Amor y llanto
María del Pilar Sinués de Marco
Nota De TranscripcióN
* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos.
* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
* La puntuación también ha sido modernizada en algunos lugares.
* Se han introducido rayas en los diálogos —separadas del texto adyacente según los usos ortotipográficos actuales en castellano— para que sea más fácil distinguir lo dicho de quienes lo dicen.
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* Las páginas en blanco han sido eliminadas.
ColeccióN De Autores EspañOles.
Tomo XXI
Amor Y Llanto.
ColeccióN De Leyendas HistóRicas Originales
De MaríA Del Pilar SinuéS De Marco.
[Ilustración]
Leipzig F. A. Brockhaus — 1883.
íNdice
La Corona De Sangre
Pág.
I.—La Familia Real De Asturias Y Galicia 3
II.—Esposo, Hermano Y Verdugo 9
III.—Los Amores De Don Fruela 12
IV.—Una Santa Y Un áNgel 16
V.—La Mujer Fuerte 20
VI.—Una Mujer Sin CorazóN 24
VII.—áNgel De Luz Y áNgel De Tinieblas 30
VIII.—La Sangre En La Frente 36
IX.—La VíCtima 40
X.—La Ermita 44
XI.—La AgoníA 46
XII.—El Vengador 51
XIII.—Quien A Hierro Mata, A Hierro Muere 56
XIV.—La Loca 59
La Diadema De Perlas
Parte Primera
Los Bastardos De Alonso Onceno 63
Parte Segunda
El MáRtir Del CorazóN 97
Luz De Luna
I.—Tristeza 141
II.—El Paje De La Reina 147
III.—La Corte De Enrique IV 150
IV.—Amor 155
V.—La Entrada De Villena 159
VI.—El Trono Y El Honor 164
VII.—¡Castilla Por Don Enrique! 168
VIII.—Los Lunas 171
IX.—El Sacrificio 173
La Princesa De Los Caspios
I.—Hermione 177
II.—Dolores Sin Consuelo 185
III.—El Regicida 189
IV.—El PuñAl De EstratóN 194
V.—Justicia De Alejandro El Grande 197
VI.—El Campamento 207
La Hermana De VeláZquez
I.—La Velada De San Juan 213
II.—Amor De Artista 218
III.—El Ruego De Una Madre 223
IV.—La HidalguíA EspañOla 227
V.—Rey De Nombre Y Rey De Hecho 230
VI.—Isabel De BorbóN 235
VII.—El Rapto 239
VIII.—Juan De Pareja 244
IX.—El Embajador 247
X.—Ana 252
XI.—El Retrato De La Reina 260
XII.—El Taller 263
XIII.—El Esclavo 269
XIV.—La Cruz De Santiago 272
XV.—áNgel Y MáRtir 276
XVI.—La Doble Tumba 285
La Corona De Sangre
I
La Familia Real De Asturias Y Galicia
En una de esas tranquilas y apacibles tardes de primavera, tan bellísimas bajo el templado clima de Asturias, dos personas de diferente sexo, pero ambas jóvenes y hermosas, se encontraban en una sala octógona del castillo real de Pravia; tres enormes ventanas, abiertas de par en par, daban luz al aposento, que ostentaba por todo mueblaje algunos sitiales góticos, mezclados con taburetes groseros y oscuros, y una mesa bastante baja y cubierta de un tapete de lana roja, en el cual estaban bordadas en seda las armas reales de los reyes de Asturias y Galicia.
Las paredes, de maciza encina, veíanse decoradas con estandartes godos que formaban trofeos, confundidos y enlazados con alfanjes damasquinos, capacetes árabes y banderas desgarradas de los hijos de Islam: aquellos objetos habían sido arrancados sin duda a los árabes por los reyes montañeses que, desde Pelayo, habían vivido en aquel rincón de Asturias con los destrozados restos del imperio godo.
El aspecto del salón era pobre, severo, sombrío; solo la hermosa y diáfana luz de aquella alegre tarde de abril podía disipar un tanto la melancolía que en él se advertía.
A través de las ventanas se divisaban los cuadrados torreones del monasterio de San Salvador, y las peladas rocas que constituían en aquella época los únicos caminos de Asturias.
Era el siglo VIII y reinaba Fruela I, hijo de Alfonso el Católico, en aquel estrecho y olvidado pedazo del fecundo y hermoso reino de España, a la sazón ocupado casi todo por los árabes.
Una de las dos personas que se hallaban en el aposento que hemos descrito, era una joven, la cual estaba sentada y silenciosa junto a la mesa situada en el fondo de él: ocupaba un alto sitial, tallado, y su blanca y preciosa mano sostenía su frente serena como la de una niña.
Podría tener dieciséis años, y su talla gallarda y esbelta presentaba de lleno el magnífico tipo de la dama goda: su tez blanca y purísima era pálida y transparente; sus ojos azules, rasgados y brillantes, pero melancólicos; su cabellera copiosa, abundante y dorada; su boca rosada como un pimpollo a medio abrir; su nariz recta y delicada; su seno alto y turgente, y su talle esbelto y flexible.
Vestía un brial de lana azul, fino como la seda, de mangas flotantes y cuadrado escote, que dejaba ver una camiseta de blanquísimo lienzo, plegada en su cuello y sujeta con un broche de zafiros; cubría a medias su cabeza una pequeña toca de lienzo, blanca también, que no impedía contemplar cuatro largas, anchas y riquísimas trenzas rubias que se replegaban en el asiento del sitial.
Paseándose lenta y sombríamente por la estancia estaba un mancebo, que aparentaba cuatro o cinco años más que la joven: su belleza era superior a todo encarecimiento, aunque de un género opuesto a la de su compañera; sin embargo, era mucho más hermoso, y mi pluma intentaría en vano pintar sus fogosos y negros ojos, extrañamente grandes, su frente tersa y despejada y sus facciones todas de una perfección y encanto indescriptibles: era uno de esos seres que no se pueden definir, y que es preciso ver para comprender hasta dónde puede Dios hacer hermosa a una criatura humana.
Llevaba una túnica de lana blanca, de pliegues flotantes, ceñida a su esbelto talle con un cinturón de cuero oscuro que sostenía una pequeña daga; unas calzas de lana rojas descubrían las puras y juveniles formas de su pierna, y su cabellera, cortada en redondo a la altura de sus hombros, formaba cerquillo en la frente y bajaba en copiosas ondas oscuras, lucientes y ensortijadas.
Ambos personajes guardaban silencio: la joven, inmóvil, con la diestra en la frente y la mirada perdida, asemejábase a la estatua de la tristeza; el mancebo interrumpía su paseo de vez en cuando deteniéndose en frente de una de las ventanas: entonces sus ojos se fijaban en una inmensa mole de piedra, de las que en aquella época se llamaban _castillos roqueños_ por estar edificados en la cumbre de una roca; la fisonomía del joven se oscurecía terriblemente, y al propio tiempo cerraba este los puños como dominado por un violento furor.
Diríase, sin embargo, que la cólera no podía marcarse durante largo espacio en aquel hermoso y benigno semblante, porque la expresión violenta, que por breves instantes le desfiguraba, desaparecía poco a poco para dar lugar a otra profundamente dolorosa.
La joven fue la primera que salió de sus meditaciones; contempló un momento al mancebo pintándose en su rostro un sentimiento vivísimo de amor y de piedad, y luego, dejando su asiento, fue lentamente a colocarse junto a él y apoyó suavemente en su hombro una de sus manos.
—Bimarano —dijo—, sosiégate; tu sufrimiento desgarra mi corazón... ten esperanza... ¿quién sabe?
—¡Esperanza! —repitió el mancebo cubriéndose el semblante con las manos—, ¡esperanza!... ¡oh, Adosinda! ninguna tengo ya...
—¡Acuérdate, hermano —repuso la doncella con acento digno—, acuérdate de que eres hijo de Alfonso el Católico, de que corre por tus venas sangre real!
—¿Acaso piensas, Adosinda —interrogó Bimarano—, acaso piensas que me olvido yo de todo eso? ¿Crees que el hijo del gran Alfonso puede olvidar nunca que es un príncipe real? ¿Piensas que se apartan de su memoria un solo instante los ejemplos de fortaleza que le dio su noble padre? ¡Ah, no! ¿Qué sería de mí si hubiera perdido el sentimiento de mi dignidad?
—Pues entonces, Bimarano, sé fuerte en la desgracia —exclamó Adosinda—; si para ser noble y bueno, como eres, conservas las memorias de nuestro padre y sus santos preceptos, bástete para adquirir el valor del sufrimiento el ejemplo de la reina, que es más infeliz que tú.
—Es verdad, mi buena Adosinda —repuso Bimarano, tomando entre las suyas las manos de su hermana—: Fruela, el mal hijo, el mal padre, el mal hermano, es también el verdugo de su esposa.
—¡Calla! —se apresuró a decir Adosinda, poniendo la diestra en los labios del mancebo—. ¡Calla, y no olvides que es tu rey, ya que no recuerdas que recibió la vida en el seno de tu misma madre!
—¡Ah! —exclamó Bimarano—. ¡Es que yo, Adosinda, no tengo tu santa virtud, y mi dolor además es tan vehemente que acaba con mi razón! ¡Es que Fruela me roba, con mi amante, al hijo de mi amor!
—¡No! —gritó detrás de los dos jóvenes una voz fuerte y sonora—. ¡No temas por tu hijo, Bimarano!
Los dos príncipes se volvieron llenos de sorpresa; en el umbral de una puerta, situada a espaldas de Adosinda, había una mujer de continente severo y majestuoso, de elevada estatura, de robustas formas y de una belleza deslumbradora; su tez morena era purísima aunque pálida; sus negros ojos centelleaban bajo sus cejas de ébano vigorosamente trazadas, y sus negros cabellos bajaban riquísimos y ondeantes, envolviéndola como en un manto de seda; era una de esas soberbias cabelleras, que apenas se encuentran ahora, pero que en el siglo VIII coronaban las majestuosas y austeras frentes de casi todas las hijas de los godos: tal vez en aquellos tiempos las aromáticas pomadas no habían secado todavía la raíz de los cabellos o las cabezas de las mujeres no encerraban ese fuego devorador que consume su savia en nuestros días.
La aparecida representaba veinticinco años: su ropaje talar era blanco, de lana, y sobre la túnica llevaba un manto oscuro; sujetaba sus espléndidos cabellos una cinta blanca, y gracias a este dique dejaban su hermoso y apasionado semblante despejado de sus ondulantes rizos.
—¡Señora! —exclamó Bimarano inclinándose ante aquella mujer.
—¡Hermana! —murmuró Adosinda dirigiéndose a ella.
—¡No temas por tu hijo, Bimarano! —repitió la aparecida—: si tu hermano el rey Fruela I ha resuelto robártelo con su madre, la reina Munia, más piadosa, le ha puesto ya en salvo.
—¡Ah! —gritó el príncipe precipitándose a los pies de la reina—. ¡Dios te bendiga, señora y hermana mía!
—Levanta, Bimarano —dijo la reina con voz dulce y vibrante, en la cual, sin embargo, no se descubría la alteración más leve—. Levanta; nada me debes, porque soy madre también y abrigo la persuasión de que cuanto bien haga yo, me lo pagará Dios velando por mis hijos. ¡Ojalá —prosiguió—, ojalá me fuera posible guardarte del mismo modo a la madre del tuyo; pero no me es dado hacerlo!
—¿Y por qué, señora? —preguntó tímidamente Adosinda—. ¿Quién puede oponerse a tu voluntad?
—¡Pobre niña! —exclamó Munia, cuyos soberbios y hermosos ojos suavizaron algo de su fuerte brillo al fijarse en la doncella—. ¡Pobre niña! No quieras saber lo que está vedado a tu santa inocencia. ¡Contempla a tu hermano, y verás cómo el comprender un tenebroso secreto cuesta la paz del corazón!
La doncella fijó su dulce mirada en el semblante de Bimarano y no pudo contener un grito de angustia: pálido este y desencajado, miraba el castillo roqueño, que se descubría en lontananza.
—Parte, hermano —dijo la reina tendiendo su morena mano hacia la inmensa mole de piedra—; parte a donde te esperan y en donde es necesario tu consuelo, mientras que yo voy con Adosinda a velar por tu hijo.
Tomó, dicho esto, la mano de la princesa y se dirigió lentamente hacia la puerta que le había dado entrada.
—¡Una palabra, señora; una palabra por piedad! —exclamó Bimarano deteniendo a la reina—: ¿cuándo veré a mi hijo?
Munia iba a contestar; pero en el momento en que sus labios se entreabrían, otro joven pálido y jadeante se precipitó en el salón por la puerta principal.
—¡Aurelio! —exclamó la reina.
—¡Vete, señora mía! ¡Huye, hermano! —gritó el recién llegado—. ¡El rey me sigue!
Al escuchar estas frases, agitáronse los tres jóvenes a guisa de una bandada de palomas que descubren al inhumano cazador que las acecha.
—¡Huye, Bimarano! —repitió con mayor angustia Aurelio—; ¡el rey ha echado de menos a tu hijo, y aquí corre riesgo tu vida!...
Un gran rumor de armas, que se oyó cercano, cortó a Aurelio la palabra.
—¡Por allí, Bimarano! —gritó Munia señalando al joven una ventana—: tu hijo está en mis habitaciones... no temas por él... pero ve al lado de Sancha y huye con ella... ¡yo cuidaré de vuestro hijo!...
El príncipe besó la mano de la reina y, poniendo el pie en la ventana, desapareció; un segundo después se le vio saltar de roca en roca y tomar el camino que conducía a la parte opuesta del castillo real.
—Retiraos vosotros, hermanos —continuó la reina dirigiéndose a Aurelio y Adosinda—: quiero que el rey me encuentre sola.
Los jóvenes salieron de la estancia al mismo tiempo que don Fruela, fiero, iracundo y aterrador aparecía en la puerta principal; mas si su furor no le hubiera cegado, hubiera podido columbrar, no obstante, la sombra de su hermano Aurelio, medio oculto entre el gótico tapiz que adornaba la puerta situada a espaldas de la reina.
II
Esposo, Hermano Y Verdugo
Fruela I, rey de Asturias y de Galicia, parecía frisar en los treinta y cuatro años; su atlética estatura era corpulenta y forzuda; tenía la tez roja y curtida porque su única diversión era la caza de montería, distracción que estaba muy en armonía con su carácter fiero y casi salvaje; su cabello rojo, fuerte y ensortijado cubría a medias su frente, bajando por detrás hasta el nacimiento de su robusta espalda; sus ojos verdosos no hubieran carecido de belleza, si en vez de fulgurar con una luz bravía, hubieran estado animados por la dulzura y la benevolencia; su boca, que tenía un hermoso corte, era encendida como el coral, haciendo resaltar el esmalte nacarado de su magnífica dentadura; era imponderable la riqueza de sus oscuras cejas y pestañas, y tenía la nariz pronunciada y aguileña, pero recta y movible.
Vestía una fuerte armadura, ni más ni menos que si estuviese aprestado para dar una batalla; sus hercúleas formas, aunque cubiertas de pesadas escamas de acero, eran hermosas e intachables; una clámide goda, de blanquísima lana, encubría la mitad de su figura, bajando, hasta doblarse en el pavimento; llevaba un pequeño casco o capacete de acero y en el pecho la gran cruz de los godos.
Fruela, al entrar, tendió por el salón una mirada iracunda y brava, despidió con la mano a la escolta de rústicos montañeses que formaban su guardia, y luego se fijaron sus ojos centelleantes en la reina que, inmóvil y serena, sostuvo su sombrío resplandor.
—¿Dónde están mis hermanos? —le preguntó con su voz fuerte, enronquecida además por la cólera.
—No lo sé, señor —contestó Munia con reposado acento.
—¡Reflexiona bien lo que dices, señora!
—No lo sé —repitió la reina con el mismo tono sereno y reposado.
—¡Conque también conspira con ellos la reina! —exclamó Fruela con una voz que hizo temblar las altas bóvedas del salón—; ¡conque también la reina es traidora a mi trono!
—¡No! —gritó Munia con voz tan firme y vibrante cuanto apacible había sido antes—: la reina no conspira contra ti, porque, aunque ya no te ama, respeta el nombre y la corona que le has dado; la reina no hace más que consolar de tus inicuas crueldades a los pobres príncipes a quienes tan injustamente llamas conspiradores.
—¿Luego sabes quién ha sustraído al niño Bermudo a mi justa saña?
—Yo he sido —dijo Munia adelantándose impávida hacia el rey.
—¿Y serás tú también la que protege los amores livianos de sus padres? —prosiguió Fruela sonriendo de una manera que hubiera dado espanto a cualquiera otra mujer que no hubiera sido la esforzada Munia.
—Sí —contestó esta—. ¡Yo, que creo más justo apretar los lazos con que Dios ha unido sus almas que tolerar tus odiosas persecuciones hacia Sancha de Ribadeo! ¡Yo que he sabido ser paciente y sufrida para no rebajarte a los ojos de los condes de tus reinos y asistir en silencio a la agonía del amor que llenaba mi alma, pero que no he querido con mi inacción hacerme digna de tus injurias! ¡Sábelo, Fruela! —continuó con voz profunda—: ¡Yo he protegido los amores de tu hermano Bimarano con la hermana del conde de Cangas! ¡Yo he guardado al hijo de entrambos!... ¡Y hace pocos instantes he enviado a Bimarano a aquel castillo a fin de que vele por Sancha porque su hijo está seguro!...
La reina, en la vehemencia de su razonamiento, había arrastrado a su esposo hasta una de las ventanas, y le mostraba con arrogante ademán el castillo de Cangas. Fruela, atónito con lo que estaba oyendo, había seguido maquinalmente a Munia, y fijaba su mirada espantada en la enorme cordillera de rocas, que servía de ceñidor a su real castillo.
De repente brillaron sus ojos como dos teas; sus tostadas mejillas se cubrieron de un rojo purpúreo, y apretó los puños desprendiéndose de la mano de Munia.
Al mismo tiempo se veía saltar de peña en peña a un hombre cubierto con la vestidura blanca de los príncipes reales, y que llevaba entre sus brazos a una mujer, cuyo largo manto oscuro flotaba a merced del viento.
La sombra del crepúsculo cubría ya las montañas con su blanquecino velo; pero la luna serena y hermosa alumbraba el paisaje, y permitió al rey y a la reina reconocer en el hombre que corría al príncipe Bimarano, y en la mujer que este llevaba en sus brazos a la hermana del conde de Cangas.
Una celeste expresión de dicha iluminó el semblante de la reina; pero sus facciones se cubrieron de una palidez mortal al columbrar en la poterna del castillo roqueño al joven conde de Cangas a la cabeza de un crecido número de montañeses armados de jabalinas que, a una seña del rey, se precipitaron como una furiosa jauría en persecución de los fugitivos.
Un ¡ay! doloroso, desgarrador, se escapó del pecho de la infeliz Sancha, y fue a clavarse derecho en el corazón de la reina, que convulsa y anhelante seguía su carrera con sus asombrados ojos.
El conde de Cangas había logrado acercarse a Bimarano, que se había detenido transido de fatiga; pero haciendo este un último e inconcebible esfuerzo, salvó de un salto la enorme peña, que le estorbaba el paso, y echó a correr desesperadamente por la falda de la montaña.
—Dispara, conde —gritó Fruela al de Cangas, que pasaba a la sazón por debajo de su ventana.
Apuntó este su jabalina, mas la voz de la sangre y el temor de herir al hermano de su rey contuvieron su brazo.
—¡Bárbaro verdugo! —exclamó Munia precipitándose hermosa, sublime de indignación, hacia su esposo—. ¡Guárdate de derramar la sangre de tu hermano!
El rey, furioso, desnudó su daga, y con mano forzuda hizo caer de hinojos a sus pies a la desventurada Munia; mas en aquel momento un brazo robusto sujetó el de Fruela, que encontró ante sus ojos a su hermano Aurelio, austero, sombrío y amenazador, cubriendo con el suyo el cuerpo de la reina.
—¡Atrás, príncipe! —gritó esta con tan imperioso acento, que Aurelio no pudo menos de retroceder—. ¡Hiere! —continuó Munia levantándose imponente y majestuosa, y mostrando al rey su pecho—. ¡Hiere, Fruela, y me harás una señalada merced, porque solo con la muerte podré olvidar que has levantado tu puñal sobre mi pecho! ¡Hiere! ¡Esta muerte me será más dulce que la que ha de causarme el recuerdo de tu crueldad!...
El rey contempló durante algunos instantes como aturdido la noble figura de Munia, que se asemejaba a la estatua de la justicia celeste; poco a poco fue bajándose su brazo, y por último, su mano calenturienta soltó el puñal.
Una inmensa gritería, que resonó muy próxima, le arrastró a la ventana, y un gozo cruel iluminó su semblante; Sancha estaba privada de sentido en los brazos de su hermano en tanto que algunos hombres de armas de este rodeaban al infante Bimarano, aunque sin atreverse a tocarle.
—¡Llevadle preso a los subterráneos de mi castillo! —gritó el rey a los montañeses, que desaparecieron con el príncipe.
Fruela I abandonó el salón precipitadamente, y la reina ocultó entre las manos su semblante, mientras Aurelio la sostenía, viéndola próxima a desfallecer, a pesar de la fortaleza de su alma.
III
Los Amores De Don Fruela
El rey don Alfonso el Católico murió en Cangas a la edad de sesenta y cuatro años; dejó de su mujer Ormesinda cuatro hijos: Fruela, Bimarano, Aurelio y la muy hermosa niña Adosinda, retrato fiel de la suavidad y dulzura de su madre. Alfonso el Católico dejó también otro hijo, habido en sus relaciones amorosas con una esclava árabe de peregrina belleza, el cual se llamó Mauregato, y ocupó algunos años después, para mal de España, el trono de Asturias y Galicia.
Alfonso y Ormesinda fueron sepultados juntos en el monasterio de Santa María de Cangas, por mandato expreso del monarca. Aquel hombre, a pesar de sus frecuentes infidelidades, había amado tanto a la hermosa y dulce Ormesinda, que quiso partir con ella su último lecho y su losa funeraria.
La corona pasó a las sienes de Fruela, hijo primogénito de Alfonso el Católico, pero el menos a propósito para gobernar un reino tan combatido y destrozado; desconociendo absolutamente la marcha política, que es siempre el timón de un buen rey, y que en aquellos tiempos se hacía tan necesaria para contrarrestar los hábiles manejos de los árabes, que inundaban toda la España; nulo para oponer la resistencia del talento a las negociaciones de los poderosos califas de Córdoba y Damasco; enteramente desposeído de dulzura y prudencia, el infante don Fruela no sabía hacer más que reñir, y no bien tuvo noticia de que los navarros intentaban rebelarse contra él, marchó en su busca a la cabeza de todos los feroces montañeses que pudo armar con arcos y jabalinas, y los redujo a obediencia combatiéndolos bárbaramente, aun antes de informarse de la causa de su descontento.
Una noche, después de saquear un pueblo, y al cruzar, seguido de sus numerosas huestes, una árida llanura para volver a su campamento, se sintió desfallecido de sed y de cansancio; tenía una anchurosa herida en la cabeza cuya sangre no había sido posible restañar, a pesar de los esfuerzos de los suyos, y la vista iba faltando ya a sus ojos y el aliento a su pecho; cuando divisó una lucecilla que fulguraba no muy lejos, dio orden a sus gentes de dirigirse hacia ella, y él mismo tomó el camino que le pareció más corto.
Poco tardaron en llegar, y la esperanza reanimó los abatidos ánimos de los guerreros: la luz partía de una pequeña lámpara que, encerrada en una grosera verja de hierro, ardía delante de la puerta de un monasterio.
El rey llamó; dijo su nombre, y muy pronto le fueron franqueadas las puertas; pero no bien la anciana abadesa se presentó a recibirle al frente de la comunidad, cayó desmayado en el pórtico mismo del templo.
Cuando volvió en sí, se encontró recostado en un blando y mullido lecho; sus capitanes y sus condes llenaban la estancia, y la anciana abadesa, de pie junto a él, esperaba el instante de que abriese los ojos para vendarle la herida y darle una bebida, preparada ya de antemano.
Muy en breve se sintió el rey tan mejorado, que manifestó sus deseos de partir; entonces la abadesa le pidió permiso para presentarle una joven huérfana que le había sido encomendada, hija de un conde navarro, rebelde a don Fruela, pero descendiente de los reyes de Navarra, y por consiguiente, parienta suya.
El rey de Asturias, que profesaba un ardiente amor a toda mujer que fuese joven y hermosa, consintió en ver a la noble huérfana en cuya busca salió la abadesa.
Ante la vista de Munia, quedó don Fruela mudo de asombro; aunque la doncella no contaba más que quince años, su hermosura era tan admirable y majestuosa que le dejó pasmado; vestía una larga túnica blanca, una toca de nevado y fino lienzo, y un largo manto como la túnica: una estatua romana no hubiera tenido, un siglo después, el continente más noble, más hermoso y altivo que aquella majestuosa niña.
—¿Cómo te llamas? —preguntó al fin el rey con mal segura voz.
—Antes me llamaba Memorana, señor —contestó la princesa con reposado y sonoro acento—; pero cuando entré en esta santa casa, tomé el nombre de la venerable abadesa que amparó mi orfandad. Llámome, pues, Munia.[1]
[1] Unos historiadores llaman _Menina_ a la esposa de don Fruela; otros, _Memorana_; don Alonso el Magno, en su cronicón, la llama _Munia_, y la crónica general, _Munina_.
—¿Quieres venirte conmigo, Munia? —preguntó el rey con acento más cariñoso.
—No, señor rey.
—¿Por qué?
—Porque yo no te conozco y, aunque eres pariente mío muy lejano, debes comprender que no puedo seguirte sin menoscabo de mi honra.
—¿Quieres ser mi esposa?
—Muy de mi grado lo sería si me concedes, señor, el tiempo suficiente para que yo te ame —contestó Munia, cuyos hermosos y lucientes ojos no retrataron ni el más leve rayo de alegría al escuchar la oferta de un trono.
Fruela permaneció perplejo durante algunos instantes, y luego tornó a preguntar:
—Y si no te casas conmigo, ¿qué harás?
—Seré religiosa —contestó ella con la dulce calma que le era habitual—. Solo amándote con todo mi corazón, señor rey, seré tu esposa; pero si no lo consigo, me uniré a Dios.
El monarca salió pensativo del monasterio; mas al día siguiente volvió a él arrastrado por el poderoso ascendiente que la belleza purísima y vigorosa de Munia ejercía en su ánimo: quince después, se casó en el mismo monasterio con ella, con la cual y sus montañeses partió, pasados dos más, para Pravia, corte entonces de los reyes de Asturias.
Los navarros quedaban acuchillados y sometidos, pero también quedaban infinitas viudas y huérfanos que maldecían la crueldad de Fruela I, y compadecían profundamente a la hermosa doncella, que se llevaba unida a su destino.
IV
Una Santa Y Un áNgel
La belleza de Munia cansó pronto al inconstante monarca, cuyo corazón duro era incapaz de albergar una pasión tierna y duradera, y cuyo carácter fiero necesitaba siempre luchar y vencer; la posesión de aquel ser enamorado, dulce y puro, no podía halagarle por mucho tiempo, y bien pronto buscó más arduas conquistas en las esposas, hermanas o hijas de sus condes.
Para interesar el corazón de Fruela y fijarlo, era necesario que la mujer, a quien momentáneamente prefería, fuese virtuosa, de intachable fama y que estuviese unida a otro hombre con los lazos sagrados del matrimonio o del amor; la mujer libre, por muy bella que fuese, rara vez le merecía una mirada, y si consintió en hacer su esposa a la princesa huérfana, fue por la resistencia que encontró en ella a corresponder a sus amores hasta santificarlos con la bendición de un sacerdote, y porque creyó que su carácter arrogante y altivo le daría ocasiones de ejercitar su dureza.
Pero Munia, como toda mujer que vive dominada por una pasión vehemente, tornose para su esposo dulce como una paloma: mirábase en sus ojos anhelando leer en ellos sus más leves deseos para satisfacerlos: espiaba con afán su sonrisa; salíale al encuentro cuando volvía de caza, y adivinaba con el instinto amante de su corazón cuándo iba a sufrir, mucho antes de que sufriese.
A semejante carácter no podía escaparse la primera muestra de hastío o frialdad del objeto de su amor.
Munia devoró la primera y otras cien, pero las absorbió en su corazón juntamente con el llanto que hicieron brotar: sin perder nada de su amor, su carácter noble, arrogante y altivo había vuelto a recobrar la energía, que la pasión enervara sin destruir.
El nacimiento de un hijo le infundió esperanzas: creía la inocente que el amor de su esposo hacia ella renacería al verla revestida del sagrado título de madre; mas en vano esperó día tras día una prueba de cariño. Es cierto que el rey se alegró en extremo de tener un hijo que heredase su corona; también lo es que le hizo poner el nombre de su padre, que para él era de buen agüero; pero después no pensó más ni en la madre ni en el hijo y volvió a entregarse a sus escandalosos amores.
Por aquel tiempo llegaron a Pravia los infantes Bimarano y Aurelio, hermanos del rey, los cuales no conocían a la esposa de Fruela: acababan de arrojar a los árabes de las fronteras de Galicia y volvían cubiertos de gloria y cicatrices, aunque ambos eran de muy corta edad, pues Bimarano apenas llegaba a veinte años y Aurelio solo contaba dieciocho.
La belleza de estos jóvenes era extremada, y en particular la de Bimarano no tenía igual: no podía mirársele sin sentir una admiración profunda, y en aquellos tiempos supersticiosos dábase por muy seguro que estando encinta la reina Ormesinda de su hijo Bimarano, y hallándose un día muy afligida a causa de las infidelidades de su esposo, se le apareció un ángel de parte de Dios y le dijo que, para recompensarla de lo que sufría, iba a dar a su hijo una belleza como jamás se vería en el mundo.
La hermosura del infante era, en efecto, prodigiosa; sus ojos no tenían la expresión común de la raza humana; parecían infiltrados de una luz celeste, y su boca, al sonreír, prometía un porvenir inmenso de gloria inmortal.
Su carácter era casi tan bello como su figura: dulce, paciente y dotado además de un generoso corazón y de un valor a toda prueba, fue bien pronto Bimarano el ídolo de toda la nobleza gallega y asturiana, despertando en el alma de Fruela los más feroces y bárbaros celos.
Aurelio era el retrato vivo de su padre Alfonso el Católico: tenía, como él, esa hermosura austera y varonil que se advertía también en Fruela, aunque alterada por los desórdenes y por las fatigas de la caza; empero su carácter difería mucho del de su augusto padre, participando más bien de la dureza y crueldad de el del rey su hermano; como Fruela, era valiente hasta la fiereza, y tenía, como él, instintos sanguinarios y duro corazón; su fe, no obstante, era inviolable, sus afecciones sinceras y su lealtad sin límites; todos los amores de su vida se hallaban concentrados en Bimarano, de quien jamás se había separado, y cuya natural dulzura era lo único que podía templar su carácter irascible.
Al ver a Munia, brotó en el corazón de Aurelio un sentimiento desconocido: la espléndida hermosura de la reina encendió en su pecho el volcán de la pasión primera, pasión que debía ser voraz, terrible en su alma juvenil y enérgica.
No bien se apercibió de sus sentimientos, corrió a participárselos a Bimarano; pero este con dulce firmeza le aconsejó que no alimentase culpables esperanzas ni destruyese la paz de la conciencia de la reina, único bien que podía consolarla en medio de los dolores que el desvío de su esposo le hacía sentir.
Aurelio, dócil como un niño a la voz de aquel hermano, a quien tanto amaba, encerró su pasión en lo más íntimo de su pecho, haciendo penosos esfuerzos para ahogarla; mas en vano se lanzó a esta desesperada lucha, porque no consiguió otra cosa que avivar el fuego que le abrasaba, y la serena mirada de Bimarano se apartó horrorizada más de una vez del fondo del corazón de Aurelio, donde estaba acostumbrado a leer como en un libro abierto, convencido de que el fatal amor que este concibiera, se hizo incurable al dejar la blanca senda de la adolescencia por el camino sembrado de abismos de la juventud.
Bimarano, el hermoso, el apacible joven amaba también: la hermana del conde de Cangas, señor de Cangas de Onís, había hecho una profunda impresión en su alma, y el mismo día en que le declaró su amor y obtuvo la seguridad de ser correspondido, pidió al rey permiso para casarse.
Don Fruela no tuvo entonces por conveniente otorgar su consentimiento a tal enlace: conocía a la hermosa Sancha, y aunque no había fijado la atención en ella mientras fue libre, el día mismo en que la vio ligada a su hermano, se acordó de que era la doncella más hechicera de su corte y pensó en hacerla suya antes de darla al infante.
Declaró una parte de sus miras al conde de Cangas, y este sagaz cortesano negó la entrada en su castillo al infante, y abrió sus puertas al rey, halagado con la esperanza de medrar.
Empero, los obstáculos no extinguieron ni disminuyeron siquiera el amor que ambos jóvenes se profesaban.
Sancha, en la imposibilidad de ver a su amante durante el día, y arrastrada por la fuerza de su pasión, franqueaba por la noche una de las ventanas de su aposento a Bimarano, con quien sostenía dulces pláticas mientras dormían sus perseguidores.
Diez meses después de la noche primera en que Bimarano penetró en la estancia de Sancha, dio esta a luz un niño, cuyo acontecimiento descubrió a los amantes.
El conde hizo bautizar al recién nacido con el nombre de Bermudo, aparentando gran cólera, pero gozoso en su interior, porque el nacimiento de aquel niño aseguraba el enlace de su hermana con un príncipe real.
Por su parte, Bimarano reconoció por suyo al hijo de Sancha y consiguió del conde algunas entrevistas con ella, que tenían lugar, para que el rey no se apercibiese, en la habitación más retirada del castillo.
La pasión de don Fruela creció con la resistencia; lo que al principio había sido un solo capricho, llegó a convertirse en el amor más profundo y verdadero que sintió en su vida: al ver a Sancha madre, y por consiguiente ligada con un lazo indisoluble a su hermano, su pasión se acrecentó furiosamente y resolvió robarle su hijo, para obligarla de este modo a ceder a sus deseos.
Largo tiempo meditó este proyecto; mas un resto de piedad hacia su esposa le contenía. Munia acababa de dar a luz una niña, a la cual se puso por nombre Jimena, y que más adelante fue esposa del desgraciado conde de Saldaña.
Por fin triunfó su culpable pasión del amor que debía a su esposa y a sus hijos, y se decidió a apoderarse del infante Bermudo: mas este cruel designio fue sorprendido por Munia en algunas palabras que se le escaparon en medio del sueño, y ya se ha visto que puso en salvo al niño, amparándolo en sus propias habitaciones.
El amor de Aurelio seguía mudo, pero ardiente y devastador; la reina nada sospechaba de él, y el infante, sin atreverse a romper el silencio, sufría los tormentos de un condenado.
Únicamente Adosinda se conservaba dulce y tranquila entre aquella lucha desenfrenada de pasiones. Era el ángel bajo cuyas blancas alas iban todos a buscar la paz: ella consolaba a sus hermanos, que la amaban con entrañable afecto, enjugaba el llanto de la reina, dormía a Alfonso y a Jimena en su regazo con sencillos cantos, y hasta el mismo Fruela encontraba en ella consuelos, porque, en presencia de aquel querube de bondad y mansedumbre, se calmaban las borrascosas tempestades de su alma.
Adosinda conocía los amores desgraciados de Bimarano; la culpable pasión del rey hacia Sancha, la amiga de su infancia, y los dolores de la reina, a quien amaba como a una hermana; pero ignoraba completamente el amor de Aurelio a Munia, porque el príncipe respetaba tanto el candor y la santa inocencia de su hermana, que había ocultado cuidadosamente delante de ella hasta la muestra más leve de su insensata pasión.
Era un secreto que solo sabían Dios, Bimarano y Aurelio.
V
La Mujer Fuerte
Poco tardó la reina en recobrarse del desmayo ocasionado por el terror que le había producido la horrible escena que describimos al final de nuestro capítulo segundo; desprendiose de los brazos de Aurelio, que con la cabeza abrasada y el corazón palpitante, ya no tenía fuerzas para sostenerla, y se encaminó a su habitación haciendo una seña al infante para que la siguiera.
Obedeció este, y pocos instantes después se encontraban ambos en la cámara de la reina, guardada por dos soldados de aspecto rudo y cubiertos de acero.
La reina se dirigió a un extremo de la cámara y abrió una puerta disimulada en los tapices; tras de ella apareció otra pequeña estancia en la cual penetró Munia con Aurelio, y cuya puerta cerró este a una indicación de aquella.
En el fondo del aposento y durmiendo sobre un reducido lecho, hallábase un niño de pocos meses, abrigado con un ropón de seda: era hermoso, de fisonomía dulce e inteligente, y sus rizos castaños cubrían una parte de su blanco y suave rostro.
Inmediato al lecho, velaba un anciano montañés con una jabalina preparada y un arco montado: su aspecto decidido y arrogante decía bien claro que estaba allí para defender al niño y que no se lo dejaría arrebatar sin oponer una temeraria resistencia.
—¿Ha llegado alguno a la puerta, Antar? —preguntó la reina al montañés, que al verla con el príncipe había echado a la espalda la capucha de lana burda de su sayo.
—Solo la princesa Adosinda, a la cual dejé pasar por no oponerse a ello tus órdenes, señora —contestó el anciano.
—Está bien; mi muy amada hermana puede entrar aquí.
La reina tomó a Aurelio por la mano sin notar el estremecimiento que, al contacto de la suya, agitaba la diestra del príncipe, y se aproximó con él al lecho.
—¿Amas mucho a tu hermano, Aurelio? —le preguntó mirándole con fijeza.
—Mucho —contestó el infante con voz firme y sin desviar los ojos del semblante de Munia, no obstante sentirse desfallecer con su mirada.
—¿Será tan grande ese amor que te anime a salvar a su hijo, sin temor a la cólera del rey?
—Sí —volvió a contestar Aurelio con entereza.
—¡Sálvale, pues, hermano! —exclamó la generosa reina, de cuyos ojos brotaron dos gruesas lágrimas—. ¡Sálvale, y Dios te otorgue el premio de tan noble acción!
Munia oprimió entre las suyas las manos del infante, que se apoyó en la pared para no caer.
—Salvando a ese inocente —continuó la reina señalando al niño—, libras a tu hermano y a tu rey, que es mi esposo, de cometer un odioso crimen. ¡Sí! —prosiguió en voz baja y temblorosa al ver al montañés retirado a una respetuosa distancia—. ¡Sí! ¡Librarás al padre de mis hijos de un crimen odioso, porque o matará a esta desgraciada criatura para vengarse de los desdenes de su madre, o cuando menos le hará pasar su vida en una prisión!...
Calló la reina inclinando la cabeza, como si el horror que aquellos pensamientos le inspiraban aniquilase sus fuerzas; mas pocos instantes después levantó de nuevo su frente pálida y serena.
—Parte a Navarra, Aurelio —dijo poniendo en los brazos del infante a la pobre criatura, que a la sazón estaba dormida—; ve al monasterio de Jesús y confía este niño a la superiora de parte mía: cuando estéis libres su padre y tú de la acusación de conspiradores que sobre vosotros pesa, id a buscarle allí, porque por ahora y mientras no salga de su inocente niñez, sería difícil encontrar un asilo más seguro para él.
El príncipe recibió al niño y le abrigó con el mismo cuidado que hubiera podido emplear su madre.
—Este niño es sagrado para mí desde el instante en que tú me lo entregas, señora —dijo apoyando sus labios en la diestra de Munia—; si su padre le falta, otro no menos amante ha de encontrar en mí.
Al decir estas palabras, hizo una seña al montañés, que le abrió una estrecha puerta situada enfrente del lecho y que estaba practicada en una bóveda de piedra, que sostenía uno de los ángulos del castillo real.
—Vuelve pronto para salvar a Bimarano y a Sancha —murmuró la reina al oído del príncipe, que ya se deslizaba por una dificultosa escalera formada por las mismas rocas.
Munia le siguió con los ojos hasta que le vio desaparecer en las sombras de la noche; luego cerró la puerta y volvió a dejar en su pebetero de encina la tea con que había alumbrado al príncipe.
En seguida se quitó sus zarcillos de diamantes, despojos de la guerra arrancados por don Fruela a una sultana árabe, y se aproximó al anciano montañés.
—Toma, mi buen Antar —le dijo presentándoselos—: yo quisiera tener otra prenda de más valor con que recompensar tu fidelidad, pero esto es lo mejor que poseo.
El montañés dio dos pasos hacia atrás y una lágrima empañó el brillo salvaje de sus ojos, casi cubiertos por cerdosas y blancas cejas.
—Guarda tus diamantes, señora —dijo con voz alterada—; yo, aunque soy muy pobre, recibo sobrada recompensa con la dicha de haberte servido: solo otra... añadió en voz baja y con vacilación, solo otra te pediría... si me atreviese.
—Pide, pide, Antar —exclamó Munia.
—¡Que me permitas, señora, besar la orla de tu manto!
—¡Ah, el manto no! —exclamó la reina, de cuyos grandes ojos brotó un caudal de lágrimas—: ¡toma, toma mis manos!
Munia tendió sus manos al anciano Antar que se arrodilló besándolas con adoración.
—¡Gracias, Dios mío! —exclamó después—; ¡gracias por haberme concedido besar la mano de una santa!
—Desde hoy, Antar, estás a mi servicio —dijo la reina—: cuidarás de mis hijos y me acompañarás a todas partes. Sígueme.
El anciano dirigió al cielo una ardorosa mirada de gratitud y siguió a la reina como un sabueso viejo y fiel sigue a su antiguo amo.
VI
Una Mujer Sin CorazóN
Algunos días después de la noche en que Aurelio salvó al hijo de su hermano de la cólera del rey, se encontraban Sancha y Adosinda en la habitación de la primera.
La hermana del conde de Cangas era más hermosa que la infanta, pero no se advertía en ella la expresión de pureza que hacía que Adosinda se asemejase a un ángel: por el contrario, ardía en sus negros y rasgados ojos el fuego de las pasiones, y su tez, aunque blanca, límpida y hermosa, era mate y sin transparencia, signo seguro de una naturaleza sensual.
Su estatura era apenas mediana y sus formas redondas y torneadas; leíase en su marmórea frente la arrogante firmeza de su alma; en sus negrísimas y pobladas cejas, una gran frialdad de corazón; y en sus labios finos y un tanto hundidos en sus extremos, toda la ambición y disimulo de su carácter.
Sancha de Ribadeo había amado con pasión a Bimarano porque la sublime hermosura del infante había sido lo único que hiciera latir su corazón helado hasta que le vio, a pesar de que contaba veintidós años; su carácter ambicioso encontró además ventajoso un enlace con un príncipe real; mas cuando, por la oposición del rey, se convenció de que esta alianza era irrealizable y supo la causa de aquella, no quedó en su corazón más que el amor sensual que la belleza del infante le inspiraba, y se borraron de su mente las ideas de matrimonio, que poco antes acariciara.
Por más que yo crea en la virtud de la mujer; por más que la haya defendido en mis escritos, y que esté dispuesta a defenderla siempre; por más que yo profese a esa hija del cielo un amoroso culto, sé que en todas las épocas ha habido mujeres culpables y capaces de cometer mayores infamias que los hombres más depravados. La mujer que no alberga bastante sensibilidad de corazón para precaverse del demonio tentador del orgullo; la mujer que se deja dominar de la ambición; la que no doma sus pasiones —tan fuertes cuanto débil es su organismo— con el freno sagrado de la religión, correrá de abismo en abismo y quizá dejará manchada de sangre y crímenes la senda tortuosa de su vida.
La joven condesa de Ribadeo tenía al nacer un corazón en el pecho; pero perdió a su madre cuando apenas despuntaba la luz de su razón y careciendo también de padre desde antes de nacer, quedó bajo la tutela de su hermano Eurico, joven de veinte años y entregado a todos los vicios.
Sancha creció en medio de báquicos festines y de escenas de impúdicos amores. Aunque Eurico la amaba mucho, no se cuidó de buscar una mujer que velase por ella, ni vio el inconveniente de que fuese servida por escuderos ni más ni menos que él: limitábase a mandar que atendiesen a la pequeña condesa con preferencia a él mismo, y de este modo fomentó la soberbia arrogancia que Sancha heredó de su madre, y que una mano previsora y tierna hubiera podido ahogar en su germen.
Cuando la niña cumplió doce años, sabía de memoria el vocabulario amoroso que los hombres de armas de su castillo empleaban con las zafias montañesas, y hubiera sido difícil hacer asomar el rubor a sus mejillas ni aun con las palabras más groseras. Eurico, por otra parte, orgulloso de su belleza y de su gracia juvenil, la hacía asistir a los licenciosos festines que, después de una partida de montería, daba a sus amigos y mancebas, y ni las báquicas canciones, ni el chocar de los vasos, ni el estallido de los besos, ni todo el infernal estruendo de la orgía hacían alterar la límpida blancura del rostro de la noble doncella.
Como debe suponerse, no faltarían amadores a la joven Sancha, aun antes de salir de la niñez; pero su natural fiereza salvó su virtud, y entre los insolentes y desenfrenados jóvenes que la rodeaban, no hubo uno solo que pudiera jactarse de haber tocado ni aun el extremo de sus dedos.
Como fiel historiadora, debo decir, sin embargo, que ni uno solo tampoco pensó en pedir su mano a pesar de su hermosura, su nobleza y su opulencia; el hombre ha sido el mismo en todos tiempos, y pocos había entonces, como ahora, que fiasen su nombre y su honra a una mujer cuyo recato y virtud andaban en lenguas, por más que reuniese las más halagüeñas y seductoras ventajas.
Poco, en verdad, importaba esto a la condesa: sabía que era bella hasta lo imposible; que tenía un gran título enteramente independiente del de su hermano, cuyo condado era además tributario del suyo, y que hubiera desdeñado hasta de aceptar por estribo, para montar en su blanca hacanea, la rodilla del más noble y rico de sus numerosos amadores.
Cuando cumplió catorce años determinó emanciparse de su hermano y habitar sola uno de los castillos de su propiedad, eligiendo para morada, entre los muchos que poseía, uno fronterizo, ganado a escala franca por su noble padre pocos años antes.
Eurico quedó sobrecogido de espanto al saber esta decisión: lo que su hermana iba a hacer equivalía a entregarse a los árabes, pues no distando dos millas el primer castillo de estos del que estaba dispuesta a ocupar la atrevida niña, debía suponerse que no titubearían en arrollar la fortaleza de la cristiana, llevándose a su bella señora al harén del califa.
Pero en vano Eurico expuso a Sancha todas estas razones; en vano le hizo presentes todos los riesgos a que se exponía.
—Si me cautivan —contestó—, si me llevan a Córdoba al harén del califa, yo le obligaré a que se case conmigo y seré la sultana de occidente.
—¡Hermana! —exclamó Eurico, cuyo semblante se cubrió de un subido carmín—. ¡Hermana mía! ¿Puedes olvidarte de que has nacido cristiana?
Sancha se encogió de hombros con indiferencia: ni siquiera sabía lo que era ser cristiana; bien es verdad que nadie se lo había explicado tampoco.
Entonces conoció el conde a dónde podía arrastrar a su hermana el natural bravo e inculto que él no había cuidado de dirigir ni dominar: ciego de dolor corrió a Cangas, y echándose a los pies de Alfonso el Católico, le rogó que interpusiese su mediación para impedir tamaña locura.
Aquel buen rey le consoló y le dijo que volviese a su castillo; algunas horas después que él llegó una litera, escoltada por guardias del rey, y seguida de otra en la que iban dos damas ancianas de la servidumbre de la reina. El capitán de los guardias sacó de su vesta un pergamino enrollado y sellado con el sello real, y lo presentó a la condesa que lo leyó rápidamente.
Mandábasele en él partir a Cangas inmediatamente, por estar nombrada dama de la princesa Adosinda, niña de muy corta edad.
—Di al rey y a la reina que yo no quiero ser dama de su hija, ni servir a nadie —contestó volviendo la espalda al mensajero.
—Entonces, señora, no tomes a ofensa el que te conduzca en mis brazos a tu litera —contestó el anciano capitán—, porque tengo orden de llevarte de grado o por fuerza.
—¡Eso no! —exclamó Sancha echándose hacia atrás—: ¡primero morir, que consentir que tus feas y callosas manos toquen a la condesa de Ribadeo!
Y envolviéndose en su manto, salió serena e impasible sin abrazar a su hermano que, llevado de su ciego cariño, partió en seguimiento de su litera.
La dulce y amorosa Ormesinda recibió a Sancha como la más cariñosa madre; pero apartó de ella todo lo posible a la princesa su hija: el nombramiento de dama, hecho en favor de la condesa, era solo honorario, pues apenas veía esta a Adosinda, que permanecía siempre junto a la reina.
En el castillo real fue en donde la joven condesa adquirió las primeras nociones de religión y de virtud; pero su corazón, naturalmente duro y viciado además por perniciosos ejemplos, se mantuvo cerrado a las santas máximas que Ormesinda se esforzaba por infiltrar en él: la viva inteligencia y el perspicaz talento de la joven debían, sin embargo, sacar algún fruto de aquellas lecciones, y el fruto fue proporcionado a la bondad de la tierra donde la mano piadosa de Ormesinda sembraba la semilla. Sancha adquirió una profunda y sorprendente hipocresía y aprendió a revestirse de las formas de la virtud de una manera tan perfecta, que engañó no solamente a la cándida y santa reina, sino también a su hermano, lo cual era algo más difícil, por lo bien que la conocía.
A la muerte de Alfonso el Católico y de Ormesinda, acaecidas ambas con cortos meses de intervalo, volvió Sancha al lado de Eurico sin conocer apenas a los infantes huérfanos, porque Fruela guerreaba contra los infieles en las fronteras de Galicia, y Bimarano y Aurelio, además de ser niños, habitaban el extremo opuesto del real castillo.
El conde de Cangas asistió con su hermana a todas las fiestas de la coronación de Fruela I; y cuando el nuevo rey fijó su corte en Pravia, la proximidad del castillo real con el que habitaban Eurico y Sancha hizo mayor la intimidad de ambos jóvenes con el rey y sus hermanos.
Adosinda, en particular, se acogió a la amistad de Sancha con el más tierno entusiasmo: la pobre niña se hallaba aislada desde que había perdido a su madre, y su dulce corazón se volvió entero a la condesa, porque ella le recordaba los serenos y apacibles días de su infancia.
Sancha, por su parte, le pagaba su cariño en cuanto permitía su corazón helado y egoísta, y es seguro que jamás profesó a nadie tan apasionado afecto como a la infanta.
Llegó por fin un día en que la llama del amor penetró en su alma, alumbrándola no con la luz purísima que derrama en las almas privilegiadas, sino con un resplandor desconocido: la hermosura de Bimarano la deslumbró, y sus dulces y apasionadas palabras hicieron latir su corazón con una fuerza insólita; pero ya hemos dicho que no bien conoció los designios del rey renunció a unirse con su hermano, anidando solo en su pecho el amor sensual, único durable en su pervertida naturaleza.
Poco, pues, tuvo que hacer el infante para triunfar de la virtud de Sancha: cuando dio esta a luz a su hijo, ni uno solo de los músculos de su rostro se animó con una expresión de dicha; supo que su hermano se había apoderado de él sin derramar una lágrima, y cuando Eurico entregó el niño a Antar para ponerle bajo la salvaguardia de la reina Munia, ni siquiera pidió que le dejasen imprimir un beso en su frente, ni se informó de cuándo le volvería a ver.
A pesar del amor que Eurico profesaba a su hermana, su indignación fue viva y profunda al advertir en ella tanta dureza: resolvió guardar aquel niño, que era una prenda de alianza con la familia real, y para ello no halló medio más seguro que encomendarlo al cuidado de la reina, aparentando además, sin embargo, favorecer la pasión que el rey don Fruela alimentaba por Sancha.
Cuando Bimarano, en la fuerza de su desesperación, arrebató a la condesa del castillo, los dos hermanos obraron según sus designios: Eurico creía así libre a Sancha de la culpable pasión del rey, y, persuadiéndose de que estaba sinceramente enamorado del infante, pensó que el mejor medio de apresurar la unión de los dos jóvenes era no oponerse a su fuga. Pero el decoro de su nombre le obligó a salir a la poterna de su castillo a la cabeza de sus hombres de armas, no sin dejar antes lugar a los fugitivos para que se alejasen.
Por lo que hace a Sancha, fingió acceder a las apasionadas súplicas de su amante y se dejó llevar sin resistencia; mas su propósito era negarse después obstinadamente a su enlace con Bimarano y escribir al rey poniéndose bajo su amparo. Para ella no era nada que el infeliz y leal príncipe pagase su amor con la prisión y la muerte; su genio infernal había columbrado una corona y un ataúd, en el cual dormía el sueño eterno la noble esposa de don Fruela I; más de una vez, cuando iba en los brazos del infante, durante su desesperada fuga, había llevado sus manos a la frente como para cerciorarse de que podría sostener la diadema real de Asturias y Galicia.
Pero al verse cercada de mortíferas jabalinas, cuando por una caída de su amante logró Eurico, aunque bien a su pesar, llegar hasta ellos, quedó desmayada, porque aquel demonio no carecía, para ser más tentador, de la debilidad que hace tan atractiva a la mujer.
VII
áNgel De Luz Y áNgel De Tinieblas
Sentada Adosinda enfrente de la condesa de Ribadeo, tenía cogida una de sus manos y clavaba en su semblante sus grandes y hermosos ojos azules. Sancha, por el contrario, miraba con indiferencia la pendiente montaña sobre la cual se asentaba su castillo, y sus fogosos y apasionados ojos negros vagaban inciertos por los picos de las rocas que algunos días antes, y en medio de las tinieblas de una medrosa noche, había saltado Bimarano llevándola en sus brazos.
Los sitiales de entrambas estaban colocados junto a la ojival ventana de la cámara de la condesa, y el sol moribundo de la tarde, resbalando por los espesos y lucientes rizos negros de Sancha, hacía brillar los fúlgidos destellos de algunas sartas de gruesos corales que se enredaban en ellos.
Un brial rojo, de lana fina como la púrpura de Alepo, se plegaba en derredor de su talle robusto y voluptuoso descubriendo su redondo cuello y la mitad de sus torneados brazos, blancos y puros como apretada nieve.
Su boca pequeña, y de labios finos y delicados, era más roja y fresca que el coral que fulguraba en sus cabellos; su nariz recta y también pequeña se dilataba a cada aspiración, como absorbiendo el aire que parecía preciso a su seno alto, palpitante y tentador.
La infanta, vestida con una larga túnica blanca y ceñidos sus rubios cabellos, que se recogían en riquísimas y apretadas trenzas, con una banda azul, se asemejaba a una visión angélica.
Un suave sonrosado, comparable al matiz de una rosa blanca, cubría sus mejillas, cuya nitidez tenía algo de diáfana: su boca suspirante no ostentaba el lascivo carmín que vestía los labios de Sancha, y su puro y rosado arrebol la hacía más dulce e inocente.
La hermosura de la condesa, ataviada de púrpura, era un tanto siniestra e infernal; la belleza de Adosinda, velada por su blanco ropaje, era celeste y santa.
En el instante en que presento las dos jóvenes a mis lectores, fijaba la primera sus rasgados y hermosos azules en el semblante helado e impasible de Sancha, al mismo tiempo que estrechaba su mano entre las suyas con tierno cariño.
—Sancha, amiga mía —decía la infanta con su voz dulce y juvenil—, prométeme que irás conmigo esta noche a la prisión donde yace mi pobre hermano para que siquiera tu presencia pueda consolarle.
—Ya te he dicho, señora mía, que eso es imposible —contestó la condesa mirando serena y fríamente a Adosinda.
—¡Imposible! ¡Oh, Sancha! —exclamó la infanta dolorosamente—: ¡No dirías eso si conocieras el afán con que me pedía mi infeliz hermano que te llevase a verle aunque fuese solo por un instante!
—Yo no puedo verle, señora; no debo exponerme a la cólera del rey, tu hermano.
—Su cólera caerá sobre mí; no temas, Sancha: si llega a su noticia esa entrevista, yo me arrojaré a los pies de Fruela y le diré que únicamente has cedido a mis instancias. ¿No estamos además bajo la protección de la reina?
—¡De la reina! —replicó la condesa, en cuya bella y enérgica fisonomía se pintó, a pesar de sus esfuerzos, un sentimiento de odio profundo.
—Sí, de mi buena hermana... ¡si supieras, Sancha, cuánto te ama!
La condesa permaneció silenciosa y con la cabeza inclinada por algunos instantes: una persona que hubiera conocido su carácter se hubiera estremecido ante aquella inmovilidad, precursora siempre de algún proyecto cruel; pero la inocente Adosinda esperó pacientemente a que saliera de su meditación, halagada con la esperanza de verla ceder a su ferviente ruego.
Sancha levantó por fin la cabeza: brillaban sus ojos con resplandor siniestro, y en su ancha frente se veía reflejado un gozo sombrío.
—¡Iré! —dijo con voz segura—: indícame la hora en que debo estar en tu cámara, señora.
—¡Oh, gracias, gracias por mi hermano y por mí, Sancha! —exclamó la infanta estrechando amorosamente las manos de la condesa.
Y levantándose, añadió:
—Te espero en mi aposento esta noche a las once.
Adosinda abrazó a Sancha y salió acompañada del fiel Antar, que la esperaba en la puerta.
Media hora después, Fruela I, disfrazado con un sayo montañés, se encontraba en la estancia de la condesa que, sentada en sus rodillas, le refería la visita y la pretensión de Adosinda.
—¡Yo castigaré a esa imprudente niña! —exclamó el rey, rojo de furor y apretando los puños.
—¡Aguarda, señor, aguarda! —contestó Sancha con una sonrisa, helada como el filo de un puñal, pero que enloqueció aún más al enamorado monarca—. Si yo he consentido en llegar hasta la prisión del infante, ha sido porque por medio de la reina me ha amenazado con publicar mi deshonra.
—¿Cuándo?
—Hace dos días.
—¡Oh! —barbotó don Fruela con ojos chispeantes y voz sorda—. ¡Todos contra mí! ¡Bimarano, a quien he encarcelado por traidor a mi trono, y porque me roba tu amor! ¡La reina, que me parecía inofensiva! ¡Adosinda, que era a mis ojos el ángel cuyas blancas alas escudaban mi palacio! ¡Y Aurelio, que, según dicen mis condes, ha huido a alzar banderas para derribarme del solio de mi padre!...
La condesa sabía mejor que nadie que Aurelio había ido a salvar a su hijo, pero se guardó bien de decir ni una palabra al rey.
—¿Y tu hijo? —prosiguió don Fruela con furor creciente—. ¿Quién me ha robado ese niño, que era el objeto de todo mi odio, pero que al mismo tiempo me aseguraba la fidelidad de Bimarano? ¡Sancha! ¡Sancha! —continuó oprimiendo el brazo de la condesa—. ¡Tú debes saber lo que se ha hecho de tu hijo, y es preciso que me lo digas!
—Pregúntalo a su padre y a la reina, señor —contestó Sancha haciendo un gesto de indiferencia desdeñosa, no obstante que sentía prensado su brazo entre los dedos del rey—; en cuanto a mí —prosiguió—, nada sé de esa criatura, a la cual no consagro ni un pensamiento siquiera desde que me cercioré de que jamás había amado a su padre.
—¡Oh!... ¡Será posible, Sancha! —exclamó el rey soltando el hermoso brazo que estaba martirizando, y ciñendo con los suyos a la condesa—: ¡dime que no has amado a mi hermano!... ¡que te engañó tu corazón!...
—¡Yo no he amado más que a un hombre! —murmuró la condesa en voz tan baja que semejaba un suspiro de amor, y reclinando su rizada cabeza en el hombro de don Fruela de modo que los riquísimos bucles de sus negros cabellos acariciasen la mejilla del monarca.
—¡Oh! —se apresuró a decir este—; y... ¿ese hombre?... ese hombre... ¿quién es?
—¡El rey de Asturias y de Galicia! —volvió a murmurar la condesa a la vez que se rizaban sus hechiceros labios con una sonrisa burlona, excitada por el sarcasmo que estas palabras encerraban.
Ellas constituían, sin embargo, la única verdad que en toda la vida de Sancha había brotado de su boca: porque, en efecto, amaba, no a Fruela, sino al _rey de Asturias y de Galicia_.
El rey advirtió aquella sonrisa de inmensa ternura sin comprender su amarga burla, y besó mil veces los rizos de seda de la infernal sirena.
—Yo amo —continuó Sancha, recogiendo la anchurosa manga de su túnica y mostrando al rey su brazo redondo, torneado y blanco como el marfil, pero en el cual habían formado cinco surcos sangrientos los dedos de don Fruela—, yo amo de tal modo al hombre que ha puesto su mano en mi brazo, que hasta sus heridas me han arrobado como las caricias del amor primero.
Don Fruela besó con delirio aquel brazo magullado: cuando alzó la cabeza, corrían por sus mejillas dos gruesas lágrimas que fueron a perderse en la espesura de su barba. Aquel hombre frío y duro para el ángel que Dios le había dado por compañera, para la madre de sus hijos, amaba con locura a aquel demonio, y la pasión que le inspirara debía ser la única fuerte y poderosa de su vida. Los misterios del corazón humano han sido los mismos en todos los tiempos.
—¿Por qué, ya que tan intenso es tu cariño, no cedes a mi amante ruego? —exclamó Fruela mirando a Sancha con tristeza.
—Porque no quiero manchar por segunda vez la casa de mi hermano —contestó esta con entereza, y desprendiéndose de los brazos del rey.
—¡Déjame sacarte de ella! —gritó anhelante el enamorado monarca.
—Jamás la dejaré yo voluntariamente —repuso Sancha clavando en el rey una mirada profunda.
—¿No la dejaste por mi hermano?
—Por eso no volveré a hacerlo.
Don Fruela guardó silencio por un breve rato y pareció reflexionar. La condesa le devoraba con una mirada ávida y torva, como si quisiera leer en el fondo de su alma.
—¡Sancha! —dijo de repente el rey, levantándose y acercándose a ella—. ¿Estás decidida a ir esta noche a la prisión de mi hermano?
—¡Sí! —contestó la condesa con voz sombría, al mismo tiempo que radiaba en sus ojos una expresión de gozo—. ¡Sí, iré! ¡No quiero que publique mi deshonra al cobrar su libertad!
—¡Quizás no la cobre nunca! —murmuró don Fruela en voz muy baja, pero que, sin embargo, llegó claramente al oído avizor de la condesa; y luego, sacando de una vesta una llave:
—Toma —dijo presentándola a Sancha—: esta es la llave del calabozo de Bimarano. En vano la buscaría Adosinda, porque la guardo yo: ve a verle y consigue saber de él el paradero de tu hijo.
La condesa echó los brazos al cuello del monarca, y murmuró un ¡_adiós_! melancólico y tierno, que se confundió con el rumor de un beso.
El rey salió de la estancia ebrio y trastornado, pero llevando impresa en sus facciones una alegría siniestra.
Sancha le siguió con los ojos y luego lanzó un suspiro de felicidad.
—¡Yo no le amo! —murmuró al verse sola—. ¡Oh, no, le aborrezco por su brutal fiereza! ¡Pero ostenta una corona y su brillo deslumbra mi vista y conmueve mi helado corazón!
Al decir estas palabras, se aproximó a una mesa y roció con bálsamo las heridas de su brazo.
* * * * *
Mientras tenía lugar la escena precedente, Adosinda había contado a la reina su entrevista con la condesa. Cuando Munia oyó que consentía en ver a Bimarano, brilló en sus ojos una lágrima de ventura.
—¡Bendita seas, hermana mía! —exclamó abrazando amorosamente a la princesa—. ¡Bendita seas tú que haces tanto bien! ¡Yo os acompañaré a Sancha y a ti a la prisión del infante, y mi presencia os servirá de escudo si os amenaza el enojo del rey!
VIII
La Sangre En La Frente
Las once y media de aquella misma noche señalaba la luna clara y serena, brillando en el ancho firmamento, cuando la reina Munia entraba en una espaciosa cámara del castillo real, precedida del anciano y fiel Antar, que la alumbraba con una tea; un instante después entraban también en ella Adosinda y Sancha, envueltas en largos mantos negros.
Antar sacó un gran manojo de llaves, que llevaba pendiente de la cintura, y abrió una puerta, apareciendo una escalera tortuosa, estrecha, abierta en la roca viva, e iluminada con una tea colocada en una estaca fija en la pared; el anciano, obedeciendo a una señal de la reina, bajó el primero.
—¿No era mejor cerrar esta puerta, señora? —dijo Adosinda a la reina.
—¿Para qué? —contestó Munia—. Nadie puede venir por aquí.
Ambas bajaron la escalera precedidas de Antar, y Sancha las siguió sombría y silenciosa.
Al final de los mohosos peldaños, se veían dos anchas puertas de hierro, y la comitiva se detuvo junto a una de ellas.
—¿No me has dicho que tenías la llave del calabozo, Adosinda? —dijo la reina dirigiéndose a la joven.
—Aquí está, señora —contestó esta sacando una que presentó a la reina, y echando a la condesa una mirada de inteligencia.
Sancha, por no comprometerse a los ojos de la reina, había entregado la llave, que había recibido del rey, a la infanta, sin que esta en su inocencia se hubiese detenido a pensar de qué manera se la podía haber procurado.
La reina dio la enorme y enmohecida llave a Antar, y no bien este abrió la puerta, se encontraron todos cara a cara con el preso.
El infeliz príncipe había conocido por el eco de las voces a las personas que se acercaban: juzgando por su propio corazón tan amante, tan leal, no dudó un momento que Sancha, accediendo a las súplicas de Adosinda, iría a verle, y no bien se apercibió de la voz de su hermana, se lanzó a la puerta para acelerar de este modo el ansiado instante de volver a estrechar contra su pecho a la madre de su hijo.
—¡Sancha mía! —exclamó al verla, con voz temblorosa por la emoción y tendiéndole sus brazos; pero esta permaneció inmóvil y helada en tanto que la reina y la infanta sentían prensados sus corazones al solo aspecto de aquella horrible y reducida mazmorra.
Estaba abierta en la cavidad de una de las rocas sobre que se asentaba el castillo real, y no tenía más que un pequeño agujero, que transmitía aire y luz; pero era tan estrecho que, a través de él, con dificultad había podido un solo lucero recrear y animar los ojos del prisionero.
Aquel lucero, sin embargo, había sido el único consuelo del infante; aquel lucero debía estar bendito por Dios, porque resplandecía más que ningún otro de los infinitos que bordaban el ancho firmamento.
No había en el calabozo otro mueble que un gran banco de madera, que así debía servir al preso de asiento como de lecho: veíase además en un rincón un jarro de hierro lleno de agua y un enorme pan negro, que aún no había sido empezado.
Gruesas lágrimas se deslizaban de los ojos de las dos princesas, no obstante que no era ya la primera vez que bajaban a aquel sepulcro: la fisonomía ruda y leal de Antar estaba también profundamente alterada; solo la condesa permanecía helada e impasible.
—He accedido a tus deseos, señor —dijo esta en voz alta y aproximándose al infante—, he accedido a tus deseos viniendo aquí, con la esperanza de saber de tu boca el paradero de mi hijo.
Al escuchar aquel acento, frío y duro como el hierro, una generosa indignación cubrió de carmín las bellas facciones de la reina, en tanto que el blanco rostro de Adosinda se vestía de una mortal palidez.
También palideció el infante, pero dominando en lo posible su emoción, contestó con voz temblorosa:
—Yo ignoro, como tú, la suerte de mi hijo, Sancha.
El infante acababa de conocer lo que valía la mujer, a quien tanto había amado, y se abstuvo de decirle que el niño estaba bajo la protección de la reina.
—Yo quiero saber dónde se halla mi hijo —dijo fríamente la condesa, después de asegurarse con una rápida mirada de que el rey don Fruela estaba en la escalera.
—Tu hijo está en salvo, Sancha.
—¿Dónde?
—No lo sé —repuso Bimarano, cuya expresiva fisonomía se había descompuesto de una manera horrible—. Pero ¿cómo es posible, Sancha, que tan poco interés te inspire la desdichada suerte del padre de ese hijo? ¿Acaso —prosiguió temblando convulsivamente—, acaso ya no me amas?
—Nunca te amé, señor —dijo la condesa mirando siempre hacia la escalera y sin reparar en la alteración de las facciones de Bimarano, que quedó como herido de un rayo.
Sus grandes ojos negros, engrandecidos aún más por la extremada flacura de su rostro, despidieron centellas, y la sangre ardorosa de su padre Alfonso el Católico se inflamó de súbito en sus venas.
—¡Traidora! —exclamó precipitándose sobre la condesa—, ¡traidora! Ya que por ti me veo hundido en este sepulcro, ¡ven a partirle conmigo!
Y el infante, extraviado por la fiebre, que habían producido en él el hambre, el horror del calabozo y el golpe que acababa de destrozar su corazón, arrastró a la condesa al fondo de su prisión.
Sancha lanzó un grito penetrante, retorciéndose como una leona furiosa entre los brazos del infante; pero antes que expirase su voz, el rey don Fruela se precipitó en el calabozo con el puñal desenvainado.
El rey arrancó a Sancha de los brazos del príncipe. Luego cogió a este por el cuello y con horrorosa rapidez le descargó tres golpes en el pecho.[2]
[2] La muerte a puñaladas, que Fruela I dio por su propia mano al infante, su hermano, es un hecho histórico e incontestable.
Cayó Bimarano sin lanzar un gemido, pero sus ojos, empañados ya con el velo de la muerte, se fijaron en el rey.
—¡Rey... don Fruela!... —dijo con voz agonizante ya, pero honda y lúgubre, como si saliese de un sepulcro—. ¡Rey... don Fruela!... ¡Mi sangre... será borrada con... la tuya... mas hasta el día de la venganza... estará impresa en... tu frente!...
El rey llevó maquinalmente a sus ojos la diestra, que aún empuñaba el hierro fraticida, y una mancha roja se imprimió en su frente al tocarla su mano salpicada con la sangre del infante.
—¡Dios te perdone... Sancha!... ¡Adiós... hijo mío!... hermanas... ¡adiós! —murmuró Bimarano, cerrando los ojos para siempre.
Fruela tomó a Sancha en sus brazos y corrió como un loco a encerrarse con ella en su cámara.
Adosinda cayó desmayada junto a la reina, que, blanca como su manto, pero serena al parecer, la sostuvo sacándola después del calabozo con la ayuda de Antar.
Al salir de allí, un sollozo seco y profundo desgarró el pecho de Munia: sintió que las fuerzas la abandonaban y tuvo que dejar el cuerpo de Adosinda en los brazos de Antar.
El anciano condujo a la joven hasta la cámara de la reina, que les siguió como si fuera la estatua muda del dolor.
Mas, al llegar a ella, su desesperación rompió en un llanto histérico y desgarrador.
—¡Hijos! —murmuró entre sollozos—, ¡hijos míos! ¡Vais a quedar sin madre, y tenéis por padre a un verdugo maldito de Dios!...
IX
La VíCtima
Pasó la noche funesta en que Fruela I manchó su corona con un detestable fratricidio, y pasó también el siguiente día, triste y lluvioso, como si Dios, en su cólera, hubiera querido negar la luz del sol al castillo real de Pravia.
Ya extendía sus sombras el crepúsculo sobre los montes de Asturias cuando la reina salió del estupor en que parecía sumergida desde la noche anterior.
Adosinda, que al recobrar el uso de sus sentidos, había encontrado a la reina yerta e inmóvil, se apresuró a socorrerla a su vez; mas su cuidado fue inútil, y la infeliz Munia permaneció todo el día muda y exánime como la imagen del dolor.
Cerca de las dos primeras veíanse dos niños, que se entretenían en jugar sobre el grueso tapiz que cubría el pavimento.
Eran Alfonso el Casto y su hermana Jimena.
El infante contaba ya diez años, y era alto y hermoso. La princesa no había cumplido uno, y su angélica hermosura era un trasunto fiel de la de su tía.
La reina se levantó y se dirigió con lento paso a una cámara inmediata, saliendo de ella pocos instantes después con un frasco de plata en la mano.
Acercose a una mesa, y, tomando una copa del mismo metal, vertió en ella parte del rojizo licor que contenía el frasco.
Mas, al llevarle a sus labios, se detuvo, y corrió hacia sus hijos, a los cuales abrazó entre sollozos.
—Llévatelos, Antar —dijo al montañés, que inmóvil a alguna distancia la contemplaba con desconsuelo.
El anciano tomó en sus brazos a la pequeña Jimena, dio la mano a Alfonso, y salió con ellos lentamente.
—¡Señora!, ¡hermana mía! —exclamó Adosinda acercándose a la reina y juntando sus manos con suplicante ademán—: ¡no persistas, por Dios, en tan desesperado propósito!
—¡Es preciso! —contestó la reina con acento triste, pero tan firme, que fácilmente se conocía por él que su resolución era hija de maduras reflexiones—. ¡Es preciso, Adosinda! ¡Quiero desaparecer del mundo, porque no puedo ya ver con serena frente a ese hombre a quien amé tanto, y que ahora se ha convertido a mis ojos en un monstruo manchado con la sangre de su hermano y del tuyo!
—¡Pero ese hombre, señora, ese hombre es el padre de tus hijos! —exclamó Adosinda con acento ahogado por los sollozos—. ¡No te mueve a perdonarle este pensamiento!
—¡Mis hijos no tienen padre, Adosinda, ni tendrán desde hoy otra madre que tú!
—¡Y yo —murmuró Adosinda—, yo también les abandonaré bien pronto! ¿Cómo vivir en este abismo de crímenes, huérfana, sola, y sin otro amparo que ese hombre a quien tú, señora, ni aun por la fuerza de tu amor puedes perdonar?
—¡Oh, no, no! —exclamó Munia retorciendo sus manos con dolor—. ¡Vive para mis hijos, hermana mía! ¿Quién les queda si tú les faltas? ¡Tú puedes vivir, porque tu sangre no se ha mezclado con la del asesino! ¡Tú, ángel inocente, conservas inmaculada tu blanca corona de pureza! ¡Tú, lejos de maldecir a tu hermano, puedes alcanzar del cielo su perdón!... ¡Pero yo estoy maldita, como él, y toda mi raza!
La reina ocultó el semblante entre sus manos, y durante algunos momentos permaneció llorando.
El ruido que produjo Antar al aparecer en la estancia, le hizo levantar la cabeza; acercose en seguida a la mesa en que estaba la copa de plata, que contenía parte del líquido rojo del frasco, y con mano segura la llevó a sus labios.
—¡Conque no hay remedio! —exclamó Adosinda juntando las manos con profundo dolor—. ¡Oh, señora! ¡Conque te voy a perder para siempre!
—¡Sí! —dijo Antar que contemplaba impávido a Munia—. ¡La pierdes ahora, señora, pero volverás a encontrarla en el cielo!...
La reina apuró el contenido de la copa; un instante después palideció y se dejó caer desplomada en un sitial. Adosinda, presa de la aflicción más amarga, cayó llorando a sus plantas.
* * * * *
Pasadas cuatro horas, un jinete, cubierto de polvo y de sudor, se apeaba en lo más hondo de la quebradura de la sierra, al fin de la cual se elevaba el castillo real, como una gaviota sobre las rocas. Ató su poderoso corcel de batalla a un árbol con las cadenas que le servían de bridas, y se dirigió con apresurado paso a la vivienda de los reyes.
No obstante, pasó sin detenerse por delante de la puerta principal, y sin hacer señal alguna para que se abriese.
Era un gallardo y apuesto mancebo, cuya fisonomía alumbraba la luna pura y hermosa de aquella noche de mayo.
Llegó, por fin, a una pequeña poterna que abrió con una llave que sacó de su vesta, y entró cerrando tras sí y desapareciendo como una sombra.
Ya no volvió a oírse en la sierra otro rumor que el del ruiseñor, que trinaba sus acentos de amores; el canto dulce de la desvelada y solitaria alondra, y el arrullo de las tórtolas que anidaban en los huecos de las rocas.
El caballero subió la misma escalera por la cual había huido Aurelio con el niño Bermudo, y se encontró en la estancia misma donde se lo entregó la desgraciada Munia. Cruzola con paso firme y presuroso, pero recatado; atravesó otras tres, y llegó por fin a las habitaciones de la esposa de don Fruela.
Pero sus pies quedaron enclavados en el umbral de la cámara, y sus labios dejaron escapar un grito agudo y penetrante.
Aquel espacioso aposento estaba alumbrado por teas de resina: en el centro, y tendida en un lecho, dormía el sueño eterno de la muerte la reina de Asturias y Galicia, vestida con su blanca túnica, triste y hermosa como la imagen del amor postrero.
Arrodillada a sus pies, lloraba Adosinda, asemejándose por su actitud al ángel de las tumbas solitarias.
Al otro lado del lecho funerario permanecía inmóvil el viejo Antar, empuñando una hacha de armas y con el rostro sereno y bravío, pero profundamente pálido.
Aquella era toda la guardia de honor que custodiaba el cadáver de la esposa santa del rey don Fruela I.
Al grito que lanzó, al entrar, el caballero, volvió el semblante la princesa.
—¡Aurelio! —exclamó tendiendo hacia él sus manos unidas.
—¡Hermana! —gritó el príncipe lanzándose hacia ella—. ¿Quién ha causado la muerte de la reina?
—Don Fruela I —murmuró Antar en voz baja, pero con acento sombrío y profundo.
—¡No, no! ¡Dios ha sido! —exclamó entre sollozos la princesa.
—¡Al asesinar don Fruela al infante Bimarano, ha asesinado de dolor a la reina! —repitió el montañés con lúgubre voz.
—¡¡Muerto!!... —gritó desesperadamente Aurelio llevando sus dos manos al corazón—. ¡¡Muertos los dos!!...
Luego dio los tres pasos que le separaban de Antar, y exclamó:
—¿Dónde está Fruela?
—¡Ha huido a Cangas con la condesa de Ribadeo! —contestó el montañés con su acento fatídico y ronco.
Aurelio besó los yertos pies de la reina, y salió presuroso de la estancia; pero, al verle, hubiérase dicho que estaba ebrio: tanto era lo que hacía vacilar su paso la negra desesperación que se había apoderado de su alma de fuego.
X
La Ermita
A algunas leguas de Oviedo, y en medio de uno de los hermosos y extensos bosques que se extienden a enormes distancias de aquella alegre y feliz ciudad, había en el siglo VIII una ermita, no blanca y graciosa como las que se ven en nuestros días, sino vieja, triste y casi derruida: estaba consagrada a la Madre de Dios, y, a pesar de su austera sencillez, era un asilo para los pobres montañeses extraviados o acosados por la tormentas, porque su puerta se cerraba durante muy pocas horas, y esto, cuando la noche estaba ya muy avanzada.
Nadie se acordaba de la época en que se había construido la ermita: durante muchos años había permanecido cerrada, pero dos meses antes del día en que la doy a conocer a mis lectores, llegó a ella un anciano, cubierto con el tosco sayo de los montañeses de Asturias, y la abrió, encendiendo una lámpara de hierro ante su pobre y único altar, erigido a la hermosa y pura imagen de la Virgen María, a cuyos pies se veían dos jarros de madera con flores que perfumaban aquel sagrado recinto.
El anciano lavó la iglesia y la dejó brillante de limpieza. Aquel día la bendijo un sacerdote, y desde la misma noche la campana de la ermita llamó a la oración, con su clara y argentina voz, a los pastores del bosque.
Los buenos y honrados asturianos acudieron a aquel consolador llamamiento, como si fuese una emanación del cielo; y los pastores sintieron refrescadas sus frentes, que el ardor estival había calcinado durante todo el día: aquellos infelices olvidaron allí su hambre, su miseria y las vejaciones que les hacían sufrir los árabes que llegaban a sus costas en las galeras del poderoso califa de Córdoba; y desde entonces, todos los días, al toque de la campana, acudían presurosos a la ermita a rogar al cielo que consolase sus aflicciones.
Nunca, empero, veían al encargado de cuidar de la ermita: el anciano, propietario de ella sin oposición de nadie, salía de la iglesia para tocar la campana, y no volvía mientras permaneciese orando una sola persona; pero aquellas sencillas gentes creyeron semejante retraimiento hijo de algún voto, y pronto se olvidaron de él como se olvida el origen de un bien, si este es tan grande que sus efectos nada dejan que desear a nuestro egoísmo. ¡Tal es la ingratitud humana!
El anciano les franqueaba su iglesia limpia, fresca y perfumada, y ellos no pensaban en la mano bienhechora que abría a sus pobres almas aquella mansión de eterno consuelo.
Era la caída de una tarde calurosa de junio; los postreros rayos del sol doraban ya apenas las cumbres de los altos montes de Asturias, y las colinas, cubiertas de verdor, mostraban en sus faldas bosquecillos floridos y olorosos, regados por arroyos de diáfana plata.
El guardián de la ermita se encontraba entonces en la iglesia renovando las flores del altar, y animando la luz de la lámpara.
Cuando terminó su tarea, se cruzó de brazos y permaneció inmóvil y meditabundo.
—¡No! —murmuró en voz baja y como hablando consigo mismo—. ¡No! Es una imprudencia llevarle su hijo... un niño de diez años hablará... ¡Oh, no, no! ¡No quiero que la vea!
Calló el anciano y dobló sobre el pecho su cabeza, meditando de nuevo.
—Por otra parte —continuó—, ella me hizo darle palabra de que se lo llevaría... ¡Virgen de Covadonga! ¿Y cómo negárselo, si se muere... si su vida se extingue como esa lámpara cuando le falta mi cuidado?
—¡Oh! —exclamó el montañés alzando al cielo sus ojos, en los cuales se pintaba un fanático ardor—. ¡Oh, Dios de justicia! —prosiguió arrodillándose a los pies del altar—: ¡déjala vivir hasta que luzca el día de la venganza! ¡Conserva el aliento de esa infeliz mártir hasta que la semilla que yo deposite en el corazón de Aurelio dé por fruto la muerte del verdugo y de la infame manceba, origen de las desgracias de su santa esposa!...
Durante algunos instantes se agitaron los labios de aquel hombre en una oración ferviente: rogaba por la venganza del único ser que amaba, como hoy rogamos nosotros por la ventura de nuestros hijos y de nuestros padres.
—¡Sí! —dijo levantándose—; ¡sí, le llevaré su hijo, y esto quizá reanimará sus abatidas fuerzas!
Al acabar de pronunciar estas palabras, abrió la puerta de una pequeña estancia contigua al altar, y penetró en ella, dulcificada ya la expresión sombría de su semblante.
XI
La AgoníA
Sentado en un arcón de roble, estaba un hermoso y robusto niño, que aparentaba doce años, aunque apenas contaba diez; sus formas gallardas eran enérgicas y desarrolladas; tenía la tez morena, los ojos negros, grandes y pensativos, la cabellera oscura, rizada y abundante, y la boca de expresión melancólica y severa.
Era el infante don Alfonso, que después reinó con el nombre de _Alfonso el Casto_, y de cuyo exterior nada más digo, porque trato de presentar de lleno su figura en otra historia, escrita ya en mi mente con bastante claridad.
La soledad que le rodeaba no parecía inquietarle en lo más mínimo: al ruido que hizo el anciano que ya conocemos al abrir la puerta, alzó sus grandes ojos y le miró tranquilamente.
—¿Cuándo veré a mi madre, Antar? —preguntó sin levantarse.
Y aunque su voz era serena y reposada, viose brillar una lágrima en sus largas pestañas.
—Cuando te plazca, señor —contestó el anciano inclinándose con el mismo respeto que si hablase a un monarca encanecido.
—Vamos ahora mismo —dijo don Alfonso poniéndose de pie con ademán resuelto.
—Antes de conducirte a la presencia de la reina, debo hacerte una advertencia, señor —observó Antar volviendo a inclinarse.
—Habla.
—El mundo entero cree muerta, desde hace un mes, a la reina de Asturias y de Galicia, y un voto sagrado la obliga a permanecer oculta para siempre a los ojos de todos los vivientes, como si ya morase en el sepulcro: prométeme, señor, no confiar a nadie el secreto de su existencia.
El niño salió a la iglesia, cuya puerta principal aún estaba cerrada para los buenos montañeses. Antar siguió a don Alfonso y se detuvo a su lado junto al altar.
Abrió el príncipe el libro de los Evangelios y puso sobre él su diestra blanca y hermosa, pero musculosa y fuerte como la mano de un guerrero.
—Juro —dijo con voz solemne—, juro no revelar, ni aun al rey mi padre, ni a la princesa mi hermana, el secreto de la existencia de la reina, mi madre y señora, que hoy se confía a mi lealtad de caballero. Empeño mi palabra de guardar este arcano hasta el sepulcro; y si a ella falto, que Dios me castigue en su justicia según de su agrado sea.
La voz del niño resonó clara y vibrante en las bóvedas del templo: cuando terminó la fórmula de su juramento, volvió a entrar majestuosa y acompasadamente en el aposento que pocos momentos antes abandonara.
Antar abrió otra pequeña puertecilla situada en un ángulo de la estancia, y mostró al infante una escalera mezquina, húmeda y oscura, pero por la cual, sin embargo, se lanzó el niño sin vacilar: al final de ella había un estrecho corredor tortuoso y sombrío, y en él otra escalera, que subieron igualmente, y que remataba en una puertecilla desvencijada y carcomida.
El anciano tocó suavemente a ella y a poco abrió una mujer, o más bien una sombra; al ver al infante, escapose de su pecho un grito de júbilo, pero inmenso, indescriptible: parecía que el corazón de aquella mujer, comprimido largo tiempo hacía, se dilataba al fin con una alegría santa e infinita.
La mujer que abrió era la reina Munia, o hablando con más propiedad, el espectro de aquella noble y hermosa reina, que hemos conocido en otro tiempo llena de vida y juventud.
Parecía más elevada su estatura a causa de la extrema demacración de su cuerpo; una túnica blanca la cubría del cuello a los pies; sus largos cabellos negros la envolvían como en un manto de terciopelo, pero sus prolongados rizos estaban matizados de muchas hebras de plata; sus grandes y oscuros ojos se habían hundido y apagado; sus labios, tan hermosos y encarnados en más remotos días, veíanse entonces blancos como las hojas de un jazmín arrebatadas por el viento; el matiz moreno y satinado de su tez había desaparecido para dar lugar a la palidez marmórea de un cadáver, y su paso era débil y su respiración entrecortada y penosa, como la de un ser consumido por la fiebre.
El grito que al ver a su hijo le arrancara la alegría, de que se inundó su alma, aniquiló todas sus fuerzas: no obstante, permaneció inclinada rodeando con sus descarnados brazos el cuello del niño, besando sus cabellos y su frente, y murmurando con voz ahogada estas breves palabras que parecían el eco de su corazón:
—¡Hijo mío!... ¡hijo mío!
El niño, de cuyos grandes y serenos ojos brotaron gruesas lágrimas, miraba a su madre con una ternura ávida e insaciable, y le devolvía sus caricias con amoroso delirio.
Dirigiose, por fin, la reina, sin soltar a su hijo, a una tarima de madera cubierta con un paño de sayal que le servía de cama; un gran crucifijo clavado en la pared, y debajo de él un reclinatorio y un libro de oraciones, componían todo el mueblaje de aquella reducida e ignorada celda, situada en el hueco de la torre.
—¿Dónde está tu hermana, hijo mío? —fue la primera pregunta que hizo la reina, pero con voz tan débil que apenas podía distinguirse.
—En Pravia con la infanta, madre mía.
—¡Oh! ¡Conque Adosinda no os ha abandonado!
—No se aparta de Jimena y de mí un solo instante, pero siempre está llorando.
—¡Dichosos los mortales que aún tienen lágrimas que verter! —murmuró la reina; y luego, alzando la voz, añadió con acento tembloroso:
—¿Y el rey, tu padre?
—Hace mucho tiempo que no lo he visto, madre mía: mas dícese que está en Cangas.
Un ahogado gemido desgarró el pecho de la pobre penitente.
—¿Y el infante Aurelio?
—Tampoco veo a mi tío.
La reina dobló la cabeza y permaneció largo rato sumergida en una meditación profunda.
—Oye el último consejo y el ruego postrero de tu infeliz madre, hijo mío —dijo al fin con una voz casi ininteligible—; óyelo, y vete con Antar, porque necesito estar sola con Dios. He querido verte para pedirte que ames y ampares siempre a tu hermana Jimena, y para encomendarte que huyas, mientras vivas, de todas las demás mujeres... ¡Oh, Alfonso mío! —prosiguió Munia—: ¡Una mujer ha perdido a la familia entera que cobijaba el dosel de Asturias y de Galicia!... ¡Una mujer ha empapado en sangre tu corona!... ¡Una mujer te ha dejado sin padres!... ¡Prométeme, pues, que huirás siempre de ellas!...
—¡Te lo prometo, madre y señora mía!
—Júrame que jamás abandonarás a tu hermana.
—En el nombre de Dios, lo juro.
—¡Gracias, hijo mío!... Ahora recibe mi bendición.
El niño se arrodilló a los pies de su madre, que le bendijo solemnemente; luego le abrió sus brazos y Alfonso se arrojó en ellos.
Pero de repente se aflojó el lazo que estos formaban; rompiose un instante después, vaciló la reina y fue a caer por último en su duro y pobre lecho de madera.
—¡Llévate al infante... Antar! —dijo Munia, cuya agonía empezaba; y luego añadió con acento imperioso y breve:
—¡Alfonso!... ¡jura a los pies de tu madre... ser un buen... rey de tus pueblos!...
—¡Lo juro!
—¡Gracias... hijo mío... y... adiós!
En seguida incorporose la reina por un último y poderoso esfuerzo, y estrechó a su hijo contra su pecho: sin duda que el niño comprendió con el instinto del corazón todo el valor de aquel abrazo postrero, porque, para separarlo de su madre fue necesario que Antar le tomase en sus brazos y le sacase fuera de aquella celda sombría.
—¿Qué tiene mi madre? —preguntó el infante al anciano, no bien estuvieron en la estancia contigua a la iglesia.
—Tu madre, señor, se ha condenado a una vida de penitencia y a una muerte de martirio por una culpa ajena —contestó Antar con voz solemne—; tu madre es la víctima expiatoria de las culpas de otra mujer. ¡Señor, señor! ¡Ruega a Dios por su alma!
Al decir estas palabras llegaban a la iglesia don Alfonso y Antar; el niño, pálido de emoción, dobló la frente y oró largo rato con una angustia visible solo a los ojos de Dios.
Luego se levantó, y el anciano se dirigió a la puerta de la ermita, la abrió, y dos escuderos, en cuyas vestas se veían las armas reales, rodearon al infante, mientras un tercero le aproximaba un poderoso caballo, que montó el niño con graciosa ligereza.
Entonces hizo este al montañés una leve y majestuosa señal de despedida, y sacando al trote su corcel, partió seguido de algunos soldados, sombrío y silencioso.
Aquella noche terrible no se borró jamás de la memoria de don Alfonso el Casto; fue tan fiel en cumplir el juramento que hizo a la reina, que jamás amó a mujer alguna, concentrando todo su cariño en el recuerdo de su moribunda madre.
El martirio de la reina de Asturias y de Galicia hizo un santo del hijo engendrado en su seno por un padre asesino.
* * * * *
Cuando el infante desapareció a los ojos de Antar, volvió este a la celdilla; la reina agonizaba ya, y el montañés aproximó a sus labios el crucifijo que pendía de la pared.
Incorporose un tanto Munia, y tomó las manos del anciano.
—¡Dios te bendiga... Antar... por el bien que... me has hecho!... —dijo con voz agonizante.
Luego imprimió sus labios en los pies del crucificado, y cayó exánime sobre la tarima, exhalando su último suspiro.
El montañés cerró piadosamente sus ojos: la cubrió con su manto blanco, y se arrodilló para besar sus plantas.
En seguida salió de la celda y agitó la campana que convocaba a los pastores, que no tardaron en llegar.
—¡Rogad, hermanos, por un alma que Dios acaba de llamar a sí! —dijo de súbito una voz en medio de ellos.
Un ardiente y fervoroso rezo se elevó de todos los ángulos de la iglesia, y sus ecos acompañaron a la morada celeste al alma santa de la reina mártir.
—Ahora —murmuró Antar—, solo hay en el mundo dos esperanzas para mí... ¡La venganza... y la muerte después!...
Y subiendo de nuevo a la celdilla, se arrodilló junto al cadáver de Munia, a cuyo lado pasó orando toda la noche.
XII
El Vengador
A la hora misma en que la reina Munia exhalaba el último aliento, un hombre se apeaba de un brioso corcel a la puerta del castillo real de Cangas, y pedía que le permitiesen ver al rey don Fruela, que hacía un mes había fijado su residencia en este punto, acosado, según se afirmaba, de los remordimientos que le devoraban en Pravia, su corte, desde la muerte del rey su padre.
En efecto, no obstante el carácter fiero de don Fruela, era creíble este aserto, porque el castillo real de Pravia había sido testigo de dos muertes: la del infante Bimarano, asesinado a puñaladas por el mismo monarca, y la de la reina Munia, muerta de dolor por tan horroroso crimen.
Nadie, empero, sabía la dura penitencia con que por espacio de un mes aniquiló su vida aquella generosa reina, porque de su existencia, durante aquel corto plazo, solo el fiel Antar tenía noticia: su hijo la había visto en la agonía, pero el niño no había tenido tiempo de revelar este secreto, que, por otra parte, jamás salió de su corazón.
Los remordimientos que se atribuían a Fruela no debían ser, sin embargo, muy intensos, puesto que había llevado al castillo de su noble padre y de su santa madre a la mujer causa de todos sus crímenes.
Sancha de Ribadeo vivía con él, gozosa de que el destino, al arrebatar la vida a la reina, le hubiera ahorrado el crimen de quitársela por su propia mano, como lo hubiera hecho sin vacilar.
La bella condesa de Ribadeo era completamente feliz: amaba a Fruela, como las mujeres de su temple aman al hombre que las vence en crueldad y fiereza. Para esta clase de mujeres no hay más que una alternativa, dominar o ser dominadas; avasallar al hombre a quien se entregan o ser el can humilde que lame la mano que le castiga; insaciables en su amor, en su ambición, en todas sus pasiones, son reinas o esclavas, y jamás han tenido atractivo para ellas la dulce intimidad, la recíproca tolerancia de los corazones tiernos, del mismo modo que no tiene entrada en su corazón ninguna pasión noble y generosa.
A Sancha, pues, le había tocado la suerte de ser esclava: amaba al rey con todo el poder de su corazón de fuego y de su voluptuosa organización; le adoraba por su hermosura, por su valentía, por su fiereza; y aquella leona, indomable hasta entonces, se convirtió de súbito en un humilde corderillo desde que encontró a un tigre que le superaba en fuerza y en crueldad.
Cuando el caballero de que hemos hablado se apeó en la puerta del castillo real, una nube de escuderos y hombres de armas acudió a tomar las bridas del caballo, mientras uno de ellos corrió a avisar al rey de su llegada, trayendo después orden de conducirlo en seguida a su presencia.
El caballero se dirigió inmediatamente a la cámara real, a cuya puerta esperaba ya don Fruela.
—Bienvenido, Aurelio —dijo dándole su mano para que la besara.
Mas el infante, lejos de tomar aquella mano, retrocedió dos pasos, y en sus negros ojos brilló un sombrío resplandor.
—Vengo —dijo dominándose—, vengo, señor, a que me des hospitalidad por esta noche en tu castillo.
—Preparad una habitación para el infante —dijo el rey en alta voz dirigiéndose a sus condes.
Y luego, volviéndose a él, añadió:
—¿Dónde has estado que nada he sabido de ti? ¿Cómo vienes tan flaco y pálido?
En efecto, Aurelio parecía su sombra: el dolor que devoraba su corazón, desde la muerte de la única mujer a quien había amado y de su hermano querido, había tornado huraños y feroces sus ojos y amarga su sonrisa: una lívida palidez cubría sus facciones, y sus cabellos, tan hermosos en otro tiempo, estaban enmarañados y cubiertos de polvo.
—He estado recorriendo toda la Galicia para descansar de las fatigas de la guerra, señor —contestó con sordo acento—, y ahora vengo de Pravia, porque quería ver a mi hermana.
—¡Ah, vienes de Pravia! —exclamó el rey, cuyo corazón de padre saltó al recuerdo de sus hijos—. ¿Has visto a los infantes y a Adosinda?
—Acabo de verlos.
—¿Y mis hijos?... ¿se acuerdan de mí?
—Don Alfonso está peligrosamente enfermo; en cuanto a doña Jimena...
—¡Mi hijo enfermo! —exclamó don Fruela cortando la palabra a Aurelio, porque, no teniendo en su corazón otro sentimiento puro que el amor a sus hijos, se acogía a él con afán—. ¡Enfermo!... ¿Desde cuándo?...
—Desde hace muchos días.
—¡Un caballo, pronto! —gritó don Fruela que, al oír aquella nueva, se olvidó hasta de la condesa.
Un escudero le presentó un soberbio alazán, y el rey, montando presuroso, partió sin pensar siquiera en mandar a sus soldados que le siguiesen.
—¡Aurelio! —gritó el rey, que desde que había manchado sus manos en sangre, no había vuelto a pronunciar la palabra _hermano_—. ¡Aurelio, di a la condesa la causa de mi partida!
Y desapareció como un relámpago.
Entonces los escuderos iban a aprestarse para seguir a don Fruela, mas una voz del infante los detuvo, enclavándolos en sus sitios.
—¡Dejad solo al rey! —gritó con imperioso acento—. Siguiéndole os exponéis a su enojo.
Los soldados permanecieron inmóviles, y el infante se dirigió con precipitado paso a la cámara de la condesa.
La noche había cerrado clara, serena y estrellada: las ojivales ventanas, abiertas de par en par, daban libre entrada a los rayos de la luna, que amortiguaban la rojiza luz de las teas con que estaba alumbrado el aposento de Sancha.
La hermana del conde de Cangas, vestida de una amplia túnica de lino blanco y fino como la seda, estaba dormida; su cabellera, recogida en gruesas y apretadas trenzas, caía fuera del lecho, descansando sobre el pavimento; y su brazo derecho, desnudo y torneado, colgaba también abandonado sin que la postura alterase su marmórea blancura.
La pasión había hecho palidecer más todavía la blanca tez de la condesa: al verla se dudaba si corría sangre por sus anchas y azuladas venas, visibles, sobre todo, en su redonda y voluptuosa garganta: sus grandes ojos, guarnecidos de negra seda, estaban rodeados de un círculo oscuro que los hacía más hermosos.
Servíale de almohada su brazo izquierdo, y sus desnudos pies, blancos como el mármol de Paros, se cruzaban como los de una estatua dormida en una tumba.
Al ruido de los pasos del infante, entreabrió los ojos y los volvió a cerrar dulcemente sin haberle visto siquiera y creyendo que era el rey la persona que acababa de entrar.
Mas Aurelio la movió rudamente obligándola a que despertase.
—¡Qué es esto! —exclamó sentándose en el lecho y mirándole con furiosos ojos—. ¿Quién eres? ¿Qué intentas?
—¿No me conoces? —dijo el infante aproximándose más a ella.
—¡El infante! —murmuró la condesa temblando instintivamente.
—¡Sí, el infante vengador del que murió por ti, ramera infame! —guturó Aurelio, ronco de furor—. ¡El hombre a quien has arrebatado un hermano querido y la mujer en quien adoraba!...
—¡Yo no maté a la reina! —murmuró la condesa yerta de terror y adivinando quién era la mujer de cuya muerte la acusaba Aurelio.
—¡Tú la has muerto, haciendo asesino a su esposo! Pero —continuó el infante arrastrando fuera del lecho a la condesa—, pero ha sonado la hora de mi venganza, y si tú, por ser una débil mujer, te libras de ella, ¡has de presenciarla al menos!...
—¡Socorro! —quiso gritar la condesa; mas su voz fue ahogada por la diestra vengadora del infante.
—¡Calla, o mueres! —dijo blandiendo un puñal sobre su cabeza.
Y buscando una puertecilla oculta en los tapices, que encontró enseguida, salió por ella, llevándose a la aterrada joven.
Al final de una larga escalera, se hallaron en la campiña: entonces apresuró el paso Aurelio, arrastrando con mano fuerte a la condesa, cuyos pies destrozaban las piedras del camino.
Cualquiera que, en el silencio de aquella hermosa noche, hubiera visto a la luz de la luna correr a Aurelio, cubierto de relumbrante acero, y llevando por la mano a la blanca y pálida figura de la condesa, hubiera creído ver a Satanás que se llevaba a sus dominios a una alma condenada.
XIII
Quien A Hierro Mata, A Hierro Muere
Durante una hora corrieron sin descanso la condesa y el infante; la desgraciada había perdido la voz y las fuerzas; ni un acento se escapaba de sus labios, ni una lágrima de sus ojos; cada instante más pálida, seguía corriendo, sin embargo, obedeciendo maquinalmente a aquella mano de hierro que la conducía, fuerte como la fatalidad, e implacable como el destino.
De súbito llegó a sus oídos, como los ecos de un sueño, el rumor de muchas voces, y luego todos aquellos acentos fueron dominados por uno solo, que la arrancó de su estupor: aquella voz poderosa resonó en su corazón, porque era la del rey.
—¡Villanos! —decía—, ¿conque os empeñáis en detenerme? ¡Viven los cielos que habéis de pagar cara tan infame traición!
—¡No tendrás tiempo para castigarla, execrable verdugo! —gritó el infante precipitándose con la condesa en un espeso bosque rodeado de soldados, y en el cual se encontraba don Fruela, desmontado ya y guardado por seis feroces montañeses que le amenazaban con los arcos preparados.
—¡Sancha! —exclamó el rey precipitándose hacia la condesa y olvidando a su vista todo lo demás.
—¡Sí! ¡Sancha, que viene a presenciar tu muerte, porque su mayor castigo será verte expirar a sus pies!
Al decir estas palabras, desenvainó el infante su puñal, y se arrojó sobre el rey. Sancha dio un grito penetrante y quiso cubrir a don Fruela con su cuerpo, mas este, empuñando su espada, la rechazó con fuerza.
—¡Fuera ese acero! —gritó el infante desarmando a su hermano con un vigoroso quite—: ¡el que asesina con puñal, a puñal debe morir!
Y antes de que Fruela pudiera desenvainar el suyo, le hundió el cuchillo en el pecho.[3]
[3] Este hecho es histórico y tan verídico como el asesinato del infante Bimarano por su hermano el rey Fruela I.
El rey cayó al suelo, lanzando un doloroso gemido; y Aurelio, menos cruel que lo había sido Fruela con el infeliz Bimarano, arrojó a lo lejos su puñal ensangrentado, no teniendo fortaleza bastante para herirle de nuevo.
Pero la herida era mortal: el acero fraticida había penetrado hasta el corazón del rey.
El infante, pálido y aterrado, fijó sus ojos extraviados en el cuerpo de su hermano, que yacía tendido a sus pies casi sin vida; vio a Sancha precipitarse sobre el rey, y oyó, aunque confusamente, los hondos y secos sollozos que desgarraban el pecho de aquella desgraciada.
—¡La sombra de Bimarano... me llama!... ¡Adiós, Sancha mía!... —murmuró el rey pasando su brazo en derredor del talle de la condesa—. ¡Aurelio!... ¡te perdono!... ¡Munia!... ¡Bimarano!... ¡perdonadme... vosotros... a mí!... ¡Piedad... para mis... hijos!
Y el rey de Asturias y de Galicia rindió el último aliento.
La condesa de Ribadeo sintió que el corazón que tenía bajo su mano dejaba de latir; acercó su boca a la boca entreabierta del rey, y no percibió ni el hálito más leve; entonces se puso en pie, rígida, desesperada, fatídica, delirante; lanzó un grito salvaje, y huyó perdiéndose entre la espesura del bosque.
Entretanto, los soldados acampados allí formaron un ancho círculo, dejando en medio a los condes y nobles del reino, convocados de antemano en aquel punto; el infante había empleado el tiempo que medió desde la muerte de Bimarano y de Munia en ganar para sí a los soldados y la nobleza, sublevándolos contra su hermano el tirano y asesino Fruela.
Poco trabajo le costara realizar su intento, porque nobles y pecheros lloraban sus honras holladas por el rey, oprobio de la dinastía de Pelayo, y para el cual no hubo jamás segura hacienda ni mujer, como aquella fuese rica y esta hermosa.
En tanto que la condesa corría desatinada por el bosque, sin que nadie se cuidase de contener su desesperación, dos nobles desnudaron a Fruela de su manto real y desciñeron la corona de su yerta frente, poniéndola en las sienes de Aurelio que, sombrío e inmóvil, se dejó envolver también en el manto; luego le colocaron sobre un arnés y alzándolo en hombros cuatro condes y tremolando los demás sus pendones, tomaron el camino de Cangas seguidos de todos los soldados.
Los mensajeros, que precedían a la comitiva, habían andado de prisa porque la ciudad estaba iluminada y las calles llenas de gente; el cortejo, a cuya cabeza iba Aurelio en hombros de sus condes, la atravesó con los pendones desplegados entre los gritos de la multitud, que aclamaba frenética al nuevo rey.
Al llegar al castillo real, los nobles agitaron los pendones y uno de ellos gritó con voz fuerte y sonora:
—¡Asturias! ¡Asturias! ¡Asturias por el rey don Aurelio!
—¡Asturias por el rey don Aurelio! —contestó la muchedumbre en un inmenso grito de júbilo.
Y el nuevo rey olvidó con la algazara el espanto de su crimen, y con los ojos radiantes de alegría saltó del arnés y entró en el real castillo seguido de sus condes y soldados.
XIV
La Loca
Trascurridos seis días, salió el rey con toda su corte para Pravia, donde iba a fijar su residencia.
Apenas hubo llegado, llamó a su hermana Adosinda y la intimó su voluntad de desposarla con Silo, el más poderoso de sus condes y anciano honrado y venerable.
La desdichada joven, que se ahogaba en aquella atmósfera impregnada de crímenes y sangre, aceptó la alianza que su hermano le propuso, con un profundo reconocimiento hacia Silo, pidiendo solamente la gracia de llevarse a los infantes hijos de Fruela a Viseo, donde iba a vivir con su esposo.
Accedió a esta súplica el rey Aurelio, y Adosinda se desposó y salió en seguida de Pravia en compañía de su esposo y sus sobrinos.
Aquella princesa fue dichosa al lado del venerable Silo, y cuando a la muerte de Aurelio ocuparon el trono de Galicia, los montañeses creyéronse regidos por la virtud y la inocencia, simbolizadas en el anciano rey y en la hermosa y angélica reina.
El reinado de Aurelio fue corto y azaroso: solo reinó seis años, y estos devorado de remordimientos; cada noche veía en sueños la imagen santa de Munia que iba a pedirle cuenta de la sangre de su esposo y del trono que ocupaba en perjuicio de su hijo Alfonso.
Siempre que salía a caza, se le aparecía delante una mujer descarnada, pálida y desencajada, cuyas formas cubría apenas una andrajosa túnica blanca. En vano Aurelio quería huir al verla; la visión le perseguía corriendo y gritando entre insensatas carcajadas:
—¡Tu corona es de sangre!... ¡¡Tu corona es de sangre!!...
Aquella mujer era la condesa de Ribadeo, que vagaba loca, furiosa y errante por los montes de Asturias desde la muerte de Fruela I.
El mismo día en que llegaron Adosinda y Silo a su castillo de Viseo, una lucida comitiva de nobles, escoltada por cincuenta montañeses, llegaba también al monasterio de Jesús, con una orden de la princesa Adosinda, para recoger al infante don Bermudo, hijo de Bimarano y Sancha, y depositado por Aurelio en aquel santo asilo.
Bermudo creció al lado de Alfonso el Casto y de Jimena, y este trato íntimo ligó a los tres infantes con un profundo y tierno cariño.
Sabido es que el infante don Bermudo, después de ser ordenado de diácono y abad del monasterio de San Salvador de Pravia, dividió con don Alfonso II, el Casto, el trono de Asturias y Galicia.
El conde Eurico fue desterrado a Oviedo, y llegó a su destino dos días después de tomar el rey Aurelio posesión de su castillo de Pravia; pero, al atravesar un frondoso bosque que se extiende a espaldas de la ciudad, se detuvo su caballo espantado ante una forma blanca: era de noche y el conde se vio forzado a apearse para reconocerla; mas sus labios lanzaron un grito de dolor al ver que tenía a sus pies el cadáver de su hermana.
La desdichada había lanzado el último suspiro con la cabeza apoyada en una cruz que señalaba una sepultura recién abierta.
¡La justicia de Dios la había llevado a morir a la tumba de Munia, uniendo así, con el sueño de la muerte, a la víctima y al verdugo!...
Aquella tarde no oyeron los pastores la campana de la ermita; pero, arrastrados por la costumbre, acudieron a ella sin embargo; encontráronla cerrada y tendido delante de la puerta vieron el cadáver del anciano montañés que la guardaba, el cual, después de la muerte de la reina y viendo cumplida su venganza con el asesinato del rey don Fruela, se había dejado morir de hambre, como el perro fiel que ha perdido a su amo.
La Diadema De Perlas
Parte Primera
Los Bastardos De Alonso Onceno
La familia del hombre no dura más que un día: el soplo de Dios la dispersa como el humo; apenas conoce el hijo al padre, el hermano a la hermana. La encina ve germinar sus bellotas en torno suyo: ¡no sucede así con los hijos de los hombres!
(CHATEAUBRIAND, _Renato_.)
I
Acababa de ser jurado rey Enrique II, después de haber clavado su daga en el pecho de su hermano don Pedro en los campos de Montiel.
La antiquísima ciudad de Burgos parecía rejuvenecida con las fiestas reales: era el día postrero que pasaba el rey bajo sus muros, pues marchaba a Sevilla, con el objeto de convocar cortes.
El monarca había oído misa aquella mañana en la suntuosa catedral, y los buenos castellanos habían acudido en tropel de los pueblos inmediatos para verle por la última vez.
Pero Enrique no salía: sin duda que el intenso frío de aquella tarde de invierno no le dejaba gana de acceder a los deseos de su pueblo. Las puertas del alcázar, guardadas por los soldados del rey, eran inaccesibles a todos, y los curiosos tenían que contentarse con ver pasear a los pajes y escuderos en el ancho patio, y con oír resonar sus espuelas en el enlosado pavimento.
Sin embargo, todos los contemplaban, a falta de otra cosa mejor, y aquellas buenas gentes admiraban las bordadas ropillas y las gorras adornadas de plumas de los unos, y las brillantes armaduras de los otros.
Mas, a pesar de la avidez con que la muchedumbre miraba el patio del alcázar, nadie vio cruzar a un hombre envuelto en un ancho manto, y cuya cabeza estaba cubierta por una holgada toca de terciopelo; bien es verdad que lo atravesó con tanta rapidez que se asemejaba mejor a una sombra que a un ser viviente.
Aquel hombre abrió una puertecilla situada cerca de la escalera principal y salió a la calle, encontrándose en la cuesta de Santa María, que empezó a subir precipitadamente, cubriéndose el rostro con el embozo cuanto le fue posible.
Nevaba a la sazón furiosamente: bien pronto el manto del caballero —pues sin duda lo era a juzgar por su apostura— se vio enteramente calado, sin que por esta circunstancia se detuviera ni retrocediese en su camino.
Llegó por fin a la calle de Fernán-González, una de las más solitarias de la antigua ciudad; aún hoy existe el arco que la terminaba en aquella época, y aún lleva hoy también el nombre del valeroso conde castellano.
El hombre del manto se paró delante de una casita de pobre apariencia, y llamó suavemente: pocos momentos después se oyeron pasos, abriose la puerta, y una joven, vestida de negro, se arrojó en los brazos del desconocido.
—¡Gracias a Dios que te veo, Florestán! —exclamó con voz dulce y vibrante de ternura—. ¿Cómo has tardado tanto hoy? —continuó sin deshacer el amante lazo que formaban sus brazos al derredor del cuello del caballero—: mi madre quería llevarme a la plaza para ver a S. A. por la última vez, mas yo he preferido quedarme, porque el corazón me decía que vendrías... pero, ¡Dios mío!, ¡vienes calado! Vamos, vamos arriba.
Y la joven separó sus brazos del cuello de su amante, y le tomó la mano haciéndole subir en pos de ella.
Al llegar a la puerta de la habitación, Florestán deshizo el embozo de su manto, le arrojó sobre una silla y se sentó con aire meditabundo y melancólico; la hermosa niña permaneció en pie a su lado contemplándole con amor.
Aquel aposento manifestaba suma pobreza: algunos viejos sitiales de anticuada forma, una mesa dorada, enmohecida por el tiempo, y algunos deteriorados cuadros con estampas de la Virgen componían todo su ajuar; una estrecha ventana apenas dejaba pasar la luz por sus vidrios de colores, y la nieve, que seguía cayendo a grandes copos, había extendido un velo en la atmósfera que hacía más densa la oscuridad de aquella habitación; pero, si mísero y triste era su aspecto, nada había comparable a la belleza de las dos personas que a la sazón la ocupaban.
Tendría la joven de dieciocho a veinte años; su tez, de una pureza deslumbradora, era blanca y mate como el nácar; dos gruesas trenzas de cabellos negros nacían en sus cándidas sienes y bajaban hasta su rodilla; la hermosura de sus negros ojos era admirable, y el delicioso carmín de su pequeña boca la hacía asemejarse a una flor de húmedo y brillante coral; tenía pobladas y sedosas cejas negras, riquísimas y rizadas pestañas, y nariz pequeña y delicada; era pálida, y en su blanca tez parecían aún más deslumbradores los reflejos de azabache de su sedosa cabellera.
Vestía de negro, y su traje humilde era el de las jóvenes villanas de Castilla: una ancha basquiña de lana negra dejaba ver sus piececitos, calzados con zapatos de cordobán negro, semicubiertos con un ancho lazo de cinta, y un corpiño de terciopelo negro también, con largas haldillas, marcaba maravillosamente su esbelto y flexible talle; desde el escote del corpiño salía una camiseta de batista, plegada, que terminaba en un estrecho cuellecito bordado de lana negra, lo mismo que las blancas mangas que salían de sus angostas hombreras y que no llegaban a ocultar la hermosura de sus brazos.
Llevaba en el cuello una cruz de oro pequeña, pendiente de una estrecha cinta de terciopelo.
Aquella joven tenía cierta apariencia de dulzura y debilidad que encantaba: eran tristes sus hermosos ojos, triste también la expresión de su pequeña boca, cuya sonrisa debía ser bien melancólica.
Su compañero aparentaba unos treinta y cuatro años: su talla, aunque mediana, era gallarda y bien proporcionada; sus ojos pardos, grandes y rasgados retrataban la altivez y la pasión; bajaban sus cabellos castaños en luengos rizos hasta tocar sus hombros, y sus largos bigotes se ensortijaban en sus mejillas.
Tenía la boca de corte gracioso, pero severa y desdeñosa; su ancha y elevada frente pintaba bien la arrogancia de su carácter y una natural costumbre de mandar.
Vestía una modesta ropilla gris, y una toca sin pluma, que dejó con el manto antes de sentarse.
—¿Qué tienes, Florestán...? —preguntó la joven apoyándose cariñosamente en su hombro—. ¿Por qué estás tan triste hoy?
—Porque me veo obligado a separarme de ti, Berenguela —contestó él con voz alterada y atrayendo hacia sí a la joven, al mismo tiempo que ella juntaba las manos con expresión de profundo terror.
—¡Separarte de... mí! —repitió como asombrada—... ¿Qué es lo que has dicho, Florestán?
—La verdad: no he tenido hasta hoy valor bastante para declarártelo, pero ya es forzoso, porque... debo partir mañana.
—¡¡Mañana...!!
—Este grito se escapó de los labios de la doncella, a la vez que caía en un sitial, pálida y desfallecida.
—¡Berenguela, Berenguela mía! ¡Ten piedad de mí! —exclamó el caballero cogiendo las manos de la infeliz joven—. ¡Tu dolor me mata! ¡Ah! ¿Por qué no me es dado morir contigo?
Florestán inclinó la frente apoyándola en la blanca diestra de la joven; su respiración anhelante hacía levantar su pecho, y parecía quebrantado por un profundo dolor.
—Óyeme —dijo al cabo de algunos instantes—, óyeme, Berenguela: mi honor, mi deber, mi conciencia me mandan salir mañana de Burgos con la comitiva de S. A. Tú sabes que soy noble, y ya te he dicho muchas veces que jamás he faltado a ninguno de los deberes que mi condición me impone. Pero lo que no te he dicho nunca es que la voz del amor que te tengo es más fuerte en mí que la de todas esas consideraciones: habla, pues, Berenguela mía. ¿Quieres que nunca me separe de tu lado? ¿Quieres que me quede? Habla, y yo te obedeceré ciegamente.
—¡Tu honor... tu conciencia... tu deber! —repitió la joven con voz lenta y triste—. Parte, Florestán... —prosiguió haciendo un sublime esfuerzo—, parte...
Y luego, arrojándose en los brazos del caballero, que la contemplaba con amargo abatimiento, añadió:
—¡Pero no me olvides jamás!
Durante algunos instantes, latieron juntos aquellos dos corazones; la joven fue la primera que levantó la frente, en la cual se veía pintada una adorable resignación: más fuerte que su amante, quería alentar a este en la dolorosa lucha que sostenía.
Entonces sacó Florestán de su limosnera una preciosa cajita de marfil, y la abrió tomando de ella una estrecha diadema de perlas de incalculable valor por su tamaño y su pureza, que se cerraba en medio por un joyel de riquísimos diamantes.
—Guarda, amor mío, este recuerdo de nuestro cariño —dijo a Berenguela, colocando la diadema en su hermosa frente—: mi madre la llevaba cuando murió cobardemente asesinada, y su mano moribunda la puso en la mía como un postrer don del amor que me profesaba. Es la prenda más cara que puedo darte: ¿me prometes llevarla siempre, Berenguela?
—¡Siempre! Te lo juro.
—Adiós, pues: si alguna vez necesitas del rey de Castilla, preséntate a las puertas de su alcázar con esa joya, y conseguirás llegar hasta él; pero tú solamente, ¿lo oyes?
La desdichada no dio muestras de oír estas palabras.
Había vuelto a echar sus brazos al cuello de Florestán, y parecía absorber en sus ojos la luz melancólica de la mirada de su amante.
—¿Volverás, Florestán? —preguntó en baja y trémula voz.
—¡No lo sé! —contestó él desviando sus ojos del semblante de la pobre niña—; ¡no lo sé, Berenguela! Pero te juro que, si no vuelvo, te enviaré a buscar para que vengas a mi lado.
Al pronunciar estas palabras, recogió el manto y la toca, y se lanzó a la calle arrancándose de los brazos de la joven, que cayó desvanecida en su asiento.
II
Un año después de estos sucesos, hallábanse dos personas en la mísera estancia en que tuvo lugar la despedida de Berenguela y Florestán. Era la una un caballero como de cincuenta años de edad, de frente calva, ojos grandes y brillantes, y fisonomía pálida; denotaban bondad sus abultados labios, y su sonrisa era a la par noble e inteligente; vestía un riquísimo traje de terciopelo negro, bordado de oro, y pendía de su cuello una gruesa cadena del mismo metal. Aún conservaba puesta su toca, adornada de una larga pluma blanca.
La otra era una anciana de vulgar e impasible fisonomía: su humilde traje, no menos que su postura respetuosa, decían bien claro que era muy inferior en condición a su compañero.
—¿Conque decís, señora Urraca, que tanto ama a la niña don García? —preguntó el caballero a la anciana, que permanecía en pie delante de él.
—Tanto, señor, que desde que empezó a requerirla de amores ese otro hombre, a quien Dios confunda, y ella, prendada de él, declaró a don García que solo le amaba como una hermana, se le ve decaer de día en día.
—Y Berenguela, ¿qué dice, al verlo?
—Nada: desde que partió su amante vive abismada en tan profundo dolor, que nada advierte de lo que pasa en torno suyo; solo algunas veces, al ver a don García, que la contempla con aire abatido, le toma la mano, se sonríe tristemente, y dice con monótono acento: «¡Consolaos, don García! Dios se apiadará de nosotros.»
—¿Y sabéis, señora Urraca, qué es ese don García?
—No sé más que lo que él me ha dicho: que es hijo de un hidalgo del vecino pueblo de Lerma, y que ha peleado en los tercios de don Enrique; ha un año entró en esta casa, cuando las tropas del maldito rey, que Dios castigue, asolaban el país, para curar una herida de un compañero suyo; vio a Berenguela, y ya no quiso abandonarla, pues aunque reside en Lerma, viene aquí con frecuencia para verla.
—¿Y del otro amante sabéis?...
—De ese sí que no sé una palabra.
—¡Dos amantes incógnitos! —murmuró el caballero en voz baja; pero, añadió alzándola—: ¿cómo no habéis tratado de apurar quiénes son esos hombres que aman a vuestra hija?
—¡Mi hija! —repitió la señora Urraca—. ¿Acaso lo es? ¿No sabéis tan bien como yo que hace dieciséis años encontré a una niña, que apenas contaba dos, a la puerta de mi casa en la ciudad de León, donde yo habitaba entonces? ¿No os he dicho ya que hallé atado a su cuello con un cordoncito de seda negro, un pergamino rollado, en que me daban instrucciones, y a su lado un bolsillo lleno de oro?
—Sí, me habéis hablado de ese pergamino... Y a propósito, ¿tenéis a bien enseñármelo ahora?
Levantose la anciana y fue a sacar de un armario, incrustado en la pared, un pequeño pergamino enrollado que presentó al caballero.
—Tomad —dijo—. Es el mismo que Berenguela llevaba al cuello.
Desdoblolo él, y se puso a leer: poco a poco su fisonomía se fue animando; y un hondo pliegue se formó entre sus cejas pobladas y negras aún como el ébano; después, sin saber quizás lo que hacía, volvió a leer en voz alta casi todo el contenido del pergamino, en tanto que la señora Urraca le escuchaba con la mayor atención.
«Esta niña —decía el escrito— es hija de padres nobles y poderosos; cuidadla, buena mujer, y el cielo os recompensará en este mundo y en el otro.
»No le digáis jamás que no es hija vuestra, y el día en que un caballero se presente a reclamarla con un pergamino igual a este, entregadla sin demora.»
Al acabar la lectura, plegó el anciano el pergamino con aire triste y meditabundo.
—¿Cuánto os daban cada año por cuidar de esa desdichada niña? —preguntó tras un breve silencio.
—Trescientos doblones, es decir, una suma igual a la que encontré en el bolsillo.
El caballero devolvió el pergamino a la anciana, e iba a hablar cuando esta, que estaba en pie junto a la ventana, hizo un brusco movimiento.
—¡Ya viene! —dijo señalando con la punta de su descarnado dedo a la calle—. ¡Miradla, señor, qué abatida está!
—¿Qué es eso que lleva en la frente? —preguntó el anciano indicando la magnífica diadema de perlas que ceñía los negros cabellos de Berenguela.
—Eso es un dije que le regaló su amante al partir, y que ella no ha querido quitarse ni un instante.
—¡Ah!... —murmuró el caballero, que miraba a la joven con desencajados ojos.
Largo tiempo la siguió con su sombría mirada: cuando Berenguela entró en la casa, quedó inmóvil, como esperando verla aparecer.
Entró, por fin, en la habitación, y sin mirar a las personas que estaban en ella, fue lentamente a sentarse en un banco de madera; después cruzó las manos y dobló tristemente la cabeza, en tanto que el caballero seguía contemplándola absorto.
Excusa tenía su distracción. Berenguela presentaba la imagen fiel del ángel de los sepulcros: sus grandes ojos inclinados, su pálida frente, sus largos cabellos negros, brillantes como el plumaje que viste las alas del cuervo, y sus blancas manos cruzadas, le daban un aspecto sublime y desgarrador.
Largo rato permaneció inmóvil y muda; luego levantó los ojos, pasó por la frente su abrasada mano, y articuló débilmente estas palabras:
—¿Ha venido, madre mía?
—¿Quién? —preguntó la señora Urraca.
—Él... Florestán.
La anciana se encogió de hombros con aire estúpido, sin comprender siquiera aquel inmenso dolor.
—¿Habéis dicho que no, madre mía? ¿No es verdad? —tornó a preguntar la desdichada.
—No he visto más que al señor caballero.
Berenguela levantó la cabeza; miró con afán al anciano y se aproximó a él lentamente: cuando llegó enfrente de él, puso las manos en sus hombros y clavó sus grandes ojos en su semblante.
—No... no eres tú el que yo espero —dijo con el tono de voz lento y triste que le era habitual—; no eres tú... pero ¿le has visto?, ¿sabes dónde está?
De súbito brilló en sus ojos un rayo de alegría, batió las palmas gozosa, y sus facciones se animaron con una radiosa expresión de ventura.
—¡Ah! gritó; ya sé a qué vienes... sí... sí... ya lo sé... a buscarme de parte de Florestán; porque él me lo dijo... «Te juro que si no vuelvo, te enviaré a buscar...» Eso... eso me dijo... ¡Oh, con cuánta alegría veo ahora que me cumple su promesa!
Al acabar de pronunciar estas palabras, se dirigió apresuradamente a un pequeño cuarto que le servía de dormitorio, y salió envuelta en un amplio manto negro.
—¡Vamos, vamos por Dios! —exclamó con ansia indescriptible—. ¡Llévame pronto con él, que me estará esperando con impaciencia!
—No seas loca, muchacha —dijo la señora Urraca ásperamente—. A donde tú vas es a acostarte, porque hoy te devora la calentura, y no pienses mañana, ni nunca ya más, en salir al campo; los ardores del sol te trastornan el cerebro.
—¡Iba a esperarle..., madre! —dijo la pobre joven con desgarradora tristeza, pero con dulcísima voz, en tanto que la despiadada vieja le desprendía bruscamente los pliegues del manto.
Luego cruzó las manos, mirando dolorosamente al anciano, y se dejó caer en el banco murmurando al verle salir:
—¡Se va sin mí!
La señora Urraca le acompañó, y Berenguela, doblando la frente, quedó inmóvil y abismada de dolor.
III
Algunas horas más tarde se encontraba don Álvaro Garcés, conde de Carrión, en una suntuosa estancia de su palacio de Burgos, en compañía de un joven de hermosa presencia y lujosamente vestido.
Tenía este veintidós años, a lo sumo: su fisonomía era melancólica y apasionada; sus rasgados ojos, negros como sus cabellos, armonizaban con su tez muy morena; era de estatura elevada y de talle esbelto, y lleno de gentileza.
Su traje estaba ricamente bordado de oro; llevaba una espada cuyo puño resplandecía de pedrería, y su toca, que se veía sobre la mesa, estaba adornada de una hermosa pluma.
Ambos ocupaban dos sillones iguales, dorados y de alto respaldo: junto al joven se veía una mesa cubierta con un tapete bordado de oro, en la cual apoyaba su brazo izquierdo.
Iluminaba la estancia una lámpara de plata, pendiente de tres cadenas del mismo metal; ambos caballeros parecían absortos en una profunda meditación, porque guardaban silencio: las fisonomías de los dos retrataban un intenso pesar.
—¿Conque eres tú, Fernando, el rendido y desdeñado adorador de esa joven? —dijo don Álvaro, después de mirar por largo rato la inclinada frente de su hijo—. ¿Eres tú el que se finge llamarse don García y ser hijo de un hidalgo de Lerma?
—¡Oh, perdón, padre mío, perdón! —exclamó el joven cruzando sus manos con ademán de súplica—. ¡La amo tanto, y hace ya tanto tiempo! Cuando vine aquí hace un año, acompañando a don Enrique, entramos en su casa, para que el infante restañase la sangre que corría de sus heridas, recibidas en el último encuentro con las tropas de don Pedro; nada advirtió a Berenguela que era el hermano del rey, el hombre a quien ella vendaba la cabeza, ni pudo conocer la condición de las personas que la acompañaban; nos creyó soldados de los tercios de don Enrique y nada más; además, su anciana madre se hallaba ausente de su casa, y, viviendo sola con ella, nadie podía reconocernos.
Una triste sonrisa plegó por un momento los labios de don Álvaro, mas su hijo, sin apercibirse de ello, continuó:
—Desde aquel día, la imagen de Berenguela no se apartó un instante de mi pensamiento, y cuando, ya coronado rey don Enrique en esta ciudad, os decidisteis a fijaros en ella para descansar de las fatigas de la guerra, pedí su venia a S. A. para venir a pasar algún tiempo en vuestra compañía y restablecer mi salud, más quebrantada por el amor que me consumía que por la sangre perdida en los combates.
Detúvose aquí Fernando, porque era llegado el instante de revelar a su padre el ardid que había usado para encubrir su nombre y el sitio de su residencia; cubriose su frente de encendido rubor, y bajó los ojos enteramente falto de aliento.
Mas aunque su confusión fue harto visible a los perspicaces ojos del anciano, guardó este un severo silencio, dejándole apurar toda la amargura de su primera mentira.
—Cuando llegué a Burgos —continuó el joven tras de un largo y angustioso silencio—, mi principal cuidado, no bien os abracé, fue ir a ver a Berenguela. Díjele, ¡perdón, padre mío!, díjele que me llamaba don García, que era hijo de un hidalgo de Lerma, y que acababa de retirarme a descansar a mi casa durante las treguas que abría la guerra.
Berenguela me escuchó con su sonrisa de ángel; mas ni una chispa de la pasión que ardía en mi corazón vi reflejarse en sus ojos; dulce y tranquilamente me oyó, y cuando le rogué que diese alguna esperanza a mi amor, me contestó fijando en mi semblante su apacible mirada:
—Don García, amo a otro, y solo puedo ya corresponder a vuestro amor con el cariño de una hermana.
Una súbita expresión de alegría iluminó las abatidas facciones de don Álvaro, pero se desvaneció con la misma rapidez con que había aparecido.
—Nada más he podido lograr —prosiguió Fernando con amarga tristeza—; hace algún tiempo que se abatió mucho más, y que su salud se alteró visiblemente; después, una dolorosa enajenación mental la preocupaba de continuo, y últimamente he creído columbrar que su razón está herida, y que la demencia clava sus garras de fuego en las sienes de Berenguela.
Un ahogado sollozo cortó al joven la palabra y ocultó el rostro entre sus manos. Don Álvaro pasó las suyas por su abatida frente, y alzó al cielo los ojos como demandándole valor.
—Olvida a esa joven, Fernando —dijo tras un largo silencio—; olvídala, porque jamás podrá ser tuya.
—¡Olvidarla! —gritó el joven saltando en su asiento, como si un dardo le hubiese herido—. ¡Olvidarla, padre! Arrancadme el corazón con vuestra propia mano, si queréis que yo olvide a Berenguela.
—¿Prefieres que vuelva a encerrarte en el castillo de Carmona, de donde te saqué para que pelearas en los tercios de don Enrique?
—Nunca os he pedido cuenta de la prisión en que he pasado la aurora de mi vida, padre mío: volvédmela a abrir; sepultad de nuevo en ella mi infeliz juventud, ¡y Dios os bendiga, si así me aceleráis la muerte!
—¡Conque tanto la amas! —exclamó con amargura don Álvaro—. ¿Conque ni mis ruegos podrán hacer que la olvides?
—Nada podrá hacer que yo deje de amarla, y de consagrarle mi vida.
—¡Matadme, pues, señor —gritó don Álvaro, arrojándose a los pies del joven, y descubriendo su noble pecho lleno de cicatrices—. Vos no sois mi hijo, como yo os hice creer; sois don Sancho, el anteúltimo hijo del rey Alonso onceno y de doña Leonor de Guzmán, y esa joven es la infanta doña Berenguela, postrer fruto de aquellos desgraciados amores! ¡Matadme, señor —repitió el anciano doblando hasta el suelo su calva frente—, porque solo hundiendo en mi pecho vuestra espada, conseguiréis acercaros a ella!
Calló don Álvaro, y un profundo silencio siguió a su terrible revelación: cuando se atrevió a levantar los ojos, vio a don Sancho, inmóvil delante de él, lívido, erizado el cabello y cubierta la frente de helado sudor. No de otro modo debió aparecerse a _Hamlet_ la sombra de su padre en su palacio de Dinamarca.
Cuando las miradas de aquellos dos hombres se encontraron, los ojos del infante perdieron algo de su horrible fijeza; llevó al pecho ambas manos, y dejó escapar un gemido desgarrador.
—¿Quién es entonces... el otro amante de... mi... her... mana? —articuló con voz honda y lúgubre.
Estremeciose el anciano conde, que aún permanecía arrodillado; inclinó la cabeza, y contestó con voz temblorosa:
—¡Enrique II, rey de Castilla y de León!
IV
Un ahogado grito del infante apagó el eco de estas últimas palabras. Don Álvaro seguía postrado delante del joven, que se dejó caer casi exánime en su asiento.
—Levántate —dijo al fin rompiendo el penoso silencio que hacía tiempo reinaba—; levántate, conde, y explícame el hondo misterio que ha envuelto hasta hoy mi nacimiento y el de esa infortunada.
La actitud y el acento de don Sancho, al pronunciar estas palabras, nada tenían de semejantes con los del joven Fernando, que pocos momentos antes era el hijo amante y sumiso de don Álvaro. Con la mano apoyada en la mejilla, y el codo en la mesa, se preparó a escuchar las palabras del anciano: un rayo de augusta majestad iluminó sus dulces ojos, irguió la frente, y la sangre de los reyes de Castilla se animó en sus venas, dando a toda su figura un carácter de imponente grandeza, que nunca había obtenido.
El conde, obedeciendo el mandato de don Sancho, se puso de pie y permaneció inmóvil y confundido.
—Habla —repitió el infante—: dime por qué he ignorado yo hasta este momento que era hijo de Alonso onceno, y por qué lo ignoraba también Berenguela.
—¡Ah, señor! —exclamó el anciano—. ¡Señor mío, perdón! Solo el expreso mandato de vuestro padre ha podido obligarme a guardar silencio; solo el juramento que le hice ha podido sellarme los labios.
—¿Mi padre te encargó que nos ocultases nuestro nacimiento?
—Sí, señor; cuando vuestra madre os dio a luz, ya vuestros hermanos y ella eran terriblemente perseguidos por el odio de la reina doña María, legítima esposa de vuestro padre. Ya no sabían los que os dieron el ser dónde ocultaros. En tal angustia, el rey acudió a mí pidiéndome, con el mayor encarecimiento, que os hiciese criar secretamente y pasar por hijo mío. «Leonor —me dijo— morirá si le matan sus hijos: yo salvaré a los otros; pero tú, Álvaro, tú, sálvame este.»
Bien sabía el rey que nada podía conmover mi corazón como estas palabras: «Salva este hijo a Leonor, porque si no, va a morir.» Para él no era un misterio la pasión que yo profesaba a vuestra madre, y que me mataba lentamente.
—¿Tú has amado a mi madre?
—La amé, señor, desde que mis ojos vieron la primera luz: deudo su padre del mío, y unidos por la más sincera y entrañable amistad, juntos nos criamos y crecimos; mi madre nos abrigó a un tiempo en su regazo, y la misma cuna nos meció; juntos corrimos por los floridos pensiles de Sevilla, y el primer latido de mi corazón fue de amor para aquella hermosa niña, que solo me profesaba el tranquilo cariño de una hermana.
»Quince años tenía Leonor cuando se casó con un poderoso hidalgo: desesperado yo, me vestí la coraza y marché a buscar la muerte en las batallas; pero la muerte huye siempre del que la busca, y yo no pude encontrarla.
»Algunos años después, llamó la atención de Alonso XI la fama de mis hechos de armas y me hizo capitán de su guardia. Juzgad cuál quedaría cuando hallándonos en Córdoba, corte a la sazón de los monarcas de Castilla, me mandó una noche acompañarle a una hora muy avanzada: envueltos en nuestros mantos, y caminando con gran sigilo, cruzamos muchas calles, deteniéndonos al fin en la puerta de una hermosa casa; abrió el rey con una llave que sacó de su limosnera, y penetramos en ella.
»Una dueña nos esperaba: después de atravesar varios aposentos ricamente adornados, nos encontramos en una estancia amueblada con regia suntuosidad. Recostada en un sitial, había una joven que, por lo esbelto de su figura y delicado de sus formas, no podía pasar de los dieciocho años; estaba vuelta de espaldas a la puerta, y tenía puesto un riquísimo brial de terciopelo azul, bordado de perlas, cuya larga cola se extendía como una alfombra en derredor de su sillón dorado; no tenía en la cabeza otro adorno que los largos rizos de sus cabellos castaños, que besaban lascivos el cuadrado escote de su traje: al ruido que hicimos al entrar, volvió la cabeza, y sus grandes ojos negri-azules brillaron de contento.
»—¡Don Alonso!... ¡Álvaro!... —exclamó corriendo hacia nosotros: pero estos dos gritos tuvieron en sus labios distinta entonación; el primero revelaba pasión inmensa; el segundo la alegre sorpresa de la hermana que ve a su hermano tras una larga ausencia.
»—¿Conoces al conde de Carrión, Leonor? —preguntó el rey admirado.
»—¡Que si le conozco, señor! —exclamó ella—. ¡Que si le conozco, cuando he nacido casi al mismo tiempo que él! ¡Que si le conozco, cuando he dormido en la misma cuna, he mirado el mismo cielo y he aspirado el perfume de las mismas flores! ¿No os he hablado muchas veces de un hermano a cuyo lado crecí, y a quien amaba en extremo? Pues bien, ¡aquí le tenéis!
»Contrajéronse algún tanto las espesas cejas del rey, al oír hablar a Leonor con tanta vehemencia, y mi frente se inundó de un helado sudor, al escuchar aquellos acentos. Don Alonso, celoso como lo son todos los seres que abrigan una gran pasión, hasta de las plácidas expansiones de la amistad, vio en el afecto que su amada me manifestaba la primera nube que empañaba el cielo azul y sereno de su recíproco amor: en cuanto a mí, la vista de aquella mujer tan tierna y constantemente amada, y los dulces recuerdos de lo pasado, que ella evocaba con acento conmovido, me hicieron casi sucumbir al exceso de mi emoción.
»Ella, empero, puso fin a una situación tan embarazosa tomando de la mano al rey y conduciéndole a un camarín que ocupaba el extremo de una estancia; abrió las cortinas y luego descubrió los preciosos tapices que ocultaban una lindísima cuna de estructura gótica, labrada de marfil y plata, y en cuyo centro descansaba un niño de pocos meses.
»Era don Enrique, conde de Trastamara, y hoy Enrique II rey de Castilla.
Un temblor convulsivo recorrió el cuerpo del infante al oír pronunciar el nombre de su hermano: la palidez que cubría sus hermosas facciones se hizo más intensa, y cerró los ojos como para sujetar dentro de su abrasada frente el delirante pensamiento.
Don Álvaro, a cuyos penetrantes ojos no pudo ocultarse la sorda tempestad que bramaba en el alma de aquel desventurado, continuó tras una breve pausa:
—Dos horas después de haber entrado, salimos de aquella casa que encerraba lo que más amaba yo en el mundo, y desde aquella fatal noche, ni una sola dejé de acompañar a vuestro padre a ver a Leonor, ni un solo día pasó sin que sintiese crecer en mi pecho la ardiente hoguera de mi funesto amor; supe, sin embargo, encerrarlo en lo más recóndito de mi corazón, porque quería al rey con toda mi alma y no me era posible causarle el más pequeño dolor, y porque anhelaba conservar el único bien que me hacía soportar la vida: el amargo placer de ver a Leonor todos los días, aunque fuese en los brazos de otro; de este modo me hice yo mártir de mi propio corazón, y ninguno de los que sacrificaron los inicuos emperadores de la antigua Roma sufrió tormentos comparables a los míos.
»Don Alonso, empero, leía en el fondo de mi alma; vuestro padre, señor, era un gran rey, y un hombre de corazón magnánimo y generoso: para todos recto y justiciero, su única falta fue el amor que me arrebató la felicidad de mi vida; para todos sensible, solo con mis dolores fue inexorable, no obstante que comprendía su amargura.
»Y por otra parte, ¿qué hubiera conseguido usando de generosidad conmigo, y abandonándome la mujer que tanto amaba él, y a la que yo adoraba con tanta locura? Leonor, ciegamente apasionada del rey, le idolatraba con la vehemencia del primer amor. Casada sin conocer a su esposo, ningún afecto le unía a él, y cuando enviudó, quedó en poder de un anciano tío suyo, que, al saber la pasión del rey por su sobrina, la persuadió para que correspondiese a ella. ¡Ay, solo podía, pues, resignarme a ver a Leonor en brazos del rey, para no verla morir de dolor en los míos!
»Algunos años pasaron así: hubo una época en que el rey, compadecido de la triste suerte de su esposa, le propuso que viviría a su lado, si consentía en que viviesen también vuestros hermanos bajo los muros del alcázar real; más doña María contestó siempre que renunciaba a la dicha de vivir con su esposo, si había de comprarla con el dolor de ver a los bastardos.
—¡Oh, qué injusta dureza! —exclamó don Sancho.
—La medida del sufrimiento de la reina se llenó por fin —continuó don Álvaro—. Ocho días después de daros a luz, tuvo que huir Leonor de su casa, disfrazada de hombre y acompañada del rey, para no caer en manos de los espías de doña María que constantemente la asediaban. Antes de marchar, vuestro padre os puso en mis brazos, me rogó que ocultase a todos, y aun a vos mismo, vuestro nacimiento, y me ordenó que me reuniese a él en un lugarcillo cerca de Gibraltar, a cuya villa, ocupada por los moros, iba a poner sitio; después marchó apresuradamente con Leonor, débil aún y quebrantada.
»Entonces, señor, os conduje a Sevilla, mi patria, y os confié a los cuidados de una hija de mi nodriza, casada con uno de mis escuderos hacía pocos meses, la cual me ofreció cuidaros con la mayor ternura; le dije que erais hijo mío, y fruto de unos infelices amores, y la buena Dulcelina me creyó con la inocencia propia de su carácter, jurándome que ocuparíais en su corazón el lugar del hijo que acababa de perder, y el del esposo que yo me llevaba a la guerra.
»Marché a Gibraltar tranquilo con respecto a vuestra suerte, y volví a ocupar mi sitio al lado del rey, como capitán de su guardia. Don Alonso puso cerco a Gibraltar, y se preparó bien para no abandonar la empresa hasta ganar la villa, a pesar de la terrible epidemia que se introdujo en sus reales. ¡Ay, qué mucho que su corazón no desmayase, si tenía consigo a la mujer que amaba y a sus hijos!
»Leonor no quiso separarse del rey durante las terribles pruebas a que se veía expuesto, y vivía con los bastardos en una tienda de campaña construida con toda comodidad, inmediata a la del rey: yo fui el encargado por S. A. de guardar aquellas prendas tan caras a su corazón; yo, a la cabeza de una numerosa guardia de castellanos, recibí la orden de no perder de vista un solo instante ni a la madre ni a los hijos.
»¡Cuántas veces me sorprendió la aurora arrodillado a los pies del lecho de vuestra madre! ¡Cuántas la despertaron de su apacible sueño el rumor de mis sollozos, o las exclamaciones que dejaba escapar en mi delirio! Entonces poníame en pie precipitadamente, tomaba la espada que había dejado caer, y volvía a ocupar mi sitio detrás de las cortinas de su lecho. Incorporábase ella, miraba a todas partes, y concluía por llamarme.
»—¿Qué me mandáis, señora? —decía yo acercándome después de haber tragado mi amargo llanto.
»—¡Señora!, ¿por qué me llamas así, Álvaro?
»—Perdonadme, Leonor... ¿qué queréis?
»—¿No has oído ruido?
»—Todo yace tranquilo.
»—Me ha despertado yo no sé qué extraño rumor.
»—Eso es que habéis soñado.
»—Tal vez... pero dime, ¿qué tienes? ¡Estás pálido!
»—Lo harán las luces...
»—¿Y el rey y mis hijos?
»—Duermen... procurad dormir también.
»Leonor corría las cortinas, y mi corazón, más henchido que antes de su fogosa y desesperada pasión, se refugiaba en lo más hondo de mi pecho, destrozado por un amor que lo aniquilaba hacía veinte años.
—¡Pobre mártir! —exclamó don Sancho, tendiendo al conde su mano. ¡Dios te premiará en el cielo!
El anciano miró al infante con profunda gratitud, y prosiguió así su lastimera historia:
—Diez meses sostuvo don Alonso el sitio de Gibraltar. Durante este tiempo, comenzaron a correr voces de que había en el campo espías de la reina y de don Pedro, cuyo único objeto era apoderarse de los bastardos y de su madre; estas nuevas afligieron en extremo el espíritu del rey, tanto más cuanto que Leonor estaba en vísperas de darle otro hijo, y no se atrevía a alejarla de su lado en semejante estado. Dobló la guardia de los infantes vuestros hermanos, y determinó no separarse un instante de vuestra madre hasta recibir en sus brazos al hijo que iba a nacer, y que pensaba entregarme para que lo pusiese en salvo como a vos.
»Llegó la hora del parto, y terminado que fue, el rey corrió los tapices de la tienda, tomó de mis manos la espada desnuda, con que hacía mi guardia, y me puso en los brazos a la infanta que acababa de nacer.
»—Sálvala, conde —me dijo—; sálvala como a su hermano: tal vez, de entre todos mis hijos, serán los únicos que conserven la vida los dos que confío a tu cuidado.
»Al acabar de pronunciar estas palabras, mandó S. A. acercar a uno de sus escuderos que tenía de la brida un alazán ensillado; me echó él mismo su manto sobre los hombros, y yo, después de requerir mi daga y de envainar mi espada, salté sobre él sin tener más tiempo que de besar la mano del rey, y partí llevando entre mis brazos a la infanta recién nacida.
»Bien pronto el ardiente galope de mi caballo me puso fuera del campamento: a la luz de la aurora, divisé un blanco pueblecillo, y me dirigí a él para buscar, no reposo, sino una nodriza que me acompañase; dejé el caballo en la posada, oculté a la infanta entre los pliegues del manto, y salí a dar la vuelta al lugar; al fin de él vi a una mujer joven que mecía a un niño como de un año, sentada al lado de otra anciana.
»—¿Queréis ganaros trescientos doblones cada año, buena mujer? —le dije.
»—¡Ah, señor caballero!, ¿qué decís? —exclamó atónita.
»—Que si queréis amamantar a esta niña, os daré esa suma.
»—Tengo un hijo, señor, y no puedo.
»—Pero no tienes pan que darle, Aldonza —dijo tristemente la anciana—, ni el pobre tiene padre que se lo busque: solo cuenta con el cariño de su abuela, que lo cuidará mucho si tú quieres ganar honradamente para todos.
»—¡Si vos lo cuidáis, madre!...
»—Sí, hija mía, no me separaré un instante de él.
»Un vagido de la pobre niña que yo tenía en los brazos acabó de decidir a la joven, que la tomó en los suyos.
»—Hacedme la merced, buena mujer —dije a la anciana—, de buscar una mula para vuestra hija; tiene que acompañarme a la ciudad de León.
»Obedeció aquella, y media hora después caminábamos a buen paso, llevando Aldonza entre sus brazos a la infanta.
»Al llegar a aquella ciudad, encomendé a la niña y la nodriza a los cuidados de mi anciana madre, la cual habitaba allí: encargué que hiciese bautizar a la infanta inmediatamente con el mayor secreto; dejé pagada por un año a Aldonza, y volví apresuradamente al campamento.
»Era el día 26 de marzo de 1350, y las once de la noche, cuando entré en él: la luna, que brillaba con todo su esplendor, iluminaba las relucientes armaduras de los soldados, e iba a quebrarse en sus yelmos de acero; muchas hogueras encendidas patentizaban que todo el ejército castellano estaba en vela, y lo confirmaba así yo no sé qué extraño rumor que se advertía en el campo.
»Con la seña _Alonso y Castilla_ llegué hasta las tiendas reales, y penetré en la que habitaba vuestro padre... mas, ¡oh, gran Dios!, ¡cuán terrible cuadro se ofreció a mi vista!
»Tendido en su magnífico lecho de campaña estaba Alonso onceno, ya casi exánime: la terrible epidemia, que había diezmado al ejército castellano, era la que conducía al sepulcro al vencedor en la batalla del _Salado_. Arrodillados junto al lecho, se veían los infantes don Enrique, conde de Trastamara, y don Fadrique, gran maestre de Santiago, casi niños ambos, que derramaban amargo llanto: rodeábanles muchos prelados y ricos-hombres de Castilla y de León, contándose entre estos últimos el infante don Fernando de Aragón, sobrino del monarca; don Juan Nuñez de Lara y don Juan Alonso de Alburquerque.
»Nada más suntuoso e imponente que el lecho mortuorio de Alonso onceno. Componíalo _una tarima de campamento, cuya cabecera era de ricas maderas oscuras hábilmente combinadas, terminando en dos agujas angulares del más limado gusto gótico; en medio, y formando contraste con los ya referidos adornos, se destacaba, dibujando mil caprichosos pliegues, el célebre pendón de Santiago que dio a don Alonso la victoria en la batalla del Salado. El primer cuidado del expirante monarca, al caer en el lecho de la agonía, fue colocar sobre su cabeza aquella bandera, gloria y orgullo de Castilla; cerca del lecho, y al alcance de su brazo, se encontraban, en forma de trofeo, las armas que vistiera en el sitio de Gibraltar, ciudad que deseó arrancar del poder sarraceno, tanto por aumentar sus dominios y disminuir el de los moros, como porque su padre Fernando IV la conquistó años atrás valerosamente, aunque a costa de un soldado que valía por ciento y cuyo nombre era_ GUZMÁN EL BUENO.[4]
[4] Bolangero.
»Detrás de los suntuosos tapices que formaban pabellón, y junto al lecho del rey, estaba Leonor de Guzmán, con el rostro oculto entre las manos y el pecho desgarrado por los sollozos, que procuraba en vano contener. Hermosa como nunca, parecía aún más embellecida por su intenso dolor.
»Ella fue la primera que se apercibió de mi llegada: apartó del rostro sus manos bañadas en llanto, y me las tendió como si solo de mí esperase algún consuelo.
»—Señor —dijo aproximándose conmigo al lecho del rey—, señor, ya está de vuelta el conde de Carrión.
»Abrió los ojos don Alonso, y me alargó una mano que yo besé de rodillas.
»—¿Y la infanta? —preguntó con voz sofocada.
»—Con mi madre, señor.
»—¿Me traes nuevas de don Sancho?
»—El infante está bueno y sigue al cuidado de Dulcelina.
»—¡Gracias, Álvaro! —murmuró don Alonso estrechando débilmente mis manos.
»Después guardó silencio; pero su ansiosa mirada me hizo conocer que deseaba hablarme algo más y que sufría por no poder hacerlo delante de tantos testigos.
»Entonces me volví al conde de Trastamara, que lloraba siempre arrodillado.
»—Haced despejar, señor —le dije—: el rey quiere hablarnos sin testigos.
»Levantó el niño su doliente rostro, e hizo a los cortesanos una señal llena de gracia y majestad. Instantáneamente se ensanchó el círculo de los nobles, que retrocedieron hasta llegar a los tapices que cerraban la tienda.
»—Leonor —dijo el rey tomando una de las manos de vuestra madre—, Leonor mía, tú sabes lo mucho que te he amado, y Dios es testigo de que muero amándote con la misma intensidad; sí, en este instante supremo en que estoy próximo a comparecer ante su divina presencia, no siento en mi corazón remordimiento alguno al hacerte esta confesión. Dios te formó para que te amase y, amándote, he cumplido su santa voluntad.
»Detúvose el rey, y sus cadavéricas facciones retrataron un profundo dolor.
»—No llores así, hijo mío —dijo aproximando a su pecho la negra y rizada cabeza del maestre de Santiago, que sollozaba cubriéndose el rostro con el manto—; no te desconsueles, Juana, añadió tendiendo los brazos a su hija la marquesa de Villena, niña rubia y angelical; y tú, Enrique, mi hermoso y adorado Enrique, consuélate por Dios. Os dejo una buena madre, y un amigo fiel, y desde el cielo velaré por vosotros: mi solo dolor, al morir, es el no poder dejaros a cada uno un dilatado reino... pero la corona que heredé de mi padre pertenece a mi heredero legítimo, el infante don Pedro...
»Un movimiento del conde de Trastamara cortó al rey su discurso: al oír las últimas palabras de su padre, la frente del infante se cubrió de palidez y brotaron relámpagos de sus rasgados ojos.
»—Mi corona es de mi hijo el infante don Pedro —repitió el rey que advirtió aquel movimiento, con voz lúgubre, pero con acento severo—: no lo olvidéis, hijos míos, para que merezcáis su amistad y protección... no lo olvides, Leonor, para que procures captarte su benevolencia... sois vasallos suyos... amadle y.
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