la idea de tener que confesarse y descorrer ante un sacerdote el velo de sus pudores mostrándole aquella vergüenza. ¡Tenía ya malicia! El demonio le había iniciado en el gran secreto que rige al mundo.
Se le hacía presente la escena y el supremo minuto en que su infame preceptor le había sugerido inmundas verdades, induciéndole á pecaminosos actos con la hija del jardinero. Bertuco no quería oir; huyó aterrorizado. El seminarista, riéndose, corrió á darle alcance. Luego, había remachado sobre lo ya dicho. Bertuco protestó. ¡No, no podía ser tal monstruosidad! Le asaltó el recuerdo de su madre. «Entonces... mi madre... ¿Y la Virgen?» había suspirado roncamente. Acudió el seminarista con textos de la doctrina, los cuales en el instante adquirieron cabal sentido.
Fué un cataclismo. El edificio de su piedad y fe cayó, y entre la confusión ruinosa corrían los lagartos de los malos pensamientos y deseos, calentándose al sol interno de una lujuria meditativa, creciente, avasalladora, porque lo presunto érale incentivo y alimento. Se retrajo á los parajes esquivos de la aldea y á los rincones apartados de la casa. Su espíritu modelaba en todo punto fantasmagóricas esculturas de carne femenina y rectificaba las formas, aspirando á la realidad desconocida. Bertuco devoraba á las mujeres con ojos ardorosos, imaginando la desnudez plena por las sugestiones que le ofrecían pliegues, caídas y adherencias del ropaje; acechaba una pierna que en fugitivo movimiento se mostrase, un brazo arremangado, la hendedura y suave henchimiento de un descote... Comenzó á dudar de la sabiduría del omnipotente, que había dispuesto para la propagación de la especie acto tan torpe y puerco, y no un arbitrio más decoroso y amable. Sintió repugnancia de sus progenitores y desprecio de sí propio, considerando su bajo y vergonzoso origen. Llegó á mirar con odio á sus semejantes. Cada vez que tropezaba con una madre amamantando al pequeñuelo, con una señora encinta, con un matrimonio, volvía el rostro, asqueándose y reconstruyendo, á pesar suyo, hipotéticas intimidades é inmundas complacencias. Pero todo su ser aspiraba hacia la hembra. Una mano soberana é ígnea le asía por la nuca, lanzándole vertiginosamente al amor. Cayó. ¡Oh, aturdimiento y rabia de los primeros tanteos, en los cuales una ignorancia frenética se ayuntaba con otra ignorancia pasiva, incapaces de consumar el incógnito acto! Rosaura, la hija del jardinero, aquella _rapacina_ pelirroja y tímida, fué la compañera de pecado: era una adolescente informe y glabra aún.
Después, las torturas de ver cómo el curso se le echaba encima, su despego de los deberes religiosos, su horror al tribunal de la penitencia, la aridez y tenebrosidad de corazón...
Y la lluvia batía contra los vidrios. Una voz angustiada hendía la paz del dormitorio: «¡Mamá! ¡Mamá!» De fuera del colegio llegó, apagado y suspirante, un canto campesino:
_Á mí me gusta lo blanco._ _¡Viva lo blanco! ¡Muera lo negro!_ _Á mí me gusta la niña_ _Con zapatitos de terciopelo._
Zapatitos de terciopelo... Jamás los había visto Bertuco. Imaginólos en el acto, á manera de cimientos de una rica hembra desnuda, más rellenica que Rosaura y con penumbrosos recodos en alguna parte. Por evitar la tentación abrió los ojos. La luz era mortecina y amodorrante. Volvió la pupila llorosa hacia las estampas de la cabecera, y con determinada dilección la puso en la imagen de San José, aquel varón manso que había sido puro y sencillo. Incorporóse y besó la florecida vara del santo.
El sereno, con pie inaudible, se acercó á la camarilla de Bertuco, habiendo oído dentro algún rumor. Espió á través de la mirilla y penetró repentinamente en el mechinal, sorprendiendo al niño cuando besaba el cromo. Era el Hermano Mancilla, y habló malhumorado:
--¿Qué te haces, pues, ahí, mastuerso? ¡Ah! Tú, Bertuco, que te eres... Dispensa. ¿Qué majadería es esa? Duérmete, pues, de seguida.
A Maximis Ad Minima
I
Y empezó el curso.
Comenzó á funcionar aquel ingente y delicado mecanismo, cuya operación consiste en tejer la hilaza de la historia humana, de manera que Dios se gloríe de ella en la mayor medida posible, gracias á los hijos de San Ignacio. La infancia, levadura del pan de lo futuro, aportaba abundante é informe materia que bregar en las innumerables y quebradizas ruedas y engranes del maravilloso mecanismo. Comenzó á funcionar; pero marchaba torpemente aún, con rémora y pesadumbre, á causa del desuso é inacción de los meses estivales. Hacíale falta un pronto lubrificante, y ninguno más á propósito que el suavísimo aceite de la _gracia_, del cual son representantes sobre la haz de la tierra los jesuítas, como se sabe, y apercibían ya las aceiteras, desobstruyendo el pitorro, á fin de ablandar toda superficie de frotación.
II
Y empezó el curso.
Comenzó el celo jesuítico á pulir y adestrar á su modo inteligencias infantiles y á enderezar almas al fin de la gloria divina. Los primeros pasos eran difíciles. Las vacaciones habían destruído en gran parte la cauta edificación espiritual de otros cursos. Volvían los niños disipados, tibios, melancólicos, con la frente tostada de sol y libertad, el corazón lleno de añoranza y la voluntad rendida al desmayo. Á las horas de recreación volvían á ser fácilmente los antiguos alumnos; empeñábanse en duras partidas de balón y pelota, ó medían en la maroma el esfuerzo del brazo. Con el afán de la lucha y el entusiasmo del ejercicio, purpúreo el rostro y la mirada tranquila, eran de nuevo criaturas dóciles para quienes el pasado no existe. Pero llegaban á los estudios, á las clases... hundíanse en recogimiento... Entonces, á tiempo que el cansancio iba cediendo y el sofoco de la cara apagándose, el inspector, desde la atalaya de su púlpito, podía observar cómo aquellas pupilas se iban poblando de visiones lejanas y las cejas se fruncían con ahinco, como solicitando más energía y vivacidad en la imagen que se intentaba evocar, y las frentes, pensativas, apoyábanse con desaliento en las palmas, y el mundo--toda su claridad infinita, todo su armonioso bullir y sus sabrosísimos señuelos y sus halagüeñas futilidades--venía á alojarse en las tiernas mentes, y, aunque invisible, estaba allí, allí dentro.
Á los pequeñuelos, á los recién llegados, no era empresa ardua saturarlos presto de espíritu religioso, moviéndolos, á voluntad, por el asa del temor de Dios, cultivado sabiamente con narraciones de interés sumo y tales aciertos trágicos, que las carnes de los chiquitines se estremeciesen y el cuero cabelludo se les erizase. Los pipiolos de la tercera división, la mayor parte de ellos en los albores de la vida consciente, no ofrecían dificultad alguna pedagógica ni de otro linaje. Sus profesores é inspectores eran los Padres de más pobre inteligencia y breve ilustración.
En la segunda división, compuesta de niños de diez á doce años, no era tampoco difícil imbuir la resignación claustral, al propio tiempo que se cercenaban leves reliquias de los pretéritos meses de vacaciones. Al fin y al cabo, eran todos aún almas pasivas y ligeras como la arcilla en manos del alfarero.
El hueso estaba en la primera división. En ella había mozalbetes, había hombrecillos, los más eran púberes ya. Los primeros brotes del carácter, de la personalidad, se levantaban impetuosamente á la vida, en cada individuo. La poda de estas vegetaciones espontáneas no era muy hacedera, antes al contrario, faena de tacto y parsimonia exquisitos. De la forma de realizarla dependía el fruto que, andando el tiempo, habían de rendir aquellos arbolitos en flor. Para alguno de ellos era el último año de invernadero, de plantel, de calor artificioso y de cultivo amañado. Los troncos habían adquirido cierta reciedumbre y fortaleza; aspiraban á explayarse en giros fantásticos, y ya no cedían blandamente á la mano del jardinero que pretendía enderecharlos al cielo, perpendiculares, monótonos y adustos, como cipreses.
Á las horas de estudio eran contadísimos los que estudiaban. Unos, con exterior muy formal y los ojos fijos en el libro de texto, paladeaban memorias, vencidos de nostalgia. No era posible castigarlos, porque guardaban la debida compostura y aparentemente se aplicaban. Otros, aprovechando un descuido del Padre Sequeros, bisbiseaban con los vecinos, ó les transmitían recados escritos, ó hacían telégrafos de señales. Estos, aspirantes al laurel de Apeles, á pretexto de resolver cálculos algebraicos ó delinear figuras geométricas, componían minuciosos dibujos, con escenas de la vida de colegio. Bertuco era el más hábil en las artes del dibujo, así como en la poesía. Porque también había en la división unos cuantos poetas en canuto, que mantenían enconadísima lucha de rivalidades, como si ya fueran literatos hechos y derechos. Con todo, la opinión muchachil, casi en pleno, concedía la supremacía á Bertuco, en lo serio, y á Ricardín Campomanes, en lo jocoso. Entrambos tenían fácil vena; pero el carácter de las musas respectivas era opuesto. Así, con ocasión del santo del Padre Sequeros, uno y otro tañeron la lira. La oda de Bertuco comenzaba de esta suerte:.
¡Santo varón á quien la gracia ungiera por la virtud propicia de Riscal...!
Las estrofas de Campomanes concluían con esta deprecación:
Pido al Padre Sequeros, que es gran petate, nos regale pastillas de chocolate.
También había quienes _enredaban_ en el estudio, sin disimulo ni cautela, especialmente estando presente el Padre Sequeros, cuya tolerancia y benevolencia eran proverbiales; no así en cuanto el odioso Mur asomaba por la puerta del salón la rubicunda nariz, inquisitiva y husmeante, que, en lo más avanzado de su punta, se complicaba manifestando turgente y sanguinolenta verruga. Conejo, desde que era ministro, tenía en jaque también á los alumnos. Inopinadamente y con pie tácito se filtraba en los estudios, y, andando de puntillas, iba de un lado á otro escudriñando lo que se hacía, metiendo el morro por encima del hombro de los chicos, afanoso de sorprender alguna acción punible, más que por castigarla por darse el gustazo de haberla descubierto, por dar á entender que era hombre á quien nadie engañaba, y, á última hora, por mostrarse, magnánimo y perdonar. Envidiaba á Argos, á causa de su centenar de ojos, y aun á la espléndida cola del pavón, á donde, luego de haber sido asesinado por Mercurio, Juno trasladó las cien pupilas metálicas del hijo de Arestor, porque Conejo era también muy fanfarrón, pero perfectamente ingenuo. Tenía, además, el instinto de lo grotesco y apayasado, que ejercitaba en cuanto veía coyuntura, y muchas veces sin haberla. Con su cuerpecillo diminuto y sus zancas exiguas, de manera que las asentaderas levantaban un palmo escaso de la tierra, hubiera llegado á emular la gloria bufa de Little-Tich, el celebrado _clown_, si en lugar de haberse adscrito á la milicia ignaciana hubiera seguido el quebrado derrotero del títere. Sentado, pasaba por persona, porque el cuerpo todo se le volvía torso, si bien le mermaba prestancia la cortedad de los brazos, á modo de fantoche. Sus dotes policíacas, su natural activo y diligente, su ineptitud para la enseñanza y su carácter probo, que le hacía simpático á los alumnos, todas estas circunstancias reunidas habían hecho que el Padre Arostegui, Rector, le nombrase Prefecto de disciplina, ó sea jefe de la jerarquía compuesta de inspectores, profesores é internos. Sobre él, en lo atañedero á la vida de los alumnos, no había otra autoridad de apelación que la del propio Rector. Los chicos llamaban al Padre Prefecto Padre Ministro, impropiamente.
III
El Padre Francisco Xavier Arostegui, Superior ó Rector del Colegio de la Inmaculada, tipificaba con toda netitud y precisión el jesuíta vasco. Su cuna fué Azpeitia. Cenceño, aventajado de estatura, rígido, sobrio ó más bien nulo en el ademán. Constante en un mismo gesto, veíasele por primera vez y para siempre; perdurable y hermético como un destino. Cejiapretado, por donde se adivinaba su tenacidad; la boca muy sutil y contraída, componiendo una expresión en que complacencia y desdén se entremecían confusamente. Fanático, pero con fanatismo sordo y cauto, no con el bélico ardor de los corazones sencillos. Su máxima era el dicho del estratega antiguo: Σπευδε βραδεως, apresúrate lentamente. En palabras tan corto que de seguida quebrantaba locuacidades ajenas. En sus hechos, incógnito. Mandaba raras veces; pero se las componía de suerte que las cosas andaban conformes á su voluntad. Gustábale extremadamente que sus jesuítas vinieran á confiarle chismes y cuentos, unos de otros, si bien se guardaba de agradecerles el servicio ó de inducirles claramente á ello, sino que los alentaba con disimulo y por otros medios, estableciendo, por ejemplo, distinciones y privanzas á favor de los más celosos en las delaciones. Su valido era el Padre Mur, á quien exentaba de no flojos deberes, y lo hubiera hecho Prefecto de disciplina si de su inclinación se guiara; pero se lo impidieron, primero, los cortos años que Mur llevaba en la orden, y, segundo, la odiosidad que este joven jesuíta determinaba en los alumnos, razón ésta muy de pesar, que no va en prestigio de la Compañía que los muchachos se duelan de los maestros, ó que, andando el tiempo, guarden recuerdo esquivo de sus años de internado.
Los jesuítas de Regium, antes que respetarle, temían á su Superior, con ese temor mezcla de angustia que ocasionan las perspectivas vagas y de arcana solución.
Tan sólo tres estaban libres de este sentimiento: el Padre Urgoiti, aquel santo varón para quien no existía la realidad externa; el Padre Atienza, aquel varón santo y desenvuelto, excelente en doctrina y en virtud, en la elocuencia único y el más alto en talentos, que pagaba con desprecio la envidia de sus hermanos y la malquerencia con el alejamiento de su trato. Tampoco puede asegurarse que el Padre Sequeros temiera á su Superior; tan perseguido como el Padre Atienza, pero de ánimo más dúctil, había concluído por replegarse sobre sí propio en una actitud resignada, aguardando á cada minuto el mal cierto que sobre su cerviz había de caer; mas, no medrosamente.
IV
_Children are excellent physiognomists and soon discover their real friends._
Sidney Smith
El Padre Atienza vivía hundido en el misterio de su celda. En ella comía; en ella explicaba su cátedra. Unos chicos aseguraban que lo tenían preso los demás Padres; otros, que estaba así porque le daba la gana; á casi todos asombraba que le hubieran hecho profesor de _Psicología_ aquel curso, coincidiendo con la prisión ó lo que fuese. Le recordaban de otros años, descendiendo á los recreos y mezclándose en las diversiones de los alumnos, regalándoles confites y estampas alemanas, dándoles cariñosos _capones_ y azotainas paternales. ¡Qué gracioso y qué bueno era!
* * * * *
Si se hubiera convocado un plebiscito entre los muchachos, con el fin de averiguar á qué Padre ó Padres preferían en sus cariños, es indubitable que la unanimidad hubiera recaído sobre Atienza y Sequeros. Y eso que los menores no los conocían sino de vista y por referencia. ¿Qué importa? Bien dijo Sidney Smith: «Los niños son excelentes fisonomistas; al punto averiguan quiénes son sus verdaderos amigos».
Más aún: si entre las gentes de Regium y de la provincia se hubiera hecho el propio ensayo que con los alumnos, el resultado hubiera sido idéntico. ¿Por qué? Eso se preguntaban, sin dar con la respuesta, los demás Padres y Hermanos del colegio al observar la muchedumbre de visitas de toda índole que preguntaban por Atienza ó Sequeros, el gran caudal de misas encomendadas con la voluntad expresa de que habían de celebrarlas Sequeros ó Atienza, los continuos requerimientos que de los pueblos venían solicitando un predicador para tal ó cual fiesta, y añadiendo á guisa de _vale_, que se vería con placer fuese Atienza ó Sequeros; las gustosas y abundantes golosinas que las beatas enviaban á sus dos Padres favoritos; y esta caprichosa é insultante preferencia fué la causa, que no otra, de que ninguna visita se realizase, cuándo por estar delicados de salud Atienza y Sequeros, cuándo por estar de oración Sequeros y Atienza; de que sus misas las dijeran siempre en la capilla particular y no en la iglesia pública; de que no volvieran á salir á predicar ni á misiones; de que las golosinas fuesen rechazadas á pretexto de la endeblez estomacal de Atienza y Sequeros, y, en suma, de que, al cabo de un tiempo, tanto Sequeros como Atienza, se hallasen acordonados, desgajados por entero del orbe, como pestíferos ó leprosos. Pasándose el uno de listo y no teniendo el otro nada de tonto, claro está que no ignoraban la traidora labor de aislamiento que sus dulces Hermanos ponían en práctica, sin cejar un momento. Cierto día, á la hora del recreo, halláronse, solos y juntos, paseando Sequeros y Atienza; muy raro en verdad, porque la Providencia quiso siempre que no les faltasen testigos presenciales un solo minuto. Paseaban por el tránsito de las celdas; era unos días antes de comenzar el curso. Atienza, poniéndose de puntillas, como si pretendiera colocarse á la par del gigantesco Sequeros, y procurando solemnizar la voz, dijo:
--¡Estamos solos, Sequeros! ¿Qué te parece?--Primero alargó el morro de una manera cómica, y luego rompió á reir abiertamente, mostrando sus grandes dientes, blancos é iguales. Añadió:--¿Pero ves qué gaznápiros?
Sequeros se encogía de hombros y sacudía la cabeza tristemente.
--Pero hombre, Sequeros, eres un sangre gorda, voto al chápiro. ¡Cómo te han cambiado!... Nunca dices nada...--continuó el impetuoso y vivaz Atienza.
--¿Qué quieres que diga? Es la voluntad de Dios... No me hacen ningún mal. Yo no deseaba otra cosa.
--¡Anda, qué cuerno! Y yo también. Si no, ¿crees que me callaba, canario? Te digo que estaba de madreselvas hasta aquí--poniendo la mano dos cuartas por encima del bonete--. Y luego, mira que son feas. ¡Chápiro, rechápiro!--y reía de nuevo con aquella cara miope que era tesoro de alegría honesta y espejo de hombría de bien.
--Vamos, Atienza...--Sequeros hablaba blandamente, así como si quisiera reprochar á su amigo, sin que en puridad hallase razón para hacerlo--. Cualquiera que te oyera...
--¡Qué cuerno! Ya sabes que yo se las canto al más pintado. Y esto, ¿qué tiene de particular, hombre? Las madreselvas me estomagan.
Oyeron pasos á la espalda. No quisieron volver la cabeza. Sequeros murmuró rápidamente:
--No deseaba otra cosa que dedicarme por entero á mis hijitos.
--Y yo á mis librazos, carape.
El Padre Mur se les emparejó. Atienza volvióse al intruso, y con tono campanudo lo interpeló:
--¿Qué hay, mi querida doña Petra? ¿Cuándo se corta usted esa verruga? Vaya, vaya, Petrita, no te enfurruñes, que por tu bien te lo digo. La verruga te afea bastante.
--¡Qué chanzas, Padre Atienza...! Á su edad...--rezongó muy mohino Mur.
--Pero, Petrita, ¿qué te has creído? Cuando más, te aventajo en ocho ó diez años. Pero, aun cuando fuera en cuarenta, ¿ignoras, Petrita, que es más viejo un burro á los veinte que un hombre á los sesenta?
--Bueno, Padre; ya sé que no soy ningún Séneca, ni tampoco entré en la Compañía para cubrirme de gloria mundana. La tiene usted tomada conmigo y yo le digo que un poco de caridad no le estaría mal. Yo no me defiendo; pero lo que usted hace es impropio de un hijo de la Compañía. Si el Padre Superior entendiera en estas minucias...
--Anda, Petrita, ¡corre á decírselo á tu mamá! Vaya, me voy á mi cuarto por no oir á este joven Catón.
Y se fué con mucho tejemaneje de sotana.
* * * * *
Atienza pasó toda aquella tarde encerrado en su celda, y tan zambullido en la lectura que, cuando la campana sonó para la cena, el jesuíta dió un salto de sorpresa. Estaba en mangas de camisa, con la sotana por la cintura; vistiósela de prisa y se ciñó el fajín. La poca luz que había marchábase raudamente. Desde la ventana de Atienza se avizoraba la compacta espesura del parque de Regium, llamado los Campos Elíseos. Había entonces fiestas en la villa; una banda de música latía bajo las frondas lejanas; era un vals de Strauss. Atienza lo recordaba, y con él sus diez y seis años de niño rico. Apagábanse las últimas brasas del crepúsculo. Los ecos amortiguados del vals venían á hundirse en el silencio del colegio sin alumnos. Atienza llevó el compás sobre los cristales un minuto, maquinalmente: luego, suspiró. Salió, á buen paso, á través de pasadizos y escaleras cargados de penumbra, hasta el refectorio de los Padres. De camino iba tarareando, sin parar mientes en ello, el vals de Strauss; los últimos peldaños los bajó haciendo zapatetas al compás de la música. Llegaba muy cerca del refectorio cuando se acordó de las gafas, olvidadas, entre libracos, en la celda. Volvió á buscarlas, corriendo y saltando inocentemente, como chicuelo á quien dan suelta después de larga reclusión. Llegó al refectorio, muy retrasado. La comunidad sorbía en aquel momento, moviendo fuerte rumor, las últimas cucharadas de un puré de lentejas, y era tal y tan sonora la aplicación de los Padres, que apenas si se oían los amplios y castizos períodos latinos de la «_Historia Societatis Jesu_», _auctore Cæsare Cordara_, que Ocaña, el jesuitilla quisquilloso y guapito, leía, á pleno pulmón y casi congestionado, desde el púlpito.
El Padre Atienza fué á ocupar su sitio, entre el bienaventurado Urgoiti y el valetudinario Avellaneda, el cual, con sus accesos de asma y aquello de babear en el plato, era una tortura para sus vecinos. No lejos, andaba Iturria, procurador del Colegio, con su cara aguda, bermeja y alegre, siempre en alto, y también al disforme apéndice nasal de Mur veíasele vibrar entre el vaho y husmillo de los manjares presuntos.
El Superior recibió á Atienza con una mirada agria que el recipendiario no advirtió, porque el buen apetito que traía le hizo lanzarse vivamente al plato de puré que le presentó el abrutado fámulo Zabalrazcoa. Atienza contempló el lóbrego caldo con deleitación y sorpresa; después, volvióse á sus vecinos, como diciéndoles: ¿qué novedad es ésta? En efecto, era una novedad que á todos tenía asombrados. Como el vapor del hervoroso puré le empañara las gafas, Atienza las levantó hasta la frente, sin desasirlas de las orejas, y dió comienzo á su refección, luego de haberse santiguado y orado en voz baja.
El Padre Anabitarte, que era ministro, esto es, encargado del material y de los Hermanos, conserje y _maître-d’hôtel_ en una pieza, paseaba por el centro del refectorio, con ampuloso aire de hombre de cuya pericia dependen grandes destinos; acuciaba á los fámulos, examinaba las fuentes, en ocasiones penetraba sigilosamente en la cocina próxima, á fin de activar el servicio.
Y he aquí que el Padre Arostegui susurra con su voz de silbo: _Deo gratias_. La comunidad permanece un minuto suspensa y en silencio. ¿Habían oído bien? Ocaña absorbe una gran bocanada de aire y se enjuga el sudor. Arostegui repite: _Deo gratias_. Y todos rompen á hablar á un tiempo. Anabitarte se pasea triunfalmente, mirando á uno y otro lado.
--Pero, hombre--interroga Atienza, que ha ingurgitado ya su puré--, ¿á qué obedece esto? ¿Cómo nos han servido hoy caldo espartano? ¿Por qué han consentido que nuestras lenguas se desaten en dulces palabras?
Una voz corre de mesa en mesa: es el santo del Padre Anabitarte.
--¿Pues qué día es hoy?
--San Nicolás.
--¡Ah, sí! San Nicolás de Tolentino.
Y todos saludan á Anabitarte y le dan mil parabienes.
--Pero, ¿y el caldo espartano?--insiste Atienza, quien, como buen navarro, es tozudo.
Se lo explican. Anabitarte ha estado en Pilares, alojándose en casa del marqués de San Roque Fort, en donde le dieron caldo ó puré, que allí llamaban _consommé_, antes de la cena; era la gran moda.
--¡Ave María Purísima!--exclama Atienza, santiguándose. Y luego á Ocaña, frontero á él y, como él, de buena familia:--¿Tú ves, Ocañita? Estos hermanos nuestros, que vienen directamente de la rusticidad á la Compañía, son tremendos. Luego dirán por ahí afuera que todos los jesuítas son hombres de mundo... ¡Vaya por Dios!
Hay santa alegría y hay vino y un postre más. Anabitarte se ha portado con magnificencia; ha sabido recabar de Arostegui refinamientos sardanapálicos.
--¡Bravamente! ¡Bravamente, Anabitarte!--clama Atienza cuando el ministro pasa cerca--. Nadie lo esperaría de tu reducida cholla.
Ocaña celebra el desparpajo.
--Este Padre Atienza tiene el hablar escita--. Porque, como influido de Atienza, sumo helenista, es él también algo helenizante, recuerda que la libertad de Anacarsis en el decir dió motivo, en Atenas, á la frase _hablar escita_, según aseguran historiadores graves.
Mur y algunos otros reprueban con el gesto la procacidad del Padre Atienza. De chancero, lo convierten en cruel y orgulloso.
Sobrevienen unas chuletas empanadas, fritura en que ha logrado renombre el obeso Hermano Calvo, cocinero. Mas ¡ay!, que las indecorosas chuletas abrigan, bajo la ternura del pan, un seno correoso y de invencible dureza específica. Vanamente y en repetidas ocasiones, el bienhumorado Atienza determina hincarlas el diente con redoblado ahinco, á fin de deglutirlas. Las chuletas manifiestan la pasividad heroica de los mártires de la fe. Atienza traduce su contrariedad en palabras someras:
--Este cocinero se ha empeñado en ponernos suelas de zapato y estragarnos los estómagos.
La voz es suave; pero Mur tuerce la luenga nariz á la parte de Atienza, como si todos sus sentidos radicaran en el olfato.
Conejo, á la diestra del Rector en razón de su nuevo cargo, se refocila discretamente y ensaya tímidas payasadas, que algunos Padres comentan con risas.
Á los postres hay unas copas de Jerez generoso. Se reza la acción de gracias y todos suben al pasillo de las celdas. Se distribuyen en grupos, según sus inclinaciones personales. Comienzan á pasear: los unos, hacia delante, conforme á lógica racional; los otros, de espalda, haciéndoles frente á los anteriores. Es preciso recabar café de la condescendencia del Superior. Un buen golpe de Padres pone cerco á Arostegui; lo envuelven en anfibologías y circunloquios, no atreviéndose á pedir derechamente el café, que los legos ya tienen apercibido.
Landazabal, el deforme, misionero que fué en tierras de América, desviado de la espina en términos que para andar ha de sujetarse las posaderas con entrambas manos, inicia el asalto.
--Veamos, Padre Superior: San Nicolás de Tolentino es un hermoso nombre. Tolentino... Tolentino es asonante de caracolillo, ¿verdad?
--Indudablemente--responde Arostegui, desentendiéndose de la indirecta, por dar vaya á sus amados hijos--. Digo, me parece á mí. ¿Estoy equivocado, Padre Estich?
El dulce Padre Estich, profesor de Retórica, poetastro de la comunidad y tan larguirucho y angosto que, como á doña Madama Roanza, pudiera enterrársele en una lanza, aprueba sonriendo al Superior.
Landazabal toca con el codo á Ocaña y le murmura al oído: «Anda tú, hombre, que á ti te ve bien.» Ocaña acude al paño.
--Caracolillo es una clase de café. Me parece entender que es el que tenemos en el colegio...
--No sé, no sé. Es cosa que no me va ni me viene--exclama el Superior, dilatoriamente, enarcando los ojos.
Landazabal se ensombrece. Piensa para su sotana: «¡Á que nos quedamos hoy sin café!» Da un traspié; recobra el equilibrio afianzándose en las propias nalgas. Se había aficionado extraordinariamente al café en Puerto Rico. Entonces mira con ojos suplicantes á Mur, al favorito. Lo que á él se le niegue no lo consigue ningún otro. Pero Mur no le presta atención. El infeliz y deforme jesuíta pone en libertad un sollozo. Al llegar aquí, Olano se planta de por medio.
--Realmente, hoy ha sido un día muy caluroso. El café tiene la virtud, virtud pagana, llamémosla así, de proporcionar á quien lo toma lo mismo el calor que el refresco apetecido. Creo, Padre Superior, que no incurriríamos en sensualidad si usted nos proporcionase sendos pocillos de esta grata mixtura--. Y luego, volviéndose al Padre Atienza, que cruza á corta distancia:--¡Qué pena que no me hayas oído este párrafo! ¡Me ha salido perfecto!
Á lo cual replica el navarro, garbosamente:
--Lo dudo. Como dice un autor de cuya existencia no han llegado noticias hasta aquí, tienes los retorcimientos de la sibila, pero sin su inspiración.
--Pues vaya que tu lengua no se mueve si no es para herir.
--No seas mameluco, Olano, que nadie trata de herirte.
El Padre Arostegui corta la disputa.
--No haya discordias entre hermanos por tan liviano empeño como es el café ó la elocuencia. ¡Venga el café, si así lo desean!
Y como á un conjuro, surgen el abrutado fámulo Zabalrazcoa y el fámulo Azurmendi, de faz lasciva, conduciendo bandejas con tazas de café.
--¡Ah, ah! Había conspiración...--dice el Rector, como si le tomara de sorpresa.
Esto ocurría un día sí y otro no.
Se trasiega el café con reposada voluptuosidad. El valetudinario Avellaneda toma un sofoco que le pone en trance de expirar. Atienza insinúa que acaso en el café infunden poca de la substancia característica de esta poción y que sin esfuerzo se le pudiera creer agua de fregar. Se reanudan los grupos, hasta terminar el recreo, y la conversación corre más animada que antes. Atienza expone ante sus amigos una alegría ruidosa, que los discretos toman como envoltura de una tristeza disimulada.
--¿Qué tal va esa moral, Ocañita? ¿Estudias mucho? ¡Aprovéchate! Supongo que desearás recibir las órdenes prontamente. Á no ser que quieras hacer lo del Padre Valderrábano... Siete suspensos lleva en Moral, y no hay quien le haga cura. Ahí le tienes, en San José, de Valladolid, explicando Historia Natural; nadie lo mueva. Claro, con esto se ahorra rezos, y cuando quiera salir no está comprometido.
--¡Qué cosas tiene, Padre Atienza...!--Al responder, el joven Padre Ocaña hace señas á Atienza, esforzándose en hacerle entender que Mur los puede oir. Atienza se encoge de hombros.
Á la vuelta siguiente descubren á Mur, en cháchara bajita con el Superior.
--¿Lo ve usted, Padre Atienza? Es usted demasiado bueno y demasiado franco. No quieren entenderle--susurra Ocaña.
--Sí, ya veo á ese mariquita insuflándole chismes al Superior. ¿Á mí qué se me da?
Sonó el toque de retiro. El Padre Atienza tomó el derrotero de su cuarto, dispuesto á hacer el examen de conciencia, cuando, acercándosele el Hermano Ortega, le indicó con gran mansedumbre que el Padre Superior le aguardaba.
--¿Á mí?--preguntó con las cejas arrugadas, estupefacto--. Vamos á ver qué tripa se le ha roto.
El Hermano Ortega no quiso oir lo de la tripa. Atienza llegó á los umbrales del Superior y se detuvo unos segundos, contemplando amorosamente la negra cruz clavada sobre el dintel. Dió con los nudillos en la puerta. Una voz incisiva silbó dentro: _Adelante_. Atienza penetró, llanamente. Sus ojos tenían un resplandor interrogante. El Padre Superior le aguardaba sentado detrás de la mesa. Atienza permaneció en pie, al otro lado, frente á él.
--Le extrañará que le haya llamado á estas horas.
Atienza asintió con la cabeza.
--En realidad de verdad, no tengo queja de usted en materia grave...
--Espero que no, Padre Superior. Bien sabe Dios que me conduzco lo mejor que se me alcanza, y si yerro no será por negligencia, sino por ignorancia. Dígame para qué me llama.
--Yo pienso que es fuera del caso recordarle que al ingresar en la Compañía aspiramos á la perfección. De tal manera, que aquello que fuera de nuestra casa es leve, ó aun indiferente, entre nosotros, indica el germen de un mal que debemos extirpar en seguida.
Atienza se impacientaba. «Este hombre tan seco de palabras--se decía--¿por qué no me pone las cosas claramente?» Y luego, en voz alta y serena:
--Cuanto usted me dice, Padre, es cordura por excelencia. Pero yo quisiera saber para qué me llama.
--¿Y aún me lo pregunta? ¿No tiene nada de qué acusarse?
--De qué acusarme al Superior, nada. Ahora que, como no soy un prodigio, como lo fué San Roque, que ya en mantillas era devoto y no había quien le hiciera mamar los viernes, digo que como yo no soy un prodigio, claro está que tendré muchas cosas de qué acusarme en penitencia, ante Dios. ¿Y quién tira la primera piedra?
--¿Y le parece bien perseguir con cuchufletas de mal gusto y hasta crueldad á un hermano que es la timidez y la inocencia misma? ¿Y le parece bien pregonar á los cuatro vientos que aquí se le mata de hambre? ¿Y le parece bien no encontrar nada que merezca su aprobación ó su respeto dentro de la Compañía, é ir derramando desprecios en torno suyo? Que es usted muy sabio... Peor para usted si lo acompaña de diabólico orgullo. No está mal la ciencia humana, pero siempre arropada en humildad.
Atienza se llevó la mano al pecho. Era la gota que derrama el vaso, la paja precisa que quiebra el espinazo del camello, abrumado bajo la carga. Recogió su energía y con aquella llaneza bondadosa que era su cualidad preponderante, contestó al Padre Arostegui:
--Todo eso son niñadas, Padre Superior. Yo no desprecio á mis hermanos, que los amo muy de veras, y por eso no puedo llevar con bien ciertas cosas. Cuchufletas... ¿Es que yo me ofendo si me las dicen? Usted mismo las califica: _cuchufletas_. No es herir, no enojar, sino reprender levemente bajo la encubierta del regocijo. Nuestros santos, los castizos, han sido siempre alegres y aun mordaces. Luego, lo del orgullo... ¡Anda, morena!
--¿Qué es eso de anda, morena?--El Superior dió un puñetazo en la mesa y se puso en pie--. Y además, ¿qué autoridad tiene para reprender?
Atienza se puso pálido.
--¿Me consiente retirarme, Padre Superior?
--Retírese cuando le plazca. Y no olvide que esto se terminó, se terminó, se terminó. ¿Estamos?
Al día siguiente el Padre Atienza escribió una carta al Provincial, poniendo de claro su propósito de salir de la Compañía.
El negocio era difícil. El Padre Atienza era conocido por sus obras de ciencia en todo el mundo; estaba emparentado con personas nobilísimas y había cebado los tesoros de la Compañía con un peculio de quinientas mil pesetas. ¿Cómo apechugar con el escándalo? Fueron y vinieron cartas. Atienza se ablandaba. Afirmó, en todo momento, que era jesuíta por vocación; pero declaraba al propio tiempo que le era imposible convivir con la mayor parte de sus compañeros. «Permaneceré--escribía al Padre Provincial--en la Compañía, y aun en este colegio, si usted lo juzga necesario, para evitar tantos males de que me habla y que yo alcanzo cumplidamente; pero, ¡por Dios Santo, Padre mío!, déjeseme solo, consiéntaseme permanecer en mi celda sin mezclarme con nadie, á no ser que yo lo juzgue oportuno.» Suplicaba, luego estaba entregado. Concediéronle muy presto lo de vivir en su celda, que allí era menos peligroso. Intentaron rebajarlo haciéndole profesor de «Psicología, Lógica y Ética». ¡Ligera y secundaria labor de _maestrillo_ impuesta á una lumbrera de la orden! Mas él recibió la nueva con alegría y buen humor.
--Me parece que lo haré con más provecho que el pobre Padre Numarte, ese paquidermo filosófico--exclamó.
Por eso vivía recoleto en su cuarto; en él comía; en él daba la clase, y desde él oía, de tarde en tarde, ecos remotos de un vals de Strauss.
* * * * *
Á raíz de confinarse el Padre Atienza en su rincón, ningún jesuíta pensaba que el arrechucho durase largo tiempo. Conocían lo expansivo de su carácter y su locuacidad impenitente. ¿Qué se va á hacer á solas--preguntaban--, sin blanco cerca á donde enderezar las saetas de su malignidad burlona? Contados eran los que se aventuraban á visitarle, por no atraerse la ojeriza del Superior. Pero los días pasaban, y el turbulento navarro no salía de la covacha como no fuera para ir á la biblioteca, de donde volvía cargado de volúmenes. Encerrado en su celda, rey de sus acciones, se encontraba á las mil maravillas y extraía de la caduca amarillez de los libros viejos un goce inenarrable y tranquilo.
Comenzó el curso. Los seis alumnos, que no eran más, de Psicología, Lógica y Ética, subían á su celda á recibir sus enseñanzas, las cuales de ordinario no eran materia relacionada con la asignatura, sino porción de cosas varias y amenas á propósito para robustecer el temperamento antes que para apesadumbrar la inteligencia con noticias inútiles. Se conversaba no pocas veces, en tono familiar, de los asuntos interiores del colegio; se hacían comentarios á las noticias que desde fuera llegaban; se reía y se decían chancetas, y, en resolución, para los niños eran unas horas de cordialidad y saludable frescura. Adoraban al maestro.
Los demás Padres se hallaban muy á gusto sin la enojosa presencia del desenvuelto Atienza. Aun cuando no se ignorase que la reclusión era voluntaria, considerábase como un triunfo del Superior y prueba patente de la habilidad política de Arostegui, porque ésta no es otra cosa que maña y astucia con que se coloca á los demás en ocasión de hacer de grado lo que uno desea que se haga. Claro está que el que más y el que menos, mirando para su fuero interno, se veía como sujeto posible de esa misma habilidad política y por lo tanto juguete de una fuerza muda que nunca daba el rostro claramente, y de aquí la punta de odio, casi siempre vago é inconsciente, que unos jesuítas, los nacidos para ser mandados, sentían contra otros, aquellos que, sin proferir la voz de mando, mandaban de hecho, moviendo sin plan conocido y arcanamente las figuras del retablo. El Padre Arostegui estaba al cabo de este odio latente; pero se le daba un ardite. Como Calígula, él también lo reputaba por señal cierta de su soberanía; ódienme en tanto me teman, _oderint dum metuant_. Aquel temor, arraigado y permanente, porque lo infundía el misterio, era la fuerza de cohesión de la comunidad, y merced á su eficacia Arostegui mantenía organizadas sus huestes con suma disciplina.
Se ha dicho de la Compañía de Jesús _épée dont la poignée est à Rome et la pointe partout_; por lo que se refiere á aquellos parajes en donde radica el Colegio de la Inmaculada, puede asegurarse de la influencia jesuítica que era una espada cuyo puño estaba en la diestra del Padre Arostegui, y su punta donde menos se pensase.
El Padre Arostegui había diferenciado netamente las funciones de cada uno de los confesores y predicadores, de manera que la dirección espiritual de los diferentes poderes sociales fuera de la absoluta incumbencia de la Compañía. Olano corría con las señoras, en general, y con los capellanes de monjas. El Padre Cleto Cueto cultivaba á los políticos de la derecha y, poco á poco, había logrado hacer hijas de confesión á la mayoría de las mujeres de los políticos de las izquierdas, á las cuales tenía muy bien adoctrinadas en punto á la conducta doméstica. También era cargo suyo asistir con alguna frecuencia al Seminario Conciliar de la diócesis, á fin de dar pláticas y visitar asiduamente al señor Obispo, de suerte que no se les fuera de la mano. Era el único Padre que leía periódicos liberales. Á su modo, estaba al tanto de la situación política del país y de algunos de nuestros problemas capitales. Si salía de misión no pronunciaba sermones, sino conferencias para hombres, que se anunciaban como científicas, versaban sobre materias profanas y merecían grandes elogios de la estulticia asinaria de la prensa local. En fuerza de ir y venir, más en aire de conquista que apostólico, había llegado á tomar un continente absolutamente bélico; accionaba levantando en el aire el brazo derecho, cual si blandiese una lanza ó pendón imaginario; se movía pesadamente, como si gravitara sobre su cuerpo la recia armadura de un guerrero medioeval; ante el altar, recordaba aquellos sacerdotes de otras edades que celebraban misa con la espada al cinto y las espuelas calzadas, hasta que León IV prohibió el marcial aparato; tintineaban las vinajeras, y, por instinto, se le miraba al talón, en busca del sonoro acicate. Atienza lo llamaba Pentapolín del arremangado brazo.
El Padre Anabitarte, además de ser ministro, tenía á su cargo la paternal curatela de los bandoleros de levita, salteadores de fortunas y vampiros del tanto por ciento. Para cumplir la misión no se requerían muchos sesos ni fina ductilidad. En este punto, la moral jesuítica ostenta una rara y sapientísima previsión de cuantos artilugios, sonsacas, socaliñas, fraudes y aun saqueos puedan descubrir los hombres con el fin de apropiarse los bienes ajenos á favor de resquebrajaduras legales; estudia los casos de conciencia y los resuelve deliciosamente sin que la restitución sea menester en ninguno de ellos. Un libro hay que es un tesoro. En él Escobar compiló, con orden sumo y en apartados convenientes para la facilidad de la compulsa, la teología moral de los 24 Padres, ó, por mejor decir, soles del firmamento de la Compañía. En el prefacio se hace un cotejo alegórico de este libro y del Apocalipsis. «Jesús--dícese--lo ofrece de esta suerte sellado á los cuatro animales Suárez, Vázquez, Molina y Valencia, ante los 24 jesuítas que simbolizan á los 24 ancianos.» Animales, en un alto sentido místico, se entiende. En esta obra excelente abundan sentencias del más alto valor para la vida. Véase, por ejemplo, la siguiente, del gran Padre Molina: «En conciencia no hay obligación de devolver los bienes que, por frustrar á sus acreedores, otra persona nos haya confiado en custodia.» ¡Con qué expedita holgura, gracias á la ciencia de estos ilustres é iluminados varones, penetra la rapacidad por las puertas del paraíso! La virtud de atar y desatar que Cristo otorgó á sus apóstoles mantúvose como en rudimento y á tientas en la cristiandad hasta tanto que no sobrevino Íñigo de Loyola y reclutó su milicia. ¿Qué nudo gordiano hay que los jesuítas no deshagan con celeste garbo y presteza? ¿Qué lóbrega conciencia que no alumbren? ¿Qué corazón tormentuoso que no apacigüen? ¿Cuántos no les deben fácil fortuna junto con el sosiego del alma? Oid lo que el Reverendo Padre Cellot pone en su libro _De la Jerarquía_: «De uno sabemos que llevando crecidísima suma de dinero á fin de restituirla por orden de su confesor, húbose de detener en la tienda de un librero. Preguntóle qué tenía de nuevo (_num quid novi_), á lo cual el librero le mostró un libro reciente de teología moral, escrito por uno de nuestros Padres. Comenzó el hombre á hojearlo con negligencia y sin pensar en nada, mas fué á caer en un pasaje en donde se estudiaba su propio caso, y allí aprendió que no estaba obligado á restituir. De esta suerte descargóse de la pesadumbre del escrúpulo y permaneció con la del dinero, que no le impidió volver ligeramente á su morada.»
Como Anabitarte era un zote, si los hay, y berroqueño de mollera, el ejemplar en donde había de beber la ciencia penitenciaria concerniente á las restituciones, ó sea extracto de teología moral á través del séptimo mandamiento, estaba subrayado y glosado de puño y letra del Padre Arostegui, y, bien que el latín, tanto de Escobar como de los demás Padres, es fácil, algunas sentencias obscuras ó equívocas tenían al margen la traducción castellana, hecha también por el Superior. De las innumerables glosas, apostillas y connotaciones se deducía paladinamente que la muchedumbre de casos de conciencia cuyo origen es el hurto y el robo, se compendian en esta máxima: _no es necesario restituir_, teniendo siempre en cuenta que el empleo de esta máxima no sea nocivo para el Estado, que entonces no se la permite; _tunc enim non est permittendus_. (Padre Lessius.) De aquí el que los jesuítas, fieles guardadores de verdades peligrosas, no pongan la posesión de ésta en cualesquiera manos, por temor á que gentecillas sandias se dediquen al latrocinio desembozadamente, lo cual perjudicaría sin duda y de modo notable la buena marcha del Estado, y así, sólo á los que hubieran amasado pingüe fortuna se les hace sabedores de la máxima en cuestión, y las razones se le alcanzan á cualquiera persona de buen juicio. La materia era de tan claro simplismo que hasta el propio Anabitarte llegó á dominarla al punto y á ser confesor y consejero íntimo de cuantos banqueros, industriales, comerciantes y prestamistas puercos había en la provincia. Le traían en palmitas, se hacían visitar de él, le alojaban con magnificencia y molicie, y por su intermedio, disimulada en honestos arbitrios, pasaba una comisión prudente á las cajas de la Compañía. Paradisíaco reposo caía sobre aquellos cráneos de rapiña, roídos antes por cuidados sin cuento. No es de extrañar que don Anacarsis Forjador, el viejo é insaciable forajido, dijera frecuentemente de sobremesa á su padre espiritual:
--Padre Anabitarte, no sé cómo hay personas que pueden vivir sin religión.
Y Anabitarte, una mano sobre el abarrotado bandullo, con la otra levantando en alto una copita de benedictino, respondía distraídamente en tanto miraba al trasluz el denso licor de oro:
--No son personas, que son bandidos, don Anacarsis.
--Y por supuesto, Padre, hay ciertas cosas... vamos, que al vulgo... Usted me entiende.
--Hasta un autor profano, don Anacarsis...--Un sorbo--. Hasta un autor profano lo dice--. Otro sorbo--. ¿Cuál es su nombre, don Anacarsis?--Otro sorbo--. ¿Á que se me ha olvidado?--Otro sorbo--. No, no; es Fontenelle. Pues bien, el señor de Fontenelle dice, verá usted: _Si je tenais toutes les vérités dans ma main, je me donnerais bien de garde de l’ouvrir aux hommes_. ¿Me entiende usted?
--Está muy bien, caracho--. Y don Anacarsis se reía, sin entender una sola palabra.
Tampoco Anabitarte lo entendía: se lo había hecho estudiar de memoria, con pronunciación figurada, el Padre Arostegui.
Con esta división tripartita de funciones, encomendadas respectivamente á los RR. PP. Olano, Cleto Cueto y Anabitarte, la resaca latente de la vida regional afluía al Colegio de la Inmaculada Concepción y se soldaba en un vértice ó foco de donde partían á su vez nuevos impulsos, porque dase por entendido que ninguno de los esforzados paladines que componían el triunvirato antedicho disfrutaban de autonomía ó espontaneidad en sus movimientos, sino que obraban en todo caso atentos á la norma circunstancial impuesta por el Superior.
Por eso el puño de la espada estaba en la diestra del Padre Arostegui.
V
Algunos niños refirieron á sus padres en la visita el caso misterioso del Padre Atienza. Del salón de visitas salió la noticia al mundo. Los amigos, admiradores é hijos de confesión del Padre Atienza hacíanse cruces y cábalas, con ocasión de tan insólito suceso; menudeaban los plañidos y las elegías sobre el triste sino del desventurado é ilustre jesuíta; se le comparaba con el Papa, prisionero en el Vaticano, y con el Padre Coloma, de quien se decía sufrir también idéntica adversidad que Atienza; en resolución, la voz corrió prestamente de hogar en hogar y de puebluco en puebluco, por la región.
Un periódico anticaciquil y anticlerical, _El Pulpo_, arremetió contra los jesuítas con inusitada violencia, acusándolos de mantener secuestrado contra su voluntad á un hombre insigne, y sobre todo opulento, que por serlo y no por otra cosa le retenían aherrojado en una celda mefítica, á pan y agua, sin que el infortunado hallara expediente hacedero con que transmitir sus quejas fuera de la clausura. _El Pulpo_ requería á las autoridades, conjurándolas á que averiguaran y dieran fin inmediato al secuestro, _baldón de nuestra hermosa villa_. Recordaba al maestro de obras, Aurrecoechea, que había sumido en el deshonor á una hija de Regium. Y, por último, á vuelta de unas cuantas frases grandilocuentes, venía á llamar á los benditos Padres _milanos_ y _estupradores_.
En vano el insidioso Benavides, director de _La Reconquista_, aquel periódico fundado por el Padre Cleto Cueto á poco de llegar á la localidad, intentó poner en entredicho las burdas ficciones y soeces apóstrofes de _El Pulpo_, asegurando que si el Padre Atienza guardaba un retiro casi absoluto era porque tenía en preparación cierta obra magna y había menester de soledad para darla gloriosa cima. Cundía el escándalo. Los buenos amigos de los jesuítas les aconsejaron que hallaran con urgencia el remedio de estancar tanta y tan grosera maledicencia. El Padre Arostegui recibía á los consejeros sin inmutarse, sin perder aquel gesto peculiar suyo, entre burlón y despectivo, con que acostumbraba á desconcertar á sus interlocutores. El Padre Olano, en un recreo, no pudo menos de exclamar:
--Ese jabato, dondequiera que está, destruye todas las siembras.
Entretanto, el Padre Atienza, de la parte de fuera del revuelo, sin conocerlo ni sospecharlo, continuaba su vida cenobítica y plácida.
Subía una tarde el Padre Ocaña á su celda, después de haber explicado la clase de Geometría, cuando se tropezó con el Padre Mur.
--¡Vaya con Dios!--le dijo, sin ánimo de detenerse.
Mas, el valido del Superior se le plantó delante.
--Á propósito, Padre Ocaña. Cuánto celebro haberme dado con usted á solas. ¿Tiene mucho que hacer? ¿Puede concederme unos minutos? ¿Á dónde iba? ¿Á su celda? Le acompañaré.
Continuaron en silencio hasta la puerta del cuarto.
--Pase, Padre Mur.
--¿Qué más tiene? Entre hermanos...--Y luego, riéndose--: Reliquias de la falsedad del mundo.
--¿Qué quiere, Padre Mur? Cuando no es falsedad, la educación no está mal, ni entre hermanos--. Aquella tarde se encontraban de malas pulgas.
--Bueno, bueno. Agradezco la lección. Sentémonos. ¿No sospecha de qué quiero hablarle?
--No se me ocurre...
--Ya sabe á qué punto ha llegado lo del Padre Atienza. Usted, como todos, estará consternado.
--Lo lamento; pero no me atrevo á cargar á nadie con la culpa.
--No se trata de eso. La Compañía pierde... Y en cuanto á culpa... No digo que la tenga el Padre Atienza...
--Desde luego.
--Claro está; pero... ¿que no gustaba de nuestro trato? Es triste para nosotros... Se mete en su cuarto, y acabado. No se tendría con todos la misma transigencia.
--Dicen que quiso salir de la Compañía.
--¡Bah! No lo creo. Bien. Ya está en su cuarto. Pero eso ¿impide que de vez en cuando salga á dar un paseo por la población? ¿Que se deje ver de las gentes?
--Usted ya sabe que nunca salía de paseo...
--Ahora debe salir. Es preciso aplastar las lenguas envenenadas.
--Acaso él no sepa lo que ocurre. Ningún Padre lo visita. No le digo ninguna novedad; pero temen no ser gratos al Padre Superior.
--¡Dulce Jesús! ¿Por qué? Le aseguro que me maravilla. Siempre creí que era porque no tenía amigos... El Padre Superior, tan bondadoso... Y por usted siente gran afecto, lo sé. Mire, Padre Ocaña, pienso que ganaría mucho en su favor si usted lograra sacar de paseo al Padre Atienza. Hágale ver que es en servicio de Dios, y los males que ya nos ha causado, inocentemente sí, ni que decir tiene. Yo iría, pero... No le soy simpático, ¿á qué me he de engañar? Le convence usted y salen los dos, por la población, claro está. Convendría evitar detenciones con _madreselvas_ y curiosos. Bueno, ¿qué le voy á decir yo á usted? ¿Quedamos en eso, eh? Vaya, adiós.
--Adiós, Padre Mur. Lo haré como usted me lo indica.
Á los pocos minutos estaba el Padre Ocaña en el cuarto del Padre Atienza. Comenzó por referirle la historia del secuestro, del antro mefítico y del ayuno á pan y agua. Atienza se retorcía de risa.
--Pero ¿qué me dices, Ocañuela?
Ocaña continuó puntualizándole ce por be las patrañas y estolideces que se habían urdido.
--Se creían que yo soy un sandio y mal hostalero, un badulaque de tres al cuarto... Ya sabía yo que les iba á salir la burra mal capada...
--Por Dios, Padre Atienza; déjese de burras y... de lo otro. El trance es serio. La Compañía pierde.
--Naturalmente que pierde. ¿Crees tú que gana con otras cosas que se hacen?
--Si no es eso, Padre.
--¿Y yo qué le voy á hacer? ¿Quieres que envíe un comunicado á _La Reconquista_?
--¡Qué chanza!
Le explicó el plan de Mur, dándolo como propio.
--¡Cuerno! Pues tienes razón. El jueves por la tarde salimos, si te parece. Iremos al muelle, á ver el mar. Vamos, lo que más me ofende es que haya papanatas capaces de creer que á mí se me tiene á pan y agua. ¡Se necesitaría mucho ombligo!
Y con esto, se despidieron hasta el jueves.
El día convenido, y como á cosa de las cuatro de la tarde, los dos jesuítas salían del colegio, con rumbo á la villa.
--¿Querrás creer, Ocaña, que estoy nervioso? Bien sabe Dios el sacrificio que hago, porque el salir me revienta sobre toda ponderación.
--Así se lo agradece más. Y se lo agradecemos todos.
--¿Todos?
--Evidente.
--¡Puun! He dado un tropezón. Se me ha olvidado andar.
Entraron por el paseo público del Salvador. Á los veinte pasos mal contados ya tenían una beata delante de las narices.
--¡Ay! ¡Bendito sea Dios! ¿Cómo está, Padre Atienza? ¿Cómo está, santín? Si paez que está gordo y arrecachao...
--¿Pues cómo quiere que esté, doña Ramona, una persona que come bien y no se mueve del sillón, holgando, porque leer no es trabajar?
--Ya me lo parecía á mí. ¿Y los demás Padres?
--Tan gordos y tan arrecachaos, doña Ramona. Quede con Dios.
De que se apartaron de la beata, resolvieron encaminarse al muelle, siguiendo calles extraviadas. El objeto estaba conseguido; doña Ramona sería heraldo incansable y pregonera del buen estado y robustez de Atienza.
Llegados al puerto, avanzaron hasta el malecón más saliente, que en Regium llaman punta de Liquerica. Apoyados de bruces en el alto pretil de caliza, estuviéronse un tiempo con los ojos perdidos sobre el vasto y cantante mar.
--¿Qué te parece de subir al cerro de Santa Delfina? Allí podremos tumbarnos sobre la hierba...
--Muy bien, Padre Atienza.
Treparon á la montañuela, en cuya rocosa raíz yace de una parte el puerto, y más hacia el mar un fuerte. Desde allí dominaban la villa; la masa cuadrada y roja del colegio en las afueras, entre verde veronés de praderías. La villa, con sus casitas cucamente apiñadas, era como rompecabezas de niño; el colegio, una pieza inútil dejada de lado. Más allá del colegio, colinas, boscajes, que alejándose azuleaban; al fondo, una sierra azul; y el cielo, de un azul menos agrio que el serraniego, por encima. Volviendo el rostro, mar, mar... traineras de vuelta al seguro; humaredas tenues de invisibles buques; una gaviota, cerniéndose.
El Padre Atienza suspiraba. Despojóse de la teja y oró en silencio. Ocaña estaba conmovido. No hablaron. De vuelta al colegio, el joven atrevióse á decir:
--Padre Atienza, quiero consultarle. Yo tengo mis escrúpulos.
--Hábleme usted lo que guste, Ocaña. Poco vale mi consejo, mas...--Su voz era grave--. Volveremos rodeando, de manera que nos dé tiempo.
--Sí, Padre; tengo mis escrúpulos. Muchas veces intento recogerme dentro de mí mismo, verme tal como soy y en relación con lo que fuí. ¡Ay, qué tristeza! No veo sino neblina y tinieblas; pienso que es artificio de Satanás. Me parece que no vivo, que soy un tinglado sin alma en donde hacen y deshacen manos invisibles. Es algo así como si yo hubiera sido una esponja que estrujaran, estrujaran hasta echarle todo el jugo y luego la empaparan en un líquido turbio. El jugo es mi infancia, es mi pasado, era mi yo, como dicen los filósofos de ahora, y todo lo he perdido en mis años de noviciado. ¡Ah, el noviciado! Me pregunto: ¿son los caminos de Dios? ¡Las incertidumbres que hube de sufrir en Carrión y luego en Oña...! ¡Las noches de aridez y desconsuelo...! ¡Si viera usted con qué fervor, esto es, con qué crueldad, atormentaba mi carne á disciplinazos, así que el _distributario_ apagaba la luz, como es de rigor! Oía el runrún de mis compañeros, y con el rumor mi brazo adquiría nuevos bríos. Al día siguiente, en los recreos, escuchaba á otros novicios con gran asombro, porque se jactaban de fingir los disciplinazos, que denominaban _guitarreo_. Y éstos precisamente son los que suben y son considerados y objeto de mimo y favor. Me refugié en los libros; estudié el latín, el griego, retórica y humanidades, y más tarde las ciencias y la filosofía de Perrone, con todo ahinco, y no por vanagloria, sino por anularme y quizá con un anhelo confuso de ser útil á la Compañía. Aquí estoy ya, en el magisterio, explicando geometría. Como le he dicho, me contemplo y no me conozco. Imaginé que nosotros, los maestrillos, éramos considerados como personas. No sé si algunos lo serán: yo no lo soy. No sé nada, no veo nada claro, no sé á dónde vamos, ando á tientas, entre zozobras y presentimientos de un no sé qué. ¿Ha de ser así para salvar el alma? ¿Por qué no habíamos de vivir en una fraternidad en donde todas las opiniones tuvieran su voz y todas las almas su peso en los destinos de la orden? Alma... ¡Cuántas veces temí que se me hubiera evaporado, derretido, Dios sabe dónde! Pero, con todo, ciego había de ser para no advertir un singular fenómeno, y es que aquellos de entre nosotros que descuellan, ya sea en ciencia, ya en virtud, se les persigue y acorrala, siendo así que ellos tan sólo dan lustre á la Compañía. He dicho persigue y no está bien, porque la persecución es algo visible, y propiamente no se puede asegurar que se les persiga á usted y á Sequeros, por ejemplo. No es eso. Ya está aquí la niebla, la turbiedad, que es lo que me enajena. ¿Qué seres ocultos conviven con nosotros y lo trastruecan todo á su antojo? ¿Es la voluntad de Dios?
--Es la voluntad de Dios, Ocaña, no lo dude usted. Nada mortal es perfecto; no puede pretenderse que lo sea la Compañía. Sin embargo, por las trazas, hay presunciones y hechos históricos que las fundamentan, de donde puede inferirse lógicamente que Dios ama con predilección á nuestro instituto. Dios no ha echado tantos vicios al mundo á humo de pajas, sino para que se entienda cómo hasta por caminos errados se puede alcanzar un buen fin. Observe que, vicio por vicio, todos ellos traen en pos, entre noventa y nueve malas, una consecuencia provechosa. El vicio de orgullo, por ejemplo, es por naturaleza de tal índole que contribuye como ningún otro á conservar y enaltecer en la consideración ajena tanto á los individuos, como á las comunidades y á los pueblos. Voltaire nos ha acusado á los jesuítas de orgullo, y al orgullo atribuía lo que él juzgó nuestra perdición. Al contrario, el orgullo nos salvó y nos sigue manteniendo en el candelero. El orgullo está repartido entre nuestros miembros á dosis iguales; pero no así los merecimientos en los cuales ha de arraigar y afirmarse; de donde deducirá usted que para justificar el orgullo se requiere, lo primero, dar gran aire y publicidad á quien tenga mérito ó brille con algún prestigio, al Padre A., que es un gran filósofo; al Padre B., que es un gran filólogo; al Padre C., que es un gran novelista; al Padre D., que es hijo de un duque con grandeza; pero, comprenderá usted que si se mantuviese siempre ante el juicio público á estos cuatro ó cinco privilegiados, de manera que fuera sencillo el contraste entre ellos y la masa de jesuítas, lo que ganaban los menos lo perdía con creces, y á riesgo del servicio de Dios, la Compañía, y su orgullo en tal caso sería risible, pues tan breve número de eminencias no es para gloriarse. Por el contrario, apenas se ha pasado la miel del arte, de la ciencia, de la virtud ó del nacimiento por el paladar público, sirviéndose de este ó de aquel Padre á guisa de hisopo, cuando se le retira al proviso de la circulación, de suerte que los de fuera no han tenido respiro para detenerse á pensar que el virtuoso ó el sabio era el padre Tal, sino un jesuíta, _in genere_. Añádase que si por azares de la maledicencia trascienden nuevas de que algunos de nosotros viven obscurecidos, no es raro que se discurra de esta suerte: «Cuando á ese que, según se reconoce de público, vale tanto, lo tratan con desdén y él se lo calla, ¿qué no valdrán los otros?» De donde, por uno que es astrónomo de fuste, todos pasamos por Pitágoras; porque otro escribió una novela mejor ó peor, todos le damos ciento y raya á Balzac y á Dickens; porque éste obró milagros, todos nos tratamos mano á mano con la Santísima Trinidad; porque aquél surgió del vientre de una marquesa, todos somos azules por la sangre, en el trato exquisitos y dechados de cortesanía y sutileza, aun cuando la mayor parte hayan nacido entre breñas en el monte, como terneros; y nos lo tomamos en serio, ya lo creo, como que todo el mundo lo toma. ¿Comprendes qué terrible fuerza es este orgullo? También te digo que si las cosas son así yo juraría que no hay conspiración, ni se hacen deliberadamente. Instinto, puro instinto, y es sorprendente lo certero que va. Yo veo la mano de Dios en esto. ¿No te ha ocurrido á ti descubrir con mayor transparencia á Dios á través de los animalucos y en los elementos naturales, es decir, en todo aquello que obra inconscientemente, que en el hombre? ¡Cuánta armonía! ¡Con cuánta justeza se acoplan causas y efectos! ¡Qué hermosura y bondad! ¿Qué ojos no se mojan, contemplando, ó qué corazón no se enternece? Pues en esas nieblas de que antes me hablabas y por donde vas á tientas, yo veo la mano de Dios. El día de mi tropezón, ya sabes, el santo de Anabitarte, resolví salir de la Compañía... ¡Figúrate! Después vi claro. Jesús quiso iluminarme. Ahora, hablando de otra cosa; lo que pasa con ese pobre Sequeros... Yo lo amo entrañablemente. Ten en cuenta que sumadas la viuda de Zancarro con la Villabella, son no sé cuántos millones. Para eso Sequeros se da un arte... Ya verás cómo, si se presenta otro caso parecido, echamos mano de Sequeros, porque cuando el trance apura no basta el orgullo; entonces, fuerza es servirse del mérito positivo. Pues bien, temo que la razón de Sequeros está en peligro. Su misticismo no me parece cosa natural; hasta incurre en idolatría. No extraño que se le haya alejado de los ministerios...
Caía la noche rápidamente. Entre la penumbra, destacaba anguloso el colegio.
--¿Nos habremos retrasado, Ocaña?
Y ya en el portal, por lo bajo:
--Sé bueno, Ocañita; sé siempre bueno. ¡Ese pobre Sequeros...!
Atravesaron el umbral santiguándose.
VI
_¡El pobre Padre Sequeros hasta incurría en idolatría...!_
Habiéndose separado el joven Ocaña del autorizado Atienza no se le apagaba aquella frase en las mientes, como si continuase oyéndola. De buena gana hubiera acudido á la celda del recluso voluntario en demanda de una aclaración. Con toda prudencia contuvo de momento las solicitaciones de la curiosidad.
Á la noche, en el refectorio, el Padre Superior definió su acostumbrado gesto equívoco resolviéndolo en sonrisa de evidente complacencia enderezada á Ocañita y que todos los Padres le envidiaron. Pero él andaba distraído; le atraía Sequeros, idólatra y loco presunto. Por algo chiflado siempre lo había tenido; pero _idólatra_... Esto era grave.
Leía aquella semana Estich, el ahilado y larguísimo retórico, vocalizando exageradamente de manera que sus oyentes pudieran coger al punto consonancias, asonancias, endecasílabos esporádicos y otros defectos de la prosa, porque frecuentando de continuo las obras satíricas de Valbuena, había caído en la presunción de poseer mucha agudeza crítica. El libro era _Varones ilustres de la Compañía de Jesús_, por el Padre Juan Eusebio Nieremberg. En los intersticios alimenticios, de plato á plato, la atención crecía. Encomiaba Nieremberg á un santísimo varón tan amante de la pobreza, que en los muchos años que vivió en la Compañía no había gastado sino un sombrero. Puntualizaba luego las otras virtudes del bendito Padre. «Era tan recogido que nunca salió de casa.» Y aquí se levantó un bisbiseo de risas, ahogadas tras de la servilleta. ¡Qué candor el de Nieremberg!
--¿De qué se ríen?--preguntó por lo bajo Ocaña á su vecino.
--Calle, hermano; luego se lo diré.
En el recreo de la noche, paseando por el tránsito del piso principal, todo se les volvía acosar á preguntas á Ocaña. Mur lo tomó aparte unos segundos.
--Creo, Padre Ocaña, que no estaría de más repetir otro día la cosa. Segunda salida de don Quijote. La de hoy ha tenido mucho éxito. El Padre Superior está satisfechísimo. No hay sino verle la cara.
Ocaña no quería otra cosa que volver á salir con Atienza; pero, no atreviéndose á tomar la iniciativa, dió gracias á Dios por venir los acontecimientos tan bien encarrilados para su gusto. Pasó el viernes y el sábado impaciente. El domingo á la tarde, así que se alongaron un trecho de la casa, Atienza propuso:
--¿Qué le parece ir hoy hacia la aldea?
--No se lo apruebo, Padre. Aunque la comparación parezca dura, yo no soy más que el gitano, y usted el osezno con argolla en la nariz que yo voy mostrando por las calles para que las gentes admiren su domesticidad.
--¡Cuerno! Tienes mucha razón. Vamos por las calles á divertir á la gente. Pero te advierto que tengo pocas ganas de andar, así es que volveremos pronto al cubil.
--Como usted resuelva. Y ahora voy á preguntarle algo que me importa.
Y le espetó lo de la idolatría.
--¡Voto al chápiro verde! Qué cosas se te ocurren... Idólatra y fetichista, y todo lo que quieras, pero sin herejía, no vayas á imaginar. No des nunca mucha importancia á las palabras gruesas que yo diga. Me explicaré. Quería referirme á la devoción exagerada y absorbente que Sequeros rinde y propaga al Corazón de Jesús, y señaladamente al venerable Padre Crisóstomo Riscal. Sabes que en la Iglesia de Cristo, á partir ya de San Pedro y San Pablo, se manifiestan dos porciones, como las valvas de una concha, una espiritualista y otra materialista. Nuestra Sociedad, no la dudes, trajo nueva substancia á la valva materialista. Atiende á los ejercicios de San Ignacio, á la manera que tiene de hacer intervenir las potencias del alma en la meditación; la composición de lugar, ó sea la materialización del espíritu, es lo primero y es el todo, en rigor, porque de esta suerte, en lugar de elevarnos de golpe, y con evidente riesgo, claro está, á las huecas y cristalinas regiones de lo inefable, permanecemos asidos á lo sensible, á lo tangible y concreto. Y esto es de manera tal, que trabajando el entendimiento sobre cosas casi palpables, en fuerza de imaginarlas atentamente, se inflama la voluntad y se robustece y determina el propósito. Con lo cual no parece sino que San Ignacio se propuso dar un gran sentido práctico á su Compañía, un impulso de acción, y, al propio tiempo, alejar á sus hijos del grave peligro de aletazos inútiles en la abstracción pura, en cuyo vientre vacío han germinado la mayor parte de las herejías y sandeces sin número. Pero, así como se incurre en anatema y error por aletazo de más del lado del espíritu, no se yerra menos revolcándose en la parte material y de cándido sensualismo. Esto es muy delicado. Si el hombre fuera más perfecto y de más firme inteligencia, no dudo que la religión se iría purificando de gran parte del rito y del culto, á lo menos en aquello que no es sino incentivo de la contemplación y vestidura de verdades que desnudas cegarían la flébil razón de las muchedumbres. Dios habló en el Antiguo Testamento con lenguaje apropiado al caletre de quienes le habían de oir; las verdades fundamentales de la creación y la historia milagrosa del pueblo elegido se guardan bajo la suave sombra que, como si fuera tupida ramazón, tiende el estilo, pintoresco, imaginativo, al gusto oriental, sembrado aquí y acullá de ocasionales errores, á los cuales se han agarrado los sabios chirles con ridículo regocijo. ¡Infelices! No comprenden que tenía que ser así... Por eso conviene, más que conviene, es de razón y necesidad distribuir en toda propaganda religiosa un atinado pasto de los sentidos, promoviendo el culto á ciertos idolillos inocentes y adobando la ceremonia con magnificencia, pompa y arte. Nuestra Sociedad, ateniéndose al ejemplo bíblico antes citado, ha hecho derivar la adoración teológica de la Trinidad, de suyo harto metafísica y á propósito para suscitar telarañas bizantinas, hacia la de una trinidad más moderna y de fácil comprensión, la de Jesús, María y José, matematizados, por decirlo así, en la fórmula JMJ. ¿Quién sino nuestra Compañía ha logrado que los Pontífices Pío IX y León XIII elevasen á San José al rango de patrono de la Iglesia católica, por encima de San Pedro y San Pablo? Hay que dar á Dios lo que es de Dios, y al vulgo lo que es del vulgo; pero, aquí de la cautela, del tacto, de la serenidad para mantenerse siempre fuera de esas nimiedades tristemente necesarias y exclusivamente externas, de trámite como quien dice. ¿Me entiendes? Y Sequeros se ha hundido de hoz y coz en ellas. Con toda reserva voy á comunicarte una cosa. No soy partidario del culto al Sagrado Corazón de Jesús, con parecer ello una cosa tan característica de nuestra Sociedad para ojos extraños, como el fajín que ceñimos. No me sorprende que Roma, en un principio, se opusiera á este culto de _latría_. El trueque de corazones entre la Alacoque y Jesucristo me parece una torpe y burda superchería. Sin embargo, nuestro Padre La Colombière y sus cofradías de _cordiocolismo_ se impusieron. Él sabría lo que se hacía. Pero ahora ya no estamos en el siglo XVII. Este culto, puramente simbólico, del amor divino, es de condición tan frágil, en su forma sensible, que las gentes de poco seso al punto lo adulteran, convirtiéndolo en devoción á una víscera, sagrada por haber pertenecido al cuerpo de nuestro Salvador, pero no en mayor grado que otras vísceras de Cristo, porque ¿la ciencia es tan despreciable que vayamos á creer, á estas alturas, que, orgánicamente, el corazón es la residencia de los afectos? Revestir un concepto de carne simbólica es empresa de mucho fuste, como que no se requiere menos que abundar en genialidad poética; y en nuestra Sociedad, en donde relumbran varones conspicuos en muchos órdenes, no ha habido ningún poeta, ni malo ni bueno, porque supongo que no los reputarás por tales á nuestro amado, pero grotesco, Padre Alarcón, y mucho menos á Estich. ¿Eh?
--¡Qué cosas tiene! Siga, siga, aun cuando me sature de confusión; es como si al hambriento le embutiesen manjares recios y amostazados con toda violencia. Pero, siga, siga...
Atienza extrajo de la sotana un gran pañuelo á cuadros, exoneró con estrépito la nariz, carraspeó y se dispuso á continuar su disquisición.
--Te hablo desordenadamente, sin método, y de aquí nace quizá tu confusión. Pero esta confusión es aparente; á medida que tu espíritu trabaje en reposo (bonita paradoja) sobre cuanto te digo, verás cómo cada idea tiende á su justo plano y se superponen adecuadamente formando el pequeño universo de un sistema. Creo que por hoy tenemos bastante...
--No, no. ¿Y Sequeros?
--¡Recuerno! Te he dicho todo lo que tenía que decirte. Sequeros es un alma de cántaro: bueno, bueno, bueno, mejor no puede ser; pero cargado de flato y de visiones á tanta presión, que el peor día estalla. Sí, hijo mío. Ya sabes que en las constituciones de San Ignacio se prohibe que sean admitidos en la Compañía aquellos individuos que propenden al ensueño. ¿Conoces á nadie que propenda más determinadamente que Sequeros? ¿Cuál es la teogonía y teología de Sequeros? ¿De qué manera concibe la región de los bienaventurados? Helo aquí: un puchero rojo, ceñido de una guirnalda de juncos y espinas, coronado por una llama que surge de su seno, del propio modo que de una tortilla al ron...
--¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! Padre Atienza...
--¡Voto al chápiro! Que no hay de qué horrorizarse... No es culpa mía, sino de los malos artistas, como el Hermano Ortega, como el Padre Quevedo, que con sus pecadoras manos han traído á tan baja condición una cosa tan alta. Examina, examina atentamente las imágenes y lienzos devotos que gozamos en este punto. Pues en ellos se inspira Sequeros. Bien. Esta cosa que te he dicho, en el centro y sitio más eminente del cielo. Al lado, su administrador, que es el Padre Crisóstomo Riscal, con la imagen de la cosa en cuestión, grabada en el pecho, sobre la sotana, y del cacharro sale una voz que dice: «Reinaré en España y con más veneración que en otras partes». Luego ya, todo lo que hay en el empíreo, es secundario para Sequeros. Ahora, serénate y atiende. Como Sequeros tiene vehemencia, sinceridad, efusión, y es honesto y buen mozo, comienza á hacer sus propagandas de _cordiocolismo_ y _riscalismo_, y todas las _madreselvas_ se vuelven locas. Es natural. Pero, una vez que ha traído á casa todo lo que tenía que traer, ¿conviene que su fuego apostólico siga propagándose á otras esferas de la sociedad con aquella puerilidad inconsistente que es su característica? ¡Líbrenos Dios! Hasta ahora se nos ha escarnecido, injuriado, perseguido; nunca se ha intentado ponernos en ridículo. Y ¡ay, cuando se abra la brecha! Por eso Sequeros está que ni pintado para los chicos: en casita, sí, en casita...
Aquel día no se dijeron más cosas que importen.
VII
El Profeta
Todos los alumnos creían en la santidad de Sequeros; le consideraban adornado con ese don especialísimo que Dios otorga raras veces: la previsión de los acontecimientos por venir. Era profeta. Los hechos lo tenían suficientemente comprobado. Además sustentaba relaciones íntimas con el mundo suprasensible, espiritual; sabía los minutos cabales que su madre había permanecido en el purgatorio y los siglos que le habían durado; había visto con los ojos del alma, pero tan claramente como con los de la carne, el sitio que le estaba asignado en el cielo, á corta distancia del amadísimo Padre Riscal y de la favorecida Alacoque; había retumbado en sus oídos mortales la voz áspera y fétida de Satanás, á quien había conjurado con el signo de la cruz; y otra porción de prodigios que él mismo refería á los alumnos de la división, á las horas de recreo y en los paseos. De esta suerte les satisfacía la curiosidad con el elixir de lo maravilloso, les aligeraba la voluntad y los conducía por medio del prestigio y del amor. Pero, desgraciadamente, el sol rudo de estío, la holganza y las malas compañías, disipaban los vapores místicos que Sequeros con tanta diligencia alimentaba en las tiernas mentes. ¡Dichosas vacaciones del diablo!... Los niños volvían escépticos, con el corazón empedernido. Y aquel año más que nunca. Sequeros se mostraba atribuladísimo, extremaba sus narraciones milagrosas, quedábase algunos momentos como en arrobo, llevaba la mano al pecho y compungía el rostro, dando á entender horribles dolores y amarguras; suspiraba sonoramente cuando menos se pensase, á lo mejor en el silencio de los estudios, por que no pasase inadvertida su cuita. Á pesar de todo, los niños no entraban por los deberes religiosos, y los pocos que retornaban á las antiguas prácticas devotas parecían hacerlo con frialdad, remolona ó hipócritamente. El primer sábado, á la hora de la confesión, sólo acudieron al santo tribunal cuatro alumnos: Abelardo Macías, aquel muchachete anémico, acosado de alucinaciones y con pretensiones de santidad; Manolito Trinidad, el lánguido hipócrita, desconfianza perdurable de sus camaradas; Casiano López, _bodoque_ de remoquete, candoroso mancebo y objeto de vaya continua por el fútil pretexto de haber rotulado el engendrador de sus días «La costura acerada» á un bazar de calzado, muy boyante, de que era dueño, y Ángel Caztán, el mexicano, de lúbricos labios bozales, tez mate y ojillos codiciosos. Dióse la palmada, en el estudio de la noche. «Salgan los que quieren confesar», dijo el Padre Sequeros. Y se levantaron aquellos cuatro, que, acompañados de Mur, se encaminaron á la celda del confesor elegido. Dijérase que fué una cuchillada que le asestasen al pobre Padre Sequeros: tal se puso de lívido, y con tanta angustia revolvió los ojos en sus órbitas. Algunos niños se sintieron pesarosos y á punto de querer confesarse; pero pudo más en ellos la timidez de evacuar en el seno de un confesor leves torpezas de los amables meses libres.
Las oraciones, al comienzo y final de los estudios, las rezaban contadísimas bocas, y esas como por rutina, con frialdad y voz endeble.
Un día, el Padre Sequeros comenzó como de costumbre:
--En el nombre del Padre, del Hijo, del...
Le siguieron dos ó tres. El resto, de rodillas sobre los bancos, permanecía en distracción absoluta, algunos cruzados de brazos, los más con las manos en los bolsillos del blusón, arrebolados aún por la fatiga del juego. El inspector asegundó, casi adusto:
--En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu...
Santiguábase con mucha solemnidad, dando gran amplitud al movimiento del brazo. Le siguieron los mismos de la primera vez. Hubo un silencio enojoso. El Padre Sequeros comenzó de nuevo, ahora con voz entrecortada:
--En el nombre del Padre...
Y como su ejemplo no fuera eficaz rompió en sollozos, los cuales, á causa del acento fuertemente masculino, eran conmovedores. Abrió los brazos en cruz; la garganta se le henchía, bermeja y congestionada. Los niños le miraban con ojos espantados. Macías se echó á llorar. Bertuco pensó desfallecer. Unos pocos se guiñaban el ojo, burlándose. Coste susurró á Bárcenas:
--¡Está chiflado!
Bárcenas le colocó entre las costillas un codazo que dejó sin sentido al pobre gallego. Y, al fin, espontáneamente, la división entera, aullando con frenética devoción y arrepentimiento, se santiguó.
--¡En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo. Amén!
Sentáronse, dispuestos á sus faenas y con propósito de enmendarse. Sin embargo, á los dos ó tres días el entusiasmo se congeló por entero.
En los paseos, cuando después de romper filas vagaban los niños por algún pradezuelo ó bosque aldeano, el Padre Sequeros solía ensayarles en himnos corales; el de San Ignacio, el del Padre Riscal, que él mismo había compuesto:
¿Quién dió á la España la nueva alegre de los amores del Salvador? Riscal ha sido, que en San Ambrosio del mismo Cristo la recibió.
Este año ¡ay! los cantos eran inútiles; ningún alumno estaba para músicas celestiales. Otro paso de tortura para Sequeros.
El segundo sábado, el número de confesandos subió á seis; número misérrimo.
* * * * *
Esto aconteció un día de Octubre, ceniciento é ingrato. Llovía acerbamente. La noche salió de su escondrijo antes que de costumbre. Los recreos hubieron de ser bajo los cobertizos. Al comenzar el estudio de las cinco y media, la obscuridad lo envolvía ya todo. Los alumnos se hallaban con desgana para el estudio, díscolos é inquietos como nunca, especialmente Ricardín Campomanes, á quien el Padre Sequeros amaba señaladamente, á causa de su inocente condición: era un azogue. Le reprendió varias veces, inútilmente. Del propio modo amonestó á toda la división. La voz se le fué calentando y haciendo conminatoria. Los ojos le despedían flechas de luz; la sangre huyó de sus labios.
--¡Os burláis de Dios; apuñaláis el delicadísimo y amorosísimo Corazón de Jesús, lo apuñaláis, lo apuñaláis con saña, con frenesí, cobardemente...! Habéis cerrado los oídos á sus mansos requerimientos. Le tenéis á vuestro lado y no le queréis ver. Os quiere envolver en misericordia y le rechazáis... Pues bien; ha llegado la hora de la justicia. ¿Os reisteis? Ahora lloraréis. ¿Desdeñasteis? Ahora imploraréis. ¿Fuisteis duros? Ahora os ablandaréis, mal que os pese. La mano de Dios está sobre vuestras cabezas. ¡Ay de vosotros si descarga su justo enojo!
¡Sí, sí! Todo aquello estaba muy bien para las beatas viejas, pero no para aquel vivero de mocetes que se creían ya hombres, de la cabeza á los pies. Macías, Trinidad y otros pocos, manifestábanse consternadísimos. Bertuco estaba serio, reconcentrado. El resto, atendía á la lluvia tanto como al machaqueo terrorífico del inspector. Ricardín andaba atareadísimo en cazar moscas. Había hecho una plaza de toros de papel, con sus toriles, en donde aprisionaba las moscas, habiéndoles mutilado las alas, y luego las sometía á torturas inenarrables, rematándolas á descabello con una pluma de corona. Escuchó vagamente las amenazas del Padre Sequeros, más por frivolidad que por despego. Un moscardón, atontado por el frío, vino á pararse sobre el pupitre de Ricardín. ¡Este sí que es bueno! El niño adelanta la mano, con toda precaución, doblando los dedos en forma de cáscara marina, hasta ponerla próxima al aterido animalucho; la imprimió rápido movimiento transversal, en sentido del moscardón, rasando el pupitre, y ¡oh triunfo! lo aprisionó. Pero ¿en dónde lo guardaba? Se acordó de un alfiletero para barras de lápiz automático que estaba dentro del pupitre. Disimuladamente, con infinitas combinaciones y una mano sola, que la otra guardaba la presa, logró apoderarse del alfiletero sin que el inspector parase en él la atención. El bicho, con el calor de la mano, revivía y se agitaba desesperado; pasó á su nuevo alojamiento sin peripecia digna de mención. Y ya en este punto, Ricardín se aplicó á componer un dístico jocoso, que había de colocar á manera de rabo y banderín en la trasera del moscardón. Cortó una tira de papel y escribió esta singular y enigmática aleluya:
Al fuelle Trinidad le da el azteca un buen pitón de lavativa seca.
Arrolló la tira de papel, aguzándola en un extremo, que hundió en el vientre del bichejo, y lo echó á volar, lleno de orgullo por la hazaña. Siendo el bagaje mucho, el moscardón batió las alas con toda su fuerza, de manera que movía un gran zumbido, el cual hubo de poner alerta al estudio y dar ocasión á risas sofocadas cuando se vió cruzar por el aire la bandera de papel, de insólitas dimensiones. Las traicioneras miradas denunciadoras indicaron en seguida al inspector quién fuese el culpable. Ricardín quedó anonadado. ¡Tan bien como le había salido...! ¡Malditos fuelles!
--Veo que no tienes enmienda, Ricardín. Ponte de rodillas en el centro del estudio.
El niño obedeció. Llevaba el rostro muy compungido. Á los dos minutos ya estaba en cuclillas, revolcándose por el suelo, gateando bajo las mesas, pellizcando á sus amigos en las piernas, hasta que por su mala fortuna llegó á la femenina pantorrilla de Manolo Trinidad, á quien pellizcó de la propia suerte que á los otros; pero fuera por la más aguda sensibilidad de este jovencito, fuera con el malévolo propósito de poner en evidencia al enredador, ello es que Trinidad lanzó un alarido de parturienta, adredemente prolongado durante medio minuto; y justo es decir que la segunda parte del lamento tuvo causa bastante, porque Coste, que había sufrido heroicamente varios pellizcos con retorcimiento por no comprometer á su compañero, viendo que el dulce Trinidad se dolía tan de pronto y con escándalo, no pudo reprimirse, y le aplicó tal pisotón, que á poco le quiebra los huesos de un pie, convirtiéndoselo en pata de palmípedo, y por lo bajo le dijo colérico:
--¡Calla, marica!
El Padre Sequeros levantó los ojos del libro de oraciones en oyendo el alarido. Ricardín salía de debajo de las mesas, corriendo á todo correr, en cuatro patas.
--Esto es ya intolerable. Salga usted del estudio, señor Campomanes.
--¡Si no fué él! ¡Si no fué él!--suspiraba Manolo Trinidad.
Pero Sequeros, á quien desagradaban las artes hipócritas y rastreras de Trinidad, le hizo callar sin más averiguaciones. Coste respiró, y en la primera coyuntura, hundiendo mucho la cabeza en el libro, de modo que aparentaba estar absorto en el estudio, envió á Trinidad estas palabras, lentas y cortantes:
--¡Si dices algo, te saco los hígados; te los saco, fuelle!--Y le lanzaba ojeadas iracundas, sin dejar de tañer el invisible cornetín.
El trueno rebullía sordamente, á lo lejos. Caía la lluvia, emperezada y rumorosa. Bertuco pensaba en su émulo poético, Ricardín, que en aquel momento estaba á la intemperie, en el patio central del colegio, al cual dan los estudios.
Ricardín, entretanto, poseído de zozobra y pavor, no sabía qué hacerse. Ahora se acurrucaba contra el quicio de la puerta, como oveja rezagada que, fuera de la majada, busca el calor del hato; luego corría tiritando, la mano sobre los ojos, por guardarse del flechazo de los relámpagos.
La tormenta rodaba, acercándose. Una vaga desazón invadía el pecho de los niños. La luz de los velones parecía amortiguarse, asustada. Por los resquicios de las contraventanas filtrábase, de vez en vez, la fosforescencia de las exhalaciones, trayendo á la zaga formidables estampidos.
Comenzó el rosario. El primer misterio se rezó de rodillas sobre los bancos; los otros cuatro en el asiento, para volver á arrodillarse en la letanía. Abelardo era el guía; respondían todos fervorosamente.
--Vas spirituale. --Ora pro nobis. --Vas honorabile. --Ora pro nobis. --Vas insigne devotionis. --Ora pro nobis.
El recinto se inflama con una cegadora luz azulina. Horrísono tableteo de cataclismo estremece los muros. Ábrese la puerta violentamente é irrumpe Ricardín, enloquecido, clamoroso, con los brazos abiertos, demudado el rostro, los ojos como cristalizados é insensibles, híspido el cabello; da unos cuantos pasos vacilantes y cae en tierra. Todos los niños gritan, espantados; pegan la frente sobre las losas, y, juzgando que es el fin del mundo, el desatarse de la cólera divina, según había predicho Sequeros, imploran angustiadamente:
--¡Misericordia! ¡Absolución! ¡Absolución!
El jesuíta los bendice. Pasan unos minutos, inacabables, en espera de la segunda sacudida, que ha de hacer añicos y escombros el universo. Mas ya la tormenta huye; los monstruos del estrago braman cada vez más lejos.
Los niños van recobrándose lentamente; se miran unos á otros con extraviada pupila; rezan en voz baja; todos quieren confesarse en el acto. El Padre Sequeros les disuade.
--El sábado próximo lo haréis, y no se os olvide esta lección.
Pero los niños tienen memoria de pájaros. Á los dos días, si se acordaban del medroso paso, era para avergonzarse de tanta pusilanimidad. Le echaban la culpa á Campomanes por haberlos sobresaltado con su aparición súbita y la caída, que lo tomaron por muerto. Y Ricardín contestaba:
--Sí, sí; quisiera yo haberos visto afuera.
Consejo De Pastores
(Celda del Padre Rector. Una pieza cuadrangular, de muros blancos, mates. La puerta que la da acceso desde el tránsito, muy cerca de una esquina. De cabecera al muro de la puerta, la camarilla, cerrada por tabiques cuya altura promedia la de la estancia, y de manera que mata otra esquina y hace un pasillo pequeño y obscuro, en cuyo fondo está la dicha puerta. Una cortina oblitera la entrada de la camarilla. Una mesa; un sillón de enea; un crucifijo en la pared, sobre el sillón; un reclinatorio; un comodín con algunos libros, al pie del ventanal. Todas las celdas son iguales; pero la del Rector caracterízase por cierta desnudez hosca, hermética, que corresponde justamente con el carácter del Padre Arostegui.)
Interlocutores
PADRE RECTOR. PADRE PREFECTO de disciplina. PADRE SEQUEROS. PADRE MUR.
Arostegui
(_Sentado. Los otros tres en pie, frente á él._) Según eso, Padre Sequeros, la disciplina de la primera división... Yo no digo nada.
Sequeros
Deja bastante que desear, reverendo Padre.
Arostegui
¿Explicaciones?
Sequeros
Las conocidas. Los primeros pasos son los más difíciles de dar. Añádase que, siendo los alumnos todos mayorcitos, la obra destructora de estos meses disipados de vacaciones llega muy hondo.
Arostegui
¿Qué dice usted, Padre Prefecto?
Conejo
(_Dando saltitos._) Me parece muy cuerda la observación del Padre Sequeros.
Arostegui
¿Y tú, Mur?
Mur
¿Yo qué voy á decir, reverendo Padre...?
Arostegui
Lo que pienses.
Mur
Estoy poco tiempo con los alumnos: una hora en los estudios y el tiempo de las recreaciones. No sé si atreverme... Desde luego, en principio, lo que dice el Padre Sequeros es acertado; pero eso es precisamente lo que hay que corregir, y sin blandear, inexorablemente. Mi insignificante opinión es que hay tolerancias funestas. ¿Merece tolerancia el error ó la rebeldía?
(_Conejo, algo nerviosillo, interviene._)
Conejo
Claro que no; pero no se trata de eso.
Arostegui
Déjesele hablar.
Mur
No tengo otra cosa que decir, y, por lo que veo, no he acertado.
Arostegui
Padre Sequeros, ¿qué remedio ó medicina...?
Sequeros
Adelantar los ejercicios de San Ignacio este curso. (_Eleva los ojos al cielo._) ¡Oh, santos y divinos ejercicios hechos de luz especial de Dios! ¡El maná guardáis, la médula del Líbano y el granito de mostaza del evangelio!
(_Conejo le mira sorprendido; Mur, con aspereza y despego._)
Arostegui
Bueno, bueno; todo eso ya lo hemos oído muchas veces. (_Sequeros se encoge de pronto, como caracol al cual trincan un cuerno; indudablemente ha pisado en falso al sacar su alma al sol del entusiasmo._) Habíamos dicho que adelantar los ejercicios este curso; bien. Los adelantaremos. Y hasta entonces, ¿qué remedio ó medicina...?
Sequeros
(_Con timidez._) Aumentar la dosis del único que está en mi mano, el que hasta ahora vengo administrando: el amor. Decir tratamiento de amor, es decir tratamiento de indulgencia. Nuestro Padre San Ignacio, en sus _Constituciones_...
Arostegui
(_Frío._) Sí, sí; recomienda la indulgencia; pero es en teología moral, en los ministerios, que en el magisterio y disciplina fué siempre inflexible. ¿Y usted, Padre Prefecto?
Conejo
Sí, sí, la disciplina; una disciplina militar, ¿qué duda tiene? Pero con su cuenta y razón. Lo primero, probar á la división, baquetearla, apretarla las clavijas, de modo que se atemorice y considere lo que se le puede echar encima. Luego, llegada la hora de la sanción... hablo tal como pienso, me inclino al Padre Sequeros, esto es, á la indulgencia. Desde hoy en adelante, y le ruego al Padre Inspector no crea que con esto pretendo desacreditar su conducta, pienso tomar una acción más inmediata sobre la división.
Arostegui
¡Bien, bien! Tú, Mur, ¿qué dices?
Mur
¿Quién soy yo, reverendo Padre?
Arostegui
Pues que te pregunto, señal de que me importa tu opinión y la juzgo de peso.
Mur
Aun cuando mi experiencia es corta, me basta para saber que el hombre es naturalmente malo. Pero ¡qué la experiencia propia! ¿No nos lo dice la sabiduría eterna? El corazón humano es seco, pedregoso, y no lo ablanda si no es el temor de las penas venideras ó el recuerdo de las pasadas, y muchas veces, ni aun eso. Amor... Sí, amor á todo y á todos; es cosa debida. Amor, señaladamente á nuestros santos fines, de los cuales son medios de mucho fuste estas criaturas que se nos encomiendan y en las cuales apuntan ya todos los malos instintos: la sensualidad, el orgullo, la rebeldía; _la rebeldía_. Amor... No en balde la ciencia, que la tradición elabora, afirma: Quien bien te quiere, te hará llorar.
(_Una pausa._)
Arostegui
Procuren la enmienda de la división. (_Salen Sequeros, Eraña y Mur. Conejo piensa_): «Este viborezno no escatima su ponzoña».
PedagogíA Laxa
Rara Avis
El estudio de la tarde era el más pesado; dos horas y media de inacción y recogimiento, desde las cinco y media hasta las ocho, sin otro respiro que la media hora de rosario y lectura espiritual, los cuales solían comenzar á las siete. Terminada la lectura, entraba el Padre Mur á sustituir al Padre Sequeros, promoviendo entre los alumnos cierto malestar medroso. Tras de la aridez del largo día y monótonas faenas de clases y estudios, aquellas dos horas pesaban con abrumadora gravedad. Algunos se dormían sobre los libros, pachorrudamente, contando con que el Padre Sequeros no les había de traer á la vida consciente. Les consentía dormir, que es una manera de guardar compostura, siempre que no roncasen. El pobre Coste estaba incapacitado para este dulce y acomodaticio reparo del tedio, porque, debido á la curiosa configuración de sus carrillos, lo mismo era caer en blando sopor que convertirse en un instrumento que exhalase los sonidos más descompuestos y risibles. Un día ensayó á obturarse la boca con el pañuelo; el remedio le fué fatal, porque si ya en estado de vigilia la exuberancia gaseosa de los intestinos le ponía en feroces aprietos, así que se zambulló en las linfas del sueño, teniendo cegado el desahogo de la boca, las flatulencias de que adolecía se acumularon, buscando otro escape por donde insinuarse libremente, lo cual hicieron con magníficas explosiones. El escándalo fué mayúsculo. Coste despertó, rojo hasta el blanco de los ojos, bien á causa de la vergüenza en que su flaco le puso, bien porque anduviese á punto de ahogarse, faltándole la respiración. Las manifestaciones de sonoridad que caracterizaban á Coste eran de ordinario bastante inoportunas. Por ejemplo, rezábase un día el rosario. Iba conduciéndolo Trinidad, con su voz de contrahecha devoción. Terminada la letanía se llegó á las oraciones finales, que se rezan en silencio.
--Un Credo al sacratísimo Corazón de Jesús.
Y todos oraban en voz baja.
--Una Salve al sacratísimo Corazón de María.
Reanudóse el silencio, y cuando más grave y profundo era, retumba un bárbaro estampido que se alonga un trecho, cantante y juguetón. Las válvulas de Coste se habían relajado bajo la presión desesperada de una espantosa procela visceral. Todos rompieron á reir, inhábiles para mantenerse en piadosa actitud. El Padre Sequeros se mostró entristecido por el desacato, pero no amonestó á Coste, ni le impuso pena ninguna. Era su procedimiento. Decía á los alumnos: «Cada falta que cometéis es una puñalada que me dais. Compadeceos de mí». Y como en su rostro transparecía paladinamente el dolor, los niños le conmiseraban é iban absteniéndose poco á poco de pecar.
El disparo de Coste se propagó en ecos numerosos, algunos de los cuales fueron á repercutir en el oído de Conejo y también de Mur: ecos físicos, no, ciertamente, que á tanto no llegaba el aliento de Coste, con ser estentóreo, sino ecos morales, soplos supletorios de los _fuelles_. (Llámase _fuelle_, en la vida de colegio, á los chismosos, acusones, correveidiles, etc., etc.) Coste sospechó, en primer término, de Trinidad, que era el _fuelle_ más acreditado en la ínsula.
--¡Vaya, hom, vaya!--le rugió, torvamente--. No es mal oficio el tuyo: llevar en la boca las ventosidades que yo suelto. ¿Qué tal sabía? He de pagarte el servicio, no te creas; he de pagártelo, y bien--. Los carrillos, con la cólera acumulada, se le expandían, amenazando desgarrarse.
Ricardín Campomanes, que andaba por los alrededores del frenético gallego, se le acercó.
--Vamos á ver, Coste: ¿por qué no pruebas á ahogarlos?
--¡Ay, no, no!--suspiró Manolo Trinidad, dengueando de tal manera, que no daba paz al trasero--. ¿Quieres que nos mate por asfixia?
--¡Ay, hijo! Pues no sabes los que te has tragado, porque todos los días ahogo más de dos docenas.
--De todas suertes, el otro día no has sido oportuno.
--Otro día lo seré más, Campomanes.
Cumplió su palabra, en plazo brevísimo. Pronunciaba Conejo su acostumbrada plática hebdomadaria en el estudio de la primera división. Era un comentario á las palabras evangélicas: «Más fácil es que pase un camello por el ojo de una aguja, que no un rico por las puertas del Cielo.» Conejo, esforzándose en dar plasticidad al estilo, menudeaba las comparaciones pintorescas y hasta cómicas. Los niños le seguían atentamente.
--Porque ¿me queréis decir--gritaba--de qué le sirve al rico su riqueza cuando le llegue la hora de su último juicio? Le servirá para ir al infierno en coche, ó si queréis en tren especial, ó si queréis en una bala de cañón.
¡POM! Coste había sido el artillero. La propiedad onomatopéyica del estallido fué tan acendrada, que á todos dejó maravillados y suspensos durante un minuto, después del cual se siguió un desenfreno de risotadas, justa ovación á la maestría de Coste. El mismo Conejo anduvo á pique de soltar el trapo. Por el momento no dijo nada, guardándolo para mejor coyuntura; más que otra cosa experimentaba cierta envidia, como de todos aquellos que movían la risa ajena con simplicidad de medios. ¡Lástima que la austeridad de la sotana no le consintiese las mismas expansiones!
* * * * *
El Padre Sequeros contaba para sus fines con la tierna coacción que la Naturaleza ejerce sobre las almas, constriñéndolas, por decirlo así, á meditativa seriedad y grave melancolía. Conociendo los parajes más apacibles, insinuantes y hermosos de las aldeas circunvecinas, los elegía para los paseos de la división, jueves y domingos, y según la sazón del tiempo y circunstancias del sitio, narraba historias de piedad, edificantes ejemplos que ajustasen en el fondo, en el ambiente.
--¿Veis ese puente? Es un puente romano.
--Parece un dromedario con gualdrapas de seda verde--habló Bertuco.
--Ya salió éste con sus metáforas--interpuso Campomanes, avinagrado--. Deja que cuente el Padre Sequeros.
Estaban en una pradera, al margen de un remanso y no lejos de un puente en ruinas, de giboso lomo, vestido de hiedra.
--Sentémonos--. El jesuíta se acomodó al pie de un roble, y en tanto algunos niños retozaban, otros se asentaban á la redonda del inspector, apelmazándose por mejor oirle.--Pues hay un puente en Francia, entre otros muchos puentes, no vayáis á creer. Pero este puente, que se llama el de Saint-Cloud, es un puente que... ¿á qué no averiguáis quién lo hizo? Pues lo hizo el diablo. Es lo cierto que el maestro de obras se veía negro para concluirlo, porque, según parece, sus planos no estaban bien y no había forma de darle remate. Se hundió varias veces y hubo que comenzarlo de nuevo. En esto que se le aparece un personaje embozado al maestro de obras. Comenzaba la noche. «Señor Dubois--porque se llamaba así el maestro--, yo soy Satanás.» «Muy señor mío.» «Yo te hago el puente.» «No caerá esa breva.» «Te lo hago; pero...» «Sepamos el pero.» «Con una condición, y es que lo primero que pase, persona ó cosa, sea para mí. Tú has de apoderarte de ello y hacerme entrega. ¿Hace?» «Ya lo creo que hace.» Conque, tiqui, taca, tiqui, taca, el puente crecía asombrosamente por arte de Satanás. El maestro, que era un galopín, pero temeroso de Dios, escápase á su casa y habla al oído á su mujer. Cuando amanecía, el puente estaba ya concluído. «Ya sabes: lo prometido es deuda.» «Sí, señor Satanás. Esperemos.» Pasado un momento, dice el maestro: «Por allí me parece que viene algo.» ¿Y sabéis lo que era? El gato del maestro. Este lo cogió por el rabo y se lo dió al demonio, el cual huyó avergonzado y confuso.
--¡Bah!--advirtió Bertuco--. Ese es un cuento de niños.
Los oyentes no ocultaban su decepción. El Padre Sequeros proseguía:
--¡De niños...! ¿Y qué sois vosotros, por ventura? ¿No os hablo á todas horas de cosas serias, de asuntos que interesan á la salvación de vuestra alma? ¿Qué hacéis, entonces? También suponéis que son cosas de niños. Pues bueno; yo os cuento cosas de niños por ver si lo tomáis en serio.
Oíase acaso el ruido profuso de las aves, alguna esquila trémula, voces campesinas; veíase el remanso sorbiendo en su dormida transparencia toda la serenidad del cielo. Los niños inclinaban la frente; la magistral circunspección del campo cohibía la frivolidad de aquellos espíritus en flor. Sequeros sabía colegir muy bien de la hondura de la mirada cuándo las almitas se agrietaban en surcos, anhelando la semilla. Y en aquel punto comenzaba á caer de sus labios la mansedumbre del milagro y la luz de la leyenda.
Ante la tersura diamantina del remanso, evocábase el prodigio de San Blas, San Jacinto y San Francisco de Asís, caminando con paso leve y pie enjuto sobre las aguas.
Llovía de pronto; la prole muchachil abrigábase bajo la ramazón de los poblados robles y aprendía cómo un águila, abiertas las alas luengas, cobijaba contra el azote de la lluvia á San Medardo.
Presumíase en el horizonte una tormenta; y era la historia de San Sátiro, hermano de San Ambrosio, que en lo más recio de un naufragio átase la hostia consagrada al brazo, con un lienzo, arrójase al mar y logra salvarse. O de San Maló, que celebra su misa sobre el lomo de una ballena que tomó por isla.
Vense unos mulos paciendo sobre un oteruelo; y es el peregrino milagro de San Antonio de Padua, el cual, por convencer á un incrédulo, presenta la hostia á un mulo; húndese el animal de rodillas y baja la cabeza en señal de adoración.
Y cuando el Poniente se inflama y arroja incandescentes saetazos que pasan de claro á las nubecillas, sellándolas con cifras y rasgos de lumbre, es la hora de reverenciar en el recuerdo á los favorecidos con estigmas, á las almas exaltadas de pasión divina cuyo premio fué la sabrosísima herida en la carne mortal, maravillosa correspondencia de las llagas del Salvador; Francisco de Asís, Benito de Reggio, Carlos de Sazzia, Nicolás de Rábena, Catalina de Sena, Magdalena de Pazzi, Angela de la Pace, Stephana Quinzani, Rosa Tamisier. Luego eran las delicadas mercedes y amantes finezas de Jesús con sus elegidos. Santa Catalina, recitando el _miserere_, llega al versículo: _cor mundum crea in me, Deus_. Repítelo la santa casi desfallecida, implorando al esposo. En esto aparécesele Jesús, vestido de resplandores, y con amorosa ternura le saca el corazón. Tres días permanece sin él la santa. Al tercero, Jesús la ofrece otro, purísimo, diciendo: «Hija mía Catalina: porque seas enteramente limpia á mis ojos te doy un corazón nuevo.» Y durante toda su vida conserva la cicatriz en el costado. O el trance sublime y conmovedor de María Alacoque, permutando el corazón con Jesús, quien formaliza el cambio por medio de un documento que él mismo dicta: «Te constituyo heredera de mi corazón y de todos sus tesoros para la eternidad. Te prometo que no te faltará ayuda, como á mí no me falte poder. Serás siempre la preferida: juguete y holocausto de mi corazón.» O también, el suavísimo regalo que nuestro Redentor hizo al venerable Riscal. Paseábase por los tránsitos del convento de San Ambrosio, en Valladolid, cuando he aquí que se encuentra con un niño de extraordinaria hermosura. «¿Cómo te llamas?» «Yo, Jesús de Crisóstomo. ¿Y tú?» «Yo, Crisóstomo de Jesús.»
Volvían al colegio con el crepúsculo vespertino. Del monte, de la colina, del árbol, bajaban sombras caprichosas. De los matorrales nacían vocecillas inquietantes. Era el momento de hablar de las trazas, ardides y encarnaciones de que Lucifer se sirve para tentar al justo ó castigar al impío; gústale preferentemente tomar la forma del cerdo, también la de la cabra, y en alguna ocasión se presentó de entrambas maneras en las camarillas de los alumnos, habiendo uno en pecado mortal. Los niños, que en otras circunstancias se hubieran reído de la estúpida fantasía de un diablo que elige al cerdo por ornamento y apariencia carnal, transidos por el misterio del campo y de la noche, se estremecían y buscaban mutuo amparo, apretujándose.
--También--dijo Coste cierta vez--se aparece el diablo en forma de león; pero cuando se le coloca un gallo delante, desaparece.
--Calla, Coste, que esas son supersticiones necias.
--No, Padre Sequeros; por allí, dícenlo. Y hay muchos que lo vieron.
Los de las primeras ternas se detuvieron de súbito.
--¿Por qué no avanzan esos?--preguntó Sequeros.
Los niños callaban. Por el camino y en dirección opuesta se deslizaba un indeciso fantasma blanquinoso, en compañía de un bulto negro. Los más medrosos hicieron la señal de la cruz. El Padre Sequeros los animó.
--Es gente que vuelve á sus casas. Adelante. ¿Qué miedo es este?
Y á poco, Ricardín Campomanes, que era un lince:
--Anda, si es Villamor, el ingeniero, y Ruth, su mujer.
--¡Vaya unas horas de pasear!--manifestó Sequeros.
--Por eso no los habíamos visto aún este curso--habló Bertuco.
--_Rara avis_--añadió el jesuíta--. Ave rara, de insuperable belleza; su alma tiene que ser bellísima también. ¡Se convertirá, se convertirá! Es mi profecía.
Era, en efecto, la profecía del Padre Sequeros; su realización se alargaba bastante.
Ruth era inglesa. Decíase que judía ó protestante. Lo cierto es que vivía fuera de la Iglesia Romana. No sustentaba relaciones amistosas con las damas de Regium. Acostumbraba salir de paseo por las afueras, del brazo de su esposo, un individuo rechoncho y de aspecto vulgar, ingeniero en las obras del puerto. Á veces iban también dos niños, varón y hembra, rubios como su madre, gentilísimos. Los alumnos del colegio encontraban al paso con frecuencia á Villamor y á Ruth. La primera vez que la vió Sequeros había dicho, como ahora:
--_Rara avis._
La PedagogíA De Conejo
La pedagogía de Conejo era simplicísima. El perilustre Prefecto de disciplina aplicaba al gobierno de los alumnos lo que San Ignacio en sus Constituciones aconsejó para el buen gobierno de la Compañía, esto es, adiestramiento militarista del carácter y de la sensibilidad; sustituir con el principio de la jerarquía militar el de igualdad, y con el de obediencia militar el de fraternidad; obediencia absoluta, _perinde ac cadaver_. Pero, como al propio tiempo era tan inclinado á payasear y dar que reir á los alumnos, resultaba que la autoridad que ganaba con sus ejercicios cuartelarios la perdía en los pasillos cómicos.
En cuanto á lo primero, decidió Conejo,
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