7 de julio
Benito Pérez Galdós
Nota De TranscripcióN
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Episodios Nacionales
7 De Julio
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B. PéRez GaldóS Episodios Nacionales Segunda Serie
7 De Julio
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[Ilustración]
MADRID PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA (Sucesores de Hernando) Arenal, 11 1906
EST. TIP. DE LA VIUDA E HIJOS DE TELLO IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M. C. de San Francisco, 4
7 De Julio
I
Parece que no ha pasado el tiempo. Todo está lo mismo. Ved la calle, la casa, los peces de colores nadando y revolviéndose con incesantes curvas en sus estanques; ved las jaulas de grillos colgadas en racimos a un lado y otro de la puerta; fijad la atención en la ventana de la escuela, y oíd el rumor de moscardones que por ella sale. Nada ha cambiado, y don Patricio Sarmiento, puntual e inmutable en su silla como el sol en el firmamento, esparce la luz de su sabiduría por todo el ámbito del aula. Lo mismo que el año pasado, está explicando la desastrosa historia y trágica muerte de Cayo Graco; pero su voz elocuente añade estas fatídicas palabras: «Terribles días se preparan. Roma y la libertad están en peligro.»
Entonces estábamos en febrero de 1821;[1] ahora estamos en marzo de 1822. Durante este año de anarquía, en el transcurso de estos trescientos sesenta y cinco motines, la calle de Coloreros no ha sufrido variaciones importantes. Don Patricio no parece más viejo: al contrario, creeríasele rejuvenecido por filtros milagrosos. Está más inquieto, más exaltado, más vivaracho; su pupila brilla con más fulgor, y la contracción y dilatación de las venerables arrugas de su frente indican que hay allí dentro hirviendo volcán de ideas.
[1] Véase _El Grande Oriente_.
Cuando suena la hora del descanso y salen los chicos, atropellándose, golpeando el suelo con sus pies impacientes y llenando toda la calle con un desatorado estruendo de chillidos, payasadas y cabriolas, que afortunadamente duran poco, don Patricio limpia sus plumas, se arregla el gorro, para que ninguna parte de su cráneo quede en descubierto, y unas veces con la regla en la mano, otras con las manos en los bolsillos, sale al portal entonando entre dientes patriótica cancioncilla.
Si Lucas está en su puesto, padre e hijo hablan un rato antes de subir a comer. Otras veces don Patricio planta su pintoresca figura majestuosa en el umbral, mira al cielo, husmea la temperatura y dirección del viento, y si sus remos se han entumecido, da un paso hasta el arco de San Ginés, sentando los pies con fuerza y estruendo para que entren en calor. Algunas palabras sonoras salen de su pecho, mientras mira de nuevo el cielo, como si en la inalterable grandeza de este viera una imagen de la inmortalidad.
Un día don Patricio cantaba:
Para arreglar todito el mundo tengo un remedio singular, y es un martillo prodigioso que a un nigromante pude hurtar. Cuando pretendan los malvados el despotismo entronizar, este martillo puede solo entronizar la libertad.
Una joven se acercó a él con intención de hablarle.
—Hola, madamita —dijo Sarmiento deteniéndose junto a la puerta de su casa y echando las manos a la espalda—. ¡Cuánto bueno por aquí! Hoy ha venido usted tarde, y el pájaro ha volado.
—¿No está? —preguntó la joven con desconsuelo.
El semblante de la que se expresó de este modo no indicaba una salud perfecta, ni su vestido un bienestar mundano digno de envidia. Pálida y triste, Solita decía a todo el mundo, con solo mirar, que el año transcurrido había sido un fardo de bastante peso. Mas al mismo tiempo podía observar en ella quien supiera hacerlo, una firme resolución de resistir cuantas cargas le echara Dios encima, aunque tuvieran toda la pesadumbre imaginable. ¡Y en la forzosa modestia de su atavío había tanto anhelo de parecer bien, una decencia tan escrupulosa, una dignidad tan bien sostenida...! En suma, Solita sabía ser pobre, cualidad rara en todos los tiempos.
—No está —repitió con cierta displicencia Sarmiento, cual si quisiera mortificar a su antigua vecina—. Los hombres de ocupaciones no pueden estar todo el día en casa esperando a las niñas que van a buscarles.
—¿Sabe usted si ha ido ya a la oficina? —preguntó Soledad sin hacer caso de la grosera observación del maestro.
—¿A casa del señor duque?
—Sí, señor. Aunque es temprano...
—Allí estará sin remedio.
—Pues voy. Muchas gracias, don Patricio.
La madamita partió, y Sarmiento, encarándose con su ilustre hijo, que acababa de soltar la aguja para subir a comer, le dijo:
—Ahí tienes otra vez a la hija de cabra, a la niña del señor Gil, a esa loca y traviesa muchacha, visitando a nuestro don Salvador. Ya ha venido cuarenta veces en lo que va de año.
—Lo menos.
—Es una buena pieza. ¡Quién lo había de decir viéndola tan mortecina, tan suavecita, tan humildota que su voz parece música de los ángeles del cielo! Pero la miseria todo lo corrompe, y Solita no ha podido menos de entrar en el camino de la perdición para encontrar un pedazo de pan que ponerle en la boca al tunante de Cuadra. Justo castigo ¡vive Dios! de las ideas contrarias a la libertad de los pueblos... Subamos, hijo.
—Me da lástima de ese pobre señor —manifestó Lucas dando el brazo a su padre para ayudarle a subir.
—A mí no —repuso Sarmiento—. Si nos andamos con sensibilidades peligrosas, que lejos de amansar, dan mayores alientos a los enemigos de la patria, llegará un día en que se ensoberbezcan demasiado y se nos pongan por montera. Es preciso ser inexorables, es preciso que cerremos a la compasión mujeril nuestros corazones generosos. ¿Lo entiendes bien? Esto te sorprenderá, pues has visto siempre en tu padre la mayor mansedumbre y templanza; pero has de saber que los tiempos hacen a las personas, y yo soy un hombre que predica constantemente a sus amigos el rigor y la crueldad, porque estamos en días de exterminio, querido hijo, estamos en la alternativa de cortar cabezas o dejar que nos la corten...
—¡Pobre señor Gil! —repitió Lucas—. Yo no le creo capaz de cortar cabezas.
—¡Fíate del agua mansa!... ¡Chilindrón! Esos pícaros no escarmientan. Le viste reducido a prisión; le viste salvado de milagro; le viste errante por aldeas y despoblados; le ves al fin refugiado de nuevo en Madrid al amparo de Naranjo, otro bribón, para quien la horca no se ha levantado todavía, pero se levantará, se levantará, descuida... Pues bien: ¿ves a Gil de la Cuadra arrinconado, miserable, enfermo, olvidado? Pues está conspirando.
Lucas manifestó sus dudas con una especie de gruñido.
—Tú eres un inocentón —dijo Sarmiento—. Como no tienes hiel, crees que todos son lo mismo. Pues sí: yo te aseguro que Gil de la Cuadra sigue conspirando. Pero vaya usted a decir esto a los amigos. Se ríen, le llaman a uno mentecato, soñador de conjuras, hombre oficioso que anda buscando el pelo al huevo. Añade a esto que el ministerio del señor Martínez protege a todos los pillos absolutistas, y comprenderás si el alma de un patriota ferviente como yo puede estar dispuesta a los sentimientos dulces, a los fililíes de lastimillas y consideraciones. ¡Ay! —añadió dando un gran suspiro—. Si yo pudiera..., si yo pudiera decir un solo día: «¡hoy mando yo, y baje todo el mundo la cabeza!...» ¿Sabes que es pesadita esta escalera? ¡Malditas sean mis piernas! Cualquiera me tomaría por un vejete achacoso al ver que no puedo subir seis escalones sin morirme de fatiga... Te digo, querido Lucas, que si llegara el día..., puede que llegue..., que si llegara ese día, verías a un hombre. No aseguro yo que no pueda ser, y otras cosas más raras se han visto. ¡Por vida de la chilindraina!... Figúrate tú que las cosas se arreglaran de modo que yo... ¡Caracoles! Pero ¿cuándo se acaba esta escalera? ¡Pobres piernas mías y pobres pulmones míos!... En tal caso, yo arreglaría fácilmente este desconcertado país, limpiándolo de la mala sangre que hay en él... Pero ¿todavía quedan escalones? ¡Ah!... Gracias a Dios: ya estamos arriba... Pues cortando cabezas y más cabezas... Bendito sea Dios, ¡qué apetito tengo! A comer.
II
Solita, después de andar breve rato por las calles de Madrid, llegó a casa del duque del Parque y penetró en las oficinas, que estaban en el piso bajo a la izquierda del portal o vestíbulo, cuadra tan ancha que los coches de Su Excelencia podían dar la vuelta para detenerse ante la gran escalera principal. Conocía tan bien la joven aquellos lugares donde se albergaba el personal administrativo de la casa, que no necesitó ser guiada, ni menos anunciada por el portero. Penetró resueltamente, y al final de oscuro pasillo empujó con suavidad una puerta y miró hacia adentro... Estaba.
—Entra, Solilla —dijo Monsalud riendo—. Entra y siéntate.
—¿Tienes mucho que hacer, hermano? —preguntó la muchacha, corriendo a sentarse junto a la mesa en que Salvador escribía.
—No, puedes acompañarme un rato. ¿Y el señor Gil?
—Lo mismo. Le he dejado durmiendo. Siempre consumido de tristeza y cada vez más decaído. No hay duda que le atormenta la idea de quitarse la vida. Si yo no tomara tantas precauciones, ya nos habría dado un susto.
Hablaba Soledad con agitación. Sus mejillas ligeramente se coloreaban; mas no puede asegurarse si este fenómeno tenía por causa el cansancio o la satisfacción de verse allí, tan cerca de su antiguo vecino y amigo de siempre. Miraba a todos lados, demostrando interés cariñoso por los varios objetos de la estancia, desde el archivo que ocupaba un testero, hasta los cuadros viejos y malos que cubrían el otro. Eran retratos desechados por carecer de condiciones artísticas, algunos paisajes a la flamenca, cacerías y también batallas absurdas, en que se veían caballos muertos que parecían cerdos blancos; arcabuceros apuntando al cielo, culebrinas que vomitaban bermellón, y torres muy pulidas por cuyas almenas asomaban lindos arqueros empenachados con plumas de distintos colores.
A Sola le parecía hermosísimo aquel museo. Después que lo observó todo con claras muestras de placer infantil, fijó los ojos en la mesa y vio con sorpresa que no estaba, como otros días, llena de papeles amarillos y empolvados, de expedientes, cuadernillos, cartas y libros de asiento, sino de hermosos volúmenes con canto de oro y finísimas pastas; vio también que su hermano tenía delante varios pliegos donde no había, como otras veces, grandes filas de números semejantes a ejércitos en disposición de entrar en batalla, sino renglones de prosa seguida y corriente.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Sola a su hermano con amable confianza.
—Para ti no hay secretos —repuso el joven separando la vista del papel—. Esto no es una cuenta, es un discurso que me ha encargado el señor duque.
—¿Un discurso?
—Sí; para pronunciarlo pasado mañana en las Cortes. Ya me falta poco —añadió tomando un libro y hojeándolo—. Veamos lo que dice Voltaire sobre este punto, porque has de saber que Su Excelencia quiere que en el discurso haya muchas citas, y que en cada párrafo hablen por su boca dos o tres filósofos.
La muchacha se echó a reír, aunque no comprendía bien la gracia de aquella observación. Pero se había acostumbrado a ser eco fiel de las ideas y de las sensaciones de su hermano, y su hermano en aquella ocasión parecía contento. Al escribir un párrafo mostraba, con sonrisas y gestos, burlesco orgullo y satisfacción de sus dotes literarias.
En tanto Soledad, fijos los ojos en el semblante del confeccionador de discursos y en la mano con que escribía, apoyando sus codos en uno de los lados de la mesa, no cesaba de tocar, mover y dar vueltas a los objetos que más cerca tenía. Sentía la pueril necesidad de enredar que nos invade cuando en momentos de vaga contemplación y de serenidad de espíritu, cae algún cachivache bajo la acción de nuestras ociosas manos. Solita cogía un libro para volverlo a colocar por el otro lado; levantaba un pedazo de plomo destinado al corte de plumas, y con él tocaba cadenciosamente sobre la mesa una especie de marcha; acariciaba las barbas de una pluma rozándolas a contrapelo, y por último, tomando un lápiz, hizo varias rayas y círculos sobre el forro de un cuaderno. ¡Extraña fuerza que hace describir a las manos acompasado vaivén, siguiendo el misterioso ritmo de las ideas!
—Vamos, atrévete a decirme que no sé hacer discursos —indicó Salvador jovialmente disponiéndose a leer—. Escucha y tiembla: «¿De qué sirve, pues, que un caudillo esforzado estableciera la libertad, si el gobierno hace ilusoria tan gran conquista? ¿De qué sirven tanto penar, tan formidables luchas y el sacrificio de nuestro reposo, si con las cadenas rotas forja la perfidia nueva esclavitud?...» Pero dejemos estas tonterías y pensemos en otra cosa. Esta mañana estuve esperándote en mi casa, creyendo que irías por allá.
—Ya sabes que no puedo salir cuando quiero. Desde anteayer estoy proyectando el viaje; pero no he tenido ocasión hasta hoy. Una vez por semana me has mandado que te vea. Si dejo pasar diez días, es porque no puede ser de otra manera.
—Ya tendrás falta de dinero. ¡Diez días y hombre enfermo en la casa...! —dijo Monsalud abriendo una gaveta.
—No, no —replicó Sola vivamente, deteniéndole—. Otro día me darás. Todavía tenemos.
—Ya le he dicho a usted, señora hermana —manifestó el secretario del duque con jovial gravedad—, que no me gustan remilgos. Hicimos un trato, un trato solemne. Yo había de darte todo lo que necesitaras, y tú habías de tomar lo que yo te diera. Yo soy el juez de tus necesidades; yo, como hermano mayor, soy quien te arregla las cuentas, quien te marca los gastos. Yo soy la autoridad, y tú, chiquilla sin fundamento, no tienes que chistar, ni responderme, ni hacer observaciones.
Diciendo esto sacó tres monedas de oro, y tomando la mano de Soledad las puso en ella. Doblole los dedos para cerrarle el puño, y apretándole suavemente, le dijo:
—¿Qué tienes qué replicar?
Soledad abrió la mano, y llevándose las monedas a la boca las besó.
—Las beso —dijo— como los pobres cuando reciben una limosna.
—¿Te avergüenzas de recibir esos ochavos de oro?
—No me avergüenzo, porque me los das tú, y me los das con el corazón —dijo Soledad bebiéndose una lágrima y dando un suspiro—. Eres para nosotros la prueba viva que Dios da de su bondad a las criaturas que no quiere abandonar. Rechazar tu limosna, responder a tu caridad con orgullo, sería ofender a Dios. Tu dinero, sea oro o cobre, es para mí el pan de cada día que se pide a Dios en el Padrenuestro, y que siempre nos cae del cielo en una forma o en otra.
Después miró las monedas, y tomando dos las presentó a Salvador, diciéndole:
—Estas dos están de más. Con una basta. No debe haber prodigalidad ni aun en la limosna, porque otro pobre necesitará mañana lo que hoy me has dado a mí de más.
—Ya te dije la semana pasada —repuso Monsalud— que ese vestido que llevas, aunque no carece de decencia, está pidiendo sustituto.
—¡Qué tonto eres! Pues no faltaba más... Por tu vida, que estamos en situación de presumir. ¿Quieres que me vista de raso?
—No me gusta la gente mal vestida.
—Pero, hermano, te olvidas de una cosa.
—¿De qué?
—De que pido limosna. Soy más pobrecita que esas que por las calles alargan su mano flaca y piden por Dios. Si tú no existieras...
—Pero como existo... Me parece que no soy una sombra vana, como la libertad de que habla el discurso.
—Sí; pero comprar vestidos sería abusar de tu caridad. Trabajas mucho, trabajas como un esclavo para mantener a tu madre, para socorrernos a mi padre y a mí.
—Y todavía me sobra para dar a otros y para ahorrar. No creas, compraré una casa y una huerta donde pasar la vida solo y tranquilo. También pienso hacerte un buen regalo cuando te cases.
—Yo no compro vestido —dijo Sola vivamente y con ligera expresión de fastidio.
—Lo comprarás; te lo mando yo.
—Más adelante. Guárdame el dinero.
—No ha de ser sino ahora; lo deseo así. Recordarás bien la desgracia de tu padre. Había escapado de la cárcel, y huía por los campos sin amparo, sin sustento, sin esperanza. Os mandé venir a Madrid, y sin dar mi nombre, os proporcioné la entrada libre en esta villa. Tu padre, a causa del aborrecimiento que me tiene, no quiso ni que se le hablara de mí; pero tú, más generosa y más humana, corriste a mi lado, diciéndome: «Hermano, yo te perdono, sin conocerlo, el mal que has hecho a mi padre. Socórrenos; nos morimos de hambre.»
—Tú me dijiste entonces: «Hagámonos la cuenta otra vez de que hemos nacido de una misma madre, y acepta sin ofenderte una parte de lo que tengo.»
—Hicimos el trato. Esto ya no es limosna: es un deber mío, un deber de familia que cumplo como puedo. Me daría mucha vergüenza de vestir mejor que tú.
—¡Qué bueno eres! Dios te hizo y rompió el molde —dijo Soledad con profunda emoción—. Pero me ocurre otra razón para que guardes ese dinero y aplacemos lo del vestido.
—¿Cuál?
—Con el mejor fin del mundo, yo estoy representando una comedia que tú me has aconsejado; es decir, tú has sido el poeta y yo la actriz.
—¿Qué comedia?
—Yo le hago creer a mi padre que estamos cobrando todavía la pensioncilla de que antes vivíamos. No se le puede decir que pido limosna, y menos que tú me la das. Si llegara a comprender estos manejos, el pobre se moriría de pesadumbre.
—Engañas a tu padre. Esto es lícito alguna vez.
—Pues bien, caballero —añadió Sola con expresión de triunfo—. La pensión apenas daría para comer. Si mi padre me ve comprar vestidos y ponerme majezas, quizás pensaría algo malo de mí.
Salvador meditó un rato.
—En efecto —dijo al fin—. No había caído en eso.
—Ahí tienes el dinero.
—No: le dices a tu padre que has economizado; le dices lo que quieras, ¿sabes? —objetó Monsalud con impaciencia—, pero quiero verte mejor vestida. No debes atender demasiado a lo que piense tu padre, querida, porque el pobre viejo es demasiado terco. Ya ves cómo me trata. Es mucha saña la suya. Pero ya le amansaremos. ¿Sabes que el mejor día me presento en tu casa, le estrecho la mano y le propongo una reconciliación?
—¡Ah! —exclamó Soledad con tristeza—. No sabes bien cuánto te aborrece. Yo le he preguntado mil veces la causa, y nunca ha querido decírmela. Ello será alguna cosa muy rara, alguna equivocación, quizás una tontería, porque creer yo que tú eres malo, no, eso no lo creeré jamás.
—Según lo que se entienda por maldad. Pero dime, ¿el señor Gil me nombra con frecuencia?
—¡Quia! Lo menos posible, aunque bien se le conoce que te tiene en el pensamiento. Yo lo comprendo así, porque me he acostumbrado a leer en su pensamiento, y para obligarle a que me revele la causa de su odio, te nombro.
—¿Le recuerdas cuando éramos vecinos?...
—Y cuando iba yo a charlar con tu mamá.
—¿Y cuando le saqué de la cárcel de Corona?
—Y todos los beneficios que nos has hecho y tu buen comportamiento y generosidad —dijo Solita, exagerando con la voz y el gesto lo que expresaban las palabras—. Pero, hijo, el recuerdo de tus bondades le ensoberbece más... ¡Si vieras cómo se pone!... La única vez que me ha dicho términos malsonantes, amenazando pegarme, fue por ciertos elogios que hice de ti. Díjome que eras un malvado, un perverso, un... ¡no puedo repetir aquellas palabrotas! Mi padre se equivoca; ¿no crees tú que se equivoca?
—Quizás no —repuso sombríamente Monsalud.
—¡Vaya, que tienes tú también unas rarezas...! ¿Conque dices que no se equivoca en lo que piensa de ti?
—Digo que no lo sé.
—Si le oyeras repetir: «Ese hombre es un monstruo, hija mía; no te manches la boca nombrándole»; si le oyeras esto, dirías que ha perdido el juicio. ¡Desgraciado padre mío! Ayer mismo me dijo: «Si ves a ese hombre en la calle, huye, corre, no le mires, evita su presencia y su contacto como el de un reptil venenoso...» ¡Reptil venenoso nada menos, caballerito!... Y has de saber que tú manchas cuanto tocas. Todas esas gracias tienes. Oyendo a mi padre tales locuras, ayer, ayer mismo, el corazón se me oprimía, las lágrimas se me saltaban, y estuve tentada de contestarle: «pues el reptil venenoso nos está dando de comer», pero no me atreví... Mejor fue callar, ¿no es verdad?
—Callar, callar siempre. No le contraríes jamás en este tema. Apóyale más bien, La verdad es que no soy un modelo.
—Si al menos hubiese algún motivo, por pequeño que fuera, un motivo...
—Pues lo hay —dijo Salvador mirando serenamente a su joven amiga—. ¿Tú qué sabes de cosas del mundo? Tú no entiendes de maldades, afortunadamente.
—Pues si hay un motivo —exclamó Sola con ardor—, si alguna razón hay para que mi padre te llame perverso, dímelo por Dios, dímelo, Salvador; dame esa prueba de confianza. Tu falta, tu error, tu equivocación o lo que sea, no puede ser grave; será una tontería, una cosa..., una de esas cosas que no valen nada..., una sandez de esas que no merecen odio, sino risa...
—No es tontería.
—Pues lo que sea, dímelo; me parece que merezco esa prueba de confianza. ¿Crees que me asustaré?... Sí, buena soy yo para espantarme de nada. He visto mucho mundo, señor mío; he visto muchas pilladas, y las tuyas, por grandes que sean, no me llamarán la atención.
—Es que las mías son muy grandes —dijo Salvador riendo—. Vamos, no quiero perder tu buena amistad. Es la única amistad verdadera que tengo. Déjamela.
—La tendrás mientras yo viva —indicó Sola con viva emoción—. Yo te juro que la tendrás, aunque seas más malo que el mal ladrón, aunque hayas sido asesino, salteador... ¿Por qué te ríes?
—¡Asesino, salteador!
—Vamos, ya se comprende que no habrá sido tanto.
—Quizás más.
—¿Más? Tú también has perdido el juicio. No aumentes mi curiosidad.
—¿Tienes mucha?
—Muchísima. Me abraso... ¡Bah! Tú quieres confundirme. ¿Cómo puedo yo creer que tú, que tú, un hombre tan bueno, tan generoso, hayas ofendido...? Porque mi padre ha de creer que tú le has ofendido personalmente.
—Personalmente.
—¿De qué manera?
—Imagina la peor.
—¿Y la ofensa ha sido grande?
—Inmensa.
—Mentira, mentira. Por Dios, no me atormentes.
—Tú me atormentas a mí de un modo cruel.
—Si hablaras...
—Si callaras tú.
—Pues dímelo todo.
—Sola, querida hermana; el mérito consiste en perdonar las ofensas sin conocerlas. También es gran mérito, sobre todo en las mujeres, refrenar la curiosidad.
—Con respecto a ti no dirás que soy curiosa, ni atisbadora, ni entrometida. ¿Sé yo algo de tu vida? ¿Te pregunto en dónde pasas el tiempo que no estás aquí ni en tu casa? Verdad es que no tengo derecho a saber nada; pero, en fin..., en algo más que en los socorros que recibo debiera conocerse que somos hermanos, como tú dices. Jamás me has hecho una confianza, ni me has contado la causa de tus tristezas cuando estás triste, ni el motivo de tus alegrías cuando estás alegre.
—¡Si lo sabes todo, tonta!
—Si lo ignoro todo, pero todo —afirmó Sola con cierto enojo—. Dicen que los hombres enamorados son muy comunicativos; pero tú no lo eres.
—¿Estoy yo enamorado acaso?
—Siempre lo estás. ¿Pues qué, eso no se conoce? Estás enamorado, sí; pero vaya usted a averiguar de quién. De alguna gran señora..., algo, algo se le va descubriendo a usía, caballerito. No podrás negar que tienes siempre el pensamiento allá, en las quintas regiones, ¿me explico? Quiero decir, hermanito, que rara vez estás en este mundo, donde nos arrastramos los desdichados que vivimos de pan.
—¿Y a eso llamas estar enamorado?
—Pues es claro. Enamorado estás. Si no es de una mujer, será de todas a la vez, o de alguna que por sus muchas perfecciones no pueda existir, ni existe..., pero siempre hay alguna de carne y hueso, ¿no es verdad? Yo así lo creo, y tu madre lo cree también, pues dice que ahora estás más distraído que nunca; que te hablan y no contestas; que no ves lo que tienes delante; que no reparas en nada; que no duermes; que comes poco; que hablas solo; en fin, que tienes dos vidas (eso lo digo yo): esta que todos vemos, y otra que ignoramos; esta que es clara, natural y sencilla, y otra que anda por esas nubes..., yo no sé explicarme..., otra que vive en amores muy sutiles y..., ¿cómo decirlo?..., en amores terribles..., parece que vas entendiendo.
Salvador reía.
—Vaya, puesto que te empeñas en ello, hermanita, voy a tener confianza contigo y a contarte...
—¿Sí? Pues ahora mismo: empieza.
—No, ahora no.
—Sí, ahora. Sabe Dios cuándo volveré.
—Volverás otro día. Además, chiquilla, es preciso no olvidar el discurso del señor duque.
—¡Maldito discurso!...
—Ya hemos charlado bastante. Ahora te vas a tu casa, acompañas a tu papá, le cuentas cualquier amena historia que le distraiga, despachas tus quehaceres, das un paseíto con el viejo, vuelves a tu casa, coses un poco, y después te acuestas para dormir santamente como un ángel.
—¡Sí..., dormir!... Bueno, me marcharé —dijo Sola dirigiendo una mirada triste a los cuadros que ornaban las paredes—. Adiós.
—Y al dormir soñarás con tu primo Anatolio Gordón, el cual del puesto de primo va a pasar al puesto de marido, y que si no ha llegado, ni escribe, ni parece, ya llegará, y escribirá, y parecerá, porque Dios no abandona a los suyos.
Soledad exhaló un suspiro y se dispuso a salir. Oyose en el mismo instante una campanilla.
—El señor duque me llama —dijo Salvador—. Adiós, hermana. Haz todo lo que te digo, obedéceme, y verás qué bien te va. Cuidado cómo te olvidas del vestido... Vuelve dentro de ocho días..., o antes, siempre que se te ofrezca algo urgente. También puedes escribirme.
—Todo, todo lo que mandes haré.
—Vaya, vaya —dijo Monsalud con impaciencia—, basta de despedidas, adiós.
—Adiós. ¿Has dicho que dentro de ocho días? Bueno. Y del vestido, ¿qué has dicho?
Sola se detuvo junto a la puerta.
—Que sea muy bonito... Vete ya..., el duque me llama. ¡Cómo pierdo el tiempo! Adiós, adiós.
III
El duque del Parque fue uno de los generales españoles que más descollaron en la guerra de la Independencia. Después de Álvarez, el más heroico; de Alburquerque, el más inteligente; de Castaños, el más afortunado, y de Blake, el más militar aunque el más desgraciado, es preciso colocar al duque del Parque, que, mandando el ejército de Galicia, ganó en 18 de octubre de 1809 la batalla de Tamames. En ella fue derrotado el general Marchand y sus doce mil franceses, con pérdida de dos mil hombres, un cañón y una bandera. No fue igualmente afortunado Su Excelencia en la política, a la cual se dedicó con el afán propio de los ineptos para tan escabroso arte.
O el trato de ciertas personas, o lecturas revolucionarias, o quizás desaires que no creía merecer, lleváronle al partido exaltado. Grande de España, se sentó en la silla presidencial de _La Fontana de Oro_, desde la cual oyó apostrofar a los duques. Diputado en el Congreso de 1822, figuró en el grupo de Alcalá Galiano, de Rico, que había sido fraile y guerrillero, de Istúriz y otros. Este grupo no quería el orden, y a fuer de sostenedor de _los libres_, se ocupaba en asaetear constantemente al otro partidillo compuesto de Argüelles, Álava, Valdés, etc. De la misma lucha, y como transacción, salió la presidencia de Riego. Ya tendremos ocasión de ver cosas muy saladas que ocurrieron en aquellos días y en aquel sillón presidencial.
Volviendo al duque, Su Excelencia poseía gran fortuna; era generoso, amable, ilustrado hasta donde podía serlo un duque y general y español por aquellos tiempos. Si se hubiera curado de la manía, tan común entonces como ahora, de figurar en política contra viento y marea, habría sido una persona inmejorable; pero entre las muchas debilidades que le trajo el loco afán de llegar al gobierno, tenía las pretensiones de orador, y el orador, como el poeta, ha de nacer, pese al refrán que dice lo contrario y se equivoca, como casi todos los refranes.
Despertó aquella mañana, después de un sueño en que le atormentaron ansiedades políticas, le conmovieron ambiciones y le embelesaron oratorios triunfos. Dormido había soñado lo que soñaba despierto, es decir, que hablaba en el Congreso, que le aplaudían, que entusiasmaba, que era Mirabeau. Luego que se despabilaron sus sentidos, tomó _El Universal_ y _El Zurriago_, que, juntamente con el chocolate, le había presentado su ayuda de cámara, y leyó; pero a su alma turbada no satisfizo la desabrida lectura. Levantose, y después de las primeras abluciones y de pasarse la navaja por la cara (pues aquel grande hombre se afeitaba solo), mandó llamar al que en su casa desempeñaba las funciones de mayordomo, secretario y confidente.
—¿Está concluido ya? —le preguntó Su Excelencia.
—Está concluido —repuso Monsalud, mostrando varios pedazos de papel escritos por un lado y otro.
—¿Tan pronto? ¿Te habrás hecho cargo de lo que yo quiero decir?
—Me parece que he interpretado bien el pensamiento de Vuecencia. Es clarísimo. Vuecencia quiere decir cuatro verdades al ministerio; probar que Martínez de la Rosa, con todas sus letras, no sirve para el caso; Vuecencia quiere que se arme gran barullo en las Cortes; en suma, pronunciar un discurso que a lo violento de la intención una la severidad y firmeza de una frase cortés.
—Eso es; y además...
—Sí, que revele sólida erudición y que abunden en él las citas de filósofos, para que se vea...
—Que mis discursos no son como los de Romero Alpuente, un fárrago de vulgaridades ramplonas para trastornar a la muchedumbre.
—¿Quiere Vuecencia que lea? —preguntó el joven sentándose.
—Ya te escucho.
—«Señores diputados —dijo Monsalud leyendo—, cedo por fin a los ruegos de mis amigos, y tomo la palabra para exponer mi opinión sobre la política del gobierno. Hablo sin preparación alguna, apremiado por las graves circunstancias que atravesamos. No extrañéis la incorrección de mi frase...»
—Así conviene decirlo... Está muy bien.
—«Rudo militar, hablaré con franqueza y sin retóricas, que no son propias de mi carácter y escasas letras. Al mismo tiempo, debo advertiros que al tomar la palabra para intervenir en este delicado asunto, lo hago con repugnancia, con verdadero sentimiento. Amigos míos son los señores secretarios del despacho, amigos de toda la vida. ¿Por qué ha querido la suerte que opinemos de distinta manera sobre los negocios del país? ¡Ah! En mi alma luchan los afectos de la más pura amistad con el deber que me imponen mi puesto y los poderes que he recibido. Padezco hondamente, señores, podéis creérmelo; pero mi alma se esfuerza en sobreponer a todas las consideraciones la consideración del deber, y en tal ley anuncio al ministerio que le voy a atacar duramente, durísimamente, porque los hombres deben ser esclavos de sus convicciones, y, como dijo Rousseau, de las grandes convicciones nacen los grandes hechos.»
—Muy bien: ese principio me gusta. ¿Has confrontado bien la cita? No me vayan a decir que atribuyo a Juan Jacobo lo que es de Marco Aurelio o de Erasmo.
—Descuide Vuecencia. Si por casualidad resultare una equivocación, los diputados no se romperán la cabeza en averiguarla, porque tienen demasiados quehaceres para ocuparse de esto.
Siguió leyendo hasta que el duque dijo:
—Me parece que en ese párrafo has ido demasiado lejos. Yo no quiero que se planteen todas, absolutamente todas las reformas que piden los exaltados.
—Lo expreso de un modo vago, sin determinar...
—No, no: conste claramente que no admito la ampliación de ley de milicias, ni la supresión de escarapelas, ni estoy de acuerdo con que se devuelva al rey la ley de señoríos que no ha querido sancionar. Poquito a poco. No todas las reformas son buenas.
—Mayormente las que atacan a la nobleza —dijo Monsalud tachando algunos renglones—. Fuera esto.
—Parto del principio —dijo el del Parque poniendo la mano sobre las cuartillas y accionando gravemente con la otra— de que yo, al mismo tiempo que detesto ciertas reformas, no puedo decir nada contra ellas. Ten presente que si defiendo otras, es porque tengo la convicción de que no se han de plantear nunca. ¿Qué se han de plantear, si le sientan a nuestro país como a la burra las arracadas?
—Comprendido: se variará este párrafo.
Después de otro poco de lectura, el aristócrata indicó con cierta sumisión, homenaje sincero del poder al talento:
—Van tres citas seguidas de Diderot. ¿No te parece que es demasiado?
—Pues esta última se la encajaremos a..., a otro cualquiera..., por ejemplo, a Julio César Escalígero.
—Hombre, por Dios. ¿Así cuelgas tú milagros?
—No importa. Ellos no revolverán bibliotecas para averiguar si la cita es exacta. Pondremos que lo dijo D’Alembert, añadiendo un «si no recuerdo mal». ¿No le parece a Vuecencia?
—Añade «si no recuerdo mal... Ya saben los señores diputados que mi memoria es desgraciadísima.»
Al llegar al final, Su Excelencia meditó breve rato antes de dar su aprobación definitiva al discurso que había de pronunciar dentro de dos días. El secretario miraba a su amo con atención inquieta, cual si desconfiara del éxito de su obra. Por último, el duque se expresó así:
—Nada tengo que decir de la forma de mi discurso. También me parece admirablemente pensado. Si no me equivoco, hablaré bien. El fondo, con las correcciones que te he dicho, quedará de perlas, menos en el final, que debe ser variado por completo. ¿De dónde sacas que yo quiero llamar a Riego _héroe invicto_, y felicitarle por su elevación a la presidencia del Congreso?
—Como Vuecencia pertenece al grupo exaltado, creí que encajaban bien estos piropos al héroe de las Cabezas.
—Te diré —repuso el prócer frunciendo el ceño—. Cuando los demás llaman a Riego héroe invicto, yo no les contradigo: también aplaudo si es preciso; pero de eso a darle yo mismo tales nombres, hay mucha distancia.
—Entonces se suavizarán las frases de elogio —dijo Monsalud, pasando los ojos por el final del manuscrito.
—No, ¿a qué vienen esos sahumerios? Harto le ensalza la plebe. ¿No se ha cacareado bastante su hazaña?
—Demasiado.
—¡No..., sino que todos los días hemos de estar con el _padre de la libertad_, con el _adalid generoso_, con el _consuelo de los libres_ y el insoportable _viva Riego_, que es como un zumbido de mosquitos que nos aturde y enloquece!
—¡Ah!, todo cansa en el mundo, señor duque, hasta el incienso que se echa a los demás; todo cansa, hasta doblar la rodilla ante un ídolo de barro.
—¡De barro! Has dicho bien, muy bien. ¡Si yo pudiera decir eso en mi discurso!
—Pues nada más fácil.
—¡Hombre, qué calma tienes! Estaría bueno...
—En efecto: estaría bueno llamar necio de buenas a primeras al jefe del partido a que uno pertenece —dijo Salvador riendo—. Pero todo puede hacerse en este mundo. Mire usted, señor duque, yo lo haría.
—¿Tú?
—Sí, señor.
—Pero tú no sirves para la política. Lo malo que tiene este maldito oficio de politiquear, consiste en que a menudo es forzoso que adulemos y ensalcemos a más de un majadero que vale menos que nosotros, y que se ha elevado por un rasgo de audacia o por su misma majadería; pues también esto se ve diariamente. Conque quítame toda esa hojarasca del héroe invicto, y arréglalo de modo que ningún señorito mimado adquiera fama con mis discursos.
—Está muy bien. Con tal que se le cargue la mano al ministerio...
—Firme, pero firme —dijo el duque acompañando de enérgica acción la palabra—. Haz que resalte bien nuestro lema: _libertades públicas antes que nada_. Todo lo bueno que sale de nuestras filas, ¡canario!, no lo han de decir Alcalá Galiano, Javier Istúriz, Rivas y Bertrán de Lis. En todas partes hay tiranía, hijo. Hasta en el partido de la igualdad, de la democracia, de los hombres libres, ha de haber cuatro o cinco gallitos que quieran despuntar, imponer su voluntad, tratando a los demás como miserables polluelos.
—¡Pícaro despotismo, que en todas partes se mete! —dijo Monsalud con aparente distracción—. Pero yo tengo la seguridad de que Vuecencia pronunciará un gran discurso, que llamará la atención de la mayoría exaltada y de la minoría moderada.
—Desconfío mucho. Verás: me pasa que llevo en la memoria un parrafillo bien dispuesto; lo veo tan claro mientras estoy mudo, que hasta las comas parece que las tengo aquí, pintadas en el entendimiento; pero me levanto, hijo, abro la boca, digo «señores», y entonces..., ¡qué mareo!, el Congreso empieza a dar vueltas en torno mío; parece que las tribunas son otras tantas bocas disformes que se ríen de mí..., empiezo a sudar, póneseme un picorcillo en la garganta, toso, escupo; en fin, Salvador de mi alma, que no digo más que vulgaridades..., ¡y lo llevaba tan bien aprendido, tan claro!
—Procure Vuecencia tener serenidad, y aprenda del general Riego. Eso sí que es hablar sin ton ni son; eso sí que es decir perogrulladas huecas con apariencia de cosas graves. Todo por efecto de la serenidad. Cuando no se tiene idea del disparate, cuando no existe el temor, cuando una presunción excesiva asegura el aplauso de uno mismo, está allanada la dificultad, y los apuros parlamentarios no existen.
—Dices bien: es cuestión de temperamento. Yo no sirvo para el caso; pero hay que sacar fuerzas de flaqueza. ¡Ay!, ya me tiemblan las carnes pensando... ¿Irás a oírme?
—¿Pues cómo había de faltar? Llevaré quien aplauda, si es preciso. Mire Vuecencia este jarrón vacío, imagine que es el general Riego, figúrese que el _consuelo de los libres_ le está mirando, y cobrará alientos y brío.
—Bien, bien —dijo el Duque tomando el manuscrito—. ¡A estudiar! Felizmente, tengo buena memoria. ¿Te irás a trabajar? Eso es: cuando tenga mi lección regularmente sabida, te llamaré, a ver qué tal me sale.
—Muy bien; yo me vuelvo al despacho.
—Hoy no estoy para nadie... ¿Conque subirás después?... Lo leeré cuatro o cinco veces. Cuando lo sepa regularmente, tú me oirás, a ver qué te parecen la acción, el gesto, los cambios de tono. Me dirás si en tal o cual pasaje conviene echar un par de toses, o estirar el brazo, o quedarme parado y en silencio mirando con altanero desdén a todos los lados.
—De todo eso creo entender algo. Adiós, señor duque: a trabajar.
—Adiós, buena alhaja.
El duque se quedó solo, y poco después atroces gritos atronaron la casa. Comentaban con malicia los criados el rumor de apóstrofes y epifonemas que les aseguraban completa vagancia por algunas horas; pero ningún habitante de la casa se atrevió a poner su planta profana en el gabinete convertido en salón de sesiones.
Mientras hablaba el duque, la aquiescencia de su auditorio era perfecta. Ni la cama, que era la Presidencia; ni las sillas, que eran Galiano e Istúriz; ni las paredes, que eran las tribunas; ni el jarrón vacío, que era Riego, hicieron objeción alguna. El orador estaba inspirado.
IV
El 16 de marzo las tribunas del salón de Cortes en Doña María de Aragón rebosaban de gente. Decíase que el segundo batallón de Asturias iba a penetrar en la sala de sesiones, y esto era de ver. No siempre entra la tropa en las asambleas para disolverlas.
La iglesia-congreso ofrecía entonces al espectador escasísimo valor artístico. Por algunas pinturas sagradas en el techo se conocía el templo cristiano; por una estatua de la Libertad y una inscripción política se conocía la asamblea popular. El presbiterio sin altar era presidencia; la sacristía sin roperos, salón de conferencias; el coro sin órgano, tribuna. Bastaba quitar y poner algunos objetos para hacer de la cátedra política lugar santo, o viceversa; y así, cuando los frailes echaban a los diputados, o los diputados a los frailes, no era preciso clavar muchos clavos.
El Senado actual puede dar idea completa del Congreso de entonces, si la imaginación suprime el decorado artístico y los graciosos remiendos de oro y estuco que los arquitectos del Estado han puesto por todas partes. El presidente ocupaba el mismo sitio, y los diputados se sentaban, cual los modernos senadores, en dos filas, frente a frente, contemplándose unos a otros. Había en lo alto tribunas laterales tan oscuras, estrechas o incómodas como las de hoy, con ingreso por lóbregos pasillos, los cuales tenían tortuosa comunicación con una escalera que en los tiempos frailescos servía para dar subida al campanario. Los espectadores, fuesen a la tribuna de orden o a la pública, tenían que ascender por inverosímiles antros oscuros y escurrirse luego por los corredores sin luz, hasta que la remota claridad de los medios puntos en que se abrían las tribunas y el rumor de la discusión les anunciaban el término de su arriesgado viaje.
Salvador Monsalud penetró en la tribuna cuando los padres de la patria empezaban a llenar los escaños. Su primera mirada fue para el duque, que también recorrió con los ojos el piso alto, buscando al autor de sus discursos. Fijose luego el joven en los diputados de ambos grupos, en los de la gran montaña democrática, que eran los que daban interés a las sesiones, y en los templados, que con su moderación importuna procuraban quitárselo. Vio a los grandes demagogos de aquellos días, Alcalá Galiano, Escobedo, el duque de Rivas, Istúriz, Bertrán de Lis, Infante, Ruiz de la Vega; vio a los doceañistas Argüelles, Canga-Argüelles, Álava, Valdés; a los ministros Sierra Pambley, Balanzat, Clemencín, Romarate, Moscoso, Garelli y Martínez de la Rosa, objeto de la atención general por parte del público de las tribunas.
Un hombre como de cuarenta y cinco años, de mediana estatura, presencia simpática, rostro medianamente agradable, sin barba, de ojos azules y aspecto en general pacífico y bonachón, subió a la presidencia. Era el hombre de la época, _el caudillo de la libertad, el héroe de las Cabezas, el ídolo de los hombres libres, el hijo más querido de la madre España, el padre de los descamisados_, don Rafael del Riego.
Los primeros momentos no ofrecieron interés. Murmullos insignificantes, un rumor perezoso, verdadero bostezo de la Cámara luchando con su propia desgana, marcaron el período de las preguntas. Habló un ministro, hablaron dos o tres diputados, y aquellas palabras fugaces se perdieron, sin que nadie hiciera caso de ellas, como una conversación de visitas. Los discursos empezarían más tarde, aunque el interés de aquella sesión memorable no podía estar en los discursos. Una ceremonia ideada por los amigos y aduladores de Riego, y consentida, ¡parece increíble!, por Martínez de la Rosa, que no tuvo valor para oponerse a ella, debía verificarse dentro de pocos momentos.
Ya la anunciaba vivo y alegre rumor de bandas militares, cuyo lejano son entusiasmó a la gente de la tribuna pública. Agitáronse los diputados, agitose el pueblo, y el presidente, haciendo alarde de modestia y delicadeza, dejó su asiento. Al verle bajar y oscurecerse, perdiéndose en las filas de los diputados, un grito unánime sonó arriba y abajo: «¡Viva Riego!» El héroe (pues es preciso darle este nombre) saludó con la perezosa cortesía de los ídolos populares, fatigados de hacer reverencias al pueblo al volver de cada esquina. Los ministros querían aparentar satisfacción; pero harto se conocía que la farsa próxima a representarse no les entusiasmaba. Algunos diputados estaban fríos, cejijuntos; otros reían, y la mayor parte aguardaban impacientes un espectáculo que, por lo nuevo en los fastos constitucionales, merecía ser visto para poderlo transmitir a las generaciones futuras.
Llegó el momento. Las músicas militares cesaron en las inmediaciones de Doña María, y vierais entrar en el salón por la puerta principal, precedidos de cuatro maceros, los oficiales comisionados para representar al batallón en acto tan solemne. Pusiéronse en pie los diputados, como si la real persona hubiera penetrado en el recinto, y un ¡_Viva el batallón de Asturias_! zumbó en las altas regiones de las tribunas. Los oficiales avanzaron gravemente hasta encarar con la presidencia, ocupada por el vicepresidente, señor Salvato, y allí detuvieron el animoso pie.
Cualquier extraño que asistiera a recepción tan ceremoniosa y oyese los estentóreos vivas, y viera la seriedad y emoción de muchos diputados, habría creído que aquellos distinguidos tenientes y capitanes, tan bien peinados, venían de conquistar medio mundo; habría creído que cada uno era cuando menos un Bonaparte regresando de Italia con los eternos laureles de Arcole, Lodi y Montenotte. ¡Pobre representación nacional la que de este modo abría su puerta sagrada a media docena de oficiales, cuyo único mérito había sido lo que ellos llamaban el restablecimiento de la libertad!... ¡Como si la libertad pudiera ser verdaderamente establecida ni derrocada por un batallón!
Pero el comandante de Asturias no había ido allí a servir de objetivo a miradas curiosas. Era preciso que hablara, que dirigiese cuatro palabrillas de consuelo a la representación nacional, con algún consejo si esta lo había menester. El comandante, cuyo nombre la historia no ha creído digno de ser conservado, a pesar de sus indudables hazañas, tomó la palabra, y mirando con bizarría al presidente, dio las gracias por la distinción hecha al cuerpo; y después, mostrando generosidad a toda prueba y grandes propósitos de proteger y amparar a la desvalida madre España, prometió defender la libertad hasta el último aliento. Tanta abnegación de parte de un comandante enterneció a los demagogos.
Tocole la vez al señor Salvato, hombre de pocas palabras, algo ronquillo, y empezó su discurso, que parecía iba a ser largo como esperanza de pobre. De las tribunas no se le oía jota, lo cual fue ocasión de desasosiego y tumulto; pero Salvato, al llegar al fin de su perorata, alzó la débil voz cuanto le fue posible, y se oyeron estas palabras: «¡Batallón de Asturias! ¡El genio tutelar de la libertad acompañe tus filas, mientras que el aprecio general de los hombres libres te sigue a todas partes!»
En medio de atronadores aplausos, Salvato alargó al comandante un ejemplar de la Constitución. Al ver la entrega del librito, cualquier espectador de cabeza despejada habría creído presenciar el acto de la distribución de premios de escuela, y que el citado jefe había merecido llamar la atención del consejo profesional por sus correctas planas o sus adelantos en la gramática. Pero aquí empezó la parte mis chusca de aquella ceremonia, que oficialmente, y según lo acordado por el gobierno, debía concluir con la solemne entrega del libro.
El comandante, que sin duda era hombre de iniciativa, no creyó suficientemente hecha la apoteosis del batallón de Asturias, y sintiéndose inspirado, abrasado en sacrosanto fuego de gratitud y patriotismo, desciñose el corvo sable y lo ofreció al Congreso, diciendo con hueca frase y triunfador gesto que era el mismo que empuñara don Rafael del Riego al dar el grito de rebelión en las Cabezas de San Juan. Esto produjo cierto estupor, y aunque no faltaron aplausos, sordo murmullo corrió por los bancos, como un vientecillo rastrero precursor de grandes tempestades.
Vaciló el digno señor Salvato un momento, sin saber si admitir o rechazar la oferta, estando, por razón de su perplejidad, un buen rato con el acero levantado, como aparecen en las estatuas conmemorativas de heroicos hechos los grandes capitanes y conquistadores; pero al fin decidiose por la admisión, y poniendo el sable sobre la mesa, pronunció estas palabras: «Las Cortes admiten con singular aprecio este acero, fasto vivo del pronunciamiento de la libertad y trofeo del héroe predilecto de ella.»
Más tarde el Congreso se avergonzó de su debilidad; comprendió la ridiculez de la escena que había consentido, y no sabiendo qué hacer del malhadado sable, devolviolo a su dueño _para que defendiese con él la amenazada Constitución_.
¡De esta manera querían establecer en España lo más serio, lo más imponente que existe: la libertad! ¡De esta manera querían infundir la dignidad de los hombres libres a un pueblo que conservaba la forma del absolutismo, como conserva el amasado yeso la figura del molde de que acaba de salir!
El gobierno, concluido el acto, cayó en la cuenta de la ridiculez de este. Era preciso borrarlo de la memoria de todos; era preciso echarle tierra encima, es decir, discursos, para que con las agitaciones de un debate fuese puesto en olvido. Abriose la discusión sobre el tema puesto a la orden del día, y Su Excelencia el duque del Parque se puso pálido. Mirando a la tribuna, vio a su fiel secretario y amigo, cuya presencia y animado semblante servíanle de consuelo. Evocó su serenidad; razonó consigo mismo durante breves minutos, considerando cuán bien y con cuánto despejo suelen hablar algunos tontos; hizo memoria de todos los consejos y recetas que su secretario le había dado, y midiendo con atrevida mirada ese abismo inmenso e imponente que separa el mutismo de la palabra, el silencio del discurso, arrojose resueltamente a la otra orilla. Empezó muy bien, y era escuchado con atención.
El secretario, a su vez, aunque no empezaba ningún discurso, sentía emociones muy vivas, no ciertamente por la ceremonia que acababa de presenciar. Esta no había concluido, cuando Monsalud vio en la tribuna de enfrente a una persona cuya presencia embargó de súbito sus facultades, dejándole atónito y confuso. Estupor más grande no lo tuvo en su vida. Fijó bien la atención, creyendo equivocarse; pero una observación prolija le convenció de la realidad de la imagen percibida. A un tiempo mismo llenaban su espíritu secreto alborozo y una especie de terror instintivo, al cual no podía hallar de pronto justificación cumplida. Miraba a la persona, y sus ojos sorprendieron el furtivo mirar de ella. Trató de sobreponerse a un dominio que era de su agrado, y a sentimientos que con pasmosa rapidez principiaban a subyugarle; pero a la medida de sus esfuerzos crecían su debilidad y la esclavitud de su ánimo. Esto y lo que pasa a los peces cuando quieren librarse del anzuelo, al sentirse cogidos, es una misma cosa.
Y en tanto, el duque navegaba por el piélago inmenso de su discurso. Había afrontado impávido y sereno los escollos del exordio y entrado en la exposición que le ofrecía su ancho campo cerúleo, despejado, claro y llano como un mar sin olas; pero de pronto, ¡oh perversidad de los hados que protegen la oratoria!, ¡oh picardía de la maligna Palas!, el duque tropezó, equivocando una oración por otra y enredándose en una palabra. Mascó durante breve rato, tratando de salir del paso por medio de un esfuerzo de ingenio; mas para esto era necesario improvisar, y Su Excelencia no era fuerte en la improvisación. ¡Qué lástima, equivocarse precisamente cuando iba a examinar con crítica aguda la conducta del ministerio; equivocarse cuando Alcalá Galiano e Istúriz estaban mudos de asombro ante aquel ignoto prodigio de elocuencia que tan inesperadamente aparecía!
El del Parque sintió que su frente se cubría de sudor; trató de recordar, llamó la memoria; pero el discurso había desaparecido ante los ojos de su entendimiento; se había borrado por completo, y en su lugar una inmensidad negra, horrendo caos sin una línea, sin una idea, sin un rasgo, se extendía ante el atribulado espíritu del orador.
Al verse perdido, miró a la tribuna, esperando que la presencia de un amigo, devolviéndole la serenidad, le devolviese el evaporado discurso; pero entonces su angustia fue más grande. El amigo, el secretario, el confidente había desaparecido.
Entonces el duque sintió un mareo espantoso; en su garganta formose un nudo; miró al presidente con desesperación, con angustia, como un náufrago que pide socorro.
Los diputados todos le observaban, aguardando a ver en qué pararía aquello. Su Excelencia tartamudeó excusas que nadie pudo comprender, y al fin exclamó con voz clara:
—Señores diputados, señor presidente... He dicho.
V
Después de arrastrar miserable vida durante todo el año 21 en un lugar del camino de Francia, don Urbano Gil de la Cuadra pudo volver a la Corte tolerado, si no perdonado, por la policía. Amparole para esto un generoso desconocido a quien él creía compatriota suyo, y que, interesándose por él, le pudo conseguir lo más parecido a un indulto, o sea la negligencia del gobierno. Favorecidos por aquella negligencia, tan caritativa en el asunto de Gil de la Cuadra, mil y mil pillos conspiraban por el triunfo de todas las banderas conocidas.
Favoreció también a nuestro desgraciado reo un individuo a quien pronto conoceremos, y que se hacía pasar por amigo de don Víctor Sáez, confesor de Su Majestad. Llamábase Naranjo, y era, como don Patricio Sarmiento, maestro de primeras letras, existiendo entre los dos, con la igualdad de profesión o industria, una rivalidad tan fuerte y rabiosa, que para hallarla semejante sería preciso revolver los antiguos odios corsos, o el antagonismo clásico de griegos y troyanos en los tiempos oscuros.
Naranjo fue generoso con Gil, pues además de trabajar en su reducida esfera para que pudiese volver a la corte, arrancándole de los miserables pueblos del norte de Madrid, le dio asilo en su misma casa y calle de las Veneras, ochenta y tres escalones más arriba del local de la escuela, en un departamento estrecho, pero independiente del propio domicilio del dómine. De tres o cuatro piezas tan solo disponía Gil; mas el buen orden de su hija había hecho de ellas un recinto casi decente y casi cómodo, utilizando los pobres trastos que conservara de su antigua casa, y algo que allegó con el favor de una providencia desconocida de todos los vecinos, aunque no de nosotros.
El desgraciado don Urbano no salía de su casa a ninguna hora del día ni de la noche, y rara vez ponía los pies fuera de la pieza que escogió para su albergue, triste y oscura como una mala noticia. Había adaptado su organismo a un sillón que le servía de concha, y en él la cabeza calva, el rostro pálido y extenuado, los cansados ojos, las manos flacas, los brazos negros permanecían largo rato en inmovilidad casi absoluta, en medio de un silencio semejante al de cualquier alcoba mortuoria.
De pronto movía la cabeza, miraba hacia afuera, y el patio lóbrego y sucio al cual daba su ventana, ofrecíale el grandioso paisaje de dos o tres cocinas medianeras. Allá arriba se veía, sí, un recorte irregular azul lleno de luz y de belleza: era el cielo. Gil de la Cuadra lo miraba hasta que el dolor del torcido pescuezo obligábale a sumergir su contemplativa mirada en el fondo del patio. Allí todo era lobreguez, horror, vapores infectos, un detestable olor a almíbar. Hervía el azúcar en las cazuelas, y un negro cíclope del dulce labraba yemas y azucarillos en aquella caverna húmeda y acaramelada. Las coplas obscenas que cantaba y el vaho de tal industria se unían en conjunto muy desagradable.
A ratos leía el anciano. No escribía nada. Sus libros eran las novelas de la época, entro ellas el _Werther_ y _La nueva Eloísa_; también _Las noches_. Aquel espíritu fatigado se rebelaba contra las lecturas serias, entregándose con deleite a un pasatiempo que le producía fuertes excitaciones de la sensibilidad y de la fantasía. El aplanamiento de la vida y la rápida decadencia habían determinado en hombre tan infeliz el retroceso senil que consiste en una especie de renovación enfermiza de la niñez. En aquella edad y circunstancias, en tal estado de alma y cuerpo, Gil de la Cuadra soñaba, mejor dicho, idealizaba.
Cuando su hija estaba en la casa, que era lo más común, solía dialogar con ella, aunque no mucho, a pesar de los esfuerzos de Sola por entablar conversaciones sobre temas lisonjeros; pero ya en los días a que alcanza nuestra descripción, que son los de mayo de 1822, el anciano, sin dejar de ser afectuoso con la graciosa joven, había perdido aquel cariño afable y atento que en él hemos conocido. Su sequedad llegaba a la aspereza y desabrimiento; mas la discreción de Solita sabía burlar ingeniosamente los ataques, consiguiendo siempre que el viejo, después de irritarse un poco, tornase a su tranquilidad meditabunda.
Cuando estaba solo, revolvíase inquieto después de largas pausas en que parecía dormido, o mejor, muerto. Un día en que Soledad había salido, el anciano leyó por espacio de hora y media. Después dio un suspiro; puso el libro sobre el antepecho de la ventana, revelando honda agitación en sus ojos, así como en sus labios, que articulaban sílabas sin sonido. En voz alta exclamó luego:
—Ahora tiene que ser. Ya no puedo más. He esperado bastante.
Levantándose como pudo, dirigiose al cuarto de su hija, y de allí a la pieza que servía de cocina. Revolvió febrilmente todos los objetos que pudo tocar; fue, vino de un lado a otro; registró; puso sus manos arriba y abajo, desordenando cuanto allí había.
—Nada —dijo para sí con acento de dolor—. Esa pícara lo guarda todo bajo llave.
¿Qué buscaba? No debía de tener hambre, porque allí había comida y ni siquiera la tocó.
Volviendo al cuarto de su hija, examinó las cerraduras de todos los cofres. Ninguna estaba abierta. Con rabia golpeó las arcas y los cajones de la cómoda, gruñendo así:
—Todo, todo lo guarda esta condenada.
En seguida registró la ropa que en distintos puntos de la estancia había. Su mano, trémula y resbaladiza, entraba en todos los bolsillos, deshacía todos los pliegues, sacudía las faldas, desdoblaba lo doblado y hacía envoltorios de lo extendido.
—Nada, nada.
Sin duda buscaba llaves. Después de mucho revolver sintió un ruido metálico. Metió la mano y sacó una pieza de dos cuartos y un ochavo.
—Esto ya es algo —pensó—. Con esto tengo ya catorce cuartos reunidos, y si encuentro más... Iré juntando, y a falta de un medio, emplearé otro.
Pareció darse por satisfecho con tal razonamiento y con aquel hallazgo, y puso fin a sus investigaciones. Regresando a sus dominios, es decir, a su sillón, sacó del seno un envoltorio para guardar su nueva conquista. Antes de hacerlo contó repetidas veces, con la gozosa atención del avaro, su tesoro.
—Catorce cuartos —dijo—. Catorce y un ochavo.
Después hizo cuentas con los dedos mirando al techo.
—Sí —murmuró—, pronto podré... Cualquier medio sirve. Quizás sea este el mejor... Sí, es el mejor, el más fácil, el menos sospechoso, el más tranquilo... Puedo bajar fácilmente a la calle cuando mi hija no esté aquí... Ya sé lo que tengo que hacer. Catorce cuartos... Todavía es poco. Pero Dios me ayudará..., es preciso concluir pronto. ¡Maldita vida, que aun para echarte fuera nos has de dar trabajo! ¡Miserable harapo que te llamas cuerpo..., que aun para limpiarnos de ti han de ser precisas tanta fatiga y tanta lucha!
Sintiendo los pasos de su hija, guardó precipitadamente lo que contaba y tomó el libro.
Disimulaba como un escolar travieso.
Soledad se acercó a él, le pasó la mano por la frente, le dijo algunas palabras cariñosas, y después entró en su cuarto.
—¡Virgen María! ¿quién ha estado aquí? —exclamó—. Si hubiera gatos en la casa, diría: «los gatos»; pero no los hay.
Miró desde la puerta a su padre con la severidad cariñosa que se emplea ante los niños enredadores.
—Yo fui, Sola —dijo don Gil, mirándola también con un poquillo de turbación—. Yo fui: buscaba unas migas de pan para echar a esos gorriones que suelen bajar a la ventana de enfrente.
—El pan estaba en la cocina: ¿no le vio usted?
—No, hijita, no vi nada. Creí que tendrías migas en los bolsillos.
—Lo mismo pasó la semana pasada cuando salí —dijo Solita, quitándose los alfileres del manto y cogiéndolos en la boca, mientras se quitaba aquella prenda—. Este papá mío es más travieso... Otro día saldremos juntos.
—Ya te he dicho que no quiero salir.
—A tomar el sol.
—Aborrezco el sol —repuso Gil de la Cuadra con laconismo.
—A tomar el aire.
—Aborrezco el aire.
—A ver a Madrid.
—Madrid me repugna, me enardece la sangre, me mata.
—A ver la gente, a distraerte un rato.
—¡La gente! ¡Bonita cosa quieres enseñarme! ¡La gente! Si los ojos no sirvieran más que para ver gente, no valdría la pena de tenerlos.
—Vamos, vamos: basta de locurillas. Dios se enfada con los que dicen eso.
—Basta, regañona. Ahora me toca a mí. ¿En dónde has estado hoy tanto tiempo?
Soledad vaciló un momento antes de dar contestación: ¡tanta era su repugnancia a mentir!
—He ido a entregar una obra que había concluido... Por cierto que he venido muy a prisa para que no estuviera usted solo.
—Por eso no. Solo estoy yo perfectamente —dijo el viejo con displicencia—. No me gusta ver espantajos delante. No me gusta que, cuando salgas, te lleves las llaves de todo como si yo fuera un ladrón.
—¿Y para qué quiere usted las llaves? —preguntó Soledad con el mayor desconsuelo, dejándose caer sobre una silla y abrazando a su padre—. ¿Para qué quiere usted las llaves? Todo lo que usted pueda necesitar queda fuera. Para otro día tendré cuidado de dejarle migas de pan, por si vuelven los gorriones de hoy.
—No te burles..., la verdad es que estoy incomodado contigo... Me tratas como a un chiquillo... No puedo hacer cosa alguna sin que tú lo husmees y te enteres de todo. De tal modo me vigilas, que hasta de noche, cuando dormimos, si por acaso me levanto porque tengo calor en la cama, vienes tras de mí para ver a dónde voy.
—Si usted no hiciera locuras; si se conformara con su suerte, como Dios manda, y no hubiera ya intentado una vez cometer el mayor pecado del mundo, cual es alentar contra la propia vida...
Gil de la Cuadra no contestó nada a esta razón.
—Son aprensiones, hija —dijo al fin inclinando la cabeza—. Y si fuera verdad, vamos a ver, ¿qué tendría de particular? Es hermosísima esta vida para aficionarnos a ella, ¿verdad?
—No nos falta nada.
—Nos falta todo. Honor...
—No se pierde por la persecución de la justicia cuando es injusta.
—Tranquilidad.
—La tenemos de sobra.
—No; porque esta es la hora en que yo no sé de qué vivo, ni cómo vivirás tú el día en que yo falte.
—Y para remediar mi orfandad y mi abandono, usted quiere matarse. ¡Linda precaución! —A quien todo lo ha perdido, hija mía, se le puede perdonar que haga algún disparate.
—¡Quien todo lo ha perdido!... ¿Acaso no vivo yo, o no soy nada?
—Tú eres mucho, tú eres todo; eres todo para mí. Verdad es que te conservo —dijo Gil de la Cuadra abrazando a su hija—. Pues qué... ¿crees tú que si no existieras, si no tuviera yo junto a mí este rayo de luz que da vida a mi vida, y esta alma que da apoyo a mi alma, podría sostenerme un día más? ¿Crees que puede sostenerse quien está perdido, humillado, miserable, deshonrado, sin otro lazo con la sociedad que el desprecio que ella me muestra y la limosna que me da un pobre maestro de escuela? La religión no basta a consolar a los que hemos fomentado en nuestro entendimiento ciertas ideas. Es triste decirlo; pero debe decirse porque es verdad... Mira tú lo que es el destino, Dios, la Providencia o como quieran llamarlo. En medio de mis desastres, de mi padecimiento, de mi deshonra, yo tenía una esperanza.
Soledad hizo con la cabeza una señal de asentimiento.
—Yo tenía una esperanza, y ¡cuán risueña, cuán bella, hija mía! Era cuanto un padre cariñoso puede desear. Realizada aquella esperanza, yo hubiera subido al cielo como un ángel, tranquilo, sereno, limpio, lleno de Dios. Sin ella..., iré a donde mi perverso destino quiera.
—No hay que tomarlo de ese modo.
—Pues ¿de cuál? ¿La realidad puede tomarse de otro modo que como tal realidad? ¿Caben en ella fantasmagorías? No, no te hagas ilusiones. Tu primo no viene ya; nos desprecia como nos desprecian todos los nacidos, porque somos pobres, porque estamos deshonrados, porque somos una vil escoria.
—Mi primo no ha dicho que no vendrá.
—No lo ha dicho; pero ello es que no viene. Quiere romper su compromiso de una manera evasiva. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última carta?
—No lo recuerdo bien —dijo Sola, demostrando que no dedicaba sus ocios a llevar la cuenta de las cartas que escribía el desnaturalizado primo.
—Pues yo sí lo recuerdo. Hace cinco meses y tres días... ¿Qué quiere decir este silencio?
—Que no tiene ganas de escribir, o que está preparando su viaje.
—No te hagas ilusiones; repito que no te hagas ilusiones. En la realidad no puede haber, no hay fantasmagorías. La cuestión es la siguiente...
—Sí, ya lo sé —dijo Soledad riendo.
—Mi pobre hermana, que murió hace cinco años, me dijo en los últimos días de su vida: «Deseo ardientemente que mi hijo se case con tu hija...»
—Y usted le contestó: «Yo también deseo que mi niña se case con tu niño...» Sí, ya sé; no es la primera vez que oigo ese cuento.
—Mi hermana y yo tratamos del asunto largamente. Hallábamos las cualidades más apreciables en uno y otro. Ella te creía un ángel del cielo. Yo veía en su hijo un enviado de Dios. ¡Admirable plan, que ha dado alientos por mucho tiempo a mi cansada vida! He soñado con ese matrimonio como sueña el mozalbete con la mujer que adora. Después de muerta su madre, Anatolio confirmó con una promesa solemne aquel sagrado testamento moral de la difunta Paula. Yo tuve que marchar a Francia, después fui a La Bañeza, después vine aquí, y en todas partes recibía cartas de mi sobrino, sin que en ninguna de ellas faltase la palabreja o el parrafillo dedicados a ti y al dulce proyecto. Incitábale yo a que viniese; pero él me contestaba que el servicio militar le retenía en Asturias, y que se holgaba de ello para poder estar al cuidado de su hacienda, en estos tiempos tan revueltos.
—Pero no por eso dejaba de escribirnos y de hablar de la boda..., ya, ya sé.
—Después de la época tristísima de mi desgracia, de mi prisión, de nuestra deshonra y pobreza, querida hija mía, he sabido que Anatolio, sirviendo lealmente en el ejército, pasó a La Coruña, después a Santander y Santoña; pero se ha olvidado de nosotros, de su promesa, del deseo de aquella santa mujer, su honrada madre. ¿Y sabes tú lo que es esto?
—Esto no es nada, padre —observó Soledad tratando de calmar la agitación nerviosa del desgraciado don Urbano—. Esto no es más sino que el servicio no le deja tiempo para tomar la pluma.
—No, no, no —dijo el anciano con ardor—. Te repito que no te forjes ilusiones. En la realidad no hay fantasmagorías.
—En la realidad hay mil cosas que no se comprenden.
—Lo cierto es que hace cerca de un año que no nos escribe. Desde que regresamos a Madrid no hemos visto su letra. Lo que te he dicho... Nuestra pobreza, nuestro decaimiento, son la causa de su desvío. ¡Perro mundo y perra humanidad! No existe, no, una sola alma generosa.
—Sí existe, padre.
—Te digo que no existe. Tú no conoces este lodazal en que yacemos. ¡Ay! Cuando se escribió el libro de Job, se trazó la pintura del mundo. Anatolio ha visto nuestro muladar y nos desprecia. Quizás si nos viera, me echaría en cara culpas que no he cometido, o que si han sido cometidas deben ser perdonadas.
—Pues si se avergüenza de nosotros, no debemos pensar más en él.
—Tonta, ilusa, ¿qué estás diciendo? ¿Tú has pensado lo que va a ser de ti luego que yo me muera?... ¿Tú sabes que el abuelo de Anatolio ha fallecido hace dos meses?
—Sí, y que mi primo ha heredado una hacienda regular.
—¿Una hacienda regular? Una hacienda con la cual hubieras vivido como una reina —exclamó Cuadra—. Porque esa hacienda debía ser para ti, porque Anatolio debía casarse contigo, como le mandó su madre.
—¿Y si le ha gustado más otra?
—¡Horror! ¡Qué despropósitos dices! ¡Conque ese miserable será capaz de entregar a otra su mano, su corazón, su casa, su hacienda..., que debía ser para ti, sí, para ti, lo repito mil veces!
—Eso sí que es vivir de ilusiones, eso si que es vivir de fantasmagorías. ¿A eso llama usted realidad?
—No..., yo he soñado, he soñado como un insensato, como un niño, como un rapaz enamorado —dijo don Urbano secando las lágrimas que corrían por sus flacas mejillas—. Yo he soñado durante algún tiempo que tú ibas a ser señora de una hermosa casa, que ibas a tener criados, magníficas praderas, vacas, mieses, montes. Pero ese joven nos ha hecho traición..., porque es una traición, una alevosía.
—Si ese joven se ha creído dueño de su propio destino, padre, ¿qué le vamos a hacer? ¿Hemos de irritarnos por eso? ¿Por qué hemos de dudar de Dios? Yo le juro a usted que renuncio de buena gana a los prados, a la hermosa casa y a las vacas de leche. Todo lo doy con gusto en cambio de la tranquilidad de nuestro espíritu, que es la hacienda mejor de todas.
—¡Desgraciada! Tú no sabes lo que es la orfandad, la soledad; tú has olvidado que, muerto yo, no tendrás amparo alguno en el mundo.
—Pues yo estoy segura de que lo tengo, o de que lo tendré.
—¿Tú?... ¿Estás loca? No conoces el mundo.
—Lo conozco.
—¿En qué esperas?
—En Dios.
—Las calles están llenas de mendigos, de niños abandonados, de infelices muchachas que se han prostituido. ¿Dónde está Dios que no les ampara?
—¿Qué sabe usted si les ampara o no?
—Sé lo que es el mundo... ¡Dios de los cielos! ¿Qué faltas he cometido yo para tan inmenso castigo? ¡Tener horror a la vida por mi miseria, por mi desgracia, por mi infamia..., y al mismo tiempo tener horror a la muerte porque muriendo, dejo a mi pobre hija en la miseria, sola y sin arrimo! ¡No poder vivir..., ni morir!
El anciano rompió a llorar. Solita no dijo nada, porque lo que podía decir no hubiera convencido al infeliz viejo, y lo que le habría convencido no podía ser dicho. Abrazó a su padre, y se confundieron las lágrimas de uno y otro. Un ruido extemporáneo en lo interior de la casa les sacó de la sombría contemplación de su desgracia.
VI
Oíase la voz de Naranjo, áspera y chillona. Oíase otra voz ronca y hueca que tenía las sonoras y retumbantes inflexiones de la elocuencia.
—Como lo cortés no quita a lo valiente —decía Naranjo—, bien venido a mi casa sea el señor don Patricio. Dígame en qué puedo servirle.
—Todo Madrid, señor Naranjo, todo Madrid —decía Sarmiento— sabe que no somos amigos. Cada cual tiene sus ideas, y como en las ideas no se transige... Pero una cosa es la política y otra la cortesía.
—Siéntese el buen Sarmiento.
—Gracias, señor de Naranjo.
En la habitación que a este servía de sala de recibo, estaba Sarmiento vestido con uniforme de miliciano nacional, gran casaca azul de botón de plata, con las iniciales M. N. en el cuello; descomunal morrión en forma muy semejante a la boca de una pieza de artillería y adornado de flamantes cordones; correaje blanco cruzado en el pecho, sable y cartuchera. Con tales arreos, la enhiesta figura del maestro de escuela parecía agrandarse,
extenderse, crecer, tocar las nubes, y en el profundo abismo hundir la planta.
¡Tales eran su arrogancia y tiesura, y el marcial continente severo con que los llevaba!
—No sabía —dijo Naranjo con sorna—, que el señor don Patricio había ingresado en la Milicia nacional. Ya tenemos a Periquito hecho fraile.
—Los pillos crecen, el absolutismo trabaja, el sistema peligra; malos vientos soplan... Es preciso luchar... Con su permiso, señor Naranjo.
Ambos se sentaron.
Cuando Sarmiento se desplomó sobre la silla, emitió la siguiente copla, que siempre traía pronta para soltarla en todos los actos de la vida:
Digamos Ave María para que tiemble el infierno; digamos para que tiemblen los pícaros: ¡Viva Riego!
—Amén —contestó Naranjo sonriendo—. ¿Me dirá usted por fin a qué debo el gusto...?
—Poco a poco —repuso Sarmiento—. ¡Cuánto se habrá sorprendido usted al verme entrar en su casa! ¡Ya se ve..., enemigos encarnizados, enemigos a muerte!... ¡Usted absolutista, yo liberal; usted servil, yo gorro!
—En efecto, me sorprende mucho.
—Y no solo somos enemigos políticamente hablando, sino escolásticamente —dijo Sarmiento, recalcando bien los adverbios—. Usted enseña por un sistema, yo por otro. Usted se inspira en el misticismo, yo en los grandes cuadros históricos; usted hace leer a sus alumnos el Antiguo Testamento, yo les lleno la cabeza de Historia romana; usted enseña la escritura por Torío, yo por Iturzaeta... ¡Enemigos a muerte!... Y ahora ha de saber usted que hoy estreno mi uniforme y que me lo he puesto expresamente para venir a esta casa.
—Gracias, señor Sarmiento: es grande honor para mí.
—Al mismo tiempo —dijo don Patricio—, debo tranquilizarle a usted respecto al fin de mi visita. Soy enemigo, pero enemigo leal.
—Lo supongo.
—Por consiguiente, no vengo acá como autoridad.
—Es de creer, porque no es usted juez, ni jefe político, ni capitán general.
—Quiero decir que no vengo con la espada en la mano..., y razón había para ello, porque usted, señor Naranjo, conspira más que el rey, y su casa es una madriguera de conspiradores, ¡chilindrón, chilindraina!
—Señor Sarmiento —dijo Naranjo con indignación mal reprimida—, cuando sea usted autoridad le daré cuenta de lo que en mi casa hago o dejo de hacer. Pero no lo es usted todavía: absténgase, pues, de formar juicios temerarios, y no se meta en lo que no le importa.
—¡Ah! Ya sabía yo que saldríamos por ahí —afirmó Sarmiento con vanidad—. Esté tranquilo, que las conspiraciones serán descubiertas y los locos realistas castigados. Seremos inexorables, y no le tendré a usted lástima, no, porque ejerzamos una misma honrosísima y nobilísima profesión, no... La justicia siempre por delante.
Siempre se dijo, y ello es probado: a burro lerdo purísimo palo.
Purísimo palo: es sensible, pero es preciso. Conque mucho cuidado, que mis consejos no son moco de pavo.
Don Patricio se levantó como para marcharse.
—De modo que solo ha venido usted a llamarme burro lerdo y a ofrecerme purísimo palo.
—¡Qué demonche! ¡Chilindrón, chilindrón! Se me olvidaba...
—¡Cabeza de patriota! ¡Bendito sea Dios que todo lo cría, hasta las calabazas sin costuras!
—Sí. Con la conversación y los avisos que he dado a usted para que ande con pausa en eso de las conjuraciones, se me olvidaba que venía...
En aquel instante, Solita, impulsada por la curiosidad, abrió cautelosamente la puerta asomando su semblante.
—Pase usted, mi señora doña Solita —dijo Sarmiento haciendo una reverencia—. Acabo de decirle al señor Naranjo que ponga cuidado en lo que se trama en su casa, no sea que tenga que llamar a Cachán con dos tejas. Todos sabemos que aquí no se viene a oír misa. Pues digo..., viviendo en la casa Gil de la Cuadra, el lugarteniente de don Matías Vinuesa...
Naranjo miró a un rincón de la sala, en el cual había una estaca.
—Pero si pienso ser inexorable el día en que toquen a descubrir artimañas —continuó don Patricio—, en todas las demás ocasiones seré deferente y cortés con los que han sido mis vecinos. Señora doña Solita, diga usted a su padre que he venido a traerle una carta que llevaron a casa.
—¡Una carta! —repitió Gil de la Cuadra, que también se había acercado a la puerta.
Un momento después, don Urbano desdoblaba con febril impaciencia el papel, diciendo:
—¡Es de Anatolio..., de tu primo!
Recorrió con la vista la carta. Su rostro pálido encendiose de pronto, y una viva exclamación de alegría brotó de sus trémulos labios.
—¡Viene!... Dios mío, ¿es cierto lo que leo? ¡Viene!... Lee tú, hija mía: viene resuelto a cumplir su promesa...
El infeliz anciano se desmayó. Sostúvole Naranjo; y cuando le llevaron a su cama y le tendieron y le rociaron el rostro y recobró el conocimiento, exclamó:
—¡Hay Dios, hija de mi corazón, hay Dios! Abrázame..., más fuerte. Soy el hombre más feliz de la tierra.
VII
—Vuélveme a leer esa carta que me ha dado la vida —decía el padre a la hija media hora después, hallándose ya completamente solos—. Repíteme una a una sus consoladoras palabras.
Soledad volvió a leer.
—Se excusa de no habernos escrito —manifestó Gil—. ¡Pobrecillo! Ha estado enfermo, ha tenido que hacer un viaje largo, penoso. ¿Cuántos días estuvo en la cama?
—Cuarenta y dos. ¡Pobre chico!
—¿Y cuánto tardó desde Santander a Logroño?
—Catorce días, caminando entre ventisqueros, hielos y tempestades.
—¡Desgraciado! ¡Y dice que viene resuelto a cumplir su promesa! Lee eso otra vez. Y que llegará..., ¿cuándo?
—El 11 o el 12.
—Es decir, mañana o pasado. Hija de mi alma, abrázame otra vez. Ya tienes amparo, ya tienes apoyo en tu orfandad; ya puedo morirme, ya puedo entregar a la tierra este miserable despojo de mi cuerpo, y decirle: «Ahí tienes, tierra, lo que pides. Ya no te lo disputaré ni un día más.»
—Llegará mañana o pasado —repitió Soledad pensativa.
—¡Y yo dudaba de Dios! ¡Dudaba de su misericordia infinita! ¡Qué hermosa lección me has dado, chiquilla!... Pero observo que no estás tan alegre como yo.
—Sí, padre: estoy contentísima.
—¿Y no dice más?
—Dice también que ha pedido pasar a la Guardia real, donde servirá algún tiempo.
—¡A la Guardia real! Muy bien. Bravo yerno tendré. ¡Qué bien le sentará el uniforme! ¿No es verdad que le sentará bien?
—Admirablemente.
—¿Saldremos a recibirle? ¿No dice por qué Puerta entrará?
—No, señor.
—Lo averiguaremos. Mira, hija, quiero salir a paseo; quiero dar una vuelta por las calles.
—Me alegro infinito —dijo Sola, demostrando verdadero gozo—. Hoy hace buen tiempo. Saldremos esta tarde y daremos un buen paseo.
—Y nos sentaremos bajo un árbol en la Cuesta de la Vega. Parece que recobro las fuerzas.
—¡Dios mío, si yo viera a mi padre sano, tranquilo y feliz!... —exclamó Soledad cruzando las manos.
Gil de la Cuadra se sentó en el sillón, tomó la cabeza de su hija para estrecharla ardorosamente contra su pecho, y derramando lágrimas de ternura, habló de este modo:
—Ya puedo morirme tranquilo; ya no quedas sola en el mundo... ¡Pobrecilla, cuánto he padecido por ti! Por ti y nada más que por ti. Si tú no existieras, ¿qué me importaría la miseria, qué la deshonra?... Me despedazaba el corazón la idea de morir y dejarte sola, sin un pariente, sin un amigo...
—Hubiera encontrado alguno —dijo entre sollozos Soledad.
—No hubieras encontrado más que desvíos: yo conozco el mundo. ¿Quién se acordaría de ti?
—Alguien...
—Nadie. Ahora tu porvenir está seguro. Dios nos ha favorecido después de tantas penas. ¡Bendita sea su misericordia infinita, de la cual he dudado en estos días de angustia y desaliento! He sido malo, muy malo, porque he dudado de Dios. Mientras tú, con tu fe angelical, afrontabas serena las contrariedades, confiando en el porvenir, yo me entregaba a una febril desesperación. Mientras tú, fiada en tus ilusiones, asegurabas que había una Providencia para nosotros, yo, atento a la realidad, no veía más que tinieblas en derredor nuestro. ¿Y sabes hasta dónde llegó mi maldad y la flaqueza de mi razón?
Soledad no contestó, aunque creía poder contestar.
—Pues llegó hasta idear la más ruin, la más perversa de las soluciones al conflicto en que nos encontrábamos.
—¡Morir! —dijo Sola con voz débil.
—Morir por mi propia mano, morir los dos, tú y yo; marcharnos juntos de este mundo que no quería sostenernos y que nos arrojaba de sí.
Solita se estremeció de terror en los brazos de su padre.
—Es espantoso, pero yo estaba decidido, decidido, hija mía, y lo hubiera hecho. Se había clavado esta idea en mi entendimiento, y de ningún modo podía librarme de ella. Pensaba en mi crimen a todas horas, de día y de noche, en sueños y despierto. Si al principio me causaba espanto, al fin pensar en él era una delicia para mi enfermo espíritu... ¡Ah, qué dulce es ahora para mí confesarte mi falta! Me parece que se la estoy contando a Dios en persona, y al hacerlo mi alma se libra de un peso enorme... ¡Pobrecilla! Tú habías comprendido mi demencia, porque tenías buen cuidado de guardar los cuchillos y todo instrumento que pudiera servir para arrancar la vida; guardabas hasta las tijeras. Yo buscaba como un loco, y ni alfileres podía encontrar en toda la casa.
Soledad sonreía.
—Me desesperaba tu capricho de esconder los cuchillos. Me parecía una manía absurda, ridícula, mientras la mía se me antojaba muy natural. Yo discurría todos los medios: yo soñaba con pistolas que levantaran la tapa de los sesos, con puñales que traspasaran el corazón, con tenedores que abrieran las venas, con cuerdas que ahorcaran, con braserillos cuyo humo, produciendo dulce letargo, adormeciera por toda la eternidad. Si hubiese tratado de matarme yo solo, la cuestión habría sido harto sencilla; mas era preciso que muriésemos los dos, pues de otro modo no tenía gracia; ¿no es verdad que no tenía gracia? Mi idea era que abandonáramos la vida juntos, abrazados, estrechamente unidos. Más de una vez traté de confiarte mi pensamiento, a ver si tú lo aprobabas, si querías, como yo, dejar este valle de lágrimas, conformándote con el suicidio; pero, ¡ay!, te veía tan serena, tan resignada a la vida; observaba en ti tanta fe y una convicción tan profunda de que hay Providencia para nosotros, que no me atreví a decirte una palabra.
—Sí, padre: yo creía y creo que teníamos Providencia.
—¿Antes de recibir esta carta?
—Antes.
—¿Cuál? —preguntó Cuadra con cierta incredulidad.
—Una Providencia.
—Pero eso es muy vago.
—Un amigo...
—¡Un amigo! No conozco ninguno.
—Cobrábamos nuestra pensión.
—Pero después de muerto tu padre, ¿quién te hubiera dado la pensión?
—¡Qué sé yo!..., pero...
—¿Quién te hubiera dado nombre, posición, bienestar?
—Alguien; uno, ¡quién sabe!... —repuso Soledad, queriendo decir una cosa y no sabiendo cómo decirla.
—Vamos, no hables majaderías. Tú no puedes discurrir como discurro yo, con conocimiento de causa. Una muchacha siempre es una muchacha, y puede tener sensibilidad, fe, piedad, instinto, delicadeza; pero nunca un criterio claro para apreciar, como los hombres, las cosas del mundo.
—Será por eso.
—Yo no podía contar con tu consentimiento. Dirás que era una crueldad mía el quitarte la vida; pero si bien se mira, librarte de la miseria era quererte bien. Hay distintos modos de amar a los hijos. Yo prefiero verte muerta a que vivas deshonrada y miserable. No, no: morir conmigo no era tan lastimoso como vivir sola y sin amparo. Yo tengo de la muerte una idea algo romana. Hay momentos en que es la mejor de las soluciones. ¿No crees tú lo mismo?
—Alguna vez, ¿por qué no?
—Yo deseaba —añadió Gil de la Cuadra— que hubiera mar en Madrid. ¡Oh! El mar es admirable para los desesperados. Abrazaditos, como dos niños que duermen juntos, nos hubiéramos arrojado a él... Pero en Madrid no hay mar.
—¿Y los estanques del Retiro?
—Tienen antepechos. Sin tu consentimiento hubiera sido muy difícil... Yo discurría, discurría, y al fin, hija mía, pensé en el veneno.
—¡Jesús!
Soledad cerró los ojos y palideció.
—¿Te aterras?... Pensé en el veneno. ¿Pero cómo adquirirlo? Tú no me dabas respiro; y empeñada en que había Providencia, empeñada en vivir contra viento y marea, escondías el dinero. Sin duda temías...
—Sí, también se me ocurrió lo del veneno.
—Pero yo iba juntando cuartos. Mira, aquí en el seno tengo catorce, y algunos ochavos. ¡Pobre hija mía de mi corazón! ¡Qué lejos estabas de que yo, cuando salías, registraba tus bolsillicos para robarte lo que olvidabas en ellos!
Soledad sentía el corazón oprimido y apenas podía respirar.
—¡Qué pálida estás, hijita! —le dijo su padre levantándose con más brío que de ordinario—. Ya todo eso pasó, y no hay que pensar en muertes ni en venenos. ¿Sabes lo que me ocurre?
—¿Qué?
—Que nos vayamos de paseo.
Gil sacó de su seno los cuartos que había reunido.
—¿Ves estos cuartos destinados al fatal proyecto? ¡Oh, Dios mío, cuán bueno has sido para mí y para mi adorada hija!... ¿Ves estos cuartos, Sola? Pues ahora vamos a tomar el sol a la Cuesta de la Vega, y con ellos compraremos avellanas y nos las comeremos tan alegres.
Diciendo esto, Gil de la Cuadra se encasquetó el sombrero con la presteza de un estudiante calavera.
—Vamos, vamos a paseo. Compraremos las avellanas en lugar del veneno. Pero mejor será piñones.
—Avellanas.
—Piñones, que las avellanas son pesadas.
—Dices bien. Pues piñones.
—Compraremos piñones. Y nos los comeremos, se entiende... ¡Ah!, y trataremos de averiguar por qué Puerta entrará Anatolio y a qué hora.
—¿Pero cómo hemos de averiguar eso, padre querido?
—Tienes razón, hija: entre él, y no nos cuidemos de la Puerta... Quizás los de la Guardia real sepan cuándo viene. Si encontramos a alguno hemos de preguntárselo. ¡Qué bien le sentará el uniforme!, ¿eh?
—Admirablemente —respondió Sola, poniéndose la mantilla.
Salieron. Soledad, obligada a sostener la conversación que sobre mil puntos entablaba su padre, cuya locuacidad repentina no conocía el cansancio, necesitaba de grandes esfuerzos para disimular su tristeza.
—¿Por qué suspiras? —le preguntaba él a ratos—. ¿No estás contenta como yo?
—Sí, estoy contenta.
En la plazuela de los Caños encontraron a don Patricio, que aún no había dejado su uniforme. Gil de la Cuadra le saludó con cortesía y hasta con amabilidad, diciéndole:
—No sé si le di a usted las gracias por haberme llevado aquella carta. Estaba tan conmovido...
—¿Traía buenas noticias? ¿Qué tal van los negocios? ¿Se trabaja?
—Era de un sobrino mío, que pasa ahora a la Guardia real..., alférez de la Guardia real, señor don Patricio.
—¡De la Guardia real! Bien.
En la tal pastelería se hacen pasteles muy buenos: pasteles y nada más, pasteles ni más ni menos.
—¿Qué dice usted?
—Que a ese joven de la Guardia real le advierta usted que ande con pulso. Yo digo como _El Zurriago_:
Y si de nuestras voces no hacen caso, con el martillo se saldrá del paso.
—Usted no olvida sus coplitas —dijo don Urbano mostrando un humor festivo que en mucho tiempo no se le había conocido—. Pues allá va esa:
Dijo el sabio Salomón que para mandar a bueyes no se necesitan leyes: basta solo un aguijón.
—Pues yo digo:
Ay, le-lé, que toma que toma, ay, le-lé, que daca que daca; ya no bastan las razones, apelemos a la estaca.
Y si esta no le gusta, allá va otra:
¡Qué martillito tan bonito! ¡Qué medicina singular! Tú harás cesar todos los males, como te sepan manejar.
Don Patricio se separó de sus antiguos vecinos.
—Después de todo —dijo el señor de la Cuadra cuando seguían su camino—, este hombre no es más que un gran majadero.
Prosiguieron lentamente hacia la Cuesta de la Vega. Gil de la Cuadra detenía a todos los soldados de la Guardia real para pedirles noticia de su sobrino; pero ninguno supo decirle nada de fundamento.
VIII
A los dos días el desgraciado don Urbano tuvo el inefable placer de abrazar a su sobrino.
—¡Ven a mis brazos, hijo mío de mi corazón! —exclamó el anciano, desvanecido por la felicidad—. Esta es tu esposa, mi hija querida.
Anatolio Gordón era un muchachote corpulento, tan rubio que el pelo y la cara casi parecían del mismo color, siendo sus cejas casi blancas y las pestañas como las de un albino. Su cara pecosa y arrebolada estaba siempre risueña, cualidad que se avenía bien con la redondez de la misma, y con sus facciones agraciadas y poco varoniles. Bigote amarillo, como madejilla de hilos de oro pálido, ornaba su boca, no menos encarnada que una cereza, y sin aquel ligero emblema de su condición masculina, la cara del primo Anatolio habríase confundido con la de una asturianaza guapetona o mofletuda pasiega. El musculoso cuerpo representaba hercúlea fuerza, y sus manazas parecían más propias para romper los objetos que para cogerlos. En todo él revelábase poco hábito de las formas sociales y una franqueza campesina que por cierto no era desagradable. Finalmente, el conjunto de la persona de Anatolio Gordón predisponía en su favor, y nadie, al verle, podría negarle un puesto honroso, quizás el primero, entre los excelentes muchachos.
Hízole sentar a su lado don Urbano y no se saciaba de contemplarle.
—Yo creí que vendrías de uniforme —dijo estrechándole las manos—. ¡Pero qué grandón estás! ¡Cómo has crecido, hijo! De seguro que no habrá en toda España un mozo más guapo que tú. Si vieras qué alegría nos ha dado tu carta... Yo creí que nos habías olvidado.
—Tengo que pedirles perdón —dijo Anatolio con torpeza, pues era algo corto de genio— por haber estado tanto tiempo sin escribirles.
—Déjate de excusas ahora...
—Pero siempre tuve intenciones de volver, siempre he tenido presente lo que mi madre me dijo al morir...
Mirando a su prima, Anatolio se puso como la grana.
—Yo no podía explicarme tu silencio —manifestó Cuadra—. Mejor dicho, yo había perdido la esperanza de que vinieras. Mi hija, esta buena hija, que ha sido mi consuelo y mi luz, esperaba siempre, confiando en la Providencia.
—No tarda quien viene. Aquí estoy al fin —dijo Anatolio con expresión desabrida—, aquí estoy a la disposición de usted, querido tío.
Solita no chistaba, concretándose a ver y oír. La conversación de Anatolio no era, por lo común, muy interesante, y aquel día redújose a fórmulas frías de felicitación y a pormenores de su viaje y de su instalación en Madrid. Anunció a su tío que una vez arreglados sus asuntos militares, le visitaría dos veces todos los días, siempre que no estuviera de servicio, siendo de tres o cuatro horas cada visita. No hablaron en aquella primera conferencia de la proyectada boda, lo cual pareció muy decoroso a Gil, y se despidió el joven hasta la tarde, dejando en el anciano impresión felicísima, y en la joven una especie de estupor frío que no podía explicarse.
Anatolio volvió al siguiente día con su uniforme de infantería. Sin estar mal, no podía decirse que fuera un modelo acabado de apostura guerrera. Ya fuese que engordara bastante después de estrenada la casaca, ya que el sastre se quedó corto al hacerla, ello es que un grave conflicto parecía inminente por haber más cuerpo que paño; que este se reventaba, y aquel quería por las costuras a toda prisa salirse.
Aquel día empezó por hablar de sus asuntos y del plan de conducta que se había trazado respecto a su carrera.
—Pienso abandonar la milicia en cuanto haya servido un par de meses en la Guardia. No me gusta esta maldita carrera, y soy partidario de que el buey suelto..., ya me entienden ustedes.
—Apruebo esa determinación —repuso Gil de la Cuadra, que no podía pensar nada distinto de lo que pensara su futuro yerno.
—Felizmente, no le falta a uno con qué vivir —añadió el mancebo con énfasis—, y yo creo que trabajando en lo que tengo no nos irá mal.
Al decir _nos_, Anatolio miró a su prima, y Gil de la Cuadra, que pudo advertir palabras y mirada, sintió una sensación de gozo como si los ángeles le cogieran en brazos para llevarle al cielo.
—Dime una cosa —preguntó don Urbano, a quien la satisfacción le salía chispeante por ojos y boca—: ¿conservas aquella haciendita tan preciosa de Cangas?
—Sí, señor —repuso Anatolio poniendo una pierna sobre la otra y echando el cuerpo atrás—. La conservo, y los dos prados de al lado: aquel pequeño, que era del procurador Sotelo, y el grande, de doña Nicanora. Voy uniendo todos los pedazos que puedo, porque quiero hacer una hacienda grande, muy grande.
—¿Y las dos herrerías de Mieres?
—También, también las conservo. ¿Pues qué, las había de vender? No las daría por cinco mil duros.
—¡Caramba! —exclamó Gil mirando a su hija—. Y me dijeron que de la testamentaría de tu abuelo materno te tocó una casa en Luarca.
—Una casa, una cuadra y un taller de carretería. Los tengo arrendados, y aunque no son gran cosa, dan..., sí señor, dan.
—Luego tú eres tan arreglado, tan cuidadoso de tu hacienda, tan formal, tan económico... Te pareces a tu buena madre, que en gloria esté.
—Además, tengo un crédito en la casa del excelentísimo señor duque del Parque, mi paisano, y amigo que fue de mi señor padre.
—¿El duque del Parque? Ya sé, general y diputado, político y orador... Es de los exaltados y martilleros.
Al oír nombrar al duque, el corazón de Solita le saltó en el pecho, como un loco en su jaula.
—Mi padre —prosiguió Gordón— anticipó una cantidad al señor duque para reparación de los molinos en el río Pisueña, y además se quedó con las obras para la subida de aguas a las huertas de Cabruñana. No le pagaron, y ahora la administración de Su Excelencia dice que los papeles no están claros. Yo porfío que sí, y vamos a tener pleito, aunque espero que hablando yo mismo al señor duque, que está en Madrid, y recordándole lo que pasó, reconocerá la deuda y me pagará por buenas.
—Sí, te pagará... Si es cosa clara...
—Son al pie de seis mil duros.
—¡Seis mil duros!... Querida Sola, ¿por qué no me abres la ventana? Me falta aire que respirar.
Gil de la Cuadra quería meter toda la atmósfera en sus pulmones.
Al día siguiente, Anatolio se atrevió a hablar a su prima de algo parecido a amores. Hasta entonces una violenta cortedad le había impedido tocar tan delicado punto. Estaban solos.
—Soledad —le dijo—, mi madre y tu padre nos destinaron a casarnos. Yo estoy contento, ¿y tú?
—Yo quiero todo lo que quiere mi padre —repuso Solita.
Estaba pálida como una muerta, y sus palabras parecían suspiros.
—Yo bien sé que no puedes quererme... —añadió el mancebo—. Pues mira tú, yo te quiero a ti aunque no te he visto sino cinco días. Hasta ahora ninguna mujer me ha gustado más que tú. Dime, ¿tienes deseos de ir a Asturias?
—Yo estoy bien en todas partes.
—Bien contestado..., pero dime: me encontrarás un poco palurdo, ¿no es verdad?
—¡Qué cosas tienes! ¿Tú palurdo?
—Digo..., en comparación contigo. Porque tú eres muy señorita, y tienes un aire divino que no está mal, no está mal. Haremos buen par. Tú me afinarás, y yo te embruteceré un poco.
Diciendo esto reía con la inocencia de un niño o un salvaje.
IX
¡Qué días aquellos los de la primavera del 22! En otras épocas hemos visto anarquía; pero como aquella, ninguna. Nos gobernaban una Constitución impracticable y un rey conspirador que tenía agentes en el norte para levantar partidas, agentes en Francia para organizar la reacción, agentes en Madrid para engañar a todos. En nombre de la primera legislaba un Congreso de hombres exaltados. En representación constitucional del segundo gobernaba un ministerio presidido por un poeta. El Congreso era un volcán de pasiones, y allí creían que las dificultades se resolvían con gritos, escándalos y bravatas; el rey sacaba partido de las debilidades de unos y otros; el ministerio se veía acosado por todo el mundo; pero su honradez y sus buenas letras no le servían de nada.
El ejército estaba indisciplinado: unos cuerpos querían ser _libres_, otros vitoreaban al _Rey neto_. Los artilleros se sublevaban en Valencia, los carabineros en Castro del Río, y la Guardia real acuchillaba a los paisanos de Madrid. La Milicia nacional bullía en todas partes inquieta y arisca; sublevábase la de Barcelona gritando _Viva la Constitución_, mientras la de Pamplona, enfurecida porque los soldados aclamaban a Riego, les hizo fuego al grito de _Viva Dios_. En Cartagena las mujeres se batían en las calles confundidas con los milicianos.
No había tierra ni llano donde no apareciesen partidas, fruta natural de la anarquía en nuestro suelo. En Cataluña dos célebres guerrilleros de estado eclesiástico, mosén Antón Coll y fray Antonio Marañón, _el Trapense_, arrastraban a los campesinos a la guerra santa. El segundo, con un crucifijo en la mano izquierda y un látigo en la derecha, conquistaba pueblo tras pueblo, y al apoderarse de la Seo de Urgel, asesinaba con ferocidad salvaje a los defensores prisioneros. En Cervera los capuchinos hacían fuego a la tropa. En Navarra imperaba Quesada, y no lejos de allí don Santos Ladrón. Había aparecido en Castilla don Saturnino Albuín, el célebre Manco, a quien en otro lugar conocimos,[2] y en Cataluña despuntó, como brillante aurora, un nuevo héroe, joven lleno de bríos que empezaba con grande aprovechamiento la carrera. Era Jep dels Estanys. En Murcia empezaba a descollar otro gran caudillo legendario, Jaime el Barbudo, que iba de lugar en lugar destrozando lápidas de la Constitución.
[2] Véase _Juan Martín el Empecinado_.
Las grandes potencias estaban ya extremadamente amostazadas, viendo nuestro desconcierto. Francia sostenía en la frontera su célebre cordón sanitario; Roma se negaba a expedir las bulas a los obispos nombrados por las Cortes; iba a reunirse el Congreso de Verona, con el fin que todos saben, y en él un literato no menos grande que el nuestro, echaría pronto las bases de la intervención extranjera. Las Américas ya no eran nuestras, y en Méjico, Iturbide tenía medio forjada su corona.
Poseíamos una prensa insolente y desvergonzada, cual no se ha visto nunca. Todos los excesos de hoy son donaires y galanuras comparadas con las bestialidades groseras de _El Zurriago_, de Madrid, y _El Gorro_, de Cádiz. Los insultos del primero encanallaban a la plebe. Nadie se vio libre de la inmundicia con que rociaba a los ministros, a los diputados moderados, a las autoridades todas. El gobierno, no teniendo ley para sofocar aquella algarabía indecente, la sufría con paciencia; pero los polizontes, que no entendían de leyes, imaginaron hacer callar _El Zurriago_ de una manera muy peregrina. Se apoderaron de Mejía, su redactor y después de esconderlo durante dos días, le metieron en una alcantarilla. Era, según ellos, el paraje donde debía estar. Pero Mejía salió, y después de limpiarse, enarbolaba de nuevo su asquerosa bandera con el lema:
No entendemos de razones, moderación y embelecos: a todo el que se deslice, zurriagazo y tente, perro.
En este desconcierto, dos hombres de acción y energía pugnaban por afirmar el principio de autoridad. Eran el jefe político, Martínez de San Martín, llamado por el populacho _Tintín de Navarra_, y el general Morillo, que ganó en América la corona condal de Cartagena de Indias, militar denodado y buen caballero.
Tal era el cuadro que ofrecía esta nación privilegiada en junio de 1822.
Fijábase entonces la atención del país entero en la Guardia real, porque casi todos los individuos de ella eran partidarios del _Rey neto_, profesando esta opinión con tanto desparpajo y franqueza, que a cada momento la manifestaban a sablazos. En formación o sin ella, los guardias eran propagandistas muy celosos del absolutismo, y ya podía encomendarse a Dios quien delante de ellos osase pronunciar el _viva Riego_. Aborrecían _El Zurriago_, que diariamente les ponía cual no digan dueñas, y despreciaban a los milicianos nacionales. El rey no solo les protegía, sino que les azuzaba, haciéndoles instrumentos de las oscuras tramas palaciegas; los ministros les tenían más miedo que si fueran el ejército de Atila, y Morillo aspiraba a amansarles, reconciliándoles, ¡oh inocencia!, con la Milicia nacional.
En su soberbia, creían los arrogantes pretorianos que podían hacerlo todo, dar un puntapié a aquel desvencijado armatoste del constitucionalismo, y devolver al rey sus facultades _netas_, poniendo las cosas en estado semejante al que tuvieron en el venturoso 10 de mayo de 1814. Pero a pesar de la anarquía que pudría el cuerpo social, esto era más fácil de decir que de hacer.
¿De qué manera trataba el Congreso de sojuzgar al espantable monstruo de la Guardia, que amenazaba tragarse Cortes y libertad? ¡Ay! Los padres de la patria oían sonar los primeros truenos de la tempestad, y decidían: que se organizase mejor y con más desarrollo la Milicia nacional; que los jefes políticos despertasen el entusiasmo liberal por medio de himnos patrióticos, músicas, convites y representaciones teatrales de dramas heroicos para enaltecer a los héroes de la libertad; que los obispos escribiesen y publicasen pastorales, poniendo por esas nubes la sagrada Constitución. En cuanto a la Guardia, como molestaba tanto, decidieron que lo mejor era suprimirla por un decreto.
En esta situación política, la Milicia nacional voluntaria (el gobierno quería con razón hacerla forzosa) era la institución más feliz del mundo, y los milicianos los hombres más bienaventurados de Madrid. No trabajaban; concurrían diariamente a festejos cívicos en que se empezaba comiendo y se concluía bebiendo; eran estimados por el vecindario, por nadie temidos, y únicamente por los serviles guardias despreciados. Se daban buena vida, vestían lujosos uniformes, formaban gallardamente en las procesiones, tiraban al blanco, y se tenían por el más firme sostén del trono y del sistema.
Verdad es que con tantas ocupaciones fuera de casa, más de un hogar estaba abandonado, muchas herramientas rodaban mohosas por el suelo, los chicos no iban a la escuela, y el orden y arreglo domésticos se resentían notoriamente. En regiones más altas, advertíase que muchos libros habían sufrido la infamante pena de horca; en diversas oficinas, bostezaban cubiertos de polvo los expedientes, y en no pocas casas de comercio, los géneros y las cuentas se resentían de falta de uso. En cambio, bastantes jóvenes de elevadas familias habían moralizado sus costumbres, trocando las calaveradas dispendiosas por la holgazanería disciplinada de las formaciones y de las guardias, lo cual ciertamente era una ventaja. Se habrá comprendido por estas observaciones que la Milicia nacional de entonces no era, como alguien puede creer, un organismo militar formado con carne plebeya y artesana, sino que todas las clases sociales habían puesto en ella su magra y su tocino. Jóvenes de la clase media y de las familias más distinguidas se honraban con el uniforme de la M. y la N.
No puede darse heterogeneidad más abrumadora que la de aquella sociedad política. El rey era absolutista; el gobierno, moderado; el Congreso, democrático; había nobles anarquistas y plebeyos serviles. El ejército era en algunos cuerpos liberal, en otros realista, y la Milicia abrazaba en su vasta muchedumbre todas las clases sociales. Solo la Milicia era lo que debía ser. Ya se verá también que era lo que más valía.
Hacían la guardia los milicianos en diferentes puntos. Visitémosles en uno de ellos, en la Casa-Panadería. Aquel edificio tenía entonces el mismo aspecto de hoy, es decir, que parecía estar roído por los ratones y manchado por las moscas. Su frontis lleno de figuras al temple, no había palidecido tanto, es verdad, y conservaba algo del rojo subido, como un reflejo de las llamaradas de los autos de fe; pero el cuerpo bajo y la galería de sillares estaban ya comidos de miseria, como se suele decir; tal era su deplorable vista a causa del tiempo y el abandono. En la gran sala baja estaba el cuerpo de guardia, el cual era dormitorio, comedor, garito, locutorio, cátedra, café, con algo de club y no poco de casino, y hasta de logia, apurando mucho.
X
Era una noche de fines de junio clara y tibia. Los milicianos, sentados en banquetas o en sillas, tenían su tertulia bajo los arcos. Había jóvenes y viejos de distintas clases sociales, divididos en grupos que formara la edad, la simpatía o tal vez la posición, porque en medio de tanta fraternidad, el principio igualitario no tenía una aplicación perfecta, como es de suponer, ni se olvidaban los nombres y las fortunas. Más que la jerarquía social era puesta en olvido la militar, porque soldados rasos y oficiales se trataban de tú, bebían en un mismo vaso y cambiaban, partiéndola entre uno y otro, una misma peseta.
—Allí viene el gran don Patricio —dijo en el principal grupo un mozo bien parecido, con insignias de sargento de granaderos—. ¿A que no saben ustedes qué es lo que le trae tan alterado y furioso?
—Que casi todos los chicos de la escuela se le van marchando. Eso ya lo presumíamos.
—Si no enseña más que tonterías... Se ha empeñado en que la Historia romana ha de ser antes que la escritura. Si quieren ustedes pasar un buen rato, lléguense un día a la escuela. Ni en el teatro se ríe uno más.
—Era el mejor maestro de Madrid antes de meterse a patriota —dijo un jovenzuelo, con charretera de teniente—. Mamá ha quitado de su escuela a mis dos hermanitos, Manolo y Braulito, porque iban a casa cantando los versos de _El Zurriago_ y no sabían palotada.
—¡Pobre don Patricio! —exclamó un capitán que ya era hombre mayor—. Pues yo no he quitado a mi chico por..., por pereza, porque estas cosas de la Milicia le traen a uno tan distraído..., pero mañana mismo le saco de Roma y Cartago.
—La gran pena de este pobre hombre es que todos sus alumnos se los arrebata un tal Naranjo, a quien no puede ver ni en pintura, porque es servil, porque enseña por Torío, y, sobre todo, porque le quita la clientela.
—Naranjo, Naranjo —dijo el preopinante, haciendo memoria—. Yo he oído ese nombre. ¿A ver si lo tengo aquí?
Sacó una cartera, y a la luz del farol que había en la pared, miró.
—Sí, aquí lo tengo. Buen pájaro..., amigo de don Víctor Sáez, el confesor de Su Majestad y del conde de Moy, coronel de guardias. Hay sospechas de que conspira.
En tanto, don Patricio, que venía de uniforme por estar de guardia aquella noche, habíase unido a un grupo de milicianos de su calidad y estofa, y dejaba oír su grave voz en toda la arcada. Los jóvenes no volvieron a ocuparse de él.
—Más quiero tirar de un carro que ser hurón de conspiraciones —dijo el de la cartera.
Sentándose con muestras de fastidio, encendió un cigarro. Era el tal capitán figura demasiado grande y luminosa en el cuadro de los sucesos de 1822 para que le dejemos pasar con una simple mención. Fue su cuna la calle de Toledo y un comercio de hierro muy acreditado que heredó de su honradísimo padre, y que, beneficiado por él, pudo transmitir a sus honradísimos hijos y a sus honradísimos nietos, que fueron, años adelante, tan milicianos nacionales como él. Más que un hombre, don Primitivo Cordero era una especie. Su morrión, como las flores que se reproducen de año en año, ha brotado, digámoslo así, en períodos diversos, siempre con igual lozanía.
El primer rasgo de su carácter es la hombría de bien, y su comercio de hierro un modelo de buena fe, crédito y orden. En las relaciones sociales, fue siempre hombre muy ejemplar: a nadie calumnió, ni estafó, ni maltrató. Si no odiara con toda su alma a los serviles, se le tendría por paloma torcaz antes que por hombre. Con sus amigos es leal y cariñoso, y su opinión de buen muchacho está tan arraigada, que ha llegado a ser dogma de fe desde los portales de Bringas hasta el portillo de Gilimón. En su casa es modelo de padres y esposos. Para que nada le falte, hasta es buen católico, y cumple con la Iglesia sin dar que decir al sacristán de su barrio, ni menos al cura, que saben lo que pesan la cera, las limosnas y las misas del señor don Primitivo Cordero.
El segundo rasgo de su carácter es menos simpático: consiste en la ignorancia. Don Primitivo no ha hecho estudios mayores, por no ser esto costumbre en el género de ferretería en doscientas varas a la redonda de Puerta Cerrada. No se ha roto Cordero los codos en Alcalá ni en Salamanca, ni en ningún colegio ni seminario; de modo que sus letras son simplemente las del alfabeto. En cambio, escribe por Iturzaeta con envidiable perfección: sus trazos son tan elegantes, que casi invaden los regios dominios del arte; y su rúbrica, pieza de grandísimo mérito, le envanece, no sin motivo, hasta el extremo de que no pierde ocasión de lucirla.
Fuera de esto, don Primitivo _ignora todo lo ignorable_, según la frase de un contemporáneo suyo, y así como el pájaro no sabe lo que canta, él jamás ha sabido ninguna cosa referente a sistemas políticos. Tiene ideas confusas, bebidas en una copla de _El Zurriago_, en un discurso de Argüelles y hasta en una frase inspirada de Pujitos; tiene, más que ideas, un sentimiento muy vivo de la bondad de las Constituciones liberales, y una fe ciega y valerosa, como la fe de los mártires, que desafía las polémicas, que desprecia los argumentos, y se dispone a gritar y morir, jamás quebrantada ni disuadida. Don Primitivo Cordero no acierta a comprender que puedan existir opiniones distintas en política; no puede comprender que haya más que una opinión: la suya. De ahí resulta su convencimiento de que los serviles, moderados y clerigones, piensan como piensan por interés, siendo todos ellos farsantes hipócritas y egoístas. Para Cordero, el mayor beneficio que puede hacerse a la humanidad es obligarla por la fuerza a tener la única opinión posible, su opinión de él, que es la más razonable, la más lógica, la más conveniente. No pensar como él piensa, es simplemente obra de la astucia o del interés bastardo, de lo cual deduce que todos los que no aman el sistema son unos pillos.
El tercer rasgo de su carácter es una sumisión incondicional a otras personas de más seseras dentro del partido, en tales términos que él no hace sino lo que ellos hacen, y dice todo lo que ellos dicen. Don Primitivo, en los tiempos de 1822, o sea en su primera encarnación, tenía por oráculo al jefe político _Tintín de Navarra_. Le ayudaba, le servía, le formaba, en unión de otros buenos comerciantes de la calle de Toledo, una pequeña corte, o más bien una de esas comparsillas que rodean a los personajes de segunda y tercera magnitud.
El cuarto rasgo de su carácter, en todas las encarnaciones de don Primitivo Cordero, es cierta templanza de hombre establecido y bien acomodado. Detesta las exageraciones y el derramamiento de sangre. Ha oído hablar de una cosa nefanda, la Revolución francesa, y le parece execrable; ha oído hablar de un hombre espantoso, Marat, y le parece un monstruo, que mandaba matar gente por gusto. Él no quiere que en su país pasen estas cosas, y opina que, para convencer a los reacios, deben emplearse, cuando más, algunos palos bien dados.
El quinto rasgo (porque son cinco) de su carácter es una gran predilección por la forma, dándole más importancia que al fondo. En la Milicia, por ejemplo, lo principal es el uniforme, en el gobierno las palabras, en la política general los himnos. Un viva dado a tiempo, un pendón bien tremolado, parécenle de más poder que todas las teorías. Él cuenta siempre con un agente de gran valía para resolver todos los conflictos políticos: el entusiasmo; así es que casi siempre está entusiasmado. He aquí una cosa en que no se equivoca el bueno de don Primitivo Cordero. ¡Desgraciada sociedad la que desconoce el entusiasmo! Esto es evidente; pero al mismo tiempo debe advertirse que ni aun este noble estado del ánimo que dispone a las grandes acciones está libre de extravíos, y que entusiasmarse fuera de tiempo y por cosas que no lo merecen no es de hombres sesudos ni de graves políticos.
La persona de este excelente hombre era, en los días de su primera encarnación, bastante agradable. Gallarda figura, en la cual encajaba el uniforme a maravilla; mirada perspicua, no como de quien ve, sino de quien cree ver lo oculto de las cosas; semblante varonil, algo petulante, con bigotes largos (pues los de moco no los llevó hasta su segunda encarnación); andar precipitado, arrastrando con horrísono repiqueteo marcial el sable, como quien va siempre de prisa a comunicar algo importante; voz sonora y cierto sentimentalismo en su conversación, como quien está dispuesto a llorar dando un _viva_, o a hacer pucheros cantando un himno; cierta disposición a la fraternidad, cierta generosidad aun con los enemigos; buena fe y lealtad, además de otras cualidades, completaban su persona en lo físico y en lo moral.
Era, además, hombre que gustaba de hablar, en las esquinas y en los cafés, misteriosamente, cuando topaba con sus amigos; de dar noticias a medias para confundir a las gentes; de no reconocerse nunca ignorante de ningún suceso; de dar a entender siempre que iba a pasar algo funesto, solo sabido por él y por _Tintín_; gustaba también de afectar el conocimiento de todas las tramas de los pillos, y siempre estaba de prisa, siempre comía a escape, siempre le apretaban las ocupaciones, siempre le estaban aguardando, siempre iba a casa del jefe político, al Ayuntamiento, o a otra cualquier parte donde debía de ser imprescindible su presencia. Ni más ni menos era don Primitivo Cordero.
XI
—Trabajo es andar tras los conspiradores —le dijo el tenientillo—. Ahí tiene usted, amigo Cordero, una cosa para la que yo no sirvo.
—Yo tampoco, ni es de mi agrado —añadió el capitán—; pero San Martín se empeña en que lo haga, y no puedo desairarle. Es preciso que todos trabajemos por el sistema. ¡Y el sistema peligra, señores!
—¡Vaya que si peligra! —dijo el jovenzuelo a quien llamaban el Marquesito, por ser hijo de un marqués—. El Sultán conspira ayudado por el Tamerlán de Francia, y dicen que Bayona es una fragua de conspiradores.
—Me han dicho —manifestó un tercero que no era más que sargento— que allá corre el oro que es un gusto. Mataflorida, Eguía y Morejón son los agentes que manejan las partidas realistas del norte. Esto se va poniendo muy malcarado.
—Ya, ya se tomarán medidas, señores —dijo Cordero con aplomo—. Los _siete carbuncos_ son buenos sastres. Si creen ustedes que el gobierno duerme, se equivocan. El gobierno sabe todo lo que se trama.
—Pues yo —dijo el sargento— no doy dos cuartos por lo que hagan los _siete carbuncos_.[3] Todos sabemos que Madrid mismo está lleno de agentes que entran y salen. El rey manda sus soplones al norte, y el norte envía sus correveidiles al rey.
[3] Los ministros.
—Madrid lleno de agentes; ¡pero si ya lo sé!... ¡Tanto romperle a uno la cabeza con los agentes! —exclamó Cordero—. ¿Habrá alguien que lo sepa mejor que yo? Si les conozco a todos como a los dedos de mi mano.
—¿Pues por qué no les prenden?
—Ya caerán. No se irá la fiesta por el repulgo.
—¿Y quién duda que los zurriaguistas y toda esa canalla exagerada, lo mismo que esos que han formado la _tertulia de los virtuosos descamisados_ —dijo el Marquesito—, reciben también dinero de Palacio?
—Ya eso es más difícil de probar.
—Mejía está vendido a los realistas. Por cada insulto le dan un duro.
—Sí, podrá ser..., no digo que no. El oro de la reacción corre que es un gusto.
Volviose a oír otra vez la voz alta y sonora de don Patricio. Se acercaba de grupo en grupo.
—¿Qué me dirán ustedes a mí —objetó don Primitivo— que yo no sepa? Aquí en mi cartera tengo unas noticias que espantarían a ustedes si se las revelase. Pero a su tiempo maduran las uvas, y todo se sabrá.
—¿A qué tantos misterios? La Guardia real se subleva.
—¿Por orden del rey?
—Por orden de los agentes de Bayona, que son los que dan el dinero.
—Catorce agentes han llegado a Madrid en lo que va de mes —afirmó Cordero en alta voz—; ¿habrá quien me pruebe lo contrario?
—Y yo digo que cuatrocientos —gritó don Patricio acercándose a los tres jóvenes.
—Siéntese aquí el gran patriota —dijo el Marquesito ofreciendo una banqueta al simpático preceptor.
—Vaya un cigarro —insinuó Cordero ofreciéndoselo.
—No estará de más una copita, ¿eh? —le dijo el sargento.
Don Patricio a nada resistía.
—¡A la salud del gran Riego y de los redactores de _El Zurriago_! —exclamó después de vaciar una copa.
—Eso último no, canario. Aquí no queremos _Zurriagos_.
—Cada uno le reza a sus santos. Dicen que los _zurriaguistas_ están vendidos al oro de Palacio; pero yo digo que quien se vende es el gobierno, ¿estamos?
—Falta probarlo.
—Yo no pruebo nada.
—Más que el vino.
—Todos ustedes —añadió el preceptor, dirigiéndose con gran énfasis a don Primitivo— están con los ojos vendados. ¿A qué hablar de agentes venidos del norte si los han visto como yo a los Reyes Magos?
—¿Cómo se llama aquel de quien me habló usted aquí, y cuyo nombre no recuerdo? —preguntó Cordero sacando su cartera.
—Don Anatolio Gordón... Apunte usted ese y servirá de algo.
—Ya está.
—Es alférez de la Guardia, y antes de llegar a Madrid escribió una carta que vino a parar a mis manos.
—Y que usted leyó.
—Yo no abro cartas ajenas, ¡chilindrón!, aunque en ello me vaya la vida —afirmó don Patricio con dignidad—. Pero sin abrirla sé lo que contenía... El buen sastre conoce el paño. Tengo yo mucho ojo.
—¿Y qué contenía?
—Avisos, planes; quizás estaría en cifra. No es preciso quebrarse los cascos para comprender, señores, que dentro de aquella epístola se encerraba el monstruo hediondo del despotismo.
—Bien.
—Y solo con ver a quién iba dirigida...
—¿A quién?
—A don Urbano Gil de la Cuadra..., puede que no le conozcan ustedes... ¡Ya!, a estos chicos de teta hay que enseñarles el abecé de la política. Gil de la Cuadra fue compañero del cura de Tamajón. Ambos hicieron aquel horrendo plan..., ya saben ustedes.
—¡Sí, ya sé! Estuvo preso.
—Pero se escapó, y como nuestros gobiernos de mantequilla protegen a todos los tunantes, y basta ser realista para ser mimado y recibir confites, Gil de la Cuadra volvió a Madrid, y ahí está haciendo su santa voluntad y riéndose de nosotros. ¡Por los clavos de la chilindraina!...
Cordero apuntó.
—Basta saber dónde vive para comprender que no se ocupa, como el diablo cuando no tiene qué hacer, en matar moscas con el rabo.
—¿Y dónde vive?
—En casa de Naranjo, hombre de Dios. Vaya unos amigos que tienen los _carbuncos_. No saben más que farandulear con los uniformitos, y mientras el enemigo nos mina el terreno, ellos pasan el tiempo retorciéndose el bigotejo lleno de pomada. ¡Qué amigos tiene el gobierno! Será preciso que nosotros los zurriaguistas, nosotros los locos, los furiosos, los descamisados, los republicanos, les digamos dónde está el lobo.
—¿En casa de Naranjo?
—Hombre abominable —dijo el Marquesito con sorna—, hombre feroz que enseña por Torío.
—¿Y Gil de la Cuadra recibió la carta? —preguntó Cordero mojando el lápiz en la punta de la lengua.
—Y después que la recibió, salió... Yo acechaba, señores, porque me ocupo de estas cosas, aunque _Tintín_ no me pide su parecer... Pues bien: Gil de la Cuadra salió, y con todos los guardias que encontraba al paso, hablaba, ¿eh? Después fue a la Cuesta de la Vega y entró en el cuartelillo de Palacio.
—Donde está el primer batallón.
—Pues no hallo en eso nada de particular —dijo el sargento.
—No..., ustedes en nada hallan nada de particular. Cuando reviente la mina veremos si hay algo de particular. Si esto fuera pintar la mona les sorprendería a ustedes; pero esto es indagar, inquirir, vigilar a la canalla...
Cordero apuntó otra vez.
—¿Y ese Naranjo...?
—Es el íntimo de don Víctor Sáez, que va a su casa todas las noches.
—¿Le ha visto usted?
—Como que no ceso de acechar la casa.
—¿Y el guardia?
—¿Gordón? Va también todos los días dos veces. El ha de ser quien alcahuetea con sus compañeros. Gil de la Cuadra ha de ser el director. Pues no tiene poco intríngulis ese señor. ¡Si le conoceré yo que he sido su vecino!
—Estos datos pueden ser de mucho valor, si se confirman con otros más positivos.
—Ustedes..., ya se sabe —dijo don Patricio amostazado—, no creen en el peligro hasta que lo ven encima; no creen en el fuego hasta que se queman. Cuando vean que en menos que canta un gallo todo se lo come un perro, dirán: «¡Oh, qué tontos hemos sido!» Estense como ahora, y ya verán. Los serviles nos harán escupir la lengua en la plazuela de la Cebada, y entonces ya no habrá tiempo más que para dar un _viva_ a la libertad con el último respiro. Bien vamos, bien, en manos de _Rosita la Pastelera_...[4] Guerra y exterminio a los exaltados, gorros, descamisados y zurriaguistas, que quieren poner la república y desacreditar el sistema, eso es. En cambio, paz y protección a los serviles, a los criados de Palacio que están conspirando, a los cortesanos del 14 que aborrecen el sistema. Para esos, cortesías y tolerancia; para nosotros, palos y cárceles. Muy bien, señor Cordero, muy bien se portan los amigos de usted. Por este camino pronto medraremos. ¿Sabe usted lo que pasa en Aranjuez, donde está la corte?
[4] Don Francisco Martínez de la Rosa.
Don Patricio, al hacer esta pregunta, daba a su rostro la expresión de un nigromante que va a revelar secretos terribles.
—No sé que pase nada de particular —repuso Cordero.
—Ya..., nada de particular. ¿De modo que donde meten el rabo Infantado, Amarillas y Montijo, no pasa nada de particular? Y donde hace sus guisados Rosita la Pastelera, ¿no pasa nada de particular? Donde está bulle que bulle la cuadrilla de anilleros, afrancesados, serviles, ¿no pasa nada de particular? Sí, porque el emperador de la China, _Tigrekán_,[5] está mano sobre mano. Y sus hermanos, el príncipe _Alfeñike_[6] y el príncipe _Pakorrito_,[7] tampoco hacen nada. No se conspira, no se tiene todo preparado de acuerdo con el infame gabinete pastelero para acuchillarnos a los libres y proclamar el absolutismo. ¡No; si no ocurre nada; si estamos en una balsa de aceite; si marchamos, marchamos, ¡rechilindrones!, y _él el primero_, por la sendita constitucional; si los guardias nos quieren mucho; si el Abuelo y don Santos y el Trapense y Jaime el Barbudo son nuestros espoliques; si la cleriguecía nos mima y es capaz de jugar los _kiries_ por obsequiarnos...!
[5] Fernando VII.
[6] El infante don Carlos.
[7] Don Francisco.
—Se conspira contra el sistema —dijo Cordero con hinchazón—; hay mucha pillería en Madrid y en la corte, ya lo sabemos. ¿Pero quién tiene la culpa sino los anarquistas con sus escándalos?
—Eso es: nosotros, todo nosotros. Nosotros somos peores que Tintín y que Tigrekán y que _Trabuco_,[8] que es cuanto hay que decir —gruñó Sarmiento levantándose—. Cuidado, cuidadito, señores templados, no se nos suba San Telmo a la gavia, y entonces... Puede que nos cansemos de aguantar, ea..., puede que algún día se diga: «Vaya, pues ya parió la Pepa», y entonces se sabrá lo que somos. Conque, abur, señores formalitos. Memorias al amigo Tintín, señor Cordero, y expresiones a Trabuquito... Yo me voy, que entro de guardia.
[8] El general Morillo.
—Pues ya se sabe: mañana no hay escuela.
—Me parece natural. ¿Es uno de palo? Desgraciados chicos si no se les da algún descanso.
Un nuevo personaje se presentó en el grupo. Vestía también de miliciano, y era pequeño y avejentado, aunque muy vivaracho y flexible. Distinguíase principalmente por el color encendido de su alegre rostro, por su pequeña nariz picuda y sus gafas de oro. Aspecto menos marcial jamás se ha visto; pero tampoco fisonomía más bonachona que la de don Benigno Cordero, honrado comerciante de la subida a Santa Cruz y tío felicísimo de nuestro don Primitivo.
—¿Qué hay, tío? —le preguntó este.
—Pasado mañana viene Su Majestad —repuso don Benigno frotándose las manos—. ¿A cuántos estamos?
—A 26.
—Pues dentro de cuatro días, el lunes, tendremos gran formación, señores. Conque prepararse.
—¡Gran formación!
—Sí. El día 30 es la ceremonia de cerrar la legislatura. ¿Hay alguno de la compañía a quien falte el uniforme?
—A ninguno. ¿Conque el día 30?
—El día 30... —dijo don Patricio dando media vuelta—. ¿Formación? Bueno va...
_Tintín_ sigue tan ufano, y _Trabuco_ tan contento... Grandes planes se susurran; hay varios pájaros presos. Don _Coletilla_[9] en Bayona está manando en dinero; a fuerza de pesos duros a media España ha revuelto. Andan por los barrios bajos de la corte muchos cuervos. Nos custodian las fronteras veinticinco mil podencos. El martillo se perdió; los valientes se murieron; los gorros ya no son gorros: se van tornando en jumentos. _Tigrekán_ salta de gusto esperando ser _Rey neto_... Parece que estamos tontos... La cosilla tiene pelos...
[9] Eguía.
Como recitaba en voz alta estos versos, sus compañeros le hacían coro con risas y agudezas.
XII
Anatolio, después que arregló el negocio de su entrada en la Guardia, fue a Aranjuez con la corte. Gil de la Cuadra, durante la ausencia de su futuro yerno, a fines de junio, pasaba las horas recordando hasta las más triviales palabras de este, haciendo cuentas para fijar bien la cifra de su fortuna, y dando consejos a Solita sobre la mejor manera de fomentar las praderas, de gobernar una casa de labor y de hacer manteca.
—Cansado estoy de hacer manteca en La Bañeza, donde la hay excelente —le decía—; pero tú, con la magnífica leche de Asturias, la podrás obtener mejor.
Soledad, por darle gusto y tenerle contento, afectaba tomar con calor estos temas. Suegro y yerno habían concertado la boda para los primeros días de julio, y no había que pensar mucho en los preparativos, porque todos podían hacerse en un día. Los referentes a la documentación ocuparon durante un par de semanas a don Urbano, que se consagraba a esta dulce tarea con tanto júbilo como cuando se casó por primera vez lleno de dulces ilusiones.
Un día, mientras su padre escribía algunas cartas, Soledad salió. Iba por la calle con la vista fija en el suelo, sin reparar en nada de lo que a su vista ofrecía Madrid en tiendas y gentío a la mejor hora de la mañana. Pero a pesar de su abstracción, no se equivocaba de camino, y seguía derecha y sin vacilar calle tras calle, hasta que llegó a la casa del excelentísimo señor duque del Parque. Ningún obstáculo halló a su entrada, y por fortuna, la persona que buscaba no tenía a nadie en su compañía. Cuando Sola se sentó junto a la mesa del despacho, su hermano pudo observar en ella una palidez y tristeza mayores que de ordinario.
—¿Qué tienes? —le preguntó tocándole la mejilla con las barbas de la pluma—. ¿Está ya arreglado el casamiento?
—Ya —dijo Sola esforzándose en sonreír—. Pero quiero que me aconsejes tú.
—¿Pues qué, no lo has decidido todavía? ¿Necesitas de mi consejo para tomar una determinación tan buena?
—Sí —afirmó ella suspirando—, porque según lo que tú me digas, así haré. Sería una falta muy grande que no te consultara para todo, después de lo que has hecho por mí.
—Soledad —dijo el joven con gravedad—, te considero como una hermana, te quiero como una hermana. Si hubiéramos nacido de una misma madre, no me interesaría por ti más de lo que me intereso. Pues bien: mi consejo de hermano es que te cases sin vacilar.
—Bueno, bueno..., yo quería saberlo; quería que me lo dijeras así, terminantemente.
La voz de Sola temblaba, y sus palabras salían, como el trino musical, en sílabas aperladas, cristalinas.
—Pero me parece que no estás contenta —continuó Salvador, dejando la pluma y apartando el papel—. Vamos a ver, querida: ¿no dices que tu padre desea el casorio?
—Lo desea tanto, que se volvería loco, o se moriría de pena, si no me casara.
—Entonces...
—Decidida estoy a hacer el gusto a mi padre; pero quería saber si tú aprobabas mi resolución. Por esto conocerás el gran respeto que te tengo.
—Dejémonos de respetos. Tú te casas simplemente porque de este modo haces feliz al pobre señor Gil, y no por otra razón.
—Ni más ni menos.
—Eso quiere decir que no amas al que será tu marido.
Salvador le clavó los ojos con tanta fijeza, que Sola se turbó más.
—Si he de decirte la verdad, Salvador —dijo sonriendo con gracia—, no le quiero mucho. ¿Por qué he de ocultártelo, por qué no he de decirte la verdad a ti, hermano mío, a ti, a quien debo la vida cien veces?..
Monsalud meditó breve rato.
—A pesar de eso —dijo al fin—, yo creo...
—¿Qué?
—Que debes casarte. ¿No dices que tu padre se volverá loco o se morirá si no le obedeces?
—Seguramente, y le obedeceré. Solo pensar lo contrario me da miedo.
—Entonces no me pidas consejo.
—Es que si tú...
Soledad se sofocaba. Necesitaba tomar aliento a cada palabra.
—Es que si tú me aconsejaras otra cosa, hasta sería capaz de no hacer lo que mi padre desea. Se enojaría por algún tiempo; pero ya buscaría yo el medio de contentarle.
—No puedo aconsejarte tal cosa —dijo Salvador seriamente—. Respóndeme con franqueza. El lugar que en tu corazón corresponde a ese señor primo, ¿se lo has dado a otro?
Soledad vaciló un instante y se puso como la grana.
—A nadie.
—Entonces, hija —dijo Monsalud apartando la vista de su hermana para fijarla en lo que escribía—, todo es cuestión de un poco de tiempo. He visto a tu primo, tengo antecedentes de él, y respondo de que le querrás mucho. No te apures.
—¡Oh!, eso sí: es buen muchacho.
—Y en esta oficina hay datos para creer que es honradísimo. Aquí estuvo a solicitar del señor que le abonara unos créditos... Ya sabes.
—Sí.
—El duque vacilaba. Yo pedí informes a un mayordomo asturiano que vino a traer cuentas, y en virtud de las buenas noticias que me dio, aconsejé a Su Excelencia que accediera a la petición de tu marido..., ya se le puede dar ese nombre.
—¿Y ha consentido el duque?
—Sí. Cuando vuelva tu primo de Aranjuez le daré esa buena noticia. ¡Ah, pobrecilla! Bien puedes decir que se te ha entrado la fortuna por las puertas. Anatolio es un joven agradable, bueno, sencillo, honrado, trabajador. Además, posee regular fortuna. Tu situación y la de tu padre son tales, que podéis considerar esto como una bendición de Dios. No son otros tan afortunados. Sola, no desprecies lo que te da la mano de Dios, no tengas soberbia, no vaciles.
—No, si yo no me quejo —respondió la muchacha con turbación—. Si no digo nada; si estoy decidida a casarme. Ya te lo dije al entrar aquí. Mi padre lo quiere y basta. ¡Pues no faltaba más!
—Y no solo porque lo quiere tu padre, sino porque te conviene, Sola; porque este favor del cielo excede a cuanto podías apetecer... Dime, ¿qué encuentras en Anatolio que no te agrade? Yo le encontré bien parecido, simpático, y su franqueza y lealtad me cautivaron.
—¡Oh!, a mí también..., no me desagrada —dijo Sola tratando de aparecer serena.
—¡Si vieras con cuánto interés le miraba yo! Le miraba como a persona que va a entrar en mi familia, y observándole decía para mí: «Como no hagas feliz a mi pobre Sola, ya te verás conmigo.»
—Si él hubiera sospechado quién eres tú, es decir, que eres mi hermano, que me das limosna... —indicó la joven.
—¡Oh!, cualquier sospecha de este género le habría sentado muy mal. Es difícil hacerse cargo de las circunstancias en que nos hemos visto tú y yo... Cualquiera pensaría mal de mí y peor de ti, Solilla.
—¡Valiente cuidado me daría a mí de que pensaran algún disparate!
—Pero ya debemos estar tranquilos. Muy pronto, no necesitarás de mí. Yo te aseguro que lo siento.
—Y yo también —replicó ella maquinalmente.
—Ahora son un tanto peligrosas estas entrevistas nuestras —dijo Salvador con distracción—. ¿No te parece? Figúrate que alguien le dijese a tu primo...
—¡Oh! Sí... Ya te comprendo.
—Hay que tener circunspección. Querida hermana, no vuelvas aquí.
La querida hermana sintió una puñalada en el corazón.
—Sí..., es verdad —dijo balbuceando—. Yo había pensado..., lo mismo. No debo volver..., no volveré más.
—¡Qué triste es para mí tener que hablar de este modo! Creo que te echaré de menos, querida Sola, y que los momentos que has pasado junto a mí en este gabinete y junto a esta mesa, no se me olvidarán mientras viva.
A pesar de su aparente timidez y dulzura real, Solita no carecía de valor. Las desgracias de su vida habían dado singular temple a su corazón, y sabía ponerse a la altura de las circunstancias. Pudo, pues, alzar la frente con despejo, sonreír cariñosa, aunque serenamente, a su hermano, y decirle estas palabras:
—¿Y a mí podrán olvidárseme los beneficios que me has hecho? ¿Podrán olvidárseme las atenciones que has tenido conmigo, y tu empeño de llamarme hermana y tratarme como a tal? No se ven en el mundo ejemplos de caridad tan grande, ni ejercida con tanta delicadeza.
—No he hecho por ti sino lo que debía. Tú te mereces mucho más... Pero el poco tiempo que nos queda para estar juntos no lo empleemos en estas tonterías. Piensa que ahora nos vamos a separar, quizás para siempre. Sabe Dios cuál será el destino de cada uno. Probablemente tú serás feliz; vivirás contenta al lado de tu marido, que es un bendito, y de tus preciosos niños (porque tendrás hijos), y disfrutarás un bienestar tranquilo, sin ambición, sin cuidados, mientras que yo...
—Tú no eres feliz porque no quieres. No veo yo que te falte nada.
—Me falta todo —dijo Monsalud con tristeza—. Tú, amando tranquilamente a tu marido (porque le amarás, puedes estar segura de ello), rodeada de los hijos que has de tener, y al lado de tu padre, que vivirá todavía algunos años, puedes hallarte en la plenitud de tus sentimientos; puedes estar satisfecha, saciada, que es, como si dijéramos, con todas tus ideas realizadas, con tu vida llena hasta los bordes, sin ningún vacío. En mí, querida Sola, todo es vacío.
—Esto sí que no lo comprendo. Será porque tú lo quieres así —dijo la muchacha fijando la vista en varios objetos que había sobre la mesa y moviendo otros con su inquieta mano.
—No es fácil que lo comprendas. Dices bien. Por tu dicha, es tu naturaleza muy distinta de la mía... ¡Qué feliz ser así! Tú tienes resignación para soportar las contrariedades; tú tienes una acendrada fe cristiana que en mí, por mi desgracia, no existe; careces de pasiones exaltadas; tus sentimientos son tranquilos, fríos, dóciles, es decir, que haces de ellos lo que quieres; los míos son ardientes, furiosos, tiranos, es decir, que me esclavizan y juegan conmigo. Tus aspiraciones, en la esfera de los sentimientos, son razonables, proporcionadas a ti misma, a tu estado, a tus circunstancias; las mías son absurdas casi siempre, contrarias al buen sentido y a las leyes del mundo. Tú amarás a quien debes amar; yo siento atracción tan fuerte hacia lo imposible, que me estrello, sí, querida mía, me estrello (no encuentro otra palabra) contra unas murallas altas y negras que me cierran el paso. Tú descansarás en el cumplimiento de tu deber, confiada, tranquila, con el corazón y las ideas dentro de lo que yo llamo la medida social; yo estoy siempre fuera de la ley; yo siempre estoy en revolución; yo siempre vivo en un mundo, pienso en otro y en otro siento, sin poder jamás hacer de los tres uno solo.
Soledad habría podido decir mucho sobre aquel tema; pero por lo mismo que podía decir mucho, no dijo nada.
—Aquí tienes la diferencia que hay entre los dos —continuó él—: tú estás cortada para la felicidad, yo para la desgracia. Si algún día llegan a ti noticias de mí...
—Pues qué, ¿te vas? —preguntó Sola con viveza, frunciendo el ceño.
—Mi pobre madre enferma me detiene aquí; que si no... Yo no puedo vivir en este país.
—Que es el mejor de los países. No, hermano, tú no debes salir nunca de aquí, donde tienes tantos amigos.
—Hermana, no digas que se puede vivir en una sentina de envidias y miseria. ¡Si al menos esta fuera grande para poderse uno mover! Pero no puede haber un muladar más pequeño. Yo estoy decidido...
—¿A marcharte?
—¡A América! —dijo Salvador con entusiasmo.
—¡Oh, qué disparate!
—Cuando me quede solo, me marcharé para no volver más.
—¿Pero tú puedes estar solo alguna vez? No, no lo estarás. ¡Qué horror! ¡A América, tan lejos, con el mar, un mar tan grande por en medio!
—¡Ojalá fuera mayor!... Pero aún nos hemos de ver antes de que te cases. ¿Cuándo te casas?
—Lo más pronto posible —respondió Sola enérgicamente y con rápida voz, que indicaba la rapidez de la idea.
Ella también quería poner su mar por en medio.
—Te veré quizás —dijo Monsalud distraído, mirando el reloj colocado en la pared de enfrente—. Y si no, el mismo día de la boda estaré en la iglesia.
—Eso no podrá ser.
—¿Por qué no?
—Porque no es conveniente. ¡Qué cosas tienes!
—¿Y si a mí se me antoja?
—No te acordarás de ir.
—¿Que no me acordaré?
—No te acordarás —dijo Sola enredando en la mesa, no ya con una mano, sino con las dos—, porque eres muy distraído. El otro día dijiste que irías a pasear por San Blas, y no fuiste.
—¡Oh!, tuve que hacer.
—Es que no te acuerdas: se te van las ideas de la cabeza. Estás siempre distraído, pensando en las nubes de antaño.
—Naturalmente, en algo ha de pensar uno —dijo Monsalud riendo.
—Es que tú te fijas poco en lo que tienes delante, en lo que ves con los ojos de la cara. Tu pobre madre está disgustada, porque ahora, según dice, te ve más distraído que nunca.
—¿Distraído?
—Más enamorado que nunca, habrá querido decir. Esa es tu enfermedad.
—¿Ahora más que nunca, dice mi madre?
—Ahora más que nunca, te hablan y no entiendes, miras y no ves. Así me lo dijo doña Fermina. Tienes la cabeza llena de vapores; pero tan llena, que no existes más que para la persona desconocida que te ha puesto de este modo. Para nosotros no eres más que una sombra.
—¿Eso dice mi madre? —preguntó el joven riendo.
—Y yo también lo digo.
Esta última observación no la oyó Monsalud, profundamente abstraído, la vista fija en el reloj.
—Adiós, Sola —dijo de repente—. Es preciso que te vayas.
—¿Qué hora es? —preguntó la muchacha sintiendo una gran turbación—. ¿Esperas a alguien?
—No debes estar aquí más tiempo. Son las doce.
Soledad dirigió una mirada, la última mirada, a los muebles, a los cuadros viejos de batallas, al reloj, al archivo, a los papeles amarillentos, a los legajos polvorosos y demás objetos de aquella estancia que habían sido durante tantos días imágenes halagüeñas en su fantasía y en sus ojos, y que ya no debía volver a ver. Al despedirse de tan queridos cachivaches, una piedra de hielo gravitó sobre su corazón.
—Ya me voy —dijo aparentando serenidad—. No te molesto más.
Salvador volvió a mirar el reloj. Estaba pálido.
—Las doce —dijo Solita.
—Sí, las doce, y...
Monsalud no se cuidaba de disimular su impaciencia. Soledad le alargó la mano. Si en aquel momento no estuviera él tan profundamente distraído; si no tuviera, como tenía, el pensamiento y la vida toda en cosas y personas muy distintas de la pobre muchacha desvalida que estaba allí, habría visto en ella seguramente algo digno de llamar su atención. Además, Soledad desplegaba cada vez más valor, más entereza de ánimo, y había aprendido a cubrir el llanto con la risa.
—Adiós, mi queridísima hermana —dijo Monsalud estrechándole las dos manos.
Después la condujo suavemente hacia la salida.
Soledad le dijo adiós por última vez, y volvió la cara hacia la puerta. Dos pasos más, y la puerta se cerró tras ella.
Aunque es cosa averiguada que el corazón no tiene alas, puede y debe decirse, aceptando la anatomía vulgar, que a Solita se le cayeron las alas del corazón. Salió a la calle sin ver portero, ni portal, ni puerta, ni calle. Ella no veía más que su propia alma, que en aquellos instantes se le presentaba clara y completa, con la lucidez que da el dolor. Dio algunos pasos sin saber a dónde iba; pero las rejas de la habitación donde había estado dijeron algo a su entendimiento, y se detuvo. En el mismo instante vio una mujer que entraba en el portal de la casa. Corrió hacia allá, volvió a la reja, tratando de mirar hacia adentro con disimulo; pero nada pudo ver. Oyó, sí, una voz femenina, poco agradable por cierto, y al fin pudo distinguir una sombra, un perfil de mujer fea y ordinaria que parecía criada. Apartándose entonces de la reja, corrió hacia la esquina de la calle, donde vio un coche. La inquietud investigadora que la dominaba hízole mirar hacia el interior de la berlina, y vio una mujer hermosa. Tan hermosa le pareció, que creía no haber visto nunca belleza semejante. Los ojos de la dama y su actitud pensativa y expectante, revelaron a Solita algo de lo que deseaba indagar.
No quiso ver, ni oír, ni enterarse de nada más, y corrió hacia su casa. A cada paso aumentaba la populosa grandeza del mundo que dejaba tras sí para siempre, y crecía el árido desierto que tenía delante. Las encantadoras esperanzas que pueblan la vida corrían hacia atrás, y a cada paso el abandonado corazón se iba quedando más solo.
XIII
Al entrar en la calle de las Veneras por la plazuela de Navalón, vio a don Patricio en la esquina. Vestía de paisano.
—Buenos días, señora doña Solita —le dijo riendo—. ¡Qué tarde vuelve la niña! Salió usted hace dos horas. Ya está de vuelta de Aranjuez el joven guardia. Traerá buenas noticias. Dígale usted que estamos preparados.
El irónico acento del procaz viejo no hizo impresión alguna en el ánimo de Soledad.
—Buenos días, don Patricio —le respondió con indiferencia.
Atendía demasiado a lo interior de su alma perturbada para poder discurrir sobre los móviles que llevaban a Sarmiento a tales sitios. Al entrar en su casa, Anatolio salió a recibirla. El rostro del joven irradiaba alegría como luz el de Febo.
—Ya estoy aquí —le dijo—. No dirás que he tardado muchos días.
Solita dijo algo, sin duda; pero ella misma no supo lo que dijo. Gordón, tomándole de la mano, la llevó adentro. Gil de la Cuadra se enjugaba las lágrimas que la inesperada aparición de su radiante yerno en el cielo de la casa le había producido.
—Mira, querido Anatolio —le dijo—. Debes de estar muy cansadito. Siete leguas a caballo descoyuntan a cualquiera. ¿Por qué no te echas en mi cama?
—Gracias, tío.
—Hombre, ten confianza. Échate, Anatolio. ¿No te parece, Sola, que debe echarse?
—Sí, que se eche... ¿Conque has llegado?...
—¿No te dijo el corazón que llegaría hoy?
—¡El corazón!... —preguntó Sola, que creyó volverse idiota—. No..., sí..., sí me dijo eso. Siéntate.
—Pero, hija, ¿acabarás de dar vueltas por la habitación? —dijo Cuadra riendo—. En resumen: ¿te quitas el manto o no te lo quitas?
—¡Ah! Sí..., creí que me lo había quitado ya.
—¡Qué turbada estás!... Hoy comerá Anatolio con nosotros. Ya empieza a participar de nuestra pobreza... ¡Oh, qué feliz soy, Dios mío!... Dime, ¿qué ha habido de particular en el Real Sitio?
—Cosas estupendas —repuso Gordón, haciendo al fin lo que tan reiteradamente le había rogado su suegro, es decir, echándose—. Muchos vivas al rey absoluto, otros tantos al rey constitucional, bastantes palos y algunos sablazos. El día de San Fernando un miliciano insultó al infante don Carlos.
—Sí, ya lo supimos. ¡Qué iniquidad! ¡Y no se castigan tales desacatos!
—Su Majestad ha venido esta mañana. Dicen por allá que día más, día menos, va a haber aquí un cataclismo. Mis compañeros están furiosos y decididos a proclamar al rey neto. Acabáramos de una vez. Lo que ha de venir, venga pronto.
—Dices bien; pero no te metas en nada, querido hijo. Yo sé lo que es política; sé lo que es conspirar. Mucho cuidado. Sigue a tus compañeros; pero no te distingas entre ellos por un celo excesivo en favor del rey neto.
—Así lo haré —dijo Anatolio estirándose bien para tocar con las manos la cabecera del lecho—. Poco tiempo me queda de servicio. He pedido mi licencia absoluta... A casa, que es madre; a cuidar de mi familia y de mi conveniencia.
—¡Admirablemente pensado y dicho! Vamos a ver: ¿tienes tus papeles corrientes para la boda?
—Todo corriente. Por mi parte... Que mi prima fije el día.
—¿Que yo fije..., que yo fije el día...? —balbució Sola, mirando a su padre.
—Es claro, mujer; que digas: tal o cual día me quiero casar.
—Pues el día... que ustedes quieran.
—Mañana —gruñó Anatolio.
—Hombre..., calma, calma. Fijemos un día clásico: el domingo, o para el Carmen.
—Muy bien.
Poco después comieron, siendo muy de lamentar que en día de tanta solemnidad equivocase todas o la mayor parte de las cosas Solita. ¡Ella, que no se equivocaba nunca! Mas el padre, única persona que podía apreciar la singularidad de tales distracciones, no fijó en ellas la atención, o las atribuyó a una causa muy natural. Durante la comida, Anatolio, cuyo carácter había parecido hasta entonces poco comunicativo, empezó a desarrollar una locuacidad tan viva, que no era fácil comprenderá dónde llegaría por aquel inusitado camino. ¿Era que había envasado en su cuerpo todo el vino que faltaba en la botella puesta con previsora solicitud a su lado? Tal vez sí, tal vez no. No aventuremos un juicio que podría ser desmentido más tarde por los hechos. Lo cierto es que Soledad no le quitaba los ojos, inspeccionando también la altura cada vez menor del líquido, y la incontinencia del alférez, que sin duda llenaba con comida y bebida todo lo que con el gasto de palabras iba quedando vacío.
Por la tarde, levantados los manteles, salieron los tres de paseo hacia San Blas, no ocurriendo nada digno de contarse sino que Anatolio (quizás sería ilusión de los extraviados sentidos de Solita) no ponía los pies en el suelo ni sostenía su cuerpo con el aplomo y gallardía propios de un militar. De vuelta en la casa, encendieron luces; Sola tomó su costura, don Urbano se puso las antiparras, y sacando una baraja que en el cajón de la mesa tenía, invitó a Gordón a echar una partida de mediator. Los tres en torno a la mesilla formaban un grupo por demás interesante en apariencia, y que lo hubiera sido en realidad si los tres corazones latieran a compás, y si las tres almas se contemplaran delicadamente la una en la otra sin interposición de imágenes extrañas y sombras proyectadas desde lejos por otras almas.
Durante largo rato no se oyó más ruido que el de la aguja, y las frases y términos propios del juego. A las diez de la noche el cuadro había cambiado. Las cartas estaban esparcidas sobre el tapete; don Urbano, con los codos sobre la mesa, como un escolar que estudia la lección del día siguiente, leía en voluminoso libro; Anatolio dormía con la cabeza reclinada sobre el hombro, el morrión caído sobre la ceja izquierda, abierta casi de par en par la boca y cruzados los brazos sobre el pecho; Soledad seguía cosiendo, la vista fija en su aguja, las cejas ligeramente fruncidas. ¡Entre las manos y los ojos, qué inmensidad de ideas, de figuras, de imaginaciones! ¡Qué contraste entre la rústica beatitud del novio y la silenciosa meditación de la futura esposa!
A las doce y media oyose ruido de pasos en la parte de la casa habitada por Naranjo. Como las habitaciones eran tan pequeñas, fácilmente se comunicaba todo rumor de una parte a otra, y aun podía verse quién entraba y salía. En la alcoba de Gil bastaba levantar el percal rojo que cubría una vidriera, para observar a las personas que pasaban de la escalera a la sala de Naranjo.
—Hija mía —dijo el anciano—, parece que esta noche tendremos también gran ruido. Asómate a la puerta vidriera, y mira quién entra a visitar a nuestro amigo Naranjo.
Soledad se levantó, estuvo breve rato en acecho, y volvió diciendo:
—Son tres: los mismos de la otra noche.
—Me lo temía —insinuó Gil de la Cuadra con desabrimiento—. Esta es una vecindad que no me gusta. ¿Ha entrado también aquel señor...?
—¿El eclesiástico gordo? Sí, acaba de entrar.
—Don Víctor Sáez —dijo entre dientes el viejo, apartando el libro.
—¿Es el confesor de Su Majestad, padre?
—Chitón..., por Dios..., silencio, querida Sola —murmuró Cuadra llevándose el dedo a la boca y abriendo con espanto los ojos—. Cuidado con lo que hablas. Figúrate que no tienes ni ojos ni oídos. Hazte cargo de que nadie viene a la casa del maestro Naranjo.
Soledad recobró la costura.
—Porque has de saber —añadió el viejo— que estos señores han escogido la casa de nuestro amigo como el lugar menos sospechoso para reunirse y tratar de sus diabluras... Como solo vivimos Naranjo y nosotros, que somos la discreción en persona... Pero yo no quiero meterme en nada..., porque esto no tendrá buen fin. Veo, escucho y callo. Créeme: estoy escarmentado de conspiraciones, y sé a dónde conducen.
—¡Conspiraciones!
—Chitón... Por Dios y la Virgen, mucho sigilo.
—¿Y para qué conspiran? —preguntó Sola bajando mucho la voz—. ¿Para trastornarlo todo, para que todo se vuelva del revés?
Al preguntar esto, el semblante de Sola se había animado y resplandecía con la extraña viveza que dan curiosidad o interés profundo. Creeríase que un destello de esperanza lo iluminaba.
—Sí, para volverlo todo al revés. Estas cosas, estos planes son admirables cuando salen bien; pero casi siempre salen mal, hijita. En verdad te digo que de buena gana viviría en otra casa... ¡Hola, hola! Más ruido de botas... Sal a ver.
—Otros dos: los mismos que vinieron hace cuatro noches —dijo Sola.
—¿Son los dos altos y bigotudos?
—Sí.
—Los guardias. El más bajo de ellos es el conde de Moy, jefe de uno de los batallones de la Guardia. Ya la tenemos armada.
—¿Qué?
—Pero, tonta, ¿tú no has comprendido? ¡Pues es un grano de anís! La Guardia real quiere dar al traste con la Constitución y los liberales.
—¡Los guardias, es decir, Anatolio! ¿Y cree usted que podrán? —preguntó Sola con incredulidad.
—Hija, son muy valientes.
—¿Y en caso de que no puedan, tendrán que huir todos, absolutamente todos, y marcharse de Madrid?
—Un cuerpo tan esclarecido no volverá la espalda.
—¿Y eso será muy pronto?
Soledad mostraba grande interés.
—Debe de ser pronto. Es necesario apresurar el casamiento. Quisiera que Anatolio estuviese ya fuera del servicio para esos días. ¡Pobre hijo mío, si le sucede alguna desgracia!
Solita miró a su futuro esposo. Podía haberse creído que aquella mirada era una saeta, porque Gordón se movió en su beatífico sueño, cerró la boca, y llevándose ambos puños a los ojos, se amasó los párpados hasta ponérselos rojos.
—¿Qué hablaban de mí? —preguntó torpemente.
—Vamos, que no has echado mal sueño.
—Si no dormía... Sentí, es verdad, un poco de sueño, y cerré los ojos; pero no he dejado de oír lo que hablaban.
—A ver, ¿qué decíamos?
—Que yo debía haber sido eclesiástico en vez de militar.
—Hombre, ¡qué chuscadas tienes! —dijo Cuadra.
—¡Si oía perfectamente!
—Por Dios, confiesa que estabas dormido. Si me dejaste a medio juego. Hiciste perfectamente. Ya se ve... Siete leguas a caballo.
—¡Todo sea por Dios!
—¿Sabes que en las habitaciones del señor Naranjo —indicó don Urbano acercando sus labios a la oreja del alférez—, ahí, poquito más allá de aquella puerta vidriera, están tratando de vuestro levantamiento?
—¿De nuestro levantamiento?
—Cabal. ¿Quién creerás que ha venido? El conde de Moy.
—¡Mi jefe!
—Otro señor comandante de guardias, que debe ser Herón, el confesor de Su Majestad, don Víctor Sáez, y dos señores más que no conozco.
—¡Conspiración!
—¡Silencio! —dijo Cuadra tapándole la boca con la palma de la mano.
—Pues sí: dicen que nos levantaremos. La Guardia real no puede consentir que el rey esté sometido por esa canalla; que gobiernen las Cortes; que los gansos de la Milicia se paseen por las calles hechos un brazo de mar, y que _El Zurriago_ y otros papeles indecentes insulten sin cesar a la gente honrada.
—¿De modo que estáis decididos? Mira, sobrino, o mejor dicho, hijo mío, pide tu licencia absoluta.
—Ya la he pedido. Pienso verme fuera antes de que estalle el movimiento, que, según dicen, será dentro de no sé cuántos meses.
—Eso es, échate fuera; tú ya has probado que eres valiente.
Soledad volvió
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