Andanzas y visiones españolas
Miguel de Unamuno
Notas Del Transcriptor
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Andanzas Y Visiones EspañOlas
Obras Del Autor
PAZ EN LA GUERRA (novela).--Madrid. Fernando Fé, 1897. (Agotada.)
AMOR Y PEDAGOGÍA (novela).--Madrid. Fernando Fé.--Barcelona. Antonio López, 1902.
PAISAJES.--«Colección Calón». Salamanca, 1902.
DE MI PAÍS.--Descripciones, relatos y artículos de costumbres. Madrid. Fernando Fé, 1903.
POESÍAS.--Fernando Fé, Victoriano Suárez. Madrid, 1907.
RECUERDOS DE NIÑEZ Y DE MOCEDAD.--Fernando Fé, V. Suárez 1908.
MI RELIGIÓN Y OTROS ENSAYOS--«Biblioteca Renacimiento». V. Prieto y Compañía. Madrid, 1911. (Agotada.)
POR TIERRAS DE PORTUGAL Y DE ESPAÑA.--«Biblioteca Renacimiento». V. Prieto y Compañía. Madrid, 1911.
ROSARIO DE SONETOS LÍRICOS.--Madrid. Fernando Fé, Victoriano Suárez, 1911.
SOLILOQUIOS Y CONVERSACIONES.--«Biblioteca Renacimiento».--V. Prieto y Compañía. Madrid, 1912.
CONTRA ESTO Y AQUELLO.--«Biblioteca Renacimiento». V. Prieto y Compañía. Madrid, 1912.
EL ESPEJO DE LA MUERTE (cuentos).--«Biblioteca Renacimiento». V. Prieto y Compañía. Madrid, 1913.
VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO.--«Renacimiento». Madrid, Buenos Aires, 1914. (Agotada.)
DEL SENTIMIENTO TRÁGICO DE LA VIDA.--«Renacimiento». Madrid.
NIEBLA (NIVOLA) (novela).--«Renacimiento». Madrid, Buenos Aires, 1914.
ABEL SÁNCHEZ: UNA HISTORIA DE PASIÓN (novela). «Renacimiento». 1917.
ENSAYOS.--«Residencia de Estudiantes». Madrid, 1916-18. (Siete volúmenes.)
LA TÍA TULA (novela).
EL CRISTO DE VELÁZQUEZ (poema).
Tres Novelas Ejemplares Y Un PróLogo.
Andanzas Y Visiones EspañOlas.
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Están traducidas al italiano, al francés y al inglés _Del sentimiento trágico de la vida_, y al italiano la _Vida de Don Quijote y Sancho_ y _El Espejo de la muerte_ y en preparación otras.
Miguel De Unamuno
Andanzas Y Visiones EspañOlas
[Ilustración]
Renacimiento San Marcos, 42 Madrid 1922
Es propiedad del autor.
Queda hecho el depósito que marca la ley.
Copyright, 1922, by Miguel de Unamuno.
Imp. J. Pueyo. Luna, 29. Teléf. 14-30.--MADRID
_Quiero aquí, a modo de dedicatoria, consagrar un recuerdo a mis compañeros en las excursiones de que hablo, los señores Maurice Legendre, Jacques Chevalier, J. E. Crawford Flitch, Eudoxio de Castro, Francisco Antón, Tomás Elorrieta, Gumersindo y Jesús Solís, Juan Sureda y Pilar M. de Sureda, Gabriel Alomar, Enrique Nogueras, Agustín del Cañizo y Antonio Trías._
íNdice
Pág.
PróLogo 7
Recuerdo de la Granja de Moreruela 9
De vuelta de la cumbre 14
El silencio de la cima 22
Ciudad, campo, paisajes y recuerdos 30
Hacia El Escorial 40
En El Escorial 48
Santiago de Compostela 58
Junto a las rías bajas de Galicia 67
León 76
En la quietud de la pequeña vieja ciudad 84
Por capitales de provincia 93
En la Peña de Francia 101
Las Hurdes 107
Salamanca 125
Coimbra 134
Frente a los negrillos 142
De Salamanca a Barcelona 147
En la calma de Mallorca 158
En la isla dorada 172
Los olivos de Valldemosa 194
La torre de Monterrey a la luz de la helada 200
Al pie del Maladeta 207
La frontera lingüística 214
Camino de Yuste 220
En Yuste 225
En Palencia 230
En Aguilar de Campóo 235
Frente a Ávila 239
Una obra de romanos 242
Paisaje teresiano 246
Extramuros de Ávila 252
Visiones rítmicas 256
Las estradas de Albia 259
Al Nervión 262
Galicia 267
En un cementerio de lugar castellano 270
En Gredos 273
Atardecer de estío en Salamanca 278
El Cristo yacente de Santa Clara (iglesia de la Cruz) de Palencia 280
Junto a la vieja Colegiata 284
PróLogo
_En 1911 publiqué en esta misma biblioteca_ Renacimiento _un tomo titulado: «Por tierras de Portugal y de España». Constituíanlo veintiséis relatos de excursiones por ciudades y campos de la Península Ibérica y las Islas Canarias. Y ahora recojo, lector amigo--¿pues qué más fina amistad que leerle a uno?--en este volumen que tienes entre manos--o sobre la mesa--y a la vista, relatos de otras nuevas excursiones por ciudades y campos también de España._
_Los he ordenado por orden cronológico, ya que estos relatos fueron apareciendo en diarios de América--en_ La Nación, _de Buenos Aires, casi todos--o de España--en_ El Imparcial, _de Madrid--a medida que hacia las excursiones y recibía las visiones de que en ellos se habla_.
_El que siguiendo mi producción literaria se haya fijado en mis novelas, excepción hecha de la primera de ellas en tiempo, de_ Paz en la guerra, _habrá podido observar que rehuyo en ellas las descripciones de paisajes y hasta el situarlas en época y lugar determinados, en darles color temporal y local. Ni en_ Amor y Pedagogía, _ni en_ Niebla, _ni en_ Abel Sánchez, _ni en mis_ Tres novelas ejemplares, _ni en_ La tía Tula _hay apenas paisajes ni indicaciones geográficas y cronológicas. Y ello obedece al propósito de dar a mis novelas la mayor intensidad y el mayor carácter dramáticos posibles, reduciéndolas, en cuanto quepa, a diálogos y relato de acción y de sentimientos--en forma de monólogos esto--y ahorrando lo que en la dramaturgia se llama acotaciones._
_Fácil me hubiera sido distribuir entre mis novelas las descripciones de tierras y de villas, de montañas, valles y poblados, que aquí recojo, pero no lo he hecho por darles ligereza. El que lee una novela, como el que presencia la representación de un drama, está pendiente del progreso del argumento, del juego de las acciones y pasiones de los personajes y se halla muy propenso a saltar las descripciones de paisajes por muy hermosos que en sí sean, y como no sea que el campo llegue a ser un verdadero personaje de la acción o de la pasión, lo que ocurre pocas veces. Y en cambio el que gusta del paisaje literario, va a buscarlo en sí y por sí. Y a esta demanda de la afición estética es a lo que quiere responder la oferta de este libro, lector amigo._
Miguel De Unamuno
Salamanca, noviembre de 1920.
Recuerdo De La Granja De Moreruela
No lejos de Benavente, en la Granja de Moreruela, provincia de Zamora, resisten acabar de caer las espléndidas ruinas del primer monasterio de Cistercienses en España. Allá me fuí el último Domingo de Resurrección, y allí recordé una vez más el virgiliano _etiam ruinae periere_: ¡hasta las ruinas perecieron! ¡Qué majestad la de aquella columnata de la girola que se abre hoy al sol, al viento y a las lluvias! ¡Qué encanto el de aquel ábside! ¡Y qué intensa melancolía la de aquella nave tupida hoy de escombros sobre que brota la verde maleza! Y todo ello se alza, añorando siglos que fueron, y quién sabe si siglos por venir, en un valle de sosiego y de olvido del mundo.
Al ir allá, en auto, desde Benavente, bordeábamos tranquilas charcas cubiertas de la blanca floración de las hierbas acuáticas, y al llamar yo la atención sobre ello a mis amigos, exclamó uno de éstos: «¡Hasta el agua estancada cría flores!» A lo que pensé calladamente: no; sólo el agua estancada florece, y no la que en el caz de un molino hace andar la rueda que nos da la harina. La industria pide agua corriente, pero a la poesía le basta la que está quieta.
Y añorando yo, como las ruinas del monasterio de Cistercienses de la Granja de Moreruela tiempos que se cumplieron, me dije por dentro:
En una celda solo, como en arca de paz, libre de menester y cargo, el poema escribir largo, muy largo, que cielo y muerte, tierra y vida abarca. Después, en el verdor de la comarca la vista apacentar; sin el amargo pasto del mundo, a la hora del letargo ver cómo visten la dormida charca en flor las ovas. Lejos del torrente raudo del caz que hace rodar la rueda que muele el trigo, soñar lentamente vida eternal en la que el alma pueda ser pura flor. ¡Oh, reposo viviente; florece sólo el agua que está queda!
¡Soñar así; lentamente, a la hora de la siesta, descansando la mirada en las charcas floridas! Y escribir un libro muy largo, muy largo. Un poema, y si no una historia. Una historia como aquella dulcísima y apacible _Historia de la Orden de San Jerónimo_, que en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial escribió el padre jerónimo fray José de Sigüenza, y es una maravilla de lengua y, a trechos, de poesía. (Bien haya la «Nueva Biblioteca de Autores Españoles» por habérnosla vuelto a dar.) ¿Hay en castellano acaso pasaje de más honda y poética hermosura que el de la muerte de fray Bernardino de Aguilar, profeso del convento de la Murta de Barcelona, que murió tañendo en el manicordio y cantando el salmo _Super flumina Babilonis_? «No parecía voz humana, porque penetrava las entrañas con el sentimiento que dava a la letra; llegó assi con sus versos hasta el que dize: _Quomodo cantabimus canticum Domini in terra aliena_. Dixolo una vez, tornolo a repetir la segunda, y a la tercera alçó los ojos al cielo, y dando un suspiro de lo profundo del pecho, puestas las manos en la tecla, pasó de esta vida a la eterna, porque cantasse el cantar del Señor en la tierra de los vivientes». (Libro IV, cap. XXVII.)
¿Encierro el del monasterio? Sí; «encerravase cada uno en su celdilla o covachuela--nos dice el padre Sigüenza--y desde aquel lugar tan estrecho passeava con el alma la anchura de las moradas del cielo». Y yo me digo del que otra vida lleva:
Alza al correr tan grande polvareda que le ciega los ojos, ni le cabe pararse en firme hasta que al cabo acabe donde nunca pensara, pues la rueda de la fortuna es la que le envereda, no a ella él; desque perdió la llave del gobierno de sí mismo no sabe a dónde corre a ir a dar de queda. ¡Cuánto mejor desde abrigado encierro libre de polvo y sin temor de yerro irreparable pasëar la cumbre de la alta serranía de los astros a busca en ella de divinos rastros de la increada y creadora lumbre!
Allí es la quietud del lago del alma, y sin esa quietud no florece el lago. Oigamos de nuevo a nuestro padre Sigüenza, cuando nos dice que «andan estas almas sencillas (digámoslo ansí) como çabullidas en Dios y en sí mismas, puestas en una quietud soberana, donde no llega turbación de malicia». Esto, a propósito del siervo de Dios fray Juan de Carrión, llamado el Simple. Y me digo:
Déjame que en tu seno me zambulla donde no hay tempestades; como esponja habrá en Ti de empaparse mi alma, monja que en el cuerpo, su celda, se encapulla. Mientras Satán sobre esta mar aúlla al husmo de almas con que henchir su lonja, más dulce aquí que jugo de toronja me es tu agua, Señor. Ni me aturulla el vaivén de su mundo, ya que dentro vivo de mí viviendo en tu bautismo; sólo perdido en Ti es como me encuentro; no me poseo sino aquí, en tu abismo, que envolviéndome todo, eres mi centro, pues eres Tú más yo que soy yo mismo.
Sí, Dios es mi yo infinito y eterno, y en Él y por Él soy, vivo y me muevo. Mejor que buscarse a sí es buscar a Dios en sí mismo. Y cuando andamos dentro nuestro a la busca de Dios, ¿no es acaso que nos anda Dios buscando? Pues que le buscas, alma, es que Él te busca y le encontraste.
«Si me buscas es porque me encontraste --mi Dios me dice--. Yo soy tu vacío; mientras no llegue al mar no para el río ni hay otra muerte que a su afán le baste. Aunque esa busca tu razón desgaste, ni un punto la abandones, hijo mío, pues que soy Yo quien con mi mano guío tus pasos en el coso por que entraste. Detrás de ti te llevo a darme cara, y eres tú quien te tapas para verme; pero sigue, que el río al cabo para; cuando te vuelvas, ya de vida inerme, hacia lo que antes de ser tú pasara, descubrirás lo que en tu vela hoy duerme».
Sí; caminamos de espalda al sol, es nuestro cuerpo mismo el que nos impide verlo, y apenas sabemos de él sino por nuestra propia sombra, que donde hay sombra hay luz. Detrás nuestro va nuestro Dios empujándonos, y al morir, volviéndonos al pasado, hemos de verle la cara, que nos alumbra desde más allá de nuestro nacimiento. Esta nuestra eternidad duerme en nuestra vigilia.
¡Qué bien en una celda como las que en un tiempo formaron la colmena mística de la Granja de Moreruela, meditando o fantaseando estos consuelos de esperanza allá, en aquel siglo XIII, oliente a San Francisco! ¡Pero en aquel siglo XIII, en aquella poética Edad Media, mocedad del cristianismo!
Hoy la Granja son ruinas. Lo único que permanece igual es el verde florido valle, el convento de las resignadas encinas que abrigan a los pajarillos, que sin cesar cantan la gloria del Señor, y cantándole le buscan y le encuentran.
Salamanca-VI-11.
De Vuelta De La Cumbre
Un en un tiempo famoso profesor de Filosofía de cuyo nombre no quiero ahora aquí hacer mención, solía empezar su curso con esta pregunta: ¿qué venimos a hacer? Y acabábase el curso sin que ni él ni sus discípulos supieran lo que habían hecho ni si es que habían hecho algo. Así yo también, al tomar hoy la pluma, en esta mañana del día primero de agosto, me pregunto filosóficamente: ¿qué vengo a hacer?
La tarea parece fácil. He estado hace pocos días en los altos de la sierra de Gredos, espinazo de Castilla; he acampado dos noches a dos mil quinientos metros de altura, sobre la tierra y bajo el cielo; he trepado el montón de piedras que sustenta al risco de Almanzor, he descansado al pie de un ventisquero contemplando el imponente espectáculo del anfiteatro que ciñe a la laguna grande de Gredos, y viendo el Ameal de Pablo levantarse como el ara gigante de Castilla, he convivido un momento con el pastor de las cimas y he recorrido, al bajar, las tierras teresianas, pasando mi fatiga del viaje por entre los nogales de Becedas, donde durante unos meses trató a la santa--a Santa Teresa de Jesús, ¡claro está!--una curandera. Traigo el alma llena de la visión de las cimas de silencio y de paz y de olvido, y, sin embargo, nada se me ocurre, lector, decirte de ello.
Algunos relatos de viajes y excursiones llevo escritos ya, pero he de dejar tal vez en el silencio en que los recogí los sentimientos más hondos que de esas escapadas a la libertad del campo he logrado. No he escrito ni creo escribiré jamás mis impresiones de Granada, y en Granada pasé una de mis quincenas más repletas de vida. Mientras viva reposará en el lecho de mi alma, por debajo de la corriente de las impresiones huideras, aquella santa caída de tarde que a principios del dulce mes de setiembre gocé en el Albaicín, todo blanco de recuerdos. Fué un como baño en algo etéreo. Las lágrimas me subían a los ojos y no eran lágrimas de pesar ni de alegría; éranlo de plenitud de vida silenciosa y oculta.
Pero, ¿quién cuenta todo esto? El público, oh lector, quiere cosas concretas, noticias, datos, informaciones. Y yo cada día odio más la información y me interesa menos la noticia. Uno de los mayores encantos allá en las alturas de Gredos, era carecer de diarios, no recibir cartas. Hablábamos a la caída de la tarde, descansando al pie de un ventisquero, de cosas impertinentes a aquella grandiosidad que nos rodeaba, y al mentar uno de nosotros a Maura, un pastor que nos oía hubo de preguntarnos: ¿pero no han matado a ese señor? Sorprendidos por la pregunta y recelando no tuviese noticias más frescas que nosotros, le interrogamos y resultó que se refería al atentado de que dicho señor fué objeto en Barcelona hace más de un año. «Hace tres días que lo he leído en un periódico»--añadió el pastor. Y al despedirnos de él para bajar a los valles en que habitan los hombres con sus mujeres, encontramos la explicación del caso, pues nos pidió los periódicos en que habíamos llevado envuelta nuestra merienda. Era lo que leía, y la noticia del atentado a Maura le llegó por un número de periódico que dejaron allá entre los riscos unos excursionistas. ¡Feliz mortal! Había de estallar una revolución a sus pies sin que él se enterase.
El cuerpo se limpia y restaura con el aire sutil de aquellas alturas y aumenta el número de glóbulos rojos, según nos dijo un catedrático de Medicina, pero el alma también se limpia y restaura con el silencio de las cumbres. ¡Qué silenciosa oración allá, en la cumbre, al pie del Almanzor, llenando la vista con la visión dantesca del anfiteatro rocoso! Dábamos una voz y el eco la repetía dos veces entre las soledades.
Pero hubo que bajar; hubo que bajar a estos valles y llanuras en que viven los hombres en sus pueblos, alimentándose de sus miserias y, sobre todo, de su incurable ramplonería. Bajé, llegué a mi casa y me encontré con el primer volumen de las obras completas de Gustavo Flaubert, que desde París me envía un amigo, rabioso flaubertiano. Contiene este primer volumen la correspondencia del gran hombre desde 1830 a 1850, es decir, desde sus nueve hasta sus veintinueve años. ¡Pobre Flaubert! ¡Qué aguda, qué dolorosamente sintió la estupidez humana! ¡Cómo se dolió el burgués, el buen burgués satisfecho de sí mismo, que cada mañana, mientras toma su café con leche y su pan con manteca, se informa de las noticias de la víspera! Él y Máximo Du Camp, bajando el Nilo, divertíanse en representar el viejo señor inepto, rentero, considerado, en buena posición y de cierta edad, y se preguntaban uno a otro si habría sociedad en los pueblos por que pasaban o algún círculo en que se leyese diarios, si se dejaba sentir el movimiento ferroviario, si avanzaban las doctrinas socialistas, si había buen vino, si eran amables las damas, etc., etc. Y este hombre, en cuya alma repercutió más que en la de ningún otro la incurable tontería humana, acabó escribiendo aquel inmenso libro que se llama _Bouvard et Pecuchet_, la más amarga rechifla del progresismo.
¿Hay algo, en efecto, más ridículo que el progresismo? Un buen señor que no puede o no quiere o cree que no quiere creer en otra vida y se consuela pensando--¿pero es que piensa?--que el progreso traerá la felicidad... ¿a quién? Y luego es tan vulgar... ¡tan vulgar!...
¡Oh, en aquellas cumbres de Gredos, viendo la puesta del sol, la última novedad, la verdadera última novedad! «Nada hay nuevo bajo el sol», dijo Salomón, una especie de catedrático coronado y harto de leer libros. Pero el pastor de Gredos, si supiese expresarse, diría: «todo es nuevo bajo el sol». Todo es nuevo, sí, y cada sol es un sol nuevo.
En aquellas cumbres no recibe uno preguntas, quejas, amonestaciones, reproches. ¡Qué lejos allí del buen señor que no quiere que le digan sino lo que él piensa! ¡Qué lejos, lector amigo, de esos lectores irritables y descontentadizos, que burlándose acaso de los dogmas llevan enquistado en su mollera un dogma formidable!
¿Cómo podría uno soportar esta terca lucha de un día tras otro y un mes y otro mes y uno y otro año, si no hiciera de cuando en cuando una escapada a las cumbres libres o a los abiertos campos? ¿Cómo aguantar a todos esos señores que se nos vienen dando consejos o disparándonos insultos, si no se recrease uno charlando con cabreros, mendigos, gañanes y toda laya de gente sencilla y a la buena de Dios?
Y luego en estas ascensiones a las cumbres, en estas escapadas por los campos, se desnuda uno del _decorum_, de ese horrendo y estúpido _decorum_, y se pone uno el alma en mangas de camisa. Hace años ya, en un estudio que me dedicó C. O. Bunge, decía que flaqueo en el sentimiento del _decorum_. Y así es, me carga eso que los antiguos romanos llamaban _decorum_ y que no se traduce del todo por nuestro correspondiente decoro. Nada hay más revolucionario que el ponerse el más alto magistrado de una nación a bailar el bolero tocando las castañuelas. Mi mayor odio es al frac y al sombrero de copa, y no sé cómo Sarmiento, a quien le valió el dictado de loco su poco respeto al decoro convencional, sentía tal superstición por aquella prenda. El decoro es la seriedad de los que están vacíos por dentro.
Y en estas correrías por campos y montes, ¡qué alivio, qué hondo sentimiento de libertad radical cuando dejando todo decoro se pone uno a hacer y decir chiquilladas! Se cuenta cuentos ambiguos o grotescos o simplemente sin sentido, se chapuza uno en la infancia. ¡Oh, estas sumersiones en la remota infancia! No sé cómo puede vivir quien no lleve a flor de alma los recuerdos de su niñez. Trece volúmenes llevo ya publicados, pero de todos ellos no pienso volver a leer sino uno, el de mis _Recuerdos de niñez y de mocedad_, donde en días de serenidad ya algo lejana, traté de fijar no mi alma de niño, sino el alma de la niñez. Acaso si a su título sencillo le hubiese añadido esto: «ensayo de psicología de la infancia», habría tenido algún mayor éxito ese mi pobre y más desventurado libro. Pero eso era profanarlo. Nada de psicologiquerías; nada de sociologiquerías, y eso que hay allí hasta asomos de sociología infantil.
¡La sociología! ¿Hay algo más horrendo, más grotesco, más bufo que eso que suelen llamar sociología? Hay en ella «Californias de grotesco», que diría Flaubert. Todas las ramplonerías progreseras, todos los lugares comunes modernos, parece se han refugiado en esa flamante sociología. Desde allí arriba, desde los canchales de la cumbre de Gredos, contemplábamos con unos prismáticos los pueblecillos del valle del Tiétar, Madrigal, Villanueva de la Vera... Unas montañas nos tapaban a Yuste, donde fué a morir, hastiado de los hombres, nuestro emperador. No se veía a los hombres en aquellos pequeños hormigueros.
Y heteme otra vez aquí después de haberme dado cuerda al corazón con el aire libre de las cumbres, heteme otra vez aquí, en la ciudad, en el vaho de la ramplonería humana, teniendo que soportar el que al lado mío se hable de nuestras diferencias con Francia a propósito de lo de Marruecos o de las cogidas de Vicente Pastor. Otra vez a oir comentar durante veinticuatro horas las noticias del día. Me ocurre lo que a Flaubert: «siento un disgusto profundo de lo diario, es decir, de lo efímero, de lo pasajero, de lo que es importante hoy y no lo será ya mañana».
¡Sea usted más objetivo!, me dijo una vez un redomado pedante, y añadió: «¡Exponga usted menos ideas y cuente más cosas!». Y yo me quedé pensando: ¿Qué entenderá por cosas este mentecato, y en qué las distinguirá de las ideas? Sí, ya sé, lo que hace falta es decir algo que pueda luego el lector repetirlo, atribuyéndoselo o no. Es lo que me decía un ingenuo: «Mire usted, yo voy al teatro porque alguna frase, algún pensamiento se me queda y puedo repetirlo luego, y en último caso cabe contar el argumento a los amigos; ¿pero a un concierto?, no se me pega la música...». Y, sin embargo, este ingenuo va al concierto, pero es para que le vean en él y decir que ha estado. Pero tú, lector, me complazco en creer que no me pides noticias. Hay otros que te informarán mejor que yo de lo que pasa por el mundo. Y entretanto, acaso no te enteres de lo que pasa en ti mismo. Por mi parte, si alguna vez he logrado llevarte o siquiera acercarte a ti mismo, me doy por pagado.
Vives acaso, lector mío, en un tráfago mundano, entre negocios o entre diversiones. Escápate cuando puedas a la cumbre, ve a pasar unos días al pie del Aconcagua, donde más alto puedas. Deja de pisar el asfalto de los bulevares. Aprende a desdeñar eso que llamamos civilización, y que rara vez es tal, y a extraer de ella lo que de cultura encierre. Deja la civilización con el ferrocarril, el telégrafo, el teléfono, el _water-closet_ y llévate la cultura en el alma. La civilización no es más que una cáscara para proteger las pulpas, el meollo, que es la cultura. Todo ese formidable aparato de invenciones mecánicas acaba en producir una poesía. Cuando haya surgido el poema de la ingeniería moderna puede muy bien hundirse ésta.
Y otra gran lección nos da la cumbre, y es enseñarnos a pasarnos sin comodidades. Nada denuncia tanto la ordinariez de espíritu, la ramplonería y plebeyez de alma, como el apego a la comodidad. El señor que no sabe viajar sin almohada y baño es un mentecato. El desprecio a la comodidad es aún una de las evidentes superioridades de los pueblos de casta ibérica. En ninguna parte estalla tan a las claras la ramplonería humana como en la mesa del comedor de un gran hotel.
Allí arriba hay que comer poco y frío, y mojarlo con agua, con agua cristalina del deshielo de los ventisqueros. Si a alguien se le ocurriese allí, en la cumbre, brindar con champaña, se le vendría encima el desprecio silencioso de los riscos. El brindar con champaña es el acto más sociológico, quiero decir, más grotesco que ha podido inventar el hombre enamorado del progreso. Y si el que brinda lo hace estando vestido de frac, ¡qué enormidad de grotesquez! ¿Has visto, lector, nada más bufo que un señor de frac, con su blanca pechera reluciente y acaso un anillo en un dedo, con una copa de champaña en la diestra y brindando?
A eso llaman, creo, vida de sociedad. Y eso pide, claro está, la fotografía para que lo eternice. Y es que hay pocas cosas más sociológicas que la eternización fotográfica. Es lo que llaman ilustración. Porque ilustrar hoy quiere decir añadir fotografías.
Figúrate, lector, que esta divagación fuese ilustrada con vistas de Gredos, la subida por la barranca, un ventisquero, el pico de Almanzor, el Ameal de Pablo, la choza de un pastor, la laguna vista desde arriba, etc. ¡Cuánto no ganaría esto para los que quieren cosas! Y el recurso es excelente. Sé de un cronista a quien no le interesan ni los paisajes ni los monumentos arquitectónicos; llega a una ciudad, compra una colección de vistas de ella, se encierra en el hotel, donde se cuida, ante todo, del menú, y se pone, con una guía al lado, a escribir su viaje. Así es como ha sido tantas veces descubierta esta Salamanca en que vivo, lucho y rabio.
Basta ya. Dentro de unos días me voy con unos amigos franceses a pasar algunos en el Santuario de la Peña de Francia, en la sierra de este nombre, entre esta provincia y la de Cáceres. Allí volveré a vivir vida libre.
Salamanca, agosto 1911.
El Silencio De La Cima
Unos días en la cumbre silenciosa, en el santuario de Nuestra Señora de la Peña de Francia, teniendo a un lado, al norte, la llanada de Salamanca, como un mar de cálidos matices sembrado de islas de verdura, los manchones de los encinares, y de otro lado, al sur, las abruptas sierras de las Hurdes, y detrás la sabana de Extremadura. Y al pie los pueblecillos de la sierra de Francia, agazapados entre castañares, enviando al cielo limpio el humo de sus hogares, viviendo su vida recogida. Y allí arriba, en la soledad de la cumbre, entre los enhiestos y duros peñascos, un silencio divino, un silencio recreador. Silencio sobre todo.
He vivido unos días de silencio, de augusto silencio. Ni chirriar de cigarras, ni gorjear de pájaros, ni balar de ovejas, y, sobre todo, nada del rumor enloqueciente de las atareadas o alborotadas muchedumbres humanas. A ratos el canto dulce del armonio que en el coro del santuario tocaba algún dominico de los que allí arriba, en aquel verdadero sanatorio, se reponen del rudo invierno de Salamanca.
Subí y permanecí allí con dos amigos franceses enamorados de esta nuestra inalterable y casi desconocida España: ésta, la de los rincones adonde aún no llegan ni el tren ni el automóvil; ésta, que conserva en el alma toda la recia primitividad del granito sobre que descansa y sueña. ¡Qué sabrosas conversaciones con ellos, allí arriba, en el seno del silencio, tendidos sobre la cumbre! ¿Creéis acaso que dos hombres puedan de veras entenderse, no digo ya comprenderse, cuando se hablan entre el rumor, que de todas partes les llega, de la muchedumbre, entre el zumbido del enjambre humano atareado o alborotado? ¿Creéis que pueden acaso llegar a comunión dos almas cuando las rodea el eco del mar humano? En la ciudad cabe hablar de negocios, de política candente, de sociología, de modas; pero ¿de las cosas eternas? (Ahora, en este momento, mientras escribo esto, me llega al oído el grito de un vendedor ambulante que pregona su mercancía, y no es posible que este grito no se cuele, de un modo o de otro, en lo que voy escribiendo).
¡Vivir unos días en el silencio y del silencio, nosotros, los que de ordinario vivimos en el barullo y del barullo! Parecía que oíamos todo lo que la tierra calla, mientras nosotros, sus hijos, damos voces para aturdirnos con ellas y no oir la voz del silencio divino. Porque los hombres gritan para no oirse, para no oirse cada uno a sí mismo, para no oirse los unos a los otros.
Y el silencio casaba con la majestad de la montaña, una montaña desnuda, un levantamiento de las desnudas entrañas de la tierra, despojadas de su verdor, que dejaron al pie como se deja un vestido, para alzarse hacia el sol desnudo. La verdura al pie, en el llano, como la vestidura de que se despoja un mártir para mejor gozar de su martirio. Y el sol desnudo y silencioso besando con sus rayos a la roca desnuda y silenciosa.
Allí, a solas con la montaña, volvía mi vista espiritual de las cumbres de aquélla a las cumbres de mi alma y de las llanuras que a nuestros pies se tendían a las llanuras de mi espíritu. Y era forzosamente un examen de conciencia. El sol de la cumbre nos ilumina los más escondidos repliegues del corazón. Había subido, además, con una recogida angustia, con una punzante preocupación de origen familiar; sobre mis esperanzas de padre se cernía una nubecilla que mi aprensión convirtiera en nubarrón.
¿Por qué no había yo de callar una temporada, una larga temporada? ¿Por qué no había de interrumpir mi comunicación con el público hasta que un largo, un muy largo silencio me retemplara la fibra y me hiciera acaso descubrir simpatías que hoy se me escapan? ¿Por qué este hablar--o escribir, que es lo mismo--continuo y precipitado, al correr de la pluma, sin filtrar mis palabras, dejando que salgan todas, así las más limpias como las más turbias? ¿Por qué este pensar escribiendo, y, lo que es peor, este pensar para escribir?
Y no es, no, Dios me libre, no es temor a los puntos flacos que puede uno así mostrar a los despechados o doloridos, a los que buscan por dónde zaherir a quien alguna vez les hirió con sus juicios. He aprendido a llevar como trofeos, más aún que las simpatías que en algunos haya podido despertar, las antipatías que en otros he provocado. Encuentro justo que haya quienes finjan desdén hacia quien tanto ha desdeñado y desdeña. No olvido--y tampoco pido perdón por la arrogancia--lo que el iracundo florentino Filippo Argenti dijo al Dante cuando le encontró en el infierno, y fué que ciñéndole con los brazos le besó en la cara y le dijo:
«Alma sdegnosa, benedetta colei che in te s'incinse»: alma desdeñosa, bendita la que de ti quedó encinta. Y acaso un día, cuando visite yo a mi vez el infierno, me encuentre allí con más de un Filippo Argenti que me bendiga por el desdén.
Recogerse una temporada, sí, y callar, callar, envolviéndose como en mortaja de resurrección en el silencio, pero no por mezquinos móviles de defensa y de ataque, no, sino a busca de alguno de nuestros otros yos, de alguno de aquéllos que he ido dejando en las encrucijadas del camino de la vida. Pues a cada cruce de caminos que en la vida se nos presenta, cuando tenemos que escoger entre una u otra resolución que ha de afectar a nuestro porvenir todo, renunciamos a uno para ser otro. Llevamos cada uno varios hombres posibles, una multiplicidad de destinos, y según realizamos algo perdemos posibilidades. Y luego suspiramos exclamando: «¡Oh, si entonces hubiera hecho otra cosa!».
Allí, en la cima, envuelto en el silencio, soñaba en todos los que habiendo podido ser, no he sido para poder ser el que soy; soñaba en todas las posibilidades que he dejado perder desde aquella infantil atracción al claustro y luego, antes de llegar a los veinte, aquella propuesta de ser llevado lejos, muy lejos de la patria, allende el mar, a trabajar en luengas tierras. Empieza el silencio rodeándole a uno de remordimientos que de él brotan, pero acaba corroborándole en el inevitable destino. Y da fuerzas, da fuerzas como una sumersión en la fuente de la vida.
Está aquello como estaba hace un siglo, hace dos, hace cuatro, hace veinte. Es la imagen viva de lo inalterable. A lo sumo se ve un momento allá, a lo lejos, sobre el vasto piélago de tierra, el penacho de humo de la locomotora, y se piensa un instante, quieto sobre la cima, en los que van y vienen por los valles de agitación y de ruido. ¿Y todo ello para qué?
Porque la radical vanidad de los paraqués humanos en ningún sitio se siente con más íntima fuerza que en estas cimas del silencio. Es como contemplar los vuelos de una mosca dentro de una botella.
En el interior del convento y en el del santuario de la Peña de Francia están los muros, ya cerca del techo, y los techos llenos de manchas negras, unas más espesas, otras más claras. Son apelmazadas muchedumbres de mosquitos--no cínifes, sino pequeñitas moscas--por cientos, por miles, y en conjunto por millones, que se están allí, quietos, inmóviles, sin buscar alimento, haciendo... ¿qué? Se diría que, desengañados de la vanidad del mundo, se reúnen a dormir su vida en vez de suicidarse. Y aunque no se les ve alimentarse ni cabe tomen alimento de los pelados muros, crían sangre, según los novicios nos dijeron. ¿Qué hacen, pues, allí? ¿Cuál es la utilidad de esos pequeños insectos ociosos? He aquí algo en que no nos habríamos fijado en el valle, entre el barullo, y sobre que disertamos allí arriba, en la cima, entre el silencio.
Y luego, tendidos en la cumbre, bajo el sol, que en tales alturas acaricia sin herir, a contemplar los pueblecillos, a hacer geografía. Este de aquí, de la derecha, este _testudo_ de rojos tejados, como la _testudo_ que uniendo sus escudos sobre sus cabezas formaban los legionarios romanos; esa masa roja, coronada por la torre de la iglesia, y que humea entre el verdor de los castaños, es La Alberca. Ahí abajo, entre el cascajo de las laderas, corre el río Francia. Más allá, aquellas ruinas de un antiguo castillo y aquella torre que parecen apacentar otro grupo de rojos tejados es San Martín del Castañar. Más a la derecha, sobre aquella loma verde, se hunde entre el verdor Sequeros. Más lejos, a la derecha, sobre otra loma, pero más escueto y descampado, se levanta Miranda. Y allá, en el fondo, al pie del macizo contrafuerte de la vasta montaña, con velas de nieve en su cima, que nos cierra el horizonte, blanquea a ratos la ciudad de Béjar, mi vieja conocida. Y aun se alcanza a ver, asomando sobre esta montaña, los picos de Gredos, en donde no ha muchos días soñé en la España inmortal. Y más acá, al pie mismo de nosotros, como bajo la protección de la Peña, la Nava, Cereceda, el Cabaco, otros pueblecillos. Y aquí mismo, casi a nuestra mano, este pequeñito poblado del Casarito, cuatro o cinco casas escondidas entre robles y castaños que dan la sensación de una paz perpetua.
Es un acontecimiento cuanto rompe la solemne monotonía de la quietud y del silencio. Uno que sube por el pedregoso y empinado sendero. Y es el cabrero que viene a traer leche, o uno que viene en busca de la nieve aquí durante el invierno almacenada para que refresquen sus bebidas los hijos del llano, o es el que trae el correo; acaso uno que viene de promesa o en busca de unos días de paz y de salud. Si acaso se tocó a misa en el santuario, se aguarda al que sube. Y el que sube trae ecos del mundo; trae acaso noticias de los afanes y los fracasos, de las venturas y desventuras de los de abajo. Y se le aguarda viéndole subir.
Otras veces es otra aparición, pero aérea y silenciosa. La de algún buitre o algún águila que con sus vastas alas extendidas parece bogar, sin esfuerzo alguno, por los azules espacios. ¡Qué diferencia de este solemne vuelo a los turbulentos afanes de nuestros aviadores humanos! Mis amigos, los franceses, recitaban aquella imponente poesía de Leconte de Lisle al cóndor, y yo me acordaba de mi _Obermann_, de mi íntimo _Obermann_, de este libro formidable, casi único en la literatura francesa, que fué el alimento de las profundas nostalgias de mi juventud y aun de mi edad madura; de este _Obermann_, de aquel desdichado y oscuro Senancour, de que he hecho casi un breviario. En este libro sin par se nos revela toda la tragedia de la montaña. Y recorría con la memoria sus pasajes más trágicos, aquel en que en la paz de la noche y en la cima interrogaba a su destino incierto, a su corazón agitado, y a esta naturaleza inconcebible que, conteniéndolo todo, parece no contener, sin embargo, lo que nuestros deseos buscan. «¿Qué soy, pues?»--se preguntaba Obermann, y se decía:--«¡qué triste mezcla de afecto universal y de indiferencia hacia todos los objetos de la vida positiva!». Contemplando al buitre recordé cuando Obermann vió aparecer un punto negro en los abismos, a sus pies, que se elevó rápidamente, «vino derecho a mí--nos dice--; era la poderosa águila de los Alpes; sus alas estaban húmedas y feroces sus ojos; buscaba una presa, pero a la vista de un hombre echó a huir con un grito siniestro, desapareció precisamente en las nubes. Repitióse veinte veces el grito, pero en sonidos secos, sin prolongamiento alguno, semejantes a otros tantos gritos aislados en el silencio universal. Después volvió a entrar todo en una calma absoluta, como si hubiese dejado de existir el sonido mismo y se hubiera borrado del universo la propiedad de los cuerpos sonoros». Y agrega en seguida Obermann aquellas palabras insustituíbles, donde dice: «Jamás ha sido conocido el silencio en los valles tumultuosos; no es sino en las cimas frías donde reina esta inmovilidad, esta solemne permanencia que no expresará lengua alguna, que la imaginación no ha de alcanzar. Sin los recuerdos traídos de las llanuras no podría creer el hombre que hubiese fuera de él movimiento alguno en la naturaleza; seríale inexplicable el curso de los astros, y todo, hasta las variaciones de los vapores, pareceríale subsistir en el cambio mismo. Pareciéndole continuo cada momento presente, tendría la seguridad, sin tener el sentimiento, de la sucesión de las cosas, y las perpetuas mudanzas del universo serían para su pensamiento un misterio impenetrable». Lo he sentido, lo he sentido así en la cima de la Peña de Francia, en el reino del silencio; he sentido la inmovilidad en medio de las mudanzas, la eternidad debajo del tiempo, he tocado el fondo del mar de la vida.
¿Pero lo veis? ¿cómo hasta en la cima, en el sacro imperio del silencio santo, no he olvidado los libros que me persiguen adonde quiera que vaya? Porque el _Obermann_ no es sino un libro, aunque a mi sentir uno de los más grandes que se hayan jamás escrito. Aunque no, no, no, el _Obermann_ no es un libro; es un alma, un alma vasta y eterna como la de la montaña. El _Obermann_ se puede leer en la cima del silencio, donde no hay tratado alguno de sociología que resista la lectura.
Se lleva a las alturas el corazón y la cabeza hechos en los valles y llanos, y allí arriba, en la cumbre, hablamos de nuestras preocupaciones, de literatura, de filosofía, de poesía, de religión, del inmortal anhelo de inmortalidad sobre todo, pero no de sociología.
Hablamos también de esa América y de la suerte singular que en ella corre la literatura francesa, siendo admirados ciertos escritores que apenas cuentan en su propia patria y pasando inadvertidos no pocos de más hondo valer. Y aquí, en España, ocurre con la literatura francesa algo parecido.
Pero no es de esto de lo que debo ahora tratar. Se despega de la cima.
Salamanca, agosto de 1911.
Ciudad, Campo, Paisajes Y Recuerdos
Así es, Rebechi amigo--pues a darle este titulo su carta me autoriza--, así es: el recuerdo del campo y la esperanza de volver a él es una de las cosas que más y mejor nos sostienen en medio del tráfago de las ciudades. ¿Hay acaso placer mayor que, sentado en las largas noches de invierno junto a la leña que arde y zumba en la chimenea, soñar en un paisaje favorito? ¿Hay algo como, viendo el fuego de las lenguas de llama, recordar el de las lenguas de agua en la rompiente de las olas? Las dos cosas que más se parecen son el juego de las crestas de la ola marina, empenachadas de espuma, y el fuego de las crestas de la llama del hogar.
Lo comprendo, ¿que lo comprendo? No, lo he sentido; he sentido al retirarme al reposo y silencio del lecho, después de un día de duro trabajo y de agitación ciudadana, y allí, en el silencio y el reposo, entre cobijas, soñar, con un libro de viajes en la mano, montañas, valles, ríos, mares y cielos libres.
Aun hay más, y es que durante el verano y en las siempre breves vacaciones de que durante el curso puedo gozar, salgo a hacer repuesto de paisaje, a almacenar en mi magín y en mi corazón visiones de llanura, de sierra o de marina para irme luego de ellas nutriendo en mi retiro. Así como también llevo al campo el recuerdo de las espléndidas visiones de esta dorada ciudad de Salamanca, cantada por mí hace algunos años.
El follaje de estas pardas encinas de Castilla, de estos árboles solemnes que brotan de la roca misma, de las entrañas de la tierra, es inmoble al viento, es apretado y denso, y es perenne. No cae en invierno como cae el follaje más blando y más movedizo de los robles. La encina parece un árbol férreo, ni el vendaval la dobla o la sacude, como hace estremecer al chopo la más ligera brisa. Y denso, inmoble y perenne es también el follaje de piedra de estos viejos monumentos salmantinos. Las piedras doradas por soles de siglos de nuestra catedral, de nuestro templo de San Esteban, de nuestra Universidad, son como el follaje de las encinas. Y así, al contemplar los pináculos de la catedral, sueño en las encinas de las anchas navas, y al apacentar mi vista y mi corazón en éstas me corre por dentro, en curso soterraño del alma, el recuerdo de las piedras hojosas de nuestros monumentos de arenisca.
Así llevo la ciudad al campo y traigo el campo a la ciudad. Pero la ciudad que es a su vez también campo, la ciudad hecha naturaleza serena, impasible y noble. Una catedral es también un bosque, y hay paisajes, verdaderos paisajes ciudadanos, sobre todo en las viejas ciudades, en aquéllas sobre cuyos monumentos y viviendas han pasado los siglos que sobre un bosque pasan. Cuando una casa ha abrigado generaciones de hombres acaba por hacerse algo campestre.
Pero hay otra ciudad que ni llevo ni quiero llevar al campo, hay otra ciudad que gozosamente dejo aquí cuando voy a retemplar entre valles y montañas mi fibra, cuando voy a remontarme al hombre primitivo. Y es la ciudad odiable y odiosa del trajín social, de los cafés, de los casinos y los clubs, de los teatros, de los parlamentos, la odiosa ciudad de las vanidades y las envidias. Huyo de esta ciudad, en cuanto puedo. El campo es una liberación.
Triste tarea, amigo, la de tener que pasarse el día haciendo números, sobre todo si son de numerario ajeno. Allá en mis mocedades bilbaínas la mayor parte de mis amigos de excursiones y correrías monteses eran escribientes encargados de la correspondencia o tenedores de libros de casas de comercio, y el campo les servía preferentemente para maldecir del escritorio. Y eso que todos ellos servían leal y concienzudamente a las casas que los ocupaban dándoles de ganar. Comprendo muy bien, pues, que usted, amigo, en los descansos de su labor, y cuando cruce las anchas y largas avenidas de esa gran capital del sur de América, se acuerde de aquel su nativo «huraño villorrio» italiano que se esconde como perseguido entre una cima complicada del generoso Apenino, según me dice en muy castizo castellano.
¡Me mienta usted en su carta al Apenino! ¡Dulce recuerdo! Hace ya de esto veintidós años, no teniendo yo todavía entonces más que veinticinco, en el verano de 1889, cuando lleno de mi tierra vasca atravesaba ese generoso Apenino en uno de cuyos repliegues se esconde el lugarejo en que usted nació. Y al atravesarlo y contemplar sus valles, sus encañadas y sus pueblecitos, recordaba a mi Vizcaya. Todas las notas de aquel mi viaje de mocedad, que asentaba noche a noche, al correr de la pluma, en un cuarto de hotel, están llenas de mi tierra nativa. Al entrar en Italia empezaron a desfilar a mis ojos los clásicos pinos italianos, en parasol, que me traían el recuerdo de uno hermosísimo que hay a la entrada de Guernica, de donde es y donde vivía entonces y me esperaba la que dos años más tarde había de hacerse mi mujer. Los Apeninos vistos desde Florencia, desde esta ciudad para mi encantada que llevo en el fondo de mi alma a partir de entonces, los Apeninos aquéllos me recordaban la cordillera de Archanda, a cuya sombra se cernieron los ensueños de mi juventud. Al subir el Reno, yendo de Pistoya a Bolonia, me invadió el recuerdo de la subida de Orduña, según se pasa de los valles del país vasco a la llanura castellana, esta subida que traspuse la primera vez cuando a mis diez y seis años fuí a Madrid a empezar mi carrera, cantando el _Agur, nere biotzeko_, un zortzico de Iparraguirre, y con lágrimas en los ojos que iban a empezar a no ver su tierra. En aquella misma Florencia, en esa Florencia de mi deslumbramiento juvenil y que consideraría una desgracia de mi vida no poder volver a verla, escribí una noche: «¡Mi Florencia! Hace un tiempo bilbaíno, a ratos sol y a ratos nubes. Las calles, tan tranquilas; el aspecto de mi Bilbao». Hoy no les encontraría esta semejanza, pues no la tienen. Y hasta las oposiciones suscitaban el recuerdo de mi tierra, ya que hay una asociación de ideas por desemejanza. Los bueyes blancos de su tierra de usted, amigo, me recordaban a los bueyes rojos--_aidá! gorri!_--de color de barquillo, de la mía. Servíame la ajena para reencender la ternura por la mía propia. Y por esto le cobré tanto cariño.
Aquellos paisajes que fueron la primera leche de nuestra alma, aquellas montañas, valles o llanuras en que se amamantó nuestro espíritu cuando aún no hablaba, todo eso nos acompaña hasta la muerte y forma como el meollo, el tuétano de los huesos del alma misma. Porque ésta tiene su esqueleto, excepto en aquellos desgraciados que la tienen mucilaginosa, invertebrada, a modo de pulpo o de esponja o de limaco. Pero para quien tiene alma vertebrada, con huesos que la mantengan en pie y mirando al cielo, esos huesos se nutren de un tuétano que está hecho con las serenas y nobles visiones de la niñez lejana.
Viajar, sí, viajar, pero no sólo para poder contarlo luego y decir en el sosiego de la casa a los hijos, a los amigos: «¡También yo estuve ahí!», que esto las más de las veces no pasa de vanidad, de esa vanidad de _parvenu_ norteamericano, de especiero neoyorquino o de salchichero chicaguense, sino además, y sobre todo, para recordarlo y paladearlo a solas y para encender con el recuerdo de esos viajes a ajenas tierras el tibio y recalentador apego al rinconcito en que se nació o en que se vive en nido propio.
Pero ¿para qué viajan la mayoría de los que viajan? ¿Hay algo más azarante, más molesto, más prosaico que el turista? El enemigo de quien viaja por pasión, por alegría o por tristeza, para recordar o para olvidar, es el que viaja por vanidad o por moda, es ese horrible e insoportable turista que se fija en el empedrado de las calles, en las mayores o menores comodidades del hotel y en la comida de éste. Porque hay quien viaja, horroriza el tener que decirlo, para gustar distintas cocinas. Y otros para correr teatros, cafés, casinos, salas de espectáculos, que son en todas partes lo mismo y en todas igualmente infectos y horrendos. Y hay quien viaja, lo he dicho antes de ahora, por topofobia, para huir de cada lugar, no buscando aquel a que va, sino escapándose de aquel de donde parte.
Y hay también, sí, hay la tristeza de los viajes. Como escribía desde Atenas a Luisa Colet aquella estupenda naturaleza de artista y de soñador que fué Gustavo Flaubert, «por mucho que se viaje y se vean paisajes y pedazos de columnas, eso no alegra. Se vive--añadía--en un entumecimiento perfumado, en una especie de soñolencia, en que pasan bajo los ojos cambios de decoraciones y junto al oído melodías súbitas: ruidos de viento, rodar de torrentes, esquilar de rebaños. Pero no se está alegre, se sueña demasiado para estarlo». Y aquel mismo año, desde Roma, a Ernesto Chevalier, su amigo, diciéndole: «De todas las orgías posibles es el viajar la mayor que conozco; es ésta la que se ha inventado al llegar la fatiga de las otras. La creo más perniciosa a la tranquilidad del espíritu y a la bolsa que pueda serlo el vicio del vino o el del juego».
Mas hay que tener en cuenta que estos últimos conceptos y sentimientos acerca de los viajes proceden de Flaubert, de un voluptuoso imaginativo, de un hombre que idealizó la voluptuosidad, de uno que dijo de sí mismo (en otra carta a la Colet):
«He nacido con un montón de vicios que jamás se han asomado a la ventana. Me gusta el vino; no bebo. Soy jugador y nunca he tocado un naipe; me agrada la crápula (acaso sería mejor traducir _débauche_ por juerga o por farra) y vivo como un monje. Soy místico en el fondo y no creo en nada». El hombre que tan bien se definía con esas frases, el estupendo esteta y artista que llevó al último grado de perfección el sugerirnos sensaciones, es enteramente natural que encontrase tristes los viajes. Su poderosa imaginación soñaba en ellos demasiado para poder él estar alegre. Y en los viajes buscaba sensaciones, y sensaciones violentas y fuertes. Quien haya leído _Salambó_ comprenderá al hombre; al hombre enamorado de lo monstruoso, del Oriente enorme de los elefantes y las pagodas.
Pero no es lo mismo para aquel que encuentra en el campo un Evangelio y absorbe en la montaña, tanto más que efluvios estéticos, efluvios éticos. Porque el campo libre es una lección de moral, de piedad, de serenidad, de humildad, de resignación, de amor. El campo nos ama, pero nos ama sin fiebre ni frenesí, sin violencia. Y en el campo se ahogan nuestras dos semillas ciudadanas o sociales más malignas, que son la de la vanidad y la de la envidia. ¿Quién puede envidiar a otro cuando le adivina allí, a lo lejos, perdido en un repliegue de lontananza, visto desde la cima de una montaña? ¿Quién se siente envanecido y pagado de sí a la orilla del mar, frente a la inmensa sábana ondulante?
¡Desdichado del hombre que se aburre si tiene que permanecer solo unos días en medio de la campiña libre! ¡Desdichado del hombre que no puede prescindir del ruido y el trajín de sus prójimos!, porque este tal no se ha encontrado a sí mismo, ni ha sabido siquiera buscarse, ni se ve sino reflejado en los demás.
La más sublime lección de moral que han oído los siglos y las tierras es el sermón llamado de la montaña, aquel en que nos introduce el capítulo V del Evangelio según Mateo, con estas sencillas pero excelsas palabras: «Y viendo a las turbas subióse al monte, y habiéndose sentado él acercáronsele sus discípulos, y abriendo su boca les enseñaba diciendo: Bienaventurados los pobres de espíritu, etc». Y sigue todo el sublime código de la perfección cristiana. Desde una montaña, el Sinaí, envuelta de collar continuo en fragor de tormentas, de relámpagos, fué promulgado por Moisés el Decálogo a su pueblo y desde un monte sereno de Palestina, un olivar acaso, dulce y perfumado de sol, se vertió sobre los hombres las más santas enseñanzas. Subido en el monte, sentado en él como en un trono, y en su derredor, recostados en el suelo, al toque de la santa madre tierra, sus discípulos, abrió Jesús la boca para dejar fluir de ella, como río que brota de una laguna montañesa inagotable, el manantial de su doctrina.
La prueba más grande por que puede pasar un orador es conmover a una muchedumbre iluminada por el sol libre, dando en campo abierto, al aire libre, sus palabras. Y hay quien funda su opinión de que el más grande orador popular que en lo humano se haya conocido es O'Connell, porque arrebataba a las muchedumbres de campesinos irlandeses hablándoles así, al aire libre de la patria, y haciendo intervenir hasta al trueno en sus arrebatadas arengas. Y Demóstenes hablaba en el ágora, en la plaza pública, no dentro del salón de un parlamento.
Vengamos al teatro, y es seguro que dramas aplaudidos en nuestros salones de representación, en aquel ambiente confinado, a la luz artificial, recibiendo actores y actrices el reflejo de las candilejas, que produce en el rostro sombras anómalas--de luz que viene de abajo arriba--, entre árboles y rocas pintados en lienzo, esos mismos dramas resultarían ridículos y hasta grotescos al aire libre, representados en el claro de un bosque o en un teatro antiguo. Este mismo verano vi en un pueblo de la sierra de Francia, en la Alberca, un drama moderno miserable y pésimamente escogido, _Los dos virreyes_, representado al aire libre, en la plaza del pueblo, delante de la iglesia, sobre un tablado y bajo un toldo que defendía a público y actores del sol. Y en aquel escenario, en que habrían no ya conservado, sino realzado su grandeza el _Prometeo_, el _Edipo_, la _Fedra_, el _Rey Lear_, el _Hamlet_, _La vida es sueño_, el _Don Álvaro_, resultaba profundamente grotesco aquel desdichado drama que tan mal se escogiera. Y no digo nada si en vez de ser en la plaza del pueblo, que al fin algo tiene de teatro en el mal sentido de esta palabra, hubiese sido en el repliegue de una montaña, allí cerca, en un castañar al pie de la Peña.
Tiene usted, amigo, que leer ciertos libros en el silencio y recogimiento de su cuarto, acostado en su cama, entre cobijas, para soñar allí en el campo. ¡Oh, si pudiese usted leerlos en el campo mismo! Aunque no, al campo se debe llevar un libro; pero es para dejarlo junto a sí, sobre la verde hierba, y quedarse mirando al cielo, teniendo conciencia de que se le tiene al libro allí junto, pero que se le tiene cerrado y silencioso. Y en el campo no se deben leer libros en que se describa el campo mismo, libros de viajes o de paisajes.
La mejor lectura en el campo es la de los evangelios de todas clases o la de una tragedia humana. Tuve, sin embargo, yo un pobre amigo--y le llamo pobre porque se murió joven--que se subía a Archanda, a una pequeña cordillera que no se levanta más de 400 ó 500 metros sobre Bilbao, y sentado allí, contemplando la otra, más alta cordillera (el doble), de la otra orilla de la ría poníase a leer las descripciones que de los Alpes hiciera Rousseau. Y me aseguraba que la ilusión era completa. Y yo, que le conocía, creíaselo. Además de que el efecto y la sensación que las montañas nos producen, no crece, ni con mucho, a medida de su altura. Porque así como desde un globo que se eleva a 2.000 metros sobre el suelo no se abarca con la vista doble extensión de terreno que se abarcaba cuando sólo había subido 1.000, ni muchísimo menos, así el efecto de las montañas no crece con su altura. Habiendo de tenerse además en cuenta su altura, no sobre el nivel del mar, sino sobre el campo circundante que las rodea. Y de aquí que no sean las montañas más elevadas del mundo las que producen efectos más emocionantes a los que suben a unas y a otras. Son muchos los que prefieren los Pirineos a los Alpes y los Alpes a otras cordilleras más altas.
El Ganecogorta, que junto a Bilbao se eleva a escasamente 1.000 metros, me ha parecido siempre tan imponente como cimas de 2.500 a que he ascendido aquí, en Castilla. Y estoy seguro de que cimas de 5.000 a 6.000 metros no me producirían no ya doble impresión, si esto pudiese medirse, que otras de 2.500 y 3.000 me han producido, pero ni siquiera tan grande. La altura geométrica es de una importancia secundaria en el respecto estético. Y una cosa parecida ocurre con los lagos y con los ríos.
Y sobre todo, ¿qué puede competir con el arroyuelo de nuestra aldea natal, con aquél que bajaba cantando junto a nuestra cuna y brezó nuestros sueños de la infancia? Yo no nací en aldea, ni por mi pueblo natal cruza un arroyo, sino una ría, una ría apretada entre pretiles, que es hoy un canal, una ría de reflejos metálicos, sucia de ordinario con escurrajas negras de carbón y rojas de mena de hierro, una ría que se hincha a las horas de la marea con el agua del mar cercano, y luego, en bajamar, se convierte casi en una cloaca; una ría que parece arteria de enfermo, cubierta por el cordaje de los buques, y en el rizo de cuyas leves ondas cabrillea el reflejo de estos buques mismos; pero esta ría, este melancólico Nervión, ¡qué de remembranzas no agolpa a mi mente! ¡Cómo recuerdo los días de mi fugitiva infancia, en que subido con otros amigos sobre un banco, a la orilla de la ría, cuando entraba en ésta aquel vapor de ruedas prorrumpíamos a coro a canturrear su nombre, exclamando: ¡El pri-me-ró d'España! ¡El pri-me-ró d'España! ¡El pri-me-ró d'España!» Que así, _El primero de España_, se llamaba aquel vapor. ¡Oh felices días! ¿Dónde volveremos a encontraros sino en el nativo campo?
Salamanca, octubre de 1911.
Hacia El Escorial
Vacaciones de Semana Santa, siete días de asueto; a correr y a ver tierras, a orear los pulmones, la vista y el ánimo, a seguir conociendo España, abrazando su cuerpo. Fin de la salida El Escorial, pero por camino largo, tomándolo a sorbos, poco a poco, a modo de quien lo saborea.
Primera parada en Medina la del Campo, la ya antigua conocida, la de la famosa feria secular, aquélla en que dió su último suspiro la reina católica, Isabel la Grande.
Allí se alza la ruina del castillo de la Mota, donde entregó aquella mujer extraordinaria su alma magnánima a Dios. Se alza el torreón hecho jirones y a la caída de la tarde remontaba desde él al cielo de ocaso su vuelo una bandada de grajos. Los baluartes se van desnudando de su recubrimiento de ladrillo. Y aquella masa ingente donde se dictó aquel famoso testamento de Isabel la Católica, aquél en que dícese se habla de nuestra misión en África, mira al cielo con una inmensa resignación. Y una inmensa resignación desciende del castillo y se esparce por la llanura toda donde apunta el verde de las mieses.
Lugar el más santo para meditar en lo que pasa y en lo que queda, en la España temporal y en la España eterna, allí, junto al castillo de donde voló desde la España terrena a la celestial aquella alma de mujer fuerte. Alma de mujer, pero de mujer entera y varonil, como el alma de la patria que hizo, alma también de varona. Y otra varona, Teresa de Jesús, expresó un siglo después sus eternas ansias.
Érame una antigua obsesión la de visitar la ciudad de Olmedo. Atraíame a ella aquella parte de muralla, vestida de saúcos y plantas trepadoras, que al correr el tren se divisa. ¡Porque eso de ver al pasar un viejo pueblo, relicario de recuerdos, que duerme al sol guardado por sus murallas!... ¿Qué habrá allí dentro? ¡Y luego el prestigio histórico! Veníamos de Medina la del Campo, de junto a aquel castillo en que la gran Isabel muriera: íbamos a Olmedo, donde se dió la batalla a que debiera el trono.
A mediados del siglo XV subió al trono de Castilla, por muerte de D. Juan II, aquel pobre rey Enrique IV, por sobrenombre--nada halagüeño ciertamente--_el Impotente_. Era un pobre varón--si es que lo era--de cuerpo amasado con linfa y alma hecha de poquedad, lo que necesitaban aquellos turbulentos nobles que le habían enfrentado a su padre. Miserable fué el reinado de este infeliz. El P. Sigüenza, uno de nuestros más castizos escritores sin duda, en su _Historia de la Orden de San Jerónimo_, dice que «como el rey don Henrique quarto no tenia hijos herederos y en su gobierno procedía con tanta blandura, que todos imprimían en él lo que querían, estaba el Reyno y los grandes desgustados, todo lleno de inquietud, alborotos, divisiones; vivían unos como querían y otros como podían o los dexavan». Y así levantaron algunos frente a D. Enrique al infante don Alonso, hermano del rey y de doña Isabel. Entre los nobles más turbulentos del partido adverso al rey, estaba aquel D. Juan de Pacheco, «hombre de grandes mañas, de quien se decía públicamente que tenía tanta arte en traer a su voluntad las de los que con él tratavan, que ponía sospecha si era más que ingenio humano»--dice de él nuestro P. Sigüenza--. «Era el pobre rey--dice este mismo escritor--de claro entendimiento, mas de una voluntad remisa, ineficaz, sin irascible, y digámoslo así, apocada, de donde nacían tantos males».
¡Y tan sin irascible el pobre Impotente! Como que divorciado de su primera mujer, la infortunada Blanca de Navarra, volvió a casarse en 1462 con la princesa Juana de Portugal, de quien fué amigo D. Beltrán de la Cueva, gran maestre de Santiago por obra y gracia del rey, ya que por obra y gracia de D. Beltrán llegó el rey don Enrique a ser padre, siquiera putativo, de la princesa doña Juana, a quien dió la malicia en apodar la Beltraneja. Y aquel D. Juan Pacheco, el del ingenio más que humano, esto es, diabólico, púsose frente al valido y cirineo del matrimonio del rey, y protestó del reconocimiento de la Beltraneja, adoptando como heredero al trono al infante D. Alfonso, hermano del rey. Los descontentos nobles destronaron al rey en efigie en las afueras de Ávila de los Caballeros, y vino la lucha entre don Beltrán, que apoyaba a la Beltraneja, y los acaudillados por Pacheco. Y fué cerca de Olmedo, al pie de unos pelados cerros blancos, donde ambos ejércitos se encontraron, guiado uno por D. Beltrán y el otro por el belicoso arzobispo de Toledo, Carrillo. A esta batalla, que quedó indecisa, se siguió un período de anarquía, y la muerte del infante D. Alfonso, envenenado, trajo a la historia a Isabel la Grande, hermana de padre del pobre Impotente. La voluntad que a éste le faltaba teníala ella, la varona. Y he aquí cómo entra Olmedo en los recuerdos de la gran reina.
El camino de Medina del Campo a Olmedo, más de veinte kilómetros, lo hicimos casi todo él a pie, parte en un carro de unos trajinantes en vino. Dejábamos atrás, destacándose sobre el cielo de la tarde, la mole del castillo de la Mota. A un lado y otro tierras de pan llevar, luego un pinar que atravesamos, una pequeña revuelta del camino para atravesar un río, el Adaja, el río de Ávila, que ofrece de pronto una rinconada de melancólico recogimiento, y al trasponer una cuesta las murallas de Olmedo y sus torres derritiéndose en la luz del atardecer.
Por una puerta de la muralla entramos en el pueblo. Uno de esos espaciosos pueblos castellanos, abiertos, claros, llenos de luz, llenos de anchura, con vastas plazas al pie de una iglesia de ladrillo que abriga tal vez a un álamo centenario, con su gran plaza de arquillos, donde toman el sol y comentan las últimas noticias de los diarios de la tarde los desocupados del pueblo. El vaho por dondequiera de una vida de sosiego, tal vez de modorra, turbada tan sólo de vez en cuando por unas elecciones o por alguna cacicada. Y en la plaza de junto a la iglesia mayor, al otro día de nuestra llegada, el de Jueves Santo, cuando la procesión va a sacar a la luz y el aire libres los viejos pasos, el trágico nazareno de manto morado y amoratado rostro, con su cruz a cuestas, en esa hora de tradición católica el grupo de las señoritas del pueblo y el grupo de los cinco o seis estudiantes que hay en él y que tienen a aquéllas por novias. De un lado las imágenes de la pasión y aquellos graves varones, de larga capa, con sus largas varas y sus birretes--casi parecían doctores--y de otro lado, haciendo como que miran al Cristo azotado, pero mirándose a los ojos, los novios del pueblo. Pasarán estas vacaciones de Semana Santa, se volverá el estudiante a Valladolid o a Madrid a proseguir sus estudios, y no olvidará aquella tarde de Jueves Santo, en que la plaza de su niñez vió a la novia, toda de negro, al pie del Nazareno, que murió por amor a los hombres.
La Semana Santa es una de las épocas del año que más suele ir unida a la historia de los recogidos y apacibles noviazgos de los pueblos, y ese trágico Nazareno que pasea en esos días lo morado de su manto y de su rostro por las abiertas plazas de los pueblos, ha sido y es uno de los más eficaces casamenteros. ¿Quién que sepa el portugués no conoce aquella tiernísima poesía de João de Deus, titulada _Encanto_? Es aquélla que empieza:
_Passavas como rainha_
pasabas como una reina. Y anduvo con ella el poeta por Semana Santa de templo en templo, y ella en su traje austero y grave, toda de negro, que era un gusto ver no sé qué suave luz bañarle las manos, el rostro, una luz como la que baña a los ángeles del cielo.
Días solemnes éstos de Semana Santa en los pueblos. Es el día en que se les ve al juez y al alcalde vestidos de levita y con su sombrero de copa alta, seguidos de la Guardia Civil--ésta de gala--que haya en el pueblo recorrer las estaciones. Y al verlo sienten los niños la singular solemnidad del día.
El posadero de la posada en que nos alojamos, un posadero típico del linaje de los cervantinos. Cocinero a la vez y que se jactaba de guisar cualquier plato sin echarse la menor mancha a la inmaculada blusa corta. Y su hija, una muchachuela, decía al servirnos en aquel Jueves Santo unas rosquillas fritas con manteca de cerdo: «¡Ay, por Dios, que van ustedes a pecar! ¡Ay, por Dios!». ¡Y Él haga que no llegue nunca la cándida muchacha a otra comprensión del pecado!
Desde Olmedo fuímonos a Arévalo, otra ciudad isabelina de las que recorría y en que administraba justicia aquella reina andariega. Y este Arévalo fué de los más prontos, dicen, en acudir al llamado del rey de Navarra para batir a los moros en las Navas de Tolosa, por lo que figura en su escudo de armas un caballero saliendo de un castillo, tal como se ve, entre otras tallas, en piedra, en una graciosísima de la antigua alhóndiga. Y este Arévalo fué de las ciudades que cuando la guerra de Comunidades de Castilla peleó contra los comuneros al lado del emperador, y de Arévalo fué el famoso alcalde Ronquillo.
Se tiende al sol de Castilla Arévalo, y a su cielo eleva las torres de sus iglesias y conventos en la lengua de tierra que forman la confluencia del Adaja con el Arevalillo. Es como en un promontorio, con escarpes pintorescos a los ríos. Y en la punta misma de esa lengua, en la altura que domina el emboque de ambos ríos y los dos puentes, álzanse las ruinas del viejo castillo. Un macizo torreón de piedra que habla de viejos enconos y de los días de la trabajosa fragua de la nacionalidad. Y dentro de las ruinas del castillo, en el recinto de sus desgastados muros, las ruinas de un cementerio en que ya no se entierra.
¿Habéis visto algo más melancólico y más lleno de sentido trágico que un camposanto abandonado, que las ruinas de un cementerio? Penetrantes son las ruinas de la vida, pero mucho más las ruinas de la muerte, las ruinas de la ruina. Un viejo cementerio abandonado, una sola tumba vacía, es acaso lo más hondo de sentir que puede encontrarse en el peregrinaje de la vida. Recordé el «Dios mío, qué solos se quedan los muertos», de Becquer, y aquella inmortal elegía de Tomás Gray al cementerio de aldea. Más de una vez los pintores han tratado el asunto a que suele titularse «la cuna vacía», pero es más hondamente trágico el de la tumba vacía. Y recordé también--¿por qué no ha de serme permitido citarme a mí mismo?--aquel final de uno de mis sonetos:
¡Hasta los muertos morirán un día!
Parecía aquel cementerio abandonado en las ruinas de un castillo una colmena sin abejas. Los nichos abiertos nos miraban.
La ciudad misma todo recuerda menos la muerte. El tópico ése de lo sombrío de los pueblos de Castilla es un embuste. Anchas y muy despejadas plazuelas en que niños, ancianos y adultos toman el sol, la gran plaza del mercado con sus soportales, mucho cielo arriba y mucha luz en el cielo. Y en derredor una vasta campiña de pan llevar, con acá y allá las manchas verdinegras de los pinares, y en el fondo, uniendo la tierra al cielo, la sierra coronada de nieve. Y sube de la tierra una gran serenidad a juntarse con la serenidad grandísima que baja del cielo.
Y vive en estos pueblos una casta a la que se le está calumniando de continuo, una casta serena y cauta que no avanza un pie hasta que tiene bien asentado el otro, una casta sin impaciencias, que progresa paso a paso, sin fiebre progresista, porque no quiere tener que dar pasos atrás, recelosa si queréis, pero segura. Una casta que ha sido víctima de la leyenda y de la contra-leyenda, cuya historia de hoy, de lo que hace, piensa y siente, está tan por rectificar como la historia de su antes de ayer, de lo que hizo, pensó y sintió.
No tenéis, en efecto, sino ver cómo las preocupaciones políticas del pasado siglo, enturbiaron la clara visión de la lucha de los comuneros, empeñándose en ver en estos nobles turbulentos y sus secuaces a los precursores de los liberales y demócratas de hoy, y en el emperador, que era acaso el verdadero demócrata, una especie de tirano que iba a ahogar libertades populares. Y así ha sido casi toda la historia que se hizo en España bajo la preocupación de las luchas políticas del momento: una traducción, las más de las veces infiel, del pasado al presente del historiador. Y luego fueron los historiadores protestantes los que lograron imponernos en gran parte su tendenciosa y falsificada interpretación de la contra-reforma española, que era una reforma también.
Recorriendo estos viejos pueblos castellanos, tan abiertos, tan espaciosos, tan llenos de un cielo lleno de luz, sobre esta tierra serena y reposada, junto a estos pequeños ríos sobrios, es como el espíritu se siente atraído por sus raíces a lo eterno de la casta.
Salamanca, abril de 1912.
En El Escorial
Llegamos a El Escorial el día de Viernes Santo por la tarde y a punto aún de ver, puesto el día, la entrada de la procesión en la soberbia iglesia del Real Monasterio. Iglesia en que he entrado por vez primera al recordarse en ella la muerte de Cristo.
Porque aunque a alguien pueda parecerle mentira habiendo pasado tantas y tan largas temporadas en Madrid, jamás me había llegado antes a esa llamada octava maravilla, a ese monasterio que no debería haber español alguno españolizante--esto es, dotado de conciencia histórica de su españolidad--que no visitase alguna vez en su vida, como los piadosos musulmanes la Meca, y ello, aparte de sus ideas, ya sea para bendecirlo, ya para execrarlo.
Pues lo cierto es que apenas hay quien se llegue a visitar El Escorial con ánimo desprevenido y sereno, a recibir la impresión de una obra de arte, a gozar con el goce más refinado y más raro, cual es el de la contemplación del desnudo arquitectónico. Casi todos los que a ver El Escorial se llegan, van con antojeras, con prejuicios políticos o religiosos, ya en un sentido, ya en el contrario; van, más que como peregrinos del arte, como progresistas o como tradicionalistas, como católicos o como librepensadores. Van a buscar la sombra de Felipe II, mal conocido también y peor comprendido, y si no la encuentran, se la fingen.
En el tomo de las guías Baedeker dedicado a España y Portugal--y sabido es hasta qué punto estos tomos representan la ortodoxia del turismo--o como si dijésemos su escritor alemán Justi--tan conocido por su obra sobre Velázquez--hay un pasaje en que al hablar de El Escorial nos dice que es un ejemplo de lo que puede la voluntad y de lo que no puede. «La voluntad es todopoderosa, se dice--añade--; lo es en ciertos terrenos de la realidad, pero es incapaz de crear una sola obra de genio. Y es esta chispa divina lo que faltó a la empresa de Felipe II. Tuvo la desgracia de pertenecer a una época que no brillaba ni por la fuerza creadora ni por el gusto. No era, sobre todo, a propósito para crear un monumento del más elevado arte religioso. Se le impuso, pues, al conjunto, un dibujo geométrico riguroso y a la ejecución un estilo, del que exaltaron sus contemporáneos la noble sencillez y sus admiradores la majestad, pero al cual no se le reconoce hoy sino una aridez repulsiva. El procedimiento seguido por el regio director que lo prescribía todo, hasta el último detalle, su disposición sombría a quitar de los proyectos las formas que le parecían demasiado ricas o demasiado presuntuosas; todo esto y muchas otras circunstancias debieron paralizar el entusiasmo creador... Sin libertad, no hay ni belleza ni verdad.
«El espíritu de severa etiqueta que Felipe impuso a la corte de España y que tan deplorablemente obró sobre las fuerzas mentales de sus sucesores, revélase en su obra que parece mirarnos con un poder de fascinación casi petrificante. El único encanto de El Escorial es formar como una parte integrante del paisaje de que está rodeado, lo cual no había sido previsto por sus constructores».
Este tan típico pasaje de Justi, en que se calumnia al Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, no menos que a su fundador, al prudente rey Don Felipe II, se le ha calumniado, es un modelo de juicio que quiere ser estético y no es sino político.
He dicho ya que nada hay tan difícil como gustar el encanto del desnudo arquitectónico. El desnudo escultórico y el pictórico, como suelen ser desnudo humano, están mucho más al alcance que el desnudo arquitectónico, y más si éste es de un templo. A mí por mi parte me ocurre que cuando veo en un edificio un adorno cuya función arquitectónica no comprendo, se me antoja que está allí para tapar una grieta o un defecto de construcción. Y al llegar a El Escorial, desde esta plateresca y en gran medida churrigueresca Salamanca, la mayor parte de cuyos edificios no pecan, ciertamente, por su sencillez y severidad, sino que están recargados de follaje, mi vista descansaba en las líneas puras y severísimas del monasterio de El Escorial, en aquella imponente masa todo proporción y todo grandeza sin afanosidad.
Cree Justi que la época de Felipe II no fué una época de gusto, mas habría que preguntarle de qué gusto. Ciertamente que no del suyo. Pero esto del gusto es de lo más superfluo y variable que hay. Añade que no fué una época a propósito para crear un monumento del más elevado arte religioso, mas aquí habría que conocer no tanto el sentimiento estético cuanto el sentimiento religioso de Justi y de los que como él o detrás de él piensan. Lo de la aridez repulsiva merece un párrafo aparte.
Eso de hablar de la aridez repulsiva de El Escorial, como hablar de lo sombrío de su carácter, carece, en rigor, de valor estético, pues falta probar que lo árido y lo sombrío no puedan ser hermosísimos. Áridas son las pirámides de Egipto, árido es el desierto, mas yo no sé que pueda negarse inmensa hermosura a las unas y al otro. El desierto es, a su modo, tan hermoso como un bosque.
Es como cuando se habla del campo de Castilla, de los solemnes páramos de la Mancha y se dice que son áridos y tristes, queriendo decir con eso que son feos. Y debo confesar que a mí me produce una más honda y más fuerte impresión estética la contemplación del páramo, sobre todo a la hora de la puesta del sol, cuando lo enciende el ocaso, que uno de esos vallecitos verdes que parecen de Nacimiento de cartón. Pero en el paisaje ocurre lo que en la arquitectura: el desnudo es lo último de que se llega a gozar. Hay quien prefiere una colinita verde, llena de arbolitos de jardín, a la imponente masa de uno de los grandes gigantes rocosos de la tierra.
Saca en seguida a relucir Justi lo del carácter sombrío de Felipe II--este ya tradicional lugar común--y lo de que proscribiera lo demasiado rico y presuntuoso. Y luego viene lo consabido: lo de la libertad, la severa etiqueta de la corte de España, etc. Todo lo cual delata que en vez de un juicio estético se trata de un juicio político. Y no se olvide que Justi pertenece a la nación de Lutero, a aquellas tierras en que se llegó a llamar a Felipe II el Demonio del Mediodía.
Tomad, en cambio, la estupenda _Historia de la Orden de San Jerónimo_, del P. F. José de Sigüenza, que la escribió en El Escorial y mientras éste se construía, y que asistió a los últimos momentos de Felipe II. Los libros tercero y cuarto de la tercera parte de esta obra están dedicados a describir El Escorial. Y a fe que apenas se encontrará en castellano estilo que mejor convenga al del monasterio que el estilo literario de la obra del P. Sigüenza, obra que es una especie de Escorial de nuestra literatura clásica--modelo de sencillez, de sobriedad, de majestad y de limpieza. También la obra del P. Sigüenza puede a primera vista producir un cierto efecto de monotonía y desnudez, ya que en ella se suceden los relatos de las vidas de aquellos recogidos varones jerónimos, no de otro modo que en el monasterio se suceden las ventanas de sus celdas, todas unas a otras iguales. Pero ¡qué descanso en la lectura de esas vidas! Soy de los que han leído las 1.240 páginas en folio y de apretada letra de los dos tomos de esa historia en su edición de la _Nueva biblioteca de autores españoles_, que bajo la dirección de D. Marcelino Menéndez y Pelayo publica la casa Bailly Baillière, y es continuación del Rivadeneyra, y aseguro que esa prolija lectura fué para mi espíritu un descanso tan grande como el de contemplar la masa del monasterio desde un prado de la Herrería en que tendí mi cuerpo. ¡Raro placer en tiempos de agitación febril! Porque ni la obra del P. Sigüenza es para hojeada de prisa o leída de viaje, acaso en un tren, ni El Escorial para contemplado de ligero y de paso. El desnudo necesita siempre tiempo, mientras que la hojarasca impresiona desde luego, aunque luego esa impresión vaya amortiguándose.
Hay que leer en el P. Sigüenza el breve relato de la batalla de San Quintín, ganada a Felipe II por el duque de Saboya contra el duque de Guisa y los franceses el día de San Lorenzo de 1554, y que fué el motivo de fundarse para la Orden de San Jerónimo el real monasterio de El Escorial. «El hazimiento de gracias de Filipo por todos estos favores--dice el historiador jerónimo--no fué para que se rematase en un día ni siete, ni parasse en solo el hombre; propuso con mucha resolución edificar un illustrísimo templo al martyr español, que fuesse tan famoso en todo el mundo como su glorioso nombre, donde de día y de noche se celebrasse su memoria y se hiziessen y diessen a Dios para siempre bendición y gracias». Y sigue la descripción del monasterio, la única que haya digna de él, y acaba con su comparación con otros edificios famosos, principalmente con el templo de Salomón, que ni el P. Sigüenza ni ninguno de su tiempo ni de muchos siglos antes vió.
¡Y qué bien entendía el buen jerónimo, el del estilo severo y desnudo, la severidad y desnudez del edificio en que trabajaba! Era el estilo de la verdad, porque «la verdad--nos dice en otra parte--ama mucho la claridad y la desnudez, y la que no es assi, no es verdad». Y él, el buen monje, gustaba de la casta desnudez, pues al hablarnos de un cuadro del Ticiano que representaba a Santa Margarita, nos dice que era «valiente figura, aunque algo corrompida una singular parte della, por el zelo indiscreto de la honestidad; echáronle una ropa falsa en un desnudo de una pierna, que fué grosera consideración». Y cosa grosera debía de parecerle echar falsos adornos sobre el desnudo de los edificios, ya que «no consiste la architectura en que sea deste orden o aquél--nos dice en otro lugar--sino que sea un cuerpo bien proporcionado, que sus partes se ayuden y respondan, aunque no sea sino unas piedras cortadas de la cantera, assentadas con arte, una encima o enfrente de otra, que vengan a hacer un todo de buenas medidas y partes que se respondan».
Alguien se ha atrevido a llamar el Escorial portugués a aquel monasterio, también de jerónimos, de Belén, cercano a Lisboa, prototipo del más hojarascoso estilo manuelino. Fué el mismo rey D. Manuel el que ha dado nombre al estilo, el que a fines del siglo XV fundó esa casa con las riquezas que del extremo oriente afluían a Portugal. Y no cabe, en verdad, oposición mayor al arte escorialense. ¡Eso sí que no es árido! Pero es hojarascoso y no de más fruto estético. Pues en arte como en naturaleza no da más fruto de permanente belleza lo que más hoja cría.
Hablando del cual monasterio de Belén el P. Sigüenza en otra parte de su obra nos dice así: «Y como la arquitectura moderna está siempre adornada de follajes y de figuras y molduras y mil visajes impertinentes, y la materia era tan fuerte, labrávase mal y costaría infinito tiempo y dinero: lo que agora está hecho muestra bien lo que digo. Tiene esta fachada del medio día mucho desto ansí en la iglesia como en el antecoro y dormitorio, que es todo mármol, y lleno de florones, morteretes, resaltos, canes, pirámides y otros mil moharrachos que no sé cómo se llaman ni el que los hazía tampoco». Y él, el buen jerónimo, acostumbrado a cantar dentro de aquel templo del Escorial, todo robustez maciza, al hablar del templo de los Jerónimos de Belén nos dice que «es de una sola nave... y el cruzero es admirable de mucha grandeza, sustentado sobre unos pilares muy flacos y delgados puestos por gentileza más que por necesidad: cosa que a cualquier hombre de buen juyzio en esto ha de ofender en viéndolo». Y añade el siguiente razonamiento de una gran profundidad en estética arquitectónica diciendo así: «Fióse el arquitecto en la fortaleza de las paredes que avían de ser poderosas a sufrir y sustentar el peso y la fuerça de la bóbeda. Y quiso espantar a los que entrassen viendo como en el ayre una máquina tan grande: locura e indiscreción en buena arquitectura, porque el edificio es para asegurarme, y no que viva en él con miedo de si se me viene encima». ¡Y que a seguro y sin miedo de que se le viniese el templo encima, cantaría en el coro de aquel formidable templo de su Escorial, que siendo tan grande parece se nos achica y ciñe por gracia de sus proporciones!
Es como aquellas «pieças de mucho desenfado de que el mismo P. Sigüenza nos habla--alegres, claras y de grandeza que aunque algunos se les ensangosta, a otros se les ensancha el alma viéndose en ellas». Y el alma se ensancha al entrar en aquella iglesia, de columnas como torres, donde nos sentimos a seguro, y donde está la grandeza tan templada y como humanizada por la proporción, que sin perderla parece la fábrica ensangostarse para ceñirse a nuestra seguridad y abrigo.
Grandeza proporcionada y desnudez, y nada de florones, morteretes, resaltos, canes, pirámides y otros mil moharrachos, cuyos nombres ni los que los hacen saben, pues no son cosas definidas y con función propia, tal es el carácter de ese edificio que repugna por su aridez a los que no se detienen lo bastante a dejarse empapar de su austero encanto.
Entra por mucho en juicios como el de Justi, lo repito, la preocupación política o religiosa. Porque no son muchos los que piensen como pensaren y aun siendo muy progresistas y muy literatos, saben ver todo lo que de intensa pasión, puesta al servicio de su causa, había en aquel Don Quijote de covachuela que fué Felipe II. Este hombre singular, preocupado de la salvación de las almas de sus súbditos, fué, como dice muy bien Martin A. S. Hume en su excelente historia de España (_The Spanish people, their origin, growth, and influence_) en su sombrío orgullo, su mística devoción, su poderosa individualidad, la personificación del espíritu de su pueblo», fué «el primer rey verdaderamente español de toda España», identificóse con la obsesión nacional que era «una creencia en la misión especial de los españoles para extirpar la herejía». Llegaron a constituir nuestros abuelos--añade Hume--«una nación de místicos, en que cada persona sentía su propia comunión con Dios y era capaz, en consecuencia, de cualquier sacrificio, de cualquier heroísmo, de cualquier sufrimiento por esta causa». Y ese espíritu severo, desnudo y fuerte habla en las piedras de El Escorial a quien quiere oirlo, piense éste como pensare.
Leed en el mismo P. Sigüenza el relato de la última enfermedad y muerte de aquel Don Quijote de despacho u oficina, cuya arma fué la pluma de mandar. Oídle cuando al recibir el sacramento quédase luego con su hijo a solas y le dice: «He querido que os halléis presente a este acto, para que veáis en qué pára todo. Como en todo fué tan rey y de tan alto ánimo este príncipe parece que aun quiso reynar y enseñorearse sobre la muerte», nos dice el jerónimo. Murió con el crucifijo mismo que su padre el emperador entre las manos. Mandó al arzobispo le leyese la pasión de San Juan. Cerca de la una de la noche fué a hablarle su confesor, y él dijo a los jerónimos que le rodeaban: «Padres, decidme más que quanto más se allegava a la fuente tanto crecía más la sed». Cuando D. Fernando de Toledo fué a darle una de las velas de nuestra señora de Monserrat, el rey le dijo: «Guardadla, que aun no es tiempo», y a las tres de la mañana, al presentársela de nuevo «le miró riéndosele y tomándosela de la mano dixo: Dadla acá, que ya es hora».
«Las últimas palabras que pronunció y con que partió deste mundo, fué dezir como pudo, que moría como católico en la Fe y obediencia de la santa iglesia romana; y besando mil vezes su crucifixo (teníale en la una mano y en la otra la candela y delante la reliquia de San Albano por la indulgencia), se fué acabando poco a poco, de suerte que con un pequeño movimiento, dando dos o tres boqueadas, salió aquella santa alma y se fué, según lo dizen tantas pruevas, a gozar del reyno soberano. Durmió en el Señor el gran Felipe segundo, hijo del emperador Carlos quinto, en la misma casa y templo de San Lorenzo, que avía edificado y casi encima de su misma sepultura, a las cinco de la mañana, quando el alva rompía por el Oriente trayendo el sol la luz del domingo, día de luz y del Señor de la luz; y estando cantando la missa del alva los niños del seminario, la postrera que se dixo por su vida y la primera de su muerte, a treze de setiembre, en las octavas de la Natividad de nuestra señora Vigilia de la Exaltación de la Cruz, el año MDXCVIII, en el mismo día que catorce años antes avía puesto la postrera piedra de todo el quadro y fábrica de esta casa». Allí fué escrita en el real monasterio de San Lorenzo del Escorial la muerte de su fundador, por el padre fray José de Sigüenza, de la Orden de San Jerónimo, hoy extinguida, que fué de esa muerte testigo.
Salamanca, mayo de 1912.
Santiago De Compostela
Santiago de Compostela, en el corazón de Galicia, donde en los siglos de más ingenua y más sencilla fe cristiana se creía estaba el cuerpo del apóstol Santiago el Mayor, el Hijo del Trueno, fué en aquellos siglos un lugar de romerías casi al igual de Roma y de Jerusalén. En cartas geográficas alemanas de la Edad Media se le llama a España «Jacobsland», la tierra de Santiago.
Los piadosos peregrinos que venían del centro de Europa a ese corazón de Galicia traían consigo leyendas, relatos, cuentos y cantares, y fueron sus romerías uno de los vehículos de la cultura europea de entonces. La poesía trovadoresca galaico-portuguesa, la primera manifestación culta del lirismo en lengua romance en la Península, prendió al contacto de chispas traídas de Provenza por los devotos romeros de Santiago.
Camino de Santiago se le llamó a la vía láctea, nebulosa de estrellas que guiaba a los peregrinos al término de sus anhelos, como a los magos su estrella, y la ruta toda hallábase sembrada de santuarios y hospederías.
Está por escribir la historia de la influencia que esas romerías tuvieron en el desarrollo cultural de España, en literatura y en arte, y hasta en su historia política, pues no poco influyeron en el nacimiento del reino de Portugal.
Y hoy, quien desee conocer bien España y respirar lo que aún queda de su viejo ambiente tradicional, no puede dispensarse de una piadosa romería artística a Santiago de Compostela, en el corazón de Galicia. Allá me fuí, pues, desde Pontevedra.
Bordea el tren la espléndida ría de Arosa y pasa luego junto a Padrón, la antigua Iria Flavia, donde dicen que moró más tiempo el apóstol. Y hasta llegan a asegurar--bienaventurados los que así creen--que una piedra que se conserva en la iglesia de Santiago fué la piedra a que se amarró la barca que conducía el cuerpo del apóstol. Pero Padrón, que se alza a orillas del Sar, en una riente vega, nos trae otros recuerdos; recuerdos de poesía. De Padrón fué aquel Juan Rodríguez de la Cámara o del Padrón, poeta cortesano de mediados del siglo XV, que escribió en castellano prosa y versos, y sobre todo _El siervo libre de amor_. «Su prosa vale más que sus versos y su biografía y su leyenda, todavía muy obscuras, interesan más que sus versos y su prosa», escribe Menéndez y Pelayo, el cual añade que la novela de Juan Rodríguez está llena de recuerdos de su tierra natal, notados con toda precisión topográfica. La novela es el relato de unos desgraciados amores de aquel paisano del doncel Macías el enamorado, gallego también.
Y en Padrón vivió, sufrió y murió también Rosalía de Castro y su viudo, Manuel Murguía, llega a afirmar que fué en la casa solariega de los Castro donde nació Juan Rodríguez, el siervo de amor. Al paso del tren se ve la modesta casita llena de recuerdos, con su balconcillo cubierto por enredaderas, con su huertecito delante. Y no lejos de allí corre sumiso y humilde el Sar, casi un arroyo, escondiéndose entre dos filas de árboles, recatándose a miradas indiscretas y como huyendo toda ostentación. En sus orillas escribió Rosalía lo más de aquel libro peregrino, al que apenas si se empieza a hacer justicia, en rimas castellanas, que se titula _En las orillas del Sar_. «¡Cuán hermosa es tu vega, oh Padrón! ¡Oh, Iria Flavia!--mas el calor, la vida juvenil y la savia--que extraje de tu seno--como el sediento niño el dulce jugo extrae--del pecho blanco y lleno--de mi existencia oscura en el torrente amargo--pasaron, cual barridas por la inconstancia ciega,--una visión de armiño, una ilusión querida,--un suspiro de amor». Así cantaba. Y otra vez: «¡Padrón! ¡Padrón! Santa María... Lestrove... ¡Adiós! ¡Adiós!».
En estas palabras que parecen baladíes, en este mero nombrar lugares queridos, ¡cuánta ternura! Y su saludo al cementerio de Adina, con sus olivos oscuros y el suelo de hierbas y flores, con sus canónigos viejos que en él se sientan al sol, y los niños que allí juegan bulliciosos, y las losas blancas, y los húmedos montones de tierra, donde al amanecer se enterró a algún pobre. Pero ella, la pobre Rosalía, no duerme su eterno sueño en el cementerio de Adina, de Padrón, en aquel cementerio encantador que tanto quiso; duerme en un mausoleo, a mano izquierda, o sea al lado del Evangelio del altar mayor de la iglesia de Santo Domingo, en Santiago, que se quiere hacer panteón de gallegos ilustres. Por cierto que al otro lado, al de la Epístola, descansa en otro mausoleo el más frágil ídolo de un día, producto de veleidades regionalistas, y sobre su estatua una leyenda en un gallego presuntuoso, artificioso y falso, que denuncia la pueril preocupación de distanciarlo lo más posible, con arcaísmos y aun barbarismos, del romance castellano.
Cuando pasada ya la vega de Padrón se me presentaron a la vista las torres de Santiago me acordé de esta mi Salamanca, pues son, sin duda, las dos ciudades españolas, episcopales y universitarias ambas, que más parecido guardan entre sí. Sólo que esta Salamanca es más abierta, más alegre, más soleada, y peor empedrada también. La arenisca de esta plateresca Salamanca se dora al sol y admite una profusión de follajes ornamentales difíciles de labrar en el duro granito de Santiago, que bajo aquel cielo plúmbeo y lluvioso se ennegrece pronto, dando a la ciudad compostelana el aire austero y hasta sombrío que la distingue.
Pero cuenta que lo sombrío no es feo; es más bien hermosísimo. Aquellas rúas compostelanas, llenas de soportales, por donde pasean estudiantes y canónigos, nos hablan de una ciudad hecha para el estudio y el rezo, pero donde hallan también campo las lides del amor. Y no sé por qué me acordaba de Brujas la muerta y de tantas otras muertas ciudades, y pensaba en amores furtivos, en tragedias ocultas, en dramas de misterio entre amantes de negro bajo la negrura lluviosa de la ciudad, en citas que alguien creería sacrílegas, en las oscuras naves románicas de la catedral.
La catedral lo corona y como que lo absorbe todo. Alza su fachada principal, la del poniente o la del Obradoiro, en la mayor y más abierta caja de piedra de Santiago, quiero decir en su gran plaza flanqueada por cuatro solemnes edificios: la catedral misma, el gran hospital real que los Reyes Católicos mandaron construir para los peregrinos--y que recuerda nuestro actual colegio de irlandeses salmantino--, el seminario de confesores--algo muy parecido al colegio viejo de San Bartolomé de Salamanca--y el antiguo colegio de San Jerónimo.
Detrás de la fachada del Obradoiro se abre, al entrar por ella en la catedral, el estupendo pórtico de la Gloria, la maravilla icónica de España, que mereció ser vaciado para figurar en el museo de Kensington de Londres. Cuanto se diga de ese poema en piedra en que se respiran el arte y la piedad medioevales, será poco. La eterna juventud de la piedra nos habla allí de una fe juvenil, virgen madre de las más consoladoras visiones. En torno a la figura de Nuestro Señor, que nos muestra sus llagas, escoltado por los cuatro evangelistas, los ancianos apocalípticos, con sus instrumentos músicos en las manos, están absortos en un éxtasis que nunca acaba. Los profetas y los apóstoles sonríen más abajo. Y la piedra, policromada, habla o más bien canta. Al pie del pórtico, de hinojos y mirando al altar donde está el sepulcro del apóstol, el maestro Mateo, el autor de semejante maravilla arquitectónica, ora en piedra. El pueblo le llama el santo _dos croques_, el santo de los cosques o pescozones; y dícese que algunas madres van a dar a sus hijos de cabeza contra aquella cabeza de piedra para que se les despierte la inteligencia.
Digna entrada de nuestra gran catedral románica aquel pórtico de la Gloria. El románico, severo y sobrio, resiste la cursilería en que fácilmente cae el gótico. La religiosa gravedad del románico no se presta a las sentimentalerías literarias del gótico. No se comprende a Chateaubriand en las naves severas de un templo románico. El de Santiago sugiere, desde luego, la idea de un sepulcro, casi de una catacumba. Estamos muy lejos del pintoresco irisado de la catedral de León. Allí, en la catedral de Santiago, hay que rezar de un modo o de otro; no cabe hacer literatura. Su galería alta nos habla de las bandadas de anhelantes romeros que en ellas dormían. Y fué para sahumar la catedral, matando el hedor que aquellos peregrinos allí dejaban, para lo que se hizo el famoso «botafumeiro», el gran incensario que, pendiente del cimborrio, recorre las naves del crucero.
La catedral domina con sus torres a Santiago, pero en torno de ellas se levantan otras muchas, y vista la ciudad desde el paseo de la Herradura semeja un gran bosque oscuro de piedra destacándose sobre la verdura riente de la campiña. Cerca de la basílica se alza San Martín Pinario, hoy seminario pontificio, antiguo monasterio de benedictinos, solemne y espacioso y desnudo. Su templo da una singular sensación de reposo y de sobriedad que habría encantado a aquel nuestro ya conocido jerónimo P. Sigüenza, el que sintió tan hondamente lo desnudo arquitectónico. Y desnudo y sencillo como vivió el pobrecito de Asís, se alza también el templo de San Francisco. El austero granítico compostelano rechaza los floreos de la arenisca salmantina.
Bajamos a la Colegiata del Sar, con sus torcidas columnas y el resto que de su viejo claustro románico queda.
Y a vagar luego por aquellas rúas santiaguesas, por sus recodos y esguinces, entre las pétreas plazas, por donde un tiempo llenarían los soportales rezos de romeros, y hoy, en noches tibias, volarán susurros de enamorados. Porque, más que en las alegres ciudades abiertas al sol, más que en las campiñas libres, se piensa en el amor, siquiera como un recurso y un consuelo, en estas viejas ciudades sombrías, levíticas y académicas, sobre que gravita la pesadumbre de los siglos. En el largo invierno de largas noches, bajo la llovizna terca, al son pastoso de las campanas, ¿qué se va a hacer?
Oíd a Rosalía en su poema _Santa Escolástica_, de la que hay una magnífica escultura en Santiago. Dice: "Una tarde de abril en que la tenue--llovizna triste humedecía en silencio--de las desiertas calles las baldosas,--mientras en los espacios resonaban--las campanas con lentas vibraciones,--dime a marchar, huyendo de mi sombra...--Soplo mortal creyérase que había dejado al mundo sin piedad desierto,--convirtiendo en sepulcro a Compostela;--que en la santa ciudad, grave y vetusta--no hay rumores que turben importunos--la paz ansiada en la apacible siesta.--¡Cementerio de vivos! murmuraba--yo al cruzar por las plazas silenciosas--que otros días de gloria nos recuerdan...--Después la catedral, palacio místico--de atrevidas románicas arcadas,--y con su gloria de bellezas llena,--me pareció al mirarla que quería--sobre mi frente desplomar, ya en ruinas,--de sus torres la mole gigantesca...--Atrás quedaba aquella calle adusta,--camino de los frailes y los muertos,--siempre vacía y misteriosa siempre,--con sus manchas de sombras gigantescas--y sus claros de luz, que hacen más triste--su soledad y que los ojos hieren.--Y en tanto la llovizna, como todo--lo manso, terca, sin cesar regaba--campos y plazas, calles y conventos--que iluminaba el sol con rayo oblicuo--a través de los húmedos vapores--blanquecinos a veces, otras negros".
¿Podría yo, con mi prosa seca y dura, daros una más viva impresión de Santiago que esas estrofas sombrías de Rosalía? ¡Cementerio de vivos! exclamó la pobre y atormentada poetisa que cantara al riente cementerio de muertos de Adina, a orillas del Sar. Aquella pobre aldeana--pues siempre lo fué Rosalía--llevando la vega de Padrón en el alma, sentíase entenebrecer en las calles adustas, caminos de frailes y de muertos, bajo la llovizna, terca como todo lo manso, y bajo una llovizna que no caía sobre verde y mullida hierba, sobre lozanos maíces, sino que "humedecía en silencio de las desiertas calles las baldosas" estériles. Y la pobre exclama: "Ciudad extraña, hermosa y fea a un tiempo,--a un tiempo apetecida y detestada,--cual ser que nos atrae y nos desdeña,--algo hay en ti que apaga el entusiasmo,--y del mundo feliz de los ensueños--a la aridez de la verdad nos lleva". Y luego grita: "¡Y yo quería morir!". Y sólo encuentra refugio y consuelo en el templo. "Majestad de los templos, mi alma femenina--te siente, como siente las maternas dulzuras--las inquietudes vagas, las ternuras secretas--y el temor a lo oculto tras la inmensa altura". Y corre la pobre aldeana al templo, se postra ante la imagen de Santa Escolástica, dobla la rodilla, inclina la frente y exclama: "¡Hay arte!... ¡Hay poesía!... Debe de haber cielo: ¡hay Dios!".
A la aldeana de Padrón, enamorada de su vega, le repugnaban por igual las llanuras castellanas--¡llanura, siempre llanura! decía--y las calles adustas, caminos de frailes y de muertos, cuyas baldosas humedecía en silencio la llovizna terca. Hermosa y fea a un tiempo declaraba a la ciudad compostelana, apetecida y detestada. De haber vivido algún tiempo en comunión con la llanura castellana, ¿no habría llegado también a sentirla hermosa y fea a la vez, apetecida y detestada? Su pobre alma temblaba de frío, de miedo, lo mismo en la adusta y grave meseta de Castilla que en las adustas y graves calles de Santiago de Compostela. Y es que hay una estrecha hermandad entre una y otras. Santiago es lo más castellano que hay en Galicia; es, en rigor, una ciudad profundamente castellana, de una Castilla de cielo plúmbeo y lluvioso. En las rúas compostelanas siéntese uno lejos, muy lejos, de las rientes islas bajas de Pontevedra, lejos, muy lejos de las vegas del Miño. Santiago, corazón de Galicia, es uno de los corazones de España; lo específico y diferencial galaico parece se borra en él y resurge el alma común española, base castellana, e alma nacional.
No en vano fué Santiago durante siglos centro de romerías internacionales. Lo internacional ahoga todos los regionalismos estrechos y robustece lo nacional. Los devotos peregrinos venían, al venir a Santiago, a España, y cruzando España, y no a Galicia; venían a visitar el sepulcro del patrón de España y no de Galicia sólo. "¡Santiago, y cierra España!" fué nuestra divisa medioeval española; pero al cerrar Santiago a España abría y rompía sus barreras interiores, fundía a sus pueblos todos en la lucha común contra la morisma.
El sepulcro de Santiago es un sepulcro de España toda. El sepulcro de Galicia acaso sea el de Prisciliano, el gnóstico gallego, obispo de Ávila, que en el siglo IV mezcló el paganismo galaico con las doctrinas cristianas. Así, bautizando las supersticiones célticas, trató de cristianizar a su pueblo. Fué decapitado en Tréveris, parece que su cuerpo fué traído a Galicia, su patria, y acaso su sepulcro fué lugar de piadosas romerías. ¿No se aprovecharía esto más tarde y, así como él bautizó las supersticiones célticas, se trató acaso de hacer ortodoxas esas romerías con una leyenda nueva? Porque un hombre moderno, de espíritu critico, no puede admitir, por católico que sea, que el cuerpo de Santiago el Mayor esté en Compostela. ¿Qué cuerpo es, pues, el que allí se venera y cómo y por qué se inició ese culto?
Salamanca, agosto 1912.
Junto A Las RíAs Bajas De Galicia
Desde que hace ocho años visité una parte de Galicia--Orense y Coruña--ansiaba conocer el resto, y sobre todo la encantadora comarca de las rías bajas, de que se hacen lenguas cuantos la visitan. Y allá he tenido ocasión de ir en romería este verano.
Fué atravesando mi bien conocido Portugal, por las orillas del Duero asceta que corre en lecho de rocas y yendo a buscar luego las del Miño manso, que como una caricia lenta baja al mar, restregándose en la verdura de sus vegas.
La tierra toda del Miño, de un lado y otro de la ría, por España y por Portugal, se abre a los ojos como una visión de ensueño que nos ata a la tierra. La he visto entre llovizna, recibiendo resignada el jugo fecundante de las nubes, y es como mejor sentimos su significación íntima toda. Es un paisaje carnal y crepuscular a la vez, y, si me es permitido decirlo, más musical que pictórico. Los montes del horizonte languidecen entre neblinas. Por dondequiera el verdor vela al esqueleto rocoso de la tierra, que acá, en esta ósea Castilla, asoma por dondequiera sus juanetes.
Recordaba aquella magnífica descripción de la tierra y el hombre del Miño que Oliveira Martins nos dejó en la descripción de Portugal con que su _Historia de Portugal_ se abre.
Allí nos habla de esa tierra donde pulula el hombre, donde el cultivo es más hortícola que agrícola, de aquellos «campos pequeñitos, circundados por pequeñitos valles, orlado de robles pigmeos, recortados, de donde cuelgan los racimos de las uvas verdes». Y añade: «Bajo un cielo nublado casi siempre, pisando un suelo casi siempre encharcado, encerrado en un valle repleto de maíz, dominado en torno por florestas de pinos sombríos, sin aire vivificante, ni abundante luz, ni largos horizontes, el hormiguero de los miñotos, no pudiendo despegarse de la tierra, como que se confunde con ella, y con sus bueyes, sus arados y sus azadas, forma un todo de donde no se yergue una voz de independencia moral, aunque a menudo se levante el grito de la resistencia utilitaria».
Pero esto que dice Oliveira Martins se aplica al Miño portugués mucho mejor que al gallego. Porque un poco más arriba de él se abren las rías. Y vista la campiña desde Tuy mismo, desde la torre de su catedral-fortaleza, que es un espléndido balcón abierto a un paraíso terrenal, no puede decirse que el valle sea pequeño ni que falten largos horizontes, aunque no, ¡claro está!, los de Castilla. Los canónigos de Tuy, atravesando el paseo de acacias, se van a sentar en unos bancos que dan a la vega, y mientras reposan la vista, no sé si fatigada de leer salmos, en el verdor de la campiña, comentarán chismes de cabildo o murmurarán del obispo, como es la regla.
Dejando a los buenos tudenses en su nido y recordando a un fantástico hijo de esa ciudad que me amenizó no pocas horas con sus ocurrencias y murió de cónsul de España en Casablanca, empecé a cruzar la provincia, camino a su capital. La provincia de Pontevedra es, en rigor, la de mayor densidad de población de toda España, pues si Vizcaya le supera en las estadísticas, se debe a su capital, Bilbao, y a los pueblos fabriles de ambas márgenes del Nervión. Pero el campo en ninguna parte está más poblado que en esta provincia de Pontevedra, marítima y agrícola.
Viven como las ranas, casi encharcados, respirando humedad. Y cuando quieren secarse los huesos--condición para que el gallego haga carrera en el mundo--o suben a secárselos a la meseta castellana, o cruzan el mar en busca de fortuna a América. En un caso suele llegar a ministro y cacique máximo, en el otro a millonario.
Pero lo característico, lo casi privativo de esta provincia de Pontevedra, lo que le ha dado la fama de hermosa de que goza, son sus rías bajas.
Son las rías bajas brazos, o más bien lenguas de mar, que formando repliegues y meandros se meten por la tierra, entre colinas de verdor, y brazos o lenguas de tierra que avanzan a refrescarse en el mar. Tierra y océano se abrazan estrechamente y como que se mezclan, a lo que concurre la frecuente lluvia.
Dan las rías bajas la impresión de lagos sembrados de islas. Una faja de tierra cubre por todas partes el horizonte de estos tranquilos remansos del océano. Los innumerables pueblecitos de sus márgenes se reflejan en el agua y en días claros es como si las colinas y montañas revestidas de verdura estuviesen suspendidas en el cielo mismo, que en el seno del agua se reproduce. Duerme el mar, y acaso sueña, en brazos de la tierra.
Los hijos del país comparan las bellezas de estas rías bajas, de estos verdaderos lagos, entre sí, y establecen parangones entre la de Vigo, la de Marín o Pontevedra, la de Arosa... (Aún hay otras). Yo las encuentro muy hermanas. La de Marín, la más recogida, la más intima; la de Arosa, que es la mayor, la más solemne. Por sus revueltas y golfos interiores recuerda el lago de los Cuatro Cantones, aunque no esté flanqueada por tan bravos montes. Y todas ellas invitan a dejarse en su seno mecer a merced de las aguas, y no digo de las olas porque el oleaje del mar libre se rompe y amansa en ellas.
Pero yo, que aunque nacido y criado muy cerca del mar y en pueblo adonde llegan la marea y el agua salada, gusto más que de él de la montaña y del campo, gocé de las horas más gratas internándome rías de Pontevedra arriba, donde deja ya de ser ría para ser río, en las aguas que vienen de las cimas, no en las que vienen del mar con la marea. Fué río Lérez arriba.
Un río para soñar en él lejos de la batalla de la vida. A una piedra que hay en su orilla, en un lugar que con el Tempe de Tesalia, descrito por Herodoto, comparaba aquel copioso benedictino P. Sarmiento, erudito que no dió paz a la mano, a esa piedra bajaba a descansar el buen fraile. Y allí, encima del Lérez, está el monasterio de benedictinos donde el infatigable Feijóo hizo sus estudios. Lugar de descanso; lugar de estudio por lo mismo.
Bajan los árboles hasta las aguas mismas del Lérez para formarle abrigo de verdes cortinas y enverdecer sus aguas. Y el río, enamorado de la verdura, va enroscándose por ella, formando meandros que llaman allí salones, y fingen pequeños lagos, como en recuerdo de los grandes lagos aparentes de las rías bajas. Y hace suspirar suspiro de liberación al espíritu el verse uno encerrado en un recinto de follaje sobre la tranquilidad de las aguas límpidas. ¡Aguas límpidas! He aquí algo que vamos perdiendo en mi Vizcaya, que van perdiendo en Asturias. El Nervión, el río de Bilbao, tan hermoso tierra adentro, antes que empiecen las fábricas y antes, sobre todo, que los pretiles lo aprisionen, se ve sucio del rojo de la vena del hierro, y el Nalón, hermoso río asturiano, llega negro de hulla al mar. Pero este Lérez virginal, no manchado aún por las deyecciones de la industria, convida al idilio, al amor y al recogimiento, al estudio.
Fué cerca de él, a su vista, en un repliegue de las colinas, donde una tarde oí subir de la verdura del campo las notas verdes y quejumbrosas de la gaita gallega. Tocábala don Perfecto Feijóo, un perfecto gallego, farmacéutico en Pontevedra, y que administra a su nativa terriña la medicina confortativa de los aires musicales de la tierra. Formó un coro--el coro «aires de terra»--y con él restaura la música popular, impidiendo que se pierda, o lo que es peor, degenere al contagio de las tonadas de la zarzuela de moda. Con los trajes de la tierra se me aparecieron don Perfecto y sus compañeros, entonando «alaláas», «muiñeiras», todos esos cantos que templan la morriña céltica. Las notas, verdes como el campo, parecen surgir de su verdura y se alargan en ondulaciones suaves como las colinas, como las lenguas del mar que acaricia a la tierra.
El gaitero ha dado ocasión a toda una literatura. Ventura Ruiz Aguilera, el poeta salmantino mucho menos leído y gustado hoy de lo que merece serlo, escribió en 1860 aquel «eco nacional» titulado _La gaita gallega_, que empieza: "Cuando la gaita gallega--el pobre gaitero toca,--no sé lo que me sucede--que el llanto a mis ojos brota.--Ver me figuro a Galicia--bella, pensativa y sola,--como amada sin su amado,--como reina sin corona...--A mi alma revela tantas--desdichas, penas tan hondas,--que no sé deciros--si canta o si llora". Estos dos últimos versos son el estribillo de sus cinco estrofas: "Recuérdame aquellos cielos,--y aquellas dulces auroras,--y aquellas verdes campiñas,--y el arrullo de sus tórtolas;--y aquellos lagos y aquellas--montañas, que al cielo tocan...". Esos lagos no pueden ser sino las rías bajas. A la poesía de Ventura Ruiz Aguilera, el salmantino, respondió en gallego la dulce Rosalía de Castro y su estribillo fué: «qu'eu podo decirche--non canta, que chora». En esta poesía es donde se encuentran unos versos muy sentidos, sí, pero deplorables por su injusticia, unos versos que brotaron de la irreductible suspicacia galaica, de la manía que los buenos, honrados y laboriosos hijos de esa tierra abrigan de ver en todo desdenes y burlas y desprecios. Una susceptibilidad femenina, casi morbosa, les hace fantasear yo no sé qué intenciones en el modo seco y algo rudo del castellano, que no nació para prodigar mimos y caricias.
Pero hay en las poesías de Rosalía, en sus _Cantares gallegos_, un poema, aquél que empieza: «Un repoludo gaitero--de paño sedán vestido--com'un príncipe cumprido,--cariñoso e falangueiro...», que es un primor. De esta bella poesía son aquellos versos: «sempre pó la vila entraba--con aquel de señorío» que sirvieron de lema a Curros Enríquez para su famosa poesía _O gueiteiro_, en cuyo principio recuerda al Lérez y al Miño. La poesía de Curros, tendenciosa como casi todas las suyas, empieza descriptiva, animada, alegre, como la segunda de las citadas de Rosalía, y acaba con esos tópicos de quejumbrosidad hablándonos de Galicia como de un Prometeo amarrado a una roca y nada menos que con un puñal clavado al seno: «crabad'un puñal n'o seo». ¡Lamentable, verdaderamente lamentable! Y nada que no sea verdad puede ser de veras poético.
Sólo esa suspicacia, esa susceptibilidad de que os decía, y de que padece el gallego lo mismo que el portugués--me dicen que el irlandés en esto es lo mismo--explica esas quejas. Ni de la humedad del cielo, ni de la pobreza de la tierra, ni de su apartamiento geográfico, tiene la culpa el resto de España, o si se quiere Castilla, y en cuanto a protección del Estado, pocas regiones españolas se aprovechan más de ella. El dinero de la nación se vierte en obras públicas de todo género, unas indispensables y otras no, y algunas de puro lujo, en Galicia, y no puede decirse que sea por su parte esta región, donde siempre se está el paisano quejando de las contribuciones, la que mejor las paga, pues en esto, en puntualidad en contribuir a la hacienda común, lo mismo que en no quejarse aunque se la desatienda, la palma se lleva Castilla.
Pero hay que quejarse; Galicia, donde el cielo llora sin cesar, invita a la queja. A la queja y a la zumba. Apenas si su literatura regional tiene otras notas que la elegíaca y la satírica; le falta el largo huelgo épico, el recio ímpetu dramático. De la verdura misma de su campiña, riente y halagüeña a primera intención, parece que se desprende, como acorde de acompañamiento, una resignada queja. Estas extremas tierras occidentales de Europa, habitadas por esos pueblos a que se llama célticos, mirando siempre al mar donde acaso se les perdió algo--¿la Atlántida tal vez?--estas tierras de Irlanda, Bretaña, Galicia, se están siempre quejando, con gaita o sin ella.
Ese mar mismo, que se refugia allí, en las rías bajas de Galicia, entre los verdes brazos de la tierra, ¿no es que busca en ellos algo que ha perdido o acaso el olvido de sus tormentos? Allí, al arrimo de su eterna esposa, duerme y tal vez sueña. Y acaso ansía volver a ser río, río humilde, río recogido; acaso sueña con su infancia. ¡Quién sabe! tal vez la vasta ría de Arosa está sonando en el Ulla que le rinde sus aguas, en el pobre Sar a que cantó la pobre Rosalía. Y es todo ello una sed--el mar tiene sed, sed del agua dulce de los ríos que bajan de las cimas--una sed inextinguible, aquella sed que le hizo decir a Rosalía: «¡oh, tierra, antes y ahora, siempre fecunda y bella!--viendo cuán triste brilla nuestra fatal estrella--del Sar cabe la orilla,--al acabarme siento la sed devoradora--y jamás apagada que ahoga el sentimiento,--y el hambre de justicia que abate y que anonada--cuando nuestros clamores los arrebata el viento--de tempestad airada».
En el verde rincón en que oí la gaita, sobre el Lérez ensoñador, a la vista de la ría de Marín, que venía a buscar olvido en brazos de la verdura, en una aldehuela se recogía un camposanto. ¡Un camposanto de aldea! Recordamos--éramos literatos ¡Dios mío! los que nos juntamos allí--la elegía de Gray--y recordamos también, ¿cómo no?, aquello de Rosalía: «De Galicia os cimiterios--c'os seus alcipreses altos,--c'os seus olivos escuros--y os seus homildes osarios--todos de frores cobertos,--frescos com'os nosos campos,--pol as mañans meancónicos--y nas tardes solitarios,--cand'o sol poniente os baña--c'o seu resplandor dourado,--cheos d'un gran desosego--parés que nos din: ¡durmamos!». Y así es; estos dulces cementerios parecen decir: ¡durmamos! Son otros los que dicen: ¡soñemos! y son otros, muy otros, los que dicen: ¡resucitemos! Fluye allí por todas partes la invitación al dulce sueño sin ensueños, a dormir en el seno de la tierra, sin más acaso que la oscura sensación de recibir sobre la yerba que cubra nuestros huesos la lluvia que baja desde el cielo a consolarnos. Y esa lluvia calará hasta los huesos mismos.
Y de todo ello se desprende un cierto vaho que languidece a la voluntad, que la enerva, que convierte sus impulsos en quejas o en zumbas, en llantos o en risas, en mimos y en recelos. Es un panteísmo de absorción.
Y los hijos de esa tierra veneran a las benditas ánimas del Purgatorio, creen en fantasmas, agüeros y brujerías, se acuerdan de sus muertos que vagan por las selvas y veneran a los árboles. El paganismo, que en ninguna parte murió, sino que se hizo bautizar cristianándose más o menos, late aquí más vivo que en otras regiones españolas, tal vez porque el antepasado del gallego, un celta, tenía una mitología naturalista de que carecía el beduino, abuelo del castellano, el íbero recio. Todo el fondo pagano del pueblo gallego levantó cabeza en el gnosticismo de Prisciliano, el hereje galaico--el único gran hereje español de los primeros siglos cristianos--gnosticismo que duró unos tres siglos, si es que del todo ha muerto. Este Prisciliano, cuyas obras se encontraron no ha mucho, ha de darnos con el tiempo la clave de no pocos problemas que suscita el estudio del alma galaica. Y de Prisciliano puede decirse que aún no ha muerto, y quién sabe si su sepultura, disfrazada por la ortodoxia, no sigue siendo lugar de atracción de peregrinos.
Salamanca, octubre de 1912.
LeóN
Hace pocos días he visitado por quinta vez la regia ciudad de León, cabeza del reino que unido al de Castilla formaron el esqueleto de España. Por algo dice el pareado:
A Castilla y a León nuevo mundo dió Colón.
Y tan íntima y fuerte fué la unión de ambos reinos, que los leoneses no tienen empacho alguno en llamarse y dejarse llamar castellanos. Esta ciudad y región en que vivo, Salamanca, perteneció al reino de León, y leonesas son las particularidades de su habla popular, que del castellano literario se apartan algo. O más bien por esta provincia cruzaba la frontera entre ambos reinos, por poblados que aún hoy llevan el apelativo de la Frontera, como Zorita de la Frontera, por ejemplo. Y en el lenguaje popular mismo se conoce esta división, pues si en la parte castellana dicen del pan cuando fermenta que está «lludo»--el _diccionario de la Academia_ dice «leudo»--, en la parte leonesa dicen que está «yeldo».
Es el león leonés león de Castilla, y en el escudo abreviado de España, en el más usual, figuran los dos leones junto a los dos castillos. Y es el tal león un símbolo de origen lingüístico, como tantos otros lo son. (¿Quién no recuerda los estudios de Max Müller sobre el origen puramente lingüístico de tantos mitos? ¿Quién ignora que la Osa Mayor o Carro del Cielo no es tal osa sino por confusión de nombres?). Llamóse León con este nombre, del acusativo latino _legionem_, porque fué poblada por la sétima legión romana; _legio septima gemina pia, felix_. Y coincidiendo luego el nombre León, de legión, con el del león, tomóse la figura de éste por símbolo de aquél. Y a tal punto, que en un conocido dístico latino, de que os hablaré, se llamaba a la catedral de León _pulchra leonina_, con un adjetivo de _leo-onis_, el león, y no _legionensis_.
Desde que por vez primera la visité me atrajo esta vieja y regia ciudad de León, henchida de recuerdos de nuestra historia, en una verde llanada llena de álamos, que bañan el Bernesga y el Torío al ir a juntar, a la vista de la ciudad, sus aguas. Es su paisaje un paisaje aquietador, lleno de cielo y de frondosidad, pero sin riqueza ni exuberancia.
La ciudad misma no es de las que más carácter conservan si se exceptúan los trozos de las antiguas murallas y sus tres principales monumentos. Las calles se han modernizado y se modernizan y aún cambiarán más, pues la riqueza minera de la provincia acabará por hacer de la capital un gran centro mercantil y aun de recreo. Sólo una plaza, una de esas nuestras típicas viejas plazas, nos habla allí de otros tiempos. En ella puede verse a la paisanería con sus pintorescos trajes.
Pero las joyas de León, aquello por lo que merece visitarlo, son la catedral, lo más famoso de la ciudad, San Marcos y San Isidoro, lo más interesante acaso este último y lo más genuino, aunque no ciertamente lo que más atrae, desde luego, las miradas del peregrino, ni lo más famoso. Lo más famoso es la catedral.
Hay un dístico latino que refiriéndose a cuatro de nuestras viejas catedrales españolas reza así:
_Sancta ovetensis, pulchra leonina, dives toletana, fortis salmantina_;
es decir: Santa la de Oviedo, por sus muchas reliquias; bella la de León, rica la de Toledo, fuerte la de Salamanca, la vieja, la románica, no la nueva, la que en el siglo XVI se empezó. Y he traducido _pulchra_ por bella, como pude traducir elegante o bonita. Y lo es más, sin duda, que no hermosa. Porque esta elegantísima y bella catedral gótica leonesa no tiene ni lo pintoresco y variado de la de Burgos, ni la magnificencia de la de Toledo, ni la solemnidad de la románica sede de Santiago de Compostela, ni el misterio que tienen las de Ávila y Barcelona, menos celebrada esta última que merece serlo. La catedral de León se abarca de una sola mirada y se la comprende al punto. Es de una suprema sencillez y, por lo tanto, de una suprema elegancia. Podría decirse que en ella se ha resuelto el problema arquitectónico, a la vez de ingeniería y de arte, de cubrir el mayor espacio con la menor cantidad de piedra. De donde su aérea ligereza y aquellos grandes ventanales, cubiertos de vidrieras con figuraciones policromas, donde la luz se abigarra y se alegra en tan diversos colores.
Lo cual me sugirió una reflexión traslaticia o metafórica aplicada al arte de la poesía y en general a la literatura. Y es que así como en este genuino arte gótico de arquitectura se llegó a cubrir grandes espacios con poca piedra, sin más que tallarla y agruparla bien, así en la poesía ha de cubrirse o encerrarse el mayor espacio ideal, se ha de expresar el mayor contenido posible representativo, con el menor número de palabras, sin más que tallarlas o agruparlas bien. ¡Y cuán lejos de ello estamos en España! Nuestra poesía y nuestra literatura en general nada tienen de góticas en este sentido; son más bien platerescas y aun barrocas, por el exceso de su ornamentación nada constructiva, y bajo la cual se pierde la línea. Pensamiento poético que puesto en prosa exija menos palabras que aquéllas con que en verso lo expresó un poeta, podéis asegurar que éste lo expresó mal.
No voy a describiros, claro está, la catedral de León. El que quiera verla descrita puede leer lo que de ella escribió D. José M. Quadrado en el tomo que a Asturias y León dedicó en la obra _España; sus monumentos y artes, su naturaleza e historia_.
Todos sabéis que las catedrales góticas son vertebradas, es decir, tienen un esqueleto de columnas y crucerías recubierto de carne de piedra, y que el peso todo de las bóvedas se echa hacia afuera, sosteniéndolo los contrafuertes con sus arbotantes. De aquí que a la ligereza y esbeltez del interior corresponda una robusta y complicada fábrica exterior. Y así ocurre con la de León. Pero por dentro a esta catedral, que podríamos llamar modelo de gótico, tan pura, tan aérea y tan clara, le encuentro que le falta recogimiento y misterio. No es fácil esconderse y aislarse en ella. Hase dicho también, no sé con qué fundamento, que es poco española. Verdad es que se le ha negado casticidad a nuestro arte arquitectónico, de importación lo más de él, sobre todo el gótico. Lo nuestro parece ser una parte del románico, el llamado visigodo, y el plateresco. Pero las catedrales góticas nos vinieron de Francia. Sus maravillas en el género, las de París, Reims, Chartres y Bourges, decidieron su introducción en España; Fernando el Santo parece haber sido gran admirador del estilo gótico francés, y en su reinado se alzaron las tres grandes catedrales góticas españolas, las de Burgos, Toledo y León.
Si la catedral representa en León el arte gótico del siglo XIII, en la iglesia y convento de San Marcos, residencia principal que fué de la Orden de Santiago en los reinos de León, y hoy depósito de sementales para la Caballería del Ejército (!!!), se nos ofrece un ejemplar de la Escuela del Renacimiento del siglo XVI. Me recordaba este edificio a mi Salamanca, ciudad renaciente si las hay. Paseándome con unos buenos amigos, a la caída de la tarde, por la alameda que delante de San Marcos corre a lo largo del Bernesga, no me hartaba de contemplar aquel rosetón calado que se alza sobre su frontispicio. Estos bordados de la piedra, destacándose sobre un cielo limpio de ocaso, son uno de los espectáculos más hermosos de que se puede gozar, sobre todo cuando, cerca ya del anochecer, parece como que la piedra pierde su materialidad tangible.
Me han asegurado que S. M. el Rey, al pasar por León, ha manifestado ya más de una vez su extrañeza porque esa joya de nuestra arquitectura plateresca siga dedicada a depósito de sementales.
Mas lo que en León produce impresión más profunda al espíritu algo cultivado es la venerable basílica románica de San Isidoro, donde está el formidable panteón de los reyes de León. «Su maciza y adusta mole--dice Quadrado--nos traslada a la monarquía semiheroica y semibárbara del siglo XI; austeros monjes o duros guerreros son los únicos adoradores análogos al carácter de su arquitectura; su panteón compendia la historia de dos centurias y de diez generaciones de monarcas».
San Isidoro es, sin duda, una de las más severas y a la par más elocuentes páginas de piedra de la historia de España. Su maciza torre cuadrada nos habla de tiempos macizos también, y cuadrados, de los recios tiempos de la Reconquista.
Difícilmente olvidaré la impresión que se produjo en mi alma cuando entré, hace ya más de siete años, por primera vez en el panteón de los reyes leoneses. Sólo recuerdo otras dos impresiones análogas, y es las que sentí al bajar, en la Real Capilla de la Catedral de Granada, a la cripta en que se guardan, en sencillísimas cajas, los restos de los Reyes Católicos D. Fernando de Aragón y D.ª Isabel de Castilla, dejando arriba los suntuosos pero vacíos túmulos que en imágenes yacentes nos les muestran, y la que recibí en Alcobaça, al entrar en la capilla en que descansan su eterno sueño de amor y de tragedia D. Pedro y su infortunada amante Inés de Castro. ¡Cuán diferente el efecto que me produjo el panteón de los reyes de España en el Escorial! Este panteón escurialense es de lo más frío, de lo más ordenancista que puede verse. Los cuerpos de los reyes de las casas de Austria y de Borbón están almacenados en él, en sus urnas, como las piezas de género en una pañería. ¡Qué otro lo de León! Al entrar en el solemne recinto, bajo de techo, con sus robustas columnas románicas, en que los reyes del antiguo reino de León duermen en el eterno olvido, se siente el ánimo sobrecogido. «Doce túmulos lisos--dice Quadrado--, de más de treinta que anteriormente había sin efigie, sin labores de ningún género, sin inscripción, excepto el de Alfonso V y algunos trozos que se leen en el de Sancha, hermana del emperador, dejaron allí únicamente los soldados de Napoleón, después de profanar aquel venerable recinto y de buscar inútilmente entre los huesos y la podredumbre los imaginados tesoros que tentaban su codicia». Y esta profanación ha añadido acaso, creo yo, a la solemnidad del espectáculo. Una tumba profanada es como una tumba intensificada. Cuando la destrucción, es decir, la muerte pasa sobre la muerte, redobla su trágico interés.
No hay, al menos para mí, espectáculo más conmovedor que el de un cementerio abandonado. Una tumba vacía me dice mucho más que una vacía cuna. Y aquel asolado panteón de los guerreros reyes leoneses, sobre el que pasó la guerra, es algo que difícilmente olvida el que una vez lo ha visto con los ojos del alma en que duermen recuerdos de historia.
Tiene para mí San Isidoro de León otro recuerdo, y es que en su solemne recinto, en un día del mes de agosto de 1906, su abad solemne, D. Genaro Campillo, me sacó los demonios del cuerpo con la mandíbula de San Juan Bautista, que allí se venera. Es una historia que he de contar algún día para edificación de las almas sencillas que crean en la mandíbula del Bautista y en mis demonios, y no sé si para regocijo de los espíritus volterianos.
Fuera de esos tres monumentos, la catedral de San Marcos y San Isidoro, aún queda algo que ver en León arquitectónico. La iglesia del Mercado, por ejemplo, muestra aún señales de lo que en un tiempo fué, y es un caso típico de cómo puede desfigurarse un templo haciéndole perder su primitiva personalidad. Que la tienen los edificios y a las veces más que las personas. El trozo del primitivo ábside románico, bellísimo por fuerte, que hoy está allí encerrado en la sacristía y cubierto, para los ojos que ven la iglesia desde fuera, por una superestructura posterior, es algo que se presta a no pocas reflexiones metafóricas. Hase conservado mucho mejor que si hubiera quedado al exterior, expuesto a la intemperie y a las injurias de los chiquillos y aun de los adultos. Y así nos sucede que tal idea o sentimiento de nuestra infancia, tal trozo del ábside de nuestra niñez, se nos conserva en el fondo del alma, en la cerrada sacristía, en el relicario de los recuerdos, fuera del alcance de las burlas y desdenes de aquéllos con quienes tenemos que tratar, mucho mejor que se nos habría conservado expuesto a la intemperie del mundo social. Había que oirle al párroco de la iglesia aquella del Mercado, un hombre admirable que en restaurar y mantener su iglesiuca pone sus amores y sus haberes, explicarnos el singular fervor que le inspira el celebrar misa en una reducida capillita del lado de la Epístola del altar mayor, en una especie de concha románica que parece una gruta. «Cuando celebro aquí--nos decía--me parece estar muy lejos del mundo; en una cueva del desierto, solo con Dios». Aquel cura siente su iglesia y ha hecho de ésta como un segundo cuerpo de su alma. ¡Y dichoso de aquél que logra hacer de su casa o de la morada en que su oficio cumple otro cuerpo más para su espíritu! Y si no ya de su casa tan sólo, sino del lugar, villa o ciudad en que vive, ¿qué mayor bendición de Dios? No hay para vivir como una de estas viejas ciudades rebosantes de seculares recuerdos cuando se logra encarnar o, si queréis, «empedrar» en ellas, hacerlas cuerpo de nuestra alma. Se nos hace también secular ésta.
Salamanca, julio de 1913.
En La Quietud De La PequeñA Vieja Ciudad
Ahora, de mis veraniegas excursiones vuelto a este mi hogar ciudadano, de pequeña ciudad, tranquila por de fuera, y mientras me apercibo a las tareas del próximo curso académico, púsome a leer las cartas del poeta inglés Tomás Gray, el autor de aquella famosísima elegía escrita en un cementerio de aldea. Y en una de las primeras cartas de la colección, la que el 8 de mayo de 1736 escribió desde Cambridge, pequeña ciudad académica, Gray a West, leí esto: «Cuando has visto uno de mis días, has visto el año entero de mi vida; van dando vueltas como el caballo ciego en el molino, sólo que éste tiene la satisfacción de imaginarse que avanza algo y que cobra suelo; pero mis ojos están lo bastante abiertos para ver la misma triste perspectiva y para saber que habiendo dado veinticuatro pasos más, estaré precisamente donde estaba...». ¿A qué seguir?
Sí, me dije, dando vueltas a la noria como un caballo vendado; pero, ¿no sale de esa noria agua? ¿y esa agua no riega un huerto? ¿y ese huerto no da frutos? ¿y esos frutos no mantienen a hombres que corren el mundo de un extremo a otro, y que por recorrerlo así creen vivir más intensamente que el pobre caballo vendado que saca de la noria el agua que riega el huerto que da los frutos de que se mantienen ellos? ¿Quién vive más su vida?
Y fuí a leer en la inmortal _Elegía_ del mismo Gray aquella estrofa que dice:
«Some village Hampden, that, with dauntless breast The little tyrant of his fields withstood, Some mute inglorious Milton here may rest, Some Cromwell guiltless of his country's blood».
Allí, en el solitario cementerio de aldea, descansa algún Hampden aldeano que con pecho indómito resistió al tirano de sus campos, algún mudo Milton sin gloria, algún Cromwell sin culpa de haber derramado la sangre de su patria. Pero, ¿es que los Milton y los Cromwell no surgen sino de las populosas y ruidosas ciudades? ¿es que no salen, como en Francia salió Juana de Arco, de algún ignorado rincón durmiente? ¿Es que no se fraguan alguna vez los héroes _far from the madding crowd's ignoble strife_, lejos de las innobles luchas de la enloquecedora muchedumbre?
Y recordé a Descartes filosofando en la soledad de su estufa, a Spinoza encerrado en su cuarto de soltero de Amsterdam, a Kant cumpliendo su vida ordinaria con la regularidad de un caballo de noria en su académica Koenigsberg.
Sí, sí; yo sé que no viaja mucho el que todos los días da treinta o cuarenta vueltas al jardín de su casa; yo sé que la ardilla que se revuelve en una jaula no sale de ésta; pero también sé que se está quieto y no se mueve por sí aquél a quien su automóvil lo lleva a cien kilómetros por hora, y sé más, y es que no se entera del camino por el que va.
¡Pueblos progresivos...! ¡pueblos progresivos...! ¿Y qué es un pueblo progresivo?
Un pueblo que cambia rápidamente... por de fuera. Acaso un pueblo que crece.
No sé si alguno de mis lectores conocerá un librito admirable de G. Lowes Dickinson. Se titula _A Modern Symposium_. (Un simposión--o sea banquete--moderno), inspirado en el inmortal diálogo de Platón. En este nuevo Simposión del profesor inglés, hablan de política un tory, un liberal, un conservador, un socialista, un anarquista, un profesor, un hombre de ciencia, un periodista, un hombre de negocios, un poeta, un caballero bien acomodado, un cuáquero y un hombre de letras. Y al tocarle su turno a Arturo Ellis, el periodista, nos hace una pintura muy brillante--del parecido no respondo--de la vida norteamericana, prototipo del progreso.
Hay en este discurso del periodista de Dickinson cosas admirables, como aquello de que «gracias a Europa, América jamás ha sido impotente frente a la Naturaleza; no ha sentido, por lo tanto, temor; por esto nunca ha conocido la reverencia, lo que la ha llevado a no experimentar religión». Pero vamos a otra cosa, y es cuando Ellis dice:
«¿Qué es lo que reconocen como fin? He aquí un punto importante en que he reflexionado mucho en el curso de mis viajes. A las veces he creído que era la riqueza, otras veces el poder, otras la actividad. Pero un poema, o por lo menos una producción métrica con que me topé en los Estados Unidos, me dió una nueva idea sobre el objeto. En este punto hablo con gran desconfianza, pero me inclino a creer que mi autor estaba en lo cierto, que el fin real que los norteamericanos se proponen es la Aceleración. Estar siempre moviéndose, y cada vez más de prisa, es lo que creen ser la vida beatífica, y con su feliz despego a la filosofía y la especulación no se preocupan por la cuestión de: ¿adónde? Si europeos u otros les preguntan cuál es el punto a que van tan de prisa, su único sentimiento es el de un genuino asombro. ¡Eh, replican, date prisa! ¿Y qué más puede decirse? De aquí su desprecio por el ocio tan apreciado de los europeos. El ocio (leisure), sienten que es una especie de parada, el pecado imperdonable. De aquí también su aversión a jugar, a la conversación, a todo lo que no sea trabajo».
Repito que no sé si la pintura es o no exacta, pero que conozco muchos que se llaman progresistas porque sienten así.
Más adelante añade el periodista de Dickinson: «Es verdad--dice el hombre del porvenir--, no tenemos religión, literatura o arte; no sabemos de dónde venimos o adónde vamos, pero lo que más importa, no nos cuidamos de ello. Lo que sabemos es que nos estamos moviendo más de prisa que se movió nadie antes, y que es lo probable que nos moveremos más y más de prisa cada vez. El inquirir ¿adónde? es algo que consideramos blasfemo. El principio del universo es la Aceleración y nosotros somos sus exponentes; lo que no se acelera se extinguirá, y si no podemos responder a las últimas preguntas, es tanto menos de lamentarlo cuanto que dentro de unos pocos siglos no quedará nadie para responderlas».
Confrontad ahora con esto estas otras palabras admirabilísimas que el mismo G. Lowes Dickinson, en este su mismo preñado librito, pone en boca del profesor Henry Martin, cuando dice: «Las gentes creen que la vida de la razón es fina. ¡Cuán poco saben lo que es responder a cada llamarada, ser solicitado por cada impulso, pero siempre quieto, como el imán, vibrando siempre hacia el norte, nunca tan tenso, nunca tan consciente del esfuerzo como cuando se está más irremoviblemente fijo hacia aquella meta. La intensidad de la vida no hay que medirla por el grado de oscilación. Es en el punto más quieto donde las más tremendas energías se encuentran».
Al leer esto me acordé al punto de aquel famoso discurso sobre la vida intensa--_the strenuous life_--que el inquieto y oscilante Teodoro Roosevelt, cazador de rinocerontes en África y apóstol de la Aceleración, pronunció en Chicago en abril de 1899. Hay allí cosas admirables, de un elevado idealismo--de espiritualismo, que es mejor, más bien--pero hay también demasiada... aceleración. Que se confunde con la precipitación. Acelerarse suele ser no pocas veces precipitarse.
Y es un grandísimo acierto el de que en el moderno banquete que nos presenta Dickinson, sea precisamente el hombre de negocios, Philip Audubon, el que exponga el punto de vista más desolador y pesimista. He leído pocas cosas tan amargas, tan tristes, tan desoladas, como el discurso de ese hombre de negocios. Y no lo dudéis: pueblo en que apenas se hable sino de negocios--de voladas y de pichinchas, pongo por caso--y de placeres, es pueblo donde no tardará en brotar y arraigar un triste pesimismo. Y no el del hambre, no, sino el otro, el peor, el de la hartura. De la hartura y del vacío.
Yo, por mi parte, no corro cuando puedo ir al paso, a pie, y enterándome del camino. ¿Que recorro poco espacio? ¿Y qué? Todo pedazo de espacio es infinito dentro de sí. Y lo mismo digo del tiempo. «¿Pero cómo encuentra usted tiempo para hacer tantas cosas?»--me preguntaba un amigo. Y le respondí sonriendo: «Es que mis horas son cuadradas y a las veces cúbicas...». «¿Cómo?», añadió. Y yo: «Usted sabe que si un metro lineal tiene 10 decímetros, un metro cuadrado tiene 100 decímetros cuadrados y no 10, y un metro cúbico 1.000 decímetros cúbicos. Así mi hora cuadrada tiene 3.600 minutos cuadrados y mi hora cúbica 216.000 minutos cúbicos».
Hay que buscar el tiempo de dos y de tres dimensiones, ancho y profundo a la vez que largo. Y esto se logra mejor encerrándose en estos retiros de las viejas y pequeñas ciudades que parece que no se mueven ni progresan.
Y luego, junto a la superstición de la aceleración, del cambio por el cambio mismo, la otra, la superstición de lo vasto, de las grandes ciudades, v. gr. Estoy leyendo la obra de James Bryce, sobre Suramérica--_South America, observations and impressions_--, y al llegar al capítulo que al Uruguay dedica, me encontré con este pasaje humorístico: «Es un país alegre, con un escenario construido, por así decirlo, en pequeña escala, como cuadra a una pequeña república». Es decir, que en una nación pequeña las montañas deben ser pequeñas, pequeños los ríos y los hombres pequeños.
Claro está que Mr. Bryce dice eso irónicamente y por broma, pero hay muchos que en serio piensan así, y que creen tener más alma por haber nacido en una ciudad mayor. Conozco pobre diablo sin una peseta ni sobre qué caerse muerto, que está muy orgulloso de que en su pueblo hay varios multimillonarios. Esta soberbia, así, colectiva, es una de las cosas más cómicas que la humanidad nos ofrece. Como que no hay tipos más divertidos que los del pueblo bajo de las grandes ciudades, los satisfechos de recibir el barro con que les salpican las ruedas de los automóviles de sus poderosos vecinos.
Pero este mismo Mr. Bryce, un poco más adelante y hablándonos también del Uruguay, nos dice: «El país es, sin duda, relativamente pequeño, y está hoy en moda adorar la magnitud y despreciar a las pequeñas naciones. Y, sin embargo, son las pequeñas comunidades ciudadanas independientes, o las pequeñas naciones--tales como fueron Inglaterra y Holanda en el siglo XVII--las que han producido no solamente lo más de la mejor literatura y del arte, sino lo más de los grandes hombres y los grandes hechos que la historia recuerda. La vida nacional está más apta para hacerse más intensa y más interesante donde se concentra en un área no tan extensa que impida a las gentes conocerse los unos a los otros y conocer a sus conductores». Pasaje que no quisiera comentar porque siempre he sentido un cierto desvío hacia las grandes ciudades, hacia las aglomeraciones demasiado numerosas. Una ciudad desde el centro de la cual no se pueda llegar a pie en cosa de un cuarto de hora al campo libre, es una ciudad que no responde a mis más íntimas necesidades espirituales.
Hace ya cinco años que este mismo diario, en su número del 22 de julio de 1908, me publicó un ensayo sobre las grandes y pequeñas ciudades, comentando ideas de Guillermo Ferrero, y ese ensayo figura en mi libro _Por tierras de Portugal y España_. No es cosa, pues, de que repita aquí lo que entonces aquí mismo dije, aunque sea yo no poco machacón. Sólo os diré que desde entonces acá me he corroborado más y más en mi creencia de que las pequeñas ciudades tranquilas, donde la historia, que es el sentimiento de la continuidad en el cuerpo social, se remansa, son las más a propósito para una íntima vida de concentración espiritual, es donde mejor puede mantenerse el ánimo fijo hacia el norte, sin oscilaciones, aunque no sin íntimo esfuerzo, es donde se puede cuadrar y cubicar las horas.
Eso de que la historia es el sentimiento de la continuidad en el cuerpo social, lo acabo de leer en un artículo de Gabriel Hanotaux, «De l'histoire et des historiens», que trae el número de la _Revue des Deux Mondes_ de trasantier, 15 de este mes. Y quiero también comentar ese artículo. Al choque del pensamiento ajeno, que puedo oir merced al bendito silencio que me rodea en mis horas cúbicas de trabajo solitario, brota mi propio pensamiento y se afirma y crece. Crece, no se acelera; medra, no se precipita.
Pero antes de acabar con esto no quiero dejar de recordaros aquel famoso sorites de Cyrano de Bergerac: Yo soy el mejor estudiante de... de tal colegio (no me acuerdo el nombre), este colegio es el mejor de París, París es la mejor capital de Francia, Francia es la mejor nación del mundo, luego yo soy el mejor estudiante del mundo. ¿No habéis oído nunca discurrir así?
* * * * *
Y ahora, mi señor don M. B. L., ¿qué quiere usted que conteste a sus felinas e insidiosas insinuaciones sobre el hecho de que yo escriba desde esta vieja, pequeña y no pocas veces calumniada ciudad de Salamanca, que usted no conoce? Para usted la Salamanca no es, me figuro, sino una especie de cueva donde las brujas y hechiceras celebran sus nocturnos aquelarres, o acaso lo que usted cree saber de esta leyendaria--¡y tan leyendaria!--Universidad, es lo que ha leído respecto a cómo fué aquí recibido y juzgado Cristóbal Colón. Pero le advierto que lo más de lo que atañedero a esto de Colón en Salamanca ha leído es pura patraña, y además, que dada la ciencia de entonces no andaban los doctores aquellos más descaminados que Colón, quien yendo en busca de una cosa se encontró con otra que no buscaba y se murió sin saber a ciencia cierta lo que había encontrado. ¡Pero ya ve usted, señor mío, el éxito!
Y es muy lógico que usted juzgue por el resultado externo. Y hasta presumo más, y es que sea usted de los que aprecien el valor de una obra de espíritu por lo que económicamente rinde y el de una persona por lo que gana en dinero, o en plata si usted quiere. Y no quiero sino recordarle lo que más de una vez he dicho, y es que hay que saber ser pobre. Nosotros somos pobres en dinero, usted me resulta pobre en otras riquezas. Y váyase lo uno por lo otro.
No se envanezca, señor, de vivir al pie de la más alta montaña o al borde del más caudaloso río del mundo, que si usted no lleva una montaña de pensamientos en la cabeza o un río de sentimientos en el corazón, de poco habrá de servirle, si es que de algo le sirve aquello.
Y si tiene usted razón, tengo la franqueza, si lo es, de ser un encendido patriota de mi patria. No me duele que la juzguen; lo que no me duele, sino me produce grima, es que se metan a echarnos chinitas los que como usted no la conocen sino de oídas. ¡Y de qué oídas! Porque con oídos sucios de cerilla recibe usted referencias de bocas sucias. Y nada más.
Salamanca, setiembre de 1913.
Por Capitales De Provincia
A mí, que tanto me duele España, mi patria, como podía dolerme el corazón, o la cabeza o el vientre, cada uno de estos viajes que hago por nuestras capitales de provincia me llena de cierto pesar no exento de hondas inquietudes. En cuanto llego a una de esas capitales voy a buscar a los jóvenes a que se llama hoy, no sin cierta sorna de parte de los maliciosos, intelectuales; voy a buscar a los que me han dicho que se preocupan de algo que trasciende de la materialidad inmediata de la vida: de arte, de literatura, de ciencia, de filosofía, de ideal en fin. Es decir, no soy yo el que suele ir a buscarles, sino que son más bien ellos los que me vienen a buscar a mí.
No sé si debo o no callar aquí una cosa triste; pero, en fin, he dicho ya tantas cosas que acaso debí callarme, que por una más... Pues bien: el caso es que cuando en una de esas sosegadas y a las veces modorrientas capitales de provincia--si es que la baja politiquilla no las sacude--encontráis un hombre que se interesa por el arte, la literatura, la ciencia o la filosofía, podéis asegurar que rara vez será uno de los que por su profesión debería interesarse por ellas. En todas nuestras 49 capitales de provincia y en seis u ocho poblaciones más hay institutos de segunda enseñanza, lo que en Francia se llama liceos. Parecía lo natural que cuando en una de esas ciudades se despierta algún deseo de cultura fuesen los profesores de esos centros los que se pusiesen al frente del movimiento cultural. Pero no suele ser así. Es más fácil encontrar de principal agente de esos movimientos de curiosidad y despertar espiritual a cualquier intrépido varón extraño al profesorado. Eso cuando éste no labora, en todo o en parte, y bajo cuerda contra semejantes despertamientos. Y es que es cosa terrible, lo sé muy bien, este oficio de la enseñanza, y no andaba tan lejos de la verdad Schopenhauer al decir que enseñando se olvida. Por lo menos he visto muchos que enseñando para ganarse el pan acaban por aborrecer aquello que enseñan y todo lo que a arte o ciencia huel
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